Los ruidos de un cuerpo

Armando Pereira1

 

Armando Pereira

 

 

Mi cuerpo

se ha convertido

en un saco de trastos viejos.

 

Hace ruidos

todo el tiempo

cuando lo llevo a caminar

o incluso

cuando lo dejo

arrumbado en un sillón.

 

Hace ruidos

que nadie escucha

que sólo van dirigidos a mí.

 

A veces

no se levanta de la cama.

Pasan días

y él sólo se encorva más y más

como si sólo quisiera volver

a su etapa fetal.

 

He querido

sacarlo a pasear por la colonia

que los vecinos lo vean

que los perros le ladren.

Saber de alguna forma

que mi cuerpo existe todavía.

 

Pero él se acurruca

en un sillón

y cierra los ojos.

 

Mi cuerpo

es un montón de huesos

que hacen ruido

que no quieren a nadie

que sólo quisieran quedarse quietos.

 

Entre mi cuerpo y yo

hay una distancia infinita.

 

No puedo vivir con él

estoy harto de verlo dormir

de hacer ruidos

incesantemente

en el sueño.

 

Quisiera que al fin se quedara callado

sin movimientos

sin ruido

que sus huesos dejaran de chirriar

de intentar esa burda sinfonía

de tornillos y tuercas oxidados.

 

 

El ojo

 

 


Publicado con la autorización del autor.

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Teoría de cuervos

cuervoMariana Lara

Un día me entregué a la tarea de buscarlos. Sabía muy poco o nada de ellos; apenas una vaga idea, menos que una señal y más que un vistazo. Estaba segura: no eran sueño.

Un bajo cello desgarraba el aire en tres.

Lo supe: existían.

Dejé todo. Me encontraron.

El primero, larga, negra sonrisa deshecha, estatura de árbol partido, blanco de lo blanco de los ojos. De rodillas, esperé la muerte de sus manos. La sombra me alzó. Te entrego mis ojos. Desfallecí.

Volví. Ninguna diferencia en el espejo, pero algo crepitaba como hielo invisible. Anidaba dentro y yo lo sabía, tan terrible que no se notaba cambio. Era uno de ellos, los de enseñanza silente.

 

Luego, un muchacho delgado, blanco paño, ojos leonados. La guadaña se adivinaba en su rostro. Tres contactos bastaron para ensayar al monstruo. Uno, al pie de la escalera, sombra de una viga metálica, ingenuidad expuesta. Dos, un baño preparatorio, el filo pardo de una daga, incompleto deseo suicida. Tres, el calor de la imitación del mármol, cercanía de pestañas histriónicas, capitulación. Se diluyó con quienes transitan los pasillos ocultos de la memoria. Un recuerdo se insertó ahí donde la daga no pereció en el costillar. Era uno de ellos, los de pulsión destructiva.

 

Por último, un joven con melena de león etíope. A su lado las horas eran tibias como mayo. El sol en las pupilas; la luna en los contornos.

Lo conocía desde antes de salir a buscarlos, cuando la vida era inocencia tras un cristal roto.

Un día lo miré: alas en la sombra sobre el asfalto. Se erguía como árbol desafiante a los relámpagos. La raíz más fuerte se inmoló. Reía bajo efectos de bondad destrozada, adicción indisoluble en café de astros.

Un día partió. Sus hermanos conservaron la voluntad de él.

Era uno de ellos, los de mente incendiada.

Ensayo la configuración para aproximarme a estos seres. La llamo teoría a falta de un término preciso. Les otorgo el cuervo como estandarte por su vuelo hacia lo irrevocable.

Ahí están, en el espejo: la sonrisa deshecha, los ojos leonados, la mente incendiada. Están todos. El ceño inquieto espera.

Aguardo al resto de la legión.

Cinco poemas sobre mujeres

Juan  Antonio Rosado Zacarías

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Pablo Picasso: Retrato de Marie-Therese Walter (h. 1936)

I

DUALIDAD

 

Hay dos Cármenes distintas

en un mismo cuerpo:

la Carmen de la noche,

la Carmen de los días.

Si las oyeras hablar y sonreír

creerías que se tratan de la misma:

Carmen de la guerra,

canción solar, poema duro

y solitario.

Tras esa máscara de hierro

se oculta la canción de porcelana,

el poema de la luna y la ternura

de la hermana nunca vista.

¿Misterio de la Santa Dualidad

amada y encubierta

por ayeres de naufragio?

Misterio del que todo instante participa

en el sueño de la vida.

