El hombre del subsuelo

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F. Dostoievsky

Juan Antonio Rosado Zacarías

Si consideramos que toda manifestación literaria se vincula con su contexto socio-político e histórico, podemos afirmar que muchas novelas occidentales modernas, sobre todo desde el siglo XIX, poseen como base principal la Revolución Industrial, los efectos sicológicos y sociales de este fenómeno, sea o no mencionado como tal: la inmigración masiva a las grandes ciudades, la paulatina soledad del hombre urbano, la depauperación de grandes sectores de la sociedad, la explotación del hombre por el hombre…

En lo referente a la novela hispanoamericana, ya desde sus inicios encontramos la combinación del contexto urbano y rural, y también una importante cantidad de obras ubicadas en medios rurales; por ejemplo, las novelas indigenistas o de tema gauchesco. Pero a pesar de la continuidad del tema rural o indígena,  en casi todas nuestras novelas la industrialización  y urbanización produjeron un desplazamiento de la visión del escritor:  ya no  es el  campo  el escenario de las historias, sino las grandes ciudades, que ahora influyen sicológicamente en los personajes, como ocurre en El pozo (l939), del uruguayo Juan Carlos Onetti, pues, como afirma José Miguel Oviedo: «la ciudad es un núcleo de conflictos individuales y sociales, que exige de las descripciones un refinamiento psicológico que antes quizá no era necesario: la selva siempre se devoraba a los hombres. La antigua lucha épica contra la naturaleza se ha fraccionado y se libra en muchos frentes a la vez; se llama soledad, alienación, angustia, incomunicación».

En   este   ensayo,   se   estudiarán   algunas   de   estas   novelas   «urbanas»,   pero   para comprenderlas mejor no nos basta su contexto social. La influencia de la literatura anterior es decisiva: nada procede de la nada, toda obra artística es heredera de un pasado, de una tradición, ya por influencia directa, indirecta, o por disentimiento.

El protagonista de El pozo (Eladio Linacero) es un avatar, una reencarnación o manifestación del «hombre del subsuelo», descubierto y descrito por el ruso Fiódor Dostoievsky en su novela Memorias del subsuelo (1864). Mi fin es comparar algunos rasgos de los distintos avatares  de  este  personaje  y  establecer  diferencias  y  semejanzas,  trazar  un  «mapa»  para acercarnos a su naturaleza y evolución.

El «hombre del subsuelo» dostoievskiano, hombre urbano, ha reafirmado y sufrido su soledad —heredada del movimiento romántico— como si fuese un sino misterioso del que se halla consciente y del que, en el fondo, no quiere huir.

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H. Hesse

Pero su complejidad sicológica lo hace ser de carne y hueso, contradictorio, lúcido, conflictivo. Si Henry Miller admite que Dostoievsky es una suma de contradicciones que o nos paralizan o nos conducen a las alturas, el argentino Ernesto Sabato confiesa la dificultad de unir a los contradictorios «hombres del subsuelo» en una estructura coherente: «Los personajes del subsuelo me atormentaban —asegura en «Confesiones de un escritor»—, se me aparecían como protagonistas diversos y opuestos, difícilmente separables en ficciones con una estructura unitaria». Cada «hombre del subsuelo» posee características individuales que no comparte con ningún otro. Si Silvio Astier, protagonista de El juguete rabioso (1926), de Roberto Arlt, posee un afán de inmortalizarse en y desde la transgresión, Harry Haller, en El lobo estepario (1927), de Herman Hesse, se distingue por su capacidad de sufrimiento y autodesprecio. En cambio, Meursault, en El extranjero (1942), de Albert Camus, lo hace por su eterna indiferencia y apatía, por lo que Jean-Paul Sartre, en un ensayo sobre esta novela titulado «Explication de L’étranger», llama «passion de l’absurde», en que el hombre se afirma constantemente en lo absurdo de la vida. Meursault —héroe absurdo, según Camus—, es, como Sísifo, un hombre tanático. Es curioso notar la semejanza de su apellido con la primera persona, singular, del verbo francés mourir: je meurs (yo muero). El apellido de Juan Pablo Castel, protagonista de El túnel (1948), de Sabato, es un aracaísmo de «castillo», construcción fortificada, pues si Meursault se singulariza por su apatía, por su casi autismo, Castel, al contrario, por su pasión ardiente y extraordinario hermetismo, que lo aísla como si efectivamente viviera en un castillo subterráneo.

Por otro lado, Memorias del subdesarrollo (1965), del cubano Edmundo Desnoes, nos presenta a Malabre que, acostumbrado a la cómoda vida de la burguesía, se encuentra de repente desubicado, desolado en un régimen socialista: «Yo soy en el socialismo un muerto entre los vivos». Envuelto en constantes dudas sobre el futuro de su patria, al final se inclina en pro del socialismo: Cuba ya no pertenece al subdesarrollo, está a la altura del mundo.

Malabre es una palabra del francés popular, sinónimo de Malabar, que significa «grande» o «fuerte». Tomando en cuenta la perpetua contradicción del personaje, su apellido encierra una ironía: Malabre, que aparentemente se abre-mal a la realidad socialista —a la que llega a criticar severamente— encuentra en ella mayor justicia que en el sistema anterior. Si en otras obras percibimos los efectos de la masificación y de la Revolución Industrial en la mente, en la obra de Desnoes hallamos los efectos de la Revolución Socialista en un burgués que nunca creyó en la vida burguesa. La novela concilia con gran fortuna lo sicológico con lo social, lo metafísico con la intención política.

