Majestic y Yo el que ve, de León Béjar Wasongarz

Portada-Dos obras de León Béjar W.

Juan Antonio Rosado

Desde hace tiempo, una buena cantidad de lectores de narrativa se ha acostumbrado a esquemas fáciles y predecibles no sólo desde el punto de vista temático, sino también  estructural y estilístico. Lo que en algunos ensayos he llamado «novelas enlatadas», adjetivo que también puede aplicarse a gran cantidad de canciones populares, cuentos, películas y obras dramáticas, entre otros fenómenos culturales, se reproduce hasta la náusea y comprueba una y otra vez su éxito comercial y efímera resonancia, a pesar de que a muchos de esos autores se les pongan estrellitas en la frente, es decir, reflectores que conllevan los famosos premios literarios, curioso fenómeno social relacionado íntimamente con la lotería y demás juegos de azar, cuando no intervienen, por supuesto, los compadrazgos o intereses editoriales (léase económicos). En ese sentido, pocos somos quienes nos arriesgamos en medio del mediocre y raquítico mundito literario y cultural. Por ello felicito a León Béjar y a su editor por este nuevo riesgo, por un intento más de generar arte en un ámbito en que el trabajo artístico y el dominio de las técnicas son cada vez más escasos.

Cuando conocí al escritor León Béjar a través de su escritura, de inmediato experimenté una afinidad por el tratamiento de sus temas, personajes, escenarios y atmósferas. Tal afinidad, tal coincidencia producto del azar, como mucho de lo bueno en la vida, se convirtió en complicidad: la complicidad del lector con el autor, de la que tanto hablan algunos de nuestros grandes escritores, como Salvador Elizondo, Juan García Ponce, Inés Arredondo o Juan Vicente Melo, todos ellos pertenecientes a una generación de ruptura que se hizo cómplice, entre otras, de las concepciones heterológicas de Georges Bataille, Henry Miller o Pierre Klossowski. Guardando toda proporción temporal y espacial, León Béjar se halla en esa sintonía: las situaciones que nos plantea suelen ser límites, a las que se llega tras una bien lograda tensión narrativa que implica, en este caso, tensión sicológica. Los personajes no son estereotipos ni figuras acartonadas; son seres de carne y hueso con contradicciones, afectos, temores, sorpresas, angustias, deseos, cuerpo. No se trata de títeres del autor, sino que este último los respeta sin emitir juicios: deja al lector la última palabra y ello se le agradece.

La novela corta Majestic contiene la suficiente cantidad de elementos como para adaptarse al teatro: su dramatismo y los contados escenarios donde se mueven los personajes, cada uno definido por sus acciones. En lugar de describir a cada persona, León utiliza una técnica llamada «presentación dramática»: los individuos se van definiendo por sus acciones, gestos y lenguaje. Y si en la vida cotidiana un cerrajero y un carpintero ejercen oficios dignos, que a cualquier individuo benefician, en esta obra, por el contrario, dichos personajes se resignifican para adquirir dimensiones siniestras, pero no por ello menos simbólicas en una situación límite en que la mejor salida, la más digna, la más humana, la más clemente, es morir en el acto. El título de la obra evoca una canción popular del grupo Wax Fang, de 2008, donde el yo lírico prefiere el sueño a la conciencia de soledad, pero en la obra de León se carga de irónica crueldad.

El drama de León Béjar es de un realismo crudo y el escenario se transforma en un laberinto sin salida. La paradoja es que hay un cerrajero, encargado de abrir, de liberar puertas, pero aquí se libera una para conducir a una familia entera al infierno de la tortura y la muerte. ¿Cómo? Que el lector lo averigüe y experimente por sí mismo. Es de mal gusto contar las buenas obras. El aludido dramatismo de Majestic surge desde el inicio y nos atrapa: «La cabaña, en un bosque cuyas sombras y fantasmas nos cazan, se yergue oculta como toda protección frente al abismo. Michael está más enfermo. Vomita sangre, hierbe en fiebre: la muerte se le acerca con clemencia». Esta situación inicial genera la suficiente intriga para seguir leyendo, ya sea por morbo o por curiosidad, sobre todo cuando nos enteramos de la existencia de una guerra, lo que aumenta la vulnerabilidad de la familia que vive en una apartada cabaña con un hijo moribundo.

En Majestic, el drama pesadillesco no deja de tener insinuantes evocaciones irónicas que rayan el humor negro. Se entiende que el Cocinero, el Cerrajero y el Carpintero son especies de asesinos, torturadores o perturbados, monstruos sadianos que despliegan sus desórdenes mentales sobre realidades vulnerables, débiles, a la intemperie. El carpintero «trabaja» con el cuerpo como con la madera. Lo desconcertante es cuando el Cerrajero le dice al psicópata Bob: «¡No, jefe! Va a distraerme. Solo para que yo muera es capaz de todo. Le ruego que mande a otro hombre. El Carpintero está loco. Mande a Asturias, o a Roa Bastos, o a cualquiera, pero no a él. Se lo ruego, mi señor». Los nombres de dos de nuestros más grandes escritores (Asturias y Roa Bastos) mezclados con el Carpintero, no deja duda de la asociación irónica a Alejo Carpentier, uno de los más audaces innovadores literarios, sobre todo de la materia temporal en la narrativa. Basta leer su libro Guerra del tiempo para notar las diversas experimentaciones que lleva a cabo, sobre la materia temporal, este autor de estilo barroco, acumulativo y preciosista. No me parece gratuito que el Cerrajero lo considere loco.

Aunque Majestic y Yo, el que ve no son las únicas obras que he leído de León Béjar, ambas constituyen, en un solo volumen, su opera prima. Muy diferente y más cercano al ensayo, sin renunciar a un carácter narrativo, es el blasfemo e irónico Yo, el que ve. El tono y el ritmo son distintos, lo que nos da idea de la flexibilidad estilística y capacidad por parte del autor para adaptarse a diversos tipos de sicologías. En esta ocasión, nos enfrentamos con un místico, seudomístico o maniaco que sincretiza creencias y cuestiona la concepción del dios semítico, ese loco narcisista que se desdobla y a quien sólo conocemos a través de libros, llámense Biblia o Corán o Nuevo testamento, pero que ha hecho que sus supuestas criaturas produzcan gran variedad de locuras colectivas a partir de su concepción unitaria. En el texto de León, leemos, por ejemplo: «¡Me alegro de que la verdad retorne a su inescrutable diversidad! De que el Uno vaya a ser desplazado por lo diverso. ¡Que la mentira de judíos, cristianos y musulmanes se vaya a la mierda!». Sólo así, dice el personaje, nos liberaremos del Cielo y del Infierno. En esta obra es enriquecedor el diálogo de tipo teológico encaminado a la pluralidad, a la aceptación de la alteridad, hacia la diversificación y multivocidad. De repente me recordó a esas absurdas discusiones buñuelescas en torno a la única verdad y a las herejías, que pueden apreciarse en La vía láctea.

