Enrique Krauze: Proyecciones discursivas del Mesías Liberal

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Enrique Krauze. Foto: El Diario de Yucatán

Jaime Magdaleno

 

Fiel a la tradición de la intelectualidad mexicana de publicar libros en el contexto de una elección presidencial, Enrique Krauze entrega en 2018 El pueblo soy yo, un conjunto de ensayos donde diserta sobre demagogia, populismo y fascismo, tanto en América Latina como en los Estados Unidos. A propósito de esa publicación, en el número 776 del suplemento cultural Laberinto, del diario Milenio, José Luis Martínez S. lo entrevista y da hilo, coba u ocasión para que Krauze hable y se extienda sobre una de sus obsesiones de los últimos tiempos: Andrés Manuel López Obrador, a quien en 2006 adjudicó el epíteto de Mesías Tropical, y en quien encuentra ahora una «santa ira […] riesgosa para el funcionamiento de una democracia liberal». En el encabezado de la entrevista, se lee una contradicción. Enrique Krauze quien, según sus palabras, escribe El pueblo soy yo «para que el ciudadano norme su criterio», no obstante «reitera su vocación democrática» y «alerta contra los peligros de la demagogia». Es decir, el encabezado de la entrevista da cuenta de la pretensión de Krauze de normar criterios o dictar normas de conducta para «antes, durante y después de las elecciones» de 2018, pero también muestra su preocupación por la libertad de juicio y de crítica en los ciudadanos. De tal forma, el encabezado nos lleva a reflexionar si, al advertir sobre la demagogia y el populismo, Krauze mismo no nos da qué pensar sobre su propia demagogia y populismo, que intenta normar el criterio de los ciudadanos «antes, durante y después de las elecciones», pese a la «vocación democrática» que afirma tener. Si esto último es cierto, Krauze practicaría el curioso arte de proyectar sobre otros las propias intenciones, adjetivándolas con frases y palabras extraídas del fervor religioso al que pretende ridiculizar, sin darse cuenta de que su «crítica» se parece mucho a aquello que adjetiva. Tal es la tesis que se propone sondear este breve texto, tomando como referencia la entrevista realizada por José Luis Martínez S.

En la entrevista, Martínez S., desde su primera pregunta, suelta el «tigre» AMLO a la bestia de caza de Krauze: «En uno de los textos de El pueblo soy yo, usted escribe: “AMLO no es un populista más, es un populista nimbado de santa ira”», y Krauze se lanza a la caza del tigre, aunque antes le parece importante mostrar la pertinencia de su armamento-argumento: «Cada palabra (del ensayo “México, en la antesala del populismo”) está justificada». Como puede apreciarse, antes de tirar a matar, Krauze, fiel creyente de la religión del libre pensamiento, reza el salmo de la justificación epistémica para afirmar la imparcialidad de su ataque, así como la objetividad de su crítica meditada sobre su obsesión-objeto de estudio: AMLO. Más adelante, afirma: «En López Obrador percibo siempre un aliento religioso. Pienso que López Obrador reencarna una figura redentora, como lo fueron Evita Perón o el Che Guevara en su momento». Es extraño que alguien que intenta ser el guía cívico de la sociedad para «antes, durante y después de las elecciones» califique de «figura redentora» a otro, pues desde mi lectura, Enrique Krauze se identifica a sí mismo como «figura redentora», sólo que de los «peligros del populismo». En ese sentido, me parece claro que, en su discurso, Krauze proyecte su propia misión como Profeta del Libre Pensamiento, adjudicándole a otros las actitudes mesiánicas que él mismo pretende encarnar como Ángel Guardián de la Crítica o Mesías Liberal.

Practicando la fundamentación argumentativa o justificación epistémica de las «palabras» que solicita Krauze, justifico los epítetos Ángel Guardián de la Crítica, Profeta del Libre Pensamiento y Mesías Liberal, con la anécdota que el mismo Krauze refiere sobre Robert Silvers, editor de la revista New York Review of Books:

Lo que te puedo decir es que Octavio Paz dijo que si la izquierda mexicana y latinoamericana no enfrenta el inmenso fracaso de la revolución cubana y no sabe ver con objetividad lo que era Cuba antes de [Fidel] Castro y en lo que se volvió Cuba durante su régimen, dejando a un lado toda la mitología, viendo claramente cómo era la educación, la salud antes de la revolución, si no sabe ver además que por más que habiendo sido detestable [Fulgencio] Batista y justificada su deposición, no saber ver que Castro acumuló un poder que sigue post mortem, esa izquierda nunca será democrática. Guiado por ese mensaje escribí ese ensayo («Cuba: la profecía y la realidad»), que me pidió el célebre editor de la revista New York Review of Books, Robert Silvers, quien murió hace poco (el 20 de marzo de 2017), que había sido un entusiasta partidario de la revolución cubana, como tantos otros, pero que se fue desencantando poco a poco. En sus últimos años, Silvers hizo un balance y coincidió con Paz en que aunque Estados Unidos tenía una gran responsabilidad en la tragedia cubana, de esa utopía fallida la mayor era de los hermanos [Fidel y Raúl] Castro. En las conversaciones que tuvimos un día me encargó ese texto, como un acto de coherencia moral, de decir: «Voy a darle cabida a un crítico, porque pienso que tiene razón». [Las negritas y las cursivas son mías].

En la cita anterior, vislumbramos la proyección mesiánica-profética de Krauze, quien en Octavio Paz tiene un Dios Padre que le habla («Octavio Paz dijo») y en cuyo verbo fundamenta palabra y acción («Guiado por ese mensaje escribí»), creando textos que son repeticiones o actualizaciones del dogma paciano disfrazado en razones («porque pienso que tiene razón»). Lo curioso es que Krauze adjudica su propia actitud mesiánica-profética a los adversarios, de ahí que el ensayo del que habla, «Cuba, la profecía y la realidad», lleve como título la referencia religiosa. Por lo anterior, considero que en el discurso de Krauze subyace un estrato religioso por medio del cual pretende describir y criticar los actos de los otros, aunque ese mismo estrato guía su acción y su palabra. Por lo mismo, pienso que no es exagerado llamar a Enrique Krauze Ángel Guardián de la Crítica, Profeta del Libre Pensamiento o Mesías Liberal.

Por último, me parece que las proyecciones discursivas de Krauze deberían ser objeto de un análisis meditado, profundo. Al llamar la atención sobre los peligros que entrañan tanto el «populismo» como la «demagogia» y el «fascismo», es probable que debamos reparar en la evidente autorreferencialidad de los discursos cargados de «santa ira» de este Profeta del Libre Pensamiento llamado Enrique Krauze.

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Ernesto Sabato y la novela de la crisis

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Juan Antonio Rosado Zacarías

 

El siguiente ensayo fue publicado originalmente en 1995, en la revista Estudios: filosofía, historia, letras, núm. 43, publicación del Departamento Académico de Estudios Generales del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). México, invierno de 1995-1996, págs. 84-90. Luego formó parte del capítulo cuarto del libro En busca de lo absoluto (Argentina, Ernesto Sabato y El túnel), publicado en el año 2000 por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

 

 

El verdadero escritor […] vive entregado a su tiempo, es su vasallo y su esclavo, su siervo más humilde. Se halla atado a él con una cadena corta e irrompible, adherido a él en cuerpo y alma. Su falta de libertad ha de ser tan grande que le impida ser trasplantado a cualquier otro lugar. Y si la fórmula no tuviera cierto halo ridículo, me atrevería a decir simplemente: es el sabueso de su tiempo.

                                                            Elías Canetti: La conciencia de las palabras.

 

 

Ernesto Sabato nació el 24 de junio de 1911[1], en Rojas, Argentina, pueblo alejado de los centros urbanos, como lo preferían muchos inmigrantes europeos. Sus padres llegaron a la Argentina a finales del siglo XIX y establecieron un molino harinero. Así nos describe su infancia el escritor: «pasé la niñez casi encerrado, y casi podría decir que los dos últimos hermanos vimos el mundo a través de una ventana»[2]. Gracias a los recuerdos y a la soledad de la niñez, el autor le da más importancia al tiempo subjetivo, interior, que al objetivo, el de los relojes. Esta noción es importante en sus novelas, así como el tema de la ceguera.

Su obsesión por los ciegos se origina en la infancia, cuando el artista pasaba horas de encierro junto a la ventana (acaso la misma del cuadro de Castel, en El túnel) y enceguecía pájaros para echarlos a volar. En Sobre héroes y tumbas, se narra este episodio, pero como realizado por Vidal Olmos, y en Abaddón, el exterminador aparece el mismo Sabato como responsable del acto, acompañado por el amigo con quien, en la infancia, le pinchó los ojos a un gorrión para echarlo a volar. Estas obras constituyen un exorcismo, pues «si bien el sadismo infantil es muy frecuente, la culpa se prolonga y agranda en el hombre formado»[3], lo que hará que Sabato se autoexorcise al escribir. Un evangelio gnóstico (Tomás) contiene estas palabras de Jesús: «Si sacas lo que hay dentro de ti, lo que no saques te destruirá»[4]. Con esto parece identificarse el autor de El túnel, para quien se debe escribir sólo cuando hay algo realmente importante por decir. De hecho, hay lapsos de trece años entre cada novela suya, y sólo publicó tres. Sin embargo, logró tocar el espíritu del público con la autenticidad de su obra.

Su posición se emparenta con la de Sartre, en tanto que no olvida el compromiso. Dice el filósofo francés: «en la literatura comprometida, el compromiso no debe […] inducir a que se olvide la literatura […] nuestra finalidad debe estribar tanto en servir a la literatura infundiéndole una sangre nueva como en servir a la colectividad tratando de darle la literatura que le conviene»[5].

En El otro rostro del peronismo (carta abierta a Mariano Amadeo), Sabato afirma: «Las torres de marfil, en que tantos escritores y artistas se refugiaron, fueron siempre ilusorias y egoístas; hoy serían trágicamente mezquinas». Pero va más lejos, pues para él todo escritor, como testigo —mártir— de su época, si es realmente profundo, no puede eludir su situación espacio-temporal:

o se escribe por juego…, o se escribe para bucear la condición del hombre […] Si denominarnos gratuito [a] aquel primer género de ficción que sólo está hecho para procurar esparcimiento o placer, [a] este segundo podemos llamarlo problemático, palabra […] más acertada que la de comprometida, pues la palabra compromiso suscita una cantidad de discusiones y de equívocos entre los extremos del simple compromiso con un partido o una iglesia […] y el extremo de eso que podemos llamar problematicidad (en El escritor y sus fantasmas).

Portada La cultura en...El dilema no es entre literatura comprometida y no comprometida: «a cada rato se olvida que hay un solo dilema válido: literatura profunda y literatura superficial»[6]. Una obra literaria, si es profunda, encarnará los sueños y visión de una nación, de una época; ipso facto será literatura comprometida, aun cuando no haya surgido con esos fines. Obras como Martin Fierro, de Hernández, o Don Segundo Sombra, de Güiraldes, encarnan atributos universales del ser humano en un gaucho, y así como ya no se escribe sobre gauchos porque hay otra realidad, es imposible pretender eludir los males metafísicos que nos aquejan. Sartre mismo advierte que uno de los motivos principales del arte es la necesidad del artista de sentirse esencial en el mundo.

El escritor profundo, comprometido, que Sabato llama «problemático», toma partido en la singularidad de su época y entrevé los valores eternos allí implicados. Toma conciencia de la crisis, pero no la percibe como un concepto abstracto ni como una situación que sólo se refleja en algunos aspectos de la vida, como puede ser el religioso, sino que acepta que ninguna obra de arte puede ser abstraída de su tiempo ni del lugar donde nació.

La aseveración no le resta originalidad a la obra artística. Por el contrario, la obra cobra mayor representatividad e importancia en la medida en que refleja la cultura y la civilización de quien la creó. Como Albert Camus vive en el siglo XX, su Calígula puede reflejar el anhelo fáustico del hombre moderno, más que la idiosincrasia del romano, y Las moscas, de Sartre, es una exaltación de la libertad como la entiende el existencialismo de El ser y la nada, más que la historia de Orestes.

el-escritor-sus-fantasmasernestoEn la obra literaria, siempre habrá referencias directas o indirectas, conscientes o inconscientes a la época en que al escritor le tocó vivir. El irracionalismo de las vanguardias representó fielmente la crisis de valores en la época moderna. Recuerda Sabato en El escritor y sus fantasmas que Gauguin escribió a Strindberg: «Si nuestra vida está enferma, también ha de estarlo nuestro arte».

Las vanguardias expresaron, con explosión, la multiplicidad de la crisis que estremeció a Occidente. Cada vanguardia quiso hallar una salida de la situación crítica o representarla con el arte. Ya Dostoievsky se había percatado de la crisis que aún no estallaba en su plenitud, y en Memorias del subsuelo, estableció que «Si la civilización no ha hecho más sanguinario al hombre, éste, bajo su influjo, se ha vuelto más cruel que antes»[7].

Sabato define al escritor como «mártir» en el sentido griego, como «testigo» de su época, postura en total desacuerdo —al menos en un nivel teórico— con el llamado «arte por el arte», muy en boga con Gautier y los parnasianos. Si el artista es un testigo y está consciente de ello, automáticamente se compromete: «Escritores como yo —dice Sabato en Itinerario— nos formamos espiritualmente en medio de semejante desbarajuste y nuestras ficciones revelan […] el drama del argentino de hoy». En este sentido, la búsqueda literaria tendrá una dirección más encaminada hacia lo que se dice, que hacia la experimentación formal; más hacia el fondo que hacia la expresión. Ejemplo de esto es Kafka, quien con formas tradicionales, revolucionó el contenido por la profundidad y simbolismo de sus imágenes y situaciones narrativas. Sin duda, su obra representa la crisis espiritual del hombre moderno.

Ahora bien, pensadores como José Ortega y Gasset, que hablan de la «deshumanización del arte» y que demuestran tal deshumanización por el evidente divorcio entre el público y el creador en el siglo XX, no advierten que el arte contemporáneo, como lo hemos repetido, representa la crisis de nuestra época. Ortega afirma que «Es prácticamente imposible hallar nuevos temas. He aquí el primer factor de la enorme dificultad objetiva y no personal que supone componer una novela aceptable en la presente altitud de los tiempos»[8]. El filósofo hizo esta afirmación en 1925. No es necesario enumerar las obras maestras que surgieron después, año tras año, tanto en Europa como en América en el género novelístico. Si para Ortega el arte está «deshumanizado», para Sabato, en cambio, es el público quien lo está; el artista, a diferencia del público —masa embutida en fábricas u oficinas— conserva los atributos más preciosos del ser humano. Para Ortega hay una «crisis del arte»: para Sabato. un arte de la crisis, es decir: no es el arte el que está propiamente en crisis (toda sociedad lo necesita). La novela surgida de la crisis tratará de ser catártica y cognoscitiva, de integrar la realidad humana desintegrada por la civilización racional y abstracta[9].

Tres aproximaciones...Para ello, ya no le interesará —en la misma medida que en el siglo XIX— la descripción objetiva de la realidad. El elemento psicológico será decisivo, así como la modificación de la estructura novelística. Ejemplos de esta transformación son las obras de John Dos Passos, William Faulkner o el Ulises, de Joyce. La producción novelística se volverá más compleja. En Abaddón, el exterminador, Sabato, como personaje, afirma: «La novela de hoy, al menos en sus más ambiciosas expresiones, debe intentar la descripción total del hombre, desde sus delirios hasta su lógica», y «Mientras no seamos capaces de una expresión tan integradora, defendamos […] el derecho de hacer novelas monstruosas».

Pero dejemos a un lado la crisis que Ortega le adjudica al arte del siglo XX. Es oportuno concentrarnos en un lapso de gran importancia: la segunda posguerra y sus efectos. Para entonces (1945 en adelante), las vanguardias ya habrán muerto, pero no la crisis que las vio nacer. Para compenetrarse con Juan Carlos Onetti, Eduardo Mallea o Ernesto Sabato, es necesario referirnos a la «angustia» de la posguerra. Nadie más indicado que el «filósofo de la crisis», Sartre, quien afirma, en ¿Qué es la literatura? (pág. 198):

La angustia, el abandono y los sudores de sangre comienzan para un hombre cuando no puede tener otro testigo que él mismo; es entonces cuando […] experimenta hasta el extremo su condición de hombre. Verdad es que distamos mucho de haber experimentado todos esta angustia, pero […] nos ha obsesionado a todos como una amenaza y una promesa; durante cinco años, hemos vívido fascinados y, como no tomábamos a la ligera nuestro oficio de escritor, esta fascinación se refleja todavía en nuestras obras: nos hemos dedicado a hacer una literatura de situaciones extremas.