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A. Camus

Pero estas no son todas las diferencias entre los «hombres del subsuelo»: si el pintor protagonista de El túnel busca un Absoluto en el amor, a Meursault no le importa hallar ni buscar nada. Encontró a una mujer (Marie) de la que fue separado por haber matado a un hombre, pero nunca le pidió nada (ni siquiera le importó casarse o no). Antoine Roquentin, personaje de La náusea (1938), de Jean-Paul Sartre, se resignó a estar lejos de Anny. En Memorias del subsuelo, el contradictorio protagonista ejerce un poder moralizante sobre Liza, acto del que se arrepiente y se burla al otro día. Jean-Baptiste Clamence, en La caída (1956), de Albert Camus, al contrario de Astier, Haller, Castel, Meursault o Roquentin, es muy irónico e incluso llega a recurrir a la autoironía. Malabre, como Castel, es un artista, autor de los cuatro cuentos incluidos en el apéndice de la novela. Por último, en Henry Miller el erotismo, la escatología y lo sórdido se mezclan con una implacable crítica hacia una sociedad decadente, a través de la constante ironía cáustica y a veces amarga, que lo caracteriza. Miller, en este sentido, posee puntos en común con la tradición clásica satírica que se extiende desde el Satiricón, de Petronio —esa novela urbana del siglo II de nuestra era—, hasta François Rabelais y el misantrópico Jonathan Swift, todos ellos autores antisolemnes, citados por el mismo Miller, quien, en su Trópico de Cáncer, no vacila en lanzar «un escupitajo a la cara del Arte» y «una patada en el culo a Dios».

Lo que hasta aquí se ha expresado es que el yo, la conciencia del «hombre del subsuelo» no es una unidad tipificable: cada uno vive circunstancias distintas y, aunque fueran muy semejantes, actuaría de modo distinto ante ellas. A pesar de esto, el protagonista resulta ser casi siempre un narrador que, mediante el fluir de la conciencia, actualiza los hechos, emociones y pensamientos de un pasado para explicarnos su situación anímica o externar su crítica social. Es necesario comprender los rasgos y el origen de estos protagonistas. La fuente del personaje literario es un problema relacionado con la intertextualidad de las obras, pues a pesar de su remarcado individualismo y complejidad, los «hombres del subsuelo» poseen una serie de rasgos comunes que ejemplificaré, recurriendo a algunas obras representativas. «Hombres del subsuelo» también pueden ser detectados en Franz Kafka —donde hallamos al «hombre del subsuelo» como víctima de las infinitas jerarquías de la burocracia y del absurdo—, del argentino Eduardo Mallea y del norteamericano Henry Miller, entre muchos otros escritores del siglo XX. Veamos ahora por qué todos esos personajes merecen el mismo calificativo.

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J. P. Sartre

El primer rasgo del «hombre del subsuelo» es su condición «urbana». Todos ellos experimentan la soledad en la sociedad industrial. A este respecto, afirma Oswald Spengler en La decadencia de Occidente: «En lugar de un pueblo lleno de formas, creciendo con la tierra misma, tenemos a un nuevo nómada, un parásito, el habitante de la gran urbe, hombre puramente atenido a los hechos, hombre sin tradición […], sin religión, inteligente, improductivo».

Este «nómada» habita en San Petersburgo o Buenos Aires, en Montevideo, París o La Habana; vive su presente con mentalidad crítica, aferrado a su propia lógica. Puede estar en la búsqueda de lo dinámico, de la acción, como en Memorias del subsuelo; en la búsqueda del Absoluto a través del amor, como lo hace Juan Pablo Castel; en el curso de una investigación histórica, como Antoine Roquentin; pretende huir del suicidio, como Harry Haller; transgredir las normas sociales de conducta para después traicionar a uno de sus cómplices, como Silvio Astier; ser espectador de la realidad y escribir cuentos, como Malabre (las alusiones a El espectador, de José Ortega y Gasset, son sintomáticas en la obra de Desnoes), o simplemente desea existir, lanzado a este mundo contingente, como el «héroe absurdo» de Albert Camus. Sea como sea, un lazo invisible lo une —lo ata irremediablemente— a la ciudad, de cuyos moldes no puede apartarse. Por una razón u otra, está encarcelado en ésta. Cuando huye, huye a otra ciudad, como Martín en Sobre héroes y tumbas (1961), de Sabato, o Roquentin, que al final decide ir a Paris en busca de algo nuevo. El personaje de Arlt, en que se ha operado una transformación al final, desea ir al Sur, a Neuquén, donde hay «hielos y nubes… y grandes montañas», y es apoyado en este sentido por Arsenio Vitri. Silvio, como ocurre con el pícaro en la novela picaresca del siglo XVI, finalmente se incorpora a la sociedad, mas no a la ciudad: de hecho, ningún «hombre del subsuelo» logra incorporarse a la ciudad, como sí lo consiguió el Lazarillo en su «Epopeya del hambre» y cuyas motivaciones y denuncias son básicamente distintas a las del urbano solitario del siglo XX.

