Ornitología sacra

poema raul

 

Raúl Medrano Lizárraga

 

 

¡Se celebra el adulterio de María con la Paloma Sacra!

Oliverio Girondo

 

En mis numerosas clases

de catecismo impuesto,

no recuerdo haber escuchado

lo permisivo del sexo aviario.

El sentido común,

o quizá la religión,

o quizá la Biblia,

o quizá Dios mismo,

pero seguro María no,

dicta que no deberíamos

(Usaré el término bíblico para enfatizar)

fornicar con pajaritos.

En verdad, Dios concibe

en maneras misteriosas

(O algo parecido).

En aquellos tiempos

es de suponer que

(Por respeto omito la palabra cagar)

el defecar de una paloma

era tan irritante como hoy.

Pero si el ave

(Aquí conservo el mismo respeto)

defeca semillas sacras y salvadoras

se considera un milagro.

Esta es una realidad divina.

En misa deberíamos merendar

(Doy gracias a mis clases de catecismo

o adelante tendría que escribir mierda)

con heces de paloma.

Y, como buenos creyentes,

exclamar amén cada vez

que una paloma nos cague encima.

(Como usted verá, mi catequesis

no funcionó dos versos arriba)

La ornitología en la Biblia

debería utilizar la escatología

para una mejor comprensión

de los funcionamientos sexuales

del Espíritu Santo.

Así estaríamos más cerca

de entender al Señor.

(Y su sexualidad)

Podríamos pensar que María

fue la primera ornitóloga,

y en una de sus invocaciones de tórtolas

llegó el Espíritu Santo.

Dios recompensó

sus avances científicos

con el honor de tener a su hijo.

¿No serían entonces los

ornitólogos los

legítimos sacerdotes?

¿No debería haberse

llamado Palomo el primer Papa?

¿No es La Paloma

de San José Alfredo

el cántico más sacro

que se ha escrito?

 

Ha sido un problema

que a la ornitología no

se le considere

como parte de la teología.

¿Cómo no ha de serlo

si una paloma es el padre de Jesús?

Esto no es una petición

para un merecido cambio categórico.

Es un serio análisis poético

(Perdóneme el oxímoron)

de las aves y el rol fecundo que juegan

en la salvación de los hombres.

“Fue de sus heces divinas que Dios creó

al hombre. Y será con estas heces que brindará

la salvación al hombre.”

(Novissimas Collocat, Esther Core)

Anuncios

Mi madre se dijo puta

IMG_8003

 

Irma Rodríguez

 

A Lucero, una pequeña gigante

 

 

De muchas maneras se dijo puta mi madre,

la frente en alto;

digna, cínica,

buscó amarse.

 

Poco a poco se desvistió mi madre;

perfumó su cuerpo

con olor

de Rosa Venus,

infinitas ilusiones llenaron su boca.

 

Mi madre era de ojos chiquitos

pero su mirada,

un océano;

la cópula inundó su universo fértil

doce veces,

deseosa de alivio con doce gemidos.

Yo fui la número siete.

 

Mi madre fue manantial.

Sus pezones durmieron en la cuna

de la inocencia.

Nada fue la gravedad de su peso

sobre su carne tibia y silenciosa.

 

Mi madre fue ciega extensión de deseos,

refugio de la sincronía del universo

que durmió entre las llanuras

para juntar sus centros gravitatorios

en un grito que se elevó al cielo.

 

¡A vuelo!, dijo mi madre,

¡que nuestras risas vivan en los ombligos!,

¡que hagan malabares sin resbalar en la muralla,

caída libre al precipicio!

 

Nunca ser la misma,

dijo mi madre,

ni lo que a imagen y semejanza hagan de nosotras;

tampoco la amante de todos,

sólo de ellos, de los pocos.

 

Mi madre pidió a su ego no ir más allá,

olvidarse del tiempo fecundado,

seguir volando como ave y

caer sobre una pirámide en ruinas

para reconstruirla.

