El archivo

fire-3009953_960_720Ximena Santaolalla

Jamás imaginé el puto espanto que me esperaba cuando desperté abrazado de mi esposa y de Claudito. Quiero al menos poder decidir si me mato o me dejo asesinar. Eso fue lo primero que pensé cuando vi al hijo del coronel fuera de casa.

Ya por la noche, tanta angustia estaba a punto de derrumbarme. Como si nada pasara, cité a Lucía en el Portales, un bar siempre vacío con música romántica. Acostumbro a ir todos los días luego del periódico para adormecer la maldita ansiedad con un par de copas.

Luci, de blanco y escotada, parecía un ángel promiscuo. Tras dos horas de seria discusión, me observó con esa pose de investigadora perspicaz que para entonces yo ya detestaba.

—Camilo —se enderezó en la desteñida poltrona de terciopelo rojo, proyectando hacia mí sus majestuosos pechos—, ¿el archivo existe?

Quise encajarle la navaja recién oculta en mi chamarra. Se atrevía a dudar de mí, ¡como si yo no mandara!

—¡Carajo, Lucía! Cerrá el hocico, me tenés mascado con esa puta pregunta taladrándome.  Si te atrevés a meterte a la cama con un teniente asesino, ¿por qué coño no querés ir al archivo?

Sentí que se hinchaba la vena de mi frente como un gordo gusano de sangre. Quise ordenar otra botella de guaro para controlar mis putos arranques, pero el taciturno mesero había caído dormido sobre la barra.

—Ay, flaquito, algo te pasó de patojo para que explotés así, ¿qué no? —rio con esa mueca ladeada de sabelotodo que antes se me hacía tan sexy; acomodó el cabello lacio y negro en un chongo, dejando ver su larguísimo cuello—.  Acordate de tus palabras, vos mismo asegurabas que el archivo de guerra era una superstición, un sueño mojado de periodista.

Quise gritarle: si exploto es por tu culpa, por buscona, por tu obsesión con los cuques y tus ínfulas de justiciera, ¡por tus puterías! Pero solo alcancé a bufar: «¡Irás al maldito archivo, querás o no!». Golpeé la mesa, los borrachos en la barra voltearon con tirria.  Seguro eran los asquerosos espías del hijo del coronel. El más macabro de los tres tenía un enorme tatuaje en el brazo izquierdo, que en la oscuridad del bar parecía un tigre de dos cabezas.  Succioné lo que quedaba de la botella de Quetzalteca.

—Nos vigilan —afirmé muy serio, con la esperanza de que en realidad solo vigilaran el escote de Lucía—. Seguro sospechan que estamos por meter las narices en la mierda.

—Flaco, estás traumado… Esos choyudos no captan nada, a lo mucho te reconocieron de La Aurora o algún noticiero.

—Volteá discreta —susurré—, aquí apesta a kaibil, hijoeputas…

Se volvió hacia ellos despacio, con su abrumadora sensualidad.  Se le endurecieron los alegres ojos negros. Supe que me creía.

De nuevo se me clavó el miedo descontrolado de la mañana, de cuando vi al hijo del coronel recargado en mi carcacha de periodista muerto de hambre. Ante mis ojos vi pasar, en un instante, la película de terror que me estuve contando todo el día.

—Si tenés miedo, duermo con vos esta noche —ofrecí a Lucía, para largarnos de ese nido de orejas, cerrar el trato del archivo y pedirle todas las copias del reporte sobre el maldito coronel.

—¿Y tu esposa?

—¿Y tu teniente de mierda?  —reviré—. Si nos encuentra en la cama, me sorraja un balazo.

—No te preocupés, lo mandaron a Chiquimula —dijo lasciva, tocando mi entrepierna.  Me quedé mirando los manchones del mantel percudido; sonaba una canción de Arjona,  no se acaba el amor, solo porque no estás, se mete en mi sangre y se va de rincón en rincón arañándome el alma y rasgando el corazón.

—Más vale que no vuelva el cerote. Vos no entendés, Luci. Si Chinchilla nos ve en la cama, todo se tratará de marcar territorio con la pinga.

Dejé un billete de 50 quetzales sobre la mesa; salimos de la penumbra del bar, hacia la oscuridad de la noche.

***

ordonanzschuhe-919682_960_720Estoy seguro de que los espías comemierda escondieron micrófonos en el departamento de Lucía; cuando entramos, sus pinches gatos maullaron raro, como diciendo que alguien había estado ahí antes que nosotros. Luci ni se inmutó. Me miró con esa calentura que enloquece a cualquiera, y yo, por primera vez en 18 meses de pisar como los dioses, no logré tener una erección. Flaquito, calmate… Estás ciclado con el asunto del archivo, te trae paranoico, ¿qué no? Bajó los tirantes de su blusita blanca, se hincó para mamármela. La pinga se me encogió aún más de solo suponer que hubiera una puta cámara filmándonos: si el coronelito mostraba al demente de Chinchilla una imagen de Lucía con mi verga en la boca, sería hombre muerto. Escuché el tintineo de unas llaves en el pasillo. Brinqué.

—Flaco, ¿qué pasa? —atrajo mi cabeza hacia sus suaves tetas. Me preparé para usar la navaja, pero solo advertí el ronroneo de los putos gatos (eran cuatro) que me vigilaban como a un alacrán antes del zarpazo.

—Indigna que dudés de mi palabra y me humillés insinuando que lo del archivo es pura superstición —dije desesperado, luego de unos minutos en silencio. Tallé mis ojos con saña, llorosos de tanto pinche pelo felino.

—No dudé de tu palabra, sino de tu contacto… ¿Por qué no podés ir vos mismo al archivo? ¿Por qué tengo que ir vendada? —por primera vez noté el miedo en su rostro—, si el archivo es lo que creemos, vos sabés que los cuques me matarán cuando publiqués el contenido.

—¡Pero si vos fuiste la loca que me acusó de tibio y me convenció de investigar al coronel y su hijo chalado! —ahora la maldita neurótica fingía ser juiciosa y prudente—. ¿Vos te creés que tu teniente no va a asfixiarte cuando publiquemos toda la mierda que le sacaste sobre Estrada? ¿O ya perdiste tu patético entusiasmo de rescatar al país? Sabés que yo iría al archivo si pudiera, pero mi cara está muy vista.

Recuerdo cuando Lucía se fijó en el teniente Chinchilla; él estaba vendiendo coca en una fiesta de artistillas. Esos dos son militares, ¿qué no?, me preguntó riendo. Se les nota a kilómetros el estilito. Yo le contesté: ¿y quién más nos va a vender esta chulada de perico? Todavía le dije que el de la cicatriz era hijo del coronel Estrada, que por eso le decían el Estradita o el coronelito.

Su idea de enrollarse con el tenientucho para investigar a los Estrada fue genial. Lástima que vivimos en Guatemala y que yo no nací para ser héroe ni mártir. Esa mañana, Estradita me enseñó, que nací para ser mediocre, tolerar la vida, aceptar las migajas que la vuelven menos fatigosa (como deslizarse entre dos piernas de mujer).

Con ojos sanguíneos, James Stewart me miraba desde el poster de Ventana Indiscreta.  Me paré a cerrar las cortinas y entré al baño. Leí los mensajes en el teléfono:

Estoy viendo las nalgas de tu vieja. Ay que ojos verdes tiene;

si no cumplís rapidito, se los boy a sacar y encajarlos en su pusa inmunda

Tu susio bebesito está tragando leche y si no entregás a tu wisita fisgona

y sus reportitos, esos pesones los boy a revanar bien despacito.

Sabés cómo los kaibiles reventaban las cabezas de los bebés mayitas?

