Ninnannún

Carla Valencia

 

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Ninnannún y la mariposa

De cara, Ninnannún cayó sin alcanzar a meter las manos. Entre los dolores, caerse era el menos complicado y el más común, si el oficio era buscar fuentes de agua entre las piedras. A pesar del esfuerzo de meditación, no lograba controlar el enojo. Se sacudió la tierra de la cabeza.

«¡Mi sombrero!», gruñó como el duende que era. Sobre él se posó una mariposa transparente. Sus ojos eran dos líneas oscuras que recorrían el borde de sus alas como si fueran largas pestañas. Llena de brillo vital y sin mostrar intención de remontar el vuelo, parecía mirar al duende con poca curiosidad.

«¡Ah!, bueno», dijo Ninnannún, y se sentó a esperar con paciencia renovada. De todas maneras, el agua que buscaba era para ella.

 

 

Ninnannún y la combustión interna

Exhausto y empapado, se echó sobre un poco de pasto sin preguntarse dónde estaba. No tenía elección; no podía andar mucho más. Le dolían la cabeza y una muela. Suspiró por reflejo cuando sintió un empujón a la altura del dorso, seguido de un pequeño estallido de algo que hizo rápida combustión en un lugar entre el corazón y el estómago.

—No me muevan.

Se volvió con lentitud para ver qué pasaba. A su lado, un enorme roedor miraba hacia otra parte, como si no percibiera sus propios movimientos y los repitiera. Ninnannún sentía la nariz muy caliente. Antes del cuarto empujón y sin que nadie se diera cuenta de cómo, mordió al roedor en la garganta. Extrañamente, él se alegró. No lo había soltado cuando una multitud de animales de distintos tamaños los rodearon.

—¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!

Algunos consideraban empujarlo para tener un poco de diversión extra, pero los detuvo un gruñido hondo proveniente de un fuego profundo. Ninnannún calculaba el orden y lugar de los siguientes golpes. Sin embargo, el roedor, con una sonrisa, hizo una seña para abrirle paso. Ninnannún salió de entre la multitud todavía enardecido y pensando:

—Si no puedo evitar enojarme, por lo menos tengo que pensar con la cabeza. Los golpes nunca han resuelto nada.

 

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Ninnannún y el ave

Ninnannún buscaba santuario en una jungla para alejarse de uno de los tantos embrollos que lo perseguían como moscas a la miel. «Soy una calamidad», se reprochaba. Algunas gotas de agua cayeron sobre su cabeza. «¡Claro!», dijo y se refugió bajo una hoja con forma de amplia oreja irregular. «¡Pluc! ¡Pluc!¡Pluc!», sonaron durante horas los tambores de las plantas. No muy lejos, una sombra se sacudió. Se oyó una melodía suave y sutil. Ninnannún se llenó de curiosidad y trepó despacio.

Al borde de una rama, a gran altura, encontró un ave más parecida a una flor que a un pájaro. Dos plumas delgadas y verdes, adornadas por una pequeña espiral, surgían de su pecho anaranjado de textura sedosa y ligera. Ninnannún vio si había alguien alrededor. Localizó varios pares de ojos atentos. «¡Cuántos halcones!», se alarmó. Elaboró un plan para salvar al ave, pero notó que ella también los había visto. Los seguía con la mirada y se hallaba lista para volar. Nadie la alcanzaría. «¿Qué más puedo hacer?», se preguntaba. Permaneció quieto para escucharla, para entender lo que decía en su canto. Al final, la comprendió y se dio cuenta de que eso era lo único que ella necesitaba.

 

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Revelación

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Portada de José Luis Cuevas.

Juan Antonio Rosado Zacarías

I

Las cobijas cayeron de la cama. Temblores físicos. Una hilera de manos que se crispaban al hacer contacto con un tubo de vidrio. En medio de alaridos, las palmas perforadas sangraban copiosamente. Claudia, desnuda —el tubo atestado de manos sobre la cabeza—, recibía la hemorragia con alegría. Su padre entró. La vio reptar y reír sobre un charco de sangre, las cobijas dispersas alrededor. Entre espasmos de garganta cansada, las risas explosivas convulsionaban el cuerpo.

Se irguió. Abrió los ojos al máximo. Estaba sola, sola. Sintió el peso de la claustrofobia y el olor salobre del sudor cuando, de pronto, pensó en el consejo de Rolfo. Lo había recordado poco, pues un impulso emanado de la costumbre la hacía volver a su noviazgo con Carlos, cuyo atractivo, no obstante, se precipitaba al cieno. Claudia, enlodada en esa relación monótona y estéril, no podía continuar jugando con sus emociones. En el cajón, su diario íntimo: todo el dolor, el sentir, encajonados. Debía sacarlos o dejar que se pudrieran sin remedio. Pero seguía confundida, muy confundida…

II

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Henri Matisse: Odalisque a culotte rouge (1921)

«¿Qué hora es?» Cuando las pupilas resistieron la luz, una mirada dulce brotó sobre la media sonrisa de Gioconda, se posó en la esbelta desnudez de su cuerpo y en el brillo del mueble aledaño. Claudia se estiró, bostezó con hondura y desgano: «Ojalá no sea muy tarde». Deseaba prolongar el descanso, pero por fin se levantó. Es un imperativo verse al espejo: los ojos cafés, repletos de pasado y juventud, se resolvían en intensas ojeras.

En aquel momento se acordó de algo que había intentado escribir hacía ya mucho y que abandonó tras la evidencia de su fracaso. Tan sólo su diario atenuaba las ansias de verter ideas y sentimientos, un pequeño diario, compañero en la soledad. Hacía tiempo que no lo tocaba: ¿registrar la pereza con que amanecía? «Vamos a ver». Claudia se dirigió al mueble de la esquina y abrió un cajón. Hojeó el diario rápida, desinteresadamente, como lo haría con una revista en la cola del supermercado, y lo guardó de nuevo.

Un bostezo de aburrimiento la hizo volver al espejo: las ojeras, la mirada, le parecieron más repulsivas. Los labios no aminoraban la resequedad, por más que los humedecía con la lengua. Las mejillas también habían palidecido. Según su madre, la mala alimentación le había adelgazado la cara y el cuerpo. El nuevo corte de su hermoso cabello castaño, al igual que otras realidades (la ropa, la habitación, la casa, la ciudad, su relación con Carlos…), empezaba a causarle disgustos.

«Ah… Qué flojera». Clavó la mirada en las cortinas. Esa noche había soñado con un problema, personificado en un hombre cuyo aspecto trató de preservar. Lo que más la desconcertaba y le hacía mantener la mirada perdida en el guinda de las cortinas era que jamás había visto a ese hombre, aunque su rostro le pareciera tan cotidiano.

Se cubrió con una bata y bajó a la cocina. Su mamá, de espaldas, cascaba un huevo de cuya mitad manaba un chorro de sangre seguido por un embrión putrefacto de pollo; la consistencia babosa, nauseabunda, la hizo cerrar los ojos: «un aborto de gallina», se dijo. El hedor maltrató su olfato y el de su madre, a quien —con los ojos bien abiertos y el asco en la garganta— contempló fijamente, al lado del basurero, donde depositaba, con gestos de repugnancia, el feto espeso y hediondo.

—¡Ya no hay huevos decentes! —se quejó la madre—. Tu abuelo tenía un rancho en Morelos. ¡Qué huevos eran aquéllos!

—¿Y mi papá? —preguntó Claudia.

—Se fue a trabajar.

—¡Esos sí son huevos!

—Cállate, grosera… —La muchacha salió de la cocina y se sentó a la mesa—. En la tarde tengo una cita con el doctor. Me gustaría que me acompañaras.

—No puedo, ma’. Carlos me invitó a comer.

—Mi cita es más tarde, hija. Con que llegues a las seis está bien —La mujer colocó otro par de huevos sobre la mesa y encendió la televisión. Luego se sentó con parsimonia.

—Bueno. Pensaba llegar más temprano —dijo Claudia—. ¿Cómo te has sentido?

—Necesito otra revisión.

—¡Ya no levantes cosas pesadas!

—¡Pues qué quieres! ¡Tengo que hacerlo todo sola!

—No es cierto. Yo te ayudo a veces.

—Sí, hija, pero tú tienes que ir a la escuela. Además, nadie te está reclamando. No pongas esa carita.

Claudia se levantó y apagó la televisión. El silencio engrasó la atmósfera. Repentinamente, la madre se paró y encendió el aparato de nuevo. Apareció un hombrecillo de voz gangosa que anunciaba ofertas de ropa interior «para damas y caballeros».

III

Dos horas antes de salir de clases, Claudia se enteró de que Alicia, una compañera rubia de quien todos murmuraban que era medio rara, iría justo por el barrio de Carlos. A pesar de haber sospechado de ella —por cómo la miraba—, decidió pedirle un aventón.

—¡Híjole, Clau! —dijo Alicia, abriendo sus grandes ojos azules—, me voy en una hora.

—¿No te vas a quedar a química?

—Tengo que ver a Leño. Pero acompáñanos: vamos a un estudio de cine. Luego vas con tu chavo… Ándale —Claudia aceptó: sería la primera clase a la que faltaría.

Después de cincuenta minutos de matemáticas, un señor encorvado con el rostro tapizado de pecas entró en el salón y se subió a la tarima. Todos callaron. El giboso se dirigía al grupo con ademanes pedantes, voz afeminada y un sonsonete invariable. Anunció que no habría química, que atropellaron al maestro, que todos podían retirarse.

—¡Qué bien! —gritó Alicia, acomodándose la mascada que llevaba amarrada al cuello.

—Esta es la mejor noticia del día —dijo otro alumno, dando un golpe de triunfo al aire.

Claudia se vio pronto en el coche de su compañera, rondando la cuadra bajo un cielo plomizo y un ambiente cargado de polución.

—¡Caray! —exclamó Alicia, furiosa—. ¡Leño no está por ningún lado! Mejor vámonos… Acompáñame a los estudios, Clau… Hoy vienes bien guapa.

El coche se estacionó. Ambas bajaron para dirigirse a una puerta negra, sin letreros.

—Vamos a actuar. —Alicia sonrió—. Tú haces el papel de Leño.

—¿El papel de Leño?

—Un perro en celo —la joven rubia se detuvo y volvió a sonreír—: es una obra vanguardista, teatro experimental… tú sabes.

—Prefiero irme. —El entusiasmo de Alicia se transformó en una clara decepción:

—Pero, ¿y si llueve?, ¿y si no está tu novio?

—Lo espero, no te preocupes. —Ambas se despidieron con un beso en la mejilla.

IV

03-la-magia-1Los pasos de Carlos sobre el cemento cubierto de basura se detenían a veces en algún aparador. Su mirada gris obedecía al deseo de satisfacer a Clau con algún regalo, pero no veía nada atractivo. Cada cuadra, a un lado de los motores ululantes y cláxones de distintos timbres, tenía que acomodarse la bufanda o subirse el pantalón, que le quedaba grande. Se detuvo por fin ante un edificio descascarado y oprimió uno de los botones del interfón:

—¿Sí? —contestó una voz masculina, nasal y muy ronca, con tono de disgusto. Carlos preguntó por Mariano, quien no tardó en acercarse a la bocina:

—¡Espérame, compa! ¡El elevador sigue jodido!

Carlos aguardó. En breve salió del edificio un cuerpo chaparro y abultado, cubierto con una chamarra negra. Era Mariano. El rostro moreno claro denotaba una mezcla de extrañeza y disgusto. Reprochó a su amigo el haber llegado tan temprano.

—¿Por qué a estas horas, compa?

—Vine a confirmar lo de Rolfo —aseveró Carlos, con una sonrisa que dejaba ver unos dientes chuecos y amarillentos.

—¿Vienes a confirmar que vas a venir en dos horas? Eso se llama perder el tiempo.

—No, güey; vine a invitarte a comer a mi casa. Tu teléfono estaba ocupado.

—‘Ta jodido desde hace dos semanas, pero ‘ai la llevamos.

—Invité a Claudia.

—Mira, compa —el gordo se rascó la cabeza con una franca actitud de impaciencia—, la casa de Rolfo está más cerca de aquí que de la tuya.

—¡Sí, pero no quería bajarme del camión para subir después a otro!

—‘Tas loco… Ya vengo. Voy a avisar que nos vamos.

—¿Por qué no avisas por el interfón? ¡Tú sí que estás loco!

Mariano oprimió el botón. Se escuchó la misma voz nasal, con el mismo tono enfadado.

—Oye, pa’, voy a comer con Carlos. De ahí nos vamos con Pedro.

Ambos caminaron. Carlos preguntó por qué había dicho que irían con Pedro.

—Mi papá detesta a Rolfo —respondió Mariano—: primero lo vio de lejos y no le gustó nada. Dijo que tenía facha de drogo. Otro día nos emborrachamos en mi cuarto y Rolfo cometió la pendejada de ir al baño y no atinarle a la taza. Dejó un charco que apestaba a madres. Otra vez mi papá salió a comprar jamón y vio a Rolfo orinando en la esquina; delineaba siluetas en el aire, con la verga parada. Por eso ya no lo invito. Sólo voy a su casa de vez en cuando… Hay que tomar un camión en la esquina, compa, vente p’acá.

—Lo sé, güey, si vamos a mi casa. Me muero de hambre. Claudia no debe tardar.

Al llegar, Carlos abrió la puerta. Detrás del rechinido, reconoció a su pareja sentada en el sofá de terciopelo rojo; bebía de una taza de café. En ese momento, la madre de Carlos salía de la cocina. Después de los saludos, él se justificó con Claudia:

—Fui por el gordo, Clau. Pensé que llegarías a estas horas.

—Salí antes porque no hubo química: atropellaron al maestro.

La madre de Carlos hizo una exlamación de sorpresa y regresó a la cocina, desde donde preguntó:

—Pero, ¿quién lo atropelló?

—No sé, señora —contestó Claudia, dejando su taza sobre la mesa de en medio.

—¿Y qué le pasó?, ¿fue grave?

—Quién sabe… Cuando nos dijeron luego luego me vine para acá.

—El gordo nos va a llevar con Rolfo —dijo Carlos, rascándose la mejilla.

—¿Quién es Rolfo? —preguntó Claudia.

—¿No te acuerdas? El que adivina…

—No adivina, compa —interrumpió Mariano—: te dice datos sobre ti que ni conoces, créeme.

—Ah, ya… Me encantaría verlo —afirmó Claudia, entusiasmada— ¿Qué clase de datos?, ¿no es uno de esos charlatanes?

