Revelación

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Portada de José Luis Cuevas.

Juan Antonio Rosado Zacarías

I

Las cobijas cayeron de la cama. Temblores físicos. Una hilera de manos que se crispaban al hacer contacto con un tubo de vidrio. En medio de alaridos, las palmas perforadas sangraban copiosamente. Claudia, desnuda —el tubo atestado de manos sobre la cabeza—, recibía la hemorragia con alegría. Su padre entró. La vio reptar y reír sobre un charco de sangre, las cobijas dispersas alrededor. Entre espasmos de garganta cansada, las risas explosivas convulsionaban el cuerpo.

Se irguió. Abrió los ojos al máximo. Estaba sola, sola. Sintió el peso de la claustrofobia y el olor salobre del sudor cuando, de pronto, pensó en el consejo de Rolfo. Lo había recordado poco, pues un impulso emanado de la costumbre la hacía volver a su noviazgo con Carlos, cuyo atractivo, no obstante, se precipitaba al cieno. Claudia, enlodada en esa relación monótona y estéril, no podía continuar jugando con sus emociones. En el cajón, su diario íntimo: todo el dolor, el sentir, encajonados. Debía sacarlos o dejar que se pudrieran sin remedio. Pero seguía confundida, muy confundida…

II

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Henri Matisse: Odalisque a culotte rouge (1921)

«¿Qué hora es?» Cuando las pupilas resistieron la luz, una mirada dulce brotó sobre la media sonrisa de Gioconda, se posó en la esbelta desnudez de su cuerpo y en el brillo del mueble aledaño. Claudia se estiró, bostezó con hondura y desgano: «Ojalá no sea muy tarde». Deseaba prolongar el descanso, pero por fin se levantó. Es un imperativo verse al espejo: los ojos cafés, repletos de pasado y juventud, se resolvían en intensas ojeras.

En aquel momento se acordó de algo que había intentado escribir hacía ya mucho y que abandonó tras la evidencia de su fracaso. Tan sólo su diario atenuaba las ansias de verter ideas y sentimientos, un pequeño diario, compañero en la soledad. Hacía tiempo que no lo tocaba: ¿registrar la pereza con que amanecía? «Vamos a ver». Claudia se dirigió al mueble de la esquina y abrió un cajón. Hojeó el diario rápida, desinteresadamente, como lo haría con una revista en la cola del supermercado, y lo guardó de nuevo.

Un bostezo de aburrimiento la hizo volver al espejo: las ojeras, la mirada, le parecieron más repulsivas. Los labios no aminoraban la resequedad, por más que los humedecía con la lengua. Las mejillas también habían palidecido. Según su madre, la mala alimentación le había adelgazado la cara y el cuerpo. El nuevo corte de su hermoso cabello castaño, al igual que otras realidades (la ropa, la habitación, la casa, la ciudad, su relación con Carlos…), empezaba a causarle disgustos.

«Ah… Qué flojera». Clavó la mirada en las cortinas. Esa noche había soñado con un problema, personificado en un hombre cuyo aspecto trató de preservar. Lo que más la desconcertaba y le hacía mantener la mirada perdida en el guinda de las cortinas era que jamás había visto a ese hombre, aunque su rostro le pareciera tan cotidiano.

Se cubrió con una bata y bajó a la cocina. Su mamá, de espaldas, cascaba un huevo de cuya mitad manaba un chorro de sangre seguido por un embrión putrefacto de pollo; la consistencia babosa, nauseabunda, la hizo cerrar los ojos: «un aborto de gallina», se dijo. El hedor maltrató su olfato y el de su madre, a quien —con los ojos bien abiertos y el asco en la garganta— contempló fijamente, al lado del basurero, donde depositaba, con gestos de repugnancia, el feto espeso y hediondo.

—¡Ya no hay huevos decentes! —se quejó la madre—. Tu abuelo tenía un rancho en Morelos. ¡Qué huevos eran aquéllos!

—¿Y mi papá? —preguntó Claudia.

—Se fue a trabajar.

—¡Esos sí son huevos!

—Cállate, grosera… —La muchacha salió de la cocina y se sentó a la mesa—. En la tarde tengo una cita con el doctor. Me gustaría que me acompañaras.

—No puedo, ma’. Carlos me invitó a comer.

—Mi cita es más tarde, hija. Con que llegues a las seis está bien —La mujer colocó otro par de huevos sobre la mesa y encendió la televisión. Luego se sentó con parsimonia.