Presentación_LeonBejarLa verdad absoluta, la univocidad —parece decirnos León Béjar— es una quimera, como ya lo sostenían los jainas por lo menos seis siglos antes de nuestra era: los seres humanos somos como los ciegos que rodean al elefante, y cada ciego cree que el elefante es la parte que sus manos tocan, cuando en realidad no es sino una parcialidad. Lo peor es cuando los ciegos defienden hasta la muerte esa supuesta verdad y son capaces de matar o morir por ella.

En ambas obras —Majestic y Yo, el que ve— hay un sentido de lo sagrado ajeno a lo que los lectores simples están acostumbrados. Es mentira que lo sagrado haya desaparecido de nuestras vidas: simplemente se ha diversificado, fenómeno que no les agrada a las religiones semíticas, puesto que ellas quieren tener el control absoluto sobre lo que es y no es sagrado; sobre lo que, según ellas, debe serlo y no debe serlo. Antes de nuestra era, durante el mal llamado «paganismo», lo sagrado abarcaba muchas más facetas y no era un fenómeno reducido a esa ridícula entelequia platónica que tanto nos vende el cristianismo y otras posturas idealistas. La realidad, con sus contingentes e innumerables secuencias simultáneas, es en general incontrolable; y por más que el ser humano pretenda controlarla, sólo podrá limitarla en la representación, sea o no  artística o religiosa. En estos textos, León nos presenta, por un lado, una situación límite que podría ocurrir (y de hecho ha ocurrido); por otro, un delirio teológico resuelto en una suerte de sano relativismo cultural y religioso, aconsejado, entre otros, por Umberto Eco, y en el que yo coincido plenamente. El mensaje al fin es el respeto o, por lo menos, la tolerancia hacia la alteridad.

Por los temas y su tratamiento; por su postura ante la vida, su preocupación y compromiso con el arte literario y no con los esquemas exitosos; por su intensa visión heterológica y plural sobre las alteridades, así como por sus personajes anómalos y las situaciones límite que propone, León Béjar ha demostrado una vez más la tesis que sostiene la gran Inés Arredondo, una de nuestras mejores narradoras: el auténtico creador permanece en la marginalidad. La misma Arredondo afirmó que «los actos sociales de la literatura no me interesan, son vacuos», y con ello coincide con autores como Karl Kraus. Finalmente, cada lector tiene sus autores y cada autor sus lectores. Yo me cuento entre uno de los agradecidos lectores de León, y espero que continúe desarrollando, siempre con arte e intensidad, todas sus ideas y obsesiones.

Muchas gracias.


Texto leído en la presentación de estas obras, que se llevó a cabo en el Centro Cultural Casa Lamm el 26 de abril de 2018 a las 18:00 horas.

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En sombras

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Juan Tovar R.

Cerca de las cinco de la tarde, en medio de una junta de trabajo, me bombardearon.

El pulso asciende pugnaz hasta hervir a borbotones en la biblioteca. Y me salpica el rostro la sangre de mi abuelo. Veo a mi padre de rodillas limpiando; luego mi otro abuelo devuelve el favor (¿acaso soy yo el único en la familia que quiere jugar el mismo juego?). Escucho la voz confusa de mi madre: «me siento sola e insatisfecha», me dijo durante algún atardecer. Y la vida en sí, ¿qué carajo quiere decir eso? Morder una pera madura y sentir que derrama su arena en tus labios. La picadura de una abeja en la panza. Un condón roto lleno de sangre. El porqué y para qué de la escritura. Las caminatas sin fin y sin fines de lucro. Los amigos que traicionan y a los que traicionamos. Mi padre y yo jugando Nintendo. Mis ojos frente al reflejo de un cuchillo. Mi madre cocinando nogada, con sus rizos de medusa. Mi hartazgo de palabras; mi afán por olvidar que no se puede saberlo todo. Mi dermatitis atópica y yo nos amamos tanto que queremos hacer un cáncer juntos. Mi hermana ahogándose con su esclava de oro, tan tierna con su nariz de pellizco. Mi cuna llena de juguetes.

Ahora te hablo a ti, Antonieta, a nuestro amor y su riqueza, junto con los retos que aguardan; a nuestro embrión sin sexo, apenas una lentejita en tu vientre. La «realidad», mis proyectos, nuestros sueños. Lo patético que puede ser sentirse así si soy afortunado; el egoísmo cogiéndome con furia. Poco después se desencadena un tic que me hace latiguear el cuello como si quisiera decir un «no» súbito pero incompleto, de izquierda a derecha, de derecha izquierda, un tic palíndromo, muchas preguntas que estallan indiscriminadamente como petardos durante un festejo. Me mareo y, en cuanto termina la junta, salgo a tomar aire. Poco antes de las seis y media me largo de la oficina aprisa. Bajo caminando por Reforma, a un costado del metrobús. Me acaloro cada vez más. Por un momento pienso que caeré inconsciente, pero sólo es un reflejo que intenta adormecerme para rodear la crisis. Entonces me adentro al bosque, acaricio los árboles; lloro, grito, rompo algunas ramas gruesas caídas de un árbol contra los pilares de una pequeña construcción con lotes. La vehemencia me ayuda a purgar la sombra (una sombra que se presenta en este momento. ¿Será siempre la misma sombra?, hoy vistió de dandi). Ahora trato de asimilar lo sucedido, pero el cuerpo exige recostarse y yo quiero escribirte a ti, a quien quiera que seas cuando somos más allá del ego.

Ficciones lúdicas: Pasados y futuros, de Rodrigo Cortez

Portada-Pasados y futuros

 

Juan Antonio Rosado

¿Cómo calificar un libro como Pasados y futuros, de Rodrigo Cortez, cuyos textos van a caballo entre el cuento, la crónica imaginaria y el ensayo-ficción? Tal hibridación denota, sin duda, la revitalización de la prosa narrativa breve y sus múltiples posibilidades en cuanto a estructuras, personajes, escenarios, manejo del tiempo, atmósferas y registros lingüísticos. Las once piezas de este libro, acompañadas por las bellas ilustraciones de Carlos Guerrero Aguilar, son una muestra de la experimentación que puede operarse en los géneros breves, sin que éstos pierdan intriga y tensión.