 

Mi madre cuidó su cabeza,

también su hermoso culo.

Sabía lo que eran las partes

como un todo.

 

Mi madre siempre supo de qué estaba hecha,

lo sabía desde el sol palpitante que habitó en su pecho

y tenía miedo, miedo de amar, no de amarse;

eso lo sabía hacer de sobra,

amar, amar porque amar siempre termina en falsa ironía.

 

Muchas veces mi madre sofocó

los fuegos peligrosos,

tirada bocabajo se escribió preguntas y respuestas

sobre el vientre,

despreció agregados al coctel

que llamó vida.

 

Mi madre habló con sus silencios

un lenguaje que inundó naufragios,

sin ahogarse

porque lo que inunda no siempre ahoga.

 

Mi madre expuso su sexo frente al sol,

frente a la luna;

su vagina

fue arpegio de vibraciones,

cantos de la vida.

 

Mi madre es virgen,

mujer que sabe lo que es tener

al diablo enfrente;

por eso jamás tropezó

con la misma piedra.

Ahora yace en un retablo.

 

Mi madre hoy quiere alcanzar

la tierra firme;

siente el naufragio de la soledad,

va en plenitud de vuelo;

sabe que la vida es un segundo,

único y eterno.

 

Yo

siempre seré Lucero, la hija de mi madre,

a quien quizá

nunca alcance.

 

IMG_7998

 


Ilustraciones: Irma Rodríguez.

Dios nos libre

love-locks-59067_960_720

Juan Tovar R.

 

Amor que dios nos libre

de un pendejo con iniciativa

de la oficina de correos de México

o en su defecto

de cartearnos con Mussolini en verso blanco

 

que dios nos libre amor

de una buena película de María Félix

del sexo por contrato

o de la obligación

de no seguir viviendo hasta firmarlo

 

amor que dios nos libre

del adulto disfrazado de adulto

de los hoyos en los bolsillos

donde tropezamos

dos veces con la misma piedra

 

pero miento amor

porque dios no nos libra

porque la pendejez es inminente

porque la tumba de Mussolini

no tiene código postal

 

porque todas las películas

de María Félix son malas

porque los adultos disfrazados

de adultos no caben en un bolsillo

si tropiezan con la misma piedra.

Deseo

orpheus-and-euridice-1864

Frederic Leighton: Orpheus and Euridice (1864)

 

Juan Antonio Rosado

 

¿Necesitas necesitar?

 

Sin necesidad, nada

es necesario y la vida

se torna Vida, y alrededor

se vuelve todo un solo ser circular

sin necesidad alguna,

y el círculo se eleva o disminuye

en inercia continua, continúa, continua

sin ruptura, sin deseo que introduzca

la carencia; sin deseo que lance

la necesidad, y con ella una enorme y continua

metamorfosis: la enorme y continua

discontinuidad.

Y todo continúa, continuo, en el Estar,

mas no en el Ser determinado

por sus propios y huecos y estrechos límites.

¿Necesito necesitar en esta continua carencia

de ser, o más bien deseo el no-deseo

en una continua plenitud que no es sino la Nada de la muerte,

la Nada que nada quemada?

Lo ignoro, mas mientras tanto:

imposible dejar de desear.

 


(Publicado originalmente en el suplemento La cultura en México, de la revista Siempre!, núm. 3267, año LXII. México, 22 de enero de 2016, pág. 83)

El secreto

Karina Castro

 

tree-1992141_960_720

 

El árbol me contó un secreto,

lo dijo en palabras raras.

 

Soplé esas raras palabras

y el viento se las llevó.

 

Cruzaron montes y ríos,

rodaron por los trigales.

 

Cayeron por la cascada,

y treparon el matorral.

 

Flotaron bajo la luna,

iluminando la oscuridad.

 

Silbaron sobre el poblado

y un gato las lengüeteó.

 

nature-3194001_960_720

Cuando las repitió la lluvia,

nadie las comprendió.

 

Sólo las entendió claras

el pez que las escuchó.

