Morir en la costa

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Xadeni Escalante Contreras

Sao Kanzaki no era de origen japonés. Tampoco soñaba con islas. Sao Kanzaki sabía que algunos cetáceos van a morir a las costas. Lo leyó hace un par de años en la revista Ecología Práctica; recortó el artículo y lo guardó en su cartera. Aún lo conservaba, y lo leía al menos tres veces antes de salir de su departamento. Acostumbraba besar la imagen de la ballena cuando se sentía insegura en el metro, y con devoción la volvía a guardar. No utilizaba dinero plástico: le aterraban los polímeros y el dinero invisible. Procuraba sentarse junto a la ventana y mirar los grandes ojos que la observaban desde el cristal con aspecto irreconocible. Memorizaba los trazos negros del cabello hasta los hombros finos y puntiagudos. Los labios tiernos y carnosos, pequeñas larvas rosáceas, se movían con extrañeza como un cachorro ante el espejo. Temió que la siguiera. Sacó el artículo y lo entrelazó en sus dedos. En ocasiones no alcanzaba asiento y estorbaba el paso. El gentío se impacientaba al verla aferrada a la baranda. Le murmuraban pinche flaca, no estorbes; déjame pasar, chula. Otros le gritaban con amplias gesticulaciones o le daban codazos. Sao se aferraba al tubo frente a la ventana rechinando los dientes. Sao se sentía observada por la mujer de las cutículas ensangrentadas. Sao pensó en la huida y se mordió las uñas.

Despertó tarde. La ballenita en el buró se quedó sin pilas. Hizo un movimiento para acomodarse del otro lado, y en un pestañeo se dio cuenta de la hora. El sol ya se filtraba sobre el piso de madera hasta la alfombra, y alcanzaba el cuadro de la Jorobada. Saltó de la cama y corrió las cortinas. Se disculpó con la Jorobada: temió que el sol la destiñera. La besó dos, tres veces, la roció con el aspersor y cogió el trapo del cajón de la cómoda, que guardaba para emergencias. Miró el reloj y fue a vestirse. Sao no desayunó. No pudo bolear sus zapatos al pie de la cama. Sao no hizo sus meditaciones de la mañana. Tampoco cambió las pilas, y olvidó su termómetro de mercurio sobre el buró. Telefoneó a su hermana. Sao, ¿todo bien? Nunca llamas a esta hora. Algo no va bien, por favor llámame puntual cada quince minutos. Su hermana se quejó. ¿Cada treinta? Bueno, cada hora; sí, está bien. Adiós. Salió del departamento y se detuvo frente a la puerta. Sacó la imagen de su cartera, la besó. Hizo el procedimiento necesario para asegurar la pieza, y corrió al trabajo.

A Sao se le cayó una mano. Se quedó atascada entre las puertas. Arrastraba un hilillo de sangre. ¿Sao, estás bien?, le preguntó el jefe de seguridad con los ojos muy abiertos. No, olvidé mi termómetro. ¿Sería tan amable de llamar a emergencias? Creo que perdí una mano en el metro.

La internaron en el hospital más cercano a Terra del Mondo A.C. Detuvieron el sangrado. Cuando recuperó la conciencia, ya tenía una mano artificial de lo más natural, que podía mover fácilmente. La dieron de alta con la condición de que tomara unas pastillas para el dolor y armara un rompecabezas, según decían los doctores, para fortalecer la muñeca y medir las distancias. La mayor parte del día desde que llegó del hospital, se dedicó a ordenar las piezas de la Venus de Milo: acomodaba el hombro derecho en la posición del ojo, la nariz en las costillas, la boca en el ombligo…

Sao sacó su ejemplar de La grieta de Doris Lessing, que días antes había interrumpido. Se olvidó de la Venus: le quebraba las neuronas, así se lo explicaría a su hermana cuando viniera a casa y la descubriera ocultando las pastillas en el forro de los sillones. Sentía una pulsación en la sien y vértigo al inclinarse sobre la mesa. Ah, un baño sería maravilloso. Se sentó a leer sobre el retrete mientras se llenaba la tina. Pensó en la necesidad de reivindicación de los sexos, y el pez penetrado por un asta. Sintió los pies mojados. «Gente» era como las grietas se referían a sí mismas. Se dispuso a cerrar la llave cuando se percató de que el agua le llegaba a los tobillos. Atascó varias toallas bajo la puerta. Se quitó la ropa y esta vez no se molestó en doblarla: la arrojó en un montoncito sobre el lavabo, vació el frasco de sal en la tina y se sumergió. El agua del cuarto de baño ya había alcanzado la mitad de la puerta. Observó sus manos. Se le había formado una especie de membrana entre los dedos; su piel empezaba a tornarse entre pálida gris con un brillo azulado. Salió de la tina y nadó frente al espejo. Lo puso a sus pies dentro del agua. Se sumergió otra vez. La melena se suspendía como la anémona. Podía ver el trazo de sus pechos y caderas. Podía mirar su cuello y encuadrar el rostro. Podía mirarle y casi reconocerle. ¿Qué faltaba? Notaba un espacio bajo los codos, y la nariz parecía difuminarse. ¡Se sentía tan bien dentro del agua! Quizá pronto no necesitaría las manos. Aquella idea la entusiasmó. ¿Podría estar desarrollando aletas? Asomó la cabeza, se miró las palmas con sus ojos grises y le sonrió al foco de donde colgaba un cachalote. Se puso de pie. El agua le rozaba los muslos. Colgó el espejo y deslizó sus dedos entre las piernas.

Sonó el teléfono. Abrió la puerta de golpe. El vestíbulo se volcó en un río; la alfombra, en una carretera de musgo. Sao Kanzaki era una ninfa sin brazos. Sonó el teléfono. ¿Diga? Su hermana. Estoy bien… Sí. ¿Cuándo, hoy?  No puedo… Que sí que me corrieron. Ajá… No, no, ¿y? Está bien… Adiós.

Sao recibía visitas inesperadas de su hermana desde hacía varios años, cuando arrojó la despensa por la ventana y acostumbraba levantarse a las cuatro veinte de la mañana para escuchar cantos de ballena en formato mp3. Sao tuvo que abandonar el trabajo un par de meses. Al regresar, no había día en que no desapareciera el termómetro del escritorio. Los compañeros de glaciares se encargaban de vaciar su carpeta de archivos y la tabla comparativa de los copos de nieve. Por ello Sao cargaba diario sus cosas en una mochila y las llevaba a casa. Por ello Sao olvidó el termómetro en el buró, y por ello y por el accidente del metro la corrieron de Terra del Mondo A.C.

Sao no podía creer que después de tanto tiempo y dedicación la echaran así como así, cuando ella había consagrado doce años al estudio ambiental en la empresa. ¿Qué iba a hacer ahora? Sacó un mapa del mundo de su escritorio.

Sao Kanzaki no era de origen japonés, pero aquella noche Sao Kanzaki soñó con islas. Sao Kanzaki migraría a las playas de la península de Kii, luego a las islas griegas. Pasaría el verano en Japón para establecerse en Melos, su lugar de origen. Empacó una maleta, abrió el cierre de uno de los sillones, y vertió el resto de las medicinas dentro de las fundas. En ese momento llegó su hermana. La había olvidado. Sao no escuchó el tintineo de las llaves. ¿Qué demonios estás haciendo? Tampoco la intervención de su hermana. ¿Sao? Se sobresaltó, le pidió disculpas y la invitó a pasar. Pero tengo prisa, le advirtió. ¿Cómo que tienes prisa? ¿A dónde vas? Me voy. ¿A dónde? No puedo decirte; te hablo cuando llegue. Abrazó a su hermana y arrastró la maleta hasta la puerta. Se volvió. No olvides darle de comer a Keta (una orca de plástico). Su hermana se quedó tiesa en el umbral. No tenía idea de que todavía alimentara esa cosa. Llamó a emergencias. Tardarían en descubrirla. Sao volaba a Japón. Primero se internó, según el plan, en las playas de la península de Kii, entre el sur de Osaka y el Santuario de Ise. La arena era blanca como mármol, y el mar una enorme gema. Pero Sao no demoró mucho su visita en Japón. Su atracción principal era el Mediterráneo.

Se hospedó en un hotel no muy lujoso. El capitán de meseros le procuraba servicio a la habitación y baños atendidos. La habían despojado de sus pertenencias, según la filosofía del hotel. Incluso le regalaron una piyama muy holgada, cortesía de la casa.

Así pues, Sao Kanzaki, la Venus, es encontrada viva a las orillas del mar Egeo, y trasladada a Leros, una colonia de «alienados» creada por las autoridades sanitarias griegas en 1957, leyó en uno de los folletos turísticos traducidos que le había tendido el anciano con la libreta. Qué bonito. Sao pensó que debía escribirle una postal a su hermana y contarle sus vacaciones. ¿Me permite su pluma?

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El archivo

fire-3009953_960_720Ximena Santaolalla

Jamás imaginé el puto espanto que me esperaba cuando desperté abrazado de mi esposa y de Claudito. Quiero al menos poder decidir si me mato o me dejo asesinar. Eso fue lo primero que pensé cuando vi al hijo del coronel fuera de casa.

Ya por la noche, tanta angustia estaba a punto de derrumbarme. Como si nada pasara, cité a Lucía en el Portales, un bar siempre vacío con música romántica. Acostumbro a ir todos los días luego del periódico para adormecer la maldita ansiedad con un par de copas.

Luci, de blanco y escotada, parecía un ángel promiscuo. Tras dos horas de seria discusión, me observó con esa pose de investigadora perspicaz que para entonces yo ya detestaba.

—Camilo —se enderezó en la desteñida poltrona de terciopelo rojo, proyectando hacia mí sus majestuosos pechos—, ¿el archivo existe?

Quise encajarle la navaja recién oculta en mi chamarra. Se atrevía a dudar de mí, ¡como si yo no mandara!

—¡Carajo, Lucía! Cerrá el hocico, me tenés mascado con esa puta pregunta taladrándome.  Si te atrevés a meterte a la cama con un teniente asesino, ¿por qué coño no querés ir al archivo?

Sentí que se hinchaba la vena de mi frente como un gordo gusano de sangre. Quise ordenar otra botella de guaro para controlar mis putos arranques, pero el taciturno mesero había caído dormido sobre la barra.

—Ay, flaquito, algo te pasó de patojo para que explotés así, ¿qué no? —rio con esa mueca ladeada de sabelotodo que antes se me hacía tan sexy; acomodó el cabello lacio y negro en un chongo, dejando ver su larguísimo cuello—.  Acordate de tus palabras, vos mismo asegurabas que el archivo de guerra era una superstición, un sueño mojado de periodista.

Quise gritarle: si exploto es por tu culpa, por buscona, por tu obsesión con los cuques y tus ínfulas de justiciera, ¡por tus puterías! Pero solo alcancé a bufar: «¡Irás al maldito archivo, querás o no!». Golpeé la mesa, los borrachos en la barra voltearon con tirria.  Seguro eran los asquerosos espías del hijo del coronel. El más macabro de los tres tenía un enorme tatuaje en el brazo izquierdo, que en la oscuridad del bar parecía un tigre de dos cabezas.  Succioné lo que quedaba de la botella de Quetzalteca.

—Nos vigilan —afirmé muy serio, con la esperanza de que en realidad solo vigilaran el escote de Lucía—. Seguro sospechan que estamos por meter las narices en la mierda.

—Flaco, estás traumado… Esos choyudos no captan nada, a lo mucho te reconocieron de La Aurora o algún noticiero.

—Volteá discreta —susurré—, aquí apesta a kaibil, hijoeputas…

Se volvió hacia ellos despacio, con su abrumadora sensualidad.  Se le endurecieron los alegres ojos negros. Supe que me creía.

De nuevo se me clavó el miedo descontrolado de la mañana, de cuando vi al hijo del coronel recargado en mi carcacha de periodista muerto de hambre. Ante mis ojos vi pasar, en un instante, la película de terror que me estuve contando todo el día.

—Si tenés miedo, duermo con vos esta noche —ofrecí a Lucía, para largarnos de ese nido de orejas, cerrar el trato del archivo y pedirle todas las copias del reporte sobre el maldito coronel.

—¿Y tu esposa?

—¿Y tu teniente de mierda?  —reviré—. Si nos encuentra en la cama, me sorraja un balazo.

—No te preocupés, lo mandaron a Chiquimula —dijo lasciva, tocando mi entrepierna.  Me quedé mirando los manchones del mantel percudido; sonaba una canción de Arjona,  no se acaba el amor, solo porque no estás, se mete en mi sangre y se va de rincón en rincón arañándome el alma y rasgando el corazón.

—Más vale que no vuelva el cerote. Vos no entendés, Luci. Si Chinchilla nos ve en la cama, todo se tratará de marcar territorio con la pinga.

Dejé un billete de 50 quetzales sobre la mesa; salimos de la penumbra del bar, hacia la oscuridad de la noche.

***

ordonanzschuhe-919682_960_720Estoy seguro de que los espías comemierda escondieron micrófonos en el departamento de Lucía; cuando entramos, sus pinches gatos maullaron raro, como diciendo que alguien había estado ahí antes que nosotros. Luci ni se inmutó. Me miró con esa calentura que enloquece a cualquiera, y yo, por primera vez en 18 meses de pisar como los dioses, no logré tener una erección. Flaquito, calmate… Estás ciclado con el asunto del archivo, te trae paranoico, ¿qué no? Bajó los tirantes de su blusita blanca, se hincó para mamármela. La pinga se me encogió aún más de solo suponer que hubiera una puta cámara filmándonos: si el coronelito mostraba al demente de Chinchilla una imagen de Lucía con mi verga en la boca, sería hombre muerto. Escuché el tintineo de unas llaves en el pasillo. Brinqué.

—Flaco, ¿qué pasa? —atrajo mi cabeza hacia sus suaves tetas. Me preparé para usar la navaja, pero solo advertí el ronroneo de los putos gatos (eran cuatro) que me vigilaban como a un alacrán antes del zarpazo.

—Indigna que dudés de mi palabra y me humillés insinuando que lo del archivo es pura superstición —dije desesperado, luego de unos minutos en silencio. Tallé mis ojos con saña, llorosos de tanto pinche pelo felino.

—No dudé de tu palabra, sino de tu contacto… ¿Por qué no podés ir vos mismo al archivo? ¿Por qué tengo que ir vendada? —por primera vez noté el miedo en su rostro—, si el archivo es lo que creemos, vos sabés que los cuques me matarán cuando publiqués el contenido.

—¡Pero si vos fuiste la loca que me acusó de tibio y me convenció de investigar al coronel y su hijo chalado! —ahora la maldita neurótica fingía ser juiciosa y prudente—. ¿Vos te creés que tu teniente no va a asfixiarte cuando publiquemos toda la mierda que le sacaste sobre Estrada? ¿O ya perdiste tu patético entusiasmo de rescatar al país? Sabés que yo iría al archivo si pudiera, pero mi cara está muy vista.

Recuerdo cuando Lucía se fijó en el teniente Chinchilla; él estaba vendiendo coca en una fiesta de artistillas. Esos dos son militares, ¿qué no?, me preguntó riendo. Se les nota a kilómetros el estilito. Yo le contesté: ¿y quién más nos va a vender esta chulada de perico? Todavía le dije que el de la cicatriz era hijo del coronel Estrada, que por eso le decían el Estradita o el coronelito.

Su idea de enrollarse con el tenientucho para investigar a los Estrada fue genial. Lástima que vivimos en Guatemala y que yo no nací para ser héroe ni mártir. Esa mañana, Estradita me enseñó, que nací para ser mediocre, tolerar la vida, aceptar las migajas que la vuelven menos fatigosa (como deslizarse entre dos piernas de mujer).