Contra la pared quedaban todos sus sesitos de indio. Boy a practicar

Sabés como violaban a las indias los kaibiles? Mi jefe me contó,

ya me antojé de los melones caidos de tu vieja, tenés 12 horas para entregar

El pánico volvió. ¿Todo bien, flaco?  Vi el reflejo de mi repugnante cara, la nariz halconada y los labios gruesos… Unos ojos ajenos.  Ábreme, Camilo. Me odié; ese rostro peculiar y varonil ya no era el del Camilo de siempre. ¿Te sentís mal?  Todo es culpa suya, ella nos hundió en este pozo de mierda… Si no fuera una mujer loca… Nunca debió abrirle las patas al puto teniente. ¿Flaco? Si no tuviera obsesión por hacerse la justiciera, carajo.  Ven que te abrazo.  ¡Por cerdo caliente, carajo! Me halagó que me dijera te parecés a Cortázar de joven.  Perdoname, te hice enojar.  Si no estuviera tan buena, si no se tomara tan en serio el papel de periodista. Flaquito… Yo solo quería levantar La Aurora, ganar unos putos quetzales. No pretendía dudar de ti… Yo solo quería cuidar a Claudito, a mi mujer, tener sexo, ser un tipo normal… Te quiero. Nunca imaginé que la Lucía fuera así, inteligente, capaz de investigar algo serio. Ya lo pensé bien, sí quiero hacerlo… Sé que con el archivo podríamos incriminar a esos asesinos que se pasean uniformados, como si nada, la billetera llena…Ella me manipuló, con esa basura de que yo podía ser un gran periodista, afamado, cambiar Guatemala… Haré lo que me pedís, ¡iré al archivo! 

Sus palabras fueron como un buen jalón de mota. ¡Iría al archivo! Me invadió la sensación de estar dando el paso definitivo al responder los mensajes.

Lo hará. Solo deme 24h para ubicar copias del reporte.

Contestó enseguida:

Okas. tenés que actuar NORMAL, asi que trankilito choconoy.

mañana 23hrs eskina calle 31 con Petapa sercas de San Carlos.

Salí del baño con la satisfacción de quien ha zanjado la encrucijada. Lucía, seria, me escudriñó. Lo sabe todo, pensé horrorizado.

—No tenés que encerrarte en el baño para chatear con tu esposa —dijo, ahora viendo el teléfono que yo estrujaba con ambas manos.

—Ah, se me olvidaba —aventé, al vuelo—, ¿tenés aquí las copias físicas y digitales de tu último reporte sobre el coronel Estrada?

—No te preocupés —la noté ya muy lejos de mí, tal vez excitada y temerosa por la misión—; escondí seis copias por si Chinchilla me descubre. Es casi imposible que las encuentre todas.

Anotó en un papel las ubicaciones exactas de cada una y me lo entregó con solemnidad.

***

La noche siguiente, de camino a consumar la entrega, volvió el maldito pinchazo en el estómago que aún siento.  Lucia vistió de negro, inusual en ella.  Se veía muy distinta, delgadísima, frágil, como una mujercita dócil. Tarareaba oh baby baby it’s a wild world, I’ll always remember you like a child, girl;  era la canción que su papá le cantaba de niña.

—Ya usté sabe las reglas que su wisita debe seguir, oiga —dijo el hombre bajo y corpulento que bajó de la Pick Up en la esquina de Petapa con la calle 31—: celu apagado; ojos vendados; setenta y dos horas en el archivo sin poder salir; la que le llevemos es la comida que va a comer; orina y defeca en la bacinica; en su laptop toma notas; fotos prohibidas. Póngale esto en los ojos y en su cabeza.

El hombre escupió una flema y abrió la puerta del otro lado de la Pick Up.  Estoy seguro de haber visto dos cabezas escarlatas de jaguar o tigre, tatuadas en su bíceps.  Lucía y yo nos abrazamos; creo que susurró «pedime que no vaya». Contemplé por última vez sus fabulosos ojos infelices, inundados de miedo.  Se acercó al tipo, decidida; quería verlo bien antes de vendarse.

Subí a mi Sentra blanco y, sin esperar a que la Pick Up arrancara, aceleré hacia la dirección opuesta.

***

De eso han pasado ya 31 días. Ayer leí en La Prensa Libre que «fueron hallados el viernes santo en el interior de un Kia Forte rojo, los cadáveres de la periodista Lucía Flaquer, de 25 años, y del conductor de identidad desconocida. Fallecieron instantáneamente luego del impacto contra un muro de contención. Según el padre de la periodista, hace un mes Flaquer salió de la Ciudad a cubrir la fiesta de la virgen de la Asunción en Jutiapa».

Esta mañana se publicó el reporte que preparó Lucía sobre el coronel.  No sé a quién le dejó esa última copia, carajo.  Me enfurece que fuera más lista que yo, que la muy puta me jodiera desde la tumba. Lo publicaron todo, hasta lo del negocio de la red de trata de hondureñas.

Sé que el Estradita comemierda me va a encontrar, sí o sí. Sé que no hay cómo esconderse de un milico; él me lo advirtió. Así es este país. Lo vi entrar al departamento de Lucía hace unas horas. Sé que me está cazando. ¡Cómo me hubiera gustado despedirme de Claudito!  De sus manitas que atrapaban mis dedos con fuerza, como si nunca quisiera soltarlos.  Quién sabe si lo dejarán vivo, ¡pinches milicos asesinos!

Yo ya nomás estoy decidiendo si me mato o me dejo asesinar.

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Mi madre se dijo puta

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Irma Rodríguez

 

A Lucero, una pequeña gigante

 

 

De muchas maneras se dijo puta mi madre,

la frente en alto;

digna, cínica,

buscó amarse.

 

Poco a poco se desvistió mi madre;

perfumó su cuerpo

con olor

de Rosa Venus,

infinitas ilusiones llenaron su boca.

 

Mi madre era de ojos chiquitos

pero su mirada,

un océano;

la cópula inundó su universo fértil

doce veces,

deseosa de alivio con doce gemidos.

Yo fui la número siete.

 

Mi madre fue manantial.

Sus pezones durmieron en la cuna

de la inocencia.

Nada fue la gravedad de su peso

sobre su carne tibia y silenciosa.

 

Mi madre fue ciega extensión de deseos,

refugio de la sincronía del universo

que durmió entre las llanuras

para juntar sus centros gravitatorios

en un grito que se elevó al cielo.

 

¡A vuelo!, dijo mi madre,

¡que nuestras risas vivan en los ombligos!,

¡que hagan malabares sin resbalar en la muralla,

caída libre al precipicio!

 

Nunca ser la misma,

dijo mi madre,

ni lo que a imagen y semejanza hagan de nosotras;

tampoco la amante de todos,

sólo de ellos, de los pocos.

 

Mi madre pidió a su ego no ir más allá,

olvidarse del tiempo fecundado,

seguir volando como ave y

caer sobre una pirámide en ruinas

para reconstruirla.

 

Mi madre cuidó su cabeza,

también su hermoso culo.

Sabía lo que eran las partes

como un todo.

 

Mi madre siempre supo de qué estaba hecha,

lo sabía desde el sol palpitante que habitó en su pecho

y tenía miedo, miedo de amar, no de amarse;

eso lo sabía hacer de sobra,

amar, amar porque amar siempre termina en falsa ironía.

 

Muchas veces mi madre sofocó

los fuegos peligrosos,

tirada bocabajo se escribió preguntas y respuestas

sobre el vientre,

despreció agregados al coctel

que llamó vida.

 

Mi madre habló con sus silencios

un lenguaje que inundó naufragios,

sin ahogarse

porque lo que inunda no siempre ahoga.

 

Mi madre expuso su sexo frente al sol,

frente a la luna;

su vagina

fue arpegio de vibraciones,

cantos de la vida.

 

Mi madre es virgen,

mujer que sabe lo que es tener

al diablo enfrente;

por eso jamás tropezó

con la misma piedra.

Ahora yace en un retablo.

 

Mi madre hoy quiere alcanzar

la tierra firme;

siente el naufragio de la soledad,

va en plenitud de vuelo;

sabe que la vida es un segundo,

único y eterno.

 

Yo

siempre seré Lucero, la hija de mi madre,

a quien quizá

nunca alcance.

 

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Ilustraciones: Irma Rodríguez.

El cementerio Villa Alta

 

Gustavo Loa

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I

El cementerio Villa Alta posee cierto encanto. Las verdes colinas que se abren ante la vista del visitante dotan al lugar de una suerte de amnesia urbana: nunca se piensa en el caótico flujo vehicular que se sucede en las avenidas circundantes; no se recuerda que, allá afuera, el índice de atracos es ridículamente alto, ni que habrá que volver al hogar en el tumultuoso metro.