Los ruidos de un cuerpo

Armando Pereira1

 

Armando Pereira

 

 

Mi cuerpo

se ha convertido

en un saco de trastos viejos.

 

Hace ruidos

todo el tiempo

cuando lo llevo a caminar

o incluso

cuando lo dejo

arrumbado en un sillón.

 

Hace ruidos

que nadie escucha

que sólo van dirigidos a mí.

 

A veces

no se levanta de la cama.

Pasan días

y él sólo se encorva más y más

como si sólo quisiera volver

a su etapa fetal.

 

He querido

sacarlo a pasear por la colonia

que los vecinos lo vean

que los perros le ladren.

Saber de alguna forma

que mi cuerpo existe todavía.

 

Pero él se acurruca

en un sillón

y cierra los ojos.

 

Mi cuerpo

es un montón de huesos

que hacen ruido

que no quieren a nadie

que sólo quisieran quedarse quietos.

 

Entre mi cuerpo y yo

hay una distancia infinita.

 

No puedo vivir con él

estoy harto de verlo dormir

de hacer ruidos

incesantemente

en el sueño.

 

Quisiera que al fin se quedara callado

sin movimientos

sin ruido

que sus huesos dejaran de chirriar

de intentar esa burda sinfonía

de tornillos y tuercas oxidados.

 

 

El ojo

 

 


Publicado con la autorización del autor.

Teoría de cuervos

cuervoMariana Lara

Un día me entregué a la tarea de buscarlos. Sabía muy poco o nada de ellos; apenas una vaga idea, menos que una señal y más que un vistazo. Estaba segura: no eran sueño.

Un bajo cello desgarraba el aire en tres.

Lo supe: existían.

Dejé todo. Me encontraron.

El primero, larga, negra sonrisa deshecha, estatura de árbol partido, blanco de lo blanco de los ojos. De rodillas, esperé la muerte de sus manos. La sombra me alzó. Te entrego mis ojos. Desfallecí.

Volví. Ninguna diferencia en el espejo, pero algo crepitaba como hielo invisible. Anidaba dentro y yo lo sabía, tan terrible que no se notaba cambio. Era uno de ellos, los de enseñanza silente.

 

Luego, un muchacho delgado, blanco paño, ojos leonados. La guadaña se adivinaba en su rostro. Tres contactos bastaron para ensayar al monstruo. Uno, al pie de la escalera, sombra de una viga metálica, ingenuidad expuesta. Dos, un baño preparatorio, el filo pardo de una daga, incompleto deseo suicida. Tres, el calor de la imitación del mármol, cercanía de pestañas histriónicas, capitulación. Se diluyó con quienes transitan los pasillos ocultos de la memoria. Un recuerdo se insertó ahí donde la daga no pereció en el costillar. Era uno de ellos, los de pulsión destructiva.

 

Por último, un joven con melena de león etíope. A su lado las horas eran tibias como mayo. El sol en las pupilas; la luna en los contornos.

Lo conocía desde antes de salir a buscarlos, cuando la vida era inocencia tras un cristal roto.

Un día lo miré: alas en la sombra sobre el asfalto. Se erguía como árbol desafiante a los relámpagos. La raíz más fuerte se inmoló. Reía bajo efectos de bondad destrozada, adicción indisoluble en café de astros.

Un día partió. Sus hermanos conservaron la voluntad de él.

Era uno de ellos, los de mente incendiada.

Ensayo la configuración para aproximarme a estos seres. La llamo teoría a falta de un término preciso. Les otorgo el cuervo como estandarte por su vuelo hacia lo irrevocable.

Ahí están, en el espejo: la sonrisa deshecha, los ojos leonados, la mente incendiada. Están todos. El ceño inquieto espera.

Aguardo al resto de la legión.

Cinco poemas sobre mujeres

Juan  Antonio Rosado Zacarías

pablo-picasso-retrato-de-marie-therese-walter-h-1936

Pablo Picasso: Retrato de Marie-Therese Walter (h. 1936)

I

DUALIDAD

 

Hay dos Cármenes distintas

en un mismo cuerpo:

la Carmen de la noche,

la Carmen de los días.

