Humano soy y nada humano me es ajeno: Sobre El miedo lejano y otras fobias de Juan Antonio Rosado

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Asmara Gay

 

Cuando cerré el libro de Juan Antonio Rosado, El miedo lejano y otras fobias, no sabía bien a bien por dónde empezar a comentarlo. Tanto en el prólogo escrito por Karina Castro y Janine Doufour, como en algunas reseñas que había leído sobre la obra, todos los autores coincidían en el carácter heterogéneo de los relatos. Sin duda, esto es cierto, si tomamos en cuenta la diversidad tanto temática como de modalidad literaria con que Rosado construye sus cuentos, pues en este libro podemos encontrar sátiras, fábulas, relatos fantásticos, históricos, de ciencia ficción, realistas, eróticos, existenciales e incluso experimentales.

Dicen las prologuistas: «De la única manera como puede clasificarse esta obra es sólo como un libro de narraciones, y su unidad radica en el trabajo artístico de la escritura». Trabajo artístico, por cierto, que puede contemplarse estructuralmente en cada relato y, a la vez, en la propuesta estructural del libro en sí que nos da el autor. El miedo lejano y otras fobias es un libro de veinte cuentos escritos a lo largo de 35 años y que en la presente edición se divide en tres partes: «Sobre el tiempo», que contiene cuatro relatos, «De la urbanidad», que incluye siete, y «De la pureza» que tiene nueve.

Por supuesto, hablar del trabajo artístico con que Rosado compone sus cuentos implica muchas cosas; esto no sólo se refiere a la construcción sintáctica (frases, oraciones, secuencia de párrafos, fragmentación del discurso o de su lógica), o al esmerado trabajo en los diálogos, ya sea que haga uso del indirecto libre o los redacte en su forma tradicional. Este trabajo artístico atraviesa, pues, no sólo el lenguaje, sino que su mayor valor radica, pienso, en la conciencia artística. Desde que Rosado tiene la pluma en la mano, o para ser más modernos, la computadora, sabe cuál es la intención que tiene al elaborar cada relato y cómo redactarlo para que el lector comprenda esta intención. La intención, como se intuirá, también es diversa en cada obra, y así volvemos a hablar de la heterogeneidad de El miedo lejano y otras fobias, ya que a veces esa intención es lúdica; otras veces crítica; otras, humorística; otras, reflexiva, y otras, un atisbo a la condición humana de sus personajes.

A pesar de cuanto se ha hablado sobre la heterogeneidad de este libro, pienso que podemos hallar otro elemento de unidad, además del que nos proporcionan las prologuistas. Esta unidad está comprendida en el título mismo del libro: El miedo lejano y otras fobias. El autor, como lo han hecho otros escritores, bien pudo poner por título El miedo lejano (que es el nombre de un cuento de esta antología) y otros cuentos. Pero no lo hace, no escribe «El miedo lejano y otros cuentos», sino El miedo lejano y otras fobias. Al titular de este modo su libro, Rosado nos confiere implícitamente una guía de lectura. Nos está diciendo que «El miedo lejano» es una fobia y que los otros cuentos que incluye el libro pueden leerse como representaciones de fobias.

El cuento «El miedo lejano», que Rosado dedica al escritor hidalguense Agustín Cadena, narra la historia de Enrique, un joven de 21 años que acaba de terminar una relación amorosa con Alejandra, y que al tratar de alejarse de sí mismo y del vacío existencial que siente sale a dar un paseo a las seis de la mañana el 19 de septiembre de 1985. El marco histórico del cuento es, por supuesto, el trágico terremoto de aquel día y que a nosotros nos recuerda también el cercano terremoto acontecido en nuestro país el 19 de septiembre de 2017. Sin embargo, la aventura por la que atravesará el personaje está distante de la solidaridad que se sintió por parte de la población en ambos terremotos. Lo que encuentra Enrique es la miseria humana. Una niña de menos de doce años será su guía en esta andanza. Pero la niña está lejos de la inocencia. El cuento finaliza con una reflexión de Enrique sobre la vida:

Largas bocanadas te hacen pensar en la vida, en el conjunto de la vida, que es muchas veces más fantástica, inverosímil y absurda que toda la literatura. Ni tus nervios ni tu nuevo miedo se calman. Sólo el miedo, ya lejano, a la soledad. Ahora imaginas lo que hay y lo que ya no hay ni nunca habrá fuera de ti, en los otros, en los barrios devastados por la naturaleza y por la negligencia de los ingenieros que utilizaron plastilina para construir edificios. Con toda esa carga de nerviosismo, piensas llevar el absurdo al extremo y continuar tu pesquisa por la chingada, en medio del humo del cigarro y esperando que la luz llegue para buscarla mejor, tal vez afuera, con los demás, con los que removían escombros para encontrar cuerpos con vida o cadáveres, con la ciudad que te reclamaba, que intentaba sacudirte de tu letargo, porque tu vida, desde hoy, ya no es sólo tuya.

El miedo lejano, la fobia a la soledad, llevó a Enrique a conocer la miseria humana. Pero esa misma fobia le proporcionó, paradójicamente, una tenue luz, pues entiende que su vida ya no es sólo suya, porque su vida, la vida de cada ser humano, está íntimamente relacionada con el actuar de los otros.

El libro comienza con un relato al que su autor titula «Luces opacas». En este oxímoron hay una nueva fobia: la fobia humana a la oscuridad y a lo desconocido. Los personajes de este cuento regresan, no sabemos de dónde, por una estrecha e infinita carretera. En medio del camino se detienen porque Elisa necesita con urgencia hacer una parada para ir al baño. Como no vuelve, las otras mujeres que van en el carro salen a buscarla. De este modo, se verán conducidas por Elisa, cuando la hallan, por un oscuro bosque hacia lo desconocido. Dice la narradora al final:

De pronto, nos vimos en medio de un paisaje lunar, lleno de rocas, la mayoría de ellas de origen volcánico. El viento soplaba con insistencia. Elisa volvió la cabeza: no había brillo en sus ojos. Con una sonrisa cadavérica y un rostro cada vez más pálido, empezó a internarse en la espesura de lo que parecía un inmenso bosque. La ya de por sí poca claridad del cielo fue perdiéndose en la medida en que nos internábamos en la incertidumbre de la vegetación. Nada comprendíamos. Sólo estábamos seguras de que seguir a Elisa era el único camino.

Seguir a Elisa es, desde mi punto de vista, seguir al mismo Juan Antonio Rosado a entrar en su libro. Es una invitación a un viaje, pero este viaje, iniciático, que nos proporciona el libro, de ninguna manera será cómodo, pues el autor nos ofrece un camino oscuro que no todos los seres humanos desean explorar, aunque la misma oscuridad sea parte de la existencia humana.

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De derecha a izquierda, Cecilia Urbina, Asmara Gay, Edmé Pardo, Juan Antonio Rosado y Federico Ballí en la presentación del libro El miedo lejano y otras fobias, de J. A. Rosado, el 7 de diciembre de 2017, en Casa Lamm.

Si se acepta el viaje lector al cual nos invita Juan Antonio Rosado, encontrará las otras fobias representadas en los cuentos del autor: la fobia a cuidar lo esencial del alma por ir en pos de la modernidad («Florido laude»), la fobia a la represión sexual («Ojo triangular»), la fobia al desamor («Dulce flagelo»), la fobia a la diferencia («La uva y el dominó»), la fobia a la identidad («Prótesis» y «Revelación»), la fobia a la monotonía («Vuelta de paseo» y «La importancia del condimento»),  la fobia a la familia («Réquiem por Melisa»), la fobia a la vida («Ecce homo»), la fobia a la crítica, a pensar por uno mismo y a la libertad (presentes en la mayoría de los cuentos). De manera evidente o apenas sugerida, en los mismos personajes o en diálogo con el lector, estas fobias encarnan parte de una realidad humana que la sociedad siempre trata, de algún modo, de ocultar.