En «Juegos Olímpicos Mérida 2028», el autor utiliza el multiperspectivismo y el monólogo interior. Se aprecian tres perspectivas distintas sobre un mismo fenómeno social. La aparente frivolidad del tema queda rebasada por las implicaciones socio-políticas, pero también por asuntos como el oportunismo y los intereses personales. Este texto, donde prevalece la prosa reflexiva sobre una base anecdótica, no está exento de sutil ironía contra la ignorancia y estupidez de ciertos sectores. En «La mente criminal» hay un monólogo interior sobre la relación placer-egoísmo. La prosa aquí se torna narrativa y descriptiva, cargada de violencia, cinismo y ambigüedad que, sin embargo, desembocan pronto en la ironía y el humor, cuando la voz narrativa revela cuál fue su víctima, el objeto de su furia y frustración. El uso ambiguo de prosopopeya e hipérbole refleja un carácter neurótico antes de aparecer, de modo efímero, la novia del protagonista. Sobre esta relación podría escribirse otra historia. En «Narración sobre ruedas» se despliega el discurso de un taxista en tono coloquial, dirigido a interlocutores que se volverán siniestros luego de que el conductor revele una serie de rasgos propios que lo van construyendo (y también una de sus anécdotas más turbias), desnudando su vulnerabilidad ante oídos ajenos. Un elemento interesante es el juego con los planos, así como la ansiedad antes del abrupto y sorprendente desenlace, cuando todo da un vuelco.

En un texto cercano a las memorias, lo banal, como la urgencia de ir al baño durante una pesquisa por libros de remate, puede narrarse con intriga, profundidad y humorismo. Esto hace el narrador en «Librerías y McDonald’s», combinación de anécdota con reflexión sobre libros, autores y letras. En cambio, «República de California» es mezcla de ensayo-ficción con narración distópica y hasta cierto punto desesperanzadora. «Turista en el tiempo», modelo de ensayo de ciencia ficción (más expositivo-argumentativo), sugiere «abolir la tiranía del tiempo lineal». mientras que en «Museo del consumismo», la maestría recae en la descripción de espacios, debidas a un guía del futuro que nos pasea por algunos ejemplos de nuestra patética civilización. «Breve prólogo para una memoria del porvenir» recupera la narración retrospectiva.

En la obra, temas como la obligación, el amor, los «bugas» paranoides, los libros o el deporte parten de un tema central: el tiempo. Pasados y futuros evoca, convoca e invoca errores y proyectos. La voz esencial, en primera persona, es protagonista o testigo. Las anécdotas, como se afirma en «Un puñado de días», «rebotan en las calles y en las paredes», pero también «el pensamiento se enriquece al tornarse amorfo». Divertidos, fluidos, sin caer en lo vano, los textos se nutren quizá un poco de Torri, Arreola o Borges, pero acaso lo más original sean las perspectivas donde se ubican los personajes. Lo lúdico y lo distópico, el humorismo y lo tragicómico se enlazan a través de un lenguaje literario que toma lo mismo del ensayo-ficción que del cuento.

 


Rodrigo Cortez, Pasado y futuros. Ilustraciones de Carlos Guerrero Aguilar. Ed. RC, México, 2018, 157 pp.

Ornitología sacra

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Raúl Medrano Lizárraga

 

 

¡Se celebra el adulterio de María con la Paloma Sacra!

Oliverio Girondo

 

En mis numerosas clases

de catecismo impuesto,

no recuerdo haber escuchado

lo permisivo del sexo aviario.

El sentido común,

o quizá la religión,

o quizá la Biblia,

o quizá Dios mismo,

pero seguro María no,

dicta que no deberíamos

(Usaré el término bíblico para enfatizar)

fornicar con pajaritos.

En verdad, Dios concibe

en maneras misteriosas

(O algo parecido).

En aquellos tiempos

es de suponer que

(Por respeto omito la palabra cagar)

el defecar de una paloma

era tan irritante como hoy.

Pero si el ave

(Aquí conservo el mismo respeto)

defeca semillas sacras y salvadoras

se considera un milagro.

Esta es una realidad divina.

En misa deberíamos merendar

(Doy gracias a mis clases de catecismo

o adelante tendría que escribir mierda)

con heces de paloma.

Y, como buenos creyentes,

exclamar amén cada vez

que una paloma nos cague encima.

(Como usted verá, mi catequesis

no funcionó dos versos arriba)

La ornitología en la Biblia

debería utilizar la escatología

para una mejor comprensión

de los funcionamientos sexuales

del Espíritu Santo.

Así estaríamos más cerca

de entender al Señor.

(Y su sexualidad)

Podríamos pensar que María

fue la primera ornitóloga,

y en una de sus invocaciones de tórtolas

llegó el Espíritu Santo.

Dios recompensó

sus avances científicos

con el honor de tener a su hijo.

¿No serían entonces los

ornitólogos los

legítimos sacerdotes?

¿No debería haberse

llamado Palomo el primer Papa?

¿No es La Paloma

de San José Alfredo

el cántico más sacro

que se ha escrito?

 

Ha sido un problema

que a la ornitología no

se le considere

como parte de la teología.

¿Cómo no ha de serlo

si una paloma es el padre de Jesús?

Esto no es una petición

para un merecido cambio categórico.

Es un serio análisis poético

(Perdóneme el oxímoron)

de las aves y el rol fecundo que juegan

en la salvación de los hombres.

“Fue de sus heces divinas que Dios creó

al hombre. Y será con estas heces que brindará

la salvación al hombre.”

(Novissimas Collocat, Esther Core)

Morir en la costa

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Xadeni Escalante Contreras

Sao Kanzaki no era de origen japonés. Tampoco soñaba con islas. Sao Kanzaki sabía que algunos cetáceos van a morir a las costas. Lo leyó hace un par de años en la revista Ecología Práctica; recortó el artículo y lo guardó en su cartera. Aún lo conservaba, y lo leía al menos tres veces antes de salir de su departamento. Acostumbraba besar la imagen de la ballena cuando se sentía insegura en el metro, y con devoción la volvía a guardar. No utilizaba dinero plástico: le aterraban los polímeros y el dinero invisible. Procuraba sentarse junto a la ventana y mirar los grandes ojos que la observaban desde el cristal con aspecto irreconocible. Memorizaba los trazos negros del cabello hasta los hombros finos y puntiagudos. Los labios tiernos y carnosos, pequeñas larvas rosáceas, se movían con extrañeza como un cachorro ante el espejo. Temió que la siguiera. Sacó el artículo y lo entrelazó en sus dedos. En ocasiones no alcanzaba asiento y estorbaba el paso. El gentío se impacientaba al verla aferrada a la baranda. Le murmuraban pinche flaca, no estorbes; déjame pasar, chula. Otros le gritaban con amplias gesticulaciones o le daban codazos. Sao se aferraba al tubo frente a la ventana rechinando los dientes. Sao se sentía observada por la mujer de las cutículas ensangrentadas. Sao pensó en la huida y se mordió las uñas.