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J. C. Onetti

En la ciudad, el «hombre del subsuelo» es el representante más lúcido y antiburgués del hombre moderno. Antiburgués porque, a pesar de que a veces posea una condición burguesa o semiburguesa, no se conforma con ella y la evade con la soledad y la conciencia crítica. Incluso Malabre, que afirma: «Todavía no acostumbro a colocarme dentro de la revolución, todavía no veo que todo ha cambiado» y «yo siempre he preferido la comodidad a la verdad», ya desde el instante en que prefiere permanecer en Cuba y no seguir a su esposa a los Estados Unidos, está actuando contra esa fácil comodidad burguesa. En algunos casos, paradójicamente, el «hombre del subsuelo» tratará de escapar a toda costa de la soledad, como en Memorias del subsuelo, cuya característica, según apunta Marshall Berman en Todo lo sólido se desvanece en el aire, es el deseo de un «choque frontal, un encuentro explosivo, aun si resulta la víctima». Por ello es dinámico: emerge de la soledad y se lanza a la acción. Lo mismo ocurre con Haller, cuyo impulso suicida lo hace eludir la soledad y encontrar a Armanda, con quien alivia temporalmente su condición. Castel también intenta fugarse de la soledad, comulgar con la mujer que, según él, lo comprende. En Henry Miller hay un ímpetu por salir del mundo propio hacia la acción a través o por medio del sexo. Malabre prefiere, por un lado, permanecer en el aislamiento, en el culto a los objetos: «Prefiero los objetos a las personas», pues los considera menos ingratos, pero aun así trata de huir. Tras un altercado con una joven, va la cárcel y al final la justicia socialista decide liberarlo. Astier, por su parte, se inicia en la literatura de bandidos y llega a idealizar esta figura. Tanto el bandido como el pícaro son antihéroes en tanto que no portan los valores implícitamente aceptados como positivos por el autor. La formación del «Club de los caballeros de la Media Noche» en la primera novela de Arlt es al mismo tiempo un escape de la soledad y un aislamiento de la sociedad para constituir una orden secreta o club de ladrones que, sin dudas, prefigura al de Vidal en Sobre héroes y tumbas, de Sabato.

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E. Sabato

Pero el «hombre del subsuelo», por más intentos que haga por lanzarse a la acción y escapar de la soledad, no lo logra: lejos de cambiar su condición, la reafirma, pues las grandes ciudades son, como dice Sabato, «monstruosas yuxtaposiciones de soledades». Malabre, ubicado en la transición hacia el socialismo (negador por esencia de la burguesía), logra comunicarse con un miembro de la clase trabajadora: la sirvienta Noemí. En este sentido, sería excepcional, aunque no su condición previa: «Quiero sentirme solo y ver hasta dónde puedo llegar…», dice. Los demás quedan aislados. De Harry Haller se nos dice: «la soledad y la independencia no eran su afán y su objetivo, eran su destino y su condenación».

Si bien el «héroe absurdo» de Camus no se lanza a la acción por apatía, y a su pesar obtiene amor —comunión que no lo emociona ni cambia—, será reinstalado en la soledad por un factor externo: la justicia, que lo juzga precisamente por haberse lanzado a la acción, por haber matado y haber roto los cánones de conducta (no haber llorado en el entierro de su madre, haber fumado durante el velorio…).

El caso de Castel es conflictivo e interesante, pues, además de que allí se mezclan el sentimentalismo y la altanería que H. A. Murena —en El pecado original de América— propone como rasgos del argentino, cuando el pintor descubre que el amor no es la llave para abrir su túnel,  su  soledad  urbana  se  acentúa  hasta  el  paroxismo.  Entonces  busca  el  alcohol  y  las prostitutas, efímeras válvulas de escape que la ciudad le ofrece y donde nunca podrá hallar la comprensión que requiere con urgencia. Al percatarse de que María no es un «túnel» paralelo, afirma:  «en  todo  caso  había  un  solo  túnel,  oscuro  y  solitario:  el  mío...».  Castel  pretende encontrar algo absoluto en el relativismo citadino y es curioso que el mismo apellido de María Iribarne, el objeto de su amor, contenga la raíz barne, «parte interior» en vascuence, y la raíz iri, «población», «ciudad». ¡Ni en su relación amorosa frustrada, Castel logra fugarse de la urbe!

Ningún «hombre del subsuelo» huye ni de la ciudad ni de la soledad. No escapa de la soledad  al  no  identificarse con  el  exterior.  Malabre,  crítico  de la burguesía,  vive en  dudas constantes  y sistemáticas.  Dudar (de la raíz  dys) es  tener dos  pensamientos;  en  el  caso  de Malabre, uno contra el socialismo y otro que sutilmente resuelve en pro; uno individualista, cuando afirma que lo bueno de la Revolución fue «haber jodido a los cretinos», y otro social, cuando dice que los revolucionarios son místicos del siglo XX.

El «hombre del subsuelo» suele necesitar al prójimo sólo para autoafirmarse como sujeto frente a un objeto. En cierto sentido, lo utiliza. Meursault es una excepción; su propia lógica lo hace no recurrir a sus semejantes. Roquentin, por su lado, siempre está consciente de su soledad: «Vivo enteramente solo. No le hablo a nadie, jamás; no recibo nada, no doy nada». El lector sabe que lo anterior no es totalmente cierto: Roquentin mantiene relaciones con la patrona, la usa para autoafirmarse como individuo. Malabre también usa a las mujeres, de ahí la obsesión por su juventud. Quiere su soledad y afirma: «Prefiero tener relaciones con una puta». En una ocasión la prostituta se negó a quitarse los ajustadores porque estaba en lactancia. Así lo recuerda Malabre: «Ahora comprendo que la mujer era una víctima, una infeliz: pero en ese momento me sentí estafado».

El «hombre del subsuelo» es producto de la civilización moderna, capitalista, industrial. En Memorias del subsuelo, el narrador habla contra el Palacio de Cristal, construido en Londres en el siglo XIX. Para el autor ruso —anota Marshall Berman— simboliza lo amenazador de la modernidad. Asimismo, Clamence piensa en los historiadores del futuro: «Les bastará una frase para caracterizar al hombre moderno: fornicaban y leían periódicos», y luego pregunta: «¡Ah!, amigo mío, ¿sabe usted lo que es la criatura solitaria que vaga en las grandes ciudades?». Por último, dice Malabre: «Me siento metido en un pozo».