Secreto de presencias ocultas,

esculpidas como estatuas

en el lago del silencio y la palabra.

 

Hay dos Cármenes distintas

en un mismo cuerpo:

la Carmen de la calma

y la calma del estruendo;

la Carmen de tiempo embalsamada

en dulces elocuencias,

la Carmen del rayo y de la espera.

 

Cuando Carmen se apoya

en el espejo de la brisa,

dos caras —un Jano femenino—, dos cuerpos,

dos instantes aparecen:

el poema que me ve como a un río prometido,

la llama que me ve tan sólo como niño.

 

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Eduardo Rosado Z.: Pecho de paloma (2014)

II

TU FUERZA, TU CONDENA

 

Eres frágil.

Tu tejido orgánico, delgado,

compuesto de blandos, yuxtapuestos

globos oculares,

humedece su blandura con el tacto

y acaso estalle un día y se deshaga

en un estúpido tropiezo.

 

Pero mirar con tu cuerpo

a todas direcciones

y almacenar en tu memoria cada punto

parece lo más triste y terrible de tu don.

Sí: tu fuerza radica en las membranas

que te cubren.

 

Mas la fugacidad con que aprecias

cada breve, cada nimio detalle

se asemeja al agua incorpórea

que se seca bajo un sol de rabia:

deja la huella de la mente

sin el fuego que la hizo fluir.

 

Así es la múltiple movilidad

de los muchos ojos que te forman:

tan sólo rememora

la huella

pero no la fuerza que la condenó

a su permanencia.

 

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III

MÁS ALLÁ DE LAS PALABRAS

 

a Marcela

 

Derrites con tu aliento las palabras

en el hueco de tu palma.

Disueltas, líquidas, brillantes…

ya no brincan…

Aderezas los vocablos

con el tacto de tus ojos.

 

Trituras, desmenuzas, derramas los sonidos

en mi boca.

Fijan la sonrisa, la eternizan,

multiplican el azogue del espejo.

Unen labios y manos,

funden tiempos;

vuelven de las bocas una boca

y un cuerpo de dos cuerpos

sobre el árbol de la entrega.

 

Ramaje incierto, delirios anulados

cuando arde el agua pétrea de la fuente.

Juntos calcinamos los estrechos límites,

y el lenguaje que era nuestro

abandona lentamente las palabras.

 

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Salvador Dalí: Muchacha en la ventana (1925)

 

IV

CANCION DE AMOR

a una mujer inexistente

 

ERES alegría que danza en otros valles,

lobreguez sublimada por un beso,

la mañana que derrite nuestra piel

sobre un caudal de sudor dulcificado.

 

ESTÁS allí por ser la sonrisa del alba,

la saliva que enmudece las palabras,

el recuerdo de vivencias transparentes,

la reunión perseverante de los brazos.

 

ESTÁS allá por ser la voz de la caricia,

la mirada en el furor de calles,

el vocablo en la mudez de los alientos

saturados de memoria y protección.

 

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José Manuel Merello: Muchacha con corazón (1960)

V

ESTACIÓN DE LABIOS

 

Tus labios de otoño

replican sin palabras

como el aliento al calor

penetrante del deseo.

 

Marchitos huyen de la savia

y con saliva prófuga

forman una  flor;

delgados se bañan,

acarician el vapor del beso,

fugaz recuerdo

desde el canto del sol.

 

Caen tus labios en el mar:

frescura de algas, encía renovada,

paz de velero en dientes de coral,

paz de amuleto en las respuestas del invierno.

 

Secos, tus labios se empapan

en la sangre oscura de este lecho,

caen en flor, en la saliva.

Y en la calma de la noche,

retumba un eco de dolor.

Luna: 7 fragmentos de alucinación

Manolo Mugica

ENE

 

Y el océano gotea por tus pezones

a cuenta olas,

a cuenta mares,

donde los amares se marean al saberse clepsidra de sangre,

tiempo carmín-carnoso y degollante;

herida que vocifera cual drogadicto

los rockmances caducos que escribió alguien que deseaba perder la cuenta de los días;

ese era yo

invocándote en mis manuscritos;

ese yo que no he dejado de ser pero ya no soy,

ese triste épico, epidémico, sonámbulo,

trinidad esdrújula como tus piernas.

 

Eso es lo que sueño ahora,

tus senos graves y tu derrier agudo, acentuado hasta el último meneo.

 

Aquí estás,

mujer del nombre que no perdona,

tras alucinaciones nostálgicas, iluminando aquello

que yace en el umbral,

mientras te retuerces en la melcocha de otros brazos

que nada han de ofrecerte

salvo el desecho que se recoge de las sonrisas,

la ceniza que a veces deja la noche cuando se va apagando.