Despertó tarde. La ballenita en el buró se quedó sin pilas. Hizo un movimiento para acomodarse del otro lado, y en un pestañeo se dio cuenta de la hora. El sol ya se filtraba sobre el piso de madera hasta la alfombra, y alcanzaba el cuadro de la Jorobada. Saltó de la cama y corrió las cortinas. Se disculpó con la Jorobada: temió que el sol la destiñera. La besó dos, tres veces, la roció con el aspersor y cogió el trapo del cajón de la cómoda, que guardaba para emergencias. Miró el reloj y fue a vestirse. Sao no desayunó. No pudo bolear sus zapatos al pie de la cama. Sao no hizo sus meditaciones de la mañana. Tampoco cambió las pilas, y olvidó su termómetro de mercurio sobre el buró. Telefoneó a su hermana. Sao, ¿todo bien? Nunca llamas a esta hora. Algo no va bien, por favor llámame puntual cada quince minutos. Su hermana se quejó. ¿Cada treinta? Bueno, cada hora; sí, está bien. Adiós. Salió del departamento y se detuvo frente a la puerta. Sacó la imagen de su cartera, la besó. Hizo el procedimiento necesario para asegurar la pieza, y corrió al trabajo.

A Sao se le cayó una mano. Se quedó atascada entre las puertas. Arrastraba un hilillo de sangre. ¿Sao, estás bien?, le preguntó el jefe de seguridad con los ojos muy abiertos. No, olvidé mi termómetro. ¿Sería tan amable de llamar a emergencias? Creo que perdí una mano en el metro.

La internaron en el hospital más cercano a Terra del Mondo A.C. Detuvieron el sangrado. Cuando recuperó la conciencia, ya tenía una mano artificial de lo más natural, que podía mover fácilmente. La dieron de alta con la condición de que tomara unas pastillas para el dolor y armara un rompecabezas, según decían los doctores, para fortalecer la muñeca y medir las distancias. La mayor parte del día desde que llegó del hospital, se dedicó a ordenar las piezas de la Venus de Milo: acomodaba el hombro derecho en la posición del ojo, la nariz en las costillas, la boca en el ombligo…

Sao sacó su ejemplar de La grieta de Doris Lessing, que días antes había interrumpido. Se olvidó de la Venus: le quebraba las neuronas, así se lo explicaría a su hermana cuando viniera a casa y la descubriera ocultando las pastillas en el forro de los sillones. Sentía una pulsación en la sien y vértigo al inclinarse sobre la mesa. Ah, un baño sería maravilloso. Se sentó a leer sobre el retrete mientras se llenaba la tina. Pensó en la necesidad de reivindicación de los sexos, y el pez penetrado por un asta. Sintió los pies mojados. «Gente» era como las grietas se referían a sí mismas. Se dispuso a cerrar la llave cuando se percató de que el agua le llegaba a los tobillos. Atascó varias toallas bajo la puerta. Se quitó la ropa y esta vez no se molestó en doblarla: la arrojó en un montoncito sobre el lavabo, vació el frasco de sal en la tina y se sumergió. El agua del cuarto de baño ya había alcanzado la mitad de la puerta. Observó sus manos. Se le había formado una especie de membrana entre los dedos; su piel empezaba a tornarse entre pálida gris con un brillo azulado. Salió de la tina y nadó frente al espejo. Lo puso a sus pies dentro del agua. Se sumergió otra vez. La melena se suspendía como la anémona. Podía ver el trazo de sus pechos y caderas. Podía mirar su cuello y encuadrar el rostro. Podía mirarle y casi reconocerle. ¿Qué faltaba? Notaba un espacio bajo los codos, y la nariz parecía difuminarse. ¡Se sentía tan bien dentro del agua! Quizá pronto no necesitaría las manos. Aquella idea la entusiasmó. ¿Podría estar desarrollando aletas? Asomó la cabeza, se miró las palmas con sus ojos grises y le sonrió al foco de donde colgaba un cachalote. Se puso de pie. El agua le rozaba los muslos. Colgó el espejo y deslizó sus dedos entre las piernas.

Sonó el teléfono. Abrió la puerta de golpe. El vestíbulo se volcó en un río; la alfombra, en una carretera de musgo. Sao Kanzaki era una ninfa sin brazos. Sonó el teléfono. ¿Diga? Su hermana. Estoy bien… Sí. ¿Cuándo, hoy?  No puedo… Que sí que me corrieron. Ajá… No, no, ¿y? Está bien… Adiós.

Sao recibía visitas inesperadas de su hermana desde hacía varios años, cuando arrojó la despensa por la ventana y acostumbraba levantarse a las cuatro veinte de la mañana para escuchar cantos de ballena en formato mp3. Sao tuvo que abandonar el trabajo un par de meses. Al regresar, no había día en que no desapareciera el termómetro del escritorio. Los compañeros de glaciares se encargaban de vaciar su carpeta de archivos y la tabla comparativa de los copos de nieve. Por ello Sao cargaba diario sus cosas en una mochila y las llevaba a casa. Por ello Sao olvidó el termómetro en el buró, y por ello y por el accidente del metro la corrieron de Terra del Mondo A.C.

Sao no podía creer que después de tanto tiempo y dedicación la echaran así como así, cuando ella había consagrado doce años al estudio ambiental en la empresa. ¿Qué iba a hacer ahora? Sacó un mapa del mundo de su escritorio.

Sao Kanzaki no era de origen japonés, pero aquella noche Sao Kanzaki soñó con islas. Sao Kanzaki migraría a las playas de la península de Kii, luego a las islas griegas. Pasaría el verano en Japón para establecerse en Melos, su lugar de origen. Empacó una maleta, abrió el cierre de uno de los sillones, y vertió el resto de las medicinas dentro de las fundas. En ese momento llegó su hermana. La había olvidado. Sao no escuchó el tintineo de las llaves. ¿Qué demonios estás haciendo? Tampoco la intervención de su hermana. ¿Sao? Se sobresaltó, le pidió disculpas y la invitó a pasar. Pero tengo prisa, le advirtió. ¿Cómo que tienes prisa? ¿A dónde vas? Me voy. ¿A dónde? No puedo decirte; te hablo cuando llegue. Abrazó a su hermana y arrastró la maleta hasta la puerta. Se volvió. No olvides darle de comer a Keta (una orca de plástico). Su hermana se quedó tiesa en el umbral. No tenía idea de que todavía alimentara esa cosa. Llamó a emergencias. Tardarían en descubrirla. Sao volaba a Japón. Primero se internó, según el plan, en las playas de la península de Kii, entre el sur de Osaka y el Santuario de Ise. La arena era blanca como mármol, y el mar una enorme gema. Pero Sao no demoró mucho su visita en Japón. Su atracción principal era el Mediterráneo.