—Es cosa de ir hoy —aseguró Carlos—, pero antes me tengo que cambiar de pantalón…

—¿Hoy? No. Quedé con mi mamá que la acompañaría al doctor. No puedo.

—Lo malo es que también quedamos con Rolfo. Él no tiene teléfono y sólo puede hoy.

—¡A comer! —gritó la madre de Carlos, desde la cocina.

—¡Ya vamos!

—¡Pero no me avisaste ni me pediste opinión! —imprecó Claudia—. ¡Ya le dije a mi mamá que la acompañaría! ¡No puedo quedarle mal otra vez!

—Está bien, pero…

—¡Ya está lista la comida! —volvió a interrumpir la madre de Carlos.

—¡Siempre haces planes sin consultarme!

—Está bien, está bien, Clau…

—¿No puede ser otro día?

—¡Se les va a enfriar! —insistía la madre.

—En dos o tres meses —dijo Mariano.

—¡Carajo! —Claudia miró a Carlos con intensidad—, siempre me pones en conflicto.

Entonces cambió de actitud:

—Voy a decirle a mamá que no puedo ir con ella. Préstame el teléfono.

—¡Si no vienen a comer, levanto los platos! ¿Me oyen?

—Vayan a comer —dijo Claudia—, ahora los alcanzo.

—Antes me voy a cambiar de pantalón. Tú siéntate, Mariano. Ya bajo.

V

Luz roja. El autobús se detuvo. Los rodeaban caras redondas, bigotes recortados, miradas de indiferencia, mujeres obesas bañadas en perfumes hirientes y vestimentas grises, sudadas. Vientres hinchados como gargantas de sapo, cortes al ras que mostraban cráneos accidentados, morrales colgando de los hombros, letreros blancos sobre construcciones altas y cuadradas. La tarde se tornaba en noche y el calor se hacía insoportable. Sudor, alcohol barato y joyas de fantasía aderezaban los cuerpos flácidos y agresivos.

—Me gustaría vivir por allá —dijo una niña a su padre.

—A mí no me gusta nada esta colonia.

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Hildegarda von Bingen recibiendo la inspiración divina (ca. 1180)

Las piernas de Claudia exigían descanso. ¿Qué hacer? No se atrevía a pedir un lugar a nadie y menos a tomarlo por la fuerza. Mientras fantaseaba con eso, observó a un niño de aspecto sucio arrodillado sobre el asiento: miraba por la ventanilla con las manos adheridas al vidrio. Justo entonces, como si el azar hubiera escuchado sus ruegos, Claudia sonrió con los ojos: un señor abandonaba su lugar. Ella dio un paso para acercarse y alcanzó a colocar la mano sobre el asiento, pero apenas se adelantaba cuando una gorda de edad madura se abalanzó y se sentó sobre su mano. El triunfo de la mujerona, impregnado de gestos rojos, mezcla de orgullo y soberbia, irritó a la muchacha. Aún faltaba cubrir la mitad del trayecto para llegar con Rolfo: había que cruzar la glorieta del Metro Insurgentes y apenas estaban en San Ángel. El tráfico era desesperante. Claudia sacó la mano de entre el asiento y las voluminosas nalgas de la mujer.

Más tarde una anciana se levantó. Carlos ocupó su lugar. Sin lograrlo pretendió cedérselo a Claudia: los separaba una gran distancia; además, no se veían. Podría gritarle: «acércate» o «ven», pero ni siquiera se le cruzó por la mente. Cuando por fin se le ocurrió, escuchó a Mariano:

—¡Claudia, Carlos, bajamos en la parada! —Carlos se levantó de prisa, para que su novia no viera que había ido sentado.

En la calle, la gente circulaba en todas direcciones.

—Ahora tenemos que caminar cinco cuadras —dijo Mariano.

—¡Pensé que estaba más cerca! —Carlos parecía de mal humor.

—Creí que ya habías venido —Claudia lanzó una mirada inquisidora a su novio.

—No, por eso quería venir hoy… Oye, no me dijiste qué te dijo tu mamá.

—Se enojó.

—¿Qué te dijo?

—Que era mala hija. Chantajes. No me creyó cuando le dije que tenía que hacer cosas de la escuela… —Clau sonrió con ironía. Carlos recordó la riña que él y su novia tuvieron una vez, justo por no haberle creído que ella tenía trabajo escolar. Ese mismo día Carlos fue a casa de su amigo Gabriel. Al llegar, se asomó por la ventana: vio a Claudia y a Gabriel manoseándose. Aquello abrió una brecha irremediable entre los tres. Carlos tomó la sonrisa de Claudia como un tapabocas a su curiosidad y verificó que la indiferencia de ella seguía vigente, pero ahora saturada de cinismo.

—Mariano —murmulló Claudia—, ¿cómo es Rolfo?

—Es un tipazo. Le fascina la gente misteriosa. Tiene sus mitos propios.

—Me dijiste que a veces se contradecía —balbuceó Carlos.

—Todos lo hacemos.

—¿Cómo se apellida?

—Leño —Claudia recordó al amigo impuntual de Alicia, pero no dijo nada.

El edificio de Rolfo era viejo, de los que sobrevivieron al terremoto. La entrada siempre estaba entornada. Aunque agotados, los tres amigos subieron las escaleras hasta el cuarto piso. Mariano tocó la puerta marcada con el número 401.

—¿Quién? —se escuchó una voz ronca.

—Soy yo, Mariano… Aquí están los amigos que te dije.

Rolfo abrió. Aparentaba treinta años. Corto de estatura, greña larga, negra, rizada, piel morena. El bigote enhiesto se introducía por la comisura de los labios hendidos. Lucía una barba puntiaguda y mefistofélica bajo la boca chimuela. Después de las presentaciones, Carlos y Claudia se sentaron en un diván; Mariano y Rolfo, sobre el piso.

—¿Qué tal, gordo? —preguntó Rolfo, preocupado.

—Bien —contestó Mariano, con alegres gesticulaciones. La gravedad de Rolfo desapareció.

—Dame la bola.

Mariano le dio una bola de billar que Rolfo apretó con fuerza; la sobó, como queriéndole sacar brillo, y la arrojó por la puerta abierta de la alcoba.

—Siempre lo mismo.

—No comas un día y sufrirás, con más razón ella —Rolfo señaló a su habitación—: siempre come a estas horas.

Los cuatro bebían y fumaban. Mariano terminaba su décimo tequila, con avidez, cuando una retahíla de claxonazos hicieron recordar a Carlos cierta noticia que había escuchado meses atrás: «Lo balaceó a mitad de calle porque le mentó la madre con el claxon».

—Algunos, en vez de nalgas, deberían tener aguijón —increpó Carlos.

—So’on la’ersonas que nos rodean —masculló Mariano, aguardientosamente—. Es in-ter… esant’ ver cómo se’ivierten.

—¡’Tas bien pedo, cabrón! —musitó Rolfo.

—No… Digo qu’es inte-resant’ ve’ cómo se’ivierten…

—Deberían divertirse con su culo —dijo Carlos, estentóreamente—, en vez de asesinar al azar a los que hacen ruido o mencionan a sus madres. Es parte del pinche subdesarrollo mental, sin importar clases económicas. Tienen mierda en el cerebro, ¡y agrégales alcohol!, ¡pobrecillos! —Rolfo miraba de soslayo las expresiones de Claudia al escuchar a su pareja—: es la única palabra que se me ocurre: ¡pobrecillos! Unos insultan y amenazan en la cantina; otros andan en carros último modelo, deseando matar al gusano que se les cierre por la derecha. Luego trato de olvidarlos y no puedo, son como las moscas, están en todas partes. Un día sus cráneos van a estallar y voy a ver la caca evaporada que contenían.

—Exageras. Esto pasa en todas partes —repuso Claudia.

—Sucederá en todas partes, pero YO —Carlos le dio más énfasis a esta última palabra—, ¡yo vivo aquí!

—Está bien —interrumpió Rolfo—, cambiemos de tema. Yo alimento mi cuarto todas las noches. Me lo enseñó la mujer que descubrió mi don. Conozco el arte de ver el interior de una persona. ¿Quién empieza?

—Carlo’ —dijo Mariano, señalándolo con el meñique.

—Extiende tu mano y ponla aquí —Carlos la colocó sobre un objeto gris en forma de montaña, con circunvoluciones estilo cerebral, que Rolfo había estado acariciando.

—¿Y bien? —El hombre tomó su mano derecha y vio las yemas de sus dedos.

—Siento una presencia muerta en ti, pero viva.

—¿Cuál?

—Olvídalo; todo está dicho.

—¿Es Claudia?

—Es una presencia femenina. Va más allá de tu conocimiento. Ya lo vas a saber.

—No conozco a nadie.

—¿Tienes problemas con alguien?

—Discusiones, puntos de vista distintos, pero problemas serios, no.

—No estás a gusto. Aúllas por la diversidad.

—¿Aúllo?

—Eras lobo —Carlos pensó en la charlatanería de Rolfo—. Pero tranquilo. La semana pasada vino un señor, uno de esos acomplejados que a cada rato quiere ser déspota o pequeño ejecutivo; fue cucaracha antes de nacer. Claro que no se lo dije.

—¿Nos’odrías ‘ecir lo qu’eras andes, Rofo?

—Yo vine al mundo como hombre. Los que no sufrimos cambios, tenemos el don de conocer a los demás. Nacimos para ser hombres.

—¿Y al morir? —inquirió Carlos.

—Quizás un árbol, como lo fue Mariano.

—¿Y todos los que nacieron por primera vez hombres, tienen este don? —preguntó Claudia, sardónica.

—Sí, pero pocos se dan cuenta. Por ejemplo: hace dos semanas vinieron dos hermanos, una mujer y un hombre. Tenían graves problemas. Ellos eran uno antes de nacer. Es un caso raro de bifurcación anímica. El hombre no puede hacer el amor porque eyacula la materia gris de su cerebro y se vuelve cada vez más tonto. La mujer, en cambio, menstrúa mermelada de fresa. Cuando descubrí que eran uno (de hecho, nacieron siameses), casi se mueren. Ahora pueden tener más cuidado.

—¿Más cuidado? —preguntó Carlos.

—En morir felices.

—¡Yo me suicidaría!

—¿Y si muere uno antes que el otro? —inquirió Claudia.

—No importa. Son seres individuales.

—Qu’ec-straññ… —Mariano se echó para atrás y eructó con fuerza.

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Máquina de coser electrosexual (1934), de Óscar Domínguez

—Cerdo… Uno de los casos más raros —continuó Rolfo—, es el de un adolescente que se masturbaba con la foto de una chava virgen. Ella quedó embarazada: el muchacho antes había sido espermatozoide. Quizás los cambios acaben. No se puede saber. Algunos se convierten en microbios o moléculas; otros, en átomos o neuronas. La gente estéril era neurona no apta para la sinapsis. Hay muchísimos seres a nuestro alrededor: ¡vibran dentro de nosotros!, ¡entre nosotros!, ¡con nosotros! —Rolfo se cubrió el rostro con las manos y lanzó un grito aterrador—. ¡Respiran! ¡Respiran! –Claudia y Carlos se vieron con extrañeza.

—Qué tonto —exclamó Claudia—, me da risa. ¡Y a esto vine!

—¡Una escéptica más! Sólo falta que seas nihilista.

—No soy nada de eso. En todo caso, soy agnóstica. Me parece muy tonto tu concepto de la transmigración.

—Por suerte sólo es de él —dijo Carlos—; a mí también me parece ridículo. Al fin y al cabo, la única verdad que existe es que no existe la verdad.

—Sin-cerament’ io, io sí crrr’eo.

—Sé por qué no cree tu amigo, pero no… ¿cómo te llamas? Se me olvidó tu nombre.

—Claudia.

—Bueno, Claudia, ¿quieres que te diga algo, o no?

—A eso vine.

—Pon tu mano sobre la montaña —Rolfo se acariciaba la barba mientras clavaba la mirada en las uñas de la muchacha.

—Hay una presencia femenina muerta. Tus senos han sido blanco de sus miradas. Está viva. ¿Puedes quitarte la camisa y el sostén?

—¡No!

—Le gustas a tu amiga y en el fondo ella te gusta. Quisieras salir de la ciudad con ella. Detestas el anquilosamiento. Te hace falta viajar —Claudia sólo sonreía.

—¿Y qué era yo antes de nacer?

—Eras… orquídea.

—¡¿Orquídea?! ¡Detesto las orquídeas!

—Por eso estás así. Desde que empezaste a cobrar conciencia te has sentido miembro de una especie hambrienta, inclinada a la pereza, al pragmatismo irreflexivo, al utilitarismo castrante, al funcionalismo pedorro. Nuestra especie ha perdido la magia con que explicaba el mundo. Añoras volver a la hechicería, al mito, al sacrificio, a los rituales repetitivos. Pero nunca lo creerás. Con el progreso ganamos tiempo. Todos se enclaustran en fascinaciones culturales, no son asiduos en nada. ¿Qué edad tienes?

—Diecisiete.

—Ya sabes que la especie ha enfermado. ¿Puedo ver tus senos? —Rolfo trató de manosearla. Carlos se quedó petrificado.

—¡No!, ¡quíteme las manos, loco! ¡Usted también es un autómata!

—¡Yo soy tolerante con lo distinto! ¡Sólo quiero ver las miradas de tu amiga; esas miradas que han penetrado tus camisas, te pueden dar cáncer de mama! ¡Quiero lavártelas!

—¡Este tipo está bien pendejo! ¡Pobre diablo! —exclamó Carlos—. ¡Vámonos!

—No, espérrat’, Carlo’.

—La gente —continuó Rolfo— se va volviendo fría y una misma. Su sensibilidad se petrifica, se hace mecánica. A veces toco la piel de mis clientes, pero no es piel, es plástico.

—Supongo que cobras caro, cabrón.

—Lo que me quieran dar.

—¿Y de qué vives, güey?

—Soy actor —afirmó Rolfo—, encarno a varios animales—. En eso, Mariano se levantó. No pudo dar un paso y vomitó un caldo blancuzco sobre la mesa de en medio. Luego se balanceó y cayó, babeando, en el diván, donde cerró los ojos.

—¡Puerco!… —gritó Carlos—. Ahora sólo falta que este actor nos ponga a hacer una orgía.

—¡Cállate! —exclamó Claudia.