Estas situaciones son las que mejor encarnan la novelística de la posguerra. Ya en El lobo estepario (1927), de Hesse, las encontramos mezcladas con magia, irracionalismo y angustia. Gracias a que la novela es «el género que mejor refleja los cambios de una sociedad, pero también la conciencia de estos cambios»[10], es como el género ha pasado a ser uno de los más importantes desde el siglo XIX. Afirma Mircea Eliade: «la novela […] ha ocupado en las sociedades modernas, el lugar que tenía la recitación de los mitos y de los cuentos en las sociedades tradicionales y populares»[11]. En efecto, la estructura mítica de muchas novelas modernas resulta evidente. Es posible desentrañar allí temas y personajes mitológicos: el destino, muy importante en El túnel y Sobre héroes y tumbas, pero también el tema iniciático, los combates de un Héroe-Redentor contra el Mal, el mito fundacional (la fundación mítica de un lugar), entre otros. La novelística sabatiana pretende, en el fondo, un rescate del mito: «es indiscutible que las obras de arte son mitologías que revelan las verdades últimas de la condición humana» (Apologías y rechazos), y en una entrevista lo confirma:

En una civilización que nos ha despojado de todas las antiguas y sagradas manifestaciones del inconsciente, en una cultura sin mitos y sin misterios, sólo queda para el hombre de la calle la modesta descarga de sus sueños, o la catarsis a través de las ficciones de esos seres que están condenados a soñar por la comunidad entera. La obra de estos creadores es una forma mitológica de mostrarnos una verdad sobre el cielo y el infierno[12].

Además, en particular, la novela de la crisis desdeña la visión simplista y maniquea de los «buenos» y los «malos». Las obras de Dostoievsky tienen un inmenso valor psicológico; sus personajes se contradicen como seres de carne y hueso. Aquí todos los personajes son héroes y antihéroes. No hay esquemas definidos ni moldes. Lo esencial es la contradicción y el cambio.

El caudal real y mítico tan diverso y heterogéneo de América Latina, se ha manifestado en una vasta producción novelística en el siglo XX que nos parece indispensable para revalorar nuestro ser. La crisis argentina se identifica con la europea, con la salvedad de que en el país sudamericano hay inexistencia de un pasado grandioso; ni siquiera rastros históricos consuelan al ser argentino. Para Sabato ese país padece de una doble crisis, en que el europeísmo se hace necesario. Por tanto, podemos hablar también de la novela de la «doble crisis» argentina. Comprendamos la situación de la narrativa en la Argentina presabatiana.

Durante la década de los veinte, una serie de escritores, muchos de los cuales adoptaron la vanguardia llamada «ultraísmo», se reunieron en torno a la revista Martín Fierro. Entre ellos figuraban Borges, Güiraldes, Mallea y Leopoldo Marechal. El grupo, empeñado en cambiar la literatura más que en crear una literatura de tipo social, fue llamado «los de Florida», barrio lujoso de Buenos Aires. La creación de una literatura de tipo social fue la misión del grupo de «Boedo», cuyo nombre se tomó de un barrio popular de la misma ciudad. Entre estos últimos se encontraba Roberto Arlt, aunque Borges lo ubica en ambos grupos. Los dos, sin embargo, son representativos de la novela de la crisis argentina. El título de uno de los cuentos del libro de Mallea La ciudad junto al río inmóvil (1936), «Conversación», es muy irónico, pues lo que el relato nos muestra es justo la incomunicación de una pareja reunida en un bar para «conversar». Los silencios de la pareja son la «nada» que separa a un individuo de otro. Pero no sólo los silencios: la misma «conversación» es una incomunicación progresiva. Además, en este cuento se alude a la incomunicación de los humanos en general: «La eterna cosa. No se entienden los rusos con los alemanes. No se entienden los alemanes con los franceses. No se entienden los franceses con los ingleses. Nadie se entiende. Tampoco se entiende nada»[13]. Y en El juguete rabioso, de Arlt, encontramos, además de la angustia existencial y la transgresión, un horror ante la muerte. Afirma el protagonista: «Ser olvidado cuando muera, eso sí que es horrible», y más abajo: «Frente al horizonte recorrido por navíos de nubes, la convicción de una muerte eterna espantaba mi carne».

No obstante, la polémica entre ambos grupos (Boedo y Florida) se dio justo por la carencia de grupos literarios en Argentina. Para comprender hasta qué punto este país está europeizado, hasta qué punto imita a Europa, cito las siguientes palabras de Borges:

Borges-SabatoRecuerdo la polémica Boedo-Florida […], tan célebre hoy. Y si embargo fue una broma tramada por Roberto Mariani y Ernesto Palacio. A mí me situaron en Florida aunque yo habría preferido estar en Boedo. Pero me dijeron que ya estaba hecha la distribución y yo, desde luego, no pude hacer nada, me resigné […] Todos sabíamos que era una broma. Ahora hay profesores universitarios que estudian eso en serio […] Ernesto Palacio argumentaba que en Francia había grupos literarios y entonces, para no ser menos, acá había que hacer lo mismo. Una broma que se convirtió en programa de la literatura argentina[14].

Como podemos constatar, incluso en la creación de grupos literarios, hubo una deliberada europeización. Pero suponiendo que en verdad hubo una polémica entre ambos grupos, ahora está tan distante que las diferencias se van perdiendo. Lo que resulta indudables es que tanto el «grupo» de Boedo como el de Florida representan la literatura de la crisis en la Argentina de su tiempo. El hecho de que muchos artistas se hayan unido al «ultraísmo» (de ultra, más allá), constituye una prueba. Incluso la literatura posterior de Borges, a pesar de sus elementos fantásticos, pertenece a una literatura profunda, metafísica. Dice Ángel Rama: «Pienso que a veces hay en lo fantástico algo mucho más metido en lo profundo y en la problemática más auténtica que mucha literatura realista que exteriormente dice estar en los problemas»[15]. Esta afirmación se puede aplicar a Borges, ya que en su obra plasma la condición humana y por ello encarna la crisis de nuestro tiempo, como Cervantes la del suyo.

En cuanto a El túnel, sin duda es novela de la crisis, una obra, como dice Sartre, de «situaciones extremas». Y si bien Juan Pablo Castel, su protagonista, no puede, como apunta James Predmore, retratar la crisis de Occidente por tratarse de un psicópata[16], la novela en su conjunto sí lo hace. Aunque no se contemple en la obra, tal locura (tomando en cuenta la visión de Sabato) surgió a consecuencia del efecto que la crisis produjo en un ser hipersensible, efecto que acarreó la incomunicación y la soledad, primero, y después el anhelo de un absoluto (el amor de María Iribarne) que lo aleje precisamente de la crisis y que finalizará en la desesperanza más abrupta.

 

 

[1] También fecha de nacimiento de Fernando Vidal Olmos, personaje de Sobre héroes y tumbas.

[2] Diálogos Borges-Sabato, Buenos Aires, Emecé, pág. 119.

[3] Luis Wainerman, Sabato y el misterio de los ciegos, 1978, Buenos Aires, Castañeda, pág. 15.

[4] Elaine Pagels, Los evangelios gnósticos, 1988, México, Crítica, pág. 13.

[5] J. P. Sartre, ¿Qué es la literatura?, 1981, Buenos Aires, Losada, pág., 24-25.

[6] Ernesto Sabato, «La cultura en la encrucijada nacional», en Crisis, 1971, Buenos Aires, pág. 30.

[7] Obras completas, t. II, México, Aguilar, pág. 108.

[8] Ideas sobre la novela, 1982, Madrid, Espasa Calpe, pág. 162.

[9] Cfr. Tres aproximaciones a la literatura de nuestro tiempo, 1968, Santiago de Chile, Ed. Universitaria, pág. 77.

[10] A. Roa Bastos, «Imagen y perspectivas de la narrativa latinoamericana actual», en La crítica de la novela iberoamericana contemporánea, UNAM, pág. 42.

[11] Mito y realidad, 1985, Barcelona, Labor, pág. 198.

[12] «Censura, libertad y disentimiento», entrevista de O. Baron Supervielle, Revista de la UNAM, febrero 1979, México.

[13] Mallea, «Conversación», en S. Menton, El cuento hispanoamericano, México, FCE, pág. 445.

[14] Diálogos Borges-Sabato, op. cit., pág. 17-27. Cursivas mías.

[15] «Fantasmas, delirios y alucinaciones», en Actual narrativa latinoamericana, 1970, La Habana, Casa de las Américas, pág. 68.

[16] Cfr. Un estudio crítico de las novelas de Ernesto Sabato, 1981, Madrid, José Porrúa Turanzas, pág. 34.

Pintar las vías de un tren

Arreola

Federico Ballí

Hablaré aquí de Juan José Arreola; hablaré sobre todo de «El guardagujas», pero antes hay que dibujar las vías por las que transitaremos para que no se nos vayan a descarrilar las ideas. Eso ya le ha pasado a varios escritores y aquí no queremos que suceda, porque la academia dice que un ensayo debe dirigirse sólo en una dirección, tener un destino ya preestablecido; aunque, a veces, la academia también festeja a escritores a los que les gusta desviarse, como Arreola, que en sus cuentos realiza un constante vagabundeo y rompe las líneas de los géneros: se desvía de lo anecdótico a lo ensayístico, del microrrelato a la observación. Arreola es uno de esos escritores en los que el uso de la palabra es sinónimo de libertad; así, en «El guardagujas» —un cuento con sabor a ensayo— se va por aquí y por allá en una serie de rodeos que describen las precisas imprecisiones ferroviarias y a su pobre personaje lo deja varado sin que termine su conflicto, o quizá sí se resuelve un conflicto, pero «afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud».

Yo no soy gran escritor de cuentos, pero los grandes cuentistas dicen que en uno hay que llegar de un punto A a un punto B lo más rápido posible, sin desvíos ni escalas; y es que cuando uno habla debe ser conciso, ¡y doblemente conciso cuando escribe! Al hablar de algo, como en este caso de «El guardagujas», no hay que irse por esas vías alternas, esas a las que llaman digresiones, porque uno corre el riesgo de perderse en cosas que no vienen al caso. A mí me han dicho que debo ir directo al destino, al punto final; seguir la hebra de un pensamiento sin desviarme ni detenerme a ver el paisaje. Porque mientras más pronto se llegue al punto final, y yo quiero llegar aquí al punto final de «El guardagujas», más meritorio es el pensamiento. Así funciona la lógica. He visto muchas personas que siguen estas reglas y siempre van del inicio al final en un hilo de lógica implacable. En eso el ensayo y el cuento no son tan distintos. Porque cuando se quiere decir algo hay que decirlo, y mejor si se dice con el menor número de palabras, o sin palabras, que también he visto a personas hacer eso. Y cuando algo se pone por escrito ahí está, a la vista, el punto final, y el lector quiere llegar pronto a él y si el texto se desvía demasiado quizá decida saltarse todos esos rieles de palabras que le impiden llegar a su destino, a esa brillante conclusión. Algunos ven que en el punto final se acaba lo escrito, pero yo más bien diría que ahí comienza porque quienes han recorrido las vías, en su mente dan un significado a ellas, y a quienes han decidido acortar el viaje, saltar del título al punto final —viaje express— los espera ya el punto final de otro texto.

train-2375022_960_720Pero, demos un paso atrás. Como dije hay que pintar las vías. Es hora de presentar el itinerario; en este caso Arreola plantea a un forastero que desea abordar un tren porque necesita llegar a la ciudad de T. el día siguiente. El forastero llega a los andenes «a la hora justa en que el tren debía partir». Hasta aquí tenemos un personaje que desea algo pero se enfrenta a un obstáculo para alcanzarlo, los requisitos del género: personaje y conflicto. Juan Rulfo —alma páter de los vendedores de llantas mexicanos— ya anunciaba todo esto desde el título en cuentos como «Diles que no me maten» o «Es que somos muy pobres». Aunque conocía muy bien a Rulfo y era muy amigo suyo, Arreola elige otro camino; no titula el cuento: «Debo hallarme en T. mañana mismo» —título adecuadísimo para una historia en la que el personaje insiste en que debe llegar a T. el día siguiente—, sino que lo titula «El guardagujas». ¿Acaso no se dio cuenta que su apego excesivo a ese personaje incidental, su obsesión con él, terminaría por descarrilar la historia? Cuando aparece el guardagujas, el cuento cambia de dirección, cambia de vía, se transforma en una larga explicación del sistema ferroviario para aquel pobre forastero que tan sólo quería llegar a T. ¡Triste desilusión para el lector que deseaba saber el resultado de dicho viaje! Queda claro por qué, en su época, Arreola fue tan criticado: ¡cómo se le ocurre alejarse si quiera un paso de los modales y fórmulas cuentiles! ¿Qué dirá la academia al ver a este escritor que inserta digresiones y reflexiones? Casi parecería que Arreola juega con sus lectores.

Quizá el Bestiario de Arreola debería ya de advertirnos la clase de escritor con el que nos enfrentamos aquí. Un escritor que al hablar de los felinos se concentra en Don Quijote, Doña Juana, Androcles y otros domadores de leones; al hablar de los topos, se enfoca en las medidas que los agricultores utilizan para deshacerse de ellos; al hablar del rinoceronte, describe más bien una locomotora o un tanque y finaliza transformándolo en unicornio. Arreola es de esos escritores que destila digresiones; describe los objetos mediante el rodeo, la perífrasis, y así obtiene un Bestiario en el que se refleja la sociedad o la cultura o la literatura o la poesía o la bestia, pero sobre todo el hombre en la bestia o la bestia en el hombre o sólo el hombre, que es bien bestia. En fin, Arreola, al escribir, divaga. Se pierde, se sale de tema como el niño que en medio del juego se aburre y cambia las reglas. Por supuesto que, aunque la literatura es juego, hay reglas ineludibles: hay que poner una letra, de preferencia después de otra en forma que se escriba una palabra[1], y después una oración, y después un párrafo y otro y otro hasta el punto final. Esto, la mayoría de las veces, Arreola lo respeta, aunque con su desinterés en las formas —probadas y reprobadas— no debería sorprendernos que cambie de uno a otro tema. Y en «El guardagujas», no hay que olvidar el cuento, Arreola intenta hablar de trenes: aparatos con un destino fijo, adheridos a un sistema de vías.

El cuento se torna casi en un ensayo dialogado. Así como Cortázar dio las instrucciones para subir una escalera y olvidó dar las indispensables instrucciones para bajarla —algo que aún le reprochan los millares de hombres que una vez arriba no supieron cómo descender—, Arreola abandona su anécdota principal y la sustituye por un sinfín de descripciones: vías que no van a ningún lugar, estaciones en medio de la nada que se hacen pasar por las de grandes ciudades, puentes inconclusos que obligan a que los pasajeros desarmen el tren y lo conduzcan «en hombros al otro lado del abismo», vagones cementerio para enterrar a quienes mueren en el viaje, espías que «del comentario más inocente saben sacar una opinión culpable» para confinarlo a uno en un vagón cárcel, aldeas que se fundan a partir de un tren varado, pasajeros a los que se les abandona muy lejos de la civilización para crear poblaciones. El guardagujas le relata al forastero todos estos acontecimientos, inserta una historia dentro de la historia, o más bien múltiples historias que se relacionan con los trenes y las maravillas ferroviarias del país. Así, las vías del tren, en su inmovilidad, fungen como tierra fértil en el que el cuento se desarrolla. Los desvíos de Arreola, sus digresiones, se transforman en múltiples vías alternas dentro de un cuento en el que la anécdota se bifurca, se multiplica; similar a la estructura de Las mil y una noches, la anécdota del forastero sirve de anclaje: un punto de partida para la producción de nuevas historias, cuentos dentro del cuento, microrrelatos que engendran más relatos. Esta estructura de multiplicación, de vagabundeo, de dispersión, es precisamente la que repite Arreola en su única novela, La feria.

laferiaEn esta novela, Arreola lleva al extremo la estructura de los relatos que se bifurcan; genera un coro de voces, un collage de situaciones e identidades que retrata, en su polifonía, la situación del pueblo. Este extremo de experimentación con la estructura —hasta transformarla en un rompecabezas, en un huracán de disparidades— se acompaña, irónicamente, de un modelo cercano al de la novela costumbrista: en La feria Arreola funde lo más vanguardista de su literatura con los rasgos más conservadores de la literatura mexicana para crear un híbrido de ruido y furia. Cada pequeño apartado en La feria funge como un extracto de novela costumbrista, una unidad en sí mismo y, a la vez, forma parte de una estructura más compleja. De la misma forma, cada una de las historias que cuenta el guardagujas se sustenta como un relato individual y una parte insustituible dentro del cuento.