Con ojos sanguíneos, James Stewart me miraba desde el poster de Ventana Indiscreta.  Me paré a cerrar las cortinas y entré al baño. Leí los mensajes en el teléfono:

Estoy viendo las nalgas de tu vieja. Ay que ojos verdes tiene;

si no cumplís rapidito, se los boy a sacar y encajarlos en su pusa inmunda

Tu susio bebesito está tragando leche y si no entregás a tu wisita fisgona

y sus reportitos, esos pesones los boy a revanar bien despacito.

Sabés cómo los kaibiles reventaban las cabezas de los bebés mayitas?

Contra la pared quedaban todos sus sesitos de indio. Boy a practicar

Sabés como violaban a las indias los kaibiles? Mi jefe me contó,

ya me antojé de los melones caidos de tu vieja, tenés 12 horas para entregar

El pánico volvió. ¿Todo bien, flaco?  Vi el reflejo de mi repugnante cara, la nariz halconada y los labios gruesos… Unos ojos ajenos.  Ábreme, Camilo. Me odié; ese rostro peculiar y varonil ya no era el del Camilo de siempre. ¿Te sentís mal?  Todo es culpa suya, ella nos hundió en este pozo de mierda… Si no fuera una mujer loca… Nunca debió abrirle las patas al puto teniente. ¿Flaco? Si no tuviera obsesión por hacerse la justiciera, carajo.  Ven que te abrazo.  ¡Por cerdo caliente, carajo! Me halagó que me dijera te parecés a Cortázar de joven.  Perdoname, te hice enojar.  Si no estuviera tan buena, si no se tomara tan en serio el papel de periodista. Flaquito… Yo solo quería levantar La Aurora, ganar unos putos quetzales. No pretendía dudar de ti… Yo solo quería cuidar a Claudito, a mi mujer, tener sexo, ser un tipo normal… Te quiero. Nunca imaginé que la Lucía fuera así, inteligente, capaz de investigar algo serio. Ya lo pensé bien, sí quiero hacerlo… Sé que con el archivo podríamos incriminar a esos asesinos que se pasean uniformados, como si nada, la billetera llena…Ella me manipuló, con esa basura de que yo podía ser un gran periodista, afamado, cambiar Guatemala… Haré lo que me pedís, ¡iré al archivo! 

Sus palabras fueron como un buen jalón de mota. ¡Iría al archivo! Me invadió la sensación de estar dando el paso definitivo al responder los mensajes.

Lo hará. Solo deme 24h para ubicar copias del reporte.

Contestó enseguida:

Okas. tenés que actuar NORMAL, asi que trankilito choconoy.

mañana 23hrs eskina calle 31 con Petapa sercas de San Carlos.

Salí del baño con la satisfacción de quien ha zanjado la encrucijada. Lucía, seria, me escudriñó. Lo sabe todo, pensé horrorizado.

—No tenés que encerrarte en el baño para chatear con tu esposa —dijo, ahora viendo el teléfono que yo estrujaba con ambas manos.

—Ah, se me olvidaba —aventé, al vuelo—, ¿tenés aquí las copias físicas y digitales de tu último reporte sobre el coronel Estrada?

—No te preocupés —la noté ya muy lejos de mí, tal vez excitada y temerosa por la misión—; escondí seis copias por si Chinchilla me descubre. Es casi imposible que las encuentre todas.

Anotó en un papel las ubicaciones exactas de cada una y me lo entregó con solemnidad.

***

La noche siguiente, de camino a consumar la entrega, volvió el maldito pinchazo en el estómago que aún siento.  Lucia vistió de negro, inusual en ella.  Se veía muy distinta, delgadísima, frágil, como una mujercita dócil. Tarareaba oh baby baby it’s a wild world, I’ll always remember you like a child, girl;  era la canción que su papá le cantaba de niña.

—Ya usté sabe las reglas que su wisita debe seguir, oiga —dijo el hombre bajo y corpulento que bajó de la Pick Up en la esquina de Petapa con la calle 31—: celu apagado; ojos vendados; setenta y dos horas en el archivo sin poder salir; la que le llevemos es la comida que va a comer; orina y defeca en la bacinica; en su laptop toma notas; fotos prohibidas. Póngale esto en los ojos y en su cabeza.

El hombre escupió una flema y abrió la puerta del otro lado de la Pick Up.  Estoy seguro de haber visto dos cabezas escarlatas de jaguar o tigre, tatuadas en su bíceps.  Lucía y yo nos abrazamos; creo que susurró «pedime que no vaya». Contemplé por última vez sus fabulosos ojos infelices, inundados de miedo.  Se acercó al tipo, decidida; quería verlo bien antes de vendarse.

Subí a mi Sentra blanco y, sin esperar a que la Pick Up arrancara, aceleré hacia la dirección opuesta.

***

De eso han pasado ya 31 días. Ayer leí en La Prensa Libre que «fueron hallados el viernes santo en el interior de un Kia Forte rojo, los cadáveres de la periodista Lucía Flaquer, de 25 años, y del conductor de identidad desconocida. Fallecieron instantáneamente luego del impacto contra un muro de contención. Según el padre de la periodista, hace un mes Flaquer salió de la Ciudad a cubrir la fiesta de la virgen de la Asunción en Jutiapa».

Esta mañana se publicó el reporte que preparó Lucía sobre el coronel.  No sé a quién le dejó esa última copia, carajo.  Me enfurece que fuera más lista que yo, que la muy puta me jodiera desde la tumba. Lo publicaron todo, hasta lo del negocio de la red de trata de hondureñas.

Sé que el Estradita comemierda me va a encontrar, sí o sí. Sé que no hay cómo esconderse de un milico; él me lo advirtió. Así es este país. Lo vi entrar al departamento de Lucía hace unas horas. Sé que me está cazando. ¡Cómo me hubiera gustado despedirme de Claudito!  De sus manitas que atrapaban mis dedos con fuerza, como si nunca quisiera soltarlos.  Quién sabe si lo dejarán vivo, ¡pinches milicos asesinos!

Yo ya nomás estoy decidiendo si me mato o me dejo asesinar.

El cementerio Villa Alta

 

Gustavo Loa

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I

El cementerio Villa Alta posee cierto encanto. Las verdes colinas que se abren ante la vista del visitante dotan al lugar de una suerte de amnesia urbana: nunca se piensa en el caótico flujo vehicular que se sucede en las avenidas circundantes; no se recuerda que, allá afuera, el índice de atracos es ridículamente alto, ni que habrá que volver al hogar en el tumultuoso metro.

Las inscripciones en las lápidas dan fe de las vidas que pasaron por el mundo; rememoran las risas y alegrías que —aunque hoy silenciadas— fueron. Madres, padres, hermanos, hijos… todos descansan tras la existencia en una ciudad de la que ahora son cimiento histórico.

El suelo diurno del cementerio Villa Alta hace que los niños jueguen con desenfado, mientras los padres limpian las criptas familiares; provoca que acudan parejas de novios de las cercanías a platicar, a besarse o tan solo a pasar el rato; incluso, hay grupos de amigos que aman ir allí a matar las clases del colegio, y esparcen sus problemas en el viento, cantando, acompañados de una guitarra, bebiendo cerveza o durmiendo en camarilla.

Es cómodo y seguro el suelo diurno del cementerio Villa Alta.

Hubo una ocasión en que una joven llamada Cristina —de carácter soñador y mirada bondadosa—, enamorada de un joven europeo, de nombre Michel, se entregó a éste detrás del Árbol de la Pasión, a veinte pasos del camino principal. Los ojos avellana del muchacho se fundieron con los marrones de la amada; la piel blanca, con la morena; la experiencia, con la inocencia.

 Cristina gozó y un poco se dolió, pero estaba enamorada, y eso era lo importante.

Se habló de ello por mucho tiempo, pues nunca se los volvió a ver. Cuenta la familia que alguna vez recibieron una carta desde Francia, donde sólo se leía: “Gracias por darme a su hija. Ahora soy feliz”. Ni nombre ni firma, pero los padres de Cristina sabían que era él, y que ella estaba bien, que había cambiado de vida, que los recordaría con nostalgia alguna vez. Y eso era lo importante.

En el verde suelo diurno del cementerio Villa Alta, en una ocasión Michel tuvo a Cristina, y hubo pasión y locura y llanto de amor.

El cementerio Villa Alta se alimenta de vida y exhala emociones.

 

II

Mas no todo es luminoso en aquel bello panteón. Las noches son frías y el viento susurra alaridos desde las rendijas donde, fino y ligero, se cuela. Siempre se piensa en los huesos de los muertos, en las carrozas que cada semana depositan cadáveres humedecidos con fluidos de hedor inmundo. Se recuerda, en fin, que algún día todos habitaremos, eternamente silenciosos, un receptáculo subterráneo.

Las tumbas abandonadas hablan de olvido; sus ruinas presagian el destino del mundo; pulverizan la esperanza de inmortalidad. Desesperan. Quiebran la sonrisa. Ladrones, asesinos, corruptos… Todos ellos descansan al lado de los dignos: así exponen el absurdo de la moralidad.

El suelo nocturno del cementerio Villa Alta hace que revivan los recuerdos de trágicos amores, mientras sus otrora protagonistas lloran en el inframundo; provoca que los sueños de hoy, envueltos en ilusiones de oro, sean las frustraciones de mañana; incluso, se cuenta que cuando el guardián de la llave de la entrada del panteón sufre un deseo enajenante de infligir dolor, errabundo recorre el camino principal eligiendo, al azar, espíritus dementes que causen pesadillas.

El suelo nocturno del cementerio Villa Alta hiede a horror.

En una ocasión, la joven Cristina se enamoró del extranjero Michel —de mirada fría y carácter iracundo—, y fue asesinada por él tras el Pozo de los Secretos, a diez pasos de un estercolero. Los ojos marrones de la muchacha se apagaron frente a los avellana del varón. Las manos dejaron de luchar; las piernas, de oponerse; el corazón, de latir.

Cristina gritó y al poco rato se calló, pero estaba enamorada, y eso era lo importante.

Nunca se habló de ello, pues no se puede mentar lo desconocido. Nadie cuenta cómo Michel envió una carta desde Francia, en la que puso: “Gracias por darme a su hija. Ahora soy feliz”. Ni nombre ni firma. Pero él sabía que los padres creerían que era él, que creerían que ella estaba bien; que Cristina había cambiado de vida y que los recordaría. Y eso era lo importante.

En el odioso suelo nocturno del cementerio Villa Alta, alguna vez Michel asesinó a Cristina, y hubo pasión y locura y gritos de terror.

El cementerio Villa Alta traga secretos y vomita lo demás.

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Suicidio racista

Fuego Itzeel Reyes

Fuego, de Itzeel Reyes

 

 

Cecilia Amaro

Adriana insiste en que nos veamos. Quedamos para hoy a las cinco. Estoy tentada a cancelarle de nuevo. No quiero verla. Le dije que pasaría por ella a su casa. Pero, simplemente me rehúso. Esta vez no tengo excusas. Más vale cortar de tajo. Le pediré que nos veamos una hora después porque se me hizo tarde. Así, su impuntualidad de siempre no tendrá que ser disculpada. No, no, de todos modos sus diez minutos de rigor no pueden faltar. Me dejará plantada en la puerta de su edificio, pondrá alguna excusa: que no encontraba su bufanda, que su chamarra estaba descosida. Ay, mana, perdón es que la pinche pendeja de tu amiga se lastimó la mano y ahí me tienes de córrele por la pinche venda. Y yo con risa tímida y amistosa: no te preocupes. Cada vez que habla, es inevitable ver sus labios gruesos partidos, sus mejillas rosadas con pequeños granos y sus ojos de camello retorciéndose mientras se disculpa. Y pos ¿a dónde vamos, mana? Como si desde un inicio no supiera a dónde acordamos ir. Mana. Desde la preparatoria, a todas nos dice mana. ¡Mana!, qué asco. ¿Cuándo evolucionará su lenguaje? Hoy toca el nuevo café que está frente a su casa. La última vez que hablamos se sorprendió de que no lo conociera. Le dije que no solía pasar por ahí

—No mames, ¿por qué?

—Pues, no tengo a qué ir.

—Tienen unos pasteles, mana, de no mames, divis, divis y rebaras.

Para ella sólo existe su cuadra y cree que es tan famosa que estamos obligados a saber lo que hay. ¿Por qué accedí a verla? Nada me costaría inventarme que me llamaron del periódico. Será mejor soportar sus preguntas y respuestas predecibles, y después vacaciono de ella. ¿Y cómo has estado, mana?, ¿cómo están tus papás? Ay, mana no los abandones. Yo, pos qué te digo, pos bien, mana. El lugar, como siempre, no es la gran cosa. Con ella el tiempo pasa más lento que nunca. Y entonces, vocifera la grandiosa idea de ir a su casa. Una de las cosas que detesto de su edificio es la humedad oscura. Parece edificio de inmigrantes, poca luz, el eco intermitente, vidrios rotos, macetas con plantas marchitas. El edificio no es grande: tan sólo tres pisos y unos seis departamentos, lo suficiente para decir que es horrible.

—Ya no te conté, mana. Pero los vecinos del fondo tuvieron un pedote.

—¿Qué pasó?

—Ahorita, ya está todo calmadito. Ahorita te cuento todo el chisme, mana, con nuestros pastelucos. Espérame, mana. A ver si la casa está decente para que entremos.

¿Decente? La última vez que entré a esa casa era igual a la de hace diez años. Lo único nuevo fue el piso de madera falsa que colocaron en la entrada. De ahí en fuera el tiempo se encargó de reducir su pequeño departamento a…

—¡Ya, mana! Pasa. Está decente, sólo disculpa que huela tanto a cigarro.

Ay, Adri, Adri. Tu madre debió mandar diario una carta a la escuela disculpándose de que llegaras con el uniforme oliendo a cigarro. Estimado director: le mando a mi hija con el uniforme completo, y bañada en nicotina. No la culpe. Atte.: Rosario, la fumadora compulsiva. Quizás eso te habría librado de varios reportes por fumar en los baños. La primera vez que conocí a la señora Rosario, me saludó con una bocanada y desde entonces ese saludo es tradicional con sus cigarrotes dorados. ¡Ay, Daila! ¿Cómo estás, hijita? Yo muy bien, ya sabes, con mis dolores, pero ahí voy, gracias a Dios. ¿Y tus papitos?

—¿Ya no vives con ellos, verdad?

—Eh, no, no, ya no…

—¡Ay, hija! Bueno, pues cada quien.

—¡Ay, mamáaaaa, déjala!

—No, pos si yo no dije nada, mamita.

—Trajimos unos pastelitos.

—¡Qué bueno! ¡Qué rico!

—¿Qué bueno? Chale, mamá. Al menos di provechito. Voy por unos platitos, mana.

Su casa, como ellas, no cambia en nada salvo que tiene los regalos de la navidad pasada. Tienen tres sillones y sólo uno es funcional. El resto, ropa, cajas y plantas. No hay manera de pasar del comedor a la sala. ¿Por qué se les ocurrió poner un purificador de aire en medio del paso? Me da miedo que al moverme pise algo o tire sus hermosísimas plantas, ecosistemas caseros o como sea que Adriana les diga. Cada vez que veo a la mamá de Adriana, se me revuelve el cerebro y queda en un estado comatoso. Las preguntas salen de mi boca de manera mecánica.

—Y… ¿cómo sigue de sus dolores, señora? ¿Está en tratamiento?

—Sí, fíjate que antes me inyectaban cortisona. Es maravillosa pero muy mala si uno abusa; eso le pasó a Lupita Dalessio. Por tanta cortisona para abrirle la garganta y que pudiera cantar, la pobre está gordita y así hay muchas artistas. Fui con otro doctor y me dio una pastillita; me la tomo diario y ya; ah, y bueno, mis chochitos, y mira, feliz, santo remedio de Dios; ya subo y bajo. Este doctor con puros chochitos me limpió de la cortisona y me la sacó muy rápido, Bendito Dios. Por eso estaba más gordita; ahorita, pues esto ya es genético, ¿verdad?