—Un viaje —Rolfo prosiguió con calma— te ayudaría a recobrar la sensibilidad que has ido perdiendo; debes reencontrarte contigo misma. Todo depende de ti –Claudia no dijo nada. Recordó al hombre de su sueño, a ese problema personificado a quien vio como todo lo que debía evitar: la familia, Carlos, la escuela, la ciudad entera… El silencio se hizo tangible por varios minutos, hasta que Mariano, reincorporándose, lo rompió:

—A’ropósito, Rofo: ¿no’ienes algo de’o-mer?

—Hay chancros de pigmeo. ¿Quién quiere?

—Yo —dijo Mariano. Carlos y Claudia negaron con la cabeza. Rolfo se levantó, fue a su cuarto y regresó con un plato de nueces.

—Vas a tener que limpiar tu gracia, cabrón —le dijo Rolfo, en tono jocoso. Mariano se levantó. Lo mismo hicieron Carlos y Claudia, quienes lo sostuvieron para que no se tambaleara.

—Yo dambién tengo qu’irme. Nos’amos al terr’minar de’omer.

—Pero no puedes irte así. Chupaste demasiado.

—N’es nada. Esto’ien. ¿No te’ustan las’iruelass? —Mariano agarró a Carlos de la solapa.

—¡Suéltame, güey!

—¿Eh?, dime, compa, ¿te’ustan?, ¿te’ustan?

—Ya nos vamos. Gracias por todo. ¿No importa que se quede el gordo?

—No —dijo Rolfo—. Pero antes les voy a arrojar un escupitajo más: el que quiera vivir en lo sagrado, debe buscarlo en sí mismo, ¿eh? —Rolfo le guiñó el ojo a Claudia.

—Mediante el alcohol y las drogas, supongo —afirmó Carlos, irónico.

—No, mediante la introspección. Hasta los recién nacidos nacen cansados.

—¡Es que fueron ciclistas antes de nacer!

—Ya no tienen nada que arriesgar, no hay fe ni en el arte. Sólo creen en la utilidad, en lo rápido y en lo cómodo. ¡Todo para morir y heredar la estupidez!

—¿’Uándo qu’eres que rregres’?

—Cuando quieras. Vengan mañana, si quieren.

—Yo, nunca más —dijo Carlos.

—Es que… Como sem’prrie me’ices qu’en tantos meses, yo pensé…

—Sí, pero voy a estar desocupado por un mes.

—¡Hubiera podido acompañar a mi mamá! Sólo me das problemas, pinche Carlos.

—¡No sabíamos, caray!

—Sí, sí sa’iamos, com… pita.

—Cállate, imbécil, que le acabas de preguntar a Rolfo.

—Rofo siemprr’ie cuenta el tiempo esac… to. Si ‘ice que re-gre-ses en dos meses…

—¡Acuéstate, cabrón, y cállate el hocico! —Carlos le dio un empujón. Mariano cayó sobre el diván. Ya no pudo levantarse. Carlos y Claudia se despidieron.

—En realidad —le dijo Rolfo a Mariano, ya a solas—, Claudia no era orquídea, sino gato-conejo, uno de’esos casos híbridos. Tengo un gato en el clóset, pero no me gustan los conejos. Por eso no le dije: hubiera reflejado mi disgusto. No le digas a la chavita, ¿eh?

—Aquí hay gato encerra… A’iós. No le voy a’ecir naaa. No le ‘oi a’ecir naaaa…

VI

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Maude ’77, de John Kacere (1920-1999)

Claudia intuyó que la presencia femenina de la que habló Rolfo era nada menos que Alicia. Durante la semana siguiente, la muchacha se fijó en el modo como miraba sus senos. Ella sólo creía en las coincidencias. Para Rolfo, no existían. Claudia regresó con él, quien le «extirpó» las miradas de Alicia. Claudia y Rolfo hicieron el amor como perros en celo. Mutuamente se quitaron las ropas, aunque seguían de pie. La luz del exterior penetraba por los resquicios de la puerta. Sólo existía la luz íntima de un par de velas para contemplarse los cuerpos entre besos, caricias tiernas y el olor dulce del perfume mezclado con el sexo y el sudor. Los gruesos muslos de Claudia, el contorno de sus nalgas, la suavidad de su piel, su mirada profunda, el olor fresco de dos cuerpos luego del baño, las sombras que se proyectaban en la pared, la música lenta y sensual de una cítara hindú… Todo era motivo de fiesta y regocijo. Él pasó sus dedos sobre la raya de las nalgas femeninas, de arriba abajo; apretó una, apretó la otra y así llegó al vello púbico, donde acarició el clítoris mientras la otra mano hacía lo mismo con uno de los pezones erectos. Claudia sostenía el miembro de Rolfo, lo acariciaba, lo jalaba con lentitud. Ella se agachó, lo introdujo en su boca y succionó, lamió mientras él continuaba acariciando sus pechos. Entonces se subieron a la cama. La boca de él besó el castaño triángulo del sexo, absorbió y lamió la cálida humedad que emanaba de la hendidura vellosa. Interrumpía su labor por un segundo para sacarse algún vello que se le había pegado en la lengua, la cual se sumergió en la vagina y jugó y vibró y recorrió ingles y muslos al tiempo que la boca y la lengua de ella recorrían el pene de la punta a los testículos. Así estuvieron por un tiempo incalculable. La música permanecía lenta, casi estática, pero poco a poco insinuaba que no tardaría en aumentar la velocidad. Ella se colocó arriba, derramando sus senos sobre el rostro de él, cogió la verga a punto de estallar de tan hinchada y erecta, y se la metió en el coño. Un jadeo, un suspiro. Ella se movió con lentitud en lo que él succionaba uno y otro pezón, alternativamente. Entonces cambiaron de postura. Ahora de lado. Rolfo tomaba las
prominentes caderas y hacía chocar las nalgas contra su vientre, ahora al ritmo veloz de la

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Reclining nude, de Paul Sieffert (1874-1957)

música. Una vez se vinieron juntos. Ambos cuerpos fueron fulminados entre quejas y suspiros, desintegrados en medio de la más absoluta impersonalidad que conlleva la entrega. Claudia dejó de ser Claudia. Rolfo dejó de ser Rolfo. Ella tuvo siete orgasmos; él, sólo dos. Pero eso era lo de menos. El goce de todos los sentidos no tuvo límites y ambos amantes decidieron que el placer era lo único por lo que valía la pena vivir.

El hombre le confesó a Claudia su escepticismo: le dijo que había inventado todo lo que dijo en aquella reunión sólo para conocer las reacciones amargas de Carlos, de quien ya le había hablado el gordo. «¡Pobre Mariano —se decía—, lo traigo tan hipnotizado!». Claudia volvió a casa, quizá decepcionada de la personalidad de Rolfo, aunque no de su potencia sexual. Semanas más tarde le escribió desde España una carta sin remitente, en la que explicaba todo lo que le había ocurrido antes y después de conocerlo: su proyecto frustrado de escribir, su diario abandonado, sus padres, la escuela, Carlos, sus maestros… Esta es la parte final de su carta:

«Encendí la luz. Vi el reloj: las seis de la mañana. Todos seguían dormidos. Vi también la fecha: veintiuno de julio, único día del mes en que podía retirar mi dinero de la cuenta de inversiones (todos los ahorros de mi vida). Tuve una pesadilla horrible. Muchas manos se insertaban en un tubo de vidrio, sobre mi cabeza. No entiendo de sueños, pero me llenaban de sangre. Yo reía como una loca. Mi ropa estaba por todos lados. Luego creí ver a mi papá. Al despertar, estaba hastiada de todo. Si no actuaba con frialdad, jamás actuaría. Me levanté, me vestí con rapidez y saqué una maleta grande del guardarropa. La puse sobre la cama y empecé a llenarla. Descubrí mis manos llenas de vida y me di cuenta de que las manos inutilizadas y sangrantes representaban mi abulia, mi apatía, mi desgano. Lloré: mi pasado también se iba conmigo a otro lugar. A la vez, nunca me había sentido tan cínica: la trillada historia de la adolescente que se va de casa. Pensé en Carlos y me apuré en llenar la maleta. Lastimarlo era, en esos momentos, como hacerse una limpia, como pasarse un huevo por el cuerpo. ¡Con razón había salido un aborto de gallina en mi desayuno! Ahora entiendo que no hay casualidades ni coincidencias. Cerré la maleta. Mis manos estaban vivas, pero la confusión me invadía. Luego de acordarme de que estaba poniéndole un punto final a mi relación con Carlos y con mi familia, abrí el último cajón del mueble de madera y saqué mi pequeño diario, mi compañero, el diario que no me atrevía a tocar desde hacía tanto tiempo, tanto que incluso ya lo había casi olvidado. Decidí ponerme a escribir».08-clip_image00225

Luces opacas

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Juan Antonio Rosado Zacarías

 

Lo único que podíamos distinguir en la más absoluta oscuridad era la luz de los fanales proyectada sobre la carretera llena de baches. A cada vuelta, en aquella sucesión caprichosa e interminable de curvas, los arbustos marchitos nos mostraban el aspecto incierto de la noche. Todo parecía infinito en la estrechez del camino. Llevábamos una hora sin música, en silencio, casi sin hablar y acaso aburridas de nosotras mismas, cuando Elisa empezó con su insistencia en bajar del coche. Se volvía a mí con los ojos bien abiertos y el largo cabello negro recogido, desparramando ansiedad infantil por los cuatro costados. Le pedíamos que esperara a que el tramo de curvas llegara a su fin para que pudiera bajar y hacer sus necesidades tranquilamente, pero no hacía caso: cada cinco minutos se obstinaba en bajar. Llegó a dar de manotazos en el aire mientras brincaba en el asiento trasero, en medio de lo que hubiera parecido la urgencia de su vida. Luz María, que ya reflejaba desesperación por las constantes curvas, comenzó a exasperarse por la insistencia de Elisa. Me daba gracia contemplar por el espejo retrovisor la nariz aguileña y ojos saltones, que parecían desprenderse de la tez morena como si tuviesen resortes. En un momento dado, después de amenazar a la tonta de Elisa con la soledad del camino si seguía repitiendo que estacionara el coche, Luz frenó con brusquedad, fingiendo que pretendía detener el vehículo. Escuchamos los rechinidos del caucho sobre el pavimento y de un instante a otro, casi sin darnos cuenta, la puerta trasera se abrió y nuestra amiga bajó con rapidez, se escabulló perdiéndose en la profundidad abismal que ni siquiera se vislumbraba detrás de los arbustos amarillentos.

—¡Ey, para el coche! —le ordené a Luz—; ¡Elisa se fue!

Luz María apagó el motor. Con el miedo de que algún artefacto pudiera golpearnos por atrás, puso las luces intermitentes. Pude observar su gesto de fastidio por el espejo retrovisor tras un largo quejido de Teresa, la copilota:

—¿Y ahora qué hacemos?

En principio, decidimos esperar a que nuestra amiga volviera, pero después de media hora no soportamos más y, preocupadas, bajamos. El frío nos congelaba los huesos, a pesar de las chaquetas, los pantalones de mezclilla y las bufandas de lana. Teresa era la única que andaba en camisa corta, sin sostén, mostrando el contorno de los senos pequeños. Luz abrió la cajuela y sacó una linterna.

—¿Para dónde se habrá ido esa loca? —preguntó Teresa con desdén. La dureza de sus ya de por sí rasgos duros y un poco masculinos se acentuó considerablemente.

—No tengo ni idea —respondí, echándome el cabello hacia atrás.

Después de unos minutos de silencio y expectación, caminamos hacia el lugar donde Elisa había escapado, a varios metros del coche. Una pendiente algo pronunciada, con un estrecho camino formado quizá por las pisadas de muchos campesinos durante años y años, era el único pasaje adonde nuestra amiga había podido dirigirse. Resolvimos bajar.

—Está muy oscuro. ¿No les da miedo? —Después de decir eso, Luz María arrojó la luz de la linterna al fondo de la pendiente. La vía para descender se bifurcaba en medio de matorrales, árboles mutilados y arbustos amarillos. Parecía que no había llovido durante años.

—Hay que buscar a Elisa —dije.

—¿Y si nos perdemos? —preguntó Luz.

—No podemos dejarla sola.

—Pues vamos…

—Ay, espérate.

—¿Qué te pasa, Tere?

—Me estoy congelando. Voy por mi suéter al coche.

Teresa regresó al coche y sacó un suéter de alpaca del asiento trasero. Su aspecto cambió después de ponérselo. Un poco en broma, Luz María le alumbró la cara. Lo intenso de la pintura café de sus labios hacía juego con la prenda.

—Bueno, bueno, ya vámonos —dije.

Abandonadas a nuestras emociones más contradictorias, a mitad de la negrura y el sonido cada vez más intenso de los grillos, el tiempo transcurrió con lentitud, sin que pudiéramos hallar ningún indicio de nuestra amiga. No había remedio: teníamos que volver al coche. Tal vez ella ya estaba ahí, esperándonos impaciente, y si no, tendríamos que darla por perdida y solicitar ayuda para regresar a la mañana siguiente.

—¡No sé cómo no pudo aguantarse! —le reprochó Teresa.

—Creo que tomó mucha agua —dijo Luz.

Dimos media vuelta y caminamos sin detenernos. El fulgor de la linterna se atenuaba conforme avanzábamos; los rostros perdían sus fisonomías y con la creciente oscuridad se volvían más vagos e inciertos. ¿Cuánto faltaba para llegar? «Una hora», dijo alguien a quien no pude identificar porque incluso las voces se confundían con el sonido de los grillos y otros bichos. No sé cuántos minutos pasaron, pero otra amiga, creo que Tere, volvió a preguntar: «¿Cuánto falta?» «No sé», respondí. Al cabo de otro largo intervalo de tiempo, en que el camino se hizo más recto y estrecho, interrogué de nuevo: «¿Cuánto falta, cuánto, cuánto falta?» Y escuché: «Paciencia; sólo dos horas». ¿Quién lo dijo? Imposible saberlo. Caminamos arrojando la escasa luz de la lámpara por aquí y por allá, una y otra vez, sin hallar ningún sendero definido.

El amanecer coincidió con la muerte de las baterías de la linterna, pero era un amanecer cuya luz resultaba distinta a la de otros amaneceres: una luz mortecina, débil, como opacada por la sequedad de los arbustos y la intensidad café de los troncos enanos, que combinaba con las áridas veredas, que a su vez conducían siempre a la misma tosquedad y antipatía de los arbustos.

—¿Que cuánto falta? —preguntó Elisa, a quien de repente descubrimos varios metros adelante de nosotras, con una especie de bolso de cuero colgado del hombro. Entonces supe que su voz había estado con nosotras durante una buena parte del trayecto.