Las anécdotas que describe el guardagujas se balancean entre lo fantástico y lo absurdo en forma similar a ciertos relatos de Kafka, como «Un artista del hambre» o «La condena», o algunos cuentos de Cortázar, en especial «La autopista del sur».[2] No hablamos aquí de sucesos imposibles, sino de cuestiones que operan bajo una lógica interna, inverosímil, impráctica. A diferencia de los protagonistas de Kafka o de Cortázar, el forastero —reflejo del lector— inicialmente se cuestiona la realidad de las historias del guardagujas. Aun así, poco a poco también él parecería comprender que las reglas en este lugar no son las mismas que en su país de origen y su sorpresa se transforma en aceptación. El estilo de Arreola se opone a plantear una opinión política clara a sus escritos y se aleja del realismo y costumbrismo; con esto, se  enfrenta directamente a las piedras angulares que sustentaban la literatura mexicana de su época: desdeña la lógica y se sumerge en un mundo de incertidumbres, un mundo en el que la realidad y el absurdo se entrelazan a tal grado que parecen inseparables. La idea de que el cuento, y la literatura general de Arreola, introduce el realismo mágico en México me parece errónea, un intento de reducir lo que se desconoce al unirlo a géneros bien cimentados en la literatura. Más que introducir elementos fantásticos en la realidad, Arreola se inclina por el uso del absurdo para describir su cotidianeidad con ironía, ese surrealismo con el que artistas como Breton y Dalí calificaban a México. El absurdo, en conjunto con la sensación de extrañamiento que despierta, sirve aquí como un método para criticar en forma irónica la realidad tanto del país como del mexicano.

Pero regresemos a «El guardagujas». Hemos llegado a la última parada; prepárese para el descenso. Poco antes de que llegue el tren, el guardagujas retirado lanza una pregunta al forastero: «¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un pintoresco lugar desconocido, en compañía de una muchachita?». La pregunta queda sin respuesta, devorada por un silbido lejano que anuncia la fortuna del forastero: se acerca un tren que lo llevará a su destino. Cuando el guardagujas le pregunta una vez más sobre el nombre de la estación el forastero contesta con excitación: «¡X!». Pero, ¡si múltiples veces había dicho que T.! ¿Cuál es el significado de este cambio repentino?, y sea dicho de paso, ¿a dónde quiere llegar Arreola con este cuento?

«El guardagujas» sintetiza en unas cuántas páginas la propuesta poética de Arreola; se descarrila, cambia una y otra vez de vía para delinear, con un trazo apenas perceptible, múltiples temas. Las interpretaciones se abren unas a otras; en las anécdotas un número de lecturas, a veces sólo sugeridas, se entrecruzan. El cuento es un viaje estático, sólo da la apariencia de moverse; pero en su inmovilidad, en ese ir y venir errático, pareceríamos encontrar una crítica al sistema ferroviario, un comentario social, una reflexión existencial, una alegoría de la vida e, incluso, una opinión política velada. «¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?». Así, mientras desaparece el viejo, mientras el forastero espera el tren, Arreola pone un punto final al cuento cuando este apenas comienza. El final abierto, que la mayoría de las veces no deja adivinar las conclusiones, es un sello característico de este autor que hacía de su propia vida una obra literaria. Todo punto final abre una nueva historia.

[1] Las palabras reales y las articepcionadas poseen, por lo general, el mismo valor.

[2] Vale la pena destacar la gran similitud entre este cuento de Cortázar y la anécdota sobre la fundación de la aldea de F.

Humano soy y nada humano me es ajeno: Sobre El miedo lejano y otras fobias de Juan Antonio Rosado

El miedo lejano 1

 

Asmara Gay

 

Cuando cerré el libro de Juan Antonio Rosado, El miedo lejano y otras fobias, no sabía bien a bien por dónde empezar a comentarlo. Tanto en el prólogo escrito por Karina Castro y Janine Doufour, como en algunas reseñas que había leído sobre la obra, todos los autores coincidían en el carácter heterogéneo de los relatos. Sin duda, esto es cierto, si tomamos en cuenta la diversidad tanto temática como de modalidad literaria con que Rosado construye sus cuentos, pues en este libro podemos encontrar sátiras, fábulas, relatos fantásticos, históricos, de ciencia ficción, realistas, eróticos, existenciales e incluso experimentales.

Dicen las prologuistas: «De la única manera como puede clasificarse esta obra es sólo como un libro de narraciones, y su unidad radica en el trabajo artístico de la escritura». Trabajo artístico, por cierto, que puede contemplarse estructuralmente en cada relato y, a la vez, en la propuesta estructural del libro en sí que nos da el autor. El miedo lejano y otras fobias es un libro de veinte cuentos escritos a lo largo de 35 años y que en la presente edición se divide en tres partes: «Sobre el tiempo», que contiene cuatro relatos, «De la urbanidad», que incluye siete, y «De la pureza» que tiene nueve.

Por supuesto, hablar del trabajo artístico con que Rosado compone sus cuentos implica muchas cosas; esto no sólo se refiere a la construcción sintáctica (frases, oraciones, secuencia de párrafos, fragmentación del discurso o de su lógica), o al esmerado trabajo en los diálogos, ya sea que haga uso del indirecto libre o los redacte en su forma tradicional. Este trabajo artístico atraviesa, pues, no sólo el lenguaje, sino que su mayor valor radica, pienso, en la conciencia artística. Desde que Rosado tiene la pluma en la mano, o para ser más modernos, la computadora, sabe cuál es la intención que tiene al elaborar cada relato y cómo redactarlo para que el lector comprenda esta intención. La intención, como se intuirá, también es diversa en cada obra, y así volvemos a hablar de la heterogeneidad de El miedo lejano y otras fobias, ya que a veces esa intención es lúdica; otras veces crítica; otras, humorística; otras, reflexiva, y otras, un atisbo a la condición humana de sus personajes.

A pesar de cuanto se ha hablado sobre la heterogeneidad de este libro, pienso que podemos hallar otro elemento de unidad, además del que nos proporcionan las prologuistas. Esta unidad está comprendida en el título mismo del libro: El miedo lejano y otras fobias. El autor, como lo han hecho otros escritores, bien pudo poner por título El miedo lejano (que es el nombre de un cuento de esta antología) y otros cuentos. Pero no lo hace, no escribe «El miedo lejano y otros cuentos», sino El miedo lejano y otras fobias. Al titular de este modo su libro, Rosado nos confiere implícitamente una guía de lectura. Nos está diciendo que «El miedo lejano» es una fobia y que los otros cuentos que incluye el libro pueden leerse como representaciones de fobias.

El cuento «El miedo lejano», que Rosado dedica al escritor hidalguense Agustín Cadena, narra la historia de Enrique, un joven de 21 años que acaba de terminar una relación amorosa con Alejandra, y que al tratar de alejarse de sí mismo y del vacío existencial que siente sale a dar un paseo a las seis de la mañana el 19 de septiembre de 1985. El marco histórico del cuento es, por supuesto, el trágico terremoto de aquel día y que a nosotros nos recuerda también el cercano terremoto acontecido en nuestro país el 19 de septiembre de 2017. Sin embargo, la aventura por la que atravesará el personaje está distante de la solidaridad que se sintió por parte de la población en ambos terremotos. Lo que encuentra Enrique es la miseria humana. Una niña de menos de doce años será su guía en esta andanza. Pero la niña está lejos de la inocencia. El cuento finaliza con una reflexión de Enrique sobre la vida:

Largas bocanadas te hacen pensar en la vida, en el conjunto de la vida, que es muchas veces más fantástica, inverosímil y absurda que toda la literatura. Ni tus nervios ni tu nuevo miedo se calman. Sólo el miedo, ya lejano, a la soledad. Ahora imaginas lo que hay y lo que ya no hay ni nunca habrá fuera de ti, en los otros, en los barrios devastados por la naturaleza y por la negligencia de los ingenieros que utilizaron plastilina para construir edificios. Con toda esa carga de nerviosismo, piensas llevar el absurdo al extremo y continuar tu pesquisa por la chingada, en medio del humo del cigarro y esperando que la luz llegue para buscarla mejor, tal vez afuera, con los demás, con los que removían escombros para encontrar cuerpos con vida o cadáveres, con la ciudad que te reclamaba, que intentaba sacudirte de tu letargo, porque tu vida, desde hoy, ya no es sólo tuya.

El miedo lejano, la fobia a la soledad, llevó a Enrique a conocer la miseria humana. Pero esa misma fobia le proporcionó, paradójicamente, una tenue luz, pues entiende que su vida ya no es sólo suya, porque su vida, la vida de cada ser humano, está íntimamente relacionada con el actuar de los otros.

El libro comienza con un relato al que su autor titula «Luces opacas». En este oxímoron hay una nueva fobia: la fobia humana a la oscuridad y a lo desconocido. Los personajes de este cuento regresan, no sabemos de dónde, por una estrecha e infinita carretera. En medio del camino se detienen porque Elisa necesita con urgencia hacer una parada para ir al baño. Como no vuelve, las otras mujeres que van en el carro salen a buscarla. De este modo, se verán conducidas por Elisa, cuando la hallan, por un oscuro bosque hacia lo desconocido. Dice la narradora al final:

De pronto, nos vimos en medio de un paisaje lunar, lleno de rocas, la mayoría de ellas de origen volcánico. El viento soplaba con insistencia. Elisa volvió la cabeza: no había brillo en sus ojos. Con una sonrisa cadavérica y un rostro cada vez más pálido, empezó a internarse en la espesura de lo que parecía un inmenso bosque. La ya de por sí poca claridad del cielo fue perdiéndose en la medida en que nos internábamos en la incertidumbre de la vegetación. Nada comprendíamos. Sólo estábamos seguras de que seguir a Elisa era el único camino.

Seguir a Elisa es, desde mi punto de vista, seguir al mismo Juan Antonio Rosado a entrar en su libro. Es una invitación a un viaje, pero este viaje, iniciático, que nos proporciona el libro, de ninguna manera será cómodo, pues el autor nos ofrece un camino oscuro que no todos los seres humanos desean explorar, aunque la misma oscuridad sea parte de la existencia humana.

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De derecha a izquierda, Cecilia Urbina, Asmara Gay, Edmé Pardo, Juan Antonio Rosado y Federico Ballí en la presentación del libro El miedo lejano y otras fobias, de J. A. Rosado, el 7 de diciembre de 2017, en Casa Lamm.

Si se acepta el viaje lector al cual nos invita Juan Antonio Rosado, encontrará las otras fobias representadas en los cuentos del autor: la fobia a cuidar lo esencial del alma por ir en pos de la modernidad («Florido laude»), la fobia a la represión sexual («Ojo triangular»), la fobia al desamor («Dulce flagelo»), la fobia a la diferencia («La uva y el dominó»), la fobia a la identidad («Prótesis» y «Revelación»), la fobia a la monotonía («Vuelta de paseo» y «La importancia del condimento»),  la fobia a la familia («Réquiem por Melisa»), la fobia a la vida («Ecce homo»), la fobia a la crítica, a pensar por uno mismo y a la libertad (presentes en la mayoría de los cuentos). De manera evidente o apenas sugerida, en los mismos personajes o en diálogo con el lector, estas fobias encarnan parte de una realidad humana que la sociedad siempre trata, de algún modo, de ocultar.

De cuento a cuento, de fobia a fobia, el mundo narrativo de este libro se desenvuelve de la luz opaca a la ceguera total. El libro termina con una versión moderna de «El traje nuevo del emperador», recopilado por Hans Christian Andersen, pero en el cuento de Rosado, llamado «La roncha canina», la revelación de la desnudez de la pareja real por parte de una niña no provoca lo que en el cuento de Andersen: que el pueblo abra los ojos ante la tontería que estaba haciendo el emperador. En «La roncha canina», el pueblo cierra los ojos, acepta la tontería de la pareja real y se forma con los sastres para pagar por un invisible vestido como el que llevan los reyes. Desafortunadamente, la tontería nos ha alcanzado a todos, parece decirnos Rosado con su final: «Y así se cuenta y se vuelve a contar este cuentecito de nunca acabar».

Y es este final el que de alguna manera también nos lleva de regreso al inicio de esta obra: «Y así se cuenta y se vuelve a contar este cuentecito de nunca acabar» trasciende el tiempo y al propio relato. Cada uno de los cuentos podría contarse de nuevo como un reflejo de la realidad, antigua y moderna, del ser humano, pese a que los relatos están inmersos en el ámbito de la ficción y en un tiempo interno en particular.

De este libro también podrían comentarse otras cosas, por ejemplo: las lecturas del autor que están en los relatos, y que nosotros, de forma detectivesca, podríamos descubrir como intertextos o influencias: Juan García Ponce, Sade, Dante, Freud, Salvador Novo, Marx, Nietzsche, Arreola, Cortázar, García Márquez, Kafka; la lista es interminable, porque Rosado es un erudito, aunque sus cuentos, por fortuna, no caen en una prosa pesada y superficial, sino todo lo contrario: es moderna, crítica, irónica y acerca de la vida cotidiana. Se podría hablar también de la experimentación en su narrativa: del encabalgamiento de descripciones de algunos narradores con las meditaciones de sus personajes, de la yuxtaposición de la realidad con el mundo onírico en otros, sobre cómo algunos cuentos caen en el terreno del ensayo, o cómo se suprime el tiempo y, aun así, éste se vuelve cíclico; cómo da una vuelta de tuerca, no sólo al final de los relatos, sino en los diálogos y en la narración misma; cómo la paradoja habita en muchos cuentos y, con todo, el universo que ha creado el autor se mantiene verosímil; se podría hacer una analogía del libro con un laberinto: cada cuento puede entenderse como un pasadizo confuso sobre la vida humana, o hablar acerca de cómo los personajes son intemporales, y de tantas cosas más. Simplemente, a cada uno de nosotros nos llevarían muchas páginas comentar todo lo que hay en el libro.

Me quedo pues con la lectura de las fobias, sobre todo porque al mismo Rosado le he escuchado decir tantas veces que uno no saca sus demonios en la literatura, sino que en ella crea más demonios. En esto, Rosado siempre ha sido claro y se comprende entonces por qué en el cuento «La hormiga y la cigarra» (una versión moderna, lúdica y lúcida de la antigua fábula) cita a Terencio: «Humano soy y nada humano me es ajeno». Antiguas y permanentes fobias humanas están en esta obra y quienes la hemos leído esperamos una lectura inteligente, ya que —como el autor refirió hace poco en una entrevista—: «El escritor ejerce su profesión para quienes leen y nunca para quienes no lo hacen».

Esta afirmación se entrelaza con lo que leí recientemente en la columna sabatina del escritor mexicano David Toscana en el suplemento Laberinto del periódico Milenio. Dice Toscana:

Me extraña que lectores de obras maestras sepan comprender a los personajes literarios apenas en las páginas de los libros y se vuelvan de mente y juicios ordinarios a la hora de mirar eso que llaman “la vida real”. Si un lector no considera que la literatura es también parte de la vida, de la realidad, de su yo, de su experiencia, si no acepta que las buenas novelas son alimento del alma y de la inteligencia, tons ¿pa qué lé?

Si un lector no aprende nada sobre las pasiones humanas cuando lee a Chéjov y apenas le parece un cuentista chistoso, tons ¿pa qué lé? Si un lector no sabe acometer alguna aventura quijotesca o al menos respetar a quien lo hace, tons ¿pa qué lé? Si después de leer Madame Bovary o Anna Karenina continúa con juicios ordinarios sobre la infidelidad de su mujer, tons ¿pa qué lé? Si luego de leer a Dostoievski no acaba por darse cuenta de los matices que tiene cada historia, cada vida, cada persona, de las razones que parecen maldades o las maldades que parecen razones o las bondades que parecen maldades o las maldades que parecen bondades, tons ¿pa qué lé? […] Si usted, amigo lector y usted amigo escritor, es de los que leyó Desgracia de Coetzee, Stoner de John Edward Williams, Muerte en Venecia de Thomas Mann, Lolita de Nabokov, La casa de las bellas durmientes de Kawabata y reacciona ante las noticias haciendo los mismos comentarios y juicios que una abuela católica iletrada, tons ¿pa qué lé?

Así, cada uno de nosotros abra su mente y déjese llevar por este viaje lector, comprenda lo que de humano hay en los relatos y observe, como si estuviera ante un espejo, la oscura humanidad que nos abarca. No se quede impasible después de leer El miedo lejano y otras fobias, no cierre el libro diciendo, como el personaje Susanita de la historieta Mafalda: «¡Qué barbaridad!»; pertúrbese, inquiétese, acepte la invitación que Rosado nos hace para entrar en una reflexión profunda, pues usted, como Terencio, como Rosado, como yo, como todos, humano es, y nada humano nos debería ser ajeno.

 


Texto leído en la presentación de El miedo lejano y otras fobias, el 7 de diciembre de 2017 en el Salón Tarkovsky del Centro de Cultura Casa Lamm.