Se hospedó en un hotel no muy lujoso. El capitán de meseros le procuraba servicio a la habitación y baños atendidos. La habían despojado de sus pertenencias, según la filosofía del hotel. Incluso le regalaron una piyama muy holgada, cortesía de la casa.

Así pues, Sao Kanzaki, la Venus, es encontrada viva a las orillas del mar Egeo, y trasladada a Leros, una colonia de «alienados» creada por las autoridades sanitarias griegas en 1957, leyó en uno de los folletos turísticos traducidos que le había tendido el anciano con la libreta. Qué bonito. Sao pensó que debía escribirle una postal a su hermana y contarle sus vacaciones. ¿Me permite su pluma?

El archivo

fire-3009953_960_720Ximena Santaolalla

Jamás imaginé el puto espanto que me esperaba cuando desperté abrazado de mi esposa y de Claudito. Quiero al menos poder decidir si me mato o me dejo asesinar. Eso fue lo primero que pensé cuando vi al hijo del coronel fuera de casa.

Ya por la noche, tanta angustia estaba a punto de derrumbarme. Como si nada pasara, cité a Lucía en el Portales, un bar siempre vacío con música romántica. Acostumbro a ir todos los días luego del periódico para adormecer la maldita ansiedad con un par de copas.

Luci, de blanco y escotada, parecía un ángel promiscuo. Tras dos horas de seria discusión, me observó con esa pose de investigadora perspicaz que para entonces yo ya detestaba.

—Camilo —se enderezó en la desteñida poltrona de terciopelo rojo, proyectando hacia mí sus majestuosos pechos—, ¿el archivo existe?

Quise encajarle la navaja recién oculta en mi chamarra. Se atrevía a dudar de mí, ¡como si yo no mandara!

—¡Carajo, Lucía! Cerrá el hocico, me tenés mascado con esa puta pregunta taladrándome.  Si te atrevés a meterte a la cama con un teniente asesino, ¿por qué coño no querés ir al archivo?

Sentí que se hinchaba la vena de mi frente como un gordo gusano de sangre. Quise ordenar otra botella de guaro para controlar mis putos arranques, pero el taciturno mesero había caído dormido sobre la barra.

—Ay, flaquito, algo te pasó de patojo para que explotés así, ¿qué no? —rio con esa mueca ladeada de sabelotodo que antes se me hacía tan sexy; acomodó el cabello lacio y negro en un chongo, dejando ver su larguísimo cuello—.  Acordate de tus palabras, vos mismo asegurabas que el archivo de guerra era una superstición, un sueño mojado de periodista.

Quise gritarle: si exploto es por tu culpa, por buscona, por tu obsesión con los cuques y tus ínfulas de justiciera, ¡por tus puterías! Pero solo alcancé a bufar: «¡Irás al maldito archivo, querás o no!». Golpeé la mesa, los borrachos en la barra voltearon con tirria.  Seguro eran los asquerosos espías del hijo del coronel. El más macabro de los tres tenía un enorme tatuaje en el brazo izquierdo, que en la oscuridad del bar parecía un tigre de dos cabezas.  Succioné lo que quedaba de la botella de Quetzalteca.

—Nos vigilan —afirmé muy serio, con la esperanza de que en realidad solo vigilaran el escote de Lucía—. Seguro sospechan que estamos por meter las narices en la mierda.

—Flaco, estás traumado… Esos choyudos no captan nada, a lo mucho te reconocieron de La Aurora o algún noticiero.

—Volteá discreta —susurré—, aquí apesta a kaibil, hijoeputas…

Se volvió hacia ellos despacio, con su abrumadora sensualidad.  Se le endurecieron los alegres ojos negros. Supe que me creía.

De nuevo se me clavó el miedo descontrolado de la mañana, de cuando vi al hijo del coronel recargado en mi carcacha de periodista muerto de hambre. Ante mis ojos vi pasar, en un instante, la película de terror que me estuve contando todo el día.

—Si tenés miedo, duermo con vos esta noche —ofrecí a Lucía, para largarnos de ese nido de orejas, cerrar el trato del archivo y pedirle todas las copias del reporte sobre el maldito coronel.

—¿Y tu esposa?

—¿Y tu teniente de mierda?  —reviré—. Si nos encuentra en la cama, me sorraja un balazo.

—No te preocupés, lo mandaron a Chiquimula —dijo lasciva, tocando mi entrepierna.  Me quedé mirando los manchones del mantel percudido; sonaba una canción de Arjona,  no se acaba el amor, solo porque no estás, se mete en mi sangre y se va de rincón en rincón arañándome el alma y rasgando el corazón.

—Más vale que no vuelva el cerote. Vos no entendés, Luci. Si Chinchilla nos ve en la cama, todo se tratará de marcar territorio con la pinga.

Dejé un billete de 50 quetzales sobre la mesa; salimos de la penumbra del bar, hacia la oscuridad de la noche.

***

ordonanzschuhe-919682_960_720Estoy seguro de que los espías comemierda escondieron micrófonos en el departamento de Lucía; cuando entramos, sus pinches gatos maullaron raro, como diciendo que alguien había estado ahí antes que nosotros. Luci ni se inmutó. Me miró con esa calentura que enloquece a cualquiera, y yo, por primera vez en 18 meses de pisar como los dioses, no logré tener una erección. Flaquito, calmate… Estás ciclado con el asunto del archivo, te trae paranoico, ¿qué no? Bajó los tirantes de su blusita blanca, se hincó para mamármela. La pinga se me encogió aún más de solo suponer que hubiera una puta cámara filmándonos: si el coronelito mostraba al demente de Chinchilla una imagen de Lucía con mi verga en la boca, sería hombre muerto. Escuché el tintineo de unas llaves en el pasillo. Brinqué.

—Flaco, ¿qué pasa? —atrajo mi cabeza hacia sus suaves tetas. Me preparé para usar la navaja, pero solo advertí el ronroneo de los putos gatos (eran cuatro) que me vigilaban como a un alacrán antes del zarpazo.

—Indigna que dudés de mi palabra y me humillés insinuando que lo del archivo es pura superstición —dije desesperado, luego de unos minutos en silencio. Tallé mis ojos con saña, llorosos de tanto pinche pelo felino.