Las inscripciones en las lápidas dan fe de las vidas que pasaron por el mundo; rememoran las risas y alegrías que —aunque hoy silenciadas— fueron. Madres, padres, hermanos, hijos… todos descansan tras la existencia en una ciudad de la que ahora son cimiento histórico.

El suelo diurno del cementerio Villa Alta hace que los niños jueguen con desenfado, mientras los padres limpian las criptas familiares; provoca que acudan parejas de novios de las cercanías a platicar, a besarse o tan solo a pasar el rato; incluso, hay grupos de amigos que aman ir allí a matar las clases del colegio, y esparcen sus problemas en el viento, cantando, acompañados de una guitarra, bebiendo cerveza o durmiendo en camarilla.

Es cómodo y seguro el suelo diurno del cementerio Villa Alta.

Hubo una ocasión en que una joven llamada Cristina —de carácter soñador y mirada bondadosa—, enamorada de un joven europeo, de nombre Michel, se entregó a éste detrás del Árbol de la Pasión, a veinte pasos del camino principal. Los ojos avellana del muchacho se fundieron con los marrones de la amada; la piel blanca, con la morena; la experiencia, con la inocencia.

 Cristina gozó y un poco se dolió, pero estaba enamorada, y eso era lo importante.

Se habló de ello por mucho tiempo, pues nunca se los volvió a ver. Cuenta la familia que alguna vez recibieron una carta desde Francia, donde sólo se leía: “Gracias por darme a su hija. Ahora soy feliz”. Ni nombre ni firma, pero los padres de Cristina sabían que era él, y que ella estaba bien, que había cambiado de vida, que los recordaría con nostalgia alguna vez. Y eso era lo importante.

En el verde suelo diurno del cementerio Villa Alta, en una ocasión Michel tuvo a Cristina, y hubo pasión y locura y llanto de amor.

El cementerio Villa Alta se alimenta de vida y exhala emociones.

 

II

Mas no todo es luminoso en aquel bello panteón. Las noches son frías y el viento susurra alaridos desde las rendijas donde, fino y ligero, se cuela. Siempre se piensa en los huesos de los muertos, en las carrozas que cada semana depositan cadáveres humedecidos con fluidos de hedor inmundo. Se recuerda, en fin, que algún día todos habitaremos, eternamente silenciosos, un receptáculo subterráneo.

Las tumbas abandonadas hablan de olvido; sus ruinas presagian el destino del mundo; pulverizan la esperanza de inmortalidad. Desesperan. Quiebran la sonrisa. Ladrones, asesinos, corruptos… Todos ellos descansan al lado de los dignos: así exponen el absurdo de la moralidad.

El suelo nocturno del cementerio Villa Alta hace que revivan los recuerdos de trágicos amores, mientras sus otrora protagonistas lloran en el inframundo; provoca que los sueños de hoy, envueltos en ilusiones de oro, sean las frustraciones de mañana; incluso, se cuenta que cuando el guardián de la llave de la entrada del panteón sufre un deseo enajenante de infligir dolor, errabundo recorre el camino principal eligiendo, al azar, espíritus dementes que causen pesadillas.

El suelo nocturno del cementerio Villa Alta hiede a horror.

En una ocasión, la joven Cristina se enamoró del extranjero Michel —de mirada fría y carácter iracundo—, y fue asesinada por él tras el Pozo de los Secretos, a diez pasos de un estercolero. Los ojos marrones de la muchacha se apagaron frente a los avellana del varón. Las manos dejaron de luchar; las piernas, de oponerse; el corazón, de latir.

Cristina gritó y al poco rato se calló, pero estaba enamorada, y eso era lo importante.

Nunca se habló de ello, pues no se puede mentar lo desconocido. Nadie cuenta cómo Michel envió una carta desde Francia, en la que puso: “Gracias por darme a su hija. Ahora soy feliz”. Ni nombre ni firma. Pero él sabía que los padres creerían que era él, que creerían que ella estaba bien; que Cristina había cambiado de vida y que los recordaría. Y eso era lo importante.

En el odioso suelo nocturno del cementerio Villa Alta, alguna vez Michel asesinó a Cristina, y hubo pasión y locura y gritos de terror.

El cementerio Villa Alta traga secretos y vomita lo demás.

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Por un humanismo de la otredad

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Juan Antonio Rosado Z.

Lo extraño, lo extranjero, lo otro, la alteridad, lo ajeno, lo distinto… casi siempre son el enemigo. A veces nos enfrentamos a él por necesidad. Tolerarlo implica soportarlo, mas no respetarlo. Para hacer lo uno o lo otro, debe morir la supremacía de lo masculino, pero sólo en la medida en que debe morir (o nunca nacer) la supremacía de lo demás. No se trata de sustituir un logos por otro, sino de eliminar el logocentrismo, de dejar a un lado traumas o complejos y ponerse a trabajar en un humanismo de la otredad, que empezaría con una revisión crítica del humanismo tradicional a partir de Erasmo y Moro. No se trata de erigir al feminismo, al indigenismo, al regionalismo o a la postura homosexual en nuevos logos sociales o políticos. El humanismo de la otredad se remontaría históricamente al asesinato de Hipatia y a la quema y persecuciones contra el otro, llámese pagano o bruja.

Este humanismo bebería de las raíces teóricas del jainismo, en particular de la doctrina Anekantebada, que postula la no-violencia y la ausencia de una verdad única, pero también de la filosofía materialista Lokayata, del taoísmo, de Spinoza, Nietzsche, Bataille, Levinas, Karlheinz Deschner, Foucault, Todorov, Dussel y la heterología en general; de la historia de la vida privada y de las mujeres; de lo mejor y más lúcido del feminismo, indigenismo, regionalismo, negrismo y marxismo; de Lacan y Blanchot; del filósofo y economista Amartya Sen; de la «ecosofía» o ecología profunda (y no la ecología tradicional, que mantiene la visión antropocéntrica), así como de la filosofía y teología de la liberación, siempre y cuando ésta no intente ungirnos con la idea de su dios como logos. ¡Basta de logocentrismos! Tampoco me interesa el Sogol de Doufour en su Locura y democracia.

Se debe denunciar y renunciar al machismo, autoritarismo, racismo, clasismo, a la policía protectora de asesinos, a la corrupción de funcionarios, a la prensa sensacionalista, a la misoginia del sistema de justicia y del catolicismo. Humanistas de la alteridad son, entre otros, Gandhi, Jorge Icaza, Rosario Castellanos, José María Arguedas, García Lorca, Víctor Jara o Eduardo Galeano. La preocupación es por el excluido, llámese homosexual, travesti, inválido, negro, indígena, mujer, anciano, indigente, judío, ateo, palestino asesinado por desear una patria, mendigo atropellado, gitano, agnóstico, pobre, perseguido, inmigrante, gaucho, llanero discriminado, y también naturaleza y animales. Rosalba Campra hablaba de los arquetipos de la marginalidad. Hay quien sufre violencia familiar; otros, violencia política, religiosa o militar. Todo poder implica violencia, porque sólo así puede mantenerse.

Feminismo, indigenismo o negrismo, aunque actividades necesarias en nuestro ámbito, son especializadas y a menudo reduccionistas. El humanismo de la otredad o de la alteridad las contempla y abarca mucho más que los aspectos sexuales, hormonales, traumáticos, raciales, de clase o de edad. Suele olvidarse que el machismo en gran medida es invención de las madres que educan a sus hijos como machos. Más que sexual, en gran parte es cuestión cultural. Debe recordarse a las mujeres que padecen del irrefrenable deseo de controlar al otro. El autor de la alteridad escribe sobre quienes sufren el poder opresivo o discriminatorio y la violencia que implica. Jamás defendería a un indígena violador sólo por su raza, como tampoco justificaría a una madre que golpea a sus hijos o a su esposo sólo por ser mujer. Intenta explicar su comportamiento, mas no justificarlo. Ni feminista ni indigenista ni revolucionario, sino todo a la vez, resumido en el humanismo de la otredad.

Dios nos libre

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Juan Tovar R.