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H. Miller

La soledad urbana, nacida de la modernidad, incluye un profundo «subjetivismo» en las reflexiones de los personajes y en la estructura del texto; se renuncia al narrador omnisciente. Se manifiesta lo que Sabato llama el «descenso al yo». En Memorias del subsuelo, el protagonista se pregunta: «para un hombre que se estime, ¿qué tema de conversación más agradable? Respuesta: él mismo. Bueno; pues de mí mismo voy a hablar». Dostoievsky parte de una subjetividad que se cuestiona y se desarrolla en la urbe. Lo mismo ocurre en El juguete rabioso, El túnel, Memorias del subdesarrollo y El pozo. En esta última obra, Eladio Linacero —quien tuvo la sensación de soledad desde los 15 o 16 años— asevera: «Es cierto que no sé escribir, pero escribo de mí mismo», y también: «Esto que escribo son mis memorias. Porque un hombre debe escribir la historia de su vida al llegar a los 40 años, sobre todo si le sucedieron cosas interesantes. Lo leí no sé dónde». En La caída, hay un largo monólogo donde se advierte a un «interlocutor» de quien nada o muy poco sabemos. Reconoce Clamence: «Vivía, pues, despreocupado y sin otra continuidad que aquella del yo, yo, yo». Malabre expresa: «sé más que nadie sobre mí mismo», y Henry Miller, en Trópico de Capricornio: «sólo existe una gran aventura y es hacia dentro, hacia uno mismo, y para ésa ni el tiempo ni el espacio ni los actos, siquiera, importan», aunque por ningún lado el personaje encuentre nada capaz de enseñarle a uno «el camino que conduce al descubrimiento de sí mismo».

No obstante, aclaremos que en estas obras narrativas no es necesario partir de una única subjetividad. En Sobre héroes y tumbas y Abaddón, el exterminador (1974), Sabato emplea la intersubjetividad, la descripción de la realidad desde distintas conciencias, muchas de las cuales pertenecen a «hombres del subsuelo». Aquí cada quien posee una opinión distinta de los demás y de los acontecimientos, lo que asegura la inexistencia de «tipos» inalterables. En la novela moderna la contradicción adquiere gran importancia; la dirección evidente del narrador se nulifica y la participación del lector se acrecienta. Esta contradicción es llevada al extremo en la obra de Desnoes.

El subjetivismo es, pues, una característica de la literatura del «subsuelo», e incluye la soledad urbana. La posición de Sartre en El ser y la nada es subjetivista: cada quien hace surgir el mundo desde sí mismo. La obsesión sartreana por el otro, por la mirada, se encuentra de modo explícito en Desnoes. Opina Sartre que «ser-mirado implica la alienación del mundo que yo organizo». Y Malabre: «La mirada del otro puede cambiarle la vida por completo a uno».

También con esta postura la concepción del tiempo adquiere una calidad nueva. La descripción objetiva será casi anulada por la desaparición del narrador omnisciente. El tiempo objetivo se «subjetiviza». Con esto se rompe el orden lógico de los acontecimientos. Será más trascendente el tiempo interno, que, afirma Sabato, no se mide en minutos ni horas, sino en «esperas angustiosas, en lapsos de felicidad o dolor, en éxtasis». He aquí tres ejemplos. En El túnel, poco antes de su último encuentro con María, dice Castel: «No sé cuánto tiempo pasó en los relojes, de ese tiempo anónimo y universal […], que es ajeno a nuestros sentimientos […] Pero de mi propio tiempo fue una cantidad inmensa y complicada». En su celda, Meursault reflexiona: «Cuando un día el guardián me dijo que yo estaba allí desde hacía cinco meses, le creí, pero no le comprendí. Para mí, era sin cesar el mismo día que se precipitaba dentro de mi celda». La relatividad del tiempo en Memorias del subdesarrollo tampoco es la excepción. Afirma Malabre: «Me paso horas asomado a la ventana, horas no, minutos; los minutos de hoy en día equivalen a las horas de nuestros abuelos que inventaron la expresión».

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O. Spengler

Heredero del Romanticismo, el «hombre del subsuelo» se rebela contra la sociedad abstracta, rescata al individuo concreto. El tiempo interior adquiere mayor importancia que el tiempo objetivo. Sostiene Sabato en Hombres y engranajes que «El fundamento del mundo moderno es la ciudad; la sociedad resultante es dinámica, liberal y temporal. En este nuevo orden prevalece el tiempo sobre el espacio, porque la ciudad está dominada por el dinero y la razón, fuerzas móviles por excelencia».

A pesar de negar el tiempo citadino y afirmar al hombre concreto, gracias a ese mismo subjetivismo el «hombre del subsuelo» posee una actitud crítica que a menudo lo encamina al pesimismo. Es cierto que Malabre es optimista al final, cuando expresa que Cuba está a la altura del mundo, pero a la vez le teme a la muerte, a una catástrofe o invasión: «Luchar contra Estados Unidos tiene grandeza, pero no quiero ese destino. Prefiero seguir siendo un subdesarrollado». Esta actitud la contradice cuando aclara que se debe ir «más allá de las palabras». En la novela de Arlt, Silvio quiere huir de la vida mediocre para inmortalizarse de alguna manera: «Ser olvidado cuando muera, eso sí que es horrible» y de ahí que haga inventos, funde un club de ladrones y al final traicione al Rengo, a pesar de su intento fallido de suicidio. Como vemos, en El juguete rabioso, si bien el personaje se transforma y obedece al impulso de cambiar de atmósfera, hay un pesimismo reinante, al igual que en  El túnel. Es cierto que Castel tiene momentos de gran optimismo en los instantes anteriores a un encuentro con María: «¡Cómo esperé aquel momento, cómo caminé sin rumbo por las calles para que el tiempo pasara más rápido! ¡Qué ternura sentía en mi alma, qué hermosos me parecían el mundo, la tarde de verano, los chicos que jugaban en la vereda!». Pero la obra es retrospectiva: Castel nos cuenta su historia desde un presente y se permite agregar inmediatamente después: «Pienso ahora hasta qué punto el amor enceguece y qué mágico poder de transformación tiene. ¡La hermosura del mundo! ¡Si es para morirse de risa!».