—No dudé de tu palabra, sino de tu contacto… ¿Por qué no podés ir vos mismo al archivo? ¿Por qué tengo que ir vendada? —por primera vez noté el miedo en su rostro—, si el archivo es lo que creemos, vos sabés que los cuques me matarán cuando publiqués el contenido.

—¡Pero si vos fuiste la loca que me acusó de tibio y me convenció de investigar al coronel y su hijo chalado! —ahora la maldita neurótica fingía ser juiciosa y prudente—. ¿Vos te creés que tu teniente no va a asfixiarte cuando publiquemos toda la mierda que le sacaste sobre Estrada? ¿O ya perdiste tu patético entusiasmo de rescatar al país? Sabés que yo iría al archivo si pudiera, pero mi cara está muy vista.

Recuerdo cuando Lucía se fijó en el teniente Chinchilla; él estaba vendiendo coca en una fiesta de artistillas. Esos dos son militares, ¿qué no?, me preguntó riendo. Se les nota a kilómetros el estilito. Yo le contesté: ¿y quién más nos va a vender esta chulada de perico? Todavía le dije que el de la cicatriz era hijo del coronel Estrada, que por eso le decían el Estradita o el coronelito.

Su idea de enrollarse con el tenientucho para investigar a los Estrada fue genial. Lástima que vivimos en Guatemala y que yo no nací para ser héroe ni mártir. Esa mañana, Estradita me enseñó, que nací para ser mediocre, tolerar la vida, aceptar las migajas que la vuelven menos fatigosa (como deslizarse entre dos piernas de mujer).

Con ojos sanguíneos, James Stewart me miraba desde el poster de Ventana Indiscreta.  Me paré a cerrar las cortinas y entré al baño. Leí los mensajes en el teléfono:

Estoy viendo las nalgas de tu vieja. Ay que ojos verdes tiene;

si no cumplís rapidito, se los boy a sacar y encajarlos en su pusa inmunda

Tu susio bebesito está tragando leche y si no entregás a tu wisita fisgona

y sus reportitos, esos pesones los boy a revanar bien despacito.

Sabés cómo los kaibiles reventaban las cabezas de los bebés mayitas?

Contra la pared quedaban todos sus sesitos de indio. Boy a practicar

Sabés como violaban a las indias los kaibiles? Mi jefe me contó,

ya me antojé de los melones caidos de tu vieja, tenés 12 horas para entregar

El pánico volvió. ¿Todo bien, flaco?  Vi el reflejo de mi repugnante cara, la nariz halconada y los labios gruesos… Unos ojos ajenos.  Ábreme, Camilo. Me odié; ese rostro peculiar y varonil ya no era el del Camilo de siempre. ¿Te sentís mal?  Todo es culpa suya, ella nos hundió en este pozo de mierda… Si no fuera una mujer loca… Nunca debió abrirle las patas al puto teniente. ¿Flaco? Si no tuviera obsesión por hacerse la justiciera, carajo.  Ven que te abrazo.  ¡Por cerdo caliente, carajo! Me halagó que me dijera te parecés a Cortázar de joven.  Perdoname, te hice enojar.  Si no estuviera tan buena, si no se tomara tan en serio el papel de periodista. Flaquito… Yo solo quería levantar La Aurora, ganar unos putos quetzales. No pretendía dudar de ti… Yo solo quería cuidar a Claudito, a mi mujer, tener sexo, ser un tipo normal… Te quiero. Nunca imaginé que la Lucía fuera así, inteligente, capaz de investigar algo serio. Ya lo pensé bien, sí quiero hacerlo… Sé que con el archivo podríamos incriminar a esos asesinos que se pasean uniformados, como si nada, la billetera llena…Ella me manipuló, con esa basura de que yo podía ser un gran periodista, afamado, cambiar Guatemala… Haré lo que me pedís, ¡iré al archivo! 

Sus palabras fueron como un buen jalón de mota. ¡Iría al archivo! Me invadió la sensación de estar dando el paso definitivo al responder los mensajes.

Lo hará. Solo deme 24h para ubicar copias del reporte.

Contestó enseguida:

Okas. tenés que actuar NORMAL, asi que trankilito choconoy.

mañana 23hrs eskina calle 31 con Petapa sercas de San Carlos.

Salí del baño con la satisfacción de quien ha zanjado la encrucijada. Lucía, seria, me escudriñó. Lo sabe todo, pensé horrorizado.

—No tenés que encerrarte en el baño para chatear con tu esposa —dijo, ahora viendo el teléfono que yo estrujaba con ambas manos.

—Ah, se me olvidaba —aventé, al vuelo—, ¿tenés aquí las copias físicas y digitales de tu último reporte sobre el coronel Estrada?

—No te preocupés —la noté ya muy lejos de mí, tal vez excitada y temerosa por la misión—; escondí seis copias por si Chinchilla me descubre. Es casi imposible que las encuentre todas.

Anotó en un papel las ubicaciones exactas de cada una y me lo entregó con solemnidad.

***

La noche siguiente, de camino a consumar la entrega, volvió el maldito pinchazo en el estómago que aún siento.  Lucia vistió de negro, inusual en ella.  Se veía muy distinta, delgadísima, frágil, como una mujercita dócil. Tarareaba oh baby baby it’s a wild world, I’ll always remember you like a child, girl;  era la canción que su papá le cantaba de niña.

—Ya usté sabe las reglas que su wisita debe seguir, oiga —dijo el hombre bajo y corpulento que bajó de la Pick Up en la esquina de Petapa con la calle 31—: celu apagado; ojos vendados; setenta y dos horas en el archivo sin poder salir; la que le llevemos es la comida que va a comer; orina y defeca en la bacinica; en su laptop toma notas; fotos prohibidas. Póngale esto en los ojos y en su cabeza.

El hombre escupió una flema y abrió la puerta del otro lado de la Pick Up.  Estoy seguro de haber visto dos cabezas escarlatas de jaguar o tigre, tatuadas en su bíceps.  Lucía y yo nos abrazamos; creo que susurró «pedime que no vaya». Contemplé por última vez sus fabulosos ojos infelices, inundados de miedo.  Se acercó al tipo, decidida; quería verlo bien antes de vendarse.

Subí a mi Sentra blanco y, sin esperar a que la Pick Up arrancara, aceleré hacia la dirección opuesta.