 

Amor que dios nos libre

de un pendejo con iniciativa

de la oficina de correos de México

o en su defecto

de cartearnos con Mussolini en verso blanco

 

que dios nos libre amor

de una buena película de María Félix

del sexo por contrato

o de la obligación

de no seguir viviendo hasta firmarlo

 

amor que dios nos libre

del adulto disfrazado de adulto

de los hoyos en los bolsillos

donde tropezamos

dos veces con la misma piedra

 

pero miento amor

porque dios no nos libra

porque la pendejez es inminente

porque la tumba de Mussolini

no tiene código postal

 

porque todas las películas

de María Félix son malas

porque los adultos disfrazados

de adultos no caben en un bolsillo

si tropiezan con la misma piedra.

Deseo

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Frederic Leighton: Orpheus and Euridice (1864)

 

Juan Antonio Rosado

 

¿Necesitas necesitar?

 

Sin necesidad, nada

es necesario y la vida

se torna Vida, y alrededor

se vuelve todo un solo ser circular

sin necesidad alguna,

y el círculo se eleva o disminuye

en inercia continua, continúa, continua

sin ruptura, sin deseo que introduzca

la carencia; sin deseo que lance

la necesidad, y con ella una enorme y continua

metamorfosis: la enorme y continua

discontinuidad.

Y todo continúa, continuo, en el Estar,

mas no en el Ser determinado

por sus propios y huecos y estrechos límites.

¿Necesito necesitar en esta continua carencia

de ser, o más bien deseo el no-deseo

en una continua plenitud que no es sino la Nada de la muerte,

la Nada que nada quemada?

Lo ignoro, mas mientras tanto:

imposible dejar de desear.

 


(Publicado originalmente en el suplemento La cultura en México, de la revista Siempre!, núm. 3267, año LXII. México, 22 de enero de 2016, pág. 83)

Enrique Krauze: Proyecciones discursivas del Mesías Liberal

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Enrique Krauze. Foto: El Diario de Yucatán

Jaime Magdaleno

 

Fiel a la tradición de la intelectualidad mexicana de publicar libros en el contexto de una elección presidencial, Enrique Krauze entrega en 2018 El pueblo soy yo, un conjunto de ensayos donde diserta sobre demagogia, populismo y fascismo, tanto en América Latina como en los Estados Unidos. A propósito de esa publicación, en el número 776 del suplemento cultural Laberinto, del diario Milenio, José Luis Martínez S. lo entrevista y da hilo, coba u ocasión para que Krauze hable y se extienda sobre una de sus obsesiones de los últimos tiempos: Andrés Manuel López Obrador, a quien en 2006 adjudicó el epíteto de Mesías Tropical, y en quien encuentra ahora una «santa ira […] riesgosa para el funcionamiento de una democracia liberal». En el encabezado de la entrevista, se lee una contradicción. Enrique Krauze quien, según sus palabras, escribe El pueblo soy yo «para que el ciudadano norme su criterio», no obstante «reitera su vocación democrática» y «alerta contra los peligros de la demagogia». Es decir, el encabezado de la entrevista da cuenta de la pretensión de Krauze de normar criterios o dictar normas de conducta para «antes, durante y después de las elecciones» de 2018, pero también muestra su preocupación por la libertad de juicio y de crítica en los ciudadanos. De tal forma, el encabezado nos lleva a reflexionar si, al advertir sobre la demagogia y el populismo, Krauze mismo no nos da qué pensar sobre su propia demagogia y populismo, que intenta normar el criterio de los ciudadanos «antes, durante y después de las elecciones», pese a la «vocación democrática» que afirma tener. Si esto último es cierto, Krauze practicaría el curioso arte de proyectar sobre otros las propias intenciones, adjetivándolas con frases y palabras extraídas del fervor religioso al que pretende ridiculizar, sin darse cuenta de que su «crítica» se parece mucho a aquello que adjetiva. Tal es la tesis que se propone sondear este breve texto, tomando como referencia la entrevista realizada por José Luis Martínez S.

En la entrevista, Martínez S., desde su primera pregunta, suelta el «tigre» AMLO a la bestia de caza de Krauze: «En uno de los textos de El pueblo soy yo, usted escribe: “AMLO no es un populista más, es un populista nimbado de santa ira”», y Krauze se lanza a la caza del tigre, aunque antes le parece importante mostrar la pertinencia de su armamento-argumento: «Cada palabra (del ensayo “México, en la antesala del populismo”) está justificada». Como puede apreciarse, antes de tirar a matar, Krauze, fiel creyente de la religión del libre pensamiento, reza el salmo de la justificación epistémica para afirmar la imparcialidad de su ataque, así como la objetividad de su crítica meditada sobre su obsesión-objeto de estudio: AMLO. Más adelante, afirma: «En López Obrador percibo siempre un aliento religioso. Pienso que López Obrador reencarna una figura redentora, como lo fueron Evita Perón o el Che Guevara en su momento». Es extraño que alguien que intenta ser el guía cívico de la sociedad para «antes, durante y después de las elecciones» califique de «figura redentora» a otro, pues desde mi lectura, Enrique Krauze se identifica a sí mismo como «figura redentora», sólo que de los «peligros del populismo». En ese sentido, me parece claro que, en su discurso, Krauze proyecte su propia misión como Profeta del Libre Pensamiento, adjudicándole a otros las actitudes mesiánicas que él mismo pretende encarnar como Ángel Guardián de la Crítica o Mesías Liberal.

Practicando la fundamentación argumentativa o justificación epistémica de las «palabras» que solicita Krauze, justifico los epítetos Ángel Guardián de la Crítica, Profeta del Libre Pensamiento y Mesías Liberal, con la anécdota que el mismo Krauze refiere sobre Robert Silvers, editor de la revista New York Review of Books:

Lo que te puedo decir es que Octavio Paz dijo que si la izquierda mexicana y latinoamericana no enfrenta el inmenso fracaso de la revolución cubana y no sabe ver con objetividad lo que era Cuba antes de [Fidel] Castro y en lo que se volvió Cuba durante su régimen, dejando a un lado toda la mitología, viendo claramente cómo era la educación, la salud antes de la revolución, si no sabe ver además que por más que habiendo sido detestable [Fulgencio] Batista y justificada su deposición, no saber ver que Castro acumuló un poder que sigue post mortem, esa izquierda nunca será democrática. Guiado por ese mensaje escribí ese ensayo («Cuba: la profecía y la realidad»), que me pidió el célebre editor de la revista New York Review of Books, Robert Silvers, quien murió hace poco (el 20 de marzo de 2017), que había sido un entusiasta partidario de la revolución cubana, como tantos otros, pero que se fue desencantando poco a poco. En sus últimos años, Silvers hizo un balance y coincidió con Paz en que aunque Estados Unidos tenía una gran responsabilidad en la tragedia cubana, de esa utopía fallida la mayor era de los hermanos [Fidel y Raúl] Castro. En las conversaciones que tuvimos un día me encargó ese texto, como un acto de coherencia moral, de decir: «Voy a darle cabida a un crítico, porque pienso que tiene razón». [Las negritas y las cursivas son mías].

En la cita anterior, vislumbramos la proyección mesiánica-profética de Krauze, quien en Octavio Paz tiene un Dios Padre que le habla («Octavio Paz dijo») y en cuyo verbo fundamenta palabra y acción («Guiado por ese mensaje escribí»), creando textos que son repeticiones o actualizaciones del dogma paciano disfrazado en razones («porque pienso que tiene razón»). Lo curioso es que Krauze adjudica su propia actitud mesiánica-profética a los adversarios, de ahí que el ensayo del que habla, «Cuba, la profecía y la realidad», lleve como título la referencia religiosa. Por lo anterior, considero que en el discurso de Krauze subyace un estrato religioso por medio del cual pretende describir y criticar los actos de los otros, aunque ese mismo estrato guía su acción y su palabra. Por lo mismo, pienso que no es exagerado llamar a Enrique Krauze Ángel Guardián de la Crítica, Profeta del Libre Pensamiento o Mesías Liberal.

Por último, me parece que las proyecciones discursivas de Krauze deberían ser objeto de un análisis meditado, profundo. Al llamar la atención sobre los peligros que entrañan tanto el «populismo» como la «demagogia» y el «fascismo», es probable que debamos reparar en la evidente autorreferencialidad de los discursos cargados de «santa ira» de este Profeta del Libre Pensamiento llamado Enrique Krauze.