Invitación JARZ

Desmesura: El miedo lejano y otras fobias, de Juan Antonio Rosado

Jaime Magdaleno

 

El miedo lejano 1¿Es probable o por lo menos posible que todos tengamos un “Destino de átomos”? Es decir: ¿existe la posibilidad de que todos los aquí reunidos orbitemos en torno a un centro o núcleo a partir del cual nos encontremos o alejemos indeterminadamente? Si esto es así, tal vez el núcleo de nuestras órbitas sea Juan Antonio Rosado. Concedamos lo anterior y ahora imaginemos que nuestras órbitas se disparan hacia un futuro incierto. Lo que solicito es que imaginemos, por favor, que en esta presentación un sujeto A conoce a un sujeto B (en realidad, pienso en que en esta presentación un hombre conoce a una mujer) y a partir de que entablan conocimiento uno del otro se enfrascan en un romance del tipo “Las dulzuras del limbo”. Los que hemos leído ese cuento de Juan Antonio Rosado sabemos que, si ése fuera el caso, las repercusiones de esta presentación se volverían gozosas para los participantes, quienes quedarían envueltos en un triángulo amoroso donde el hombre se convertiría en voyeur y la mujer desplegaría su sexualidad en compañía de otra, más joven y apetitosa.

Fin del primer despliegue de la imaginación.

Ahora vamos a un segundo despliegue: un sujeto A conoce a un sujeto B y a partir de que entablan conocimiento uno del otro se embarrancan en diferencias ideológicas insalvables, y eso los lleva a convertirse en enemigos irreconciliables, tal como acontece en el cuento “Tiro de gracia”, donde un anticlerical profesor de ética se enfrasca en una pugna con las autoridades de una universidad católica. Esta pugna culmina en una zacapela entre el profesor de ética y el gordo vicerrector de la universidad. En este caso, las órbitas existenciarias/imaginarias que girarían en torno del autor explotarían con el contacto de un otro totalmente ajeno y contrario al yo.

Ahora bien, si me he expresado con la desmesura digna de un personaje de Juan Antonio Rosado no es extraño, pues su libro El Miedo lejano y otras fobias tiene la cualidad de introducir al lector en un universo perturbador, inquietante, pero también lúdico y gozosamente experimental. De ahí vengo, y por eso en esta presentación de El miedo lejano me escuchan hablar así, desbordado y estimulado por los cuentos. En realidad, yo tenía pensado comenzar mi intervención con un texto más conservador, donde refería las circunstancias en que conocí al doctor Juan Antonio Rosado para, a partir de allí, resaltar dos virtudes o cualidades que distingo en él desde que lo conozco: la generosidad y la apuesta por la diferencia. Permítanme, por favor, presentarles ese primer texto que escribí para esta ocasión. Dice:

Buena tarde.

En cuanto recibí la invitación de Juan Antonio para participar hoy en la presentación de su libro El miedo lejano y otras fobias recordé el prólogo a Niebla, de Miguel de Unamuno, escrito por uno de su personajes: un tal Víctor Goti, quien expresa su confusión al tener que presentar a un autor reconocido, siendo él —me refiero a Víctor— un escritor sumido en el casi anonimato. Como sabemos, Goti no puede rechazar el ofrecimiento, pues los deseos de Unamuno son para él “mandatos”; además, le parece conveniente que sean los escritores desconocidos los que presenten a los conocidos, dado que un libro se vende sobre todo por el “cuerpo” antes que por el “prólogo” de un escritor anónimo. Por si fuera poco, de acuerdo con Goti, es enorme ventaja para el desconocido presentar al reconocido, para así darse a conocer en la República de las Letras.

Sin adentrarme en el análisis de la intención de Miguel de Unamuno al obligar a uno de sus personajes a presentarlo, por el momento sólo refiero el dato, pues justo lo que acabo de parafrasear sobre los dichos de Víctor Goti fue lo que pensé y sentí al momento de recibir la invitación de Juan Antonio Rosado. Y es que, aunque él no lo sepa —por lo menos no de manera explícita— sus deseos literarios son para mí “mandatos”. Ahora bien, ¿de dónde viene ese ascendente moral del doctor Juan Antonio Rosado sobre mí? Informo y aclaro: de la generosidad con que siempre ha considerado mi trabajo, mis ideas, mi prosa. Generosidad demostrada desde aquel seminario de titulación al que acudí con un proyecto rechazado una y otra vez por ciertas sensibilidades exquisitas de esta escuela, quienes consideraban que un trabajo sobre el narcocorrido no podía elaborarse en esta Facultad de Filosofía y Letras. El doctor Juan Antonio Rosado no sólo estuvo de acuerdo con la idea y la posibilidad de elaborar este proyecto, sino que se ofreció a asesorarlo. Así pues, fue mi director de tesis, aunque ahí no acabó el asunto: cuando me aventuré en la publicación de una novela titulada —para horror de las mismas sensibilidades delicadas—, Diatriba [para tus nalgas] en Bildungsroman, Juan Antonio tuvo la curiosidad de leer ese esperpento e incluso se atrevió a redactar una reseña que publicó en su columna crítica del suplemento La Cultura en México. Como puede verse, de Juan Antonio Rosado sólo he recibido generosidad e inclusión; prueba de ello es el hecho de que la tarde de hoy esté yo hablando aquí, frente ustedes, siendo, como soy, un escritor casi anónimo, justo como se asume el personaje Víctor Goti, de Unamuno.

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De izquierda a derecha, Jaime Magdaleno, Francesca Gargallo, Federico Ballí y Juan Antonio Rosado en la presentación del libro El miedo lejano y otras fobias, de J. A. Rosado, el 30 de octubre de 2017, en la FFyL (UNAM).

No obstante, la generosidad de Juan Antonio no es gratuita: va siempre acompañada de una mirada y una voz crítica con las que despliega todo comentario, toda disertación, toda escritura. Esa mirada suya se fija, las más de las veces, en el lado oscuro de la luna, es decir: en los fragmentos, resquicios poco explorados de lo real, por lo que su escritura apuesta por la diferencia, por la diversidad, por la heterodoxia, por el lado contrario al canon. Tal vez por ello se interesó en un estudio sobre el narcocorrido y reseñó, también, una novela que se atreve a incluir la palabra nalgas en su título (¡sálvanos, oh Bloom, de tal sacrilegio al canon!). La apuesta por la diferencia es, pues, otra de las cualidades o virtudes de Juan Antonio Rosado, y ello se mira en los veinte cuentos reunidos en El miedo lejano y otras fobias: antología que comprende 35 años de práctica heterológica, tal y como describe la narrativa de Juan Antonio Rosado el escritor Agustín Cadena. La heterología de Rosado abarca historias como “Florido Laude”, cuento de ciencia ficción con tono fársico que sugiere lo mismo una crítica a los excesos de la quirúrgica de transplantes que a la sofística en torno a la medicina tradicional, o como “Ecce Homo”, relato de la crueldad donde la violencia extrema ejercida sobre un hombre, reducido inexplicablemente a ser un torso con cabeza, se mira gratuita para quien no ha sondeado en las posibilidades del odio humano: “Te voy a llevar a un barranco, jijo de la chingada. Te voy a meter en un basurero hasta que llegue alguien y te recoja para incinerarte con el resto de la mierda”. El registro narrativo de Rosado es amplio y en él cohabitan relatos de corte fantástico como “Luces opacas”, donde Elisa conduce a sus amigas a una región espectral semidantesca; narraciones existencialistas como “Vuelta de paseo”, en que un gris burócrata, Arturo Tulela, sustituye una aventura amorosa con una “rubia pintarrajeada que emitía vulgaridad”, con arriesgados descansos sobre el borde de una azotea, único sitio en el que Arturo encuentra paz y sosiego; cuentos intra-narrativos como “Ojo triangular”, donde una voz conduce a otra, y a otra, y luego a otra, hasta que la historia erótica de Luisa queda exhibida desde diversos registros. Por lo que toca al cuento que da título al libro, “El miedo lejano”, nos brinda el relato de un joven de 21 años destrozado por una ruptura amorosa. Después de una noche de insomnio, decide dar un paseo a las seis de la mañana de “un común y corriente 19 de septiembre”, sólo para terminar implicado en una historia de prostitutas y policías, robo y extorsión. El cuento, escrito después del terremoto de 1985 y leído 32 años más tarde, luego del 19-S de 2017, es actual por su factura, por su “léxico de la trepidación natural”, y por la situación de vulnerabilidad que vive el protagonista, no necesariamente por la ruptura amorosa, sino por el movimiento telúrico, por el virtual secuestro al que lo someten unas prostitutas y por la extorsión que sufre a manos de (¿quién más?) la policía judicial de la Ciudad de México

Agustín Cadena —según consignan Karina Castro y Janine Doufour en su bien documentado prólogo a la edición— ha dicho que Rosado es un autor difícil. En efecto lo es, aunque sólo para aquellos lectores anodinos que buscan la repetición ad nauseam del canon. Juan Antonio Rosado, en su Miedo lejano y otras fobias, se presenta como escritor en busca de una temática poco explorada en nuestro medio literario, que resulta incómoda a las sensibilidades más domesticadas, dando paso, a la vez, a una narrativa en permanente búsqueda de estructuras diversas y a una voz personal, sobre todo polifónica, y además polirrítmica.

Texto leído en la presentación de El miedo lejano y otras fobias, el 30 de octubre de 2017 en el Salón José Moreno de Alba de la Facultad de Filosofía y letras de la UNAM.

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El engaño descolorido: pseudoarte y pseudoartistas

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Marcel Duchamp, dadaísta, le puso bigote y barba a la Mona Lisa: un ready-made que ha inspirado a Filopalabra a ponerle bigotes a Sor Juana, autora del soneto sobre el engaño colorido. ¿Por qué no?

Juan Antonio Rosado Zacarías

 

I

A lo largo del siglo XX y de lo que va del XXI, ha habido una inmensa cola de argumentadores, pseudofilósofos, estudiantes frustrados de estética o de arte, interpretadores forzados o seguidores tardíos de las llamadas vanguardias o neovanguardias, quienes se han autonombrado «artistas» para convencer a espectadores y jurados ingenuos (o amigos) de que lo que hacen es en efecto arte. Tenemos, por ejemplo, en pintura, una obra que consiste en un lienzo en blanco con un puntito en medio, o en un lienzo negro en su totalidad; en video, a una señora recostada que con insistencia golpea el piso con una cuchara durante no sé cuánto tiempo, o el edificio contemplado durante horas por una cámara; en música, al pianista que se sienta frente a su instrumento sólo para verlo. No juzgo a los creadores de estas farsas, quienes pudieron elaborar otras obras que sí fueron arte. Lo grave es que los productores de las mencionadas obras quisieron convencer a los espectadores —mediante la argumentación persuasiva— de que lo que hicieron era arte. Entonces, para ellos, esas obras son «arte» sólo porque están sustentadas en un discurso justificatorio. Pero he ahí el meollo del asunto: si esas obras sólo se entienden y se justifican gracias a un discurso escrito, estéticamente no se bastan a sí mismas. De igual modo, podría ser arte la llave del agua caliente de un lavabo si la hacemos pasar como tal mediante un discurso justificatorio.

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Otra vez Marcel Duchamp. Este es un lugar muy adecuado para el pseudoarte.

Es verdad que una obra artística puede tener diversas «lecturas» o interpretaciones válidas, o no tan válidas, a lo largo de siglos, pero ninguna de esas obras ha estado subordinada a un discurso que la explica de forma unívoca o que la justifica, y en caso de que lo haya estado, la obra se ha llegado a bastar a sí misma por su técnica. Un lienzo de Picasso o Dalí; una pieza de Varese, Berio o Xenakis existen como tales, de manera «honrada». Hay un impacto estético independiente de cualquier discurso justificatorio extra-artístico, nos gusten o no sus obras. Si deseamos adentrarnos más en ellas, entonces estudiamos las partituras, leemos la crítica, los textos de los autores e incluso sus biografías, pero en principio las obras existen como tales. Sin embargo, cuando se nos presenta un lienzo en blanco o una señora que golpea el piso durante cuarenta minutos, fuera de cualquier contexto, hay que preguntarse: ¿es eso presentación o representación? Un acto sexual aislado, con personajes anónimos, fuera de contexto y sin una intención estética provista por la técnica, no es sino presentación: pornografía. Si el mismo acto aparece en un contexto estético, sea con personajes cuyas dimensiones son humanas, o en un contexto pictórico en que la técnica artística nos impacte por su intensidad, entonces ya hablamos de representación: literatura o pintura erótica; es decir, arte. Poner un embrión en un frasco de formol sobre una mesa de madera, al lado de un muñeco de plástico pintarrajeado y atravesado por clavos es una simple presentación, como lo podría ser la nota roja de un diario amarillista. Pero agregarle a esa pieza un discurso pseudofilosófico que la justifique como «arte» no es sino justificar la mediocridad, la vaciedad del «artista», la ausencia de lenguaje. Sería mejor que esos «artistas» se metieran a filósofos en lugar de desperdiciar papel o lienzos.

En un país centroamericano —no recuerdo cuál— se premió a uno de esos pseudoartistas. Su «obra de arte» consistía en una secuencia fotográfica que nos mostraba el proceso de agonía, el paulatino y creciente sufrimiento, y al fin la muerte de un perro por inanición. Para mí, el arte no tiene por qué ser moral ni moralista, aunque sea una de sus muchas posibilidades. Aclaro entonces que mi postura no es moralista. Lo que ocurre es que esa secuencia fotográfica o película no es arte y no tuvo por qué ser premiada como tal. Puede ser útil para un libro de biología o para enseñarle a un alumno de veterinaria lo que es la inanición canina, pero arte no es, ni siquiera arte de denuncia. Es como considerar que la pornografía es arte: su función puede ser didáctica; sólo presenta la genitalidad, el sexo; en otras palabras, no hay representación ni ars combinatoria por parte del creador. El arte, incluida la gran literatura, es ante todo representación con una función inicial de carácter estético. Con la cuestión formal viene la intención, que puede ser en algunos casos didáctica (pensemos en los Estudios de Chopin, de Bartók o de Villa-Lobos), crítica, de denuncia, política o de cualquier otra índole. Pero pretender que un discurso pseudofilosófico sea el que le da la categoría de arte a una obra es ingenuidad pura o pretensiones de persuadir para engañar.

Ni Leonardo ni Dante ni Cervantes ni Kafka, ni siquiera los vanguardistas que han perdurado necesitaron jamás de eso, aunque hayan escrito manifiestos que pocos leen. En todo caso, tenían bien asimilados sus postulados y si llegaron a escribir notas sobre sus propias obras (como las que hizo San Juan de la Cruz sobre su propia poesía), éstas no son indispensables para acercarse, sentir y disfrutar la obra. Es más: podemos estar en desacuerdo con dichas notas o interpretaciones. La auténtica obra se ubica más allá. Esperemos que los jurados o las personas que otorgan becas a los artistas —sean éstos o no cortesanos— tengan en cuenta que un poemario con una palabra o un versito hueco en cada página no es sino desperdicio de papel, por más prólogos justificatorios que se le imponga.

 

II

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Limosnera con gorra blanca recargada contra la pared de un manicomio (2017), obra atribuida a un desertor de Filopalabra.

¿Qué es hacer arte? Es expresar o representar un tema, una emoción, una situación o cualquier objeto del mundo real, onírico o imaginario, a partir de una intención y una motivación, utilizando la forma, la técnica como vehículo para hacer llegar esos temas, emociones o situaciones —ya transfigurados por la imaginación y la razón— al espectador o lector, de una manera eficaz o verosímil. En esta definición, destaco los prefijos ex (fuera de) y re (volver a). El arte es único e insustituible; puede reproducirse mediante la industria, pero la obra original es irrepetible. Acaso el arte tuvo una intención original, pero a la hora de ser percibido por el espectador o lector, éste captó otra. Dice Arnold Hauser: «El arte sólo tiene algo que decir a quien le dirige preguntas; para quien es mudo, el arte es mudo también», lo que se relaciona con el problema de la interpretación y del impacto que una obra causa a determinado lector o espectador, pero también con su competencia cultural. La obra puede producir los efectos, emociones estéticas o funciones sociales que desee, sin importar si son o no captados por alguien: desde el horror, el llanto, la risa, el desconcierto, la excitación, el asco, el miedo, hasta la indignación, la crítica a un modelo de conducta, a una actitud política, el conocimiento de algún hecho histórico o actual, de alguna tesis o postura ideológica o filosófica, etc. También puede darse el caso de que la motivación original se pierda, pero la imaginación y la razón —al servicio del fondo, y con la conciencia de que fondo es forma— intervienen a fin de lograr una forma adecuada para expresar el fondo que se desea, en un estilo que es, al mismo tiempo, el reflejo de una subjetividad (o subjetividades) y el producto de un procedimiento y técnica adecuados al tema.