—Mana, usted perdonará pero no tengo espacio para comer en el comedor, ¿te molesta que comamos en la sala?

—Disfruten sus pastelitos. Hija, estás en tu casa.

Hija… ¿Para qué acepté? Esa señora loca insiste en que es mi casa. Debí invitarla a mi casa o enseñarles cómo deshacerse de tanta basura. ¿Cómo se atreven a ver la televisión con un mueble atiborrado de algodón, clínex, barnices, cajas de medicamentos, café y papeles amarillentos? Adriana y sus gustos nacos. Todo lo corriente, a mi paladar, le encanta. Pregona que esos pasteles son divis, divis, la última vez dijo lo mismo y la cubierta de chocolate parecía envoltura de celofán con relleno, según de avellanas, que sabía a cacahuate con manteca. Y quería darme a probar el de ella. Una bola que parecía vómito de bebé o batido de huevo con azúcar.

—¿Cómo va la chamba, mana?

—Bien. Estoy trabajando para un periódico virtual. Me pagan por artículo. Creo que está bien. Voy empezando, llevo dos artículos de cultura y necesito uno sobre sociedad.

—¡Qué chido, mana! Ahí luego me dices pa’lerte.

A ella, al igual que a su madre, hay que soltarle todo de un jalón para que dejen de fregar y hablemos de otras cosas. Porque, ay, ¡cómo les encanta vivir de la vida del otro! Espero que esta vez no me saque a su amiga rechoncha, que la mandan a ver puro desangrado de Iztapalapa.

—Ay, mana. Estoy bien pinche harta, porque es un relajo, y ve aquí y ve acá y ve allá. No sabes. No hay chamba. Es que neta, piden pura pendejada. Experiencia mínimo de cinco años por cinco mil, ocho mil pesos y es hasta casa de la chingada…

—¿Hasta dónde?

—Pues zonas piteras, mana. Puedo ser pendeja, pero me vale; no pienso exponer mi vida. Capaz y me meten un plomazo para quitarme mi cel; ya sabes: en uno de esos pinches peseros… No, mana, no.

—Oye, cambiando de tema, cuéntame ¿qué pasó con tus vecinos de abajo?

—Ah, sí, mana. Pues resulta que el vecino es gay. Y lo acusaron de violación y homicidio. Y todo pasó aquí abajo. Se escucharon gritos, había sangre en la puerta y en el pasillo de abajo. Pero bien feo, mana. Aquí abajito viviendo con un asesino, y don Pepucho era buena onda pero siempre traía chavitos. Bien feo.

—Y ¿qué pasó con él?

—Quién sabe. No sabemos nada de él. Desde ese show, no ha regresado, ni nada. Ya hasta limpiaron todo.

—¿Y qué hicieron cuando escucharon los gritos? Ya me imagino a tu mamá.

—Nada, mana, es que nosotras estábamos en Cuernavaca con mi tía. Nos enteramos por la comadre de mi mamá.

—¿Puedo pasar a tu baño?

Cuando creo que dirá algo interesante, siempre sale con su batea de babas. Yo no sé para qué le sigo hablando. Sentarse y ponerse de pie es toda una travesía. Para ir al baño hay que cruzar un pasillo poco iluminado. Temo que se caiga el librero con sólo pasar por ahí. Libros, revistas de chismes, diccionarios del siglo pasado, manuales de música, cajas de medicinas y pomadas, un cortaúñas, palillos y una bolsa de globos. Debí alargar la conversación por whats para no verla.

En esa ocasión, la puerta del baño estaba abierta, con la luz encendida. Había montones de ropa, una lavadora cubierta con un plástico roto y empolvado. La regadera, con humedad protuberante y llaves oxidadas, de tendedero. Había un supuesto tocador atiborrado de botellas, cajas vacías de cigarros, paquetes de papel higiénico, revistas, Almanaque mundial de 1993 ¿1993? Semillas de girasol negras. ¿Para qué quieren esas semillas? Hacía años que se le murió su loro. Botellas de insecticida, que tuve flojera de contar. Jalé la palanca del retrete para fingir que lo usé. Qué estúpida me vi. Tuve que lavarme las manos en un lavadero de piedra. Menos mal, había jabón líquido. De entre todo el montón de ropa, había toallas, pero preferí secarme con mi pantalón. Cuando apagué la luz y estaba por cerrar la puerta, la señora Rosario me miró con terror y me dijo que encendiera la luz y dejara la puerta abierta. No pude evitar imaginarme una invasión de cucarachas saliendo a mis espaldas.

—En esa esquina, mana. Unos chavitos se ponían ahí todas las tardes. Mi mamá y yo vimos su historia de amur, desde amigos hasta que rompieron, ¡imagínate!, bien mono todo. Desde las seis o cinco venían a esta esquina. Y pues, primero ya sabes, ¿no? Típico de las parejitas que no sabes cómo entrarle; se veía que él no quería nada, pero ella sí. Así fueron varios días, como que queriendo y no la cosa. Ella se le acercaba cada vez más. Un día ella le regaló un balón de basquetbol; cuando se asomó mi mamá los vio besarse y me gritó: ¡ay, Adrisita, ya le dio el sí! ¡El negrito y la güerita ya son novios! Ella los apodó Los Duvalín. Entonces, así estuvieron un buen de tiempo; duraron un buen. Pero, quién sabe qué pasó. Hace un par de semanas desaparecieron. Mi mamá sabe rebien todo el chisme.

—¡Mamá, cuéntanos la historia de Los Duvalín!

—Ay, esos peques, bien mona la parejita.

—Ay, sí, mana. Pero a ver, échale chisme completito, mamá.

—No, Adrisita, no es chisme, es lo que es. Se cuenta lo que se es. Chismes no.

—Ay, mamá. Cuéntanos la historia.

—Resulta que esa parejita…

—Los Duvalín, mamá, Los Duvalín.

—Por eso, ahí voy. Bueno ¿me dejas o no me dejas contar, mamita?

—Pos cuenta, ya me callo.

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Abrazo, de Itzeel Reyes

—Esa parejita se conoció en el metro, y siempre quedaban aquí en la esquina para reunirse, porque era el punto medio para sus casas; entre platiquitas y eso terminaron de novios. Una tarde, salí aquí al balcón. Eran como las cinco. Esa vez Adrisita se iba a ver al Johnny. Y ya como que queriendo y no, que veo cómo le planta un beso él a ella. Bien monos. Y ya cada vez que se iba Adrisita me asomaba y los veía besarse, abrazarse y se daban regalitos de Zara, Bershka y Martí. Un día ella le regaló un balón de futbol.

 

—De basquetbol, mamá.

—No, ese fue el otro que le regaló. Primero le regaló uno de futbol y después el que tú dices, Adrisita. Bueno, un día me asomé y como nunca: la calle silenciosa. Y dije ¡ay, qué rico! Todo tranquilito, se veía bien bonito el parque. Y en eso, escucho unos gritos de jovencita: me tienes harta, no te soporto, lárgate. Vi que era la güerita con el mono negrito. Y el pobrecito se quedó todo paralizadito. Y ella se fue así, corriendo.

—Y… ¿usted cómo sabe que se conocieron en el metro?

—Ah, porque resulta que mi comadre Martita tiene una prima que vive aquí a tres calles, Lupita; pues la güerita de la esquina era hija de Lupita.

—¡Ay, mamá no le digas la güerita de la esquina: se escucha feo!

—Pues estaba güerita y estaban ahí, en la esquina, Adrisita. Y ese día que se puso a gritarle de todo, hasta de lo que se iba a morir el morenito mono. Ese día, ella se suicidó. Y es que dice Martita que la hija de Lupita era racista y que no aguantó más salir con el negrito y se suicidó.

—Así, bien feo, mana, imagínate. Además, te dijo tu comadre que estaba en tratamiento psiquiátrico, ¿no?

—Ah, sí, porque eso de ser racista es una enfermedad mental. La metieron a terapias y a muchos sanatorios, y ya al final, la Martita le ayudó a Lupita, para pagarle otro tratamiento allá por Tlalpan. Tenía medicamentos controlados y mira cómo acabó la güerita.

—¿Y cómo se llamaban?

—¿La parejita? Ah pues ella Mariana y él Alberto; lo supe porque en ese entonces el tío de Joaquín, de un vecinito, puso un puestito de churros y ellos, Mariana y Alberto, siempre le compraban.

—¿Y cómo supo el tío de Joaquín que así se llamaban?

—¡Ay, Adrisita, porque los escuchó hablar! Es como yo siempre que te digo Adrisita o Adris; aquí todo mundo sabe cómo te llamas, pues así Mariana seguro le decía Beto o Albertito.

La novia racista, ideal para una nota. Hay que hacerlo dramático. Me largo para escribir la nota y si hay que hurgar más, aquí están los archivos muertos a la mano.

—Bueno, Adri, mejor me voy; debo trabajar.

—Ay, mana, usted siempre tan responsable.

—¿Ya te vas, hija?

—Sí, todavía hay trabajo pendiente.

—Ojalá vengas más seguido, mana, está padre vernos.

La nota, esa nota es mía. La nota está ahí: Chavita racista se suicida. ¡Magnífico! Necesito fotos. Bueno, esas no importan, siempre hay manera de hacerlo. Se suicida chavita racista. Todos los muertos por balazo se parecen; sólo hay que cuidar que sea mujer. Nadie notará si es güera o no: la sangre es pareja. Chavita: racista y suicida. Si fue tiro en la cabeza de todos modos terminan negros los pelos. Es lo que vale… No hay que pensarlo más: Suicidio racista.

Ninnannún

Carla Valencia

 

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Ninnannún y la mariposa

De cara, Ninnannún cayó sin alcanzar a meter las manos. Entre los dolores, caerse era el menos complicado y el más común, si el oficio era buscar fuentes de agua entre las piedras. A pesar del esfuerzo de meditación, no lograba controlar el enojo. Se sacudió la tierra de la cabeza.

«¡Mi sombrero!», gruñó como el duende que era. Sobre él se posó una mariposa transparente. Sus ojos eran dos líneas oscuras que recorrían el borde de sus alas como si fueran largas pestañas. Llena de brillo vital y sin mostrar intención de remontar el vuelo, parecía mirar al duende con poca curiosidad.

«¡Ah!, bueno», dijo Ninnannún, y se sentó a esperar con paciencia renovada. De todas maneras, el agua que buscaba era para ella.

 

 

Ninnannún y la combustión interna

Exhausto y empapado, se echó sobre un poco de pasto sin preguntarse dónde estaba. No tenía elección; no podía andar mucho más. Le dolían la cabeza y una muela. Suspiró por reflejo cuando sintió un empujón a la altura del dorso, seguido de un pequeño estallido de algo que hizo rápida combustión en un lugar entre el corazón y el estómago.

—No me muevan.

Se volvió con lentitud para ver qué pasaba. A su lado, un enorme roedor miraba hacia otra parte, como si no percibiera sus propios movimientos y los repitiera. Ninnannún sentía la nariz muy caliente. Antes del cuarto empujón y sin que nadie se diera cuenta de cómo, mordió al roedor en la garganta. Extrañamente, él se alegró. No lo había soltado cuando una multitud de animales de distintos tamaños los rodearon.

—¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!

Algunos consideraban empujarlo para tener un poco de diversión extra, pero los detuvo un gruñido hondo proveniente de un fuego profundo. Ninnannún calculaba el orden y lugar de los siguientes golpes. Sin embargo, el roedor, con una sonrisa, hizo una seña para abrirle paso. Ninnannún salió de entre la multitud todavía enardecido y pensando:

—Si no puedo evitar enojarme, por lo menos tengo que pensar con la cabeza. Los golpes nunca han resuelto nada.

 

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Ninnannún y el ave

Ninnannún buscaba santuario en una jungla para alejarse de uno de los tantos embrollos que lo perseguían como moscas a la miel. «Soy una calamidad», se reprochaba. Algunas gotas de agua cayeron sobre su cabeza. «¡Claro!», dijo y se refugió bajo una hoja con forma de amplia oreja irregular. «¡Pluc! ¡Pluc!¡Pluc!», sonaron durante horas los tambores de las plantas. No muy lejos, una sombra se sacudió. Se oyó una melodía suave y sutil. Ninnannún se llenó de curiosidad y trepó despacio.

Al borde de una rama, a gran altura, encontró un ave más parecida a una flor que a un pájaro. Dos plumas delgadas y verdes, adornadas por una pequeña espiral, surgían de su pecho anaranjado de textura sedosa y ligera. Ninnannún vio si había alguien alrededor. Localizó varios pares de ojos atentos. «¡Cuántos halcones!», se alarmó. Elaboró un plan para salvar al ave, pero notó que ella también los había visto. Los seguía con la mirada y se hallaba lista para volar. Nadie la alcanzaría. «¿Qué más puedo hacer?», se preguntaba. Permaneció quieto para escucharla, para entender lo que decía en su canto. Al final, la comprendió y se dio cuenta de que eso era lo único que ella necesitaba.

 

Revelación

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Portada de José Luis Cuevas.

Juan Antonio Rosado Zacarías

I

Las cobijas cayeron de la cama. Temblores físicos. Una hilera de manos que se crispaban al hacer contacto con un tubo de vidrio. En medio de alaridos, las palmas perforadas sangraban copiosamente. Claudia, desnuda —el tubo atestado de manos sobre la cabeza—, recibía la hemorragia con alegría. Su padre entró. La vio reptar y reír sobre un charco de sangre, las cobijas dispersas alrededor. Entre espasmos de garganta cansada, las risas explosivas convulsionaban el cuerpo.

Se irguió. Abrió los ojos al máximo. Estaba sola, sola. Sintió el peso de la claustrofobia y el olor salobre del sudor cuando, de pronto, pensó en el consejo de Rolfo. Lo había recordado poco, pues un impulso emanado de la costumbre la hacía volver a su noviazgo con Carlos, cuyo atractivo, no obstante, se precipitaba al cieno. Claudia, enlodada en esa relación monótona y estéril, no podía continuar jugando con sus emociones. En el cajón, su diario íntimo: todo el dolor, el sentir, encajonados. Debía sacarlos o dejar que se pudrieran sin remedio. Pero seguía confundida, muy confundida…

II

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Henri Matisse: Odalisque a culotte rouge (1921)

«¿Qué hora es?» Cuando las pupilas resistieron la luz, una mirada dulce brotó sobre la media sonrisa de Gioconda, se posó en la esbelta desnudez de su cuerpo y en el brillo del mueble aledaño. Claudia se estiró, bostezó con hondura y desgano: «Ojalá no sea muy tarde». Deseaba prolongar el descanso, pero por fin se levantó. Es un imperativo verse al espejo: los ojos cafés, repletos de pasado y juventud, se resolvían en intensas ojeras.

En aquel momento se acordó de algo que había intentado escribir hacía ya mucho y que abandonó tras la evidencia de su fracaso. Tan sólo su diario atenuaba las ansias de verter ideas y sentimientos, un pequeño diario, compañero en la soledad. Hacía tiempo que no lo tocaba: ¿registrar la pereza con que amanecía? «Vamos a ver». Claudia se dirigió al mueble de la esquina y abrió un cajón. Hojeó el diario rápida, desinteresadamente, como lo haría con una revista en la cola del supermercado, y lo guardó de nuevo.

Un bostezo de aburrimiento la hizo volver al espejo: las ojeras, la mirada, le parecieron más repulsivas. Los labios no aminoraban la resequedad, por más que los humedecía con la lengua. Las mejillas también habían palidecido. Según su madre, la mala alimentación le había adelgazado la cara y el cuerpo. El nuevo corte de su hermoso cabello castaño, al igual que otras realidades (la ropa, la habitación, la casa, la ciudad, su relación con Carlos…), empezaba a causarle disgustos.

«Ah… Qué flojera». Clavó la mirada en las cortinas. Esa noche había soñado con un problema, personificado en un hombre cuyo aspecto trató de preservar. Lo que más la desconcertaba y le hacía mantener la mirada perdida en el guinda de las cortinas era que jamás había visto a ese hombre, aunque su rostro le pareciera tan cotidiano.