—Bueno. Pensaba llegar más temprano —dijo Claudia—. ¿Cómo te has sentido?

—Necesito otra revisión.

—¡Ya no levantes cosas pesadas!

—¡Pues qué quieres! ¡Tengo que hacerlo todo sola!

—No es cierto. Yo te ayudo a veces.

—Sí, hija, pero tú tienes que ir a la escuela. Además, nadie te está reclamando. No pongas esa carita.

Claudia se levantó y apagó la televisión. El silencio engrasó la atmósfera. Repentinamente, la madre se paró y encendió el aparato de nuevo. Apareció un hombrecillo de voz gangosa que anunciaba ofertas de ropa interior «para damas y caballeros».

III

Dos horas antes de salir de clases, Claudia se enteró de que Alicia, una compañera rubia de quien todos murmuraban que era medio rara, iría justo por el barrio de Carlos. A pesar de haber sospechado de ella —por cómo la miraba—, decidió pedirle un aventón.

—¡Híjole, Clau! —dijo Alicia, abriendo sus grandes ojos azules—, me voy en una hora.

—¿No te vas a quedar a química?

—Tengo que ver a Leño. Pero acompáñanos: vamos a un estudio de cine. Luego vas con tu chavo… Ándale —Claudia aceptó: sería la primera clase a la que faltaría.

Después de cincuenta minutos de matemáticas, un señor encorvado con el rostro tapizado de pecas entró en el salón y se subió a la tarima. Todos callaron. El giboso se dirigía al grupo con ademanes pedantes, voz afeminada y un sonsonete invariable. Anunció que no habría química, que atropellaron al maestro, que todos podían retirarse.

—¡Qué bien! —gritó Alicia, acomodándose la mascada que llevaba amarrada al cuello.

—Esta es la mejor noticia del día —dijo otro alumno, dando un golpe de triunfo al aire.

Claudia se vio pronto en el coche de su compañera, rondando la cuadra bajo un cielo plomizo y un ambiente cargado de polución.

—¡Caray! —exclamó Alicia, furiosa—. ¡Leño no está por ningún lado! Mejor vámonos… Acompáñame a los estudios, Clau… Hoy vienes bien guapa.

El coche se estacionó. Ambas bajaron para dirigirse a una puerta negra, sin letreros.

—Vamos a actuar. —Alicia sonrió—. Tú haces el papel de Leño.

—¿El papel de Leño?

—Un perro en celo —la joven rubia se detuvo y volvió a sonreír—: es una obra vanguardista, teatro experimental… tú sabes.

—Prefiero irme. —El entusiasmo de Alicia se transformó en una clara decepción:

—Pero, ¿y si llueve?, ¿y si no está tu novio?

—Lo espero, no te preocupes. —Ambas se despidieron con un beso en la mejilla.

IV

03-la-magia-1Los pasos de Carlos sobre el cemento cubierto de basura se detenían a veces en algún aparador. Su mirada gris obedecía al deseo de satisfacer a Clau con algún regalo, pero no veía nada atractivo. Cada cuadra, a un lado de los motores ululantes y cláxones de distintos timbres, tenía que acomodarse la bufanda o subirse el pantalón, que le quedaba grande. Se detuvo por fin ante un edificio descascarado y oprimió uno de los botones del interfón:

—¿Sí? —contestó una voz masculina, nasal y muy ronca, con tono de disgusto. Carlos preguntó por Mariano, quien no tardó en acercarse a la bocina:

—¡Espérame, compa! ¡El elevador sigue jodido!

Carlos aguardó. En breve salió del edificio un cuerpo chaparro y abultado, cubierto con una chamarra negra. Era Mariano. El rostro moreno claro denotaba una mezcla de extrañeza y disgusto. Reprochó a su amigo el haber llegado tan temprano.

—¿Por qué a estas horas, compa?

—Vine a confirmar lo de Rolfo —aseveró Carlos, con una sonrisa que dejaba ver unos dientes chuecos y amarillentos.

—¿Vienes a confirmar que vas a venir en dos horas? Eso se llama perder el tiempo.

—No, güey; vine a invitarte a comer a mi casa. Tu teléfono estaba ocupado.

—‘Ta jodido desde hace dos semanas, pero ‘ai la llevamos.

—Invité a Claudia.