—¡Elisa! ¿Pero dónde diablos andabas, loca?

Ni siquiera nos miró. Seguía caminando como si no me hubiera oído.

Pronto nos encontramos en una encrucijada. Elisa nos hizo tomar hacia la derecha. La vereda era pedregosa y medio ondulada. «¿Cuánto falta?, ¿cuánto falta?», pregunté. «Creo que como dos horas y media», escuché a Teresa. Pensé entonces en las luces del carro. Con toda seguridad estarán fundidas cuando lleguemos, si es que algún día llegamos. Al cabo de dos horas, Tere preguntó: «¿Cuánto falta?, ¿no saben? Tengo hambre». Luz María cree que aún faltan tres horas.paisaje

—Falta mucho más —dijo tranquilamente nuestra guía, Elisa, quien tal vez se burlaba de nosotras. ¿Adónde quiere llevarnos? Sólo responde cuando le preguntamos cuánto falta. Si tratamos de alcanzarla, se va corriendo y nos amenaza con escabullirse. Hemos arrancado muchas hojas secas, tan secas como nuestras gargantas. Alrededor sólo hay malezas, hojarascas, los mismos monótonos arbustos verdes o amarillos. Todo es desesperadamente igual. El sol ha salido por completo y puedo adivinar la hora. Nunca me gustaron los relojes…

De repente, nos vimos en medio de un paisaje lunar, lleno de rocas, la mayoría de ellas de origen volcánico. El viento soplaba con insistencia. Elisa volvió la cabeza: no había brillo en sus ojos. Con una sonrisa cadavérica y un rostro cada vez más pálido, empezó a internarse en la espesura de lo que parecía ser un inmenso bosque. La ya de por sí poca claridad del cielo fue perdiéndose en la medida en que nos internábamos en la incertidumbre de la vegetación. Nada comprendíamos. Sólo estábamos seguras de que seguir a Elisa era el único camino.

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«Luces opacas» fue escrito a mediados de los 90 del siglo pasado. Tal vez lo esencial de este cuento sea la atmósfera de ambigüedad e incertidumbre. Fue recogido en el libro Las dulzuras del Limbo con el título «Las luces opacas». Aquí aparece con leves modificaciones.

 

Vuelta de paseo

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Dibujo de Eduardo B. Rosado

 

 

Juan Antonio Rosado Zacarías

 

I

Sin pestañear en medio de la corriente de aire, observó el muro que rodeaba la azotea y se apresuró hacia él con los puños cerrados y el ceño fruncido. Subió con tranquilidad. Apenas un zapato cabía sobre el ancho del muro, en el borde del edificio, en el filo de cemento donde el inicio de lo que en otras circunstancias le habría producido un vértigo feroz fue domado por sus ánimos. El hombre se dejaba recorrer, bajo el cielo gris, por un regocijo lleno de ingenuidad. Un breve tambaleo lo ubicó sobre su ruta de equilibrista frustrado. Como una mano que se alarga para dejar caer los dados, la azotea parecía difundir, en toda su extensión, el revoltijo abrumador de hoteles, casas, rascacielos, calles, avenidas, personas, vehículos diseminados por una ciudad envuelta en humo, cuyos límites era imposible discernir. «Los hombres se ven tan minúsculos desde aquí, los coches tan insignificantes… Parecen bichos inofensivos. ¿Qué ocurriría si me cayera, si aplastara a alguna anciana o a algún niño? ¿Y si ese niño fuera mi hijo Mario, qué reacción tendría mi mujer? Es divertido pensarlo, sólo pensarlo. Ay, debo concentrarme. Cualquier pinche piedra puede hacerme resbalar y entonces… ¿y entonces? ¿Qué haría Marta sin mí? ¿Qué harían mis hijos? ¿Qué haría Mario, con su soberbia y falta de cariño?».

Caminó con lentitud. Un zapato se acomodaba frente al otro. Lograr el equilibrio con los brazos era retar a la muerte de concreto. Apenas se distinguían los cláxones y el ruido de los autobuses. El hombre escupió a la calle con desprecio y trazó en el semblante una sonrisa furtiva. «Ojalá mi gargajo se haya descalabrado en la calva de algún idiota». Volvió a contemplar sus pies apoyados sobre el azar, la separación entre luz y sombra, la conclusión en el pavimento que revoloteaba como avispa en el interior de su estómago: un leve tambaleo, una distracción y… «caer, no burlarse de la fuerza de gravedad; caer de este edificio, del trabajo, de la familia… Y esa maldita gente, ¿estará hablando de mí? Que se vayan a la chingada…».

—¡Pinche loco! ¡No nos vaya a aplastar!

—Hombre, casi ni se ve desde aquí.

—Mejor quítate, güey.

Esa mezcla de loco y cirquero que irrumpió en la normalidad de una tarde citadina dio unos pasos para adaptarse a su nueva situación sobre la barda de cemento. Se detuvo. El aire agitaba la breve melena y enfriaba el rostro desvelado. Se quitó el saco, lo colocó sobre el muro, planchó con la mano su corbata negra, programó la alarma del reloj y se tendió sobre el borde para dormir. Una pierna colgaba hacia la calle; la otra reposaba sobre el paredón. «Carajo… Tener que bajar después, continuar el trabajo en medio de escritorios, papeles, computadoras… Eso sí que es depresivo». El placer se tornaba más intenso entre más lo invadía la sospecha de que cualquier giro lo haría caer.

Al despertar, apoyó las piernas sobre la azotea. Detuvo la alarma, se puso el saco y bajó con torpeza las escaleras de caracol. Aunque no recordaba su sueño, en el ascensor experimentó un extraño sentimiento de armonía con todo lo que lo rodeaba. Esa noche recordó la hazaña como si se tratara de una vieja historia, o acaso de un sueño de la infancia, cuando su único deber era el placer, la ilusión por expandir durante meses los efímeros momentos de alegría.

 

II

Acostado sobre la cama, boca arriba, con las manos bajo la cabeza y la mirada clavada en el techo, Arturo Tulela dejaba que la modorra matinal tapizara sus párpados. Sus ojos —globos saturados de lagañas resecas— capturaban el techo, que le apresaba la conciencia y entumía sus músculos. Arturo se sintió cerca de lo que alguna vez consideró como perfecto: por fin compartía su espacio con una mujer. «Por fin trabajo en una oficina para vivir con dignidad». Por fin podía ver juguetear a sus hijitos en la sala. «Por fin duermo relajado frente a un televisor». Ahora estaba seguro de que el ciclo trabajo-vacaciones o tensión-recompensa se prolongaría hasta la jubilación. «No hay motivos para sentirme mal. Lo principal es tratar de ser como el resto de la gente. Mario no lo entiende. Sus ambiciones de ser rico y famoso lo van a decepcionar. La vida es dura y él no quiere terminar como yo, de gato en una pinche oficina. Su madre lo ha convertido en un chavo petulante. A sus doce años ya está echado a perder. Yo siempre quise ser héroe en las películas de sexo y violencia. Soñaba con las admiradoras pidiéndome autógrafos y me veía dándoles la mano a los políticos y directores. Mario no entiende que la vida es dura y me reprocha lo que soy. Más que un niño parece un adolescente. Su madre tiene la culpa de todo».

Sin embargo, aunque sabía que tenía lo necesario, Arturo sintió, sin poderlo expresar con claridad, que su vida era sólo una repetición invariable, incompleta, una vuelta en redondo —la expresión círculo vicioso lo deprimía— que se burlaba de sus anhelos y decisiones, de la pasajera felicidad.

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Dibujo de Eduardo B. Rosado

Tan pronto como acomodó las ideas, creyó olvidar todo; quiso levantarse, tomar el Metro como de costumbre, llegar a la oficina, fijar en el semblante la misma sonrisa forzada de siempre, comer, «seguir trabajando hasta la noche, regresar a mi casa, vencer la resistencia de mi esposa, desnudarla y luego dejarme desnudar por ella, acariciar sus nalgas y muslos, jugar con sus senos cotidianos y hundirme en su cotidiana vagina, en busca de un orgasmo cotidiano, todo a la orden del reloj tictac, tictac, tictac…»

Algo impedía el olvido: un hueco… El tiempo se hacía espeso, empalagoso, lento; el olvido de la noche anterior, patente. Le interesaba su estado: ¿cuál era el sentido de lo que había hecho?, ¿cuál el móvil que lo impulsaba a trabajar por una familia? Ninguno, sin dudas: «un hueco. Tal vez Mario pueda lograr lo que yo no logré… Pero quisiera que su desprecio se acabara. Yo nunca fui así con mi padre. Ahora, a mis cuarenta y ocho años, me doy cuenta de que siempre lo admiré y traté de imitarlo en todo. Creo que eso es lo normal, pero no en Mario. No sé lo que ocurrió para que el niño dejara de acercarse a mí como antes».

Arturo volvía a los años de infancia. Observaba la igualdad de gestos, actitudes y convicciones de quienes lo rodeaban. Vio sorpresas agradables, anhelos truncados… «Caray, qué flojera. Quisiera dormir toda la semana… Estoy harto».

En esos instantes Mario, con la mirada brillante y cierta inocencia en la sonrisa que alegraba un poco el triste uniforme escolar, salía de casa con un «hasta pronto» cuya agudeza resonó en los oídos de Tulela. A veces era incómodo para el niño regresar de la escuela por el camino más corto, ya que era necesario pasar frente al edificio donde trabajaba su padre, a quien, no hacía mucho tiempo, había visto —a través de la ventana de un restaurante— besarse con una rubia pintarrajeada, que emitía vulgaridad y mal gusto por los cuatro costados. Desde entonces la imagen de su padre se desplomó.

Mario nunca dijo nada. «¿Para qué alarmar a mi mamá? ¿Para qué decirle que su esposo la traiciona? Ella siempre ha sido celosa; ella misma se lo dice a mi papá: “soy muy celosa”…». Su madre lo despidió con un beso en la mejilla, que el jovencito recibió mientras Arturo seguía en la cama. Recordó cuando le propuso matrimonio a Marta —dispuesta en ese momento a preparar el desayuno de los otros niños—, y un retortijón invadió su estómago al evocar la respuesta: «está bien, ya lo pensé: vamos a casarnos».

Después de tanta indecisión, motivado por chispazos imaginativos, el señor de la casa intuyó con júbilo que el hueco que sentía podía llenarse. Arturo trabajaba mañanas y tardes, cinco días a la semana. Disponía además de tres horas para comer: de una a cuatro de la tarde. Al pensar en esas horas, surgió la solución de su malestar: ese vacío asfixiante, ese hueco —se repetía obsesivamente— podía ser aniquilado en aquel lapso de libertad.

Con inmensa gratitud, apartó las cobijas de la cama y se dio un baño caliente. Ya listo, se despidió de su mujer, quien estaba a punto de dejar a los niños más pequeños en la guardería.

—Se te hizo tarde, ¿verdad? —preguntó Marta.

—Sí. No pude dormir bien.

—¿Llevas boletos del Metro? A estas horas hay mucha cola.

—Sí, sí… ¿Ya le pusiste gasolina al coche?

—Antier llené el tanque.

Ambos se despidieron. Arturo caminó hacia la estación del Metro. Sabía que llegaría al trabajo con una hora de retraso, pero nada era tan importante como su descubrimiento. Durante el trayecto, lo acompañó una sola idea: huir de los escritorios, de las máquinas de escribir, de los informes, de las secretarias feas. Iniciaba una nueva vida. Su próximo alejamiento lo motivaba a ser amable, a ceder el asiento a una anciana —cosa que nunca hacía—, y, sobre todo, a ser tolerante.

¿Qué importaba ahora su fracaso? ¿Qué importaba no haber podido actuar en películas de acción? Sus compañeros de trabajo percibieron la alegría de un empleado que siempre llegaba decaído, triste o en una actitud tan indiferente como la de un gato que ronronea sobre un cojín después de un buen desayuno.

Detrás del escritorio, Arturo aguardó con ansiedad la hora de la comida. Aparentaba trabajar mucho, leer y anotar en papeles membretados, pero lo cierto es que sólo miraba —en su liberación de tres horas— una parte más del ciclo vital. Ese vislumbre no lo apesadumbró: ahora el ciclo estaba cerrado y debía, por ese hecho, sentirse feliz.

 

III

El reloj de la pared dio la una de la tarde. Arturo fue el primer burócrata en levantarse. Fuera del saludo y las palabras indispensables para el trabajo, no entabló nunca relación con sus compañeros. Como de costumbre, se dirigió a su restaurante predilecto. La rubia con quien solía comer para luego llevarla a un hotel cercano y hacerle el amor con frenesí antes de reiniciar sus labores, lo había dejado por otro. «Fue terrible que me lo dijera, pero que se vaya al carajo… Aun así la extraño».

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Portada de José Luis Cuevas

Ordenó lo de costumbre: una crema de frijol con chile chipotle, carne asada a la tampiqueña y un agua de horchata con bastante canela. Al terminar, puso la propina sobre la mesa, pero esta vez, en lugar de distraerse frente a los aparadores o leer las secciones deportiva y policiaca del periódico, se dijo: «me quedan dos horas y media», y volvió al edificio.

Con pasos largos alcanzó el ascensor, oprimió el botón y llegó al último piso. Aún subió por unas escaleras de caracol. Cuando se vio en la azotea, recordó la escandalosa alarma del reloj de cuarzo y decidió confiar en ella.

Se recostó sobre el borde del muro que rodeaba la azotea —el saco como almohada y la punta de la corbata señalando la calle—; giró lentamente el cuerpo, entre espasmos nerviosos. Volteó la cabeza: los coches eran hormigas. Un sentimiento de regocijo y terror brilló en sus facciones. Nunca antes había retado a la muerte. Se puso boca arriba, entornó los ojos, los cerró. Durmió como nunca y soñó en el centímetro que lo separaba de la vida. En eso, sonó la alarma. Una decena de nubes bajo un cielo gris que lo incitaba a regresar al escritorio, apareció ante su vista. Ni a su esposa ni a su hijo les comentó nada.

Los siguientes días fueron repeticiones del mismo cuadro. Como si los hilos invisibles de un titiritero lo movilizaran, Arturo ni siquiera alteraba la cantidad de comida ni la cantidad de propina ni la cantidad de pasos que daba hacia lo más cercano del cielo y de la nada. Sus estancias en la azotea se tornaron en un nuevo círculo que no pretendía abandonar.