 

Te observo,

leo la angustia en los poros de tu pellejo braille

y antes de hablarte despierto…

 

 

O

 

…Qué agitación de sombras,

qué musitar del corazón en el lecho páramo;

mas infernado y maldito,

regreso al sueño para buscarte melancólica de levedad…

…De nuevo los ojos bajan el telón

y te encuentro como más me gustas,

con el corazón abierto y la piel desabrochada;

arranco los dedos de tus pies como si fueran uvas,

los degusto sin prisa,

quiero aprenderte,

quiero aprehenderte;

te devoro,

 

Captura

¿y despierto?

 

 

                                                             [                                     ]

No, no despierto.

Soñé que lo hacía.

Comienzo a buscarte entre las sábanas

y hallo tan sólo el bagazo de tu sexo leporino.

 

 

EME

 

Repentinamente estoy cansado,

no sé si de paladearte

o de no percibir el perfume que dejan las úlceras de tus intestinos.

Y así, con el azar de las blasfemias,

camino con la lengua hecha ponzoña,

entro al antro de la llaga última,

pido un trago de olvido para quitarme este sabor que no es el tuyo;

sigo cansado,

cansado a la décima [ilumino con mis labios

los paisajes de tu espalda,

te despetalo la falda

hasta probar los resabios

que dejaron tus ovarios

y kamikaze te habito.

De tu cuerpo quedo ahíto;

sin más contemplo la sombra,

figura y forma, que nombra

la carnalidad del mito] potencia.

 

Anhelo tus manos y sus uñas afiladas

dispuestas a sacarme los ojos para no mirar más este holocausto,

esta tribal memoria de ti y tu silueta.

Ayúdame a ayunarte una eternidad, acuchíllame ahora que no te observo.

Ayúdame a descansar este cansancio descansado de perderte a último parpadeo.

 

 

A

 

Se vacía la vasija de tu vientre,

la vasija de tu lengua yacente-llameante,

se vacía mi carácter insultante,

las majaderías caen a pedazos, se rompen,

nadie se refleja en ellas.

Tomo uno de aquellos trozos y tasajeo mi rostro con deleite

mientras te masturbas y bramas afiebrada de violencia,

de la poética de mi faz mutilada.

Después,

tras desangrarme algunos versos,

te monto enardecido,

lames las sendas profusas de mi cara

y empapado nuevamente de ti, te asfixio con mi falo,

con él tapo la anchura de tu garganta,

te estallan las pupilas al tiempo de mi orgasmo,

la muerte por un instante se abraza a la vida,

el sueño es todo esperma y sangre,

_____________

s        s        s

a      a       a

n     n        n

g     g      g

r      r        r

e     e       e

 

y despierto aturdido.

 

 

ELE

 

¿Por qué el frío esta noche?

¿Por qué huyes en cuanto me arranco los párpados?

¿Por qué no puedo decirte mi tristeza o escribir un poema en tu espalda?

No soporto el sopor

y zurzo el sueño a mis ojos maltratados por leer a obscuras;

y otra vez derrotado, con el esqueleto inerme,

camino entre basura y callejones…

—“Gracias a Dios no estás más loco”—,

dice la voz de mi madre descendiendo del cielo negro de mis pesadillas.

Gracias a Dios lo bueno, jamás lo malo;

lo inicuo atañe al Diablo,

pero Satanás es un criminal lírico que sana con metáforas.

Hay que dar gracias también a la maldad

y dejar de agradecer a Dios los muñones que nos ha brindado.

 

En realidad,

aquel Dios no tiene interés en nosotros,

sólo somos perros para él,

mascotas sarnosas, maleducadas, pulguientas,

rabiosas, muertas de hambre,

con el costillar semejando una marimba

donde suenan las notas de la miseria.

 

¿Quién puede decir que esto no es un sueño?

Yo, aquí, perro; tú, aquí, perra, esbelta y en celo,

siendo devorada por una jauría callejera que apenas y puede ladrar,

que sólo sabe lamerse los genitales… despierto… duermo…

 

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O

 

…Ya es madrugada pero siempre es madrugada; siempre es de luna en el poema y la cama de sábanas marchitas; aquel colchón fracturado donde hacíamos el amor, ese poema donde nuestras bocas eran la única consonancia.

Otra vez otra vez, es escribir, de nuevo tú, desnuda en mis alucinaciones oníricas, poéticas; tú sin máscaras, sin accesorios, sin nombre, acercándote a mí.

