Morir en la costa

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Xadeni Escalante Contreras

Sao Kanzaki no era de origen japonés. Tampoco soñaba con islas. Sao Kanzaki sabía que algunos cetáceos van a morir a las costas. Lo leyó hace un par de años en la revista Ecología Práctica; recortó el artículo y lo guardó en su cartera. Aún lo conservaba, y lo leía al menos tres veces antes de salir de su departamento. Acostumbraba besar la imagen de la ballena cuando se sentía insegura en el metro, y con devoción la volvía a guardar. No utilizaba dinero plástico: le aterraban los polímeros y el dinero invisible. Procuraba sentarse junto a la ventana y mirar los grandes ojos que la observaban desde el cristal con aspecto irreconocible. Memorizaba los trazos negros del cabello hasta los hombros finos y puntiagudos. Los labios tiernos y carnosos, pequeñas larvas rosáceas, se movían con extrañeza como un cachorro ante el espejo. Temió que la siguiera. Sacó el artículo y lo entrelazó en sus dedos. En ocasiones no alcanzaba asiento y estorbaba el paso. El gentío se impacientaba al verla aferrada a la baranda. Le murmuraban pinche flaca, no estorbes; déjame pasar, chula. Otros le gritaban con amplias gesticulaciones o le daban codazos. Sao se aferraba al tubo frente a la ventana rechinando los dientes. Sao se sentía observada por la mujer de las cutículas ensangrentadas. Sao pensó en la huida y se mordió las uñas.

Despertó tarde. La ballenita en el buró se quedó sin pilas. Hizo un movimiento para acomodarse del otro lado, y en un pestañeo se dio cuenta de la hora. El sol ya se filtraba sobre el piso de madera hasta la alfombra, y alcanzaba el cuadro de la Jorobada. Saltó de la cama y corrió las cortinas. Se disculpó con la Jorobada: temió que el sol la destiñera. La besó dos, tres veces, la roció con el aspersor y cogió el trapo del cajón de la cómoda, que guardaba para emergencias. Miró el reloj y fue a vestirse. Sao no desayunó. No pudo bolear sus zapatos al pie de la cama. Sao no hizo sus meditaciones de la mañana. Tampoco cambió las pilas, y olvidó su termómetro de mercurio sobre el buró. Telefoneó a su hermana. Sao, ¿todo bien? Nunca llamas a esta hora. Algo no va bien, por favor llámame puntual cada quince minutos. Su hermana se quejó. ¿Cada treinta? Bueno, cada hora; sí, está bien. Adiós. Salió del departamento y se detuvo frente a la puerta. Sacó la imagen de su cartera, la besó. Hizo el procedimiento necesario para asegurar la pieza, y corrió al trabajo.

A Sao se le cayó una mano. Se quedó atascada entre las puertas. Arrastraba un hilillo de sangre. ¿Sao, estás bien?, le preguntó el jefe de seguridad con los ojos muy abiertos. No, olvidé mi termómetro. ¿Sería tan amable de llamar a emergencias? Creo que perdí una mano en el metro.

La internaron en el hospital más cercano a Terra del Mondo A.C. Detuvieron el sangrado. Cuando recuperó la conciencia, ya tenía una mano artificial de lo más natural, que podía mover fácilmente. La dieron de alta con la condición de que tomara unas pastillas para el dolor y armara un rompecabezas, según decían los doctores, para fortalecer la muñeca y medir las distancias. La mayor parte del día desde que llegó del hospital, se dedicó a ordenar las piezas de la Venus de Milo: acomodaba el hombro derecho en la posición del ojo, la nariz en las costillas, la boca en el ombligo…