Al cabo de una semana, alguien descubrió su manera de dormir: un peatón cuya primera reacción fue de miedo y después de indiferencia. Nada hizo para impedir que Arturo persistiera en su costumbre. No tardó en propagarse la noticia de que un extraño descansaba de ese modo, y a pesar de que casi no se distinguía desde la calle, varios fotógrafos intentaron imprimirlo en una placa.

—¡Caray! ¡Lástima que no hay edificios más altos!

—¡Lástima de nuestros lentes, dirás!

—A mí me robaron el zoom hace un mes.

A veces, llamado por la fuerza de gravedad, uno de los brazos colgaba del borde. La gente se congregaba para contemplarlo y algunos, como pasaban diario, comenzaron a llevar binoculares. El señor Tulela se convirtió en atracción del barrio, y hasta hubo un negocio que rentaba un telescopio para ver al «acróbata», de quien sus compañeros de trabajo no se enteraban, pues comían en la oficina. Cuando sonaba la alarma del reloj, como si pudieran escucharla, los curiosos se alejaban y el negocio cerraba. Poca gente especulaba sobre la vida y el horario del desconocido. No había policías ni chismosos. Cada día se veían niños, señoras y ancianos. Todos se preguntaban por el «acróbata», pero a nadie le importaba esperar a que saliera. Con el tiempo, el hombre del telescopio había reunido un importante capital y aumentó la tarifa.

Un día de marzo, después de casi tres meses de iniciado el «espectáculo», las autoridades acordonaron la zona, cerraron las calles a peatones y coches a pocas cuadras de ahí. Uno de los bancos cercanos había sido asaltado: tres muertos y seis heridos, dos de ellos de gravedad.

El hijo de Arturo tuvo que regresar a casa por la otra ruta, la que no tomaba desde el terrible encuentro con su padre y aquella rubia vulgar y desabrida. Pálido, el niño caminó hasta la avenida que cortaba el pasaje de su escuela y viró a la izquierda. «Ah, me dejaron mucha tarea… Mi papá no va a estar allí; lo sé… Pero si está con esa mujer ahora sí le digo a mi mamá, ahora sí…».

Al dar con la calle del edificio, vio una cola de gente que se turnaba un telescopio. Pasó delante del temido restaurante y sintió alivio al no advertir a su papá. El beso, los labios de su padre unidos a los de una extraña, lo habían hecho pensar en la falsedad de todo. Afortunadamente, esta vez no había nadie. Con seguridad, pensó Mario, su papá se había confesado con el padre Benito, el que lo casara hace ya quince años, o tal vez se había arrepentido.

Mario se formó en la fila hasta que llegó su turno.

—Tu cuota, chavo.

El niño pagó, tomó el telescopio y se lo puso frente al ojo derecho. Vio a un señor tendido sobre el borde del edificio, con una pierna y un brazo colgados. Ese señor, en segundos, se transformó en su propio padre. ¡Su propio padre! Mario quedó estupefacto. Un estremecimiento de incomprensión lo hizo apartar el ojo y volverlo a colocar, para asegurarse de que no era un sueño. Paralizado, hizo una leve exclamación y dejó el aparato. Se echó a correr sin dirección.

En ese mismo instante, dos compañeros de la oficina resolvieron buscar a Tulela. Se habían enterado de su costumbre por un aviso anónimo. Pero poco antes de llamarlo por su nombre y despertarlo cuidadosamente, los tres ya habían muerto.

Muchas historias se contaron sobre el destino del «equilibrista». Algunos insisten en que Tulela precipitó a sus colegas al abismo. Los tres se habrían impactado en el pavimento. Otros aseguran que un helicóptero chocó contra ellos. Sólo dos cadáveres habrían sido identificados. La mayoría piensa que Tulela continúa exhibiéndose en algún edificio lejano.

 

                                                                                   

«Vuelta de paseo» toma su nombre de un poema de Federico García Lorca. La primera versión data de 1986 y sufrió incontables modificaciones. El cuento se publicó finalmente en el suplemento Sábado (sección «El cuento de Sábado»), del periódico Unomásuno, el 26 de mayo de 2001, con ilustraciones de Eduardo B. Rosado. Después apareció en la revista Tropo a la uña (de la Casa del Escritor de Cancún), Año V, núm. 30 (mayo-junio de 2003), como adelanto del libro Las dulzuras del limbo. Posteriormente, fue recogido en Castálida, revista del Instituto Mexiquense de Cultura, núm. 51, primavera de 2014.

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Símbolo y mito en «Snake», de D. H. Lawrence

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Karina Castro

 

La civilización es la negación del instinto.

Sigmund Freud

 

 

 

I. EL POEMA

 

SNAKE

 

A SNAKE came to my water-trough

On a hot, hot day, and I in pyjamas for the heat,

To drink there.

 

In the deep, strange-scented shade of the great dark carob-

tree

I came down the steps with my pitcher

And must wait, must stand and wait, for there he was at the

trough before me.

 

He reached down from a fissure in the earth-wall in the gloom

And trailed his yellow-brown slackness soft-bellied down,

over the edge of the stone trough

And rested his throat upon the stone bottom,

And where the water had dripped from the tap, in a small

clearness,

He sipped with his straight mouth,

Softly drank through his straight gums, into his slack long

body,

Silently.

 

Someone was before me at my water-trough,

And I, like a second comer, waiting.

 

He lifted his head from his drinking, as cattle do,

And looked at me vaguely, as drinking cattle do,

And flickered his two-forked tongue from his lips, and mused

a moment,

And stooped and drank a little more,

Being earth-brown, earth-golden from the burning bowels of

the earth

On the day of Sicilian July, with Etna smoking.

 

The voice of my education said to me

He must be killed,

For in Sicily the black, black snakes are innocent, the gold

are venomous.

 

And voices in me said, If you were a man

You would take a stick and break him now, and finish

him off.

 

But must I confess how I liked him,

How glad I was he had come like a guest in quiet, to drink

at my water-trough

And depart peaceful, pacified, and thankless,

Into the burning bowels of this earth?

 

Was it cowardice, that I dared not kill him?

Was it perversity, that I longed to talk to him?

Was it humility, to feel so honoured?

I felt so honoured.

 

And yet those voices:

If you were not afraid, you would kill him!

 

And truly I was afraid, I was most afraid.

But even so, honoured still more

That he should seek my hospitality

From out the dark door of the secret earth.

 

He drank enough

And lifted his head, dreamily, as one who has drunken,

And flickered his tongue like a forked night on the air, so

black,

Seeming to lick his lips,

And looked around like a god, unseeing, into the air,

And slowly turned his head.

And slowly, very slowly, as if thrice adream,

Proceeded to draw his slow length curving round

And climb again the broken bank of my wall-face.

 

And as he put his head into that dreadful hole,

And as he slowly drew up, snake-easing his shoulders, and

entered farther,

A sort of horror, a sort of protest against his withdrawing

into that horrid black hole,

Deliberately going into the blackness, and slowly drawing

himself after,

Overcame me now his back was turned.

 

I looked round, I put down my pitcher,

I picked up a clumsy log

And threw it at the water-trough with a clatter.

 

I think it did not hit him,

But suddenly that part of him that was left behind convulsed

in undignified haste,

Writhed like lightning, and was gone

Into the black hole, the earth-lipped fissure in the wall-

front,

At which, in the intense still noon, I stared with fascination.

 

And immediately I regretted it.

I thought how paltry, how vulgar, what a mean act!

I despised myself and the voices of my accursed human

education.

 

And I thought of the albatross,

And I wished he would come back, my snake.

 

For he seemed to me again like a king,

Like a king in exile, uncrowned in the underworld,

Now due to be crowned again.

 

And so, I missed my chance with one of the lords

Of life.

And I have something to expiate;

A pettiness.

 

Taormina

 

 

SERPIENTE

TRADUCCIÓN DE JORGE ALCÁZAR

 

Una serpiente vino a mi pileta

en un caluroso, muy caluroso día, y yo en piyama,

para beber de ahí.

 

En la sombra profunda de aroma extraño del enorme y oscuro algarrobo

bajé los peldaños con mi cántaro

y debía esperar; detenerme y esperar, porque allí estaba en la pileta antes que yo.

 

Llegó de una hendidura en la sombría pared de tierra

y arrastró la flojedad café-amarillo de su vientre suave, sobre el borde de la pileta de piedra

 

y descansó su garganta sobre el fondo de piedra,

y donde el agua goteaba de una llave, en un pequeño claro,

sorbía con su boca lisa,

con suavidad la hacía pasar por las mandíbulas lisas, hacia su cuerpo largo y flojo.

En silencio.

 

Alguien estaba antes que yo en mi pileta

y yo, como un segundón, esperando.

 

Levantó la cabeza dejando de beber, como hace el ganado,

y me miró vagamente, como hace el ganado cuando bebe

y su lengua bífida destelló entre sus labios, y rumió por un momento,

y se inclinó para beber un poco más,

siendo de un pardo y dorado como la tierra, proveniente de las ardientes entrañas de

la tierra

en el día de julio siciliano, con el Etna humeante.

 

La voz de mi educación decía:

hay que matarlo

ya que en Sicilia los ofidios negros, negros son inocentes, los dorados son venenosos

 

Y voces en mi interior decían, si fueras hombre

tomarías ahora un palo y lo golpearías hasta acabarlo.

 

Más, ¿debería confesar cuánto me agradaba,

cuánta alegría sentía que hubiera venido como un huésped callado a beber de mi pileta,

y que partiera sosegado, en paz y sin agradecerlo

hacia las ardientes entrañas de la tierra?

 

¿Era cobardía que no osara matarlo?

¿Era perversión que añorara hablar con él?

¿Era humildad sentirse tan honrado?

Me sentía en verdad tan honrado.

 

Y sin embargo esas voces:

Si no tuvieras miedo, lo matarías.

 

Y ciertamente tenía miedo, mucho miedo.

Pero aun así, me sentía todavía más honrado

de que buscara mi hospitalidad

desde el oscuro umbral de la tierra secreta.

 

Bebió lo suficiente,

y levantó la cabeza, ensoñando, como alguien embriagado,

y su lengua destelló como noche bifurcada en el aire, así de negra,

como si se lamiera los labios

y miró alrededor como un dios, sin ver, al aire,

y lentamente giró la cabeza,

y lenta, muy lentamente, como un triple sueño,

procedió a deslizar su lenta longitud curvada

para trepar de nuevo el paramento de mi muro quebrado.

 

Y mientras metía la cabeza en ese agujero espantoso,

y mientras se levantaba lentamente, aligerando los hombros como hacen los ofidios, y se

internaba más,

una suerte de horror, una suerte de protesta contra su retiro dentro de ese tenebroso agujero,

al serpentear el cuerpo, adentrándose en la oscuridad, intencional y lentamente,

me sobrevino ahora que me daba la espalda.

 

Miré alrededor, dejé el cántaro,

levanté un leño tosco

y lo lance a la pileta ruidosamente.

 

Creo que no le pegué,

mas de repente la parte que quedaba atrás se convulsionó con prisa indigna,

se torció como rayo, y desapareció

en el hoyo negro, en la hendidura con labios de tierra en el flanco del muro,

acto que mis ojos siguieron fascinados, en la quietud intensa del mediodía.

 

Y de inmediato lo lamenté.

Pensé, qué mezquino, qué vulgar, qué bajeza.

Me desprecié a mí mismo y a las malditas voces de mi humana educación.

 

Y pensé en los albatros.

Y quise que regresara mi serpiente.

 

Ya que me parecía de nuevo como un rey,

como un rey sin corona exiliado en el inframundo,

a quien ya era hora de coronar de nuevo.

 

Y así, perdí mi oportunidad con uno de los señores

de la vida.

Y ahora tengo algo que expiar:

una mezquindad.

 

Taormina

 

II. ANÁLISIS DE «SNAKE»

Entre los principales temas en la obra de D. H. Lawrence (1885-1930), se encuentra la confrontación de la naturaleza con la civilización. En 1923, apareció la antología Birds, Beasts and Flowers, que recoge poemas escritos durante los viajes de Lawrence por Italia, Sri Lanka, Australia y Nuevo México. Durante este autoexilio —que el autor de Lady Chatterley’s Lover llama «peregrinaje salvaje»—, el poeta rompe con la contemplación pasiva, hasta ese momento propia de la poesía inglesa sobre temas referentes a la naturaleza, para penetrar y participar activamente en la esencia del mundo no humano con poemas agrupados en capítulos como «Frutas», Árboles», Flores», «Bestias evangélicas», «Criaturas», «Reptiles», «Aves», «Animales» y «Fantasmas».

El poema «Snake», incluido en «Reptiles», es un claro ejemplo de la visión de Lawrence sobre esa incompatibilidad entre lo primitivo o instintivo y lo civilizado. En este ensayo, analizaré dicho poema centrándome tanto en el efecto de su imaginería (relacionada con la mitología y el símbolo) como en sus figuras retóricas.

«Snake» está escrito en verso libre. Lawrence se opuso a las limitantes del formalismo buscando la autenticidad de la emoción. Deseaba manipular la forma y no ser manipulado por ella. Desde el primer verso, el yo lírico expone la situación con una imagen que combina la naturaleza con un objeto creado por el hombre: «A snake came to my water-trough»: una serpiente en una pileta. Enseguida, se hace visible el yo poético, quien recalca que se encuentra en piyama («and I in pyjamas»). Lo anterior no es casual; esa vestimenta refuerza la oposición entre ambos seres: uno, primitivo, está desnudo; el otro no sólo oculta su cuerpo, sino que viste de acuerdo con la convención social que dicta que la piyama es el atuendo para la noche.

En las siguientes cuatro estrofas, mediante repeticiones y anáforas, se percibe la impaciencia del hombre, quien debe esperar a que la serpiente termine de beber para llenar su cántaro: «And I, like a second comer, waiting». En las estrofas tres y cuatro, hay dos fenómenos relacionados con el sonido que, según Helena Beristáin en su Diccionario de retórica y poética, poseen siempre motivación semántica. El primero es fónico; sin embargo, no involucra fonemas, sino los acentos de las sílabas del verso, que se encuentran estratégicamente colocados para producir un ritmo asimétrico de los versos no rimados, el cual se hace sinuoso como el movimiento del ofidio. El segundo es un fenómeno fonológico que sí involucra fonemas; en este caso, se trata de una variante de la aliteración, conocida como «armonía imitativa», lograda con la repetición del sonido «s» a fin de imitar el seseo de la serpiente.

 

And trailed his yellow-brown slackness soft-bellied down

And rested his throat upon the stone bottom,

And where the water had dripped from the tap, in a small

clearness,

He sipped with his straight mouth,

Softly drank through his straight gums, into his slack long

body,

Silently.