Si las oyeras hablar y sonreír

creerías que se tratan de la misma:

Carmen de la guerra,

canción solar, poema duro

y solitario.

Tras esa máscara de hierro

se oculta la canción de porcelana,

el poema de la luna y la ternura

de la hermana nunca vista.

¿Misterio de la Santa Dualidad

amada y encubierta

por ayeres de naufragio?

Misterio del que todo instante participa

en el sueño de la vida.

Secreto de presencias ocultas,

esculpidas como estatuas

en el lago del silencio y la palabra.

 

Hay dos Cármenes distintas

en un mismo cuerpo:

la Carmen de la calma

y la calma del estruendo;

la Carmen de tiempo embalsamada

en dulces elocuencias,

la Carmen del rayo y de la espera.

 

Cuando Carmen se apoya

en el espejo de la brisa,

dos caras —un Jano femenino—, dos cuerpos,

dos instantes aparecen:

el poema que me ve como a un río prometido,

la llama que me ve tan sólo como niño.

 

eduardo-rosado-lapiz-2014-pecho-de-paloma-42x29-5-cm

Eduardo Rosado Z.: Pecho de paloma (2014)

II

TU FUERZA, TU CONDENA

 

Eres frágil.

Tu tejido orgánico, delgado,

compuesto de blandos, yuxtapuestos

globos oculares,

humedece su blandura con el tacto

y acaso estalle un día y se deshaga

en un estúpido tropiezo.

 

Pero mirar con tu cuerpo

a todas direcciones

y almacenar en tu memoria cada punto

parece lo más triste y terrible de tu don.

Sí: tu fuerza radica en las membranas

que te cubren.

 

Mas la fugacidad con que aprecias

cada breve, cada nimio detalle

se asemeja al agua incorpórea

que se seca bajo un sol de rabia:

deja la huella de la mente

sin el fuego que la hizo fluir.

 

Así es la múltiple movilidad

de los muchos ojos que te forman:

tan sólo rememora

la huella

pero no la fuerza que la condenó

a su permanencia.

 

712105

 

III

MÁS ALLÁ DE LAS PALABRAS

 

a Marcela

 

Derrites con tu aliento las palabras

en el hueco de tu palma.

Disueltas, líquidas, brillantes…

ya no brincan…

Aderezas los vocablos

con el tacto de tus ojos.

 

Trituras, desmenuzas, derramas los sonidos

en mi boca.

Fijan la sonrisa, la eternizan,

multiplican el azogue del espejo.

Unen labios y manos,

funden tiempos;

vuelven de las bocas una boca

y un cuerpo de dos cuerpos

sobre el árbol de la entrega.

 

Ramaje incierto, delirios anulados

cuando arde el agua pétrea de la fuente.

Juntos calcinamos los estrechos límites,

y el lenguaje que era nuestro

abandona lentamente las palabras.

 

salvador-dali-muchacha-en-la-ventana

Salvador Dalí: Muchacha en la ventana (1925)

 

IV

CANCION DE AMOR

a una mujer inexistente

 

ERES alegría que danza en otros valles,

lobreguez sublimada por un beso,

la mañana que derrite nuestra piel

sobre un caudal de sudor dulcificado.

 

ESTÁS allí por ser la sonrisa del alba,

la saliva que enmudece las palabras,

el recuerdo de vivencias transparentes,

la reunión perseverante de los brazos.

 

ESTÁS allá por ser la voz de la caricia,

la mirada en el furor de calles,

el vocablo en la mudez de los alientos

saturados de memoria y protección.

 

jose-manuel-merello-muchacha-con-corazon

José Manuel Merello: Muchacha con corazón (1960)

V

ESTACIÓN DE LABIOS

 

Tus labios de otoño

replican sin palabras

como el aliento al calor

penetrante del deseo.