En cambio, hacer artesanía es tomar un modelo o un diseño predeterminado (o tomarlo directamente de alguna obra artística) y reproducirlo o imitarlo muchas veces, cada una con escasas variantes. Puede haber una artesanía susceptible de convertirse en arte con el trabajo minucioso de la forma (el vehículo por excelencia de expresión), pero si este trabajo no se realiza, el objeto permanece a nivel artesanal, como parte de un conjunto de objetos hechos de la misma manera, como ocurre con esas novelas que parten de un esquema probado (por ejemplo, el cuento de la Cenicienta como modelo de muchas telenovelas). De la artesanía (manual, pero producto de un afán colectivo), se pasa a la industria cuando el reproductor del modelo o diseño predeterminado es una máquina o una fábrica, y no interviene en absoluto la subjetividad, ya que, a menudo, el modelo o esquema único emana de la mercadotecnia, de los estudios de mercado. Se habla de la industria de la telenovela, aunque puedan existir telenovelas artísticas, como algunas de las producidas por la tv española. También se vuelve industrial lo que se vende mucho, sea arte o artesanía. Es verdad: la industria tiene la capacidad sobrante de ser un medio para difundir el arte o la artesanía (lo han probado las reproducciones de pinturas o la industria editorial), pero en sí misma, la industria no es ni arte ni artesanía, aunque haya productos sólo industriales que se hacen pasar por «arte» (un ejemplo: ciertos cantantes que se contentan con mantener esquemas rítmicos, melódicos y literarios porque ya está probado que venden).

Volviendo al tema del arte, así como la artesanía puede tomar de éste algunos motivos, el arte también tiene la posibilidad de apropiarse de un motivo o tema artesanal o folklórico (incluso llevado a nivel industrial). Mediante el trabajo de la forma, ese motivo se transforma en arte (lo hicieron Béla Bartók, Manuel M. Ponce o Heitor Vilalobos con temas populares). Si la artesanía tiene la posibilidad de apropiarse de elementos del arte y, por medio de la vulgarización o popularización, volverlos artesanía, asimismo es posible que un artista —si lo desea— tome algo de otra obra de arte y, por medio de la parodia, el pastiche, el trabajo de una forma distinta o de un tratamiento diferente, elabore otra obra. En este caso, hablamos de influencia, pero puede existir la posibilidad de que el artista no haya conocido directamente el modelo con que se asocia su creación. Tal vez lo conoció a través de otro artista o de un intérprete (o crítico), o quizá llegó a él por sí mismo. En este caso, hablamos de coincidencias, de modos similares de percibir el mundo, de sentimientos afines. Pienso que es preferible hablar de contextualidad (pictórica, musical, literaria, arquitectónica, gastronómica, escultural, dancística, cinematográfica…) para agrupar obras similares, aunque los artistas no se hayan conocido jamás o no hayan tenido contacto con las obras del otro ni recibido influjo directo.

Las reflexiones anteriores no pretenden ejemplificar con casos concretos, pues ello ocuparía mucho espacio. La evocación de las telenovelas, cantantes o de algunos compositores del nacionalismo musical fue necesaria para aclarar ciertos pasajes, pero el objetivo aquí es sólo abstraer, sintetizar. Los ejemplos pueden surgir de cada uno de los casos propuestos. Si algún ejemplo no se adecua a los casos descritos, me aventuro a afirmar que no pertenece a ninguna de las tres categorías o fenómenos descritos (arte, artesanía o industria).

 

III

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Oídos sordos sin cerilla sobre una camilla a punto de entrar en el quirófano (2017), atribuida a la ya desaparecida Área de Seudoarte de Filopalabra (ASF).

Ahora tomemos casos concretos.

No hay nada peor para el público ingenuo que los continuadores de la mediocridad, los imitadores de pseudoarte o los que creen descubrir hilos negros sin investigar que ya fueron descubiertos hace tiempo. En muchas ocasiones, subyace un afán exhibicionista. Me referiré a uno en particular, por su relativo y sospechoso «prestigio».

A pesar de que cuenta con obras interesantes en su primera etapa, Andy Warhol pronto se dio cuenta de su inconstancia e incapacidad para evolucionar en una línea de verdad creativa, es decir, para adaptarse en verdad al arte y no a las solas intenciones teóricas. En esa línea creativa, la imaginación y la subjetividad se hubieran apropiado de elementos reales para transfigurarlos y devolverlos —ya manufacturados con el sello estético— a la misma realidad, como lo hicieron Salvador Dalí, Francis Bacon y tantos otros, de modos a veces antagónicos. Pero Warhol se percató de que le iba a resultar muy difícil llegar adonde habían llegado personalidades como Dalí o los autores de lo que Franz Roh llama «realismo mágico», los postexpresionistas, así como otros miembros de las llamadas «vanguardias», que a la postre se convirtieron en la retaguardia trasnochada por su carácter efímero y de «asalto» a la inteligencia. Aun así, algunos de esos «vanguardistas» —entre ellos, Dalí— perduraron, se sobrepusieron a su afán infantil de escandalizar al burgués (o a su exhibicionismo inherente). Si Dalí, por ejemplo, no hubiera sido pintor, tal vez habría sido uno de esos hombrecillos que cubren su desnudez con una gabardina, y que se descubren al ver a una mujer en la calle. Dalí —también Warhol y otros muchos— padecieron de ese impulso de darse a conocer a como diera lugar, a diferencia de otros que se dan a notar sin buscarlo a toda costa, e incluso, a veces, muy a su pesar.

Warhol entonces, ante tal incapacidad —la misma que sufrió el músico John Cage en una de sus etapas— inventó a un personaje llamado Andy Warhol —Cage inventó también a su personaje llamado John Cage—, quien se dedicó al exhibicionismo fácil, siempre amparado por una teoría o corriente «estética», pero sin el talento creativo de un Dalí. Qué diferencia con los auténticos creadores, como este último, o como el excelente compositor de El canto de la ballena, George Crumb, o como un músico más conocido, Frank Zappa, que se movió con agilidad de pez lo mismo en la música popular improvisada (Rock y Jazz) que en la de partituras para ser interpretadas por virtuosos en las salas «serias» de concierto. Para él, no había fronteras.

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Rostro de Napoleón descompuesto bajo la luz de neón (2017), ganadora del ya desaparecido Premio Filopalabra al Seudoarte.

A mi juicio, lo mejor de Warhol fue su primera etapa, alguno que otro cuadro y, por supuesto, el hecho de apoyar a Lou Reed y a su grupo de música popular Velvet Underground. Pero hay una contradicción: este grupo tiene el sello de la individualidad de estilo, aunque sus recursos hayan sido más pobres que los de Zappa. Sin embargo, el arte pop estadounidense se apropia de las figuras o elementos populares (los de los medios masivos de comunicación) para suprimir en los lienzos todo rastro de individualidad o subjetivismo. El arte pop desea una cercanía con la masificación de la imagen ya establecida por la mercadotecnia y la publicidad. Dicha masificación nos lleva a lo anónimo. ¿Qué hay de artístico en la Bandera sobre campo anaranjado, de Jasper Johns? Dirijo la misma pregunta a la Obra maestra de Roy Lichtenstein o a la Marylin Monroe de Warhol. Ya estuvimos rodeados por esas imágenes y no hay en las versiones mencionadas ningún tratamiento digno de considerarse artístico. ¿Para qué gastar lienzos repitiéndolas con un pseudodiscurso estético? Pero… Eso sí: a pesar de transportar a los espectadores hacia el anonimato de las imágenes, todos esos «artistas» pop firmaban sus obras. ¿Qué hay en el fondo? Se sobrepone el exhibicionismo. Comparemos a esos charlatanes con creadores geniales como el mismo Dalí (dejando a un lado sus obras de mero exhibicionismo) o con el mencionado Bacon.

En suma, volvemos al dilema entre representar y presentar; entre el sello personal —aunque la obra sea de autor desconocido— y el plagio, la paráfrasis o el pastiche descontextualizado. Hay una oscura zona en medio de estos fenómenos: una zona que habría que seguir investigando.

 

Los hilos rojos del destino. Tres colores: Rojo, de Krzysztof Kieslowski

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Krzysztof Kieslowski

Karina Castro

 

El polaco Krzysztof Kieslowski es probablemente uno de los cineastas más preocupados por la condición del hombre, tanto en su contexto social como individual, lo cual se aprecia desde sus primeros documentales y cintas de ficción que abordan los problemas sociales y económicos de su país, hasta sus filmes posteriores, enfocados más a la interioridad del ser humano. Uno de estos trabajos es Tres colores (Trois couleurs, en francés), trilogía compuesta por Azul (1993), Blanco (1994) y Rojo (1994), filmes cargados de símbolos que el director utiliza de una manera muy particular, pues responden a una sensibilidad (y hasta humor) muy singular y escapan a la interpretación ordinaria que pudiera hacerse atendiendo a la premisa de que las cintas hacen referencia a los colores de la bandera de Francia y se inspiran en los principios básicos de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad.

Si nos hacemos cómplices de la sutil ironía de Kieslowski, de su aguda y a la vez ambigua manera de ilustrar dichos valores, descubriremos que en Azul, primera cinta de la trilogía, está presente la libertad, ya que Julie (interpretada por Juliette Binoche), la protagonista, al haber perdido a su familia, al no tener ya nada, en cierto modo ha quedado libre; ella decidirá si usa esa libertad para comenzar de nuevo o para abandonarse. En Blanco,  Karol Karol (Zbigniew Zamachowski), abatido y humillado por Dominique, su exesposa, reúne fuerzas e idea un plan: sólo rico y poderoso conseguirá que ella deje de despreciarlo, podrá vengarse humillándola, y así, se logrará por fin la igualdad en esa pareja y, quizá, hasta el amor. Por último, en Rojo, dos almas solitarias, la joven modelo, Valentine (Irène Jacob), y el juez retirado, Joseph Kern (Jean-Louis Trintignant), desarrollan un lazo fraterno, ya que a pesar de que —en apariencia— no tienen nada en común, el destino se empeña en unirlos. La ironía radica en que la conexión no puede darse por completo; los separa la barrera invisible del tiempo, simbolizada por el cristal del auto que impide que sus manos se toquen al despedirse. «Tal vez usted es la mujer que nunca conocí», advierte el viejo juez, de ahí que esta película se haya interpretado como un anti romance, de la misma manera que a Azul se le considera una anti tragedia, y a Blanco, una anti comedia.

 

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En la última película de la trilogía, el rojo está presente en muchos detalles: las paredes del café, los asientos y las bolas en el boliche, el suéter de Valentine, su sombrilla, las barras y las paredes del estudio de ballet, el auto de Auguste, el fondo del promocional de chicle y el fondo de la imagen de Valentine al ser rescatada del naufragio, la chamarra de Michael (el novio ausente de la protagonista), etcétera. En el Extremo Oriente, el rojo es el color de la unión (sinónimo de fraternidad), simbolizada por los hilos rojos del destino, que están atados en el cielo y guían las vidas de los seres humanos, entrelazándose continuamente. En el cine de Krzysztof Kieslowski, el destino juega un papel muy importante, lo mismo que los efectos de las decisiones tomadas, las coincidencias y lo azaroso. A fin de cuentas, ¿qué es un cineasta sino una suerte de dios que rige los destinos de sus personajes?

En Rojo, esta figura omnipotente está representada por el juez retirado, Joseph Kern, quien ya desde joven decidía sobre los destinos de la gente, separando culpables de inocentes; luego, distanciado de los demás, vigila las vidas de las personas (espiándolas telefónicamente), pero —como un dios— respeta su libre albedrío, observando a dónde los conducen sus decisiones, sin intervenir. Cuando el destino le juega la broma de presentarle a la mujer que pudo haber sido para él si cuarenta años no lo hubieran impedido, ¿por qué no voltearle la jugada para tener una segunda oportunidad?

De acuerdo con el director de Rojo, el tema de la película es el «¿qué pasaría si…?». ¿Qué pasaría si el juez hubiera nacido cuarenta años después?, se preguntó Kieslowski. Sin embargo, me gusta pensar que la maleabilidad del destino podría permitir una segunda oportunidad, y por lo tanto, Joseph Kern, desde su posición semejante a la de un dios (un creador), pudo recrear la figura del joven juez traicionado por la mujer que amaba, y simplemente mover los hilos rojos del destino para propiciar el encuentro con Valentine.

tres colores rojo 1Para continuar con el recorrido por los símbolos que hacen de Rojo la película mejor lograda de la trilogía Tres colores es esencial hablar de la comunicación. Si consideramos el concepto de «fraternidad» como la cercanía con el otro, entenderemos mejor la preocupación de Kieslowski por reflexionar acerca de la comunicación humana en el mundo contemporáneo. El cineasta polaco denuncia la paradoja que existía en la sociedad de finales del siglo XX (y que en nuestros días se ha recrudecido), en la que los seres humanos tenían a su disposición más tecnología que nunca, diseñada para facilitar la comunicación y eliminar las fronteras; sin embargo, dicha tecnología lejos de unir a las personas, las separó y propició la falta de contacto humano. En Rojo, se percibe la necesidad de conexión con el otro, la cual choca siempre con los aparatos telefónicos, que simbolizan la virtualidad de las relaciones humanas de la actualidad, esa ilusión de «estar» con el otro, que sólo provoca un sentimiento de profunda soledad. Mientras Auguste no alcanza a contestar el teléfono, Valentine sí consigue hablar con Michael, pero no comunicarse con él; por su parte, el señor Kern puede escuchar a muchas personas gracias a sus aparatos de intervención telefónica, pero no por eso está menos solo.

Otro símbolo que no quiero dejar de mencionar es el que liga las tres películas: la figura de la anciana que intenta meter una botella en un contenedor de reciclaje, pero no lo alcanza. En Azul, Julie ni siquiera se da cuenta de su presencia; en Blanco, Karol la mira cuando se encuentra en su peor momento (sin dinero y sin casa), pero decide no ayudarla, sonriendo al saber que no es el único que sufre; sólo en Rojo, Valentine finalmente le ayuda a meter la botella, y es como si esa expresión de solidaridad o fraternidad permitiera cerrar por fin la narración, convocando a los personajes de las dos cintas anteriores para que unan sus destinos con los de ésta en un final agridulce que por un lado ata cabos sueltos de Azul y de Blanco, y por otro, deja abiertas las posibilidades de tres «finales felices», pero en medio de una tragedia (otra vez la fina ironía de Kieslowski).

Rojo, igual que sus dos predecesoras, puede funcionar muy bien como película independiente, pero también constituye el cierre perfecto de la trilogía y le otorga un sentido más completo e intenso al demostrar que la casualidad lo mismo puede provocar felicidad que dolor, puede unir o separar.

México desde la visión de Alfonso Reyes

Alfonso Reyes

Alfonso Reyes

 

 

Juan Antonio Rosado

 

A la par de su compromiso con la educación y, por tanto, con la sociedad; a la par de su producción ensayística y de investigación —que abarca muy variados campos del conocimiento—, el polígrafo regiomontano Alfonso Reyes concibió un formidable corpus artístico cuyo rasgo es la calidad de estilo, la voz propia e inconfundible. Los 26 volúmenes de sus Obras completas (sin contar la vastísima correspondencia ni el extenso diario ni sus textos diplomáticos) son testimonio de un escritor que otorgó dimensiones inéditas, hasta entonces insospechadas, a las letras de México. Tal vez sea injustamente el primer mexicano universal, si consideramos que este país nació con la Independencia, y si también excluimos a una figura de la talla de Ignacio Manuel Altamirano, quien en realidad merecería ser el primer mexicano universal, dada la calidad de su obra y su conciencia de estilo. Si bien Reyes nunca se interesó por Altamirano (lo haría un poco por Ignacio Ramírez, el Nigromante), en ambos la idea está casada con la forma, y su pasión por los libros se extendió a toda la cultura occidental y se conjugó con la sostenida pasión de escribir.

Alfonso Reyes llegó a autonombrarse “hijo menor de la palabra” y fue acogido en la Academia Mexicana de la Lengua en 1918.     La precisión, exactitud de su prosa lo hace poseedor de una estética marcada por la voluntad de estilo: él sabía que fondo es forma, y si bien jamás escribió con profundidad sobre el arte de la música, es notorio su sentido del ritmo y su destreza en el manejo de los tonos, aspectos que envuelven al lector en mareas y oleajes de imágenes y conceptos.

El 28 de noviembre de 1905, en El Espectador, de Monterrey, don Alfonso publica sus primeros versos (tres sonetos titulados “La Duda”), que omitirá en sus Obras completas. A pesar de que empezó escribiendo poesía, no será hasta 1922 cuando publique, con el sello de Andrés Botas e Hijos, su primer poemario: Huellas, en cuyo “Prólogo” reafirma su vocación con estas palabras: “Yo comencé escribiendo versos, he seguido escribiendo versos, y me propongo continuar escribiéndolos hasta el fin: según va la vida, al paso del alma, sin volver los ojos. Voy de prisa. La noche me aguarda, y está inquieta”. Y lo mismo que Reyes afirma sobre los versos, puede afirmarse, como se verá, de la nación mexicana: otra obsesión del poeta y ensayista, cuya energía creativa —literaria y académica— se desplegó con ímpetu siempre juvenil. ¿Qué ansia más grande de saber que la contenida en esta frase, que Reyes gustaba de citar: “Todo lo sabemos entre todos?” ¿Y qué ansia más intensa de elevar su vida hasta la altura de sus ideales, en esta otra —tomada de la Epístola moral (a Fabio), del siglo XVII—, que Reyes también hizo suya: “Iguala con la vida el pensamiento”, frase que invita al equilibrio entre lo que se piensa y hace?