De cuento a cuento, de fobia a fobia, el mundo narrativo de este libro se desenvuelve de la luz opaca a la ceguera total. El libro termina con una versión moderna de «El traje nuevo del emperador», recopilado por Hans Christian Andersen, pero en el cuento de Rosado, llamado «La roncha canina», la revelación de la desnudez de la pareja real por parte de una niña no provoca lo que en el cuento de Andersen: que el pueblo abra los ojos ante la tontería que estaba haciendo el emperador. En «La roncha canina», el pueblo cierra los ojos, acepta la tontería de la pareja real y se forma con los sastres para pagar por un invisible vestido como el que llevan los reyes. Desafortunadamente, la tontería nos ha alcanzado a todos, parece decirnos Rosado con su final: «Y así se cuenta y se vuelve a contar este cuentecito de nunca acabar».

Y es este final el que de alguna manera también nos lleva de regreso al inicio de esta obra: «Y así se cuenta y se vuelve a contar este cuentecito de nunca acabar» trasciende el tiempo y al propio relato. Cada uno de los cuentos podría contarse de nuevo como un reflejo de la realidad, antigua y moderna, del ser humano, pese a que los relatos están inmersos en el ámbito de la ficción y en un tiempo interno en particular.

De este libro también podrían comentarse otras cosas, por ejemplo: las lecturas del autor que están en los relatos, y que nosotros, de forma detectivesca, podríamos descubrir como intertextos o influencias: Juan García Ponce, Sade, Dante, Freud, Salvador Novo, Marx, Nietzsche, Arreola, Cortázar, García Márquez, Kafka; la lista es interminable, porque Rosado es un erudito, aunque sus cuentos, por fortuna, no caen en una prosa pesada y superficial, sino todo lo contrario: es moderna, crítica, irónica y acerca de la vida cotidiana. Se podría hablar también de la experimentación en su narrativa: del encabalgamiento de descripciones de algunos narradores con las meditaciones de sus personajes, de la yuxtaposición de la realidad con el mundo onírico en otros, sobre cómo algunos cuentos caen en el terreno del ensayo, o cómo se suprime el tiempo y, aun así, éste se vuelve cíclico; cómo da una vuelta de tuerca, no sólo al final de los relatos, sino en los diálogos y en la narración misma; cómo la paradoja habita en muchos cuentos y, con todo, el universo que ha creado el autor se mantiene verosímil; se podría hacer una analogía del libro con un laberinto: cada cuento puede entenderse como un pasadizo confuso sobre la vida humana, o hablar acerca de cómo los personajes son intemporales, y de tantas cosas más. Simplemente, a cada uno de nosotros nos llevarían muchas páginas comentar todo lo que hay en el libro.

Me quedo pues con la lectura de las fobias, sobre todo porque al mismo Rosado le he escuchado decir tantas veces que uno no saca sus demonios en la literatura, sino que en ella crea más demonios. En esto, Rosado siempre ha sido claro y se comprende entonces por qué en el cuento «La hormiga y la cigarra» (una versión moderna, lúdica y lúcida de la antigua fábula) cita a Terencio: «Humano soy y nada humano me es ajeno». Antiguas y permanentes fobias humanas están en esta obra y quienes la hemos leído esperamos una lectura inteligente, ya que —como el autor refirió hace poco en una entrevista—: «El escritor ejerce su profesión para quienes leen y nunca para quienes no lo hacen».

Esta afirmación se entrelaza con lo que leí recientemente en la columna sabatina del escritor mexicano David Toscana en el suplemento Laberinto del periódico Milenio. Dice Toscana:

Me extraña que lectores de obras maestras sepan comprender a los personajes literarios apenas en las páginas de los libros y se vuelvan de mente y juicios ordinarios a la hora de mirar eso que llaman “la vida real”. Si un lector no considera que la literatura es también parte de la vida, de la realidad, de su yo, de su experiencia, si no acepta que las buenas novelas son alimento del alma y de la inteligencia, tons ¿pa qué lé?