 

En la sexta estrofa, finalmente percibimos una actitud en el reptil: mira al humano por un instante, pero continúa bebiendo, sin sentir peligro, hasta saciar su sed. Parece que esta actitud hace reaccionar al hombre. Una voz interior le recuerda lo que dicta la educación: si se considera hombre, debe matar al intruso. Dicha imagen nos remite al sacrificio de la serpiente en varias tradiciones (africanas, aztecas y mayas), cuyos mitos coinciden en que la muerte del reptil ―concebido como un viejo dios― es necesaria para que el hombre adquiera la civilización. Como afirman Chevalier y Gheerbrant en su Diccionario de los símbolos, matar a la serpiente es eliminar lo primitivo para dar paso a lo moderno. La relación entre lo primitivo y lo moderno es un tema que Lawrence abordará más tarde en la novela The Plumed Serpent.

El yo poético no se halla seguro de querer matarla, o debería decir matarlo, ya que usa el pronombre «him» en lugar de «it», que después se explicará cuando lo compare con un dios. El yo poético reconoce que le agrada tenerla como huésped y recurre nuevamente a la anáfora para expresar la confusión de sus sentimientos: «Was it cowardice, that I dared not kill him? / Was it perversity, that I longed to talk to him? / Was it humility, to feel so honoured?». En estos tres versos, se plasma claramente el choque entre el instinto y la conducta civilizada, tanto si se interpreta como simple miedo y curiosidad, como si nos remitimos al simbolismo de la serpiente y consideramos que representa, por un lado, la psique inferior, el alma y la libido; por otro, los vicios humanos y el pecado, según la tradición judeocristiana, que sólo conservó el simbolismo negativo (Chevalier y Gheerbrant). Sin embargo, hay gran fascinación del hombre ante la energía ancestral oculta para la civilización moderna. Esta fascinación lo hace sentirse perverso.

Más adelante, el poeta utiliza un símil para elevar a la serpiente a una categoría divina: «And looked around like a god, unseeing, into the air» (verso 45). Con este recurso, queda claro que Lawrence no sólo se interesa en evocar el poder de la naturaleza, sino en explorar los distintos simbolismos de esta criatura que, de acuerdo con el mencionado Diccionario de los símbolos, es opuesta al hombre, ya que éste se encuentra en la cima de un esfuerzo evolutivo, mientras que la serpiente es el inicio de ese esfuerzo: la criatura más simple. Pero esta simpleza es la causa de que en la mayoría de las culturas antiguas se le atribuya un carácter sagrado y a la vez oscuro, siempre ligado a la cosmogonía. En la noche de los orígenes, comenzó la vida, partiendo desde lo más simple.

A lo largo del poema, se construye cuidadosamente una atmósfera que remite a lo oscuro. El poeta lo salpica de palabras que entran dentro de esta esfera de significado, como «deep», «strange», «shade», «dark», «gloom», «secret», «night», «black», etc. Y con metáforas como «From out the dark door of the secret earth», es claro que este dios prehistórico viene de las capas profundas de la tierra y representa las capas profundas de la conciencia, es decir, la parte instintiva del ser humano, que él mismo ha reprimido para sentirse a salvo y en control de su sociedad moderna.animal-1299259_1280

En la penúltima estrofa, el poeta vuelve a utilizar un símil para comparar a la serpiente, esta vez con un rey: «For he seemed to me again like a king, / Like a king in exile, uncrowned in the underworld, / Now due to be crowned again». El hecho de que sea un rey que proviene del inframundo o del infierno, como se puede interpretar de la metáfora: «burning bowels of the earth», no es indicio de que la serpiente represente el mal o el pecado, pues a pesar de que, como occidental, D. H. Lawrence haya crecido en la tradición judeocristiana, es bien sabido que este poeta era considerado más bien «pagano» por su interés en resacralizar la naturaleza.

Cuando la serpiente se dispone a retirarse, el poeta recurre otra vez a ese ritmo sinuoso de los versos, ayudado por la anáfora y la armonía imitativa, que hace pensar en el movimiento de la serpiente:

 

And slowly turned his head.

And slowly, very slowly, as if thrice adream,

Proceeded to draw his slow length curving round

And climb again the broken bank of my wall-face.

 

En la reacción del hombre, es notoria esa costumbre humana de atacar por la espalda cuando se tiene miedo. Finalmente, tuvo más peso la conducta socialmente aceptada y el hombre lanza un leño a la serpiente cuando ésta se da la vuelta. Pero de inmediato, el yo poético experimenta remordimiento por haber agredido a la naturaleza y está consciente de que lo hizo impulsado por su educación: «I despised myself and the voices of my accursed human education». Ahora se arrepiente y desea que vuelva «su serpiente»; haberla agredido le recuerda al albatros: «And I thought of the albatros». Lawrence alude a la «Balada del Viejo Marinero» de Samuel Coleridge, donde el Viejo Marinero inhospitalariamente mata al ave de buen augurio, o tal vez a «El albatros», que Baudelaire llama «príncipe de las nubes», también muerto cruelmente por los marineros.

El poema concluye demostrando que el conflicto principal continúa: la sociedad impulsa al hombre a rechazar la vida y la naturaleza, simbolizada por la serpiente; el ser humano, incapaz de negar por completo su instinto natural, experimenta culpa por haberlo hecho, y ahora la sociedad le dicta que las culpas se tienen que expiar: «And I have something to expiate». La serpiente vuelve al mundo precivilizado, puro, intemporal, donde permanecerá en su plenitud.

 

Bibliografía

Beristáin, Helena, Análisis e interpretación del poema lírico. México: UNAM, 2ª ed. (coed. con la Facultad de Filosofía y Letras UNAM), 1998.

Chevalier, Jean, Diccionario de los símbolos. Barcelona: Ed. Herder, 1986.

Cruz Yáñez, Eva (coord.), De Hardy a Heany Poesía inglesa del siglo XX. México: Textos de Difusión Cultural Serie El Puente, unam, 2003.

Godine, David R. (editor), Birds, Beasts and Flowers by D. H. Lawrence. Canadá: Black

Anclado

urban-1031304_1920Montserrat Jiménez Covarrubias

 

Miércoles 6 de julio

Incesante, giro los pulgares mientras observo la puerta de entrada. Suena la alarma: otra encuesta. Más trabajo para hoy, qué maravilla. Al principio eran entretenidas, pero después de la número 185, me di cuenta de que sólo era necesario escribir lo que deseaban leer. Ya tenía preparado lo que mandaría: más velocidad, más resistencia, más sabor, más comodidad… Al fin y al cabo, recibiría mi depósito fueran o no verídicas mis opiniones y sugerencias. Por fin el golpeteo de la puerta. Irresponsables. Media hora tarde. ¿Cómo no pueden predecir que uno se puede morir de hambre?

—Perdone la demora, señor. Esta lluvia nos ha retrasado mucho. Como compensación, la empresa le envía con su pedido…

—Sí, sí. Que no se repita la próxima semana.

Qué pésimo servicio… y todavía quieren propina. Gente incompetente. La lluvia sólo es un pretexto. ¡Ni que se fueran a encoger!

Jueves 7 de julio

Ayer actualicé mi inventario: cuatro cajas de leche, cincuenta y tres jugos de diferentes sabores (veinte de uva, trece de manzana, ocho de tamarindo, siete de mango y cinco de guayaba), junto a media docena de garrafones de agua. Haré un nuevo pedido: sólo hay cuatro latas de crema de elote y dos de frijoles. Si se terminan, ¿con qué voy a acompañar los embutidos? No sabía que quedaban tan pocos sobres de avena instantánea y de harina para hot cakes. Tengo suficientes huevos: cuarenta y seis sin contar los que se rompieron en el traslado.

En fin, los deberes esperan. Hasta para trabajar en esto se necesitan huevos: un par mezclados con jugo de naranja.

¿Desde cuándo es usted cliente? ¿Qué clase de pregunta es esta? ¿Para qué quieren saber, si lo importante es que he comprado el limpiador Maestro Limpio? Bien, si le pongo tres años, no sonará mal. Ya ni con una chica he durado tanto, ese calvito algo tiene. Quizá sean sus músculos.

¿Cómo nos conoció? ¡Y siguen con las preguntas estúpidas! Amistades, como tengo montones con las que conversar.

¿Utiliza Maestro Limpio en las actividades diarias de su hogar? Claro, hasta duermo con él. Siempre.

¿Cuál es su grado de satisfacción con el producto? Estoy completamente satisfecho, ¡hasta el clímax! Obvio no, sólo sirve para espantar el polvo. Prometía ser efectivo contra sarro y cochambre. Vanas mentiras. Parece que lo único que deja brillante es su pelona.

 

Viernes 8 de julio

Qué novedad, mis amigos de Facebook dan el reporte del clima. ¿En realidad es necesario publicar algo tan evidente? Vaya, todo está atestado con memes: «Con estas lluvias hasta sirenas te encuentras por las calles». ¿Criaturas míticas? Ja. «Por piedad, lluvia, ya déjame lavar». Pobres personas, sufren hasta por tener ropa limpia, mientras yo vivo a la perfección con mis siete mudas, siempre impecable y fresco. Lo sé, las maravillas del lavado en seco. Otra más… «¿Que una inundación? Pal Facebook». Cosas como esas delatan su necesidad de atención. Y mi favorita: «Genial, está lloviendo lluvia mojada». Creo que quedó claro, pero ¿a quién le interesa? A mí no.

Sábado 9 de julio

Se dañó el televisor. El ruido de la estática me pone irritable. Sin duda prefiero las risas de fondo. Risas de gente muerta hace décadas. Me pregunto si les es divertido escuchar cómo reproducen infinitamente sus reacciones de humor. Seguro hasta en el infierno las escuchan. Esto no tiene solución. Le doy un golpe. Estúpida cosa.

Llamo a Servicios al cliente, espero y espero, la línea está saturada. Inténtelo más tarde. Más tarde será la hora de limpieza, ¿creen que cambiaré mi rutina para marcar de nuevo? Hoy toca desinfectar los cubiertos, aspirar la cama junto con las almohadas y limpiar la suela de los zapatos. Lo del televisor puede esperar hasta mañana, cuando sea el tiempo de los reclamos y disgustos, justo a las dos de la tarde.

El hedor es insoportable. No me explico por qué el chico de la basura no ha tocado a mi puerta. Siempre le doy buena propina por llevársela. Algo viscoso escurre de las bolsas. Hay un asqueroso charco rodeándolas, piscina para las moscas. Repugnante.

 

Domingo 10 de julio

Supongo que no está quedando del todo mal. Cualquier conocedor de la paleta de colores diría que las paredes negras no van con mi sofá amarillo. De todos modos, no necesito apreciar los detalles. La electricidad va y viene por horas. Descubrí que la oscuridad es práctica. No vendrá mal pintar el departamento de negro. Por suerte, hace meses enviaron botes de pintura como cortesía por «sugerir un cambio de imagen en la presentación de nuestra gama para interiores». No me engañaron, se trataba de sobras. Pintura que no se vende. ¿Quién querría tapizar su casa de ese color?

 

Lunes 11 de julio

Un día entero sin electricidad… La planta de emergencia sólo ayudó por tres horas.

 

Martes 12 de julio

Bajo mis uñas se forma una próspera comunidad de seres minúsculos. Emergen para andar por mis brazos y pecho. Buscan alimento. Hacen que hierva mi piel. Desfilan sin detenerse hasta chocar con la pared negra. Bajan de la cama, andan por toda la habitación, algunos caen entre las grietas del piso; los más hábiles logran traspasar el umbral de la puerta y librar los charcos que dejaron las goteras. Desventajas de vivir en el piso más alto.

Tengo la muñeca molida. Al no servir la licuadora he tenido que preparar mis malteadas energéticas a mano. Quedan grumos pastosos al final del vaso. Los trago con dificultad; preferiría simplemente sorber. Aborrezco todo esto.

 

Miércoles 13 de julio

Me aburro, no sé qué hacer. La estúpida electricidad no vuelve; no hay internet ni televisión. Esas chingaderitas negras siguen invadiendo mi casa; parece que la ausencia de luz las activa. Por las noches escucho el murmullo de sus cuerpos moviéndose en multitudes. En lo que según yo es la madrugada, veo cómo se alzan y revolotean sobre mi cabeza. He rociado todo con insecticida creyendo que eran insectos, pero ahora veo que son seres del bajo astral: demonios.

 

Jueves 14 de juliorain-443015_1920

No lo soporté más. Fui a buscar al encargado del edificio. ¿Cómo es posible que no diera ni un aviso sobre el corte de electricidad? Ni siquiera una disculpa o una visita para inspeccionar cómo me las arreglo con las goteras.

Al salir, encontré el pasillo con al menos ocho centímetros de agua. Por poco alcanza mi puerta. El papel tapiz se desprendía a pliegos y el piso se sentía blando por tanta humedad. Me dirigí al cubo de las escaleras. A punto de llegar al piso de abajo, mareado por el aroma a metal mojado, me encontré con algo curioso. Era el chico que se lleva mi basura. A pesar de su estado de descomposición, reconocí el inconfundible cabello rojizo. Le di un ligero puntapié y se alejó flotando. Ruedo los ojos y bufo. Estúpido niño de la basura. Por su culpa mi departamento apesta; por su culpa tuve que desinfectar mis zapatos, raspar de la punta un trozo de su carne que se adhirió; por su culpa regresé a mi departamento sin haber solucionado nada.

 Juzgando el nivel del agua, todos han de estar muertos. Muertos ahogados, viscosos y blandos.

El secreto del sapera

serpientes-india-485x375Juan Pablo Tovar R.

 

 

En el camino de la vida podrás transitar por el sendero de la sabiduría. Si de él sales convencido de no saber nada, es que has aprendido mucho.

Proverbio hindú

 

La cesta vibró con los golpeteos. Mientras la flauta sonaba, la cabeza empujó el mimbre. Extendió el cuerpo mostrando su majestuosa figura que reflejaba la intensidad del sol. Con su hipnotizante instrumento, Savir se movía para captar los ojos de Kala. Un vaivén incesante entre hombre y animal. La razón de Savir moría en el instante en que la mirada de Kala penetraba en la suya. Ambos perpetuaban el instante sin retorno, devolviéndose, a sí mismos, la eternidad.