Acaso por lo anterior no haya materia cultural relevante que desde la época preparatoriana y hasta 1959 —año de su muerte— no haya tratado de alguna forma este autor universal: él fue, a imitación de uno de sus modelos literarios (Goethe), un hombre fáustico, deseoso de transgredir sus límites y acceder a lo ilimitado: un auténtico erudito y polígrafo en la amplia acepción del término. Como Fausto, prefirió abrirse hacia lo infinito: tal es la personalidad de Reyes, un hombre enciclopédico que busca la infinitud del saber, pero ante todo y sobre todo un hombre consciente de sus raíces y comprometido con la tierra que lo vio nacer. ¿Por cuál otra razón nombraría Monterrey a la revista que elaboró siendo embajador en Brasil y Argentina?

Portada Visión de México 1En 1907, a los 18 años, su camino estaba trazado. Ante el público de una velada literaria, en la Escuela Nacional Preparatoria, con la presencia de Justo Sierra y el director Porfirio Parra, el alumno Reyes pronuncia su “Alocución”, en la que hace suya la divisa goethiana: “el objeto de la vida es la propia cultura”. La “Alocución”, que constituye su primer texto en prosa, fue pronunciada ante los preparatorianos y los dueños de una institución eminentemente positivista, que le daba énfasis a las ciencias exactas. Digno alumno de Sierra, Reyes propone la armonía entre espíritu y materia: “El equilibrio entre lo material y lo espiritual se impone como ley de la naturaleza”, afirma. Se trata de un discurso reflexivo en que su autor hace una apología de la risa riéndose de los “científicos” del positivismo: “Y yo, con perdón de las personas graves que quisieran reducir la conducta a fórmulas algebraicas, creo que la juventud necesita reír. Ello es necesidad higiénica”. Muchos años después, en 1943, Martín Luis Guzmán publicará un artículo sobre Reyes, titulado, de modo sintomático, “La sonrisa como actitud”. Allí hablará de los orígenes del poeta y de su sentido lúdico de la vida, sentido que no perderá del todo tras el asesinato de su padre, el 9 de febrero de 1913, que marcó el inicio de la Decena Trágica, un poco más de tres años después de haberse fundado el Ateneo de la Juventud (1909), asociación que rigió a toda una generación y de la que Reyes dará cuenta, entre otros textos, en su libro Pasado inmediato.

Desde niño, don Alfonso supo enfrentarse con la idea de perder a su padre, pero lo trágico no fue su muerte en sí —el recuerdo permanece mientras haya ausencia—, sino la forma en que murió. No se trató de un desenlace biológico —eso se acepta y ya—, sino de un accidente que le dio a su deceso un “aire de grosería cosmogónica”. Acaso en defensa propia, Reyes quiso ignorarlo todo, huir incluso de quienes se decían testigos presenciales de la muerte del general, como lo aclara en su emotiva y póstuma Oración del 9 de febrero. Sin dudas, la pérdida del padre fue decisiva en su temperamento y en su obra (se refleja de algún modo en Ifigenia cruel, por ejemplo).

En el estudio dedicado a Reyes en su impresionante antología Visión de México, de la que hablaré a continuación, afirma Adolfo Castañón que don Alfonso amaba a su padre como a una madre. Creo que esta frase es suficiente para figurarnos o darnos una vaga idea del intenso dolor del joven escritor con la pérdida. Ignoro por qué esta frase me recordó de inmediato a lo que Baudelaire dijo de Edgar Allan Poe, quien según el poeta francés fue un hijo y una hija para la señora Clemm, su madre adoptiva. En ambos autores —en Poe y en Reyes—, hay un antes y un después del deceso de la figura protectora. En Reyes, el después marcará también su visión de México y de la política en general. En 1930, a pesar de haber fungido como embajador, le escribirá a Martín Luis Guzmán una carta donde explica su desinterés por las cuestiones políticas: “A mí —sostiene Reyes— no es fácil hacerme hablar de política. Es algo que no entiendo muy bien. Muy tierno, tuve, en ese sentido, sacudidas y vuelcos de alma que me han dejado mutilado”, sacudidas y vuelcos que no son sino la muerte de la figura paterna y la naciente Revolución. La obra de Reyes, pese a su gran erudición, está llena de silencios deliberados sobre política mexicana. Lo importante es que el escritor utilizará la palabra para defender su actitud ante la vida y ante el arte, y que tal palabra esencial, poética, pervive tras la desaparición física de su creador, como ahora lo demuestra de nuevo uno de sus más asiduos visitantes, críticos, editores y ensayistas: el poeta Adolfo Castañón, autor, entre otras muchas obras, del poema Recuerdos de Coyoacán, que tanto le debe directa o indirectamente, no sólo a la misma autobiografía de Castañón, sino también a Alfonso Reyes y a otro de sus profundos motivos de meditación: Octavio Paz.

Pero, ¿cuál es el origen de la preocupación por Reyes en Adolfo? Él mismo nos cuenta que en 1976, cuando Carlos Monsiváis dirigía el suplemento La Cultura en México, invitó a una serie de jóvenes escritores para que revisaran la obra de algunas figuras de la cultura mexicana. Castañón se centró en Reyes y tal es el origen de una inquietud que desembocaría en gran cantidad de artículos, ensayos y libros sobre ese inabarcable continente. Cito sólo cuatro ejemplos: Alfonso Reyes, caballero de la voz errante, Alfonso Reyes lee El Quijote, la edición de las Cartas mexicanas y la del segundo volumen del Diario. Pero el proyecto más ambicioso fue reunir, si no todos, por lo menos los más significativos textos donde el escritor regiomontano se ocupó de México. ¿Cómo olvidar la célebre polémica de 1932, en la que Héctor Pérez Martínez le reprochó a Reyes el no ocuparse de esta nación y preferir otras literaturas? ¿Cómo olvidar la genial respuesta de Reyes en A vuelta de correo? Siempre me gusta citar la contundente frase con que el poeta de Monterrey cierra, por lo menos idealmente, cualquier polémica entre nacionalismos y universalismos: para ser nacionales hay que ser primero universales, pues nunca las partes se entendieron sin el todo. Agreguemos que ya en 1932, el reproche era injustificado, inmerecido. El mismo don Alfonso planeaba desde hacía tiempo juntar sus textos en torno a México bajo el título En busca del alma nacional. El poeta nunca aceptó la historia como mera superposición de azares y mejor la interpretó como voz profunda que, dolorosa, subyace invisible y canta todavía: dicho canto es el que pretende descubrir como alma nacional, por encima de los rencores que produce el abuso de la memoria. Con los años, el autor de Visión de Anáhuac (obra considerada por Valery Larbaud como “un verdadero poema nacional mexicano”) continuará reflexionando sobre historia, cultura, geografía, arte y literaturas de este país. A pesar de sentirse exiliado en su propia tierra, Reyes jamás dejó de penetrar en ella.

JARZ,AC,AM,SQ

Juan Antonio Rosado, Adolfo Castañón, Álvaro Matute y Susana Quintanilla en la presentación del libro Visión de México, de Alfonso Reyes (compilación de A. Castañón).

Al fin, después de más de veinte años de intenso trabajo y de lectura tras lectura de la casi inabarcable obra alfonsina, Adolfo Castañón publica, en dos inmensos volúmenes, la Visión de México, que en conjunto constituye toda una enciclopedia mexicana: ensayo, poesía, prosa narrativa, drama, memorias… La originalidad y valor de esta compilación no radican en la nada arbitraria, sino más bien meditada selección y división de los textos, sino sobre todo en la gran cantidad de anotaciones que observan, comentan, analizan, relacionan y hacen conversar un texto con otro tal vez no compilado, pero muy afín. Resulta innecesario ahondar en que tales comentarios no sólo son del editor y editores sucesivos de Reyes, sino también del mismo autor de Ifigenia cruel, lo que convierte a la obra en un intenso y fructífero diálogo. Afirma Castañón: “Ese juego de comentarios tanto de don Alfonso sobre sus propios textos como del editor acerca de los textos de Alfonso Reyes quisiera ser una de las contribuciones singulares de esta edición”.

El tomo I consta de dos partes: “Reyes por sí mismo (memorias y diarios)” y “Palabra creadora”; el tomo II, de “Ciclos de México” e “Ideas e instrumentos de la memoria”. Se trata de 235 textos y más de tres mil notas. En esta obra monumental, necesaria desde hace tiempo, colaboró mucha gente con Adolfo, y de forma directa lo hicimos ocho personas, entre quienes recuerdo con afecto a la inigualable (ya fallecida) Lourdes Borbolla, quien apoyó al poeta y ensayista, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, en diversos proyectos literarios de variada índole. Los otros —además de quien esto escribe— son Gilda Lugo Abreu, Martha Bremauntz, Ana Cristina Villa Gawrys, Susana Monreal Romero, Verónica Báez y Alma Delia Hernández. Destaco a esta última, a quien tuve el privilegio de tener como alumna en la Facultad de Filosofía y Letras, y quien respondió con calidad y dedicación a la labor encomendada por Adolfo. Alma Delia, junto con David Medina Portillo, revisaron la obra, lo cual es en sí mismo admirable. Por mi parte, fue un honor —y así lo he expresado en otras ocasiones— haber colaborado con Adolfo Castañón en las Cartas mexicanas de Reyes, en el Diario II y ahora en Visión de México. Conocí a Adolfo cuando en 1997 apostó por mi proyecto de ensayo para que se me concediera una beca del Fonca. En aquel entonces yo colaboraba con Armando Pereira en la realización de un diccionario de instancias mediadoras de la literatura mexicana del siglo XX: polémicas, grupos, tendencias, librerías, bibliotecas, ferias de libros, revistas, suplementos culturales, editoriales desfilarían en las entradas de dicho diccionario. Insistí muchas veces en que para la segunda edición debía elaborarse un índice onomástico. Por fortuna, Armando al fin se convenció de mi propuesta y cuando el índice quedó concluido para la segunda edición, nos preguntó a los colaboradores, a manera de adivinanza: ¿saben quién es el autor más citado del siglo XX en el diccionario? Yo respondí de inmediato: Alfonso Reyes. En efecto, fueron miles y miles de páginas las que escribió este autor y faltan todavía muchas por difundirse. Por ello, Adolfo Castañón apunta, con toda razón, que, aun cuando Reyes haya fallecido a finales de 1959, parece que sigue escribiendo y publicando sin cesar. Le agradezco a Adolfo el haberme invitado —después de cumplido mi compromiso con el Fonca— a colaborar con él en busca de Alfonso Reyes. El aprendizaje nunca termina y mucho más podría decirse sobre Visión de México, obra-manantial encaminada a formar y no a informar. Mucho más podría decirse también sobre el estudio final de Castañón, sobre los apéndices y las miles de notas, pero este es un simple y modesto comentario que exige llegar a su fin.

JARZ,AC,AM

Juan Antonio Rosado, Adolfo Castañón y Álvaro Matute


Este texto fue leído el 27 de agosto de 2017 a las 16:00 horas en la presentación del libro Visión de México, de Alfonso Reyes, que se llevó a cabo en el salón Jaime García Terrés, en el marco de la Feria Internacional del Libro Universitario, en el Centro de Exposiciones y Congresos de la UNAM.

Mestizaje de intelectos

Instituciones y empresas literarias del exilio español en México

Alfonso Reyes

Alfonso Reyes

Lázaro Cárdenas

Lázaro Cárdenas

 

Juan Antonio Rosado Zacarías

 

Es un hecho que la cultura mexicana no fue la misma antes que después del exilio producido por la Guerra Civil Española. En innumerables ocasiones se ha elogiado la política exterior del presidente Lázaro Cárdenas, gracias a quien los refugiados españoles hallaron en México las condiciones adecuadas y el apoyo para continuar con sus labores intelectuales o artísticas. Si bien es digna de elogio la última palabra de Cárdenas —la palabra que al fin permitió la entrada de los refugiados—, se ha solido soslayar, por un lado, a todos aquellos mexicanos que antes de la Guerra Civil aportaron cultura a la Península y que, en consecuencia, apoyaron al presidente; pensemos, por ejemplo, en Alfonso Reyes, secretario del Ateneo madrileño, o en Martín Luis Guzmán, que incluso se convirtió, aunque por un breve tiempo, en ciudadano español, y fue uno de los artífices de la Segunda República (1931) y colaborador del presidente Manuel Azaña. Por otro lado, también se deben reconocer los esfuerzos de mexicanos como Daniel Cosío Villegas, el mismo Reyes y Octavio Paz, así como de los gobiernos posteriores a Cárdenas, que contribuyeron a la continuidad y permanencia del influjo español en México, y a que los exiliados encontraran medios y espacios dignos para expresarse. El objetivo de estas líneas es rememorar y rendirle un modesto homenaje a esa mezcla de intelectos y sensibilidades que trajo y propició el exilio español, un nuevo mestizaje que originó algunas de las instituciones, empresas culturales y medios de difusión literarios más prestigiosos del siglo XX en estos rincones de América, como El Colegio de México, el Ateneo Español de México, las Librerías de Cristal y las editoriales Grijalbo y Joaquín Mortiz, pero de igual modo diversas revistas culturales. Sería imposible referirme a todas las empresas e instituciones educativas o de difusión de la cultura que creó el exilio español. Por ello sólo rememoraré aquellas que posean un marcado acento literario, aunque éste no haya sido su único acento.

Daniel Cosío Villegas

Daniel Cosío Villegas

Ya desde el inicio del conflicto español, Daniel Cosío Villegas, encargado de negocios en Portugal, temía la derrota republicana y en septiembre de 1936 le escribió a un buen amigo del general Cárdenas, el michoacano Francisco J. Múgica. Cosío creía que los militares acabarían por triunfar y propuso un plan humanitario y desinteresado: invitar a cinco o diez de los más eminentes españoles cuya vida en España se hallaría imposibilitada por muchos años si perdía la República. Más adelante le escribió a Luis Montes de Oca, director del Banco de México, con el fin de que le planteara la idea a Lázaro Cárdenas, y trató el asunto con Wenceslao Roces, subsecretario del Ministerio de Educación de España, quien, para resaltar la importancia de la invitación, aseguró que el gobierno de la República Española les daría a los intelectuales la categoría de embajadores culturales. Estas incipientes iniciativas, estos primeros pasos del periodista y abogado mexicano obtendrán jugosos frutos, frutos sin precedentes, que enriquecerán más el ya rico árbol de la cultura mexicana. Basta pensar en futuros transterrados, como los narradores José de la Colina y Max Aub, o los ensayistas Ramón Xirau y José Gaos, para percatarse de tal enriquecimiento.

Cosío, pues, insistió en que el gobierno mexicano debía acoger a algunos de los hombres más prestigiados de España para que asistieran a la Universidad a dar cursos y conferencias. Entusiasmado, Cárdenas apoyó la idea, que llevó a la creación de La Casa de España en México, centro de reunión y de trabajo para los invitados y para tres españoles que ya residían en estas tierras: Luis Recaséns Siches, de la Facultad de Derecho de Madrid, el escritor José Moreno Villa, y el poeta León Felipe Camino.

El primer miembro de La Casa que llegó directamente del extranjero (en este caso, de París) fue José Gaos. Un ciclo de seis conferencias sobre “La filosofía contemporánea” en el Colegio de San Nicolás, en Morelia, y luego otro, también de seis conferencias, titulado “Filosofía de la filosofía”, en el Paraninfo de la Universidad Nacional, bastaron para reafirmar el prestigio de este pensador, cuyo segundo ciclo tuvo tal trascendencia para la cultura mexicana de la época, que generó obras, reflexiones y debates.

Nuevos miembros de La Casa se incorporaron más tarde: Enrique Díez-Canedo, que continuará su labor de crítico literario, de arte y de teatro; Juan de la Encina, crítico de arte moderno; el siquiatra Gonzalo R. Lafora, cuya especialidad era novedosa en México; el latinista y paleógrafo Agustín Millares Carlo, y el crítico e historiador de música Adolfo Salazar, entre otros muchos. Hubo quienes, como Dámaso Alonso, aceptaron la invitación pero nunca se incorporaron a La Casa. Todos ellos empezaron a ejercer —tanto en la capital como en universidades de provincia— distintas actividades en que también participaron intelectuales de nuestro país: Antonio Caso, Alfonso Reyes y Enrique González Martínez son sólo algunos nombres. La institución, a su vez, otorgó becas a estudiantes mexicanos. Leopoldo Zea obtuvo la primera, gracias a la cual pudo estudiar filosofía con José Gaos. El intercambio, la comunicación, el “mestizaje” de intelectos de ambas naciones propició así el surgimiento de nuevos valores.