El pesimismo triunfante o la desesperanza varían de un «hombre del subsuelo» a otro. En El lobo estepario, la base del pesimismo de Haller no es el desprecio del mundo, sino el autodesprecio, rasgo que a veces también se deduce en el protagonista de la novela de Dostoievsky. Castel, como este último, posee intensos rasgos de misantropía. Su mensaje es ambivalente: hay, por un lado, un rechazo al lector, de quien no se hace muchas ilusiones, pero a veces un deseo de acercársele. Castel siempre fue solitario y despreció los conglomerados, sectas  y grupos de cualquier índole, donde ve la grotesca «repetición del tipo». Esta soledad le produce sentimientos de superioridad. Así, cuando su mente paranoica lo ha escindido casi totalmente de María, dice: «Generalmente,  esa  sensación  de  estar  solo  en  el  mundo  aparece  mezclada  a  un  orgulloso sentimiento de superioridad: desprecio a los hombres, los veo sucios, incapaces, ávidos, groseros, mezquinos; mi soledad no me asusta, es casi olímpica».

59 El engaño colorido 1En la novela de Desnoes también hallamos la voluntad de soledad y con ésta un intento de autoafirmación. El orgullo, la superioridad, libera al «hombre del subsuelo» de toda imposición social. Siente que su vida no será parte de la maquinaria, que siempre le pertenecerá. El desprecio por los otros se asocia al narcisismo. El «hombre del subsuelo», en general, se cree mejor que sus semejantes. Sabe que el mundo (sus leyes e instituciones) son de los mediocres. De este modo se expresa el protagonista de Memorias del subsuelo: «Ahora termino mis días en mi rincón, con ese maligno y vano consuelo de que un hombre inteligente no puede lograr abrirse camino y que sólo los necios lo consiguen», y más adelante: «soy culpable porque soy más inteligente que cuantos me rodean». Además, define al hombre como: «ser bípedo e ingrato». En El lobo estepario, Armanda dice a Haller que «el tiempo y el mundo, el dinero y el poder, pertenecen a los mediocres y superficiales, y a los otros, a los verdaderos hombres, no les pertenece nada. Nada más que la muerte».

Roquentin afirma: «La gente que vive en sociedad ha aprendido a verse en los espejos tal como la ven sus amigos. Yo no tengo amigos: ¿es por eso que mi carne es tan desnuda?», mientras que Clamence sostiene: «En mí no admitía sino superioridades, lo cual explicaba mi benevolencia y serenidad», y también: «Siempre me estimé más inteligente que todo el mundo […], pero también más sensible y más hábil, tirador excelente, conductor incomparable, mejor amante». Eladio Linacero, en El pozo, comenta: «No hay nadie que tenga el alma limpia, nadie ante quien sea posible desnudarse sin vergüenza», y «La poca gente que conozco es indigna de que el sol le toque la cara». En Sobre héroes y tumbas, Vidal Olmos declara: «No tengo ni nunca he tenido amigos. He sentido pasiones, naturalmente; pero jamás he sentido afecto por nadie, ni creo que nadie lo haya sentido por mí». Por último, Malabre: «La gente me parece cada día más estúpida», y también: «prefiero los objetos a las personas».

La liberación de este hombre, advierte Berdiaev en El espíritu de Dostoievsky, se da «a través de un extremado individualismo, del aislamiento y la rebeldía contra el orden exterior del mundo»; este individuo «desarrolla un amor por sí mismo enfermizo, que lo lleva a descubrir las regiones subterráneas de su ser».

Del subjetivismo se desprenden rasgos que comparten los «hombres del subsuelo». En distintos grados, todos son egocéntricos y no desean mezclarse con los demás. Por antiburgueses, es precisamente el hombre en el socialismo (Malabre) quien entrará al final en comunicación con Noemí, la criada.

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E. Desnoes

Otro rasgo esencial que, como los otros, aparece en distinto rango de intensidad, es el irracionalismo. Si Castel busca ser racionalista, en verdad se acerca a María por una especie de «instinto», trata de racionalizarlo y ello lo llevará a la irracionalidad; en él se manifiesta lo que Sabato denomina —en  Hombres y engranajes— el  «culto irracional  de la Razón».  Esto es evidente cuando, por medio de un aparentemente racional silogismo, Castel deduce que María es una prostituta: «María y la prostituta han tenido una expresión semejante; la prostituta simulaba placer; María, pues, simulaba placer; María es una prostituta». En su primer libro —Uno y el universo— Sabato había rechazado los silogismos: «Con el método silogístico —afirma— se cree averiguar verdades nuevas, cuando en el fondo están ya contenidas en las premisas que se aceptan alegremente; de este modo todo se convierte en una tautología». Asimismo, la conciencia de Castel, como la de muchos personajes de Dostoievsky, está dividida. En realidad, el «hombre del subsuelo» cuestiona la razón. El protagonista de Memorias del subsuelo asevera: «La razón sólo sabe lo que ha tenido tiempo de saber […], en tanto que la Naturaleza humana actúa en masa con cuanto en ella se encierra, y se equivoque o acierte, vive». Harry Haller declara: «No está bien que la humanidad esfuerce excesivamente la inteligencia y trate, con ayuda de la razón, de poner orden en las cosas, que aún están lejos de ser accesibles a la razón misma». Castel reconoce el desdoblamiento de su conciencia, que lo hace participar del irracionalismo o de cierta primacía del inconsciente, a pesar de sus deseos de ser racional en todo momento: «Mientras una parte me lleva a tomar una hermosa actitud, la otra denuncia el fraude, la hipocresía y la falsa generosidad; […] mientras una me hace ver la belleza del mundo, la otra me señala su fealdad y la ridiculez de todo sentimiento de felicidad».