Si un lector no aprende nada sobre las pasiones humanas cuando lee a Chéjov y apenas le parece un cuentista chistoso, tons ¿pa qué lé? Si un lector no sabe acometer alguna aventura quijotesca o al menos respetar a quien lo hace, tons ¿pa qué lé? Si después de leer Madame Bovary o Anna Karenina continúa con juicios ordinarios sobre la infidelidad de su mujer, tons ¿pa qué lé? Si luego de leer a Dostoievski no acaba por darse cuenta de los matices que tiene cada historia, cada vida, cada persona, de las razones que parecen maldades o las maldades que parecen razones o las bondades que parecen maldades o las maldades que parecen bondades, tons ¿pa qué lé? […] Si usted, amigo lector y usted amigo escritor, es de los que leyó Desgracia de Coetzee, Stoner de John Edward Williams, Muerte en Venecia de Thomas Mann, Lolita de Nabokov, La casa de las bellas durmientes de Kawabata y reacciona ante las noticias haciendo los mismos comentarios y juicios que una abuela católica iletrada, tons ¿pa qué lé?

Así, cada uno de nosotros abra su mente y déjese llevar por este viaje lector, comprenda lo que de humano hay en los relatos y observe, como si estuviera ante un espejo, la oscura humanidad que nos abarca. No se quede impasible después de leer El miedo lejano y otras fobias, no cierre el libro diciendo, como el personaje Susanita de la historieta Mafalda: «¡Qué barbaridad!»; pertúrbese, inquiétese, acepte la invitación que Rosado nos hace para entrar en una reflexión profunda, pues usted, como Terencio, como Rosado, como yo, como todos, humano es, y nada humano nos debería ser ajeno.

 


Texto leído en la presentación de El miedo lejano y otras fobias, el 7 de diciembre de 2017 en el Salón Tarkovsky del Centro de Cultura Casa Lamm.

Invitación JARZ

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Qué leer y por qué leer a los modernos

Italo Calvino

Italo Calvino (1923-1985)

Asmara Gay

Desde hace un par de décadas algunos escritores han destacado la importancia de leer a los autores clásicos, y basan sus argumentos, particularmente, en los libros que sobre el tema escribieron Italo Calvino y Harold Bloom. En la mente de Bloom, más que en la de Calvino, leer a un clásico equivale a leer a un autor canónico; es decir, a un autor que por su estética y por su perduración en el tiempo se vuelve imprescindible en la historia de la literatura.

Desafortunadamente esta idea de Bloom sobre el arte literario como un ideal canónico ha repercutido negativamente en algunos lectores que han dejado de leer a sus contemporáneos, a los cuales, sin leerlos, estigmatizan como nefasta y trivial lectura. “No quiero perder mi tiempo”, he escuchado decir a lectores ávidos que se refugian en lo canónico desde hace muchos lustros y dejan pasar a escritores de la talla de Günter Grass, César Aira, José Saramago, Sergio Pitol e, incluso, a autores jóvenes como Isaí Moreno, Rogelio Guedea, Javier Núñez o Juan Antonio Rosado, cuyos libros son un agradable descubrimiento.

No obstante, este desprecio por los autores contemporáneos no es novedoso. Hay muchísimos escritores que, de no haber sido rescatados por alguien, hubieran quedado en el olvido literario. En ese rubro se encuentran autores clásicos como Shakespeare (rescatado por los románticos), Kakfa (publicado después de su muerte por su amigo Max Brod) o el poeta modernista José Asunción Silva, quien se suicidó a los 31 años sin haber publicado un solo libro y cuyos poemas, que leía en tertulias y publicaba en periódicos, eran motivo de crítica corrosiva y mofa en su ciudad, Bogotá.

Para aclarar esta polémica, me gusta una definición que sobre los libros clásicos propone Italo Calvino en su obra Por qué leer los clásicos (1994: 17):

Creo que no necesito justificarme si empleo el término «clásico» sin hacer distingos de antigüedad, de estilo, de autoridad. Lo que para mí distingue al clásico es tal vez un efecto de resonancia que vale tanto para una obra antigua como para una moderna pero ya ubicada en una continuidad cultural.

