Bosque de niebla

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Juan Okie

 

 

El calor raspa mi lechosa envoltura,

amargo llanto sudor transpira.

Selva de verde ácido,

en el abandono de la fatiga,

mi cuerpo se evapora.

 

¿Acaso mis labios son sal

y los ojos párpados de espinas?

 

En el pantanoso fango,

envueltos en el velo de la niebla,

mis pies se anclan.

 

Negra viuda de follaje infinito

filtras hilos de luz

como savia asesina

cuyas lianas en serpentinos rizos

a los viriles troncos abrazas.

 

Lacanjá, tu traidora melaza arrastra,

con aparente remanso,

las turbulentas aguas.

 

Oculta es en estocada,

lapidario y daga,

en tropel de rocas excitadas.

 

Selva de rascacielos,

amurallada.

Mi paso se confunde con obsidianas

de agua envenenada.

 

Las boas,

asfixiantes lianas.

Las lianas,

fibrosas boas.

Fatal elixir que enamora,

sin sumar los tentáculos de afiebrada felpa

que asechan en la corteza.

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Comparado con la hipnótica serpiente

que se viste de arlequín,

es inocuo el escorpión de oficio torero.

 

Ella, con un solo beso arrebatado,

silencia el latir del corazón

como el tambor del Santo Oficio.

 

A la luz se abre el infinito.

Arena alfombra de marfil

conduce a la líquida esmeralda.

 

Multicolores caricias en danzante bienvenida,

anuncian con sus alas

a la impávida laguna:

Miramar en la lengua avasallante,

Lacantún en el canto del Jaguar.

Chabor aúlla para ahogar su llanto

en el templo de la muerte verde.

Selva Lacandona,

ambiciosos de caoba y zapotillo

hoy desgarran tus ropajes.

 

Lo que en mi niñez fuera verde

ahora se ha tornado en ceniza negra

que sepulta tu memoria.

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Viajando estamos

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Carlos López

 

Viajando estamos

este páramo solo

con lunas, soles.

 

 

Cresta de luz

corta la tarde, el tiempo

se graba en la hoja.

 

 

Señal en tránsito,

infinitud inmóvil,

florece el cielo.

 

 

Astillas, sueños,

rebelión de colores

revelan nudos.

 

 

Lluvia de flores:

el Universo enciende

bordes de noche.

Cicatrices

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Foto: Fabrizio León Diez. La Jornada.

Juan Okie G.

 

Trémula tierra despertó ansiosa de orgasmo;

hizo memorable su deseo un triste septiembre.

Abandonadas sus entrañas de ígneo semen

bastó sacudir su capa tectónica

para sembrar de escombros y muerte

la gris superficie del valle ultrajado.

Columnas de negro y etéreo tizne,

fétido olor de gas,

polvo de escombros, llantos, gritos.

Después de sepultados vivos,

silencio,

que campea la muerte.

Sobrevivientes en aturdido ambulantaje,

sin rumbo ni destino,

sombras en desolada superficie

donde la Catrina se enseñorea

como orgasmo: muerte chiquita.

Espigas de acero y concreto:

desgarradas.

En fugaces instantes convertida en desolado camposanto.

Lo que ayer fuera bulliciosa esperanza,

hoy es sepulcro de incontables almas.

Aúllan las rojas cruces,

voluntario ánimo de civiles agotados.

Atónitos, se ocultan los cobardes de olivo

mientras el de la silla

se retuerce entre sus heces.

La ciudad renace con frescas cicatrices,

fosa común sedienta de cadáveres.

Devora.

Sueños aplanados en eterna sepultura,

ocultos ante infatigables topos que pretenden encontrarlos.

¡Ay, mis hijos!

Lo que fuera leyenda, desde temprana hora

ya es lamento.

La sibelina ardiente –en réplicas—

descarga su furor uterino.

En el hormiguero aturdido

no hallan ni calma ni reposo.

Corifeos cantan al emperador “México está de pie”.

La realidad es diferente; como siempre, es otra.

Habrán de venir días de abigarrados estadios.

Pueblo y aficionados en loas le cantan:

¡Culeeeeeero, culeeeeero!

 

Ciudad de añicos, cambia de piel.

Viperina sobrevive a su propia historia.

Cargada de cicatrices,

se retuerce en constante agonía.

Desafiante, reta a tlatoanis y virreyes.

Se acabó la obediencia callada.

Sin rumbo ni destino,

desgarradas sus vestiduras,

la ciudad mutilada sigue viva,

presa de sus propios miedos,

en vigilia de zozobras inesperadas.

Ángel

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Carlos López

¿En qué ibas pensando mientras caías, ángel?

¿Te alcanzaron los segundos en el aire para

verte soñando en los brazos de tu padre,

para preguntar si eso había sido todo en la vida?

¿Pensaste en las tareas de la escuela, qué se dibujó en tu mente?

El puente Belice fue hecho por el gobierno para

que ahí encontraran alivio definitivo los pobres, Ángel.

Vos, arquitecto, no hubieras construido algo tan malo.

«¿Volar o morir degollado?». No lo pensaste, ángel.

El árbol adonde bajabas a pajarear te detuvo, Ángel,

pero en la cama del hospital dejaste caer, lentos, tus

párpados, como hojas en la noche lenta, cuando tu padre

fue a buscar agua esterilizada.

 

Llueve sobre tu fosa, ángel,

las hormigas enloquecen alrededor de tu cruz.

 

 

Para Ángel Ariel Escalante Pérez, de 12 años, ejecutado por la mafia guatemalteca

por oponerse a matar a un chofer de autobús.

 

“La palabra (Vac)”, himno del Rig Veda

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Soy la que tiene el dominio, la que concentra los bienes preciosos,

quien discurre, la primera entre los que gozan del homenaje.

A muchos lugares me han asignado los dioses,

entro en muchas imágenes, tengo muchas estancias.

[…]

El que distingue, se alimenta merced a mí,

quien entiende la cosa dicha y el que alienta,

todos residen en mí sin ser conscientes de ello.

Tú que sabes, escucha: lo que yo te digo es digno de creerse.

Soy yo quien, por naturaleza, anuncia

lo que complace a los devas [dioses] y a los hombres.

Hago poderoso a quien amo,

yo hago al que proclama fórmulas y al perspicaz, yo doy la sabiduría.

Yo soy quien tensa el arco para Rudra,

¡que destruya la flecha al enemigo del enunciado!

Yo he creado la contradicción entre los hombres.

He penetrado el cielo y la tierra.

Yo soy quien creó al Padre en la cúspide de este mundo.

En el mar, en las aguas está mi origen,

desde allí me propagué por entre todos los seres,

y concierno al mismo cielo con lo que mi cerebro vierte.

Yo también aliento, como el viento,

Y me adueño de todas las existencias.

En el Cielo y más allá, en la Tierra y más allá,

hasta tal extremo de grandeza he llegado.

Traducción al español del sanscritista Juan Miguel de Mora, con la colaboración de Ludwika Jarocka.