Malabre también asegura que la naturaleza del hombre es bicéfala: «no puede hacer nada bueno sin meter la pata, ni […] nada malo sin beneficiar a alguien». Pero su irracionalismo se manifiesta sobre todo en su constante duda. La lucidez conduce al «hombre del subsuelo» a rechazar la primacía de la razón sobre otras facultades: el instinto, los sentimientos, son igualmente importantes.

El mundo del «hombre del subsuelo» es relativo, absurdo, contingente, irracional. Meursault dice: «Pero todo mundo sabe que la vida no vale la pena de ser vivida». Y en La caída, el azar, relacionado con el absurdo del mundo, cobra un lugar clave. Clamence enfrenta varios accidentes en las calles e irónicamente comenta: «El francés cartesiano que yo soy se rehízo rápidamente y atribuyó tales accidentes a la única divinidad razonable, […] el azar». De igual modo, Roquentin confiesa: «Yo no tenía el derecho de existir. Había aparecido por azar».

En Abaddón, el exterminador, un personaje escribe a Sabato que «el hombre […] nace, sufre y muere sin saber por qué». Pero la contingencia es aparente en El túnel: el destino, inexistente en otras obras, influye aquí sobremanera. Lo que sí hallamos es el absurdo del mundo. Dice Castel: «A veces creo que nada tiene sentido». Y califica a la vida de «comedia inútil». Por último,  el  concepto  de  Malabre  sobre  la  vida  es  que  «está  llena  de  ansias  insaciables  y banalidades». Pero lo absurdo del mundo lo siente al final, con la amenaza de guerra: Cuba es importante, pero miserable.

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A grandes rasgos, estas son las características más sobresalientes que de alguna manera definen al «hombre del  subsuelo»: individuo urbano  e inteligente,  producto  de la modernidad  y de la industrialización, con una conciencia de soledad y un amor a sí mismo o creencia de ser superior frente a los demás, que incluye un marcado subjetivismo heredero del movimiento romántico. Esto lo lleva a veces al solipsismo. Desea rebelarse contra el mundo absurdo y la sociedad abstracta, apela al rescate del yo y de todo aquello vinculado con la parte irracional del ser humano, a pesar de que no pueda escapar de su propia lógica y visión de mundo.

                                                                                                                                                    

Este ensayo fue originalmente el capítulo «El subjetivismo y los “hombres del subsuelo”», de la tesis El problema del Absoluto en El túnel, de Ernesto Sabato, que el autor defendió en 1991 para recibirse en la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. El trabajo obtuvo Mención Honorífica. Como texto independiente, el ensayo se publicó por primera vez el 8 de mayo de 1994, con el título «El hombre del subsuelo», en El gallo ilustrado, semanario cultural del periódico El día (págs. 2-5). Al año siguiente, el texto fue reformulado y aplicado a una obra del cubano Edmundo Desnoes para el Segundo Festival de Ediciones Vigía, que tuvo lugar del 26 de abril al 1º de mayo de 1995, en Matanzas, Cuba. El autor participó como ponente con este trabajo. Dicha segunda versión apareció luego con el título «Entre el subsuelo y la revolución» en la revista Blanco Móvil, núm. 80, primavera de 2000 (págs. 61-64). El 22 de abril de 2000, se publicó “El nuevo hombre del subsuelo”, en Sábado, suplemento cultural de Unomásuno (págs. 1 y 2). En ese mismo año, la primera versión del texto, ya ampliada, se publicó con el título original «El subjetivismo y los “hombres del subsuelo”», como primer capítulo de la segunda parte del libro En busca de lo absoluto (Argentina, Ernesto Sabato y El túnel), UNAM, Biblioteca de Letras, 2000, págs. 71-86. En 2003, nuevamente con el título «El hombre del subsuelo», el ensayo reapareció en el libro El engaño colorido, editado por la entonces Universidad de la Ciudad de México en su Colección Al margen (págs. 49-64). En 2006, «Entre el subsuelo y la revolución» reapareció como el ensayo número XI del libro Palabra y poder, publicado por Conaculta en su Colección Sello Bermejo (págs. 99-104). El mismo tema fue después reelaborado para el coloquio «Juan Carlos Onetti a un siglo de su nacimiento», que se llevó a cabo el 21 de abril de 2009 en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Allí fue leído el texto «De pozos, subsuelos, tumbas y túneles: Onetti y su contextualidad literaria». De este ensayo, se publicó una versión corta como «Juan Carlos Onetti en su centenario: de pozos, subsuelos y túneles», en La Cultura en México, suplemento de la revista Siempre!, núm. 2914, año LV, 19 de abril de 2009 (págs. 72-73). La misma versión leída en la ponencia se publicó en La Colmena, núm. 63, revista de la Universidad Autónoma del Estado de México, en julio-septiembre de 2009 (págs. 9-14). Por último, el texto «El hombre del subsuelo» reapareció en 2012, en la segunda edición del libro El engaño colorido, publicado ahora por Editorial Praxis (págs. 77-92). De esta última edición tomamos la versión publicada aquí.

Hasta donde tenemos noticia, estos ensayos —particularmente el que aquí se publica, tomado del libro El engaño colorido —constituyen, en conjunto, la primera (y quizá hasta hoy única) conceptualización que se haya hecho sobre el «hombre del subsuelo» en tanto categoría que agrupa a una serie de fenómenos sicológicos y urbanos muy diferentes, pero con marcados rasgos en común.

