Suicidio racista

Fuego Itzeel Reyes

Fuego, de Itzeel Reyes

 

 

Cecilia Amaro

Adriana insiste en que nos veamos. Quedamos para hoy a las cinco. Estoy tentada a cancelarle de nuevo. No quiero verla. Le dije que pasaría por ella a su casa. Pero, simplemente me rehúso. Esta vez no tengo excusas. Más vale cortar de tajo. Le pediré que nos veamos una hora después porque se me hizo tarde. Así, su impuntualidad de siempre no tendrá que ser disculpada. No, no, de todos modos sus diez minutos de rigor no pueden faltar. Me dejará plantada en la puerta de su edificio, pondrá alguna excusa: que no encontraba su bufanda, que su chamarra estaba descosida. Ay, mana, perdón es que la pinche pendeja de tu amiga se lastimó la mano y ahí me tienes de córrele por la pinche venda. Y yo con risa tímida y amistosa: no te preocupes. Cada vez que habla, es inevitable ver sus labios gruesos partidos, sus mejillas rosadas con pequeños granos y sus ojos de camello retorciéndose mientras se disculpa. Y pos ¿a dónde vamos, mana? Como si desde un inicio no supiera a dónde acordamos ir. Mana. Desde la preparatoria, a todas nos dice mana. ¡Mana!, qué asco. ¿Cuándo evolucionará su lenguaje? Hoy toca el nuevo café que está frente a su casa. La última vez que hablamos se sorprendió de que no lo conociera. Le dije que no solía pasar por ahí

—No mames, ¿por qué?

—Pues, no tengo a qué ir.

—Tienen unos pasteles, mana, de no mames, divis, divis y rebaras.

Para ella sólo existe su cuadra y cree que es tan famosa que estamos obligados a saber lo que hay. ¿Por qué accedí a verla? Nada me costaría inventarme que me llamaron del periódico. Será mejor soportar sus preguntas y respuestas predecibles, y después vacaciono de ella. ¿Y cómo has estado, mana?, ¿cómo están tus papás? Ay, mana no los abandones. Yo, pos qué te digo, pos bien, mana. El lugar, como siempre, no es la gran cosa. Con ella el tiempo pasa más lento que nunca. Y entonces, vocifera la grandiosa idea de ir a su casa. Una de las cosas que detesto de su edificio es la humedad oscura. Parece edificio de inmigrantes, poca luz, el eco intermitente, vidrios rotos, macetas con plantas marchitas. El edificio no es grande: tan sólo tres pisos y unos seis departamentos, lo suficiente para decir que es horrible.

—Ya no te conté, mana. Pero los vecinos del fondo tuvieron un pedote.

—¿Qué pasó?

—Ahorita, ya está todo calmadito. Ahorita te cuento todo el chisme, mana, con nuestros pastelucos. Espérame, mana. A ver si la casa está decente para que entremos.

¿Decente? La última vez que entré a esa casa era igual a la de hace diez años. Lo único nuevo fue el piso de madera falsa que colocaron en la entrada. De ahí en fuera el tiempo se encargó de reducir su pequeño departamento a…

—¡Ya, mana! Pasa. Está decente, sólo disculpa que huela tanto a cigarro.

Ay, Adri, Adri. Tu madre debió mandar diario una carta a la escuela disculpándose de que llegaras con el uniforme oliendo a cigarro. Estimado director: le mando a mi hija con el uniforme completo, y bañada en nicotina. No la culpe. Atte.: Rosario, la fumadora compulsiva. Quizás eso te habría librado de varios reportes por fumar en los baños. La primera vez que conocí a la señora Rosario, me saludó con una bocanada y desde entonces ese saludo es tradicional con sus cigarrotes dorados. ¡Ay, Daila! ¿Cómo estás, hijita? Yo muy bien, ya sabes, con mis dolores, pero ahí voy, gracias a Dios. ¿Y tus papitos?

—¿Ya no vives con ellos, verdad?

—Eh, no, no, ya no…

—¡Ay, hija! Bueno, pues cada quien.

—¡Ay, mamáaaaa, déjala!

—No, pos si yo no dije nada, mamita.

—Trajimos unos pastelitos.

—¡Qué bueno! ¡Qué rico!

—¿Qué bueno? Chale, mamá. Al menos di provechito. Voy por unos platitos, mana.

Su casa, como ellas, no cambia en nada salvo que tiene los regalos de la navidad pasada. Tienen tres sillones y sólo uno es funcional. El resto, ropa, cajas y plantas. No hay manera de pasar del comedor a la sala. ¿Por qué se les ocurrió poner un purificador de aire en medio del paso? Me da miedo que al moverme pise algo o tire sus hermosísimas plantas, ecosistemas caseros o como sea que Adriana les diga. Cada vez que veo a la mamá de Adriana, se me revuelve el cerebro y queda en un estado comatoso. Las preguntas salen de mi boca de manera mecánica.

—Y… ¿cómo sigue de sus dolores, señora? ¿Está en tratamiento?