 

Marchitos huyen de la savia

y con saliva prófuga

forman una  flor;

delgados se bañan,

acarician el vapor del beso,

fugaz recuerdo

desde el canto del sol.

 

Caen tus labios en el mar:

frescura de algas, encía renovada,

paz de velero en dientes de coral,

paz de amuleto en las respuestas del invierno.

 

Secos, tus labios se empapan

en la sangre oscura de este lecho,

caen en flor, en la saliva.

Y en la calma de la noche,

retumba un eco de dolor.

Luna: 7 fragmentos de alucinación

Manolo Mugica

ENE

 

Y el océano gotea por tus pezones

a cuenta olas,

a cuenta mares,

donde los amares se marean al saberse clepsidra de sangre,

tiempo carmín-carnoso y degollante;

herida que vocifera cual drogadicto

los rockmances caducos que escribió alguien que deseaba perder la cuenta de los días;

ese era yo

invocándote en mis manuscritos;

ese yo que no he dejado de ser pero ya no soy,

ese triste épico, epidémico, sonámbulo,

trinidad esdrújula como tus piernas.

 

Eso es lo que sueño ahora,

tus senos graves y tu derrier agudo, acentuado hasta el último meneo.

 

Aquí estás,

mujer del nombre que no perdona,

tras alucinaciones nostálgicas, iluminando aquello

que yace en el umbral,

mientras te retuerces en la melcocha de otros brazos

que nada han de ofrecerte

salvo el desecho que se recoge de las sonrisas,

la ceniza que a veces deja la noche cuando se va apagando.

 

Te observo,

leo la angustia en los poros de tu pellejo braille

y antes de hablarte despierto…

 

 

O

 

…Qué agitación de sombras,

qué musitar del corazón en el lecho páramo;

mas infernado y maldito,

regreso al sueño para buscarte melancólica de levedad…

…De nuevo los ojos bajan el telón

y te encuentro como más me gustas,

con el corazón abierto y la piel desabrochada;

arranco los dedos de tus pies como si fueran uvas,

los degusto sin prisa,

quiero aprenderte,

quiero aprehenderte;

te devoro,

 

Captura

¿y despierto?

 

 

                                                             [                                     ]

No, no despierto.

Soñé que lo hacía.

Comienzo a buscarte entre las sábanas

y hallo tan sólo el bagazo de tu sexo leporino.

 

 

EME

 

Repentinamente estoy cansado,

no sé si de paladearte

o de no percibir el perfume que dejan las úlceras de tus intestinos.

Y así, con el azar de las blasfemias,

camino con la lengua hecha ponzoña,

entro al antro de la llaga última,

pido un trago de olvido para quitarme este sabor que no es el tuyo;

sigo cansado,

cansado a la décima [ilumino con mis labios

los paisajes de tu espalda,

te despetalo la falda

hasta probar los resabios

que dejaron tus ovarios

y kamikaze te habito.

De tu cuerpo quedo ahíto;

sin más contemplo la sombra,

figura y forma, que nombra

la carnalidad del mito] potencia.

 

Anhelo tus manos y sus uñas afiladas

dispuestas a sacarme los ojos para no mirar más este holocausto,

esta tribal memoria de ti y tu silueta.

Ayúdame a ayunarte una eternidad, acuchíllame ahora que no te observo.

Ayúdame a descansar este cansancio descansado de perderte a último parpadeo.

 

 

A

 

Se vacía la vasija de tu vientre,

la vasija de tu lengua yacente-llameante,

se vacía mi carácter insultante,

las majaderías caen a pedazos, se rompen,

nadie se refleja en ellas.

Tomo uno de aquellos trozos y tasajeo mi rostro con deleite

mientras te masturbas y bramas afiebrada de violencia,

de la poética de mi faz mutilada.