Ya estás a mi lado y olvido que alguna vez te fuiste.

Te pones de hinojos, casi seiza, contemplo tu desnudez despojada de toda mampostería, sin maquillaje en las manos que cubran la verdad que hay tras tus caricias.

Yo también me desnudo, me acuesto en tu regazo y en silencio digo lo que anhelaba decirte, y me escuchas en silencio, y parece que morimos un rato, y sonríes, y te entiendo, y parece que morimos, y te abrazo, y ya no despierto†

 

 

 

En mi trabajo tengo complicaciones varias…

Juan Carlos Salvia

en qué despreciable criatura me convierto
si cada día que pasa estoy
cinco seis veinte poemas más lejos
de arder en llamaradas

Bárbara Butragueño

 

En mi trabajo tengo complicaciones varias.

 

La primera de todas,

tal vez también la última,

es hallarle en el mundo su sitio

a mi labor.

 

Para ser un poeta no existen oficinas,

acuerdos salariales ni extensión de jornada.

 

Nunca es un buen momento

y al parecer tampoco hay propicio lugar

para encender la luz de una verdad a oscuras,

así que normalmente se trabaja a deshoras

y de algún modo u otro perturbando a la gente.

 

Como lo que se alumbra

al encender la luz

no siempre queda claro,

nadie lo quería ver en primer término

y es algo que uno hace bajo ninguna orden

y sin goce de sueldo,

aún puede suceder que te tomen por loco.

 

No es algo que uno venda la poesía.

No hay nada más ridículo que pretender comprarla.

La poesía abre la boca y lo que se produce

es todavía innombrable y no puede

envolverse con papel de regalo.

 

Crece dentro de ti

como una libertad más allá de tus límites,

sin contrato ni prórrogas ni fondos de pensión,

partiéndote la cara contra todos los miedos

y nomás por el gusto de aprender a estar vivo.

 

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Del libro inédito Los gajes de este oficio

Bosque de niebla

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Juan Okie

 

 

El calor raspa mi lechosa envoltura,

amargo llanto sudor transpira.

Selva de verde ácido,

en el abandono de la fatiga,

mi cuerpo se evapora.

 

¿Acaso mis labios son sal

y los ojos párpados de espinas?

 

En el pantanoso fango,

envueltos en el velo de la niebla,

mis pies se anclan.

 

Negra viuda de follaje infinito

filtras hilos de luz

como savia asesina

cuyas lianas en serpentinos rizos

a los viriles troncos abrazas.

 

Lacanjá, tu traidora melaza arrastra,

con aparente remanso,

las turbulentas aguas.

 

Oculta es en estocada,

lapidario y daga,

en tropel de rocas excitadas.

 

Selva de rascacielos,

amurallada.

Mi paso se confunde con obsidianas

de agua envenenada.

 

Las boas,

asfixiantes lianas.

Las lianas,

fibrosas boas.

Fatal elixir que enamora,

sin sumar los tentáculos de afiebrada felpa

que asechan en la corteza.

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Comparado con la hipnótica serpiente

que se viste de arlequín,

es inocuo el escorpión de oficio torero.

 

Ella, con un solo beso arrebatado,

silencia el latir del corazón

como el tambor del Santo Oficio.

 

A la luz se abre el infinito.

Arena alfombra de marfil

conduce a la líquida esmeralda.

 

Multicolores caricias en danzante bienvenida,

anuncian con sus alas

a la impávida laguna:

Miramar en la lengua avasallante,

Lacantún en el canto del Jaguar.

Chabor aúlla para ahogar su llanto

en el templo de la muerte verde.

Selva Lacandona,

ambiciosos de caoba y zapotillo

hoy desgarran tus ropajes.

 

Lo que en mi niñez fuera verde

ahora se ha tornado en ceniza negra

que sepulta tu memoria.

Viajando estamos

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Carlos López

 

Viajando estamos

este páramo solo

con lunas, soles.

 

 

Cresta de luz

corta la tarde, el tiempo

se graba en la hoja.

 

 

Señal en tránsito,

infinitud inmóvil,

florece el cielo.

 

 

Astillas, sueños,

rebelión de colores

revelan nudos.

 

 

Lluvia de flores:

el Universo enciende

bordes de noche.

Cicatrices

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Foto: Fabrizio León Diez. La Jornada.

Juan Okie G.

 

Trémula tierra despertó ansiosa de orgasmo;

hizo memorable su deseo un triste septiembre.