—Sí, fíjate que antes me inyectaban cortisona. Es maravillosa pero muy mala si uno abusa; eso le pasó a Lupita Dalessio. Por tanta cortisona para abrirle la garganta y que pudiera cantar, la pobre está gordita y así hay muchas artistas. Fui con otro doctor y me dio una pastillita; me la tomo diario y ya; ah, y bueno, mis chochitos, y mira, feliz, santo remedio de Dios; ya subo y bajo. Este doctor con puros chochitos me limpió de la cortisona y me la sacó muy rápido, Bendito Dios. Por eso estaba más gordita; ahorita, pues esto ya es genético, ¿verdad?

—Mana, usted perdonará pero no tengo espacio para comer en el comedor, ¿te molesta que comamos en la sala?

—Disfruten sus pastelitos. Hija, estás en tu casa.

Hija… ¿Para qué acepté? Esa señora loca insiste en que es mi casa. Debí invitarla a mi casa o enseñarles cómo deshacerse de tanta basura. ¿Cómo se atreven a ver la televisión con un mueble atiborrado de algodón, clínex, barnices, cajas de medicamentos, café y papeles amarillentos? Adriana y sus gustos nacos. Todo lo corriente, a mi paladar, le encanta. Pregona que esos pasteles son divis, divis, la última vez dijo lo mismo y la cubierta de chocolate parecía envoltura de celofán con relleno, según de avellanas, que sabía a cacahuate con manteca. Y quería darme a probar el de ella. Una bola que parecía vómito de bebé o batido de huevo con azúcar.

—¿Cómo va la chamba, mana?

—Bien. Estoy trabajando para un periódico virtual. Me pagan por artículo. Creo que está bien. Voy empezando, llevo dos artículos de cultura y necesito uno sobre sociedad.

—¡Qué chido, mana! Ahí luego me dices pa’lerte.

A ella, al igual que a su madre, hay que soltarle todo de un jalón para que dejen de fregar y hablemos de otras cosas. Porque, ay, ¡cómo les encanta vivir de la vida del otro! Espero que esta vez no me saque a su amiga rechoncha, que la mandan a ver puro desangrado de Iztapalapa.

—Ay, mana. Estoy bien pinche harta, porque es un relajo, y ve aquí y ve acá y ve allá. No sabes. No hay chamba. Es que neta, piden pura pendejada. Experiencia mínimo de cinco años por cinco mil, ocho mil pesos y es hasta casa de la chingada…

—¿Hasta dónde?

—Pues zonas piteras, mana. Puedo ser pendeja, pero me vale; no pienso exponer mi vida. Capaz y me meten un plomazo para quitarme mi cel; ya sabes: en uno de esos pinches peseros… No, mana, no.

—Oye, cambiando de tema, cuéntame ¿qué pasó con tus vecinos de abajo?

—Ah, sí, mana. Pues resulta que el vecino es gay. Y lo acusaron de violación y homicidio. Y todo pasó aquí abajo. Se escucharon gritos, había sangre en la puerta y en el pasillo de abajo. Pero bien feo, mana. Aquí abajito viviendo con un asesino, y don Pepucho era buena onda pero siempre traía chavitos. Bien feo.

—Y ¿qué pasó con él?

—Quién sabe. No sabemos nada de él. Desde ese show, no ha regresado, ni nada. Ya hasta limpiaron todo.

—¿Y qué hicieron cuando escucharon los gritos? Ya me imagino a tu mamá.

—Nada, mana, es que nosotras estábamos en Cuernavaca con mi tía. Nos enteramos por la comadre de mi mamá.

—¿Puedo pasar a tu baño?

Cuando creo que dirá algo interesante, siempre sale con su batea de babas. Yo no sé para qué le sigo hablando. Sentarse y ponerse de pie es toda una travesía. Para ir al baño hay que cruzar un pasillo poco iluminado. Temo que se caiga el librero con sólo pasar por ahí. Libros, revistas de chismes, diccionarios del siglo pasado, manuales de música, cajas de medicinas y pomadas, un cortaúñas, palillos y una bolsa de globos. Debí alargar la conversación por whats para no verla.

En esa ocasión, la puerta del baño estaba abierta, con la luz encendida. Había montones de ropa, una lavadora cubierta con un plástico roto y empolvado. La regadera, con humedad protuberante y llaves oxidadas, de tendedero. Había un supuesto tocador atiborrado de botellas, cajas vacías de cigarros, paquetes de papel higiénico, revistas, Almanaque mundial de 1993 ¿1993? Semillas de girasol negras. ¿Para qué quieren esas semillas? Hacía años que se le murió su loro. Botellas de insecticida, que tuve flojera de contar. Jalé la palanca del retrete para fingir que lo usé. Qué estúpida me vi. Tuve que lavarme las manos en un lavadero de piedra. Menos mal, había jabón líquido. De entre todo el montón de ropa, había toallas, pero preferí secarme con mi pantalón. Cuando apagué la luz y estaba por cerrar la puerta, la señora Rosario me miró con terror y me dijo que encendiera la luz y dejara la puerta abierta. No pude evitar imaginarme una invasión de cucarachas saliendo a mis espaldas.