***

De eso han pasado ya 31 días. Ayer leí en La Prensa Libre que «fueron hallados el viernes santo en el interior de un Kia Forte rojo, los cadáveres de la periodista Lucía Flaquer, de 25 años, y del conductor de identidad desconocida. Fallecieron instantáneamente luego del impacto contra un muro de contención. Según el padre de la periodista, hace un mes Flaquer salió de la Ciudad a cubrir la fiesta de la virgen de la Asunción en Jutiapa».

Esta mañana se publicó el reporte que preparó Lucía sobre el coronel.  No sé a quién le dejó esa última copia, carajo.  Me enfurece que fuera más lista que yo, que la muy puta me jodiera desde la tumba. Lo publicaron todo, hasta lo del negocio de la red de trata de hondureñas.

Sé que el Estradita comemierda me va a encontrar, sí o sí. Sé que no hay cómo esconderse de un milico; él me lo advirtió. Así es este país. Lo vi entrar al departamento de Lucía hace unas horas. Sé que me está cazando. ¡Cómo me hubiera gustado despedirme de Claudito!  De sus manitas que atrapaban mis dedos con fuerza, como si nunca quisiera soltarlos.  Quién sabe si lo dejarán vivo, ¡pinches milicos asesinos!

Yo ya nomás estoy decidiendo si me mato o me dejo asesinar.

Mi madre se dijo puta

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Irma Rodríguez

 

A Lucero, una pequeña gigante

 

 

De muchas maneras se dijo puta mi madre,

la frente en alto;

digna, cínica,

buscó amarse.

 

Poco a poco se desvistió mi madre;

perfumó su cuerpo

con olor

de Rosa Venus,

infinitas ilusiones llenaron su boca.

 

Mi madre era de ojos chiquitos

pero su mirada,

un océano;

la cópula inundó su universo fértil

doce veces,

deseosa de alivio con doce gemidos.

Yo fui la número siete.

 

Mi madre fue manantial.

Sus pezones durmieron en la cuna

de la inocencia.

Nada fue la gravedad de su peso

sobre su carne tibia y silenciosa.

 

Mi madre fue ciega extensión de deseos,

refugio de la sincronía del universo

que durmió entre las llanuras

para juntar sus centros gravitatorios

en un grito que se elevó al cielo.

 

¡A vuelo!, dijo mi madre,

¡que nuestras risas vivan en los ombligos!,

¡que hagan malabares sin resbalar en la muralla,

caída libre al precipicio!

 

Nunca ser la misma,

dijo mi madre,

ni lo que a imagen y semejanza hagan de nosotras;

tampoco la amante de todos,

sólo de ellos, de los pocos.

 

Mi madre pidió a su ego no ir más allá,

olvidarse del tiempo fecundado,

seguir volando como ave y

caer sobre una pirámide en ruinas

para reconstruirla.

 

Mi madre cuidó su cabeza,

también su hermoso culo.

Sabía lo que eran las partes

como un todo.

 

Mi madre siempre supo de qué estaba hecha,

lo sabía desde el sol palpitante que habitó en su pecho

y tenía miedo, miedo de amar, no de amarse;

eso lo sabía hacer de sobra,

amar, amar porque amar siempre termina en falsa ironía.

 

Muchas veces mi madre sofocó

los fuegos peligrosos,

tirada bocabajo se escribió preguntas y respuestas

sobre el vientre,

despreció agregados al coctel

que llamó vida.

 

Mi madre habló con sus silencios

un lenguaje que inundó naufragios,

sin ahogarse

porque lo que inunda no siempre ahoga.

 

Mi madre expuso su sexo frente al sol,

frente a la luna;

su vagina

fue arpegio de vibraciones,

cantos de la vida.

 

Mi madre es virgen,

mujer que sabe lo que es tener

al diablo enfrente;

por eso jamás tropezó

con la misma piedra.

Ahora yace en un retablo.

 

Mi madre hoy quiere alcanzar

la tierra firme;

siente el naufragio de la soledad,

va en plenitud de vuelo;

sabe que la vida es un segundo,

único y eterno.

 

Yo

siempre seré Lucero, la hija de mi madre,

a quien quizá

nunca alcance.

 

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Ilustraciones: Irma Rodríguez.

El cementerio Villa Alta

 

Gustavo Loa

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I

El cementerio Villa Alta posee cierto encanto. Las verdes colinas que se abren ante la vista del visitante dotan al lugar de una suerte de amnesia urbana: nunca se piensa en el caótico flujo vehicular que se sucede en las avenidas circundantes; no se recuerda que, allá afuera, el índice de atracos es ridículamente alto, ni que habrá que volver al hogar en el tumultuoso metro.

Las inscripciones en las lápidas dan fe de las vidas que pasaron por el mundo; rememoran las risas y alegrías que —aunque hoy silenciadas— fueron. Madres, padres, hermanos, hijos… todos descansan tras la existencia en una ciudad de la que ahora son cimiento histórico.

El suelo diurno del cementerio Villa Alta hace que los niños jueguen con desenfado, mientras los padres limpian las criptas familiares; provoca que acudan parejas de novios de las cercanías a platicar, a besarse o tan solo a pasar el rato; incluso, hay grupos de amigos que aman ir allí a matar las clases del colegio, y esparcen sus problemas en el viento, cantando, acompañados de una guitarra, bebiendo cerveza o durmiendo en camarilla.

Es cómodo y seguro el suelo diurno del cementerio Villa Alta.

Hubo una ocasión en que una joven llamada Cristina —de carácter soñador y mirada bondadosa—, enamorada de un joven europeo, de nombre Michel, se entregó a éste detrás del Árbol de la Pasión, a veinte pasos del camino principal. Los ojos avellana del muchacho se fundieron con los marrones de la amada; la piel blanca, con la morena; la experiencia, con la inocencia.

 Cristina gozó y un poco se dolió, pero estaba enamorada, y eso era lo importante.

Se habló de ello por mucho tiempo, pues nunca se los volvió a ver. Cuenta la familia que alguna vez recibieron una carta desde Francia, donde sólo se leía: “Gracias por darme a su hija. Ahora soy feliz”. Ni nombre ni firma, pero los padres de Cristina sabían que era él, y que ella estaba bien, que había cambiado de vida, que los recordaría con nostalgia alguna vez. Y eso era lo importante.

En el verde suelo diurno del cementerio Villa Alta, en una ocasión Michel tuvo a Cristina, y hubo pasión y locura y llanto de amor.

El cementerio Villa Alta se alimenta de vida y exhala emociones.

 

II

Mas no todo es luminoso en aquel bello panteón. Las noches son frías y el viento susurra alaridos desde las rendijas donde, fino y ligero, se cuela. Siempre se piensa en los huesos de los muertos, en las carrozas que cada semana depositan cadáveres humedecidos con fluidos de hedor inmundo. Se recuerda, en fin, que algún día todos habitaremos, eternamente silenciosos, un receptáculo subterráneo.