Esta definición que propone Calvino implica varias cláusulas que el lector establece con un libro para validar o no su lectura:

  1. El libro debe causar resonancia en el lector. Es probable que un libro, aunque esté bien escrito, según las normas gramaticales establecidas y las licencias poéticas que sigue, no cause conmoción en el lector. Esto puede deberse a diversas razones: la juventud del lector, la inexperiencia del escritor, la animadversión del ánimo entre el lector y el escritor, la fantochez del autor que intenta desplegar durante largas páginas la técnica que ha aprendido tras años de estudio o la propia incapacidad del escritor por conmoverse con sus escritos, lo que suscita, asimismo, apatía en el lector que lo está leyendo. Conmover es una palabra que coloquialmente se usa como sinónimo de ternura. Sin embargo, conmover es, en términos del Diccionario de la RAE, perturbar el ánimo. La perturbación que un libro causa en el lector es una experiencia indescriptible. Podemos llenar largas páginas intentando mostrar lo que un libro ha resonado en nuestro ánimo, aunque en realidad terminemos hablando de la técnica, de la intención del escritor, de la semilla autobiográfica, pero esa inquietud que un libro deja en el ánimo es inexpresable. Algo en nuestra sensibilidad se mueve para alterarnos, emocionarnos, meditar sobre lo que el libro ha provocado en nosotros o para volver a sentir placer al leerlo, como una epifanía que se descubre en nuestro interior y que sobrepasa al libro. Esa huella hace que volvamos a leerlo y que en las siguientes lecturas descubramos nuevos libros dentro del mismo. En mi lánguida memoria, el autor que encabeza esta resonancia es Faulkner, siempre es Faulkner, y vuelvo a sentir la necesidad de leerlo para intentar explicarme por qué me causa tal impacto. Y aunque sea inexpresable, como he mencionado, considero que ésta es la firmeza que debe tomar el pulso del escritor.
  1. La lectura es una continuidad cultural. Los libros son herederos de una larga tradición literaria y de una época y circunstancias políticas, sociales, económicas, culturales y literarias determinadas. Así, una obra debe ubicarse dentro de sus contextos literarios e históricos. El aporte del estilo del escritor lo pondrá en algún eslabón de esa continuidad cultural a la que hace referencia Calvino. Esta postura crítica se aleja del conformismo literario o, en términos llanos, del puro remedo de las técnicas, de temas o argumentos, en el caso de la literatura. Un libro ubicado en esta continuidad cultural ha de aportar una mirada intrínseca del autor, porque ese libro nos proporciona el movimiento de una época literaria a otra.
  1. La autoridad de un libro está en relación con la repercusión que en el lector tenga la obra. He descubierto con pesadumbre que algunas editoriales publican a autores contemporáneos que ya son una referencia en el ámbito literario sin importar si sus obras están bien o mal escritas (o si tienen alguna resonancia en el lector). Esto es lo que comúnmente se llama una autoridad literaria. Pero la única autoridad legítima, desde mi punto de vista, es la que un lector puede hallar en un libro: la resonancia, la conmoción. La gran cantidad de libros que actualmente se publican no establece por sí misma la calidad literaria de la época. La epifanía interior —llamemos así a la resonancia— es lo que a un libro le proporciona autoridad frente al lector. Es decir, la autoridad no debería destacarse en lo que un escritor vende o lleva años publicando, sino en lo que le aporta al lector con su obra.
  1. El término clásico es ambiguo. Muchos autores que ahora son clásicos no lo fueron mientras estaban vivos. Es más, ni siquiera vendieron su obra o fueron publicados. Algunos estuvieron muertos literariamente por muchos años, como Mariano Azuela, hasta que algún lector con la sensibilidad necesaria para establecer un diálogo con sus libros lo rescata, lo analiza y expone las razones por las que debe ser leído nuevamente. Me pregunto: si ese alguien no lo hubiera rescatado, ¿sería clásico? ¿Su obra perdería calidad literaria? ¿Aquel que lo rescata expone que es un clásico o comunica en realidad por qué debe leerse?
  1. Un clásico es siempre “tu clásico”. Con los años he descubierto que la riqueza literaria que poseemos en este siglo XXI es enorme. Hay tanta buena literatura, antigua o moderna, que es imposible leerla toda o hablar de toda ella. No obstante, hay críticos que se empeñan en canonizar la literatura. Está bien. El fin de estos cánones es ser una clasificación que pueda ayudar a comprender épocas y circunstancias históricas y literarias. Pero no es la única mirada que debe prevalecer para un lector. Tras una lectura, aquella repercusión de la que habla Calvino, sin importar si el autor está en el canon, es lo que determinará que volvamos a leerlo y que, sin duda, para nosotros, al margen de los críticos, ese libro tenga un lugar particular en nuestra biblioteca. Los críticos pueden alabar o denostar a los autores que quieran, decir que tal autor es clásico y que tal otro debería perderse en la ignominia, pero esa es su subjetiva versión de la literatura. ¿Qué tan válida es esta opinión para un lector al que cierta obra ha conmovido a tal grado de amar ese libro?Libros