Ernesto Sabato y la novela de la crisis

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Juan Antonio Rosado Zacarías

 

El siguiente ensayo fue publicado originalmente en 1995, en la revista Estudios: filosofía, historia, letras, núm. 43, publicación del Departamento Académico de Estudios Generales del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). México, invierno de 1995-1996, págs. 84-90. Luego formó parte del capítulo cuarto del libro En busca de lo absoluto (Argentina, Ernesto Sabato y El túnel), publicado en el año 2000 por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

 

 

El verdadero escritor […] vive entregado a su tiempo, es su vasallo y su esclavo, su siervo más humilde. Se halla atado a él con una cadena corta e irrompible, adherido a él en cuerpo y alma. Su falta de libertad ha de ser tan grande que le impida ser trasplantado a cualquier otro lugar. Y si la fórmula no tuviera cierto halo ridículo, me atrevería a decir simplemente: es el sabueso de su tiempo.

                                                            Elías Canetti: La conciencia de las palabras.

 

 

Ernesto Sabato nació el 24 de junio de 1911[1], en Rojas, Argentina, pueblo alejado de los centros urbanos, como lo preferían muchos inmigrantes europeos. Sus padres llegaron a la Argentina a finales del siglo XIX y establecieron un molino harinero. Así nos describe su infancia el escritor: «pasé la niñez casi encerrado, y casi podría decir que los dos últimos hermanos vimos el mundo a través de una ventana»[2]. Gracias a los recuerdos y a la soledad de la niñez, el autor le da más importancia al tiempo subjetivo, interior, que al objetivo, el de los relojes. Esta noción es importante en sus novelas, así como el tema de la ceguera.

Su obsesión por los ciegos se origina en la infancia, cuando el artista pasaba horas de encierro junto a la ventana (acaso la misma del cuadro de Castel, en El túnel) y enceguecía pájaros para echarlos a volar. En Sobre héroes y tumbas, se narra este episodio, pero como realizado por Vidal Olmos, y en Abaddón, el exterminador aparece el mismo Sabato como responsable del acto, acompañado por el amigo con quien, en la infancia, le pinchó los ojos a un gorrión para echarlo a volar. Estas obras constituyen un exorcismo, pues «si bien el sadismo infantil es muy frecuente, la culpa se prolonga y agranda en el hombre formado»[3], lo que hará que Sabato se autoexorcise al escribir. Un evangelio gnóstico (Tomás) contiene estas palabras de Jesús: «Si sacas lo que hay dentro de ti, lo que no saques te destruirá»[4]. Con esto parece identificarse el autor de El túnel, para quien se debe escribir sólo cuando hay algo realmente importante por decir. De hecho, hay lapsos de trece años entre cada novela suya, y sólo publicó tres. Sin embargo, logró tocar el espíritu del público con la autenticidad de su obra.

Su posición se emparenta con la de Sartre, en tanto que no olvida el compromiso. Dice el filósofo francés: «en la literatura comprometida, el compromiso no debe […] inducir a que se olvide la literatura […] nuestra finalidad debe estribar tanto en servir a la literatura infundiéndole una sangre nueva como en servir a la colectividad tratando de darle la literatura que le conviene»[5].

En El otro rostro del peronismo (carta abierta a Mariano Amadeo), Sabato afirma: «Las torres de marfil, en que tantos escritores y artistas se refugiaron, fueron siempre ilusorias y egoístas; hoy serían trágicamente mezquinas». Pero va más lejos, pues para él todo escritor, como testigo —mártir— de su época, si es realmente profundo, no puede eludir su situación espacio-temporal:

o se escribe por juego…, o se escribe para bucear la condición del hombre […] Si denominarnos gratuito [a] aquel primer género de ficción que sólo está hecho para procurar esparcimiento o placer, [a] este segundo podemos llamarlo problemático, palabra […] más acertada que la de comprometida, pues la palabra compromiso suscita una cantidad de discusiones y de equívocos entre los extremos del simple compromiso con un partido o una iglesia […] y el extremo de eso que podemos llamar problematicidad (en El escritor y sus fantasmas).

Portada La cultura en...El dilema no es entre literatura comprometida y no comprometida: «a cada rato se olvida que hay un solo dilema válido: literatura profunda y literatura superficial»[6]. Una obra literaria, si es profunda, encarnará los sueños y visión de una nación, de una época; ipso facto será literatura comprometida, aun cuando no haya surgido con esos fines. Obras como Martin Fierro, de Hernández, o Don Segundo Sombra, de Güiraldes, encarnan atributos universales del ser humano en un gaucho, y así como ya no se escribe sobre gauchos porque hay otra realidad, es imposible pretender eludir los males metafísicos que nos aquejan. Sartre mismo advierte que uno de los motivos principales del arte es la necesidad del artista de sentirse esencial en el mundo.

El escritor profundo, comprometido, que Sabato llama «problemático», toma partido en la singularidad de su época y entrevé los valores eternos allí implicados. Toma conciencia de la crisis, pero no la percibe como un concepto abstracto ni como una situación que sólo se refleja en algunos aspectos de la vida, como puede ser el religioso, sino que acepta que ninguna obra de arte puede ser abstraída de su tiempo ni del lugar donde nació.

La aseveración no le resta originalidad a la obra artística. Por el contrario, la obra cobra mayor representatividad e importancia en la medida en que refleja la cultura y la civilización de quien la creó. Como Albert Camus vive en el siglo XX, su Calígula puede reflejar el anhelo fáustico del hombre moderno, más que la idiosincrasia del romano, y Las moscas, de Sartre, es una exaltación de la libertad como la entiende el existencialismo de El ser y la nada, más que la historia de Orestes.

el-escritor-sus-fantasmasernestoEn la obra literaria, siempre habrá referencias directas o indirectas, conscientes o inconscientes a la época en que al escritor le tocó vivir. El irracionalismo de las vanguardias representó fielmente la crisis de valores en la época moderna. Recuerda Sabato en El escritor y sus fantasmas que Gauguin escribió a Strindberg: «Si nuestra vida está enferma, también ha de estarlo nuestro arte».

Las vanguardias expresaron, con explosión, la multiplicidad de la crisis que estremeció a Occidente. Cada vanguardia quiso hallar una salida de la situación crítica o representarla con el arte. Ya Dostoievsky se había percatado de la crisis que aún no estallaba en su plenitud, y en Memorias del subsuelo, estableció que «Si la civilización no ha hecho más sanguinario al hombre, éste, bajo su influjo, se ha vuelto más cruel que antes»[7].

Sabato define al escritor como «mártir» en el sentido griego, como «testigo» de su época, postura en total desacuerdo —al menos en un nivel teórico— con el llamado «arte por el arte», muy en boga con Gautier y los parnasianos. Si el artista es un testigo y está consciente de ello, automáticamente se compromete: «Escritores como yo —dice Sabato en Itinerario— nos formamos espiritualmente en medio de semejante desbarajuste y nuestras ficciones revelan […] el drama del argentino de hoy». En este sentido, la búsqueda literaria tendrá una dirección más encaminada hacia lo que se dice, que hacia la experimentación formal; más hacia el fondo que hacia la expresión. Ejemplo de esto es Kafka, quien con formas tradicionales, revolucionó el contenido por la profundidad y simbolismo de sus imágenes y situaciones narrativas. Sin duda, su obra representa la crisis espiritual del hombre moderno.

Ahora bien, pensadores como José Ortega y Gasset, que hablan de la «deshumanización del arte» y que demuestran tal deshumanización por el evidente divorcio entre el público y el creador en el siglo XX, no advierten que el arte contemporáneo, como lo hemos repetido, representa la crisis de nuestra época. Ortega afirma que «Es prácticamente imposible hallar nuevos temas. He aquí el primer factor de la enorme dificultad objetiva y no personal que supone componer una novela aceptable en la presente altitud de los tiempos»[8]. El filósofo hizo esta afirmación en 1925. No es necesario enumerar las obras maestras que surgieron después, año tras año, tanto en Europa como en América en el género novelístico. Si para Ortega el arte está «deshumanizado», para Sabato, en cambio, es el público quien lo está; el artista, a diferencia del público —masa embutida en fábricas u oficinas— conserva los atributos más preciosos del ser humano. Para Ortega hay una «crisis del arte»: para Sabato. un arte de la crisis, es decir: no es el arte el que está propiamente en crisis (toda sociedad lo necesita). La novela surgida de la crisis tratará de ser catártica y cognoscitiva, de integrar la realidad humana desintegrada por la civilización racional y abstracta[9].