Se cubrió con una bata y bajó a la cocina. Su mamá, de espaldas, cascaba un huevo de cuya mitad manaba un chorro de sangre seguido por un embrión putrefacto de pollo; la consistencia babosa, nauseabunda, la hizo cerrar los ojos: «un aborto de gallina», se dijo. El hedor maltrató su olfato y el de su madre, a quien —con los ojos bien abiertos y el asco en la garganta— contempló fijamente, al lado del basurero, donde depositaba, con gestos de repugnancia, el feto espeso y hediondo.

—¡Ya no hay huevos decentes! —se quejó la madre—. Tu abuelo tenía un rancho en Morelos. ¡Qué huevos eran aquéllos!

—¿Y mi papá? —preguntó Claudia.

—Se fue a trabajar.

—¡Esos sí son huevos!

—Cállate, grosera… —La muchacha salió de la cocina y se sentó a la mesa—. En la tarde tengo una cita con el doctor. Me gustaría que me acompañaras.

—No puedo, ma’. Carlos me invitó a comer.

—Mi cita es más tarde, hija. Con que llegues a las seis está bien —La mujer colocó otro par de huevos sobre la mesa y encendió la televisión. Luego se sentó con parsimonia.

—Bueno. Pensaba llegar más temprano —dijo Claudia—. ¿Cómo te has sentido?

—Necesito otra revisión.

—¡Ya no levantes cosas pesadas!

—¡Pues qué quieres! ¡Tengo que hacerlo todo sola!

—No es cierto. Yo te ayudo a veces.

—Sí, hija, pero tú tienes que ir a la escuela. Además, nadie te está reclamando. No pongas esa carita.

Claudia se levantó y apagó la televisión. El silencio engrasó la atmósfera. Repentinamente, la madre se paró y encendió el aparato de nuevo. Apareció un hombrecillo de voz gangosa que anunciaba ofertas de ropa interior «para damas y caballeros».

III

Dos horas antes de salir de clases, Claudia se enteró de que Alicia, una compañera rubia de quien todos murmuraban que era medio rara, iría justo por el barrio de Carlos. A pesar de haber sospechado de ella —por cómo la miraba—, decidió pedirle un aventón.

—¡Híjole, Clau! —dijo Alicia, abriendo sus grandes ojos azules—, me voy en una hora.

—¿No te vas a quedar a química?

—Tengo que ver a Leño. Pero acompáñanos: vamos a un estudio de cine. Luego vas con tu chavo… Ándale —Claudia aceptó: sería la primera clase a la que faltaría.

Después de cincuenta minutos de matemáticas, un señor encorvado con el rostro tapizado de pecas entró en el salón y se subió a la tarima. Todos callaron. El giboso se dirigía al grupo con ademanes pedantes, voz afeminada y un sonsonete invariable. Anunció que no habría química, que atropellaron al maestro, que todos podían retirarse.

—¡Qué bien! —gritó Alicia, acomodándose la mascada que llevaba amarrada al cuello.

—Esta es la mejor noticia del día —dijo otro alumno, dando un golpe de triunfo al aire.

Claudia se vio pronto en el coche de su compañera, rondando la cuadra bajo un cielo plomizo y un ambiente cargado de polución.

—¡Caray! —exclamó Alicia, furiosa—. ¡Leño no está por ningún lado! Mejor vámonos… Acompáñame a los estudios, Clau… Hoy vienes bien guapa.

El coche se estacionó. Ambas bajaron para dirigirse a una puerta negra, sin letreros.

—Vamos a actuar. —Alicia sonrió—. Tú haces el papel de Leño.

—¿El papel de Leño?

—Un perro en celo —la joven rubia se detuvo y volvió a sonreír—: es una obra vanguardista, teatro experimental… tú sabes.

—Prefiero irme. —El entusiasmo de Alicia se transformó en una clara decepción:

—Pero, ¿y si llueve?, ¿y si no está tu novio?

—Lo espero, no te preocupes. —Ambas se despidieron con un beso en la mejilla.

IV

03-la-magia-1Los pasos de Carlos sobre el cemento cubierto de basura se detenían a veces en algún aparador. Su mirada gris obedecía al deseo de satisfacer a Clau con algún regalo, pero no veía nada atractivo. Cada cuadra, a un lado de los motores ululantes y cláxones de distintos timbres, tenía que acomodarse la bufanda o subirse el pantalón, que le quedaba grande. Se detuvo por fin ante un edificio descascarado y oprimió uno de los botones del interfón:

—¿Sí? —contestó una voz masculina, nasal y muy ronca, con tono de disgusto. Carlos preguntó por Mariano, quien no tardó en acercarse a la bocina:

—¡Espérame, compa! ¡El elevador sigue jodido!

Carlos aguardó. En breve salió del edificio un cuerpo chaparro y abultado, cubierto con una chamarra negra. Era Mariano. El rostro moreno claro denotaba una mezcla de extrañeza y disgusto. Reprochó a su amigo el haber llegado tan temprano.

—¿Por qué a estas horas, compa?

—Vine a confirmar lo de Rolfo —aseveró Carlos, con una sonrisa que dejaba ver unos dientes chuecos y amarillentos.

—¿Vienes a confirmar que vas a venir en dos horas? Eso se llama perder el tiempo.

—No, güey; vine a invitarte a comer a mi casa. Tu teléfono estaba ocupado.

—‘Ta jodido desde hace dos semanas, pero ‘ai la llevamos.

—Invité a Claudia.

—Mira, compa —el gordo se rascó la cabeza con una franca actitud de impaciencia—, la casa de Rolfo está más cerca de aquí que de la tuya.

—¡Sí, pero no quería bajarme del camión para subir después a otro!

—‘Tas loco… Ya vengo. Voy a avisar que nos vamos.

—¿Por qué no avisas por el interfón? ¡Tú sí que estás loco!

Mariano oprimió el botón. Se escuchó la misma voz nasal, con el mismo tono enfadado.

—Oye, pa’, voy a comer con Carlos. De ahí nos vamos con Pedro.

Ambos caminaron. Carlos preguntó por qué había dicho que irían con Pedro.

—Mi papá detesta a Rolfo —respondió Mariano—: primero lo vio de lejos y no le gustó nada. Dijo que tenía facha de drogo. Otro día nos emborrachamos en mi cuarto y Rolfo cometió la pendejada de ir al baño y no atinarle a la taza. Dejó un charco que apestaba a madres. Otra vez mi papá salió a comprar jamón y vio a Rolfo orinando en la esquina; delineaba siluetas en el aire, con la verga parada. Por eso ya no lo invito. Sólo voy a su casa de vez en cuando… Hay que tomar un camión en la esquina, compa, vente p’acá.

—Lo sé, güey, si vamos a mi casa. Me muero de hambre. Claudia no debe tardar.

Al llegar, Carlos abrió la puerta. Detrás del rechinido, reconoció a su pareja sentada en el sofá de terciopelo rojo; bebía de una taza de café. En ese momento, la madre de Carlos salía de la cocina. Después de los saludos, él se justificó con Claudia:

—Fui por el gordo, Clau. Pensé que llegarías a estas horas.

—Salí antes porque no hubo química: atropellaron al maestro.

La madre de Carlos hizo una exlamación de sorpresa y regresó a la cocina, desde donde preguntó:

—Pero, ¿quién lo atropelló?

—No sé, señora —contestó Claudia, dejando su taza sobre la mesa de en medio.

—¿Y qué le pasó?, ¿fue grave?

—Quién sabe… Cuando nos dijeron luego luego me vine para acá.

—El gordo nos va a llevar con Rolfo —dijo Carlos, rascándose la mejilla.

—¿Quién es Rolfo? —preguntó Claudia.

—¿No te acuerdas? El que adivina…

—No adivina, compa —interrumpió Mariano—: te dice datos sobre ti que ni conoces, créeme.

—Ah, ya… Me encantaría verlo —afirmó Claudia, entusiasmada— ¿Qué clase de datos?, ¿no es uno de esos charlatanes?

—Es cosa de ir hoy —aseguró Carlos—, pero antes me tengo que cambiar de pantalón…

—¿Hoy? No. Quedé con mi mamá que la acompañaría al doctor. No puedo.

—Lo malo es que también quedamos con Rolfo. Él no tiene teléfono y sólo puede hoy.

—¡A comer! —gritó la madre de Carlos, desde la cocina.

—¡Ya vamos!

—¡Pero no me avisaste ni me pediste opinión! —imprecó Claudia—. ¡Ya le dije a mi mamá que la acompañaría! ¡No puedo quedarle mal otra vez!

—Está bien, pero…

—¡Ya está lista la comida! —volvió a interrumpir la madre de Carlos.

—¡Siempre haces planes sin consultarme!

—Está bien, está bien, Clau…

—¿No puede ser otro día?

—¡Se les va a enfriar! —insistía la madre.

—En dos o tres meses —dijo Mariano.

—¡Carajo! —Claudia miró a Carlos con intensidad—, siempre me pones en conflicto.

Entonces cambió de actitud:

—Voy a decirle a mamá que no puedo ir con ella. Préstame el teléfono.

—¡Si no vienen a comer, levanto los platos! ¿Me oyen?

—Vayan a comer —dijo Claudia—, ahora los alcanzo.

—Antes me voy a cambiar de pantalón. Tú siéntate, Mariano. Ya bajo.

V

Luz roja. El autobús se detuvo. Los rodeaban caras redondas, bigotes recortados, miradas de indiferencia, mujeres obesas bañadas en perfumes hirientes y vestimentas grises, sudadas. Vientres hinchados como gargantas de sapo, cortes al ras que mostraban cráneos accidentados, morrales colgando de los hombros, letreros blancos sobre construcciones altas y cuadradas. La tarde se tornaba en noche y el calor se hacía insoportable. Sudor, alcohol barato y joyas de fantasía aderezaban los cuerpos flácidos y agresivos.

—Me gustaría vivir por allá —dijo una niña a su padre.

—A mí no me gusta nada esta colonia.

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Hildegarda von Bingen recibiendo la inspiración divina (ca. 1180)

Las piernas de Claudia exigían descanso. ¿Qué hacer? No se atrevía a pedir un lugar a nadie y menos a tomarlo por la fuerza. Mientras fantaseaba con eso, observó a un niño de aspecto sucio arrodillado sobre el asiento: miraba por la ventanilla con las manos adheridas al vidrio. Justo entonces, como si el azar hubiera escuchado sus ruegos, Claudia sonrió con los ojos: un señor abandonaba su lugar. Ella dio un paso para acercarse y alcanzó a colocar la mano sobre el asiento, pero apenas se adelantaba cuando una gorda de edad madura se abalanzó y se sentó sobre su mano. El triunfo de la mujerona, impregnado de gestos rojos, mezcla de orgullo y soberbia, irritó a la muchacha. Aún faltaba cubrir la mitad del trayecto para llegar con Rolfo: había que cruzar la glorieta del Metro Insurgentes y apenas estaban en San Ángel. El tráfico era desesperante. Claudia sacó la mano de entre el asiento y las voluminosas nalgas de la mujer.

Más tarde una anciana se levantó. Carlos ocupó su lugar. Sin lograrlo pretendió cedérselo a Claudia: los separaba una gran distancia; además, no se veían. Podría gritarle: «acércate» o «ven», pero ni siquiera se le cruzó por la mente. Cuando por fin se le ocurrió, escuchó a Mariano:

—¡Claudia, Carlos, bajamos en la parada! —Carlos se levantó de prisa, para que su novia no viera que había ido sentado.

En la calle, la gente circulaba en todas direcciones.

—Ahora tenemos que caminar cinco cuadras —dijo Mariano.

—¡Pensé que estaba más cerca! —Carlos parecía de mal humor.

—Creí que ya habías venido —Claudia lanzó una mirada inquisidora a su novio.

—No, por eso quería venir hoy… Oye, no me dijiste qué te dijo tu mamá.

—Se enojó.

—¿Qué te dijo?

—Que era mala hija. Chantajes. No me creyó cuando le dije que tenía que hacer cosas de la escuela… —Clau sonrió con ironía. Carlos recordó la riña que él y su novia tuvieron una vez, justo por no haberle creído que ella tenía trabajo escolar. Ese mismo día Carlos fue a casa de su amigo Gabriel. Al llegar, se asomó por la ventana: vio a Claudia y a Gabriel manoseándose. Aquello abrió una brecha irremediable entre los tres. Carlos tomó la sonrisa de Claudia como un tapabocas a su curiosidad y verificó que la indiferencia de ella seguía vigente, pero ahora saturada de cinismo.

—Mariano —murmulló Claudia—, ¿cómo es Rolfo?

—Es un tipazo. Le fascina la gente misteriosa. Tiene sus mitos propios.

—Me dijiste que a veces se contradecía —balbuceó Carlos.

—Todos lo hacemos.

—¿Cómo se apellida?

—Leño —Claudia recordó al amigo impuntual de Alicia, pero no dijo nada.

El edificio de Rolfo era viejo, de los que sobrevivieron al terremoto. La entrada siempre estaba entornada. Aunque agotados, los tres amigos subieron las escaleras hasta el cuarto piso. Mariano tocó la puerta marcada con el número 401.

—¿Quién? —se escuchó una voz ronca.

—Soy yo, Mariano… Aquí están los amigos que te dije.

Rolfo abrió. Aparentaba treinta años. Corto de estatura, greña larga, negra, rizada, piel morena. El bigote enhiesto se introducía por la comisura de los labios hendidos. Lucía una barba puntiaguda y mefistofélica bajo la boca chimuela. Después de las presentaciones, Carlos y Claudia se sentaron en un diván; Mariano y Rolfo, sobre el piso.

—¿Qué tal, gordo? —preguntó Rolfo, preocupado.

—Bien —contestó Mariano, con alegres gesticulaciones. La gravedad de Rolfo desapareció.

—Dame la bola.

Mariano le dio una bola de billar que Rolfo apretó con fuerza; la sobó, como queriéndole sacar brillo, y la arrojó por la puerta abierta de la alcoba.

—Siempre lo mismo.

—No comas un día y sufrirás, con más razón ella —Rolfo señaló a su habitación—: siempre come a estas horas.

Los cuatro bebían y fumaban. Mariano terminaba su décimo tequila, con avidez, cuando una retahíla de claxonazos hicieron recordar a Carlos cierta noticia que había escuchado meses atrás: «Lo balaceó a mitad de calle porque le mentó la madre con el claxon».

—Algunos, en vez de nalgas, deberían tener aguijón —increpó Carlos.

—So’on la’ersonas que nos rodean —masculló Mariano, aguardientosamente—. Es in-ter… esant’ ver cómo se’ivierten.

—¡’Tas bien pedo, cabrón! —musitó Rolfo.

—No… Digo qu’es inte-resant’ ve’ cómo se’ivierten…

—Deberían divertirse con su culo —dijo Carlos, estentóreamente—, en vez de asesinar al azar a los que hacen ruido o mencionan a sus madres. Es parte del pinche subdesarrollo mental, sin importar clases económicas. Tienen mierda en el cerebro, ¡y agrégales alcohol!, ¡pobrecillos! —Rolfo miraba de soslayo las expresiones de Claudia al escuchar a su pareja—: es la única palabra que se me ocurre: ¡pobrecillos! Unos insultan y amenazan en la cantina; otros andan en carros último modelo, deseando matar al gusano que se les cierre por la derecha. Luego trato de olvidarlos y no puedo, son como las moscas, están en todas partes. Un día sus cráneos van a estallar y voy a ver la caca evaporada que contenían.

—Exageras. Esto pasa en todas partes —repuso Claudia.

—Sucederá en todas partes, pero YO —Carlos le dio más énfasis a esta última palabra—, ¡yo vivo aquí!

—Está bien —interrumpió Rolfo—, cambiemos de tema. Yo alimento mi cuarto todas las noches. Me lo enseñó la mujer que descubrió mi don. Conozco el arte de ver el interior de una persona. ¿Quién empieza?