—Mira, compa —el gordo se rascó la cabeza con una franca actitud de impaciencia—, la casa de Rolfo está más cerca de aquí que de la tuya.

—¡Sí, pero no quería bajarme del camión para subir después a otro!

—‘Tas loco… Ya vengo. Voy a avisar que nos vamos.

—¿Por qué no avisas por el interfón? ¡Tú sí que estás loco!

Mariano oprimió el botón. Se escuchó la misma voz nasal, con el mismo tono enfadado.

—Oye, pa’, voy a comer con Carlos. De ahí nos vamos con Pedro.

Ambos caminaron. Carlos preguntó por qué había dicho que irían con Pedro.

—Mi papá detesta a Rolfo —respondió Mariano—: primero lo vio de lejos y no le gustó nada. Dijo que tenía facha de drogo. Otro día nos emborrachamos en mi cuarto y Rolfo cometió la pendejada de ir al baño y no atinarle a la taza. Dejó un charco que apestaba a madres. Otra vez mi papá salió a comprar jamón y vio a Rolfo orinando en la esquina; delineaba siluetas en el aire, con la verga parada. Por eso ya no lo invito. Sólo voy a su casa de vez en cuando… Hay que tomar un camión en la esquina, compa, vente p’acá.

—Lo sé, güey, si vamos a mi casa. Me muero de hambre. Claudia no debe tardar.

Al llegar, Carlos abrió la puerta. Detrás del rechinido, reconoció a su pareja sentada en el sofá de terciopelo rojo; bebía de una taza de café. En ese momento, la madre de Carlos salía de la cocina. Después de los saludos, él se justificó con Claudia:

—Fui por el gordo, Clau. Pensé que llegarías a estas horas.

—Salí antes porque no hubo química: atropellaron al maestro.

La madre de Carlos hizo una exlamación de sorpresa y regresó a la cocina, desde donde preguntó:

—Pero, ¿quién lo atropelló?

—No sé, señora —contestó Claudia, dejando su taza sobre la mesa de en medio.

—¿Y qué le pasó?, ¿fue grave?

—Quién sabe… Cuando nos dijeron luego luego me vine para acá.

—El gordo nos va a llevar con Rolfo —dijo Carlos, rascándose la mejilla.

—¿Quién es Rolfo? —preguntó Claudia.

—¿No te acuerdas? El que adivina…

—No adivina, compa —interrumpió Mariano—: te dice datos sobre ti que ni conoces, créeme.

—Ah, ya… Me encantaría verlo —afirmó Claudia, entusiasmada— ¿Qué clase de datos?, ¿no es uno de esos charlatanes?

—Es cosa de ir hoy —aseguró Carlos—, pero antes me tengo que cambiar de pantalón…

—¿Hoy? No. Quedé con mi mamá que la acompañaría al doctor. No puedo.

—Lo malo es que también quedamos con Rolfo. Él no tiene teléfono y sólo puede hoy.

—¡A comer! —gritó la madre de Carlos, desde la cocina.

—¡Ya vamos!

—¡Pero no me avisaste ni me pediste opinión! —imprecó Claudia—. ¡Ya le dije a mi mamá que la acompañaría! ¡No puedo quedarle mal otra vez!

—Está bien, pero…

—¡Ya está lista la comida! —volvió a interrumpir la madre de Carlos.

—¡Siempre haces planes sin consultarme!

—Está bien, está bien, Clau…

—¿No puede ser otro día?

—¡Se les va a enfriar! —insistía la madre.

—En dos o tres meses —dijo Mariano.

—¡Carajo! —Claudia miró a Carlos con intensidad—, siempre me pones en conflicto.

Entonces cambió de actitud:

—Voy a decirle a mamá que no puedo ir con ella. Préstame el teléfono.

—¡Si no vienen a comer, levanto los platos! ¿Me oyen?

—Vayan a comer —dijo Claudia—, ahora los alcanzo.

—Antes me voy a cambiar de pantalón. Tú siéntate, Mariano. Ya bajo.

V

Luz roja. El autobús se detuvo. Los rodeaban caras redondas, bigotes recortados, miradas de indiferencia, mujeres obesas bañadas en perfumes hirientes y vestimentas grises, sudadas. Vientres hinchados como gargantas de sapo, cortes al ras que mostraban cráneos accidentados, morrales colgando de los hombros, letreros blancos sobre construcciones altas y cuadradas. La tarde se tornaba en noche y el calor se hacía insoportable. Sudor, alcohol barato y joyas de fantasía aderezaban los cuerpos flácidos y agresivos.