Tres aproximaciones...Para ello, ya no le interesará —en la misma medida que en el siglo XIX— la descripción objetiva de la realidad. El elemento psicológico será decisivo, así como la modificación de la estructura novelística. Ejemplos de esta transformación son las obras de John Dos Passos, William Faulkner o el Ulises, de Joyce. La producción novelística se volverá más compleja. En Abaddón, el exterminador, Sabato, como personaje, afirma: «La novela de hoy, al menos en sus más ambiciosas expresiones, debe intentar la descripción total del hombre, desde sus delirios hasta su lógica», y «Mientras no seamos capaces de una expresión tan integradora, defendamos […] el derecho de hacer novelas monstruosas».

Pero dejemos a un lado la crisis que Ortega le adjudica al arte del siglo XX. Es oportuno concentrarnos en un lapso de gran importancia: la segunda posguerra y sus efectos. Para entonces (1945 en adelante), las vanguardias ya habrán muerto, pero no la crisis que las vio nacer. Para compenetrarse con Juan Carlos Onetti, Eduardo Mallea o Ernesto Sabato, es necesario referirnos a la «angustia» de la posguerra. Nadie más indicado que el «filósofo de la crisis», Sartre, quien afirma, en ¿Qué es la literatura? (pág. 198):

La angustia, el abandono y los sudores de sangre comienzan para un hombre cuando no puede tener otro testigo que él mismo; es entonces cuando […] experimenta hasta el extremo su condición de hombre. Verdad es que distamos mucho de haber experimentado todos esta angustia, pero […] nos ha obsesionado a todos como una amenaza y una promesa; durante cinco años, hemos vívido fascinados y, como no tomábamos a la ligera nuestro oficio de escritor, esta fascinación se refleja todavía en nuestras obras: nos hemos dedicado a hacer una literatura de situaciones extremas.

Estas situaciones son las que mejor encarnan la novelística de la posguerra. Ya en El lobo estepario (1927), de Hesse, las encontramos mezcladas con magia, irracionalismo y angustia. Gracias a que la novela es «el género que mejor refleja los cambios de una sociedad, pero también la conciencia de estos cambios»[10], es como el género ha pasado a ser uno de los más importantes desde el siglo XIX. Afirma Mircea Eliade: «la novela […] ha ocupado en las sociedades modernas, el lugar que tenía la recitación de los mitos y de los cuentos en las sociedades tradicionales y populares»[11]. En efecto, la estructura mítica de muchas novelas modernas resulta evidente. Es posible desentrañar allí temas y personajes mitológicos: el destino, muy importante en El túnel y Sobre héroes y tumbas, pero también el tema iniciático, los combates de un Héroe-Redentor contra el Mal, el mito fundacional (la fundación mítica de un lugar), entre otros. La novelística sabatiana pretende, en el fondo, un rescate del mito: «es indiscutible que las obras de arte son mitologías que revelan las verdades últimas de la condición humana» (Apologías y rechazos), y en una entrevista lo confirma:

En una civilización que nos ha despojado de todas las antiguas y sagradas manifestaciones del inconsciente, en una cultura sin mitos y sin misterios, sólo queda para el hombre de la calle la modesta descarga de sus sueños, o la catarsis a través de las ficciones de esos seres que están condenados a soñar por la comunidad entera. La obra de estos creadores es una forma mitológica de mostrarnos una verdad sobre el cielo y el infierno[12].

Además, en particular, la novela de la crisis desdeña la visión simplista y maniquea de los «buenos» y los «malos». Las obras de Dostoievsky tienen un inmenso valor psicológico; sus personajes se contradicen como seres de carne y hueso. Aquí todos los personajes son héroes y antihéroes. No hay esquemas definidos ni moldes. Lo esencial es la contradicción y el cambio.

El caudal real y mítico tan diverso y heterogéneo de América Latina, se ha manifestado en una vasta producción novelística en el siglo XX que nos parece indispensable para revalorar nuestro ser. La crisis argentina se identifica con la europea, con la salvedad de que en el país sudamericano hay inexistencia de un pasado grandioso; ni siquiera rastros históricos consuelan al ser argentino. Para Sabato ese país padece de una doble crisis, en que el europeísmo se hace necesario. Por tanto, podemos hablar también de la novela de la «doble crisis» argentina. Comprendamos la situación de la narrativa en la Argentina presabatiana.

Durante la década de los veinte, una serie de escritores, muchos de los cuales adoptaron la vanguardia llamada «ultraísmo», se reunieron en torno a la revista Martín Fierro. Entre ellos figuraban Borges, Güiraldes, Mallea y Leopoldo Marechal. El grupo, empeñado en cambiar la literatura más que en crear una literatura de tipo social, fue llamado «los de Florida», barrio lujoso de Buenos Aires. La creación de una literatura de tipo social fue la misión del grupo de «Boedo», cuyo nombre se tomó de un barrio popular de la misma ciudad. Entre estos últimos se encontraba Roberto Arlt, aunque Borges lo ubica en ambos grupos. Los dos, sin embargo, son representativos de la novela de la crisis argentina. El título de uno de los cuentos del libro de Mallea La ciudad junto al río inmóvil (1936), «Conversación», es muy irónico, pues lo que el relato nos muestra es justo la incomunicación de una pareja reunida en un bar para «conversar». Los silencios de la pareja son la «nada» que separa a un individuo de otro. Pero no sólo los silencios: la misma «conversación» es una incomunicación progresiva. Además, en este cuento se alude a la incomunicación de los humanos en general: «La eterna cosa. No se entienden los rusos con los alemanes. No se entienden los alemanes con los franceses. No se entienden los franceses con los ingleses. Nadie se entiende. Tampoco se entiende nada»[13]. Y en El juguete rabioso, de Arlt, encontramos, además de la angustia existencial y la transgresión, un horror ante la muerte. Afirma el protagonista: «Ser olvidado cuando muera, eso sí que es horrible», y más abajo: «Frente al horizonte recorrido por navíos de nubes, la convicción de una muerte eterna espantaba mi carne».

No obstante, la polémica entre ambos grupos (Boedo y Florida) se dio justo por la carencia de grupos literarios en Argentina. Para comprender hasta qué punto este país está europeizado, hasta qué punto imita a Europa, cito las siguientes palabras de Borges:

Borges-SabatoRecuerdo la polémica Boedo-Florida […], tan célebre hoy. Y si embargo fue una broma tramada por Roberto Mariani y Ernesto Palacio. A mí me situaron en Florida aunque yo habría preferido estar en Boedo. Pero me dijeron que ya estaba hecha la distribución y yo, desde luego, no pude hacer nada, me resigné […] Todos sabíamos que era una broma. Ahora hay profesores universitarios que estudian eso en serio […] Ernesto Palacio argumentaba que en Francia había grupos literarios y entonces, para no ser menos, acá había que hacer lo mismo. Una broma que se convirtió en programa de la literatura argentina[14].

Como podemos constatar, incluso en la creación de grupos literarios, hubo una deliberada europeización. Pero suponiendo que en verdad hubo una polémica entre ambos grupos, ahora está tan distante que las diferencias se van perdiendo. Lo que resulta indudables es que tanto el «grupo» de Boedo como el de Florida representan la literatura de la crisis en la Argentina de su tiempo. El hecho de que muchos artistas se hayan unido al «ultraísmo» (de ultra, más allá), constituye una prueba. Incluso la literatura posterior de Borges, a pesar de sus elementos fantásticos, pertenece a una literatura profunda, metafísica. Dice Ángel Rama: «Pienso que a veces hay en lo fantástico algo mucho más metido en lo profundo y en la problemática más auténtica que mucha literatura realista que exteriormente dice estar en los problemas»[15]. Esta afirmación se puede aplicar a Borges, ya que en su obra plasma la condición humana y por ello encarna la crisis de nuestro tiempo, como Cervantes la del suyo.