Comenta Clara E. Lida, en su libro sobre La Casa de España en México, que el modelo tomado en cuenta por los fundadores de esta institución fue la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, fundada en España en 1907, y su Centro de Estudios Históricos de Madrid con secciones especializadas, por ejemplo, en filología e historia, dirigido por Ramón Menéndez Pidal. Alfonso Reyes había hecho amistad con sus miembros después de la Primera Guerra Mundial. De igual forma, Cosío Villegas se había vinculado a la Junta poco antes de la Guerra Civil Española. La labor conjunta de mexicanos y españoles ya desde antes del inicio de la contienda es un hecho que debe subrayarse. Esta labor es percibida de nuevo en marzo de 1939 (poco después del nombramiento de Reyes como presidente de La Casa), con la creación de una institución distinta y a la vez afín a esta última: el Centro Español de México. Alfonso Reyes participó como vocal y Díez-Canedo fue su primer presidente. Este centro, que ocupó lo que era el antiguo Consulado Español en la calle de Balderas, pretendió establecer bibliotecas y promover conferencias, cursos y exposiciones de artistas e intelectuales mexicanos y españoles. La primera conferencia, ofrecida el 22 de junio, fue de Reyes. Con el tiempo, la institución se transformó en el Centro Republicano Español de México.

Tras la derrota de la República, un gran número de inmigrantes españoles, entre ellos muchos profesionistas, llegó a México y trató de incorporarse a La Casa, que sólo pudo acoger a un pequeño número de médicos cuya estancia allí sería momentánea, mientras se buscaba su acomodo en instituciones más apropiadas a su especialidad. Ante esta situación, La Casa de España en México tuvo que precisar su sentido. Cuenta Daniel Cosío Villegas, en sus Memorias, que el problema más serio era que La Casa, concebida como algo transitorio (mientras la República lograba imponerse a los franquistas), se veía en 1939 ante la disyuntiva de desaparecer o transformarse en una institución permanente con otros fines. La idea era que la nueva institución no se dedicara a preparar a las masas, sino a la élite intelectual de México. Tal fue el motivo por el que se decidió restringirla al campo de las humanidades. Asimismo, debía cambiar su nombre por uno que indicara que ahora se trataba de una institución puramente mexicana, al servicio de los intereses nacionales. Así nació El Colegio de México, establecimiento que se convirtió en Asociación Civil, se mexicanizó y universalizó al mismo tiempo. Entre los miembros españoles del nuevo organismo, se destacaron Juan de la Encina, Enrique Díez-Canedo, José Gaos, Agustín Millares Carlo, José Moreno Villa, Adolfo Salazar y Joaquín Xirau. Continuaron becados los estudiantes Leopoldo Zea, José Iriarte Guzmán y Juan Hernández Luna (futuro autor de un excelente libro sobre la ya prestigiosa asociación mexicana Ateneo de la Juventud, de 1909). Llamo brevemente la atención sobre el poeta Moreno Villa, en realidad invitado a México por Genaro Estrada, quien ya en 1937 deseó crear en nuestro país una institución semejante al Centro de Estudios Históricos de Madrid, pero con intelectuales que salieran de la península. Puede considerarse a Estrada y a Moreno Villa como precursores de la futura Casa de España. Moreno escribirá, entre otros muchos libros, su Cornucopia de México, breves ensayos de apreciaciones subjetivas en torno al país y a sus semejanzas y diferencias con España.

Las EspañasSi en la conformación de La Casa de España en México y de El Colegio de México participaron mexicanos y españoles, aunque la iniciativa haya sido de los primeros, no ocurrió lo mismo con el Ateneo Español de México, surgido en 1946 e impulsado por el mismo grupo que había creado la revista Las Españas: Manuel Andújar, José Ramón Arana, José Puche Planas y Anselmo Carretero. El propósito de estos españoles al crear la revista y el Ateneo fue fomentar un espíritu de apertura mundial. Se pretendió imitar y emular al Ateneo de Madrid. La primera Junta Directiva del nuevo Ateneo surgió en 1949. Francisco Giner de los Ríos fungió como bibliotecario. Cito un fragmento de los propósitos originales: «Defender la tradición de la cultura española, divulgándola y poniendo de manifiesto su verdadera significación».  Estrechar los lazos entre los españoles exiliados, así como defender la República y combatir el franquismo fueron siempre pruritos del Ateneo. Durante todos los años que lleva funcionando, este centro también se ha encargado de difundir la cultura y el arte mediante cursos y otras actividades. Recordemos, por ejemplo, el evento en conmemoración de los “Cuarenta años de cultura española en el exilio” realizado en 1979 junto con el Instituto Nacional de Bellas Artes.

A propósito de la revista Las Españas (1946-1963), dirigida por Andújar y Arana e instalada en la Colona Roma, es necesario aclarar que contribuyó con gran ímpetu —mucho más que otras revistas, dada su duración— al mantenimiento de la comunicación entre los exiliados peninsulares. Quiso ser, como leemos en uno de sus números, una «publicación cultural, republicana, enemiga intransigente de lo que Franco es y encarna, basada en el diálogo y en el respeto mutuo, española de voz y de ánimo». Con Antonio Machado como guía y maestro espiritual, Las Españas fue «una revista literaria de esta hora dramática decisiva, de esta hora española en que todo puede y debe ser una arma contra los verdugos de la patria». Lo principal era la integración nacional y la recuperación, en el exilio, de la cultura española, así como sus estrechos vínculos con el Ateneo Español de México. Cuando surgió Las Españas, habían ya desaparecido otros órganos de difusión de las ideas republicanas: las revistas España Peregrina (que constó de nueve números y en cuya dirección participó el poeta Juan Larrea) y Romance.

Romance

En 1947 Juan Rejano dirigirá Ultramar, que constó de un solo número, y en cuyo Comité de Redacción figuraron personalidades como Adolfo Sánchez Vázquez,  Arturo Souto y el músico, exalumno de Manuel de Falla, Rodolfo Halffter, quien, por cierto, introdujo y enseñó —junto con el mexicano Carlos Jiménez Mabarak— la técnica dodecafónica a sus discípulos en la Escuela Nacional de Música de la UNAM y en el Conservatorio Nacional.

Muchos refugiados —hayan sido o no miembros de las instituciones anteriores— difundieron en nuestro país una serie de traducciones de obras en otros idiomas hasta entonces desconocidas por el público mexicano; dieron a conocer lo mejor de su producción creativa y algunos incluso sus primeras obras en publicaciones periódicas o libros. En las revistas del momento, los transterrados colaboraron —muchas veces por encargo— con los mexicanos. Las ya mencionadas revistas Las Españas, España Peregrina (primera publicación cultural de los intelectuales desterrados), Romance y Ultramar, pero también órganos creados por mexicanos, como Letras de México y El hijo Pródigo (ambos editados en un inicio por Octavio G. Barreda) y Taller (fundado por Rafael Solana y bajo la responsabilidad de escritores como Octavio Paz y Efraín Huerta), fueron las publicaciones periódicas más destacadas donde los autores españoles del exilio encontraron un espacio ancho y a la vez independiente al impacto cultural que gran cantidad de ellos recibieron, impacto que sin dudas influyó en sus creaciones: las costumbres, los modos de vida, la Ciudad de México, el paisaje, la heterogeneidad de la sociedad mexicana, fueron algunas novedades que los escritores de la Madre Patria trataron de iluminar y explicar con su sensibilidad y cultura.

TallerQuizá la más destacada contribución mexicana al exilio español, en cuanto a publicaciones se refiere, fue la revista Taller (1938-1940), sobre todo a partir de su Segunda Época, que se inicia con el quinto número. La revista se abrió a los inmigrantes españoles que, según Rafael Solana, «la invadieron y desplazaron de sus páginas a escritores mexicanos». Para él, Taller dejó de ser lo que pretendió en un principio y se convirtió en «una revista española editada en México». No obstante, para un crítico como José Luis Martínez, Taller fue uno de los primeros órganos donde se procuró la conjunción de españoles, hispanoamericanos y mexicanos de varias generaciones.

En el número cinco aparece una nota donde se advierte que el Consejo de Redacción se ha enriquecido con nombres españoles y se justifica el hecho con el argumento de que esta actitud es parte de la fidelidad a la cultura y, en especial, a la causa viva de la herencia hispánica. En esa nota se afirma que Taller, más que revista de coincidencias, será una revista de confluencias: «Queremos que nuestra revista sea el cauce que permita el libre curso de la corriente literaria y poética de la joven generación hispanomexicana, al mismo tiempo que la casa de trabajo y de comunión para todos los escritores hispanoamericanos, angustiados por el destino de la cultura, en estas horas tristes de anhelante espera que el mundo vive».

Sobre las inclinaciones de la revista, Octavio Paz escribe, en una carta dirigida a José Emilio Pacheco: «Taller coincidió cronológicamente con el gobierno de Cárdenas pero no fue una revista cardenista. Simpatizamos con él cuando se opuso a Calles, el dictador; también aplaudimos muchas de sus medidas económicas y sociales, y, sobre todo, su política internacional».

Entre los españoles que colaboraron en Taller, encontramos nombres como María Zambrano, Juan Rejano, Antonio Sánchez Barbudo, José Bergamín, Francisco Giner de los Ríos y algunos más. Si bien los españoles volvieron a descubrir México y, por lo tanto, aspectos de su propia historia, los mexicanos de igual forma descubrieron otra España; no la España en pugna ni la España del conquistador, sino la España profunda, la que anuncia un nuevo mestizaje no sólo racial ni cultural, sino en esta ocasión de dos mundos intelectuales cuya interrelación y diálogo siguió siendo constante tras la Independencia, pero que después del exilio español llega a un nuevo apogeo.

Aunque al inicio de la inmigración la mayoría de los peninsulares trató de continuar el trabajo que realizaba en su país, el paulatino proceso de aculturación y asimilación a un espacio distinto implicó un mirar prolongado hacia un porvenir nuevo, lejos de España, en un lugar donde las oportunidades culturales y económicas se abrían, pero desde donde, al mismo tiempo, se tenía el deber de juzgar lo que ocurría del otro lado del océano. Poco a poco los transterrados se fueron incorporando a la vida mexicana y a participar en ella no sólo con colaboraciones en revistas, sino también en la educación y en la difusión de la cultura, al crear escuelas, editoriales y librerías. En este último caso se encuentra uno de los editores y libreros que más hizo por la cultura mexicana: don Rafael Giménez Siles. México le debe proyectos que influyeron en nuestra educación durante más de cuatro décadas.

Rafael-Gimenez-SilesOriginario de Málaga, Giménez Siles llegó a México el 25 de mayo de 1939. En España era ya famosa su labor de difusor cultural. Para dar un solo ejemplo, el libro Leyendas de Guatemala (Madrid, 1930), del futuro premio Nóbel Miguel Ángel Asturias, fue publicado en Ediciones Oriente, que dirigía don Rafael. Poco antes de llegar a México, el editor e impresor había estado en un campo de concentración en Francia. El 15 de octubre de 1940 se convierte en ciudadano mexicano. A su llegada, se reúne con intelectuales, empresarios y políticos con la idea de crear una distribuidora librera y así continuar con sus labores de difusión literaria. Gracias al apoyo de Cárdenas, comienza a trabajar en ese proyecto y, para el 7 de julio, junto con diversas personalidades del medio político e intelectual mexicano, entre las cuales es imposible olvidar al escritor Martín Luis Guzmán —quien volvió a adquirir su nacionalidad mexicana al pactar con el gobierno cardenista y abandonar España—, funda la sociedad anónima Edición y Distribución Iberoamericana de Publicaciones (EDIAPSA), de la que Giménez Siles es nombrado director gerente: «Se proyectó la empresa a base de un millón de pesos de capital —afirma don Rafael en su autobiografía—, pero las aportaciones sólo llegaron a la suma de cien mil pesos, y con dicha cantidad se constituyó el capital social». Entre los primeros accionistas encontramos a Pascual Gutiérrez Roldán, Martín Luis Guzmán, Luis Henríquez Guzmán, Adolfo López Mateos, Luis Legorreta y Carlos Trouyet, así como algunas sociedades anónimas y el trabajo, el talento y la capacidad de los escritores mexicanos José Mancisidor, Antonio Castro Leal y Jorge Cuesta.

La nueva empresa inició la edición y distribución de publicaciones en toda Hispanoamérica: libros, que edita hasta los años 60, pero también el órgano literario Romance, la revista femenina Amiga y la revista infantil Rompetacones. De dichas publicaciones, la más importante fue Romance, por lo que merece un lugar aparte. Esta “Revista popular hispanoamericana”, como rezaba su subtítulo, fue dirigida por Juan Rejano y, entre los secretarios de redacción, se encontraba Adolfo Sánchez Vázquez. Ubicada en la Avenida Juárez, Romance posee un origen que guarda estrecha relación con la Guerra Civil Española. Ya desde la Península, dos amigos republicanos, Antonio Sánchez Barbudo y Lorenzo Varela, se propusieron fundar la revista una vez establecidos en México. He aquí la nota distintiva de esta publicación: «recoger en sus páginas las expresiones más significativas —por la calidad de su pensamiento y sensibilidad— del movimiento cultural hispanoamericano». Se trató de una de las primeras ediciones de la empresa EDIAPSA. Cito las palabras de Giménez Siles al respecto: «Será ésta la primera revista hispanoamericana que, libre de prejuicios ideológicos o nacionales, comerciales o literarios, reflejará ampliamente, popularizándolos, los valores espirituales de cada país de lengua española y aquellos universales que, por serlo, interesen esencialmente a todos y cada uno de los pueblos». De ahí el nombre del órgano: el español como una de las lenguas romances más habladas y literariamente más prestigiosas del mundo. Es la lengua y la tradición lo que nos une con España y con el resto de Hispanoamérica, y los exiliados nunca perdieron de vista lo anterior.

Entre los colaboradores peninsulares de Romance evoco los nombres de Juan Ramón Jiménez, José Bergamín, Tomás Navarro Tomás, Rafael Alberti, Pedro Salinas, Jorge Guillén, León Felipe, Ramón Gómez de la Serna, Luis Cernuda, Guillermo de Torre, José Moreno Villa y Enrique Díez-Canedo. Entre los mexicanos, destacan Martín Luis Guzmán, Ermilo Abreu Gómez, Enrique González Martínez, Alfonso Reyes, Octavio Paz, Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, José Revueltas y Antonio Caso. Colaboraron también el dominicano Pedro Henríquez Ureña, el chileno Pablo Neruda, el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, entre otros muchos. Romance fue una de las primeras revistas de mediados de siglo en México que tuvieron corresponsales en Europa. En sus páginas se registraban eventos culturales y artísticos de París, Madrid y otras ciudades. Era frecuente encontrar en sus páginas conferencias organizadas por algunas instituciones culturales del exilio español, así como reseñas sobre sus actividades. La ruptura en la directiva ocurrió cuando EDIAPSA quiso imponer como nuevo director a Martín Luis Guzmán, y tanto Antonio Sánchez Barbudo como Lorenzo Varela y los demás miembros decidieron abandonar la publicación. Esto ocurrió en 1941, año de la muerte de Romance.

EDIAPSA, sin embargo, continuó ensanchando su camino. En 1939 ya había creado su primera librería: la Librería Juárez, ubicada en el centro de la ciudad. De corta duración, cierra sus puertas en 1940 y se abre la primera Librería de Cristal (conocida como Librería de Cristal de la Pérgola), en la Alameda Central, a un costado del Palacio de Bellas Artes. Su nombre se debe —como es de esperarse— a Rafael Giménez Siles, que se inspiró en las características del local —una pérgola con más de 40 metros de escaparate—, y en el recuerdo personal del Palacio de Cristal, ubicado en el Parque del Retiro, en Madrid, donde por cierto él había organizado la primera Feria Internacional del Libro.

Libro de Giménez SilesEsta librería contó con bocinas que hacían llegar la música a los jardines de la Alameda y a sus alrededores. En la planta alta del tramo sur se instaló una sala de exposiciones de pintura, en la que se ofrecieron conferencias (la primera fue de Alfonso Reyes). En los altos de los dos tramos centrales, sobre la librería, se instaló un café literario, el Café de Cristal «para aclimatar tertulias literarias al estilo de los célebres cafés de París y Madrid», dice don Rafael, y donde se llegaron a reunir muchos intelectuales de la época: José Vasconcelos, Ermilo Abreu Gómez, Alfonso Reyes, Salvador Novo, Artemio de Valle Arizpe y Martín Luis Guzmán, por ejemplo. Sin dudas, muchas librerías posteriores que incluyeron en sus instalaciones una cafetería, tomaron la idea de aquélla fundada por Guzmán y Giménez Siles. Más que una simple librería, se trataba de un pequeño centro cultural.