—Carlo’ —dijo Mariano, señalándolo con el meñique.

—Extiende tu mano y ponla aquí —Carlos la colocó sobre un objeto gris en forma de montaña, con circunvoluciones estilo cerebral, que Rolfo había estado acariciando.

—¿Y bien? —El hombre tomó su mano derecha y vio las yemas de sus dedos.

—Siento una presencia muerta en ti, pero viva.

—¿Cuál?

—Olvídalo; todo está dicho.

—¿Es Claudia?

—Es una presencia femenina. Va más allá de tu conocimiento. Ya lo vas a saber.

—No conozco a nadie.

—¿Tienes problemas con alguien?

—Discusiones, puntos de vista distintos, pero problemas serios, no.

—No estás a gusto. Aúllas por la diversidad.

—¿Aúllo?

—Eras lobo —Carlos pensó en la charlatanería de Rolfo—. Pero tranquilo. La semana pasada vino un señor, uno de esos acomplejados que a cada rato quiere ser déspota o pequeño ejecutivo; fue cucaracha antes de nacer. Claro que no se lo dije.

—¿Nos’odrías ‘ecir lo qu’eras andes, Rofo?

—Yo vine al mundo como hombre. Los que no sufrimos cambios, tenemos el don de conocer a los demás. Nacimos para ser hombres.

—¿Y al morir? —inquirió Carlos.

—Quizás un árbol, como lo fue Mariano.

—¿Y todos los que nacieron por primera vez hombres, tienen este don? —preguntó Claudia, sardónica.

—Sí, pero pocos se dan cuenta. Por ejemplo: hace dos semanas vinieron dos hermanos, una mujer y un hombre. Tenían graves problemas. Ellos eran uno antes de nacer. Es un caso raro de bifurcación anímica. El hombre no puede hacer el amor porque eyacula la materia gris de su cerebro y se vuelve cada vez más tonto. La mujer, en cambio, menstrúa mermelada de fresa. Cuando descubrí que eran uno (de hecho, nacieron siameses), casi se mueren. Ahora pueden tener más cuidado.

—¿Más cuidado? —preguntó Carlos.

—En morir felices.

—¡Yo me suicidaría!

—¿Y si muere uno antes que el otro? —inquirió Claudia.

—No importa. Son seres individuales.

—Qu’ec-straññ… —Mariano se echó para atrás y eructó con fuerza.

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Máquina de coser electrosexual (1934), de Óscar Domínguez

—Cerdo… Uno de los casos más raros —continuó Rolfo—, es el de un adolescente que se masturbaba con la foto de una chava virgen. Ella quedó embarazada: el muchacho antes había sido espermatozoide. Quizás los cambios acaben. No se puede saber. Algunos se convierten en microbios o moléculas; otros, en átomos o neuronas. La gente estéril era neurona no apta para la sinapsis. Hay muchísimos seres a nuestro alrededor: ¡vibran dentro de nosotros!, ¡entre nosotros!, ¡con nosotros! —Rolfo se cubrió el rostro con las manos y lanzó un grito aterrador—. ¡Respiran! ¡Respiran! –Claudia y Carlos se vieron con extrañeza.

—Qué tonto —exclamó Claudia—, me da risa. ¡Y a esto vine!

—¡Una escéptica más! Sólo falta que seas nihilista.

—No soy nada de eso. En todo caso, soy agnóstica. Me parece muy tonto tu concepto de la transmigración.

—Por suerte sólo es de él —dijo Carlos—; a mí también me parece ridículo. Al fin y al cabo, la única verdad que existe es que no existe la verdad.

—Sin-cerament’ io, io sí crrr’eo.

—Sé por qué no cree tu amigo, pero no… ¿cómo te llamas? Se me olvidó tu nombre.

—Claudia.

—Bueno, Claudia, ¿quieres que te diga algo, o no?

—A eso vine.

—Pon tu mano sobre la montaña —Rolfo se acariciaba la barba mientras clavaba la mirada en las uñas de la muchacha.

—Hay una presencia femenina muerta. Tus senos han sido blanco de sus miradas. Está viva. ¿Puedes quitarte la camisa y el sostén?

—¡No!

—Le gustas a tu amiga y en el fondo ella te gusta. Quisieras salir de la ciudad con ella. Detestas el anquilosamiento. Te hace falta viajar —Claudia sólo sonreía.

—¿Y qué era yo antes de nacer?

—Eras… orquídea.

—¡¿Orquídea?! ¡Detesto las orquídeas!

—Por eso estás así. Desde que empezaste a cobrar conciencia te has sentido miembro de una especie hambrienta, inclinada a la pereza, al pragmatismo irreflexivo, al utilitarismo castrante, al funcionalismo pedorro. Nuestra especie ha perdido la magia con que explicaba el mundo. Añoras volver a la hechicería, al mito, al sacrificio, a los rituales repetitivos. Pero nunca lo creerás. Con el progreso ganamos tiempo. Todos se enclaustran en fascinaciones culturales, no son asiduos en nada. ¿Qué edad tienes?

—Diecisiete.

—Ya sabes que la especie ha enfermado. ¿Puedo ver tus senos? —Rolfo trató de manosearla. Carlos se quedó petrificado.

—¡No!, ¡quíteme las manos, loco! ¡Usted también es un autómata!

—¡Yo soy tolerante con lo distinto! ¡Sólo quiero ver las miradas de tu amiga; esas miradas que han penetrado tus camisas, te pueden dar cáncer de mama! ¡Quiero lavártelas!

—¡Este tipo está bien pendejo! ¡Pobre diablo! —exclamó Carlos—. ¡Vámonos!

—No, espérrat’, Carlo’.

—La gente —continuó Rolfo— se va volviendo fría y una misma. Su sensibilidad se petrifica, se hace mecánica. A veces toco la piel de mis clientes, pero no es piel, es plástico.

—Supongo que cobras caro, cabrón.

—Lo que me quieran dar.

—¿Y de qué vives, güey?

—Soy actor —afirmó Rolfo—, encarno a varios animales—. En eso, Mariano se levantó. No pudo dar un paso y vomitó un caldo blancuzco sobre la mesa de en medio. Luego se balanceó y cayó, babeando, en el diván, donde cerró los ojos.

—¡Puerco!… —gritó Carlos—. Ahora sólo falta que este actor nos ponga a hacer una orgía.

—¡Cállate! —exclamó Claudia.

—Un viaje —Rolfo prosiguió con calma— te ayudaría a recobrar la sensibilidad que has ido perdiendo; debes reencontrarte contigo misma. Todo depende de ti –Claudia no dijo nada. Recordó al hombre de su sueño, a ese problema personificado a quien vio como todo lo que debía evitar: la familia, Carlos, la escuela, la ciudad entera… El silencio se hizo tangible por varios minutos, hasta que Mariano, reincorporándose, lo rompió:

—A’ropósito, Rofo: ¿no’ienes algo de’o-mer?

—Hay chancros de pigmeo. ¿Quién quiere?

—Yo —dijo Mariano. Carlos y Claudia negaron con la cabeza. Rolfo se levantó, fue a su cuarto y regresó con un plato de nueces.

—Vas a tener que limpiar tu gracia, cabrón —le dijo Rolfo, en tono jocoso. Mariano se levantó. Lo mismo hicieron Carlos y Claudia, quienes lo sostuvieron para que no se tambaleara.

—Yo dambién tengo qu’irme. Nos’amos al terr’minar de’omer.

—Pero no puedes irte así. Chupaste demasiado.

—N’es nada. Esto’ien. ¿No te’ustan las’iruelass? —Mariano agarró a Carlos de la solapa.

—¡Suéltame, güey!

—¿Eh?, dime, compa, ¿te’ustan?, ¿te’ustan?

—Ya nos vamos. Gracias por todo. ¿No importa que se quede el gordo?

—No —dijo Rolfo—. Pero antes les voy a arrojar un escupitajo más: el que quiera vivir en lo sagrado, debe buscarlo en sí mismo, ¿eh? —Rolfo le guiñó el ojo a Claudia.

—Mediante el alcohol y las drogas, supongo —afirmó Carlos, irónico.

—No, mediante la introspección. Hasta los recién nacidos nacen cansados.

—¡Es que fueron ciclistas antes de nacer!

—Ya no tienen nada que arriesgar, no hay fe ni en el arte. Sólo creen en la utilidad, en lo rápido y en lo cómodo. ¡Todo para morir y heredar la estupidez!

—¿’Uándo qu’eres que rregres’?

—Cuando quieras. Vengan mañana, si quieren.

—Yo, nunca más —dijo Carlos.

—Es que… Como sem’prrie me’ices qu’en tantos meses, yo pensé…

—Sí, pero voy a estar desocupado por un mes.

—¡Hubiera podido acompañar a mi mamá! Sólo me das problemas, pinche Carlos.

—¡No sabíamos, caray!

—Sí, sí sa’iamos, com… pita.

—Cállate, imbécil, que le acabas de preguntar a Rolfo.

—Rofo siemprr’ie cuenta el tiempo esac… to. Si ‘ice que re-gre-ses en dos meses…

—¡Acuéstate, cabrón, y cállate el hocico! —Carlos le dio un empujón. Mariano cayó sobre el diván. Ya no pudo levantarse. Carlos y Claudia se despidieron.

—En realidad —le dijo Rolfo a Mariano, ya a solas—, Claudia no era orquídea, sino gato-conejo, uno de’esos casos híbridos. Tengo un gato en el clóset, pero no me gustan los conejos. Por eso no le dije: hubiera reflejado mi disgusto. No le digas a la chavita, ¿eh?

—Aquí hay gato encerra… A’iós. No le voy a’ecir naaa. No le ‘oi a’ecir naaaa…

VI

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Maude ’77, de John Kacere (1920-1999)

Claudia intuyó que la presencia femenina de la que habló Rolfo era nada menos que Alicia. Durante la semana siguiente, la muchacha se fijó en el modo como miraba sus senos. Ella sólo creía en las coincidencias. Para Rolfo, no existían. Claudia regresó con él, quien le «extirpó» las miradas de Alicia. Claudia y Rolfo hicieron el amor como perros en celo. Mutuamente se quitaron las ropas, aunque seguían de pie. La luz del exterior penetraba por los resquicios de la puerta. Sólo existía la luz íntima de un par de velas para contemplarse los cuerpos entre besos, caricias tiernas y el olor dulce del perfume mezclado con el sexo y el sudor. Los gruesos muslos de Claudia, el contorno de sus nalgas, la suavidad de su piel, su mirada profunda, el olor fresco de dos cuerpos luego del baño, las sombras que se proyectaban en la pared, la música lenta y sensual de una cítara hindú… Todo era motivo de fiesta y regocijo. Él pasó sus dedos sobre la raya de las nalgas femeninas, de arriba abajo; apretó una, apretó la otra y así llegó al vello púbico, donde acarició el clítoris mientras la otra mano hacía lo mismo con uno de los pezones erectos. Claudia sostenía el miembro de Rolfo, lo acariciaba, lo jalaba con lentitud. Ella se agachó, lo introdujo en su boca y succionó, lamió mientras él continuaba acariciando sus pechos. Entonces se subieron a la cama. La boca de él besó el castaño triángulo del sexo, absorbió y lamió la cálida humedad que emanaba de la hendidura vellosa. Interrumpía su labor por un segundo para sacarse algún vello que se le había pegado en la lengua, la cual se sumergió en la vagina y jugó y vibró y recorrió ingles y muslos al tiempo que la boca y la lengua de ella recorrían el pene de la punta a los testículos. Así estuvieron por un tiempo incalculable. La música permanecía lenta, casi estática, pero poco a poco insinuaba que no tardaría en aumentar la velocidad. Ella se colocó arriba, derramando sus senos sobre el rostro de él, cogió la verga a punto de estallar de tan hinchada y erecta, y se la metió en el coño. Un jadeo, un suspiro. Ella se movió con lentitud en lo que él succionaba uno y otro pezón, alternativamente. Entonces cambiaron de postura. Ahora de lado. Rolfo tomaba las
prominentes caderas y hacía chocar las nalgas contra su vientre, ahora al ritmo veloz de la

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Reclining nude, de Paul Sieffert (1874-1957)

música. Una vez se vinieron juntos. Ambos cuerpos fueron fulminados entre quejas y suspiros, desintegrados en medio de la más absoluta impersonalidad que conlleva la entrega. Claudia dejó de ser Claudia. Rolfo dejó de ser Rolfo. Ella tuvo siete orgasmos; él, sólo dos. Pero eso era lo de menos. El goce de todos los sentidos no tuvo límites y ambos amantes decidieron que el placer era lo único por lo que valía la pena vivir.

El hombre le confesó a Claudia su escepticismo: le dijo que había inventado todo lo que dijo en aquella reunión sólo para conocer las reacciones amargas de Carlos, de quien ya le había hablado el gordo. «¡Pobre Mariano —se decía—, lo traigo tan hipnotizado!». Claudia volvió a casa, quizá decepcionada de la personalidad de Rolfo, aunque no de su potencia sexual. Semanas más tarde le escribió desde España una carta sin remitente, en la que explicaba todo lo que le había ocurrido antes y después de conocerlo: su proyecto frustrado de escribir, su diario abandonado, sus padres, la escuela, Carlos, sus maestros… Esta es la parte final de su carta:

«Encendí la luz. Vi el reloj: las seis de la mañana. Todos seguían dormidos. Vi también la fecha: veintiuno de julio, único día del mes en que podía retirar mi dinero de la cuenta de inversiones (todos los ahorros de mi vida). Tuve una pesadilla horrible. Muchas manos se insertaban en un tubo de vidrio, sobre mi cabeza. No entiendo de sueños, pero me llenaban de sangre. Yo reía como una loca. Mi ropa estaba por todos lados. Luego creí ver a mi papá. Al despertar, estaba hastiada de todo. Si no actuaba con frialdad, jamás actuaría. Me levanté, me vestí con rapidez y saqué una maleta grande del guardarropa. La puse sobre la cama y empecé a llenarla. Descubrí mis manos llenas de vida y me di cuenta de que las manos inutilizadas y sangrantes representaban mi abulia, mi apatía, mi desgano. Lloré: mi pasado también se iba conmigo a otro lugar. A la vez, nunca me había sentido tan cínica: la trillada historia de la adolescente que se va de casa. Pensé en Carlos y me apuré en llenar la maleta. Lastimarlo era, en esos momentos, como hacerse una limpia, como pasarse un huevo por el cuerpo. ¡Con razón había salido un aborto de gallina en mi desayuno! Ahora entiendo que no hay casualidades ni coincidencias. Cerré la maleta. Mis manos estaban vivas, pero la confusión me invadía. Luego de acordarme de que estaba poniéndole un punto final a mi relación con Carlos y con mi familia, abrí el último cajón del mueble de madera y saqué mi pequeño diario, mi compañero, el diario que no me atrevía a tocar desde hacía tanto tiempo, tanto que incluso ya lo había casi olvidado. Decidí ponerme a escribir».08-clip_image00225

Luces opacas

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Juan Antonio Rosado Zacarías

 

Lo único que podíamos distinguir en la más absoluta oscuridad era la luz de los fanales proyectada sobre la carretera llena de baches. A cada vuelta, en aquella sucesión caprichosa e interminable de curvas, los arbustos marchitos nos mostraban el aspecto incierto de la noche. Todo parecía infinito en la estrechez del camino. Llevábamos una hora sin música, en silencio, casi sin hablar y acaso aburridas de nosotras mismas, cuando Elisa empezó con su insistencia en bajar del coche. Se volvía a mí con los ojos bien abiertos y el largo cabello negro recogido, desparramando ansiedad infantil por los cuatro costados. Le pedíamos que esperara a que el tramo de curvas llegara a su fin para que pudiera bajar y hacer sus necesidades tranquilamente, pero no hacía caso: cada cinco minutos se obstinaba en bajar. Llegó a dar de manotazos en el aire mientras brincaba en el asiento trasero, en medio de lo que hubiera parecido la urgencia de su vida. Luz María, que ya reflejaba desesperación por las constantes curvas, comenzó a exasperarse por la insistencia de Elisa. Me daba gracia contemplar por el espejo retrovisor la nariz aguileña y ojos saltones, que parecían desprenderse de la tez morena como si tuviesen resortes. En un momento dado, después de amenazar a la tonta de Elisa con la soledad del camino si seguía repitiendo que estacionara el coche, Luz frenó con brusquedad, fingiendo que pretendía detener el vehículo. Escuchamos los rechinidos del caucho sobre el pavimento y de un instante a otro, casi sin darnos cuenta, la puerta trasera se abrió y nuestra amiga bajó con rapidez, se escabulló perdiéndose en la profundidad abismal que ni siquiera se vislumbraba detrás de los arbustos amarillentos.

