Mi madre se dijo puta

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Irma Rodríguez

 

A Lucero, una pequeña gigante

 

 

De muchas maneras se dijo puta mi madre,

la frente en alto;

digna, cínica,

buscó amarse.

 

Poco a poco se desvistió mi madre;

perfumó su cuerpo

con olor

de Rosa Venus,

infinitas ilusiones llenaron su boca.

 

Mi madre era de ojos chiquitos

pero su mirada,

un océano;

la cópula inundó su universo fértil

doce veces,

deseosa de alivio con doce gemidos.

Yo fui la número siete.

 

Mi madre fue manantial.

Sus pezones durmieron en la cuna

de la inocencia.

Nada fue la gravedad de su peso

sobre su carne tibia y silenciosa.

 

Mi madre fue ciega extensión de deseos,

refugio de la sincronía del universo

que durmió entre las llanuras

para juntar sus centros gravitatorios

en un grito que se elevó al cielo.

 

¡A vuelo!, dijo mi madre,

¡que nuestras risas vivan en los ombligos!,

¡que hagan malabares sin resbalar en la muralla,

caída libre al precipicio!

 

Nunca ser la misma,

dijo mi madre,

ni lo que a imagen y semejanza hagan de nosotras;

tampoco la amante de todos,

sólo de ellos, de los pocos.

 

Mi madre pidió a su ego no ir más allá,

olvidarse del tiempo fecundado,

seguir volando como ave y

caer sobre una pirámide en ruinas

para reconstruirla.

 

Mi madre cuidó su cabeza,

también su hermoso culo.

Sabía lo que eran las partes

como un todo.

 

Mi madre siempre supo de qué estaba hecha,

lo sabía desde el sol palpitante que habitó en su pecho

y tenía miedo, miedo de amar, no de amarse;

eso lo sabía hacer de sobra,

amar, amar porque amar siempre termina en falsa ironía.

 

Muchas veces mi madre sofocó

los fuegos peligrosos,

tirada bocabajo se escribió preguntas y respuestas

sobre el vientre,

despreció agregados al coctel

que llamó vida.

 

Mi madre habló con sus silencios

un lenguaje que inundó naufragios,

sin ahogarse

porque lo que inunda no siempre ahoga.

 

Mi madre expuso su sexo frente al sol,

frente a la luna;

su vagina

fue arpegio de vibraciones,

cantos de la vida.

 

Mi madre es virgen,

mujer que sabe lo que es tener

al diablo enfrente;

por eso jamás tropezó

con la misma piedra.

Ahora yace en un retablo.

 

Mi madre hoy quiere alcanzar

la tierra firme;

siente el naufragio de la soledad,

va en plenitud de vuelo;

sabe que la vida es un segundo,

único y eterno.

 

Yo

siempre seré Lucero, la hija de mi madre,

a quien quizá

nunca alcance.

 

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Ilustraciones: Irma Rodríguez.

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1 comentario

  1. Juan Okie

     /  3 septiembre, 2018

    Impactante, bello, sensible y tierno. Un fuerte poema lleno de amor.

    Me gusta

    Responder

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