La Librería de Cristal de la Pérgola llegó a ser considerada por el New York Times como la más extraordinaria del mundo. Abría los siete días de la semana, desde las ocho de la mañana hasta las primeras horas de la madrugada. Le dio una nueva dimensión a la librería mexicana: suprimió el mostrador que aún conserva, por ejemplo, la Librería Porrúa, y con ello se estableció por vez primera un contacto directo entre el libro y el comprador, entre el objeto y el sujeto. Se suprimió al vendedor, al dependiente, al intermediario, y la gente escogía por vez primera el libro e iba a la caja a pagarlo. El poeta Salvador Novo comentó, en octubre de 1946, que «Nada podría gratificar más el alma de don Luis de Velasco, si resucitara, que mirar ennoblecida la Alameda que fundó en previsión con esta Librería de Cristal de la Pérgola en la que se encierran diáfanos, y se entregan, fáciles, los tesoros de la cultura». En 1952 se abre su primera sucursal, ubicada en Río Nazas, en la Colonia Cuauhtémoc. En esta década y en la siguiente, se fundaron nuevas librerías, tomando en cuenta los cines más importantes de la clase media mexicana.

Unos años después, en 1956, se estableció la Agrupación de Editores Mexicanos, con Giménez Siles como secretario y Luis Novaro como presidente. La agrupación promovió trece editoriales, entre las que se encontraban algunas de EDIAPSA, fundadas por el binomio Guzmán-Giménez: Compañía General de Ediciones, Empresas Editoriales y Colección Málaga, las tres promovidas desde 1956 por la mencionada Agrupación.

La Compañía General de Ediciones publicó obras de autores como Mariano Azuela, Mauricio Magdaleno, Juan Bustillo Oro y el mismo Guzmán, así como a escritores hispanoamericanos, pero fundamentalmente traducciones de alemanes, soviéticos, franceses, italianos y otros. Las personas de mi generación —y aun de generaciones anteriores— conocimos y disfrutamos las novelas de Hermann Hesse y de otros escritores europeos gracias a las traducciones de esta editora, muchas de las cuales ya habían sido publicadas por Giménez en sus editoriales españolas, sobre todo en Cenit. Él conservó los derechos y las utilizó en la Compañía General de Ediciones. Lo mismo ocurrió con la Colección Málaga, que publicó, entre muchas otras traducciones, la Comedia humana, de Balzac, vertida al español por Aurelio Garzón del Camino, los Rougon Macquart, de Zola, obras de Renan, y otras incontables.

Martín Luis Guzmán

Martín Luis Guzmán

Empresas Editoriales, en cambio, se dedicó más a la literatura mexicana. En 1964, Emmanuel Carballo fue designado consejero de esta editora. Al respecto, comenta que Giménez Siles «me ofreció y después puso en mis manos la dirección intelectual de Empresas Editoriales […]. En unos cuantos años (cuatro o cinco) hicimos él y yo, con el beneplácito de don Martín [Luis Guzmán], libros distintos a los habituales: las autobiografías precoces (y a veces procaces) de escritores jóvenes como Agustín y Sáinz, Monsiváis y Pitol, Elizondo y Leñero, Montes de Oca y Navarrete, Melo y García Ponce; las cartas, o mensajes, de los grandes maestros mexicanos a los jóvenes en posibilidades de seguir sus pasos, como las de Silva Herzog, Lombardo Toledano, Urquizo, Siqueiros, Caso, Abreu Gómez; las obras literarias completas de Revueltas, antes de que se pusiera de moda…». Además, Empresas Editoriales publicó libros de Martín Luis Guzmán, antologías como la de José Emilio Pacheco y la célebre colección de estudios críticos Un mexicano y su obra.

En 1949 el editor español nacionalizado mexicano Juan Grijalbo Serrés funda otra editorial: la Editorial Grijalbo, que nada tiene que ver con las anteriores más que en el hecho de ser iniciativa de un exiliado de España. Entre las aportaciones más importantes de esta empresa destaca el haber dado a conocer en castellano parte de la obra de Marx y Engels. Otra editora que tampoco tiene que ver con las anteriores, la Editorial Joaquín Mortiz —que difundió la obra de un gran número de escritores jóvenes—, fue fundada en 1962 por Joaquín Díez-Canedo, excombatiente de la República que había estudiado literatura en España y que llegó a México en 1940.

Pero volviendo a las Librerías de Cristal, ya  en 1967 la cadena contaba con 10 sucursales en la capital del país y se abría la primera en Toluca. Debido a una campaña promovida por las autoridades capitalinas contra la librería de la Pérgola y a las obras públicas realizadas en el centro, la primera Librería de Cristal tuvo que cerrar sus puertas en 1973: «increíble atentado contra la cultura —dice Giménez Siles— perpetrado en el periodo presidencial del licenciado Luis Echeverría, siendo jefe del Departamento del Distrito Federal el licenciado Octavio Sentíes, y que se llevó a cabo a pesar de los reiterados argumentos en defensa de la librería esgrimidos por el inolvidable don Martín Luis Guzmán, alma de aquélla y de tantas otras instituciones culturales. Suceso local que debería ser memorable, trayendo el recuerdo a quien pergeña estas páginas del incendio de la Biblioteca de Alejandría». La reacción de EDIAPSA fue recurrir a la prensa, con el llamado de «¡Más Librerías de Cristal!» y donde se anunciaba el establecimiento de tres de ellas en la capital y otra más en provincia.

Durante más de 40 años, desde la fundación de EDIAPSA, Giménez Siles fungió como su director. El Secretario General de Crédito de la Secretaría de Hacienda, el ingeniero Pascual Gutiérrez Roldán, no sólo puso los medios materiales para que la empresa se abriera camino, sino que también se asoció con otras personas que aportaron capital y lo nombraron Presidente del Consejo de Administración de la empresa. Martín Luis Guzmán atendió el aspecto político de las relaciones; por ejemplo, consiguió el permiso para obtener las pérgolas de la Alameda Central. Por acciones como esa y su interés en el éxito del proyecto, Guzmán fue nombrado secretario de EDIAPSA y luego llegó a ser (hasta su muerte) presidente de la empresa.

De 1973 a 1982 ocupó la dirección general Rafael Giménez Navarro, hijo de Giménez Siles. En 1975, cuando la librería contaba con 18 sucursales en la capital y once en provincia, el editor español se jubiló. Guzmán falleció un año después y Giménez vendió las librerías, que hoy nada o poco tienen que ver con las anteriores. Allí terminó una de las aventuras más productivas —y poco reconocidas— de un exiliado español asociado con un mexicano que había vivido en España, que la había amado y para quien la Madre Patria fue, en su momento, un refugio. Así como Giménez fue un refugiado español en México, Guzmán había sido, con anterioridad, un refugiado mexicano en España. Nuevamente, un mestizaje de intelectos.

Por último, y a riesgo de ser injusto con otras empresas culturales del exilio español, considero oportuno poner énfasis en lo que un nuevo espacio significó para los transterrados. Significó un entorno distinto, pero también un nuevo tiempo y una nueva manera de entender el tiempo. Como escritores, los exiliados produjeron una obra que en más de una ocasión se distinguió por una auténtica preocupación por descubrir México desde sus distintos aspectos: el histórico, el literario, el social, el humano… Pero a la par de este afán de comprender lo nuevo en su tiempo y en su espacio, la nostalgia por la tierra perdida —que implica a veces un sentimiento de orfandad— fue a menudo un motivo en su poesía. España era evocada con fuerza e intensidad por poetas como León Felipe, autor de Español del éxodo y del llanto (1939); Enrique Díez-Canedo, con su poemario El desterrado (1940); el exmiembro de la Generación del ’27, Luis Cernuda, autor de La realidad y el deseo (1940); José Moreno Villa, con Noche del verbo (1944); Manuel Altolaguirre, con Más poemas de las islas invitadas (1944); Pedro Garfias, con Río de aguas amargas (1948); Juan Larrea, autor de Versión celeste (1970), y Juan Rejano, con Alas de tierra (1975).

Pronto una nueva generación de refugiados o hijos de refugiados aparece en la cultura del Nuevo Mundo. Manuel Durán, José Pascual Buxó, Tomás Segovia, Luis Rius, Angelina Muñiz, entre otros muchos, contribuirán en un inicio a mantener la visión de sus padres sobre la patria perdida para encontrarla en una nueva mediante su evocación literaria.

A través de su literatura y de sus empresas culturales, el exilio español nos ha hecho comprender más a los mexicanos sobre el origen y la tradición que, pese a quien le pese, nos une de verdad. Esta comprensión profunda de los procesos históricos y culturales entre ambos lados del océano permitió al mismo tiempo abrirnos hacia nuevas corrientes del pensamiento universal.

De la calle Fuentes a la esquina Bolaño (aunque parezca mentira, el kilómetro cero de la ciudad puede ser una avenida)

FG6850

Jaime Magdaleno

 

La ciudad como texto

La ciudad es espacio. La ciudad es tiempo. La ciudad es memoria. La ciudad es historia. La ciudad es concreta como vieja ciudad de hierro, según la estrofa melancólica de Rockdrigo. La ciudad es acero, sangre y apagado furor, según dictaminó Efraín Huerta. La ciudad es último resabio de vida humana previo al Apocalipstick profetizado por Carlos Monsiváis. La ciudad es palabra. La ciudad es escritura. La ciudad ha dado de qué hablar en las páginas de muchos e incluso ha hablado en las páginas de otros. La ciudad es telón de fondo en Ojerosa y pintada, de Agustín Yáñez, y narrador omnisciente en José Trigo, de Fernando del Paso. La ciudad es lamento y rabia contenida en Memorias de mis tiempos, de Guillermo Prieto, y pachangón permanente de la primera-generación-de-gringos-nacidos-en-México en Pasto Verde, de Parménides García Saldaña. La ciudad es arrabal arribando a la literatura en Chin Chin el teporocho, de Armando Ramírez, y juventud en éxtasis (clasista) en Cuervos, de Daniel Krauze. La ciudad es barrio de prosapia venido a menos en La casa de las mil vírgenes, de Arturo Azuela, o íntima unidad habitacional que resguarda infiernos personales en El cuerpo en que nací, de Guadalupe Nettel. En fin: el listado puede extenderse según sea el ánimo y el furor lector de quien refiere. Empero, en este texto me interesa resaltar un par de novelas que, sin duda, figuran dentro del canon narrativo sobre la Ciudad de México: La región más transparente, de Carlos Fuentes, y Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño.

 

Avenida Bucareli, cicatriz

La avenida Bucareli como cicatriz sobre un cuerpo destinado a la prostitución, en La región más transparente, y sobre el alma de un poeta obligado por sus tíos a estudiar Derecho, en Los detectives salvajes. Ambas novelas se inician en el mismo punto de referencia: la avenida Bucareli, recorrida por la prostituta Gladys García en su camino de la colonia Guerrero a la Doctores, después de una noche de juerga, es frecuentada por el aprendiz de poeta Juan García Madero en busca de sus amigos real visceralistas, parroquianos del «Encrucijada Veracruzana», situado precisamente en Bucareli. ¿Es casual que ambas novelas se inicien en el mismo punto? ¿Por qué, siendo la Ciudad de México como es —inmensa—, Roberto Bolaño decidió situar el comienzo de su novela en el mismo sitio en que se inicia la de Carlos Fuentes? Descartando cualquier azar, en alguna ocasión me respondí que Roberto Bolaño, quizá, jugó a tomar la estafeta dejada por Carlos Fuentes en el afán de utilizar narrativamente la ciudad. Sólo que aquí «estafeta» no es sinónimo de continuidad, pues mientras en Fuentes la ciudad es historia, y todo lo que ella contiene es pasado mítico, en Bolaño la ciudad es memoria y lo que en ella habita es la educación sentimental de un grupo de poetas.  Si esto es cierto, para Carlos Fuentes la ciudad es una experiencia histórica que vive un tiempo mítico, por lo que sus personajes son arquetipos y sus vivencias son reminiscencias o anticipaciones de «lo dado», lo determinado por el «aquí nos tocó, qué le vamos a hacer, en la región más transparente del aire», mientras que en Roberto Bolaño el Distrito Federal es el espacio de aprendizaje de los románticos postreros: los viscerrealistas, poetas malditos que encuentran en la institucionalización de la poesía a su enemigo y osan aventurarse en una obra poética (marginal) que es, nada más y nada menos, su propia vida.

 

El lugar sobre el ombligo de la luna

Sobre la idea de que en México hay un pasado enterrado, pero vivo, Fuentes construyó una narrativa empeñada en identificar y reconfigurar ese pasado mítico. La región más transparente puede entenderse, así, como una novela donde las diferentes «edades del tiempo mexicano» se superponen, aunque no como realidades en devenir (ésa será tarea de La muerte de Artemio Cruz), sino como subjetividades arquetípicas del mexicano; es decir: me parece que los personajes de La región más transparente no son hombres y mujeres autónomos, dado que sus existencias están habitadas y determinadas por la historia de la clase a la que pertenecen. De esta manera, el cuadro de nombres que Fuentes ofrece al inicio de su novela no sólo informa al lector de los personajes que desfilarán ante sus ojos, sino también relaciona esos nombres con el destino y el papel que les tocó desempeñar de acuerdo con su circunstancia histórico-vital.

Por lo anterior, en La región más transparente la historia de los personajes es, de alguna manera, la historia del propio país: Los de Ovando hablan por la decadencia del pasado porfiriano y Los Pola son la voz de lo que pudo ser y no fue. Los Burgueses representan el triunfo de la Revolución (traicionada) y Los Satélites son su comparsa. El Pueblo es el derrotado-lumpen-proletariado que se resigna a llevar a cuestas el peso de la nueva burguesía y a costear su oropel, en tanto que Los Intelectuales discuten la viabilidad de la Revolución entre uno y otro «jaibol». Mención aparte merecen Los Guardianes, Teódula Moctezuma e Ixca Cienfuegos, quienes introducen su voz para darle el sustento mítico a la historia: «México es algo fijado para siempre, incapaz de evolución. Una roca inconmovible que todo lo tolera. Todos los limos pueden crecer sobre esa roca. Pero la roca en sí no cambia, es la misma, para siempre», sentencia el ubicuo Ixca Cienfuegos para, de esa manera, sugerir que la realidad mexicana está enclavada en un tiempo mítico que se actualiza cíclicamente y, por ello, en México las cosas cambian para no cambiar jamás.

En ese orden, la Ciudad de México cambia y no: es una metrópoli cosmopolita que recibe a la pequeña aristocracia europea y a aventureros de diferentes partes del orbe, pero es tan provinciana como los indios y los campesinos que llegan a habitar sus arrabales. Por lo mismo, la ciudad no pierde su esencia mítica de ser el «ombligo de la luna»: el centro cósmico que contiene en su interior a México entero y su historia.

 

Mexicanos perdidos en MéxicoLos-detectives-salvajes

Con ese título Roberto Bolaño anticipa la aparición de un cuadro de personajes que no representa nada, salvo a sí mismos. José García Madero, Arturo Belano y Ulises Lima son los «Detectives Salvajes», poetas vagos y en permanente aprendizaje que se lanzan a la búsqueda del ícono del realvisceralismo: Cesárea Tinajero, desaparecida en algún momento en el norte de México. Desde la incorporación de García Madero al grupo, y la posterior confirmación de su militancia entre noches llenas de alcohol y discusiones poéticas, Madero, Belano y Lima deambularán —teniendo como kilómetro cero la Avenida Bucareli— por distintos puntos de la ciudad, que se despliega como espacio de formación vital antes que literaria.

De esta manera, en Los detectives salvajes, la colonia Guerrero, zona de trabajo de Gladys García, es idealizada por María Font, quien la toma como un lugar agradable para vivir, con sus putas adolescentes, la música guapachosa de sus bares y sus fachadas oscuras, que prometen experiencias rufianescas. La Roma no es el refugio snob de hoy día, con restaurantes de tendencia vintage y menú internacional, sino el lugar donde artistas muertos de hambre sobreviven en minúsculos cuartos de azotea, con pletóricas vistas del amanecer, sitios donde García Madero departe con poetas catulianos-sindicalistas y fuma mariguana con Piel Divina. Incluso Bolaño convierte el Parque Hundido en un microuniverso donde los planetas Octavio Paz y Ulises Lima giran en forma obsesiva sobre órbitas imaginarias, recalcando la cercanía de su actividad poética que, no obstante, jamás se toca, dado que Paz representa la institucionalización del oficio poético, mientras que Lima y los realvisceralistas son los escritores que buscan la marginalidad y se sitúan en ella, precisamente como grupo de poetas (detectives) salvajes.

La Ciudad de México es un territorio de exploración vital que ofrece historias de personajes al borde del colapso nervioso o existencial, rescatados por la memoria de un narrador al que la Historia le importa un bledo. En otras palabras, la calle Fuentes es frecuentada por Bolaño, a quien, sin embargo, no le interesa seguir la misma ruta; antes bien, tuerce el rumbo para sumergirse en su propia esquina y calle: espacio donde la marginalidad no es símbolo ni estandarte de la despojada patria, sino el recuento íntimo y personal de una formación literaria no canónica, pero deliberadamente periférica.