En silencio,un grupo de turistas admiraba el rito.La energía circundante oprimía el espacio entre los espectadores y el ritual. Savir la seducía con las vibraciones del tumarit. La danza esparció su poder. Era el momento cumbre y, para finalizar, Savir abrió dos cestas más, de donde salieron Denali y Uma —regalos de su segundo maestro—. Ambas desplegaron su ornamenta oscilándose como péndulos. Con Kala,  eran tres y no quitaban la vista de su encantador. La ansiedad de los turistas aumentaba: el sol lamía la expectativa de las frentes. Alrededor, las voces de los comerciantes no penetraban en la atmósfera.

Cesó la melodía. Sutil pero con firmeza, Savir comenzó a guardarlas en la cesta. Su piel quemada parecía un lienzo de cuero donde se han pintado nostalgias y viajes. Kala se mantuvo estática en las manos de su dueño: Savir… Savir… Oscuridad, escamas ajenas, de otra… ¡Nirek, sshaaaa, ssssshaaa, Nirek, ssshaaaa, tumm-ba, tu-tumm-ba, tu-yilezssha, yilesszha!

Mientras caminaba hacia Diglinach, su pueblo natal, Savir miró la profusa sucesión de líneas en sus palmas. Siempre habían significado más que un simple rasgo anatómico; revelaban ciertas inclinaciones. El clima hierve, huele a soledad. Su nariz en forma de gancho perfila hacia la dirección del hogar que ha sido cuna y aposento de su vida. El encantador se movió entre la sensualidad de los montes; el calor creaba esa sensación de movimiento, como si bailara con el horizonte. Sus ojos cafés almusco se perdían en la inmensidad del paisaje. Llegó a su casa.  Antes de entrar, dejó a sus cobras en el suelo para poder abrir el cerrojo antiguo. Sentía los labios deshidratados; era un largo viaje y, por un instante, creyó estar en otro tiempo, en otra circunstancia; no lo azotaban el cansancio de la caminata ni la pesadumbre del sol; no padecía algún malestar físico; aunque su aspecto era famélico, se alimentaba lo necesario y no carecía de fuerza. Contemplaba la vieja puerta que desde aquel incidente permanecía sin alteración: aún sobresalían con claridad las profundas marcas, cicatrices del pasado.

Recuerda, hijo, hay que estar compenetrado con la cobra, arrástrala con la mirada. Olvida la mente, debes impeler el instinto que guarda tu carne. Preséntate respetuoso, mas no dócil o sobresaltado. El cuerpo extiende el lenguaje; los diálogos son mudos, carecen de congruencia. La energía es una potencia que circula el espacio. Al estar guardada, forma una pasividad que no desdobla su poder si no la extraes en cada momento: el reposo significa la muerte; por eso es tan importante el fluir; deslízate con las vibraciones del ambiente. El sonido del tumarit  complementa el rito y atrae a los espectadores, pero es más un artificio que un fundamento. Siempre, no lo olvides, respeta a las serpientes y al ritual. Un verdadero encantador afronta  la muerte a cada momento.

Nirek le entregó a Kala, su primera cobra, que ocupó —no sólo por haber sido un regalo, sino sobre todo por la íntima relación entre ella y Savir— el lugar prioritario entre las otras dos hembras. Los recuerdos del padre y la madre  se diluyeron a través de los agujeros en la puerta. En esa época, los extremistas islámicos dieron un golpe fuerte contra los hinduistas, persiguiéndolos y asesinándolos; quemaron varios templos y saquearon hogares. Entre tanta violencia, hubo grupos que aprovecharon el momento como una oportunidad para generar más conflictos y, sin importar la religión, se fueron de aldea en aldea a robar, violar y asesinar.

Bhuvi, la madre de Savir, fue atrapada al ocultar a su hijo. Los criminales la violaron y después la ejecutaron frente a  Nirek, quien no pudo soportarlo y  tomó un cuchillo para arremeter contra los rebeldes. Esa noche la tierra respiraba entre la sangre. El hijo y  Kala, en completo silencio, se fundieron en la hondura de los astros.

*

desert-1270345_1920

La mañana rojiza extiende su color en el horizonte. Savir despierta, le toma tiempo

levantarse. Decide ponerse su ropa holgada. Tal vez, como acostumbra, medite antes de cazar algo para sus «hijas». La calma del albor es idónea para sucumbir ante las reflexiones diarias. Aunque los roedores no acostumbran salir de día, una pequeña trampa soluciona el problema cuando urge alimento. De vez en cuando, Savir también los come. Antes de alimentarlas saca a Kala para contemplar sus movimientos. Ella lo observa con una mirada absoluta; sería inverosímil afirmar que las cobras tienen gestos, pero existe algo de cierto en eso. Ambos devienen en esa sinergia apabullante. Él la provoca usando el torso, aproximándose, casi besándola: Kala saca los colmillos e intenta morderlo; es un cortejo fúnebre y sombrío que los acerca al éxtasis.

Como amante de la música, en cualquier oportunidad puede sacar de un estuche negro un sitar y deleitarse tocando las melodías que le enseñó su madre. Podría pensar que los días se desploman con dulzura cuando, al final de éstos, las estrellas irradian hasta el más ínfimo rincón de la tierra, y acarician el rostro sempiterno de los mares. Sin embargo, al despertar y contemplar ese amanecer escarlata, Savir escucha a su instinto y sale hacia la ciudad.

La algarabía del centro puede ser aturdidora aunque siempre tiene sus encantos: los comerciantes ofrecen productos; las vacas a mitad de camino roban comida de donde pueden;  entre la multitud, siempre llamativos, los turistas con cámaras y gorras recorren extensos trayectos con la ilusión de no llegar tostados a los hoteles. Savir disfruta mucho el entorno, y también tiene sus beneficios económicos realizar un viaje así de largo.

*

La cesta vibra con los golpeteos. Mientras la flauta suena…

Savir guarda a sus hijas en las cestas y comienza a correr. Dos policías lo persiguen; el hombre se abre paso entre el gentío; detrás de él, los gritos: «Detente, sapera, alto». Entre choques y codazos, pierde a Denali y Uma; de reojo las mira y sabe que si regresa lo arrestarán. Sólo quedan Kala y él, como al inicio. Algunos lo insultan por el duro contacto; otros se mueven para evitar cualquier conflicto. Desesperadamente, caen las gotas de sudor por su cuerpo, sale de la plaza principal y se cuela entre las calles enroscadas. Intenta abrir varias puertas: nada. Suenan los pasos de los oficiales. Se acercan. Hay tres caminos. Toma el de la derecha. Aún puede oír el eco de la autoridad. Una salida, una entrada. Se detiene y, justo antes de que los policías atraviesen el lugar, lo jalan del brazo hacia una entrada amplia.

Un cuarto claroscuro con un par de ventanas a cada extremo. Frente a él, un rostro sutil y atrevido lo observa: la piel almizcle como el fulgor de la mañana; los ojos negros, como una proeza, absorben la energía que circula en el espacio. ¿Por qué lo habría salvado?, ¿quién será esta mujer? Por la ventana, se filtra el frescor del aire e impacta  los cuerpos. Ella lo mira, y él queda atónito, cautivo. No logra comprender la mezcla de emociones que lo inundan, como si lo más terrorífico y placentero lo violentara sin siquiera haberla tocado aún.  Allí se encontraban los tres. Ella persiste en su posición. Savir se acerca y con la funda de sus dedos roza el cuello espigado de la joven. Lentamente, aproxima los labios; las pulsiones aumentan. Se besan como si hubieran sido amantes en vidas anteriores. La desviste  arrastrando sus manos hasta la cintura, rompe el sari dejando desnudos sus senos. La gira para que le dé la espalda.  Ella se resiste y logra sentarse encima del encantador. Le quita el dhoti y, sobre un sillón verde esmeralda, lo aprieta con los muslos para incitar la bestialidad. Penetra a la joven, que oscila con crueldad: los fluidos dilatan su lenguaje. La cesta está abierta. Ella continúa el vaivén, gime y le desgarra el pecho; él aprieta sus nalgas con vehemencia. Elevados, tocan el cielo. Desprendido de sí, Savir se aferra a la joven.

En ese momento, la sinuosa Kala repta sigilosamente hacia el sillón.  Esta vez se consumará el cortejo. Hunde los colmillos en la pierna de su hombre, su dueño, su animal. La vista comienza a diluirse mientras la fiebre se manifiesta. Savir se desploma al suelo y por última vez contempla a Kala. Ella, con un gesto altivo y orgulloso, lo observa morir en aquella tarde escarlata.

Ministerio de amor

DibujoEduardo-01

Jaime Magdaleno

Dibujos de Eduardo B. Rosado Zacarías

LLEVAN HORAS ESPERANDO A SU SANTIDAD, aunque López Dóriga me corrige: dice que el pueblo de México se ha preparado desde hace meses para esta visita del Sumo Pontífice. Desde luego, esto es según se mire: yo, señor López Dóriga, estoy hablando del día de hoy: desde esta mañana en que la cámara del helicóptero de «Noticieros Televisa» no ha dejado de registrar las imágenes de una Ciudad de México que se siente tocada por la Providencia, aunque para los no iniciados, como yo, se mire igual: llena de gente, humo, carros y mierda. El sentimiento de comunión es general; así las cosas, no es extraño mirar al Presidente de la República, a su Señora Esposa y a miembros del gabinete participar del fervor religioso, al tiempo que en las calles la gente vitorea: «¡FRANCISCO, HERMANO, YA ERES MEXICANO!». Sé que mi madre en este momento debe de estar emocionada, siguiendo los acontecimientos vía televisión (¿Televisa o TV Azteca?), pues es una fanática consagrada de los espectáculos papales. Incluso, guarda las misas que el Papa Juan Pablo II ofreció en tierra azteca durante la primavera de 1979. Jamás la vi colocar alguno de los acetatos en el viejo tocadiscos Panasonic, aunque estoy seguro de que posee un álbum doble porque cuando me fui de su casa (acusado de un robo que, juro por la Virgen de Guadalupe, no cometí) y al recoger mis discos, pude ver el LP. En la portada, un Karol Wojtyla joven, fuerte, enérgico, impartía la bendición a una multitud desbordada, en éxtasis, mientras desde un báculo dorado Cristo contemplaba. ¿Nos estará observando ahora?

Según mamá, por supuesto que Él nos ve. Él nos observa porque, recuerda pequeño bastardo, Dios está presente en el cielo, en la tierra y en todas las cosas. De esta manera, ¡ES MEJOR QUE TE DEJES LA VERGA PORQUE, ¿CREES QUE A DIOS LE RESULTARÍA AGRADABLE VER CÓMO TE LA CHAQUETEAS?!

¡Demonios!

Es difícil sobrellevar la lujuria justo el día en que todos se sienten tocados por la Santidad. Ahora mismo, por ejemplo, tenía la intención de jalármela, inspirado en las piernas, las nalgas de las actrices de Televisa, pero ¡oh, sorpresa!, la televisora está concentrada en la próxima llegada del Vicario de Cristo. Y no importa que tome el control remoto y busque en otros canales una nueva veta de satisfacción: en todas partes miro el mismo escenario, escucho los mismos comentarios: «El pueblo de México lleva meses preparándose con alegría, con mucho amor, para esta visita del Sumo Pontífice. El Papa, todos los sabemos, tiene una agenda apretada, mas él pidió venir a México porque quería visitar a la Morenita del Tepeyac» y bla, bla, bla, bla…

Un avión de la aerolínea Alitalia aterriza y el júbilo colectivo se deja sentir. El conductor de televisión dice que ésta es una de las cualidades del Papa, de este Papa: acerca los corazones de los hombres. Suena música de mariachi, baten palmas y yo reflexiono acerca de lo dicho por el locutor; según él, las posibilidades de reconciliación de Francisco son infinitas. De esta manera, a los reunidos en espera de Su Santidad los mueve el amor, la fe, el deseo de paz, de reconciliación: quizá ahora mismo, entonces, la ciudad transpira los mismos sentimientos. Sólo es cuestión de comprobarlo, pero ¿de qué manera?

¿Una llamada telefónica puede servir de termómetro? ¿Tomar el auricular, marcar un número y decir: «Hola mamá, qué tal, cómo estás, cómo va todo? Oye, yo no te robé esos tres mil pesos, y mucho menos para fumar piedra. ¿Sí lo sabes, verdad? ¿Me crees, verdad? ¿Me quieres, verdad?».

¿Es posible que la misericordia de Francisco ablande el corazón de mamá? Supongo que debo intentarlo.

El teléfono es un prodigio. Sólo él podía sacarme de este pasmo, de este aturdimiento, del estado soporífero producido por la santidad de Su Santidad. Aunque, a todo esto, ¿quién chingados es Tere?

Ah, sí, Tere.

Tere es una demostradora de electrodomésticos a la que conocí en el metro, una tarde en que regresaba de escuchar una charla sobre la «Superación del Duelo». Venía cansado, seguramente tenía la misma expresión de hartazgo disimulado que asoma en el rostro del Vicario, pero aun así ella me sonrió. No pude evitar caer en el juego, sobre todo porque recordé que mi amigo Brandon me había comentado que en el metro es muy pero muy fácil enganchar a alguna mujer anhelante de romance. Así que contesté la sonrisa. Nos dirigimos miradas durante el trayecto, y aun cuando en la estación Hidalgo una turba furiosa y maloliente irrumpió en el vagón, logré encontrar un resquicio entre los cuerpos para mantener su mirada sobre la mía. No me hizo alguna seña en especial, pero al dirigir sus pasos hacia las puertas comprendí que estaba a punto de descender. Con dificultad, logré hacerme espacio hacia la salida, no sin antes sentir que el culo abultado de un clon de Edgar Vivar destrozaba mis testículos. Al salir del vagón y todavía en el andén, me acerqué a preguntarle cualquier estupidez. Ella contestó y continuamos platicando hasta que yo, muy propio, la invité a tomar un café. Aceptó y dirigimos nuestros pasos a un OXXO, sólo que ya allí se me antojó una chela. Me tomé una XX Lager y ella bebió un café con crema. La plática giró sobre cualquier eje podrido hasta que llegó la hora de despedirnos, pues se le hacía tarde para llegar al trabajo. Quedamos en vernos. Y hasta ahí llegó nuestro primer encuentro.

La segunda vez que la vi ella habló por teléfono. Fue un domingo en que yo estaba especialmente crudo (creo que todavía ebrio); me dijo que se encontraba a pocas calles de donde le había dicho que yo vivía, y preguntó si era posible vernos. Contesté que sí. A los veinte minutos ya estaba frente a mí.

Fuimos a un parque. Le dije que me gustó mucho recibir su llamada. Ella preguntó por qué. Le respondí que tenía muchas ganas de besar a una mujer.DibujoEduardo-02

—¿Qué esperas?