—Me gustaría vivir por allá —dijo una niña a su padre.

—A mí no me gusta nada esta colonia.

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Hildegarda von Bingen recibiendo la inspiración divina (ca. 1180)

Las piernas de Claudia exigían descanso. ¿Qué hacer? No se atrevía a pedir un lugar a nadie y menos a tomarlo por la fuerza. Mientras fantaseaba con eso, observó a un niño de aspecto sucio arrodillado sobre el asiento: miraba por la ventanilla con las manos adheridas al vidrio. Justo entonces, como si el azar hubiera escuchado sus ruegos, Claudia sonrió con los ojos: un señor abandonaba su lugar. Ella dio un paso para acercarse y alcanzó a colocar la mano sobre el asiento, pero apenas se adelantaba cuando una gorda de edad madura se abalanzó y se sentó sobre su mano. El triunfo de la mujerona, impregnado de gestos rojos, mezcla de orgullo y soberbia, irritó a la muchacha. Aún faltaba cubrir la mitad del trayecto para llegar con Rolfo: había que cruzar la glorieta del Metro Insurgentes y apenas estaban en San Ángel. El tráfico era desesperante. Claudia sacó la mano de entre el asiento y las voluminosas nalgas de la mujer.

Más tarde una anciana se levantó. Carlos ocupó su lugar. Sin lograrlo pretendió cedérselo a Claudia: los separaba una gran distancia; además, no se veían. Podría gritarle: «acércate» o «ven», pero ni siquiera se le cruzó por la mente. Cuando por fin se le ocurrió, escuchó a Mariano:

—¡Claudia, Carlos, bajamos en la parada! —Carlos se levantó de prisa, para que su novia no viera que había ido sentado.

En la calle, la gente circulaba en todas direcciones.

—Ahora tenemos que caminar cinco cuadras —dijo Mariano.

—¡Pensé que estaba más cerca! —Carlos parecía de mal humor.

—Creí que ya habías venido —Claudia lanzó una mirada inquisidora a su novio.

—No, por eso quería venir hoy… Oye, no me dijiste qué te dijo tu mamá.

—Se enojó.

—¿Qué te dijo?

—Que era mala hija. Chantajes. No me creyó cuando le dije que tenía que hacer cosas de la escuela… —Clau sonrió con ironía. Carlos recordó la riña que él y su novia tuvieron una vez, justo por no haberle creído que ella tenía trabajo escolar. Ese mismo día Carlos fue a casa de su amigo Gabriel. Al llegar, se asomó por la ventana: vio a Claudia y a Gabriel manoseándose. Aquello abrió una brecha irremediable entre los tres. Carlos tomó la sonrisa de Claudia como un tapabocas a su curiosidad y verificó que la indiferencia de ella seguía vigente, pero ahora saturada de cinismo.

—Mariano —murmulló Claudia—, ¿cómo es Rolfo?

—Es un tipazo. Le fascina la gente misteriosa. Tiene sus mitos propios.

—Me dijiste que a veces se contradecía —balbuceó Carlos.

—Todos lo hacemos.

—¿Cómo se apellida?

—Leño —Claudia recordó al amigo impuntual de Alicia, pero no dijo nada.

El edificio de Rolfo era viejo, de los que sobrevivieron al terremoto. La entrada siempre estaba entornada. Aunque agotados, los tres amigos subieron las escaleras hasta el cuarto piso. Mariano tocó la puerta marcada con el número 401.

—¿Quién? —se escuchó una voz ronca.

—Soy yo, Mariano… Aquí están los amigos que te dije.

Rolfo abrió. Aparentaba treinta años. Corto de estatura, greña larga, negra, rizada, piel morena. El bigote enhiesto se introducía por la comisura de los labios hendidos. Lucía una barba puntiaguda y mefistofélica bajo la boca chimuela. Después de las presentaciones, Carlos y Claudia se sentaron en un diván; Mariano y Rolfo, sobre el piso.

—¿Qué tal, gordo? —preguntó Rolfo, preocupado.

—Bien —contestó Mariano, con alegres gesticulaciones. La gravedad de Rolfo desapareció.

—Dame la bola.