—¡Ey, para el coche! —le ordené a Luz—; ¡Elisa se fue!

Luz María apagó el motor. Con el miedo de que algún artefacto pudiera golpearnos por atrás, puso las luces intermitentes. Pude observar su gesto de fastidio por el espejo retrovisor tras un largo quejido de Teresa, la copilota:

—¿Y ahora qué hacemos?

En principio, decidimos esperar a que nuestra amiga volviera, pero después de media hora no soportamos más y, preocupadas, bajamos. El frío nos congelaba los huesos, a pesar de las chaquetas, los pantalones de mezclilla y las bufandas de lana. Teresa era la única que andaba en camisa corta, sin sostén, mostrando el contorno de los senos pequeños. Luz abrió la cajuela y sacó una linterna.

—¿Para dónde se habrá ido esa loca? —preguntó Teresa con desdén. La dureza de sus ya de por sí rasgos duros y un poco masculinos se acentuó considerablemente.

—No tengo ni idea —respondí, echándome el cabello hacia atrás.

Después de unos minutos de silencio y expectación, caminamos hacia el lugar donde Elisa había escapado, a varios metros del coche. Una pendiente algo pronunciada, con un estrecho camino formado quizá por las pisadas de muchos campesinos durante años y años, era el único pasaje adonde nuestra amiga había podido dirigirse. Resolvimos bajar.

—Está muy oscuro. ¿No les da miedo? —Después de decir eso, Luz María arrojó la luz de la linterna al fondo de la pendiente. La vía para descender se bifurcaba en medio de matorrales, árboles mutilados y arbustos amarillos. Parecía que no había llovido durante años.

—Hay que buscar a Elisa —dije.

—¿Y si nos perdemos? —preguntó Luz.

—No podemos dejarla sola.

—Pues vamos…

—Ay, espérate.

—¿Qué te pasa, Tere?

—Me estoy congelando. Voy por mi suéter al coche.

Teresa regresó al coche y sacó un suéter de alpaca del asiento trasero. Su aspecto cambió después de ponérselo. Un poco en broma, Luz María le alumbró la cara. Lo intenso de la pintura café de sus labios hacía juego con la prenda.

—Bueno, bueno, ya vámonos —dije.

Abandonadas a nuestras emociones más contradictorias, a mitad de la negrura y el sonido cada vez más intenso de los grillos, el tiempo transcurrió con lentitud, sin que pudiéramos hallar ningún indicio de nuestra amiga. No había remedio: teníamos que volver al coche. Tal vez ella ya estaba ahí, esperándonos impaciente, y si no, tendríamos que darla por perdida y solicitar ayuda para regresar a la mañana siguiente.

—¡No sé cómo no pudo aguantarse! —le reprochó Teresa.

—Creo que tomó mucha agua —dijo Luz.

Dimos media vuelta y caminamos sin detenernos. El fulgor de la linterna se atenuaba conforme avanzábamos; los rostros perdían sus fisonomías y con la creciente oscuridad se volvían más vagos e inciertos. ¿Cuánto faltaba para llegar? «Una hora», dijo alguien a quien no pude identificar porque incluso las voces se confundían con el sonido de los grillos y otros bichos. No sé cuántos minutos pasaron, pero otra amiga, creo que Tere, volvió a preguntar: «¿Cuánto falta?» «No sé», respondí. Al cabo de otro largo intervalo de tiempo, en que el camino se hizo más recto y estrecho, interrogué de nuevo: «¿Cuánto falta, cuánto, cuánto falta?» Y escuché: «Paciencia; sólo dos horas». ¿Quién lo dijo? Imposible saberlo. Caminamos arrojando la escasa luz de la lámpara por aquí y por allá, una y otra vez, sin hallar ningún sendero definido.

El amanecer coincidió con la muerte de las baterías de la linterna, pero era un amanecer cuya luz resultaba distinta a la de otros amaneceres: una luz mortecina, débil, como opacada por la sequedad de los arbustos y la intensidad café de los troncos enanos, que combinaba con las áridas veredas, que a su vez conducían siempre a la misma tosquedad y antipatía de los arbustos.

—¿Que cuánto falta? —preguntó Elisa, a quien de repente descubrimos varios metros adelante de nosotras, con una especie de bolso de cuero colgado del hombro. Entonces supe que su voz había estado con nosotras durante una buena parte del trayecto.

—¡Elisa! ¿Pero dónde diablos andabas, loca?

Ni siquiera nos miró. Seguía caminando como si no me hubiera oído.

Pronto nos encontramos en una encrucijada. Elisa nos hizo tomar hacia la derecha. La vereda era pedregosa y medio ondulada. «¿Cuánto falta?, ¿cuánto falta?», pregunté. «Creo que como dos horas y media», escuché a Teresa. Pensé entonces en las luces del carro. Con toda seguridad estarán fundidas cuando lleguemos, si es que algún día llegamos. Al cabo de dos horas, Tere preguntó: «¿Cuánto falta?, ¿no saben? Tengo hambre». Luz María cree que aún faltan tres horas.paisaje

—Falta mucho más —dijo tranquilamente nuestra guía, Elisa, quien tal vez se burlaba de nosotras. ¿Adónde quiere llevarnos? Sólo responde cuando le preguntamos cuánto falta. Si tratamos de alcanzarla, se va corriendo y nos amenaza con escabullirse. Hemos arrancado muchas hojas secas, tan secas como nuestras gargantas. Alrededor sólo hay malezas, hojarascas, los mismos monótonos arbustos verdes o amarillos. Todo es desesperadamente igual. El sol ha salido por completo y puedo adivinar la hora. Nunca me gustaron los relojes…

De repente, nos vimos en medio de un paisaje lunar, lleno de rocas, la mayoría de ellas de origen volcánico. El viento soplaba con insistencia. Elisa volvió la cabeza: no había brillo en sus ojos. Con una sonrisa cadavérica y un rostro cada vez más pálido, empezó a internarse en la espesura de lo que parecía ser un inmenso bosque. La ya de por sí poca claridad del cielo fue perdiéndose en la medida en que nos internábamos en la incertidumbre de la vegetación. Nada comprendíamos. Sólo estábamos seguras de que seguir a Elisa era el único camino.

                                                                       .

«Luces opacas» fue escrito a mediados de los 90 del siglo pasado. Tal vez lo esencial de este cuento sea la atmósfera de ambigüedad e incertidumbre. Fue recogido en el libro Las dulzuras del Limbo con el título «Las luces opacas». Aquí aparece con leves modificaciones.

 

Vuelta de paseo

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Dibujo de Eduardo B. Rosado

 

 

Juan Antonio Rosado Zacarías

 

I

Sin pestañear en medio de la corriente de aire, observó el muro que rodeaba la azotea y se apresuró hacia él con los puños cerrados y el ceño fruncido. Subió con tranquilidad. Apenas un zapato cabía sobre el ancho del muro, en el borde del edificio, en el filo de cemento donde el inicio de lo que en otras circunstancias le habría producido un vértigo feroz fue domado por sus ánimos. El hombre se dejaba recorrer, bajo el cielo gris, por un regocijo lleno de ingenuidad. Un breve tambaleo lo ubicó sobre su ruta de equilibrista frustrado. Como una mano que se alarga para dejar caer los dados, la azotea parecía difundir, en toda su extensión, el revoltijo abrumador de hoteles, casas, rascacielos, calles, avenidas, personas, vehículos diseminados por una ciudad envuelta en humo, cuyos límites era imposible discernir. «Los hombres se ven tan minúsculos desde aquí, los coches tan insignificantes… Parecen bichos inofensivos. ¿Qué ocurriría si me cayera, si aplastara a alguna anciana o a algún niño? ¿Y si ese niño fuera mi hijo Mario, qué reacción tendría mi mujer? Es divertido pensarlo, sólo pensarlo. Ay, debo concentrarme. Cualquier pinche piedra puede hacerme resbalar y entonces… ¿y entonces? ¿Qué haría Marta sin mí? ¿Qué harían mis hijos? ¿Qué haría Mario, con su soberbia y falta de cariño?».

Caminó con lentitud. Un zapato se acomodaba frente al otro. Lograr el equilibrio con los brazos era retar a la muerte de concreto. Apenas se distinguían los cláxones y el ruido de los autobuses. El hombre escupió a la calle con desprecio y trazó en el semblante una sonrisa furtiva. «Ojalá mi gargajo se haya descalabrado en la calva de algún idiota». Volvió a contemplar sus pies apoyados sobre el azar, la separación entre luz y sombra, la conclusión en el pavimento que revoloteaba como avispa en el interior de su estómago: un leve tambaleo, una distracción y… «caer, no burlarse de la fuerza de gravedad; caer de este edificio, del trabajo, de la familia… Y esa maldita gente, ¿estará hablando de mí? Que se vayan a la chingada…».

—¡Pinche loco! ¡No nos vaya a aplastar!

—Hombre, casi ni se ve desde aquí.

—Mejor quítate, güey.

Esa mezcla de loco y cirquero que irrumpió en la normalidad de una tarde citadina dio unos pasos para adaptarse a su nueva situación sobre la barda de cemento. Se detuvo. El aire agitaba la breve melena y enfriaba el rostro desvelado. Se quitó el saco, lo colocó sobre el muro, planchó con la mano su corbata negra, programó la alarma del reloj y se tendió sobre el borde para dormir. Una pierna colgaba hacia la calle; la otra reposaba sobre el paredón. «Carajo… Tener que bajar después, continuar el trabajo en medio de escritorios, papeles, computadoras… Eso sí que es depresivo». El placer se tornaba más intenso entre más lo invadía la sospecha de que cualquier giro lo haría caer.

Al despertar, apoyó las piernas sobre la azotea. Detuvo la alarma, se puso el saco y bajó con torpeza las escaleras de caracol. Aunque no recordaba su sueño, en el ascensor experimentó un extraño sentimiento de armonía con todo lo que lo rodeaba. Esa noche recordó la hazaña como si se tratara de una vieja historia, o acaso de un sueño de la infancia, cuando su único deber era el placer, la ilusión por expandir durante meses los efímeros momentos de alegría.

 

II

Acostado sobre la cama, boca arriba, con las manos bajo la cabeza y la mirada clavada en el techo, Arturo Tulela dejaba que la modorra matinal tapizara sus párpados. Sus ojos —globos saturados de lagañas resecas— capturaban el techo, que le apresaba la conciencia y entumía sus músculos. Arturo se sintió cerca de lo que alguna vez consideró como perfecto: por fin compartía su espacio con una mujer. «Por fin trabajo en una oficina para vivir con dignidad». Por fin podía ver juguetear a sus hijitos en la sala. «Por fin duermo relajado frente a un televisor». Ahora estaba seguro de que el ciclo trabajo-vacaciones o tensión-recompensa se prolongaría hasta la jubilación. «No hay motivos para sentirme mal. Lo principal es tratar de ser como el resto de la gente. Mario no lo entiende. Sus ambiciones de ser rico y famoso lo van a decepcionar. La vida es dura y él no quiere terminar como yo, de gato en una pinche oficina. Su madre lo ha convertido en un chavo petulante. A sus doce años ya está echado a perder. Yo siempre quise ser héroe en las películas de sexo y violencia. Soñaba con las admiradoras pidiéndome autógrafos y me veía dándoles la mano a los políticos y directores. Mario no entiende que la vida es dura y me reprocha lo que soy. Más que un niño parece un adolescente. Su madre tiene la culpa de todo».

Sin embargo, aunque sabía que tenía lo necesario, Arturo sintió, sin poderlo expresar con claridad, que su vida era sólo una repetición invariable, incompleta, una vuelta en redondo —la expresión círculo vicioso lo deprimía— que se burlaba de sus anhelos y decisiones, de la pasajera felicidad.

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Dibujo de Eduardo B. Rosado

Tan pronto como acomodó las ideas, creyó olvidar todo; quiso levantarse, tomar el Metro como de costumbre, llegar a la oficina, fijar en el semblante la misma sonrisa forzada de siempre, comer, «seguir trabajando hasta la noche, regresar a mi casa, vencer la resistencia de mi esposa, desnudarla y luego dejarme desnudar por ella, acariciar sus nalgas y muslos, jugar con sus senos cotidianos y hundirme en su cotidiana vagina, en busca de un orgasmo cotidiano, todo a la orden del reloj tictac, tictac, tictac…»

Algo impedía el olvido: un hueco… El tiempo se hacía espeso, empalagoso, lento; el olvido de la noche anterior, patente. Le interesaba su estado: ¿cuál era el sentido de lo que había hecho?, ¿cuál el móvil que lo impulsaba a trabajar por una familia? Ninguno, sin dudas: «un hueco. Tal vez Mario pueda lograr lo que yo no logré… Pero quisiera que su desprecio se acabara. Yo nunca fui así con mi padre. Ahora, a mis cuarenta y ocho años, me doy cuenta de que siempre lo admiré y traté de imitarlo en todo. Creo que eso es lo normal, pero no en Mario. No sé lo que ocurrió para que el niño dejara de acercarse a mí como antes».

Arturo volvía a los años de infancia. Observaba la igualdad de gestos, actitudes y convicciones de quienes lo rodeaban. Vio sorpresas agradables, anhelos truncados… «Caray, qué flojera. Quisiera dormir toda la semana… Estoy harto».

En esos instantes Mario, con la mirada brillante y cierta inocencia en la sonrisa que alegraba un poco el triste uniforme escolar, salía de casa con un «hasta pronto» cuya agudeza resonó en los oídos de Tulela. A veces era incómodo para el niño regresar de la escuela por el camino más corto, ya que era necesario pasar frente al edificio donde trabajaba su padre, a quien, no hacía mucho tiempo, había visto —a través de la ventana de un restaurante— besarse con una rubia pintarrajeada, que emitía vulgaridad y mal gusto por los cuatro costados. Desde entonces la imagen de su padre se desplomó.

Mario nunca dijo nada. «¿Para qué alarmar a mi mamá? ¿Para qué decirle que su esposo la traiciona? Ella siempre ha sido celosa; ella misma se lo dice a mi papá: “soy muy celosa”…». Su madre lo despidió con un beso en la mejilla, que el jovencito recibió mientras Arturo seguía en la cama. Recordó cuando le propuso matrimonio a Marta —dispuesta en ese momento a preparar el desayuno de los otros niños—, y un retortijón invadió su estómago al evocar la respuesta: «está bien, ya lo pensé: vamos a casarnos».

Después de tanta indecisión, motivado por chispazos imaginativos, el señor de la casa intuyó con júbilo que el hueco que sentía podía llenarse. Arturo trabajaba mañanas y tardes, cinco días a la semana. Disponía además de tres horas para comer: de una a cuatro de la tarde. Al pensar en esas horas, surgió la solución de su malestar: ese vacío asfixiante, ese hueco —se repetía obsesivamente— podía ser aniquilado en aquel lapso de libertad.

Con inmensa gratitud, apartó las cobijas de la cama y se dio un baño caliente. Ya listo, se despidió de su mujer, quien estaba a punto de dejar a los niños más pequeños en la guardería.