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Ernesto Sabato, escritor antiexistencialista

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Juan Antonio Rosado Zacarías

 

Entre los lugares comunes de la crítica en torno al escritor argentino Ernesto Sabato (1911-2011) destaca el considerarlo «existencialista» y asociarlo en particular al existencialismo sartreano, a pesar de que en su libro Heterodoxia (1953) él mismo haya afirmado:

Racionalizar al universo y a Dios es empresa […] típicamente masculina, locura propia de hombres. No creo en el existencialismo de Sartre por esta razón. Su clave más profunda hay que buscarla en su primera novela, en su náusea ante lo contingente y gelatinoso, en su propensión viril por lo nítido, limpio y racional. Su obra filosófica es el desarrollo conceptual de esta obsesión subconsciente. Y ese desarrollo tiene que llevar fatalmente hacia una filosofía racionalista y platónica.

Pero independientemente de lo que el escritor opine sobre su obra o sobre el existencialismo, si leemos atenta, minuciosamente sus escritos, y los consideramos en su totalidad como un sistema de vasos comunicantes (tal como ocurre con cualquier producción artística de un solo autor), descubriremos que Sabato no sólo cuestiona el existencialismo sartreano, sino que en el fondo es un antiexistencialista, debido a los elementos que privilegia y defiende tanto en sus ensayos como en su narrativa completa.

En sus tres novelas (El túnel, Sobre héroes y tumbas y Abaddón el exterminador), además de la crítica contra la compulsión racionalista, contra lo que Sabato llama (en Hombres y engranajes) «culto irracional de la Razón», y en otros lugares «tecnolatría», hay una clara estructura mitológica. En El túnel (1948), es claro que Juan Pablo Castel  busca un absoluto que, lejos de hacerlo libre en el sentido sartreano (por un acto), le otorgue la armonía total: la certeza de unidad absoluta. Para el existencialismo sartreano, en cambio, el absoluto es la gratuidad de la vida y nuestro compromiso ante ella. En Castel hay esperanzas y éstas son básicas para el desarrollo de la obra. Lo que desea el pintor es precisamente huir de esa gratuidad total, salir de su «castillo». Este personaje huye de lo relativo en busca de lo absoluto por medio de la razón y de la lógica, mas paradójicamente, cae en una mayor irracionalidad. Ya en Uno y el universo (1945), Sabato había escrito contra la forma silogística de razonar, que es justo la forma que utiliza Castel antes de asesinar a María Iribarne. Y si los personajes de Sartre buscan un acto que los haga libres, Castel, en cambio, intenta romper la gratuidad y otorgarle un sentido total a su existencia mediante el amor a María. Él siente que ha llegado una mujer tan auténtica como él (la inventa e idealiza), y así se siente salvado: la desesperanza que había dibujado en la escena de la ventana de su cuadro se trueca en esperanza, su túnel se abre, su soledad se borra: «Me pasaba algo muy extraño, miraba con simpatía a todo el mundo», afirma en El túnel. El existencialismo queda entonces atrás cuando Juan Pablo, enamorado, parece comunicarse con lo que le rodea, siente amor ciego hacia los niños, hacia la gente de la calle, hacia todas las cosas: la armonía como absoluto se configura. De hecho, su primera duda sobre la validez de este amor surge cuando María se va por vez primera a la estancia. El solipsismo de Castel brotará en el plano amoroso.

Todo lo contrario ocurre en las narraciones existencialistas, ubicadas en un mundo donde los valores tradicionales se han perdido y el hombre sólo existe, arrojado a la contingencia, a lo absurdo del azar. Nos presentan así la situación angustiosa de este individuo sin tradiciones, enfrentado a un mundo mecanizado y abstracto y, la mayor parte de las veces, condenado al fracaso, como en las obras de Kafka, en las que un infinito y jerarquizado sistema burocrático hace invisible el poder dominante. En Sartre, el ser humano es lo que se hace, y a menudo prueba su libertad mediante un acto transgresor. Desde dicha visión no cabe el elemento del destino: el hombre es responsable de sus actos. El destino pertenece más bien a una estructura mitológica y en El túnel, como en la tragedia griega, es primordial. Lo anterior hace que la obra de Sabato se aparte del existencialismo, a pesar de que esta corriente responda algunas interrogantes. El destino se impone y el racionalismo de Castel, aunado a los celos, a su solipsismo y a su neurosis hace que el sentido de esta búsqueda se pierda. Aun así, el pintor realiza un último intento por totalizar a María.

Para Castel, María cobra las dimensiones de un símbolo: el de lo absoluto. Al no poder asirlo, cosa imposible, Castel estaba ya condenado al fracaso. También debemos tomar en cuenta los sueños del pintor, sobre todo donde aparece la casa anhelada desde la infancia, que para él es María. En Abaddón el exterminador, Sabato como personaje afirma que el alma posee la facultad de viajar durante el sueño, es decir, de liberarse del cuerpo, que nos encadena en el espacio y en el tiempo: el alma, al viajar en sueños, se halla fuera del tiempo y, por consiguiente, puede llegar a ver el futuro. Castel no pudo permanecer tranquilo en la casa de su sueño, en María, por la constante presencia de enemigos. El sueño (en El túnel y en la mitología) presagia el trágico destino. En una entrevista de 1975, Sabato afirma: «Un sueño es lo más verdadero que existe: jamás miente», y en una entrevista de 1991, insiste: «El inconsciente es lo más verdadero que tenemos. De un sueño se puede decir cualquier cosa menos que es una mentira».