—En esa esquina, mana. Unos chavitos se ponían ahí todas las tardes. Mi mamá y yo vimos su historia de amur, desde amigos hasta que rompieron, ¡imagínate!, bien mono todo. Desde las seis o cinco venían a esta esquina. Y pues, primero ya sabes, ¿no? Típico de las parejitas que no sabes cómo entrarle; se veía que él no quería nada, pero ella sí. Así fueron varios días, como que queriendo y no la cosa. Ella se le acercaba cada vez más. Un día ella le regaló un balón de basquetbol; cuando se asomó mi mamá los vio besarse y me gritó: ¡ay, Adrisita, ya le dio el sí! ¡El negrito y la güerita ya son novios! Ella los apodó Los Duvalín. Entonces, así estuvieron un buen de tiempo; duraron un buen. Pero, quién sabe qué pasó. Hace un par de semanas desaparecieron. Mi mamá sabe rebien todo el chisme.

—¡Mamá, cuéntanos la historia de Los Duvalín!

—Ay, esos peques, bien mona la parejita.

—Ay, sí, mana. Pero a ver, échale chisme completito, mamá.

—No, Adrisita, no es chisme, es lo que es. Se cuenta lo que se es. Chismes no.

—Ay, mamá. Cuéntanos la historia.

—Resulta que esa parejita…

—Los Duvalín, mamá, Los Duvalín.

—Por eso, ahí voy. Bueno ¿me dejas o no me dejas contar, mamita?

—Pos cuenta, ya me callo.

abrazo_1 Itzeel Reyes

Abrazo, de Itzeel Reyes

—Esa parejita se conoció en el metro, y siempre quedaban aquí en la esquina para reunirse, porque era el punto medio para sus casas; entre platiquitas y eso terminaron de novios. Una tarde, salí aquí al balcón. Eran como las cinco. Esa vez Adrisita se iba a ver al Johnny. Y ya como que queriendo y no, que veo cómo le planta un beso él a ella. Bien monos. Y ya cada vez que se iba Adrisita me asomaba y los veía besarse, abrazarse y se daban regalitos de Zara, Bershka y Martí. Un día ella le regaló un balón de futbol.

 

—De basquetbol, mamá.

—No, ese fue el otro que le regaló. Primero le regaló uno de futbol y después el que tú dices, Adrisita. Bueno, un día me asomé y como nunca: la calle silenciosa. Y dije ¡ay, qué rico! Todo tranquilito, se veía bien bonito el parque. Y en eso, escucho unos gritos de jovencita: me tienes harta, no te soporto, lárgate. Vi que era la güerita con el mono negrito. Y el pobrecito se quedó todo paralizadito. Y ella se fue así, corriendo.

—Y… ¿usted cómo sabe que se conocieron en el metro?

—Ah, porque resulta que mi comadre Martita tiene una prima que vive aquí a tres calles, Lupita; pues la güerita de la esquina era hija de Lupita.

—¡Ay, mamá no le digas la güerita de la esquina: se escucha feo!

—Pues estaba güerita y estaban ahí, en la esquina, Adrisita. Y ese día que se puso a gritarle de todo, hasta de lo que se iba a morir el morenito mono. Ese día, ella se suicidó. Y es que dice Martita que la hija de Lupita era racista y que no aguantó más salir con el negrito y se suicidó.

—Así, bien feo, mana, imagínate. Además, te dijo tu comadre que estaba en tratamiento psiquiátrico, ¿no?

—Ah, sí, porque eso de ser racista es una enfermedad mental. La metieron a terapias y a muchos sanatorios, y ya al final, la Martita le ayudó a Lupita, para pagarle otro tratamiento allá por Tlalpan. Tenía medicamentos controlados y mira cómo acabó la güerita.

—¿Y cómo se llamaban?

—¿La parejita? Ah pues ella Mariana y él Alberto; lo supe porque en ese entonces el tío de Joaquín, de un vecinito, puso un puestito de churros y ellos, Mariana y Alberto, siempre le compraban.

—¿Y cómo supo el tío de Joaquín que así se llamaban?

—¡Ay, Adrisita, porque los escuchó hablar! Es como yo siempre que te digo Adrisita o Adris; aquí todo mundo sabe cómo te llamas, pues así Mariana seguro le decía Beto o Albertito.

La novia racista, ideal para una nota. Hay que hacerlo dramático. Me largo para escribir la nota y si hay que hurgar más, aquí están los archivos muertos a la mano.

—Bueno, Adri, mejor me voy; debo trabajar.

—Ay, mana, usted siempre tan responsable.

—¿Ya te vas, hija?

—Sí, todavía hay trabajo pendiente.

—Ojalá vengas más seguido, mana, está padre vernos.

La nota, esa nota es mía. La nota está ahí: Chavita racista se suicida. ¡Magnífico! Necesito fotos. Bueno, esas no importan, siempre hay manera de hacerlo. Se suicida chavita racista. Todos los muertos por balazo se parecen; sólo hay que cuidar que sea mujer. Nadie notará si es güera o no: la sangre es pareja. Chavita: racista y suicida. Si fue tiro en la cabeza de todos modos terminan negros los pelos. Es lo que vale… No hay que pensarlo más: Suicidio racista.

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