Mariano le dio una bola de billar que Rolfo apretó con fuerza; la sobó, como queriéndole sacar brillo, y la arrojó por la puerta abierta de la alcoba.

—Siempre lo mismo.

—No comas un día y sufrirás, con más razón ella —Rolfo señaló a su habitación—: siempre come a estas horas.

Los cuatro bebían y fumaban. Mariano terminaba su décimo tequila, con avidez, cuando una retahíla de claxonazos hicieron recordar a Carlos cierta noticia que había escuchado meses atrás: «Lo balaceó a mitad de calle porque le mentó la madre con el claxon».

—Algunos, en vez de nalgas, deberían tener aguijón —increpó Carlos.

—So’on la’ersonas que nos rodean —masculló Mariano, aguardientosamente—. Es in-ter… esant’ ver cómo se’ivierten.

—¡’Tas bien pedo, cabrón! —musitó Rolfo.

—No… Digo qu’es inte-resant’ ve’ cómo se’ivierten…

—Deberían divertirse con su culo —dijo Carlos, estentóreamente—, en vez de asesinar al azar a los que hacen ruido o mencionan a sus madres. Es parte del pinche subdesarrollo mental, sin importar clases económicas. Tienen mierda en el cerebro, ¡y agrégales alcohol!, ¡pobrecillos! —Rolfo miraba de soslayo las expresiones de Claudia al escuchar a su pareja—: es la única palabra que se me ocurre: ¡pobrecillos! Unos insultan y amenazan en la cantina; otros andan en carros último modelo, deseando matar al gusano que se les cierre por la derecha. Luego trato de olvidarlos y no puedo, son como las moscas, están en todas partes. Un día sus cráneos van a estallar y voy a ver la caca evaporada que contenían.

—Exageras. Esto pasa en todas partes —repuso Claudia.

—Sucederá en todas partes, pero YO —Carlos le dio más énfasis a esta última palabra—, ¡yo vivo aquí!

—Está bien —interrumpió Rolfo—, cambiemos de tema. Yo alimento mi cuarto todas las noches. Me lo enseñó la mujer que descubrió mi don. Conozco el arte de ver el interior de una persona. ¿Quién empieza?

—Carlo’ —dijo Mariano, señalándolo con el meñique.

—Extiende tu mano y ponla aquí —Carlos la colocó sobre un objeto gris en forma de montaña, con circunvoluciones estilo cerebral, que Rolfo había estado acariciando.

—¿Y bien? —El hombre tomó su mano derecha y vio las yemas de sus dedos.

—Siento una presencia muerta en ti, pero viva.

—¿Cuál?

—Olvídalo; todo está dicho.

—¿Es Claudia?

—Es una presencia femenina. Va más allá de tu conocimiento. Ya lo vas a saber.

—No conozco a nadie.

—¿Tienes problemas con alguien?

—Discusiones, puntos de vista distintos, pero problemas serios, no.

—No estás a gusto. Aúllas por la diversidad.

—¿Aúllo?

—Eras lobo —Carlos pensó en la charlatanería de Rolfo—. Pero tranquilo. La semana pasada vino un señor, uno de esos acomplejados que a cada rato quiere ser déspota o pequeño ejecutivo; fue cucaracha antes de nacer. Claro que no se lo dije.

—¿Nos’odrías ‘ecir lo qu’eras andes, Rofo?

—Yo vine al mundo como hombre. Los que no sufrimos cambios, tenemos el don de conocer a los demás. Nacimos para ser hombres.

—¿Y al morir? —inquirió Carlos.

—Quizás un árbol, como lo fue Mariano.

—¿Y todos los que nacieron por primera vez hombres, tienen este don? —preguntó Claudia, sardónica.

—Sí, pero pocos se dan cuenta. Por ejemplo: hace dos semanas vinieron dos hermanos, una mujer y un hombre. Tenían graves problemas. Ellos eran uno antes de nacer. Es un caso raro de bifurcación anímica. El hombre no puede hacer el amor porque eyacula la materia gris de su cerebro y se vuelve cada vez más tonto. La mujer, en cambio, menstrúa mermelada de fresa. Cuando descubrí que eran uno (de hecho, nacieron siameses), casi se mueren. Ahora pueden tener más cuidado.

—¿Más cuidado? —preguntó Carlos.

—En morir felices.

—¡Yo me suicidaría!

—¿Y si muere uno antes que el otro? —inquirió Claudia.

—No importa. Son seres individuales.