Las tumbas abandonadas hablan de olvido; sus ruinas presagian el destino del mundo; pulverizan la esperanza de inmortalidad. Desesperan. Quiebran la sonrisa. Ladrones, asesinos, corruptos… Todos ellos descansan al lado de los dignos: así exponen el absurdo de la moralidad.

El suelo nocturno del cementerio Villa Alta hace que revivan los recuerdos de trágicos amores, mientras sus otrora protagonistas lloran en el inframundo; provoca que los sueños de hoy, envueltos en ilusiones de oro, sean las frustraciones de mañana; incluso, se cuenta que cuando el guardián de la llave de la entrada del panteón sufre un deseo enajenante de infligir dolor, errabundo recorre el camino principal eligiendo, al azar, espíritus dementes que causen pesadillas.

El suelo nocturno del cementerio Villa Alta hiede a horror.

En una ocasión, la joven Cristina se enamoró del extranjero Michel —de mirada fría y carácter iracundo—, y fue asesinada por él tras el Pozo de los Secretos, a diez pasos de un estercolero. Los ojos marrones de la muchacha se apagaron frente a los avellana del varón. Las manos dejaron de luchar; las piernas, de oponerse; el corazón, de latir.

Cristina gritó y al poco rato se calló, pero estaba enamorada, y eso era lo importante.

Nunca se habló de ello, pues no se puede mentar lo desconocido. Nadie cuenta cómo Michel envió una carta desde Francia, en la que puso: “Gracias por darme a su hija. Ahora soy feliz”. Ni nombre ni firma. Pero él sabía que los padres creerían que era él, que creerían que ella estaba bien; que Cristina había cambiado de vida y que los recordaría. Y eso era lo importante.

En el odioso suelo nocturno del cementerio Villa Alta, alguna vez Michel asesinó a Cristina, y hubo pasión y locura y gritos de terror.

El cementerio Villa Alta traga secretos y vomita lo demás.

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Por un humanismo de la otredad

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Juan Antonio Rosado Z.

Lo extraño, lo extranjero, lo otro, la alteridad, lo ajeno, lo distinto… casi siempre son el enemigo. A veces nos enfrentamos a él por necesidad. Tolerarlo implica soportarlo, mas no respetarlo. Para hacer lo uno o lo otro, debe morir la supremacía de lo masculino, pero sólo en la medida en que debe morir (o nunca nacer) la supremacía de lo demás. No se trata de sustituir un logos por otro, sino de eliminar el logocentrismo, de dejar a un lado traumas o complejos y ponerse a trabajar en un humanismo de la otredad, que empezaría con una revisión crítica del humanismo tradicional a partir de Erasmo y Moro. No se trata de erigir al feminismo, al indigenismo, al regionalismo o a la postura homosexual en nuevos logos sociales o políticos. El humanismo de la otredad se remontaría históricamente al asesinato de Hipatia y a la quema y persecuciones contra el otro, llámese pagano o bruja.

Este humanismo bebería de las raíces teóricas del jainismo, en particular de la doctrina Anekantebada, que postula la no-violencia y la ausencia de una verdad única, pero también de la filosofía materialista Lokayata, del taoísmo, de Spinoza, Nietzsche, Bataille, Levinas, Karlheinz Deschner, Foucault, Todorov, Dussel y la heterología en general; de la historia de la vida privada y de las mujeres; de lo mejor y más lúcido del feminismo, indigenismo, regionalismo, negrismo y marxismo; de Lacan y Blanchot; del filósofo y economista Amartya Sen; de la «ecosofía» o ecología profunda (y no la ecología tradicional, que mantiene la visión antropocéntrica), así como de la filosofía y teología de la liberación, siempre y cuando ésta no intente ungirnos con la idea de su dios como logos. ¡Basta de logocentrismos! Tampoco me interesa el Sogol de Doufour en su Locura y democracia.

Se debe denunciar y renunciar al machismo, autoritarismo, racismo, clasismo, a la policía protectora de asesinos, a la corrupción de funcionarios, a la prensa sensacionalista, a la misoginia del sistema de justicia y del catolicismo. Humanistas de la alteridad son, entre otros, Gandhi, Jorge Icaza, Rosario Castellanos, José María Arguedas, García Lorca, Víctor Jara o Eduardo Galeano. La preocupación es por el excluido, llámese homosexual, travesti, inválido, negro, indígena, mujer, anciano, indigente, judío, ateo, palestino asesinado por desear una patria, mendigo atropellado, gitano, agnóstico, pobre, perseguido, inmigrante, gaucho, llanero discriminado, y también naturaleza y animales. Rosalba Campra hablaba de los arquetipos de la marginalidad. Hay quien sufre violencia familiar; otros, violencia política, religiosa o militar. Todo poder implica violencia, porque sólo así puede mantenerse.

Feminismo, indigenismo o negrismo, aunque actividades necesarias en nuestro ámbito, son especializadas y a menudo reduccionistas. El humanismo de la otredad o de la alteridad las contempla y abarca mucho más que los aspectos sexuales, hormonales, traumáticos, raciales, de clase o de edad. Suele olvidarse que el machismo en gran medida es invención de las madres que educan a sus hijos como machos. Más que sexual, en gran parte es cuestión cultural. Debe recordarse a las mujeres que padecen del irrefrenable deseo de controlar al otro. El autor de la alteridad escribe sobre quienes sufren el poder opresivo o discriminatorio y la violencia que implica. Jamás defendería a un indígena violador sólo por su raza, como tampoco justificaría a una madre que golpea a sus hijos o a su esposo sólo por ser mujer. Intenta explicar su comportamiento, mas no justificarlo. Ni feminista ni indigenista ni revolucionario, sino todo a la vez, resumido en el humanismo de la otredad.

Dios nos libre

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Juan Tovar R.

 

Amor que dios nos libre

de un pendejo con iniciativa

de la oficina de correos de México

o en su defecto

de cartearnos con Mussolini en verso blanco

 

que dios nos libre amor

de una buena película de María Félix

del sexo por contrato

o de la obligación

de no seguir viviendo hasta firmarlo

 

amor que dios nos libre

del adulto disfrazado de adulto

de los hoyos en los bolsillos

donde tropezamos

dos veces con la misma piedra

 

pero miento amor

porque dios no nos libra

porque la pendejez es inminente

porque la tumba de Mussolini

no tiene código postal

 

porque todas las películas

de María Félix son malas

porque los adultos disfrazados

de adultos no caben en un bolsillo

si tropiezan con la misma piedra.