Después,

tras desangrarme algunos versos,

te monto enardecido,

lames las sendas profusas de mi cara

y empapado nuevamente de ti, te asfixio con mi falo,

con él tapo la anchura de tu garganta,

te estallan las pupilas al tiempo de mi orgasmo,

la muerte por un instante se abraza a la vida,

el sueño es todo esperma y sangre,

_____________

s        s        s

a      a       a

n     n        n

g     g      g

r      r        r

e     e       e

 

y despierto aturdido.

 

 

ELE

 

¿Por qué el frío esta noche?

¿Por qué huyes en cuanto me arranco los párpados?

¿Por qué no puedo decirte mi tristeza o escribir un poema en tu espalda?

No soporto el sopor

y zurzo el sueño a mis ojos maltratados por leer a obscuras;

y otra vez derrotado, con el esqueleto inerme,

camino entre basura y callejones…

—“Gracias a Dios no estás más loco”—,

dice la voz de mi madre descendiendo del cielo negro de mis pesadillas.

Gracias a Dios lo bueno, jamás lo malo;

lo inicuo atañe al Diablo,

pero Satanás es un criminal lírico que sana con metáforas.

Hay que dar gracias también a la maldad

y dejar de agradecer a Dios los muñones que nos ha brindado.

 

En realidad,

aquel Dios no tiene interés en nosotros,

sólo somos perros para él,

mascotas sarnosas, maleducadas, pulguientas,

rabiosas, muertas de hambre,

con el costillar semejando una marimba

donde suenan las notas de la miseria.

 

¿Quién puede decir que esto no es un sueño?

Yo, aquí, perro; tú, aquí, perra, esbelta y en celo,

siendo devorada por una jauría callejera que apenas y puede ladrar,

que sólo sabe lamerse los genitales… despierto… duermo…

 

bed-linen-1149842_1920

O

 

…Ya es madrugada pero siempre es madrugada; siempre es de luna en el poema y la cama de sábanas marchitas; aquel colchón fracturado donde hacíamos el amor, ese poema donde nuestras bocas eran la única consonancia.

Otra vez otra vez, es escribir, de nuevo tú, desnuda en mis alucinaciones oníricas, poéticas; tú sin máscaras, sin accesorios, sin nombre, acercándote a mí.

Ya estás a mi lado y olvido que alguna vez te fuiste.

Te pones de hinojos, casi seiza, contemplo tu desnudez despojada de toda mampostería, sin maquillaje en las manos que cubran la verdad que hay tras tus caricias.

Yo también me desnudo, me acuesto en tu regazo y en silencio digo lo que anhelaba decirte, y me escuchas en silencio, y parece que morimos un rato, y sonríes, y te entiendo, y parece que morimos, y te abrazo, y ya no despierto†

 

 

 

En mi trabajo tengo complicaciones varias…

Juan Carlos Salvia

en qué despreciable criatura me convierto
si cada día que pasa estoy
cinco seis veinte poemas más lejos
de arder en llamaradas

Bárbara Butragueño

 

En mi trabajo tengo complicaciones varias.

 

La primera de todas,

tal vez también la última,

es hallarle en el mundo su sitio

a mi labor.

 

Para ser un poeta no existen oficinas,

acuerdos salariales ni extensión de jornada.

 

Nunca es un buen momento

y al parecer tampoco hay propicio lugar

para encender la luz de una verdad a oscuras,

así que normalmente se trabaja a deshoras

y de algún modo u otro perturbando a la gente.

 

Como lo que se alumbra

al encender la luz

no siempre queda claro,

nadie lo quería ver en primer término

y es algo que uno hace bajo ninguna orden

y sin goce de sueldo,

aún puede suceder que te tomen por loco.

 

No es algo que uno venda la poesía.

No hay nada más ridículo que pretender comprarla.

La poesía abre la boca y lo que se produce

es todavía innombrable y no puede

envolverse con papel de regalo.

 

Crece dentro de ti

como una libertad más allá de tus límites,

sin contrato ni prórrogas ni fondos de pensión,

partiéndote la cara contra todos los miedos

y nomás por el gusto de aprender a estar vivo.

 

hombredepalabra

 


Del libro inédito Los gajes de este oficio