En cuanto a El túnel, sin duda es novela de la crisis, una obra, como dice Sartre, de «situaciones extremas». Y si bien Juan Pablo Castel, su protagonista, no puede, como apunta James Predmore, retratar la crisis de Occidente por tratarse de un psicópata[16], la novela en su conjunto sí lo hace. Aunque no se contemple en la obra, tal locura (tomando en cuenta la visión de Sabato) surgió a consecuencia del efecto que la crisis produjo en un ser hipersensible, efecto que acarreó la incomunicación y la soledad, primero, y después el anhelo de un absoluto (el amor de María Iribarne) que lo aleje precisamente de la crisis y que finalizará en la desesperanza más abrupta.

 

 

[1] También fecha de nacimiento de Fernando Vidal Olmos, personaje de Sobre héroes y tumbas.

[2] Diálogos Borges-Sabato, Buenos Aires, Emecé, pág. 119.

[3] Luis Wainerman, Sabato y el misterio de los ciegos, 1978, Buenos Aires, Castañeda, pág. 15.

[4] Elaine Pagels, Los evangelios gnósticos, 1988, México, Crítica, pág. 13.

[5] J. P. Sartre, ¿Qué es la literatura?, 1981, Buenos Aires, Losada, pág., 24-25.

[6] Ernesto Sabato, «La cultura en la encrucijada nacional», en Crisis, 1971, Buenos Aires, pág. 30.

[7] Obras completas, t. II, México, Aguilar, pág. 108.

[8] Ideas sobre la novela, 1982, Madrid, Espasa Calpe, pág. 162.

[9] Cfr. Tres aproximaciones a la literatura de nuestro tiempo, 1968, Santiago de Chile, Ed. Universitaria, pág. 77.

[10] A. Roa Bastos, «Imagen y perspectivas de la narrativa latinoamericana actual», en La crítica de la novela iberoamericana contemporánea, UNAM, pág. 42.

[11] Mito y realidad, 1985, Barcelona, Labor, pág. 198.

[12] «Censura, libertad y disentimiento», entrevista de O. Baron Supervielle, Revista de la UNAM, febrero 1979, México.

[13] Mallea, «Conversación», en S. Menton, El cuento hispanoamericano, México, FCE, pág. 445.

[14] Diálogos Borges-Sabato, op. cit., pág. 17-27. Cursivas mías.

[15] «Fantasmas, delirios y alucinaciones», en Actual narrativa latinoamericana, 1970, La Habana, Casa de las Américas, pág. 68.

[16] Cfr. Un estudio crítico de las novelas de Ernesto Sabato, 1981, Madrid, José Porrúa Turanzas, pág. 34.

Nosotros, los amargados

Marichu Martínez S.

 

Llevar una vida amargada lo puede cualquiera, pero amargarse la vida a propósito es un arte que se aprende.

Paul Valéry

 

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Está de moda leer artículos o libros de autoayuda, donde nos enseñan las claves para ser felices al desarrollar hábitos y conductas que nos llevan por esa ruta. Pertenezco a un tipo de persona cuyas aspiraciones en nada se relacionan con dichas rutas. Sé que nunca seré feliz: es imposible. Tal palabra no forma parte de mi vocabulario. Me honro de pertenecer a este grupo tan selecto llamado «los amargados». Me parece importante expresar unas cuantas ideas para solidarizarme con mis compañeros y así, tal vez, agregar a nuestras filas a quienes pertenecen a la contraparte: la «gente feliz».

A los amargados nos encanta usar los dichos heredados de los padres para reforzar nuestros argumentos. ¡Qué razón tenía mi madre cuando decía: «No existe la felicidad completa»! Estas palabras me han ayudado a tomar la vida con precaución. Si las cosas parecen funcionar bien, desconfío; seguramente vendrá pronto un golpe duro. Entonces intento —y lo logro— no disfrutar mucho, por si acaso. «Piensa mal y acertarás»: si siempre vemos el lado negativo de las cosas y de la gente, acaso no nos equivoquemos. Todos tenemos nuestro lado malo; por ello no podemos confiar en nadie. Si pensamos así, tal vez daremos con mayor facilidad en el blanco. «Cría cuervos y te sacarán los ojos» es la máxima para establecer las relaciones con los hijos. Siempre la tengo presente cuando estoy con ellos. Así no me siento tan desprotegido por lo que se les pudiera ocurrir a mis aprovechados vástagos el día de mañana, o de hoy. Asumo que mienten, y se lo digo claro; asumo que son flojos: así tendrían que hacer mayor esfuerzo; asumo que no son lo que «deberían ser», ya que eligen mal sus parejas, sus carreras, su vida… Al final les digo que no tienen remedio. Se enojan, pero debo decirlo: es mi deber como padre.

Los amargados no somos malas personas, sino una élite que cree en el irremediable destino, así como en el papel de Dios en nuestra vida. «Estaba de Dios», «que sea lo que Dios quiera» son nuestros dichos favoritos, sobre todo para la subclase creyente, como yo, que sabe que el destino no está en nuestras manos y hay que aceptar lo que venga, y de hecho, esperarlo; sobre todo lo malo, pues lo bueno «se nos da a cuentagotas». Da igual lo que hagamos, pensemos  o digamos: «nuestro destino está escrito».

A todos nos da igual lo que piensen o sientan los demás, mientras escuchen nuestras opiniones sobre la realidad que percibimos con sabiduría. La mayoría no percibe con verdadera intuición los peligros o puntos negros que rodean a los eventos «felices». De inmediato se emocionan con las buenas noticias sin pensar más allá, sin percibir el doble fondo. Será falta de imaginación o tal vez de inteligencia. ¡Menos mal que estamos nosotros para advertirles!

El mejor lugar que los amargados tenemos para vivir es, sin duda, la Ciudad de México. Desde que amanece, o más bien desde que aún no amanece, cuando despertamos, nuestro cónyuge ya está pegando de gritos para que los hijos salgan a tiempo a la hora que pasa el camión. Son las 6:30 y ya hay tráfico. El colegio queda lejos y los niños pasan más de una hora al día dando vueltas en la calle para recoger a otras víctimas. En el camión les amanece, así como a nosotros, sus padres, en el coche, si es que lo tenemos. La velocidad promedio para circular en la Ciudad de México es de 1 a 20 km por hora, sobre todo en las vías rápidas. Por tal motivo, no se puede calcular el tiempo/distancia, como se hace en otros países. Aquí se requiere una ecuación que incluya todas las variables para fijar la hora de salida al día: marchas, inundaciones, temblores, quincena, lluvia, exposiciones, congresos, choques, coches en doble fila, asaltos, secuestros, huelgas, tiroteos, granaderos, baches poncha-llantas, aviones y helicópteros que de vez en cuando caen del cielo… Son infinitas las variables. Ya en el trabajo, si se es empleado, más vale cumplir las ocho horas seguidas sin respirar (aunque no se tenga nada que hacer), y ni pensar en salir a tomar el vermouth o el café, como en Europa. Aquí seguimos siendo esclavistas y está mal visto; aquí se trata de demostrar el cumplimiento, a menos que trabajes en el gobierno. Allí sí existe el desayuno, el almuerzo, la comida y el café, actividades que suelen alargarse hasta la noche, al fin que pagan los contribuyentes sin protestar; sólo lo hacen en Avenida Reforma y en el Centro… de vez en cuando.

buildings-498198_960_720La hora de salida para un trabajador de empresa normal suele ser variable, y nunca a la baja, por supuesto. Está atenido a la hora en que a su jefe le da la gana que se vaya. Y ni se le ocurra cobrar horas extras: hay cien personas en lista de espera para su puesto, dispuestas a no cobrarlas. El trabajador llega a casa a las tantas después de pelear en el tráfico contra unos cuantos conductores neuróticos e impulsivos, y otros tantos delincuentes en los altos, quienes cuando no le dieron «cristalazo», lo apuntaron con una pistola, lo apuñalaron o simplemente intentaron limpiar el parabrisas de su coche. Los hijos ya están dormidos y la esposa ve a Lopez Dóriga que anuncia las desgracias del día.  Dicen que la Ciudad de México es preciosa. La verdad, yo no he podido verla, y prefiero no hacerlo… No vaya a ser que me guste y la disfrute. ¡Semejante tontería!

Aquí viven muchos compañeros amargados. Creo que somos un grupo numeroso, pero más numeroso es el grupo de «felices» o que intentan serlo. No entiendo cómo; tal vez mientan. Por lo menos nosotros somos sinceros y sin tapaduras. Creo que todos mienten al sonreír; pienso que se trata más de una mueca que de una actitud: una mueca hipócrita.