—Qu’ec-straññ… —Mariano se echó para atrás y eructó con fuerza.

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Máquina de coser electrosexual (1934), de Óscar Domínguez

—Cerdo… Uno de los casos más raros —continuó Rolfo—, es el de un adolescente que se masturbaba con la foto de una chava virgen. Ella quedó embarazada: el muchacho antes había sido espermatozoide. Quizás los cambios acaben. No se puede saber. Algunos se convierten en microbios o moléculas; otros, en átomos o neuronas. La gente estéril era neurona no apta para la sinapsis. Hay muchísimos seres a nuestro alrededor: ¡vibran dentro de nosotros!, ¡entre nosotros!, ¡con nosotros! —Rolfo se cubrió el rostro con las manos y lanzó un grito aterrador—. ¡Respiran! ¡Respiran! –Claudia y Carlos se vieron con extrañeza.

—Qué tonto —exclamó Claudia—, me da risa. ¡Y a esto vine!

—¡Una escéptica más! Sólo falta que seas nihilista.

—No soy nada de eso. En todo caso, soy agnóstica. Me parece muy tonto tu concepto de la transmigración.

—Por suerte sólo es de él —dijo Carlos—; a mí también me parece ridículo. Al fin y al cabo, la única verdad que existe es que no existe la verdad.

—Sin-cerament’ io, io sí crrr’eo.

—Sé por qué no cree tu amigo, pero no… ¿cómo te llamas? Se me olvidó tu nombre.

—Claudia.

—Bueno, Claudia, ¿quieres que te diga algo, o no?

—A eso vine.

—Pon tu mano sobre la montaña —Rolfo se acariciaba la barba mientras clavaba la mirada en las uñas de la muchacha.

—Hay una presencia femenina muerta. Tus senos han sido blanco de sus miradas. Está viva. ¿Puedes quitarte la camisa y el sostén?

—¡No!

—Le gustas a tu amiga y en el fondo ella te gusta. Quisieras salir de la ciudad con ella. Detestas el anquilosamiento. Te hace falta viajar —Claudia sólo sonreía.

—¿Y qué era yo antes de nacer?

—Eras… orquídea.

—¡¿Orquídea?! ¡Detesto las orquídeas!

—Por eso estás así. Desde que empezaste a cobrar conciencia te has sentido miembro de una especie hambrienta, inclinada a la pereza, al pragmatismo irreflexivo, al utilitarismo castrante, al funcionalismo pedorro. Nuestra especie ha perdido la magia con que explicaba el mundo. Añoras volver a la hechicería, al mito, al sacrificio, a los rituales repetitivos. Pero nunca lo creerás. Con el progreso ganamos tiempo. Todos se enclaustran en fascinaciones culturales, no son asiduos en nada. ¿Qué edad tienes?

—Diecisiete.

—Ya sabes que la especie ha enfermado. ¿Puedo ver tus senos? —Rolfo trató de manosearla. Carlos se quedó petrificado.

—¡No!, ¡quíteme las manos, loco! ¡Usted también es un autómata!

—¡Yo soy tolerante con lo distinto! ¡Sólo quiero ver las miradas de tu amiga; esas miradas que han penetrado tus camisas, te pueden dar cáncer de mama! ¡Quiero lavártelas!

—¡Este tipo está bien pendejo! ¡Pobre diablo! —exclamó Carlos—. ¡Vámonos!

—No, espérrat’, Carlo’.

—La gente —continuó Rolfo— se va volviendo fría y una misma. Su sensibilidad se petrifica, se hace mecánica. A veces toco la piel de mis clientes, pero no es piel, es plástico.

—Supongo que cobras caro, cabrón.

—Lo que me quieran dar.

—¿Y de qué vives, güey?

—Soy actor —afirmó Rolfo—, encarno a varios animales—. En eso, Mariano se levantó. No pudo dar un paso y vomitó un caldo blancuzco sobre la mesa de en medio. Luego se balanceó y cayó, babeando, en el diván, donde cerró los ojos.

—¡Puerco!… —gritó Carlos—. Ahora sólo falta que este actor nos ponga a hacer una orgía.

—¡Cállate! —exclamó Claudia.