el-tunel-portadaContamos ya con varios elementos que nos indican que El túnel va mucho más allá del existencialismo. Castel experimenta la contemplación del absoluto en María, pero irremediablemente esta concepción idealizada se derrumba. Una clave se halla en el cuadro Maternidad. La mujer contempla el cuadro. Se identifica con la muchacha solitaria que a su vez ve el mar. Castel observa a María y cree que ella se identifica con él. Aunque Iribarne creerá lo mismo al principio, en verdad nunca dejó de ser la mujer solitaria que mira el mar. Por ello el pintor, al final, la mata, pero también hace añicos el cuadro. Desde la contemplación de la pintura por parte de María y la de María por parte de Castel, ya estaba anunciada la fatalidad. Si la mujer hubiera sido más comunicativa, se hubiera dirigido a Castel para felicitarlo, en lugar de abstraerse en ese mar que siempre contemplaba en la estancia. Castel comprende el fracaso, se envuelve en ideas contradictorias y la soledad, duplicada por la decepción, lo lleva al crimen. Si en el existencialismo sartreano «la existencia precede a la esencia», como afirma el mismo Sartre, en El túnel no, pues aquí, como dice David Olguín, el amor «muestra un carácter eminentemente esencialista […] El destino de Castel y María es trágico y la fatalidad desde siempre los atrajo al mismo punto». En la exposición del cuadro notamos el primer síntoma de incomunicación. Allí sólo hay un juego de miradas y María nunca cederá a las exigencias de Castel.

En cuanto a la proyección al futuro, Sartre percibe al ser humano como la realización libre del porvenir que él ha elegido; para él, lo importante son nuestras acciones, emanadas de la libertad. Sabato, en contraste, piensa que el hombre es lanzado hacia una finalidad desde que nace. El ser humano, para el escritor argentino, es esencia: desde el comienzo encierra todas sus posibilidades. De ahí la estructura mítica de sus obras, la serie de elementos que cobran sentido mítico, como la Secta de los Ciegos en Sobre héroes y tumbas y en Abaddón el exterminador. En la estructura mítica, la existencia sólo revela las posibilidades que, desde el inicio, encierra la esencia del ser humano. Vidal Olmos, en Sobre héroes…, se considera «místico de la Basura» y como tal conoce su trágico destino, lo ha visto en el inconsciente: «Porque en estos días que preceden a mi muerte no tengo ya dudas de que mi destino estaba decidido.» Como Vidal, Castel (y el mismo Sabato) no creen en las casualidades: «Aviso a los ingenuos: ¡NO HAY CASUALIDADES!», leemos en Sobre héroes… Al no haber casualidades, la contingencia del mundo resulta pura apariencia. En la escena del cuadro, la muchacha que mira el mar no puede ser otra que María. Cuando ella desaparece, Castel se dedica a idealizarla y a buscar la forma de llegar a ella. El encuentro tenía que darse, estaba predestinado. Cuando el pintor la encuentra en la calle, le dice: «Usted se sonroja porque me ha reconocido. Y usted cree que esto es una casualidad, pero no es una casualidad, nunca hay casualidades». Ya en El túnel se niega lo azaroso y lo contingente. Castel le habla de la ventana del cuadro y al creer que la mujer no lo comprende, se retira, pero, tal como el destino lo había marcado, la mujer lo llama y le pide perdón. El pintor, al sentirla cercana, confiesa: «El mundo había sido, hacía unos instantes, un caos de objetos y seres inútiles. Sentí que volvía a rehacer y a obedecer a un orden». Esa armonía total, ese orden, son lo que Castel quiere hallar, pero está, como ocurre en el mito, destinado a no hallarlos.

 Si analizamos las tres novelas de Sabato como un todo, El túnel es la primera parte. Y si como obra independiente, al incluir el elemento del destino en el cuestionamiento de las casualidades, no puede considerarse existencialista, mucho menos aún como parte de la trilogía, pues en Sobre héroes y tumbas Vidal Olmos retoma el caso de Castel y lo analiza a la luz de la Secta de los Ciegos, secta satánica que controla los destinos humanos. Castel es víctima de la Secta por su aversión a los ciegos. De ahí que carezca de libertad, tema fundamental en el existencialismo sartreano.

De cualquier forma, con o sin Secta, Castel pone énfasis desmesurado en el «ser-para-sí» y olvida el «ser-para-otro», rompiendo así los ligeros puentes de comunicación con María. A diferencia de Castel, Antoine de Roquentin (personaje de La nausée, de Sartre), dada su misma visión existencialista, comprende que es imposible llegar a la subjetividad del Otro y se resigna a estar lejos de Anny. Meursault, en L´étranger, de Albert Camus, carece de pasión y escribe en un lenguaje neutro, frío, sin pretender comprender las subjetividades ajenas. Castel, por el contrario, racionaliza a la mujer para penetrar en su subjetividad y desea mirarla todo el tiempo (la escena de los fósforos es un ejemplo de lo anterior). El pintor de Maternidad no puede comprender la imposibilidad de llegar al otro justamente porque no es un existencialista, sino un absolutista, y en eso parece adolescente o romántico. Mientras Roquentin percibe la Armonía en un blues, Castel intenta la armonía total mediante el amor. Los personajes de La nausée (La náusea) y de L´étranger (El extranjero) son libres porque existen y luego «son», porque en ellos «la existencia precede a la esencia», porque ellos se determinan con sus actos. Castel, al contrario, está determinado por su esencia absolutista, donde se aloja su destino: «no hay casualidades». Él pudo haber tenido una relación como la de Roquentin con la patrona, pero, repito, no es existencialista, no se conforma con eso y hasta lo reconoce, al confesar que está «pagando la insensatez de no haberme conformado con la parte de María que me salvó (momentáneamente) de la soledad. Ese estremecimiento de orgullo, ese deseo creciente de posesión exclusiva debían haberme revelado que iba por mal camino, aconsejado por la vanidad y la soberbia». Pero Castel, sin el orgullo, sin la soberbia, sin el deseo de posesión exclusiva, no sería Castel.