Por lo anterior, no estoy de acuerdo con la postura de leer solamente a los autores clásicos, en la noción de canónicos. Creo que los escritores modernos (no sólo los que figuran como autoridades literarias) también han hecho su tarea y han leído a los «clásicos», han estudiado las formas, han pensado por qué desean comunicar literariamente algo al lector. Leer a los modernos también es leernos a nosotros: costumbres, errores, ilusiones, fatigas, desencanto e inocencia humana que en la actualidad nos caracterizan. Es decir, leer al hombre, en su tiempo y su circunstancia. No obstante, ¿debemos leer a todos los modernos? De eso tampoco se trata, sino, a la manera de Sherlock Holmes, ser lectores que indagan, examinan o critican a los autores que intentan establecer un diálogo con el lector a través de su literatura, y observar si lo consiguen. Este es el ánimo de un lector en constante búsqueda.

¿Quieres largarte de una vez?

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Asmara Gay

 

 

―Gabriel… abre… déjame entrar…

―¡Otra vez tú! Ya te dije que no quiero hablar contigo ni saber nada de ti.

―Sabes que me necesitas. Y yo te necesito. No seas necio. Quiero estar contigo un rato.

―¿Para qué?, no tiene caso. De nada me sirve estar contigo.

―Si no me abres… ¡Voy a morir!

―¡¿Morir?! Desde que te conozco has sobrevivido a todo, hasta a la televisión. ¿Para qué me necesitas? Soy un fracasado. Creo que has desperdiciado tu tiempo conmigo. Vete con otro… o con otra. Como tú quieras.

―No me quiero ir con nadie. ¡Abre, por favor…!

―Entonces soy yo quien ha desperdiciado el tiempo contigo; pero no volverá a suceder. Ya no te dejaré pasar.

―Sólo tienes miedo, dices esas cosas porque estás deprimido. Pero si me dejas entrar puedo alegrarte la tarde.

―Alegrarme la tarde… He dependido tanto de ti que ya no puedo alegrarme contigo. Me pongo ansioso, ¿no te das cuenta? Quiero hacer mil cosas; empiezo tantas y nunca termino nada.

―¡No me dejes! ¿Qué voy a hacer sin ti?

―Seguirás coqueteando con otros tontos como yo, que dan todo por ti y al final se encuentran solos.

Ella guardó silencio. Los ojos de Gabriel siguieron sobre el televisor, se estaba adormeciendo.

Aquella tarde su imaginación no entró. Sin embargo, siguió cerca porque sabía que ese día o algún otro, cuando menos lo esperara, frente al espejo o mientras miraba a su mujer desnuda, Gabriel cambiaría de opinión.