—Un viaje —Rolfo prosiguió con calma— te ayudaría a recobrar la sensibilidad que has ido perdiendo; debes reencontrarte contigo misma. Todo depende de ti –Claudia no dijo nada. Recordó al hombre de su sueño, a ese problema personificado a quien vio como todo lo que debía evitar: la familia, Carlos, la escuela, la ciudad entera… El silencio se hizo tangible por varios minutos, hasta que Mariano, reincorporándose, lo rompió:

—A’ropósito, Rofo: ¿no’ienes algo de’o-mer?

—Hay chancros de pigmeo. ¿Quién quiere?

—Yo —dijo Mariano. Carlos y Claudia negaron con la cabeza. Rolfo se levantó, fue a su cuarto y regresó con un plato de nueces.

—Vas a tener que limpiar tu gracia, cabrón —le dijo Rolfo, en tono jocoso. Mariano se levantó. Lo mismo hicieron Carlos y Claudia, quienes lo sostuvieron para que no se tambaleara.

—Yo dambién tengo qu’irme. Nos’amos al terr’minar de’omer.

—Pero no puedes irte así. Chupaste demasiado.

—N’es nada. Esto’ien. ¿No te’ustan las’iruelass? —Mariano agarró a Carlos de la solapa.

—¡Suéltame, güey!

—¿Eh?, dime, compa, ¿te’ustan?, ¿te’ustan?

—Ya nos vamos. Gracias por todo. ¿No importa que se quede el gordo?

—No —dijo Rolfo—. Pero antes les voy a arrojar un escupitajo más: el que quiera vivir en lo sagrado, debe buscarlo en sí mismo, ¿eh? —Rolfo le guiñó el ojo a Claudia.

—Mediante el alcohol y las drogas, supongo —afirmó Carlos, irónico.

—No, mediante la introspección. Hasta los recién nacidos nacen cansados.

—¡Es que fueron ciclistas antes de nacer!

—Ya no tienen nada que arriesgar, no hay fe ni en el arte. Sólo creen en la utilidad, en lo rápido y en lo cómodo. ¡Todo para morir y heredar la estupidez!

—¿’Uándo qu’eres que rregres’?

—Cuando quieras. Vengan mañana, si quieren.

—Yo, nunca más —dijo Carlos.

—Es que… Como sem’prrie me’ices qu’en tantos meses, yo pensé…

—Sí, pero voy a estar desocupado por un mes.

—¡Hubiera podido acompañar a mi mamá! Sólo me das problemas, pinche Carlos.

—¡No sabíamos, caray!

—Sí, sí sa’iamos, com… pita.

—Cállate, imbécil, que le acabas de preguntar a Rolfo.

—Rofo siemprr’ie cuenta el tiempo esac… to. Si ‘ice que re-gre-ses en dos meses…

—¡Acuéstate, cabrón, y cállate el hocico! —Carlos le dio un empujón. Mariano cayó sobre el diván. Ya no pudo levantarse. Carlos y Claudia se despidieron.

—En realidad —le dijo Rolfo a Mariano, ya a solas—, Claudia no era orquídea, sino gato-conejo, uno de’esos casos híbridos. Tengo un gato en el clóset, pero no me gustan los conejos. Por eso no le dije: hubiera reflejado mi disgusto. No le digas a la chavita, ¿eh?

—Aquí hay gato encerra… A’iós. No le voy a’ecir naaa. No le ‘oi a’ecir naaaa…

VI

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Maude ’77, de John Kacere (1920-1999)

