El cementerio Villa Alta

 

Gustavo Loa

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I

El cementerio Villa Alta posee cierto encanto. Las verdes colinas que se abren ante la vista del visitante dotan al lugar de una suerte de amnesia urbana: nunca se piensa en el caótico flujo vehicular que se sucede en las avenidas circundantes; no se recuerda que, allá afuera, el índice de atracos es ridículamente alto, ni que habrá que volver al hogar en el tumultuoso metro.

Las inscripciones en las lápidas dan fe de las vidas que pasaron por el mundo; rememoran las risas y alegrías que —aunque hoy silenciadas— fueron. Madres, padres, hermanos, hijos… todos descansan tras la existencia en una ciudad de la que ahora son cimiento histórico.

El suelo diurno del cementerio Villa Alta hace que los niños jueguen con desenfado, mientras los padres limpian las criptas familiares; provoca que acudan parejas de novios de las cercanías a platicar, a besarse o tan solo a pasar el rato; incluso, hay grupos de amigos que aman ir allí a matar las clases del colegio, y esparcen sus problemas en el viento, cantando, acompañados de una guitarra, bebiendo cerveza o durmiendo en camarilla.

Es cómodo y seguro el suelo diurno del cementerio Villa Alta.

Hubo una ocasión en que una joven llamada Cristina —de carácter soñador y mirada bondadosa—, enamorada de un joven europeo, de nombre Michel, se entregó a éste detrás del Árbol de la Pasión, a veinte pasos del camino principal. Los ojos avellana del muchacho se fundieron con los marrones de la amada; la piel blanca, con la morena; la experiencia, con la inocencia.

 Cristina gozó y un poco se dolió, pero estaba enamorada, y eso era lo importante.

Se habló de ello por mucho tiempo, pues nunca se los volvió a ver. Cuenta la familia que alguna vez recibieron una carta desde Francia, donde sólo se leía: “Gracias por darme a su hija. Ahora soy feliz”. Ni nombre ni firma, pero los padres de Cristina sabían que era él, y que ella estaba bien, que había cambiado de vida, que los recordaría con nostalgia alguna vez. Y eso era lo importante.

En el verde suelo diurno del cementerio Villa Alta, en una ocasión Michel tuvo a Cristina, y hubo pasión y locura y llanto de amor.

El cementerio Villa Alta se alimenta de vida y exhala emociones.

 

II

Mas no todo es luminoso en aquel bello panteón. Las noches son frías y el viento susurra alaridos desde las rendijas donde, fino y ligero, se cuela. Siempre se piensa en los huesos de los muertos, en las carrozas que cada semana depositan cadáveres humedecidos con fluidos de hedor inmundo. Se recuerda, en fin, que algún día todos habitaremos, eternamente silenciosos, un receptáculo subterráneo.

Las tumbas abandonadas hablan de olvido; sus ruinas presagian el destino del mundo; pulverizan la esperanza de inmortalidad. Desesperan. Quiebran la sonrisa. Ladrones, asesinos, corruptos… Todos ellos descansan al lado de los dignos: así exponen el absurdo de la moralidad.

El suelo nocturno del cementerio Villa Alta hace que revivan los recuerdos de trágicos amores, mientras sus otrora protagonistas lloran en el inframundo; provoca que los sueños de hoy, envueltos en ilusiones de oro, sean las frustraciones de mañana; incluso, se cuenta que cuando el guardián de la llave de la entrada del panteón sufre un deseo enajenante de infligir dolor, errabundo recorre el camino principal eligiendo, al azar, espíritus dementes que causen pesadillas.

El suelo nocturno del cementerio Villa Alta hiede a horror.

En una ocasión, la joven Cristina se enamoró del extranjero Michel —de mirada fría y carácter iracundo—, y fue asesinada por él tras el Pozo de los Secretos, a diez pasos de un estercolero. Los ojos marrones de la muchacha se apagaron frente a los avellana del varón. Las manos dejaron de luchar; las piernas, de oponerse; el corazón, de latir.

Cristina gritó y al poco rato se calló, pero estaba enamorada, y eso era lo importante.

Nunca se habló de ello, pues no se puede mentar lo desconocido. Nadie cuenta cómo Michel envió una carta desde Francia, en la que puso: “Gracias por darme a su hija. Ahora soy feliz”. Ni nombre ni firma. Pero él sabía que los padres creerían que era él, que creerían que ella estaba bien; que Cristina había cambiado de vida y que los recordaría. Y eso era lo importante.

En el odioso suelo nocturno del cementerio Villa Alta, alguna vez Michel asesinó a Cristina, y hubo pasión y locura y gritos de terror.

El cementerio Villa Alta traga secretos y vomita lo demás.

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