La felicidad es fruto de la ignorancia. En el fondo, la culpa de nuestra insatisfacción es de quienes, con su irresponsable felicidad, nos hacen sentir mal. La máxima del infeliz «feliz» es desarrollar un pensamiento positivo que consiste en sobreponerse a los inconvenientes de la vida, dándoles un sentido de aprendizaje y olvidándolos pronto para sustituir ese pensamiento negativo por uno «positivo». El infeliz «feliz» usa términos agringados, como reframing, retooling, flowing, que inventaron unos cuantos que no tienen ni idea de lo que significa la vida real. Creen que pueden «marear la perdiz» si piensan en otra cosa más agradable. Por lo que entiendo, pretenden actuar como el avestruz, pensando que si esconden la cabeza y no ven lo que ocurre, el problema o peligro desaparece.

Apuesto a que todos esos sabios felices no han vivido en la Ciudad de México.

 

 

APÉNDICE

 

DICHOS QUE FOMENTAN LA AMARGURA

Nadie sabe para quién trabaja.

Dime de qué presumes y te diré de qué careces.

Árbol que nace torcido jamás su tronco endereza.

El hombre propone, Dios dispone, llega el diablo y todo lo descompone.

Hay dos maneras de ser feliz en esta vida: una es hacerse el idiota, y la otra es serlo. (Freud).

Los buenos recuerdos duran mucho tiempo; los malos más (proverbio checo).

Quien bien te quiere te hará llorar.

Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro.

Hecha la ley, hecha la trampa (México).

Cuando se está hundiendo el barco, salen todas las ratas.

Donde reina la mujer, el diablo es primer ministro.

Candil en la calle, oscuridad en la casa.

 

 

 

El miedo lejano y otras fobias: Los repugnantes, maravillosos, increíbles cuentos de Juan Antonio Rosado

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Francesca Gargallo Celentani

 

De 1980 a 2015 Juan Antonio Rosado ha seleccionado y reunido 20 cuentos diferentes, alrededor de tres elementos: cuatro discurren sobre el tiempo, siete le guiñan el ojo a la urbanidad y nueve relatos apelan a la pureza, no entiendo bien si porque el autor encuentra honorable la descarnada referencia a los juegos eróticos o porque entre vómitos, fantasías socio-pornográficas, asesinatos, secreciones y familias funcionales a la disfuncionalidad de las relaciones de parentesco, se carcajea de las higiénicas entregas al coito pagado.

No hay que buscar continuidad temática, ni siquiera estilística, en El miedo lejano y otras fobias (Praxis, Ciudad de México, 2017), porque no es un libro de cuentos, sino una recopilación nada complaciente de las obsesiones afectivas y sexuales de un narrador que durante tres décadas no se ha esforzado en resultar cómodo a ningún colectivo político ni literario. Cuenta con soltura, encuadra vigorosos escenarios. Su estilo —que de tan colorido puede llegar a ser nauseabundo y de tan asqueroso, revelarse irónico— es siempre gramaticalmente impecable. Las anécdotas se sostienen más allá de los cambios repentinos de la narración.

Si una recopilación de cuentos es suficiente para revelar una poética, Rosado juega con los rasgos psicológicos de personajes que se debaten entre la sinrazón de la abulia, la hipocresía y los atropellos del urbanismo ecocida. Opina a contracorriente sobre el tabaco y las dependencias para revelar una alteridad amoral; suelta opiniones poco convenientes sobre el aburrimiento vital de los burócratas como figuras paternas; se ríe de la medicina como desafío a las determinantes biológicas de cuerpos envueltos en relaciones mercantiles, y no encuentra mejor salida para reírse de los moralismos de pandilla que desafiar la corrección política del sexo, la cultura, las convenciones sociales y las prácticas de enamoramiento heterosexual.

En ocasiones, la narración resulta perturbadora; en otras, roza lo desagradable. Sin embargo sostiene el interés de quien lee y produce reflexiones sobre el anonimato o, más bien, sobre la falta de personalidad de muchas de las relaciones más importantes de la vida. El deseo sexual, como el mal para Hannah Arendt, en un cuento de Rosado puede ser trágicamente banal y en otro revelar la identidad entre un narrador cínico y una víctima de las condiciones históricas y la violencia sexual.  Relator y sacrificado se confunden, así como en el apocalipsis de un terremoto la pureza de una niña es el gancho para relatar una mezcla de sórdidas situaciones que van del riesgo a la decepción.

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De izquierda a derecha, Francesca Gargallo, Federico Ballí y Juan Antonio Rosado. 30 de octubre de 2018 en la sala José Moreno de Alba de la FFyL, UNAM.

La miseria humana en estos 20 cuentos recorre situaciones cotidianas llevadas a una suerte de realidad hiperbólica tan ridícula como cruda, que Rosado describe para racionalizar lo insoportable. Muchos de sus cuentos arrancan de situaciones reconocibles —paseos nocturnos, amores que duelen, matrimonios que van al fracaso, la violencia del país— y poco a poco transforman el escenario de los acontecimientos como cuando en la vida alguien se equivoca de camino regreso a casa y termina en medio de una balacera, mientras la madre, la esposa, el dador de trabajo lo espera ahí donde se supone que debería estar y no está.

“Destino de átomos” es quizá el cuento que reúne más aspectos surrealistas y apáticos, ridículos y nada sorprendentes, desesperantes y obvios, sin caer nunca en un cliché ni bajar la atención de quien lee: dos amigos de regreso de unas cortas vacaciones donde mujeres riquísimas les han ofrecido los placeres que dos clasemedieros no podrían permitirse, se encuentran perdidos en el tráfico de la periferia de la gran ciudad y son abducidos por su cotidianidad envolvente. La exaltación, la banalidad y la degradación de la masculinidad son tratadas con ironía y tristeza por un escritor que con la misma compleja mirada se dirige a otros ámbitos de sus afectos, por ejemplo, la creación.

Lector incansable, conocedor de varias corrientes literarias, crítico de la literatura y analista de la cultura, Rosado no niega las voces que le proporcionan los cuentos de amigos y los poemas escuchados. Sin embargo, sus narraciones no repiten los tópicos de un género. Pasan de la búsqueda de libertad de una escritora a la crueldad física contra un cuerpo que no entiende por qué no puede morir. En ocasiones, los cuentos resultan verosímiles, en otras provocan rechazo; casi nunca tienden a ser solipsistas, pues la multiplicidad de las existencias revela las condiciones de angustia de los personajes. La polifonía de algunas ficciones es agradablemente dialógica y ofrece momentos de respiro en medio de múltiples escenarios de terror.

 

En esta recopilación, resalta el uso de descripciones crudas y de diálogos directos que desencadenan lo inesperado. Rosado es un maestro del enigma del tiempo y la alteridad humana. Por lo tanto, en pocas, rápidas palabras introduce lo que puede darse entre dos personas que opinan sobre algo tan próximo como intangible. Donde más se retrata es en las figuras de rebeldes al clericalismo y a la autoridad moral. Ahí se va de boca en la denuncia de la perversión de los custodios de la moral, acosadores de niños y mujeres, pero nunca traiciona su ironía al convertirlos en héroes. No exalta la depravación de la infancia como tiempo de privación del juicio, sino que la trata como una posibilidad devastadora, la causa de un mal irremediable o de la persecución.

No hay tonos didácticos, moralejas o consejos en estos cuentos, lo cual se agradece. Tampoco hay lejanía con la miseria humana. Rosado nunca se irgue por encima de la condición mortal. Algunos cuentos alcanzan la tensión erótica a través del exceso o el ridículo: nada sutiles, pueden provocar el rechazo o esa tensión sexual absurda que se nutre a la vez del miedo, la repugnancia, el asombro y el deseo. Situaciones envueltas en una situación paródica; excitación coprofílica; suciedades tan atractivas como el poder de someter subrayan la condición espuria de los sentimientos más preciados por una sociedad incapaz de reconocerlos. La lectura de los escritos de Rosado no produce euforia, aunque incita las ganas de seguir fisgoneando en los conflictos, los desdoblamientos de personalidad, las contradicciones que presentan.

 


Texto leído el 30 de octubre en la sala José Moreno de Alba de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

 

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