Sao sacó su ejemplar de La grieta de Doris Lessing, que días antes había interrumpido. Se olvidó de la Venus: le quebraba las neuronas, así se lo explicaría a su hermana cuando viniera a casa y la descubriera ocultando las pastillas en el forro de los sillones. Sentía una pulsación en la sien y vértigo al inclinarse sobre la mesa. Ah, un baño sería maravilloso. Se sentó a leer sobre el retrete mientras se llenaba la tina. Pensó en la necesidad de reivindicación de los sexos, y el pez penetrado por un asta. Sintió los pies mojados. «Gente» era como las grietas se referían a sí mismas. Se dispuso a cerrar la llave cuando se percató de que el agua le llegaba a los tobillos. Atascó varias toallas bajo la puerta. Se quitó la ropa y esta vez no se molestó en doblarla: la arrojó en un montoncito sobre el lavabo, vació el frasco de sal en la tina y se sumergió. El agua del cuarto de baño ya había alcanzado la mitad de la puerta. Observó sus manos. Se le había formado una especie de membrana entre los dedos; su piel empezaba a tornarse entre pálida gris con un brillo azulado. Salió de la tina y nadó frente al espejo. Lo puso a sus pies dentro del agua. Se sumergió otra vez. La melena se suspendía como la anémona. Podía ver el trazo de sus pechos y caderas. Podía mirar su cuello y encuadrar el rostro. Podía mirarle y casi reconocerle. ¿Qué faltaba? Notaba un espacio bajo los codos, y la nariz parecía difuminarse. ¡Se sentía tan bien dentro del agua! Quizá pronto no necesitaría las manos. Aquella idea la entusiasmó. ¿Podría estar desarrollando aletas? Asomó la cabeza, se miró las palmas con sus ojos grises y le sonrió al foco de donde colgaba un cachalote. Se puso de pie. El agua le rozaba los muslos. Colgó el espejo y deslizó sus dedos entre las piernas.

Sonó el teléfono. Abrió la puerta de golpe. El vestíbulo se volcó en un río; la alfombra, en una carretera de musgo. Sao Kanzaki era una ninfa sin brazos. Sonó el teléfono. ¿Diga? Su hermana. Estoy bien… Sí. ¿Cuándo, hoy?  No puedo… Que sí que me corrieron. Ajá… No, no, ¿y? Está bien… Adiós.

Sao recibía visitas inesperadas de su hermana desde hacía varios años, cuando arrojó la despensa por la ventana y acostumbraba levantarse a las cuatro veinte de la mañana para escuchar cantos de ballena en formato mp3. Sao tuvo que abandonar el trabajo un par de meses. Al regresar, no había día en que no desapareciera el termómetro del escritorio. Los compañeros de glaciares se encargaban de vaciar su carpeta de archivos y la tabla comparativa de los copos de nieve. Por ello Sao cargaba diario sus cosas en una mochila y las llevaba a casa. Por ello Sao olvidó el termómetro en el buró, y por ello y por el accidente del metro la corrieron de Terra del Mondo A.C.

Sao no podía creer que después de tanto tiempo y dedicación la echaran así como así, cuando ella había consagrado doce años al estudio ambiental en la empresa. ¿Qué iba a hacer ahora? Sacó un mapa del mundo de su escritorio.

Sao Kanzaki no era de origen japonés, pero aquella noche Sao Kanzaki soñó con islas. Sao Kanzaki migraría a las playas de la península de Kii, luego a las islas griegas. Pasaría el verano en Japón para establecerse en Melos, su lugar de origen. Empacó una maleta, abrió el cierre de uno de los sillones, y vertió el resto de las medicinas dentro de las fundas. En ese momento llegó su hermana. La había olvidado. Sao no escuchó el tintineo de las llaves. ¿Qué demonios estás haciendo? Tampoco la intervención de su hermana. ¿Sao? Se sobresaltó, le pidió disculpas y la invitó a pasar. Pero tengo prisa, le advirtió. ¿Cómo que tienes prisa? ¿A dónde vas? Me voy. ¿A dónde? No puedo decirte; te hablo cuando llegue. Abrazó a su hermana y arrastró la maleta hasta la puerta. Se volvió. No olvides darle de comer a Keta (una orca de plástico). Su hermana se quedó tiesa en el umbral. No tenía idea de que todavía alimentara esa cosa. Llamó a emergencias. Tardarían en descubrirla. Sao volaba a Japón. Primero se internó, según el plan, en las playas de la península de Kii, entre el sur de Osaka y el Santuario de Ise. La arena era blanca como mármol, y el mar una enorme gema. Pero Sao no demoró mucho su visita en Japón. Su atracción principal era el Mediterráneo.

Se hospedó en un hotel no muy lujoso. El capitán de meseros le procuraba servicio a la habitación y baños atendidos. La habían despojado de sus pertenencias, según la filosofía del hotel. Incluso le regalaron una piyama muy holgada, cortesía de la casa.

Así pues, Sao Kanzaki, la Venus, es encontrada viva a las orillas del mar Egeo, y trasladada a Leros, una colonia de «alienados» creada por las autoridades sanitarias griegas en 1957, leyó en uno de los folletos turísticos traducidos que le había tendido el anciano con la libreta. Qué bonito. Sao pensó que debía escribirle una postal a su hermana y contarle sus vacaciones. ¿Me permite su pluma?

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