—Se te hizo tarde, ¿verdad? —preguntó Marta.

—Sí. No pude dormir bien.

—¿Llevas boletos del Metro? A estas horas hay mucha cola.

—Sí, sí… ¿Ya le pusiste gasolina al coche?

—Antier llené el tanque.

Ambos se despidieron. Arturo caminó hacia la estación del Metro. Sabía que llegaría al trabajo con una hora de retraso, pero nada era tan importante como su descubrimiento. Durante el trayecto, lo acompañó una sola idea: huir de los escritorios, de las máquinas de escribir, de los informes, de las secretarias feas. Iniciaba una nueva vida. Su próximo alejamiento lo motivaba a ser amable, a ceder el asiento a una anciana —cosa que nunca hacía—, y, sobre todo, a ser tolerante.

¿Qué importaba ahora su fracaso? ¿Qué importaba no haber podido actuar en películas de acción? Sus compañeros de trabajo percibieron la alegría de un empleado que siempre llegaba decaído, triste o en una actitud tan indiferente como la de un gato que ronronea sobre un cojín después de un buen desayuno.

Detrás del escritorio, Arturo aguardó con ansiedad la hora de la comida. Aparentaba trabajar mucho, leer y anotar en papeles membretados, pero lo cierto es que sólo miraba —en su liberación de tres horas— una parte más del ciclo vital. Ese vislumbre no lo apesadumbró: ahora el ciclo estaba cerrado y debía, por ese hecho, sentirse feliz.

 

III

El reloj de la pared dio la una de la tarde. Arturo fue el primer burócrata en levantarse. Fuera del saludo y las palabras indispensables para el trabajo, no entabló nunca relación con sus compañeros. Como de costumbre, se dirigió a su restaurante predilecto. La rubia con quien solía comer para luego llevarla a un hotel cercano y hacerle el amor con frenesí antes de reiniciar sus labores, lo había dejado por otro. «Fue terrible que me lo dijera, pero que se vaya al carajo… Aun así la extraño».

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Portada de José Luis Cuevas

Ordenó lo de costumbre: una crema de frijol con chile chipotle, carne asada a la tampiqueña y un agua de horchata con bastante canela. Al terminar, puso la propina sobre la mesa, pero esta vez, en lugar de distraerse frente a los aparadores o leer las secciones deportiva y policiaca del periódico, se dijo: «me quedan dos horas y media», y volvió al edificio.

Con pasos largos alcanzó el ascensor, oprimió el botón y llegó al último piso. Aún subió por unas escaleras de caracol. Cuando se vio en la azotea, recordó la escandalosa alarma del reloj de cuarzo y decidió confiar en ella.

Se recostó sobre el borde del muro que rodeaba la azotea —el saco como almohada y la punta de la corbata señalando la calle—; giró lentamente el cuerpo, entre espasmos nerviosos. Volteó la cabeza: los coches eran hormigas. Un sentimiento de regocijo y terror brilló en sus facciones. Nunca antes había retado a la muerte. Se puso boca arriba, entornó los ojos, los cerró. Durmió como nunca y soñó en el centímetro que lo separaba de la vida. En eso, sonó la alarma. Una decena de nubes bajo un cielo gris que lo incitaba a regresar al escritorio, apareció ante su vista. Ni a su esposa ni a su hijo les comentó nada.

Los siguientes días fueron repeticiones del mismo cuadro. Como si los hilos invisibles de un titiritero lo movilizaran, Arturo ni siquiera alteraba la cantidad de comida ni la cantidad de propina ni la cantidad de pasos que daba hacia lo más cercano del cielo y de la nada. Sus estancias en la azotea se tornaron en un nuevo círculo que no pretendía abandonar.

Al cabo de una semana, alguien descubrió su manera de dormir: un peatón cuya primera reacción fue de miedo y después de indiferencia. Nada hizo para impedir que Arturo persistiera en su costumbre. No tardó en propagarse la noticia de que un extraño descansaba de ese modo, y a pesar de que casi no se distinguía desde la calle, varios fotógrafos intentaron imprimirlo en una placa.

—¡Caray! ¡Lástima que no hay edificios más altos!

—¡Lástima de nuestros lentes, dirás!

—A mí me robaron el zoom hace un mes.

A veces, llamado por la fuerza de gravedad, uno de los brazos colgaba del borde. La gente se congregaba para contemplarlo y algunos, como pasaban diario, comenzaron a llevar binoculares. El señor Tulela se convirtió en atracción del barrio, y hasta hubo un negocio que rentaba un telescopio para ver al «acróbata», de quien sus compañeros de trabajo no se enteraban, pues comían en la oficina. Cuando sonaba la alarma del reloj, como si pudieran escucharla, los curiosos se alejaban y el negocio cerraba. Poca gente especulaba sobre la vida y el horario del desconocido. No había policías ni chismosos. Cada día se veían niños, señoras y ancianos. Todos se preguntaban por el «acróbata», pero a nadie le importaba esperar a que saliera. Con el tiempo, el hombre del telescopio había reunido un importante capital y aumentó la tarifa.

Un día de marzo, después de casi tres meses de iniciado el «espectáculo», las autoridades acordonaron la zona, cerraron las calles a peatones y coches a pocas cuadras de ahí. Uno de los bancos cercanos había sido asaltado: tres muertos y seis heridos, dos de ellos de gravedad.

El hijo de Arturo tuvo que regresar a casa por la otra ruta, la que no tomaba desde el terrible encuentro con su padre y aquella rubia vulgar y desabrida. Pálido, el niño caminó hasta la avenida que cortaba el pasaje de su escuela y viró a la izquierda. «Ah, me dejaron mucha tarea… Mi papá no va a estar allí; lo sé… Pero si está con esa mujer ahora sí le digo a mi mamá, ahora sí…».

Al dar con la calle del edificio, vio una cola de gente que se turnaba un telescopio. Pasó delante del temido restaurante y sintió alivio al no advertir a su papá. El beso, los labios de su padre unidos a los de una extraña, lo habían hecho pensar en la falsedad de todo. Afortunadamente, esta vez no había nadie. Con seguridad, pensó Mario, su papá se había confesado con el padre Benito, el que lo casara hace ya quince años, o tal vez se había arrepentido.

Mario se formó en la fila hasta que llegó su turno.

—Tu cuota, chavo.

El niño pagó, tomó el telescopio y se lo puso frente al ojo derecho. Vio a un señor tendido sobre el borde del edificio, con una pierna y un brazo colgados. Ese señor, en segundos, se transformó en su propio padre. ¡Su propio padre! Mario quedó estupefacto. Un estremecimiento de incomprensión lo hizo apartar el ojo y volverlo a colocar, para asegurarse de que no era un sueño. Paralizado, hizo una leve exclamación y dejó el aparato. Se echó a correr sin dirección.

En ese mismo instante, dos compañeros de la oficina resolvieron buscar a Tulela. Se habían enterado de su costumbre por un aviso anónimo. Pero poco antes de llamarlo por su nombre y despertarlo cuidadosamente, los tres ya habían muerto.

Muchas historias se contaron sobre el destino del «equilibrista». Algunos insisten en que Tulela precipitó a sus colegas al abismo. Los tres se habrían impactado en el pavimento. Otros aseguran que un helicóptero chocó contra ellos. Sólo dos cadáveres habrían sido identificados. La mayoría piensa que Tulela continúa exhibiéndose en algún edificio lejano.

 

                                                                                   

«Vuelta de paseo» toma su nombre de un poema de Federico García Lorca. La primera versión data de 1986 y sufrió incontables modificaciones. El cuento se publicó finalmente en el suplemento Sábado (sección «El cuento de Sábado»), del periódico Unomásuno, el 26 de mayo de 2001, con ilustraciones de Eduardo B. Rosado. Después apareció en la revista Tropo a la uña (de la Casa del Escritor de Cancún), Año V, núm. 30 (mayo-junio de 2003), como adelanto del libro Las dulzuras del limbo. Posteriormente, fue recogido en Castálida, revista del Instituto Mexiquense de Cultura, núm. 51, primavera de 2014.

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Símbolo y mito en «Snake», de D. H. Lawrence

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Karina Castro

 

La civilización es la negación del instinto.

Sigmund Freud

 

 

 

I. EL POEMA

 

SNAKE

 

A SNAKE came to my water-trough

On a hot, hot day, and I in pyjamas for the heat,

To drink there.

 

In the deep, strange-scented shade of the great dark carob-

tree

I came down the steps with my pitcher

And must wait, must stand and wait, for there he was at the

trough before me.

 

He reached down from a fissure in the earth-wall in the gloom

And trailed his yellow-brown slackness soft-bellied down,

over the edge of the stone trough

And rested his throat upon the stone bottom,

And where the water had dripped from the tap, in a small

clearness,

He sipped with his straight mouth,

Softly drank through his straight gums, into his slack long

body,

Silently.

 

Someone was before me at my water-trough,

And I, like a second comer, waiting.

 

He lifted his head from his drinking, as cattle do,

And looked at me vaguely, as drinking cattle do,

And flickered his two-forked tongue from his lips, and mused

a moment,

And stooped and drank a little more,

Being earth-brown, earth-golden from the burning bowels of

the earth

On the day of Sicilian July, with Etna smoking.

 

The voice of my education said to me

He must be killed,

For in Sicily the black, black snakes are innocent, the gold

are venomous.

 

And voices in me said, If you were a man

You would take a stick and break him now, and finish

him off.

 

But must I confess how I liked him,

How glad I was he had come like a guest in quiet, to drink

at my water-trough

And depart peaceful, pacified, and thankless,

Into the burning bowels of this earth?

 

Was it cowardice, that I dared not kill him?

Was it perversity, that I longed to talk to him?

Was it humility, to feel so honoured?

I felt so honoured.

 

And yet those voices:

If you were not afraid, you would kill him!

 

And truly I was afraid, I was most afraid.

But even so, honoured still more

That he should seek my hospitality

From out the dark door of the secret earth.

 

He drank enough

And lifted his head, dreamily, as one who has drunken,

And flickered his tongue like a forked night on the air, so

black,

Seeming to lick his lips,

And looked around like a god, unseeing, into the air,

And slowly turned his head.

And slowly, very slowly, as if thrice adream,

Proceeded to draw his slow length curving round

And climb again the broken bank of my wall-face.

 

And as he put his head into that dreadful hole,

And as he slowly drew up, snake-easing his shoulders, and

entered farther,

A sort of horror, a sort of protest against his withdrawing

into that horrid black hole,

Deliberately going into the blackness, and slowly drawing

himself after,

Overcame me now his back was turned.

 

I looked round, I put down my pitcher,

I picked up a clumsy log

And threw it at the water-trough with a clatter.

 

I think it did not hit him,

But suddenly that part of him that was left behind convulsed

in undignified haste,

Writhed like lightning, and was gone

Into the black hole, the earth-lipped fissure in the wall-

front,

At which, in the intense still noon, I stared with fascination.

 

And immediately I regretted it.

I thought how paltry, how vulgar, what a mean act!

I despised myself and the voices of my accursed human

education.

 

And I thought of the albatross,

And I wished he would come back, my snake.

 

For he seemed to me again like a king,

Like a king in exile, uncrowned in the underworld,

Now due to be crowned again.

 

And so, I missed my chance with one of the lords

Of life.

And I have something to expiate;

A pettiness.

 

Taormina

 

 

SERPIENTE

TRADUCCIÓN DE JORGE ALCÁZAR

 

Una serpiente vino a mi pileta

en un caluroso, muy caluroso día, y yo en piyama,

para beber de ahí.

 

En la sombra profunda de aroma extraño del enorme y oscuro algarrobo

bajé los peldaños con mi cántaro

y debía esperar; detenerme y esperar, porque allí estaba en la pileta antes que yo.

 

Llegó de una hendidura en la sombría pared de tierra

y arrastró la flojedad café-amarillo de su vientre suave, sobre el borde de la pileta de piedra

 

y descansó su garganta sobre el fondo de piedra,

y donde el agua goteaba de una llave, en un pequeño claro,

sorbía con su boca lisa,

con suavidad la hacía pasar por las mandíbulas lisas, hacia su cuerpo largo y flojo.

En silencio.

 

Alguien estaba antes que yo en mi pileta

y yo, como un segundón, esperando.

 

Levantó la cabeza dejando de beber, como hace el ganado,

y me miró vagamente, como hace el ganado cuando bebe

y su lengua bífida destelló entre sus labios, y rumió por un momento,

y se inclinó para beber un poco más,

siendo de un pardo y dorado como la tierra, proveniente de las ardientes entrañas de

la tierra

en el día de julio siciliano, con el Etna humeante.

 

La voz de mi educación decía:

hay que matarlo

ya que en Sicilia los ofidios negros, negros son inocentes, los dorados son venenosos

 

Y voces en mi interior decían, si fueras hombre

tomarías ahora un palo y lo golpearías hasta acabarlo.

 

Más, ¿debería confesar cuánto me agradaba,

cuánta alegría sentía que hubiera venido como un huésped callado a beber de mi pileta,

y que partiera sosegado, en paz y sin agradecerlo

hacia las ardientes entrañas de la tierra?

 

¿Era cobardía que no osara matarlo?

¿Era perversión que añorara hablar con él?

¿Era humildad sentirse tan honrado?

Me sentía en verdad tan honrado.

 

Y sin embargo esas voces:

Si no tuvieras miedo, lo matarías.

 

Y ciertamente tenía miedo, mucho miedo.

Pero aun así, me sentía todavía más honrado

de que buscara mi hospitalidad

desde el oscuro umbral de la tierra secreta.

 

Bebió lo suficiente,

y levantó la cabeza, ensoñando, como alguien embriagado,

y su lengua destelló como noche bifurcada en el aire, así de negra,

como si se lamiera los labios

y miró alrededor como un dios, sin ver, al aire,

y lentamente giró la cabeza,

y lenta, muy lentamente, como un triple sueño,

procedió a deslizar su lenta longitud curvada

para trepar de nuevo el paramento de mi muro quebrado.

 

Y mientras metía la cabeza en ese agujero espantoso,

y mientras se levantaba lentamente, aligerando los hombros como hacen los ofidios, y se

internaba más,

una suerte de horror, una suerte de protesta contra su retiro dentro de ese tenebroso agujero,

al serpentear el cuerpo, adentrándose en la oscuridad, intencional y lentamente,

me sobrevino ahora que me daba la espalda.

 

Miré alrededor, dejé el cántaro,

levanté un leño tosco

y lo lance a la pileta ruidosamente.

 

Creo que no le pegué,

mas de repente la parte que quedaba atrás se convulsionó con prisa indigna,

se torció como rayo, y desapareció

en el hoyo negro, en la hendidura con labios de tierra en el flanco del muro,

acto que mis ojos siguieron fascinados, en la quietud intensa del mediodía.

 

Y de inmediato lo lamenté.

Pensé, qué mezquino, qué vulgar, qué bajeza.

Me desprecié a mí mismo y a las malditas voces de mi humana educación.

 

Y pensé en los albatros.

Y quise que regresara mi serpiente.

 

Ya que me parecía de nuevo como un rey,

como un rey sin corona exiliado en el inframundo,

a quien ya era hora de coronar de nuevo.

 

Y así, perdí mi oportunidad con uno de los señores

de la vida.

Y ahora tengo algo que expiar:

una mezquindad.

 

Taormina

 

II. ANÁLISIS DE «SNAKE»

Entre los principales temas en la obra de D. H. Lawrence (1885-1930), se encuentra la confrontación de la naturaleza con la civilización. En 1923, apareció la antología Birds, Beasts and Flowers, que recoge poemas escritos durante los viajes de Lawrence por Italia, Sri Lanka, Australia y Nuevo México. Durante este autoexilio —que el autor de Lady Chatterley’s Lover llama «peregrinaje salvaje»—, el poeta rompe con la contemplación pasiva, hasta ese momento propia de la poesía inglesa sobre temas referentes a la naturaleza, para penetrar y participar activamente en la esencia del mundo no humano con poemas agrupados en capítulos como «Frutas», Árboles», Flores», «Bestias evangélicas», «Criaturas», «Reptiles», «Aves», «Animales» y «Fantasmas».