Le dije que si la iba a besar, tenía que ser en otro sitio.

—¿Y dónde está ese otro sitio?

—A tres calles.

Caminamos. Fuimos hablando de cosas varias que ahora, en el momento en que me pongo una chamarra de mezclilla y el Papa imparte la bendición a la Primera Dama y a su distinguida familia, no recuerdo. Llegamos a mi casa. La hice pasar y, mientras encendía un cigarro sin filtro, ella miró la habitación. Preguntó la razón por la que había tapizado el cuarto con imágenes de mujeres desnudas. Respondí: por dos razones:

—La primera es que yo siempre he querido ser mecánico y he visto que todos los mecánicos llenan las paredes de sus talleres con fotos porno. La segunda es que yo, en el fondo, siempre he sido un maniático sexual.

Sonrió.

La acerqué hasta a mí. Le besé los labios, el cuello. Ella comenzó a jadear, algo que me pareció una exageración —después me confesó que lo hizo pues llevaba varios MESES sin sexo—. Le quité el saco de demostradora, le bajé la blusa escotada y mordí los bordes de sus senos. Ella pidió que no me la cogiera sino que la V I O L A R A. Yo pregunté (estúpidamente):

—¿Qué?

Ella exclamó:

—¡¡¡¡¡VIÓLAME!!!!!

Entonces le quise arrancar la ropa, porque supuse que eso se hacía en una violación, pero me arrepentí, ya que pensé que con su sueldo de demostradora sería muy difícil reponer el uniforme. Así que sólo jalé con fuerza sus prendas y después se las quité con brusquedad. La mordí, la lamí, la estrujé y me la cogí.

Total que ahora que estoy por llegar al metro San Cosme, recuerdo todo esto como preámbulo a nuestro nuevo encuentro. Fue un milagro —no sé si inducido por el Vicario— que ella me llamara justo hoy; hoy día en que desde la mañana el pito me punza, y no pienso desaprovechar la ocasión. No me bañé. No me rasuré ni me puse desodorante, pero creo que eso entre un par de obsesos sexuales es lo de menos.

Ahí está, con sus pezones apuntando hacia el cielo y con una sonrisa dibujada en el rostro.

—Hola, ¿cómo estás, pequeño bastardo? ¿Interrumpí algo?

—No. A decir verdad, estaba ansioso por que llamaras.

—¿Y eso?

—¿Tú qué crees?

Sonríe. Dice que el tráfico de la ciudad está imposible; muchas calles fueron cerradas y la circulación desviada hacia diferentes puntos por la llegada de Francisco. Quiero decir «Qué chinga, ¿no?», pero no puedo pues, contrario de lo que yo esperaba, caminamos por la colonia San Rafael y no rumbo a Santa María la Ribera.

No pongo objeción. Ella dice cosas que no logro comprender, pues estoy pensando en que mi casa cada vez se aleja más y yo quería ir a mi cuarto a coger para darle consuelo a mi pequeño «dick». Sin embargo, finjo que escucho, contesto mecánicamente y aún sonrío con los chistes que Tere refiere con su voz aterciopelada.

Al llegar a la Secundaria 26, ella comenta que le dio mucho gusto que estuviera en casa y, sobre todo, que estuviera disponible: quería divertirse conmigo.

—¿Divertirnos? ¿En dónde?

—¿Tú dónde crees?

Con alguna de las manos gira mi rostro hacia la izquierda: y sí, a un lado de mí, justo a un costado de la Secundaria 26, la marquesina del Hotel Rosas Moreno brilla, resplandece como, supongo, lo hicieron las Tablas en las manos de Moisés, por lo que la sonrisa y el buen ánimo vuelven a mi espíritu.

Saca trescientos pesos de su bolso, los pone sobre mi mano y dice que con eso pague la habitación y los condones. Entramos. Un largo pasillo semioscuro se extiende ante nosotros. Algunas camaristas revuelven las sábanas en el patio; por allá una pareja, totalmente ebria, trata de introducir la llave en la puerta de su habitación. Pido un cuarto y unos condones.

DibujoEduardo-03—¿Quieres una chela? —pregunta, cariñosa, Tere.

—Sí, no me vendría mal —respondo.

—Cómprate un six —dice, poniendo otros cien pesos en mi mano.

Con el six, tres condones y una llave, caminamos hacia la habitación 205. Detrás de nosotros quedan las camaristas, los borrachos y las habitaciones que ventilan un aroma a semen estancado. Encuentro la habitación, introduzco la llave. Abro.

Un cuarto minúsculo, con una cama que pretende ser king size y que aquí en la CDMX lo consigue, pero que en Oslo sería muy difícil que lo lograra, está a nuestra disposición. La tele, sobre una repisa de madera, frente a la cama. El baño, a un costado, ofrece la belleza fría de un mosaico verde pistache. Enciendo la televisión, sintonizo el canal porno y comienzo a desvestirme. Tere también lo hace. Termino antes que ella y aunque espera que la embista ya, me dirijo al baño. Abro la llave de la regadera. Tomo una ducha.

Al salir, ella está desnuda, sobre la cama, esperándome. Abre los brazos, esboza una sonrisa y dice con cariño, tal vez con amor:

—Ven, acércate.

Me parece sobreactuada la escena. Decido no caer en el juego. Llego directamente a sus senos, los muerdo, me mojo un dedo y lo introduzco en su vagina. Jadea. Me pide un beso, pero yo no quiero besarla, sólo meterle la verga, así que sin más le doy al asunto.

Ocupamos los tres condones en una hora. Al cabo, Tere grita:

—¡CHIN, ES TARDÍSIMO! ¡ME VAN A CORRER!

—¿Qué, no habías salido ya de trabajar?

—No. Inventé que debía ir rápido a mi casa pues mi mamá había tenido taquicardia por la llegada del Papa.

—Ja ja ja ja. ¡No mames! ¿Y te creyeron?

—No sé. No creo… Lo que pasa es que quería verte… Pero aun así mi jefe se portó lindo y me dejó salir con la condición de que volviera cuanto antes. Y mira la hora que es.

—Pues no tardes más. ¡APÚRATE!

Se viste en el acto y ajusta su cabellera en un chongo. Me dice que no me preocupe por acompañarla, que ella de todas formas saldrá corriendo y tomará un taxi. Le digo:

—No pensaba acompañarte. Todavía hay un six de cervezas que me debo tomar, ¿ya lo olvidaste?

—Está bien. Quédate. Luego te marco, ¿va? Dame un beso y me voy, cariño.

Ahora sí, la beso.

Hora y media después, termino con las cervezas. He decidido sintonizar el canal dos para seguir el arribo de Francisco. López Dóriga sigue con la cantaleta de la unidad, el amor, el perdón y la misericordia, y eso me lleva a pensar, de nuevo, en mamá. Ebrio, decido tomar el teléfono del buró. Pido una línea exterior a la recepción del hotel. Marco.DibujoEduardo-04

—¿Mamá?

—¿Quién llama?

—Soy yo, tu hijo, el más pequeño.

—¡Ah, eres tú! ¡Pequeño bastardo! ¿Vas a devolverme el dinero que me robaste?

—Ya te dije que yo no fui, mamá. Jamás te robaría, y menos para fumar piedra, como me acusaste.

—¿Y si no fuiste tú, quién fue? ¿El Espíritu Santo? Porque recuerda que aquí sólo vivíamos tú y yo.

—Tal vez fue Norma, la muchacha que te hace el aseo.

—¡No levantes falsos, pequeño bastardo! ¡Te vas a condenar!

—Tú también te vas a condenar si no me perdonas, mamá. El Papa Francisco está hablando de paz, de perdón, de misericordia, y tú no observas eso conmigo, con tu hijo el más pequeño.

—¡Cállate, maldito bastardo! ¡TÚ NO ME VAS A DECIR CÓMO VIVIR MI CRISTIANDAD! Y ¿sabes qué? ¡VETE AL INFIERNO!

Mamá cuelga…

Decido vestirme y salir de la habitación. Cuando López Dóriga pronuncia por enésima vez la palabra amor, apago la tele y azoto la puerta.

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¿Quieres largarte de una vez?

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Asmara Gay

 

 

―Gabriel… abre… déjame entrar…

―¡Otra vez tú! Ya te dije que no quiero hablar contigo ni saber nada de ti.

―Sabes que me necesitas. Y yo te necesito. No seas necio. Quiero estar contigo un rato.

―¿Para qué?, no tiene caso. De nada me sirve estar contigo.

―Si no me abres… ¡Voy a morir!

―¡¿Morir?! Desde que te conozco has sobrevivido a todo, hasta a la televisión. ¿Para qué me necesitas? Soy un fracasado. Creo que has desperdiciado tu tiempo conmigo. Vete con otro… o con otra. Como tú quieras.

―No me quiero ir con nadie. ¡Abre, por favor…!

―Entonces soy yo quien ha desperdiciado el tiempo contigo; pero no volverá a suceder. Ya no te dejaré pasar.

―Sólo tienes miedo, dices esas cosas porque estás deprimido. Pero si me dejas entrar puedo alegrarte la tarde.

―Alegrarme la tarde… He dependido tanto de ti que ya no puedo alegrarme contigo. Me pongo ansioso, ¿no te das cuenta? Quiero hacer mil cosas; empiezo tantas y nunca termino nada.

―¡No me dejes! ¿Qué voy a hacer sin ti?

―Seguirás coqueteando con otros tontos como yo, que dan todo por ti y al final se encuentran solos.

Ella guardó silencio. Los ojos de Gabriel siguieron sobre el televisor, se estaba adormeciendo.

Aquella tarde su imaginación no entró. Sin embargo, siguió cerca porque sabía que ese día o algún otro, cuando menos lo esperara, frente al espejo o mientras miraba a su mujer desnuda, Gabriel cambiaría de opinión.

La llave a la cordura

puerta

Sofía Berdeja Zavala

Postrado frente a ella, incapaz de moverse, envidiando su frialdad y firmeza, temblaba por la incertidumbre que los dividía. Era alta, con un brillo detrás que lo tentaba a atreverse, pero con la amenaza de sorprenderlo. Él sólo debía darle la llave. Eso era todo. Ponerla en esa mano empuñada lo llevaría a un mundo desconocido. Sin ese nuevo universo, su realidad lo atraparía sin jamás dejarlo ir. Ella era la única oportunidad. Inconsciente, luchó durante mucho tiempo para alcanzar a esta figura inmóvil; sin embargo, ahora que ella lo observaba tan serena, él le tenía más miedo que nunca.

Detrás de ella, sonidos de su posible realidad: voces roncas, graves se expresaban con frialdad y urgencia. ¿Acaso él era el único que se sentía solo? ¿Los vecinos tenían visitas en sus hogares? ¿O era su imaginación la que le entorpecía los sentidos? Sobre el piso que lo unía con la misteriosa oponente, se reflejaba una tenue luz. Lo hizo recordar la primera vez que salió de su casa colectiva. Los jóvenes ansiaban por fin ser libres; crear una vida fuera del internado. A él también le urgía mantener un estilo de vida independiente, tal como lo criaron. Ahora, la misma confusión: se inclinaba hacia el cambio, pero con temor a enfrentarlo. El miedo a ir contra las normas cotidianas lo mantenía indeciso: desde pequeño conocía las consecuencias.

Los vecinos no convivían. Las reglas giraban en torno a la privacidad y a la propiedad. Cada puerta poseía una llave; cada objeto, un propietario. La intrusión y el robo eran los crímenes más penados. El farol junto a él poco a poco disminuía su luz, presionándolo a tomar una decisión: ¿abrirla o no abrirla? Podía hacerlo, mas no estaba seguro de ser capaz. Se alejó de ella unos pasos y se detuvo en la oscuridad abrazadora, como preparándose para reportar, esa misma noche, la llave perdida. Examinó alrededor, anhelando que la calle estuviera desierta. Lo estaba. Las estructuras idénticas e impecables desaparecían a la distancia. Su propia casa parecía más lúgubre que las demás. Ahí yacía su imponente soledad. El dueño de la casa 4 se acercó un día para pedirle que mantuviera las cenizas de la chimenea fuera de su tejado; si no, lo acusaría por transgresor. Jamás había vuelto a cruzar palabra con los vecinos. Lo aterrorizaba el hecho de permanecer aislado.

A su alta edad, solo había salido de su hogar para llegar al trabajo. La noche anterior encontró esa llave. Jamás le había ocurrido algo tan interesante. Horas enteras, meditó en lo que podría hacer con ella. ¿Por qué el dueño de la casa con puerta de madera tiraría su llave? No halló la respuesta. Divagó toda la noche y soñó con los ojos abiertos en lo que resultaría abrir esa puerta. A pocos centímetros de su mano, colocó la clave a su libertad. Pensó, a la mañana siguiente, en un buen escondite para la llave. De camino al trabajo, rodeó la casa de la llave perdida y escuchó voces aceleradas que escapaban por debajo de la puerta. Después, siguió su camino y su rutina.

De vuelta en su casa, buscó la llave en el escondite. Con sus largos dedos la examinó como para comprobar que fuera real, acariciando el número grabado en la superficie. Imaginó hombres de su edad con la misma ropa, sentados alrededor de su pequeña mesa blanca. Abrir esa puerta, entrar a esa casa, charlar con sus habitantes, lo impulsaban a decidirse. La necesidad de salir de la penumbra lo hundía en el dilema, pero la llave le daba una esperanza jamás sentida. Le llenaba el alma con una cálida luz que nunca había percibido de un objeto tan frío.

Ahora, el sudor caía desde su frente hasta su blanca ropa. Su piel grasa se empalidecía y lo mostraba como un viejo agonizante. Retumbaban las voces detrás de la puerta: parecían más fuertes que en la mañana. Por segunda vez, revisó que nadie lo estuviera observando. Nadie lo estaba. Tocó la puerta. El sonido seco de los nudillos que golpeaban la madera hizo eco a lo largo de la avenida. Adentro, las voces amainaron por unos segundos, sólo para estallar en alaridos acelerados. Una voz familiar gritó: ¡No abras! Él ya no podía resistirse a la compañía. Sabía que era peligroso, pero probaría el sabor de un mundo diferente.

La mano extendida por fin lo convenció de darle la llave. Giró la pequeña estructura de metal dentro de la cerradura y abrió lentamente la puerta. Al dar el primer paso en el interior, se encontró con varios hombres en batas blancas. Un arma le apuntaba a la cabeza. Un fuerte trueno. Sintió como si una roca lo hubiera golpeado en la frente.