Abandonadas sus entrañas de ígneo semen

bastó sacudir su capa tectónica

para sembrar de escombros y muerte

la gris superficie del valle ultrajado.

Columnas de negro y etéreo tizne,

fétido olor de gas,

polvo de escombros, llantos, gritos.

Después de sepultados vivos,

silencio,

que campea la muerte.

Sobrevivientes en aturdido ambulantaje,

sin rumbo ni destino,

sombras en desolada superficie

donde la Catrina se enseñorea

como orgasmo: muerte chiquita.

Espigas de acero y concreto:

desgarradas.

En fugaces instantes convertida en desolado camposanto.

Lo que ayer fuera bulliciosa esperanza,

hoy es sepulcro de incontables almas.

Aúllan las rojas cruces,

voluntario ánimo de civiles agotados.

Atónitos, se ocultan los cobardes de olivo

mientras el de la silla

se retuerce entre sus heces.

La ciudad renace con frescas cicatrices,

fosa común sedienta de cadáveres.

Devora.

Sueños aplanados en eterna sepultura,

ocultos ante infatigables topos que pretenden encontrarlos.

¡Ay, mis hijos!

Lo que fuera leyenda, desde temprana hora

ya es lamento.

La sibelina ardiente –en réplicas—

descarga su furor uterino.

En el hormiguero aturdido

no hallan ni calma ni reposo.

Corifeos cantan al emperador “México está de pie”.

La realidad es diferente; como siempre, es otra.

Habrán de venir días de abigarrados estadios.

Pueblo y aficionados en loas le cantan:

¡Culeeeeeero, culeeeeero!

 

Ciudad de añicos, cambia de piel.

Viperina sobrevive a su propia historia.

Cargada de cicatrices,

se retuerce en constante agonía.

Desafiante, reta a tlatoanis y virreyes.

Se acabó la obediencia callada.

Sin rumbo ni destino,

desgarradas sus vestiduras,

la ciudad mutilada sigue viva,

presa de sus propios miedos,

en vigilia de zozobras inesperadas.

Ángel

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Carlos López

¿En qué ibas pensando mientras caías, ángel?

¿Te alcanzaron los segundos en el aire para

verte soñando en los brazos de tu padre,

para preguntar si eso había sido todo en la vida?

¿Pensaste en las tareas de la escuela, qué se dibujó en tu mente?

El puente Belice fue hecho por el gobierno para

que ahí encontraran alivio definitivo los pobres, Ángel.

Vos, arquitecto, no hubieras construido algo tan malo.

«¿Volar o morir degollado?». No lo pensaste, ángel.

El árbol adonde bajabas a pajarear te detuvo, Ángel,

pero en la cama del hospital dejaste caer, lentos, tus

párpados, como hojas en la noche lenta, cuando tu padre

fue a buscar agua esterilizada.

 

Llueve sobre tu fosa, ángel,

las hormigas enloquecen alrededor de tu cruz.

 

 

Para Ángel Ariel Escalante Pérez, de 12 años, ejecutado por la mafia guatemalteca

por oponerse a matar a un chofer de autobús.

 

“La palabra (Vac)”, himno del Rig Veda

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Soy la que tiene el dominio, la que concentra los bienes preciosos,

quien discurre, la primera entre los que gozan del homenaje.

A muchos lugares me han asignado los dioses,

entro en muchas imágenes, tengo muchas estancias.

[…]

El que distingue, se alimenta merced a mí,

quien entiende la cosa dicha y el que alienta,

todos residen en mí sin ser conscientes de ello.

Tú que sabes, escucha: lo que yo te digo es digno de creerse.

Soy yo quien, por naturaleza, anuncia

lo que complace a los devas [dioses] y a los hombres.

Hago poderoso a quien amo,

yo hago al que proclama fórmulas y al perspicaz, yo doy la sabiduría.

Yo soy quien tensa el arco para Rudra,

¡que destruya la flecha al enemigo del enunciado!

Yo he creado la contradicción entre los hombres.

He penetrado el cielo y la tierra.

Yo soy quien creó al Padre en la cúspide de este mundo.

En el mar, en las aguas está mi origen,

desde allí me propagué por entre todos los seres,

y concierno al mismo cielo con lo que mi cerebro vierte.

Yo también aliento, como el viento,

Y me adueño de todas las existencias.

En el Cielo y más allá, en la Tierra y más allá,

hasta tal extremo de grandeza he llegado.

Traducción al español del sanscritista Juan Miguel de Mora, con la colaboración de Ludwika Jarocka.