El poema «Snake», incluido en «Reptiles», es un claro ejemplo de la visión de Lawrence sobre esa incompatibilidad entre lo primitivo o instintivo y lo civilizado. En este ensayo, analizaré dicho poema centrándome tanto en el efecto de su imaginería (relacionada con la mitología y el símbolo) como en sus figuras retóricas.

«Snake» está escrito en verso libre. Lawrence se opuso a las limitantes del formalismo buscando la autenticidad de la emoción. Deseaba manipular la forma y no ser manipulado por ella. Desde el primer verso, el yo lírico expone la situación con una imagen que combina la naturaleza con un objeto creado por el hombre: «A snake came to my water-trough»: una serpiente en una pileta. Enseguida, se hace visible el yo poético, quien recalca que se encuentra en piyama («and I in pyjamas»). Lo anterior no es casual; esa vestimenta refuerza la oposición entre ambos seres: uno, primitivo, está desnudo; el otro no sólo oculta su cuerpo, sino que viste de acuerdo con la convención social que dicta que la piyama es el atuendo para la noche.

En las siguientes cuatro estrofas, mediante repeticiones y anáforas, se percibe la impaciencia del hombre, quien debe esperar a que la serpiente termine de beber para llenar su cántaro: «And I, like a second comer, waiting». En las estrofas tres y cuatro, hay dos fenómenos relacionados con el sonido que, según Helena Beristáin en su Diccionario de retórica y poética, poseen siempre motivación semántica. El primero es fónico; sin embargo, no involucra fonemas, sino los acentos de las sílabas del verso, que se encuentran estratégicamente colocados para producir un ritmo asimétrico de los versos no rimados, el cual se hace sinuoso como el movimiento del ofidio. El segundo es un fenómeno fonológico que sí involucra fonemas; en este caso, se trata de una variante de la aliteración, conocida como «armonía imitativa», lograda con la repetición del sonido «s» a fin de imitar el seseo de la serpiente.

 

And trailed his yellow-brown slackness soft-bellied down

And rested his throat upon the stone bottom,

And where the water had dripped from the tap, in a small

clearness,

He sipped with his straight mouth,

Softly drank through his straight gums, into his slack long

body,

Silently.

 

En la sexta estrofa, finalmente percibimos una actitud en el reptil: mira al humano por un instante, pero continúa bebiendo, sin sentir peligro, hasta saciar su sed. Parece que esta actitud hace reaccionar al hombre. Una voz interior le recuerda lo que dicta la educación: si se considera hombre, debe matar al intruso. Dicha imagen nos remite al sacrificio de la serpiente en varias tradiciones (africanas, aztecas y mayas), cuyos mitos coinciden en que la muerte del reptil ―concebido como un viejo dios― es necesaria para que el hombre adquiera la civilización. Como afirman Chevalier y Gheerbrant en su Diccionario de los símbolos, matar a la serpiente es eliminar lo primitivo para dar paso a lo moderno. La relación entre lo primitivo y lo moderno es un tema que Lawrence abordará más tarde en la novela The Plumed Serpent.

El yo poético no se halla seguro de querer matarla, o debería decir matarlo, ya que usa el pronombre «him» en lugar de «it», que después se explicará cuando lo compare con un dios. El yo poético reconoce que le agrada tenerla como huésped y recurre nuevamente a la anáfora para expresar la confusión de sus sentimientos: «Was it cowardice, that I dared not kill him? / Was it perversity, that I longed to talk to him? / Was it humility, to feel so honoured?». En estos tres versos, se plasma claramente el choque entre el instinto y la conducta civilizada, tanto si se interpreta como simple miedo y curiosidad, como si nos remitimos al simbolismo de la serpiente y consideramos que representa, por un lado, la psique inferior, el alma y la libido; por otro, los vicios humanos y el pecado, según la tradición judeocristiana, que sólo conservó el simbolismo negativo (Chevalier y Gheerbrant). Sin embargo, hay gran fascinación del hombre ante la energía ancestral oculta para la civilización moderna. Esta fascinación lo hace sentirse perverso.

Más adelante, el poeta utiliza un símil para elevar a la serpiente a una categoría divina: «And looked around like a god, unseeing, into the air» (verso 45). Con este recurso, queda claro que Lawrence no sólo se interesa en evocar el poder de la naturaleza, sino en explorar los distintos simbolismos de esta criatura que, de acuerdo con el mencionado Diccionario de los símbolos, es opuesta al hombre, ya que éste se encuentra en la cima de un esfuerzo evolutivo, mientras que la serpiente es el inicio de ese esfuerzo: la criatura más simple. Pero esta simpleza es la causa de que en la mayoría de las culturas antiguas se le atribuya un carácter sagrado y a la vez oscuro, siempre ligado a la cosmogonía. En la noche de los orígenes, comenzó la vida, partiendo desde lo más simple.

A lo largo del poema, se construye cuidadosamente una atmósfera que remite a lo oscuro. El poeta lo salpica de palabras que entran dentro de esta esfera de significado, como «deep», «strange», «shade», «dark», «gloom», «secret», «night», «black», etc. Y con metáforas como «From out the dark door of the secret earth», es claro que este dios prehistórico viene de las capas profundas de la tierra y representa las capas profundas de la conciencia, es decir, la parte instintiva del ser humano, que él mismo ha reprimido para sentirse a salvo y en control de su sociedad moderna.animal-1299259_1280

En la penúltima estrofa, el poeta vuelve a utilizar un símil para comparar a la serpiente, esta vez con un rey: «For he seemed to me again like a king, / Like a king in exile, uncrowned in the underworld, / Now due to be crowned again». El hecho de que sea un rey que proviene del inframundo o del infierno, como se puede interpretar de la metáfora: «burning bowels of the earth», no es indicio de que la serpiente represente el mal o el pecado, pues a pesar de que, como occidental, D. H. Lawrence haya crecido en la tradición judeocristiana, es bien sabido que este poeta era considerado más bien «pagano» por su interés en resacralizar la naturaleza.

Cuando la serpiente se dispone a retirarse, el poeta recurre otra vez a ese ritmo sinuoso de los versos, ayudado por la anáfora y la armonía imitativa, que hace pensar en el movimiento de la serpiente:

 

And slowly turned his head.

And slowly, very slowly, as if thrice adream,

Proceeded to draw his slow length curving round

And climb again the broken bank of my wall-face.

 

En la reacción del hombre, es notoria esa costumbre humana de atacar por la espalda cuando se tiene miedo. Finalmente, tuvo más peso la conducta socialmente aceptada y el hombre lanza un leño a la serpiente cuando ésta se da la vuelta. Pero de inmediato, el yo poético experimenta remordimiento por haber agredido a la naturaleza y está consciente de que lo hizo impulsado por su educación: «I despised myself and the voices of my accursed human education». Ahora se arrepiente y desea que vuelva «su serpiente»; haberla agredido le recuerda al albatros: «And I thought of the albatros». Lawrence alude a la «Balada del Viejo Marinero» de Samuel Coleridge, donde el Viejo Marinero inhospitalariamente mata al ave de buen augurio, o tal vez a «El albatros», que Baudelaire llama «príncipe de las nubes», también muerto cruelmente por los marineros.

El poema concluye demostrando que el conflicto principal continúa: la sociedad impulsa al hombre a rechazar la vida y la naturaleza, simbolizada por la serpiente; el ser humano, incapaz de negar por completo su instinto natural, experimenta culpa por haberlo hecho, y ahora la sociedad le dicta que las culpas se tienen que expiar: «And I have something to expiate». La serpiente vuelve al mundo precivilizado, puro, intemporal, donde permanecerá en su plenitud.

 

Bibliografía

Beristáin, Helena, Análisis e interpretación del poema lírico. México: UNAM, 2ª ed. (coed. con la Facultad de Filosofía y Letras UNAM), 1998.

Chevalier, Jean, Diccionario de los símbolos. Barcelona: Ed. Herder, 1986.

Cruz Yáñez, Eva (coord.), De Hardy a Heany Poesía inglesa del siglo XX. México: Textos de Difusión Cultural Serie El Puente, unam, 2003.

Godine, David R. (editor), Birds, Beasts and Flowers by D. H. Lawrence. Canadá: Black

Anclado

urban-1031304_1920Montserrat Jiménez Covarrubias

 

Miércoles 6 de julio

Incesante, giro los pulgares mientras observo la puerta de entrada. Suena la alarma: otra encuesta. Más trabajo para hoy, qué maravilla. Al principio eran entretenidas, pero después de la número 185, me di cuenta de que sólo era necesario escribir lo que deseaban leer. Ya tenía preparado lo que mandaría: más velocidad, más resistencia, más sabor, más comodidad… Al fin y al cabo, recibiría mi depósito fueran o no verídicas mis opiniones y sugerencias. Por fin el golpeteo de la puerta. Irresponsables. Media hora tarde. ¿Cómo no pueden predecir que uno se puede morir de hambre?

—Perdone la demora, señor. Esta lluvia nos ha retrasado mucho. Como compensación, la empresa le envía con su pedido…

—Sí, sí. Que no se repita la próxima semana.

Qué pésimo servicio… y todavía quieren propina. Gente incompetente. La lluvia sólo es un pretexto. ¡Ni que se fueran a encoger!

Jueves 7 de julio

Ayer actualicé mi inventario: cuatro cajas de leche, cincuenta y tres jugos de diferentes sabores (veinte de uva, trece de manzana, ocho de tamarindo, siete de mango y cinco de guayaba), junto a media docena de garrafones de agua. Haré un nuevo pedido: sólo hay cuatro latas de crema de elote y dos de frijoles. Si se terminan, ¿con qué voy a acompañar los embutidos? No sabía que quedaban tan pocos sobres de avena instantánea y de harina para hot cakes. Tengo suficientes huevos: cuarenta y seis sin contar los que se rompieron en el traslado.

En fin, los deberes esperan. Hasta para trabajar en esto se necesitan huevos: un par mezclados con jugo de naranja.

¿Desde cuándo es usted cliente? ¿Qué clase de pregunta es esta? ¿Para qué quieren saber, si lo importante es que he comprado el limpiador Maestro Limpio? Bien, si le pongo tres años, no sonará mal. Ya ni con una chica he durado tanto, ese calvito algo tiene. Quizá sean sus músculos.

¿Cómo nos conoció? ¡Y siguen con las preguntas estúpidas! Amistades, como tengo montones con las que conversar.

¿Utiliza Maestro Limpio en las actividades diarias de su hogar? Claro, hasta duermo con él. Siempre.

¿Cuál es su grado de satisfacción con el producto? Estoy completamente satisfecho, ¡hasta el clímax! Obvio no, sólo sirve para espantar el polvo. Prometía ser efectivo contra sarro y cochambre. Vanas mentiras. Parece que lo único que deja brillante es su pelona.

 

Viernes 8 de julio

Qué novedad, mis amigos de Facebook dan el reporte del clima. ¿En realidad es necesario publicar algo tan evidente? Vaya, todo está atestado con memes: «Con estas lluvias hasta sirenas te encuentras por las calles». ¿Criaturas míticas? Ja. «Por piedad, lluvia, ya déjame lavar». Pobres personas, sufren hasta por tener ropa limpia, mientras yo vivo a la perfección con mis siete mudas, siempre impecable y fresco. Lo sé, las maravillas del lavado en seco. Otra más… «¿Que una inundación? Pal Facebook». Cosas como esas delatan su necesidad de atención. Y mi favorita: «Genial, está lloviendo lluvia mojada». Creo que quedó claro, pero ¿a quién le interesa? A mí no.

Sábado 9 de julio

Se dañó el televisor. El ruido de la estática me pone irritable. Sin duda prefiero las risas de fondo. Risas de gente muerta hace décadas. Me pregunto si les es divertido escuchar cómo reproducen infinitamente sus reacciones de humor. Seguro hasta en el infierno las escuchan. Esto no tiene solución. Le doy un golpe. Estúpida cosa.

Llamo a Servicios al cliente, espero y espero, la línea está saturada. Inténtelo más tarde. Más tarde será la hora de limpieza, ¿creen que cambiaré mi rutina para marcar de nuevo? Hoy toca desinfectar los cubiertos, aspirar la cama junto con las almohadas y limpiar la suela de los zapatos. Lo del televisor puede esperar hasta mañana, cuando sea el tiempo de los reclamos y disgustos, justo a las dos de la tarde.

El hedor es insoportable. No me explico por qué el chico de la basura no ha tocado a mi puerta. Siempre le doy buena propina por llevársela. Algo viscoso escurre de las bolsas. Hay un asqueroso charco rodeándolas, piscina para las moscas. Repugnante.

 

Domingo 10 de julio

Supongo que no está quedando del todo mal. Cualquier conocedor de la paleta de colores diría que las paredes negras no van con mi sofá amarillo. De todos modos, no necesito apreciar los detalles. La electricidad va y viene por horas. Descubrí que la oscuridad es práctica. No vendrá mal pintar el departamento de negro. Por suerte, hace meses enviaron botes de pintura como cortesía por «sugerir un cambio de imagen en la presentación de nuestra gama para interiores». No me engañaron, se trataba de sobras. Pintura que no se vende. ¿Quién querría tapizar su casa de ese color?

 

Lunes 11 de julio

Un día entero sin electricidad… La planta de emergencia sólo ayudó por tres horas.

 

Martes 12 de julio

Bajo mis uñas se forma una próspera comunidad de seres minúsculos. Emergen para andar por mis brazos y pecho. Buscan alimento. Hacen que hierva mi piel. Desfilan sin detenerse hasta chocar con la pared negra. Bajan de la cama, andan por toda la habitación, algunos caen entre las grietas del piso; los más hábiles logran traspasar el umbral de la puerta y librar los charcos que dejaron las goteras. Desventajas de vivir en el piso más alto.

Tengo la muñeca molida. Al no servir la licuadora he tenido que preparar mis malteadas energéticas a mano. Quedan grumos pastosos al final del vaso. Los trago con dificultad; preferiría simplemente sorber. Aborrezco todo esto.

 

Miércoles 13 de julio

Me aburro, no sé qué hacer. La estúpida electricidad no vuelve; no hay internet ni televisión. Esas chingaderitas negras siguen invadiendo mi casa; parece que la ausencia de luz las activa. Por las noches escucho el murmullo de sus cuerpos moviéndose en multitudes. En lo que según yo es la madrugada, veo cómo se alzan y revolotean sobre mi cabeza. He rociado todo con insecticida creyendo que eran insectos, pero ahora veo que son seres del bajo astral: demonios.

 

Jueves 14 de juliorain-443015_1920

No lo soporté más. Fui a buscar al encargado del edificio. ¿Cómo es posible que no diera ni un aviso sobre el corte de electricidad? Ni siquiera una disculpa o una visita para inspeccionar cómo me las arreglo con las goteras.

Al salir, encontré el pasillo con al menos ocho centímetros de agua. Por poco alcanza mi puerta. El papel tapiz se desprendía a pliegos y el piso se sentía blando por tanta humedad. Me dirigí al cubo de las escaleras. A punto de llegar al piso de abajo, mareado por el aroma a metal mojado, me encontré con algo curioso. Era el chico que se lleva mi basura. A pesar de su estado de descomposición, reconocí el inconfundible cabello rojizo. Le di un ligero puntapié y se alejó flotando. Ruedo los ojos y bufo. Estúpido niño de la basura. Por su culpa mi departamento apesta; por su culpa tuve que desinfectar mis zapatos, raspar de la punta un trozo de su carne que se adhirió; por su culpa regresé a mi departamento sin haber solucionado nada.

 Juzgando el nivel del agua, todos han de estar muertos. Muertos ahogados, viscosos y blandos.