Claudia intuyó que la presencia femenina de la que habló Rolfo era nada menos que Alicia. Durante la semana siguiente, la muchacha se fijó en el modo como miraba sus senos. Ella sólo creía en las coincidencias. Para Rolfo, no existían. Claudia regresó con él, quien le «extirpó» las miradas de Alicia. Claudia y Rolfo hicieron el amor como perros en celo. Mutuamente se quitaron las ropas, aunque seguían de pie. La luz del exterior penetraba por los resquicios de la puerta. Sólo existía la luz íntima de un par de velas para contemplarse los cuerpos entre besos, caricias tiernas y el olor dulce del perfume mezclado con el sexo y el sudor. Los gruesos muslos de Claudia, el contorno de sus nalgas, la suavidad de su piel, su mirada profunda, el olor fresco de dos cuerpos luego del baño, las sombras que se proyectaban en la pared, la música lenta y sensual de una cítara hindú… Todo era motivo de fiesta y regocijo. Él pasó sus dedos sobre la raya de las nalgas femeninas, de arriba abajo; apretó una, apretó la otra y así llegó al vello púbico, donde acarició el clítoris mientras la otra mano hacía lo mismo con uno de los pezones erectos. Claudia sostenía el miembro de Rolfo, lo acariciaba, lo jalaba con lentitud. Ella se agachó, lo introdujo en su boca y succionó, lamió mientras él continuaba acariciando sus pechos. Entonces se subieron a la cama. La boca de él besó el castaño triángulo del sexo, absorbió y lamió la cálida humedad que emanaba de la hendidura vellosa. Interrumpía su labor por un segundo para sacarse algún vello que se le había pegado en la lengua, la cual se sumergió en la vagina y jugó y vibró y recorrió ingles y muslos al tiempo que la boca y la lengua de ella recorrían el pene de la punta a los testículos. Así estuvieron por un tiempo incalculable. La música permanecía lenta, casi estática, pero poco a poco insinuaba que no tardaría en aumentar la velocidad. Ella se colocó arriba, derramando sus senos sobre el rostro de él, cogió la verga a punto de estallar de tan hinchada y erecta, y se la metió en el coño. Un jadeo, un suspiro. Ella se movió con lentitud en lo que él succionaba uno y otro pezón, alternativamente. Entonces cambiaron de postura. Ahora de lado. Rolfo tomaba las
prominentes caderas y hacía chocar las nalgas contra su vientre, ahora al ritmo veloz de la

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Reclining nude, de Paul Sieffert (1874-1957)

música. Una vez se vinieron juntos. Ambos cuerpos fueron fulminados entre quejas y suspiros, desintegrados en medio de la más absoluta impersonalidad que conlleva la entrega. Claudia dejó de ser Claudia. Rolfo dejó de ser Rolfo. Ella tuvo siete orgasmos; él, sólo dos. Pero eso era lo de menos. El goce de todos los sentidos no tuvo límites y ambos amantes decidieron que el placer era lo único por lo que valía la pena vivir.

El hombre le confesó a Claudia su escepticismo: le dijo que había inventado todo lo que dijo en aquella reunión sólo para conocer las reacciones amargas de Carlos, de quien ya le había hablado el gordo. «¡Pobre Mariano —se decía—, lo traigo tan hipnotizado!». Claudia volvió a casa, quizá decepcionada de la personalidad de Rolfo, aunque no de su potencia sexual. Semanas más tarde le escribió desde España una carta sin remitente, en la que explicaba todo lo que le había ocurrido antes y después de conocerlo: su proyecto frustrado de escribir, su diario abandonado, sus padres, la escuela, Carlos, sus maestros… Esta es la parte final de su carta:

«Encendí la luz. Vi el reloj: las seis de la mañana. Todos seguían dormidos. Vi también la fecha: veintiuno de julio, único día del mes en que podía retirar mi dinero de la cuenta de inversiones (todos los ahorros de mi vida). Tuve una pesadilla horrible. Muchas manos se insertaban en un tubo de vidrio, sobre mi cabeza. No entiendo de sueños, pero me llenaban de sangre. Yo reía como una loca. Mi ropa estaba por todos lados. Luego creí ver a mi papá. Al despertar, estaba hastiada de todo. Si no actuaba con frialdad, jamás actuaría. Me levanté, me vestí con rapidez y saqué una maleta grande del guardarropa. La puse sobre la cama y empecé a llenarla. Descubrí mis manos llenas de vida y me di cuenta de que las manos inutilizadas y sangrantes representaban mi abulia, mi apatía, mi desgano. Lloré: mi pasado también se iba conmigo a otro lugar. A la vez, nunca me había sentido tan cínica: la trillada historia de la adolescente que se va de casa. Pensé en Carlos y me apuré en llenar la maleta. Lastimarlo era, en esos momentos, como hacerse una limpia, como pasarse un huevo por el cuerpo. ¡Con razón había salido un aborto de gallina en mi desayuno! Ahora entiendo que no hay casualidades ni coincidencias. Cerré la maleta. Mis manos estaban vivas, pero la confusión me invadía. Luego de acordarme de que estaba poniéndole un punto final a mi relación con Carlos y con mi familia, abrí el último cajón del mueble de madera y saqué mi pequeño diario, mi compañero, el diario que no me atrevía a tocar desde hacía tanto tiempo, tanto que incluso ya lo había casi olvidado. Decidí ponerme a escribir».08-clip_image00225

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