Viajando estamos

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Carlos López

 

Viajando estamos

este páramo solo

con lunas, soles.

 

 

Cresta de luz

corta la tarde, el tiempo

se graba en la hoja.

 

 

Señal en tránsito,

infinitud inmóvil,

florece el cielo.

 

 

Astillas, sueños,

rebelión de colores

revelan nudos.

 

 

Lluvia de flores:

el Universo enciende

bordes de noche.

Tarde o temprano, JEP

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Carlos López

Los poemas de José Emilio Pacheco (JEP) tienen una fuerza poco común; atraen con su aparente simpleza porque no le ponen barreras al lector, son textos que por principio abren la puerta a un mundo que nos resulta conocido y que, no obstante, somos incapaces de nombrar; la voz del poeta es la que hace la claridad a partir de lo cotidiano que por común se nos pierde. Pacheco tiene la conciencia despierta de lo efímero y del olvido terrible que sepulta lo que pasa. La escritura es la herramienta antiolvido, el lenguaje que retiene lo que siempre está escapándose del avasallamiento de la modernidad y del olvido forzado de la historia que intenta dejarnos sin nada, sin pasado con qué encarar un posible presente:

Tierra

La honda tierra es

la suma de los muertos.

Carne unánime

de las generaciones consumidas.

Pisamos huesos,

sangre seca,

heridas,

invisibles heridas.

El polvo que nos mancha la cara

es el vestigio

de un incesante crimen.

Para el poeta nada de lo que lo rodea es indigno de nombrarse; por el contrario, la escritura es la maquinaria de la atención perpetua, despierta, que busca aprehender el devenir inevitable de la vida. El lenguaje aquí es una especie de arma depurada que lucha en contra de los sobrentendidos, de los lugares comunes, pero también del esteticismo que concibe a la palabra como un elemento sólo para producir belleza. Aquí el lenguaje no oscurece, busca una comunicación directa que quite los velos de lo confuso, de lo enredado y llegue a un centro de claridad que no escapa a la ironía y el dolor porque ambos son formas de la verdad. Sin alejarse de la musicalidad y del oficio, esta poesía tiene mucho que decir y lo hace con un lenguaje casi llano, pero jamás pobre; el poeta pasa por el tamiz lo innecesario y cierne las palabras precisas para comunicar. Sus relámpagos caen en el lugar exacto; ésta es una poesía de la inteligencia; su resonancia hace mella en la reflexión. Está el disfrute de la palabra, pero está sobre todo la lucidez que pone un peso en la llaga, una llaga común que nos incumbe a todos. Pacheco está habituado a pensar en plural, muchos poemas nacen de la experiencia personal, pero su visión siempre trasciende los límites del yo y se extiende al nosotros. Como poeta y como hombre, JEP sabe que no está solo; sus preocupaciones son sociales, comunes, pero su observación no se queda en lo humano; le interesan los animales, la naturaleza, todos los mundos que confluyen en éste. Como poeta, sabe que la poesía no la escribe un solo hombre sino que es una labor conjunta y que no es posible escribir sin la tradición y el diálogo continuo con los otros.

Pacheco se reconoce como un trabajador tenaz que nunca alcanza la perfección; está consciente de que la escritura es siempre perfectible; en la nota introductoria de Tarde o temprano escribe: «No acepto la idea de “texto definitivo”. Mientras viva seguiré corrigiéndome». Este impulso de la rescritura asume la verdad de lo no concluyente; sin embargo, está presente el compromiso con la palabra que no permite mediocridades ni anquilosamientos; la consagración del poeta puede ser lo peor:

Lives of poets

En la poesía no hay final feliz

Los poetas acaban

viviendo su locura

Luego descuartizados como reses

(sucedió con Darío)

O bien los apedrean y terminan

arrojándose al mar

o con cristales

de cianuro en la boca

O muertos de alcoholismo

drogadicción

O lo que es peor

poetas oficiales

amargos pobladores de un sarcófago

llamado Obras completas

El poeta asume la escritura desde una visión siempre crítica y es que la atención viva implica una reconfiguración continua de lo establecido; escapar del sarcófago de las obras completas es asumir que lo esencial alberga la contradicción, el vaivén, el movimiento; él enfrenta su trabajo como una lucha que implica emprender tareas diversas, heterogéneas, por eso su escritura no nace del ego y busca aprehender la existencia a partir de diversas formas. Pacheco no le teme al periodismo, a la crónica, al ensayo, a la narrativa, a la traducción; todas son maneras de abordar una realidad que nos confronta con su crueldad, sus anticonvencionalismos y sus sorpresas. Sus textos se nos presentan con una solidaridad sin demagogias, lo sincero de su visión tiene poder y hay una inmediata identificación de quien lo lee. Lo profundo no implica solemnidad; uno de los aciertos de JEP es su humor y la ironía que atraviesan la membrana superficial y producen un despertar inmediato:

Traduzco un artículo de Esquire

sobre una hoja de Kimberly-Clark Corp.

en una antigua máquina Remington.

Corregiré con un bolígrafo Esterbrook.

Lo que me paguen

aumentará en unos cuantos pesos las arcas

de Carnation, General Foods, Heinz,

Colgate-Palmolive, Gillette

Y California Packing Corporation.

La continua búsqueda de un arte poética es el sino del poeta —de cuya mirada nada escapa— que le canta más que otros a su amor, la patria; que dedica cantos con pasión compasiva a los olvidados en la tierra, a los pequeños seres que la reconstruyen de la devastación humana. Pacheco es contemporáneo de los cantores originales del universo y lo será de quienes atestiguarán su destrucción. Una de sus obsesiones es el paso del tiempo —esa interrogante que nadie puede descifrar—; con esta temática titula algunos de sus libros. Los distintos nombres que el poeta adopta para dialogar con sus pares, la traducción como una manera de apropiarse de la literatura para conversar con ella, el magisterio ejercido en las publicaciones más importantes del país son algunas de las formas lúdicas por momentos, creativas, críticas, originales que legó a sus lectores. Sobre su columna (nunca un sustantivo estuvo tan bien aplicado a un nombre: las dos páginas que sostuvo en Proceso durante casi cuatro décadas fueron pilares del semanario mexicano) «Inventario» (que sólo firmaba, tímido, JEP, las tres letras que más pesan en México) se han escrito tesis y sirvió en la formación de generaciones de escritores. Tarde o temprano se hablará con rigor de estos y otros asuntos literarios del escritor más completo de México.

Ángel

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Carlos López

¿En qué ibas pensando mientras caías, ángel?

¿Te alcanzaron los segundos en el aire para

verte soñando en los brazos de tu padre,

para preguntar si eso había sido todo en la vida?

¿Pensaste en las tareas de la escuela, qué se dibujó en tu mente?

El puente Belice fue hecho por el gobierno para

que ahí encontraran alivio definitivo los pobres, Ángel.

Vos, arquitecto, no hubieras construido algo tan malo.

«¿Volar o morir degollado?». No lo pensaste, ángel.

El árbol adonde bajabas a pajarear te detuvo, Ángel,

pero en la cama del hospital dejaste caer, lentos, tus

párpados, como hojas en la noche lenta, cuando tu padre

fue a buscar agua esterilizada.

 

Llueve sobre tu fosa, ángel,

las hormigas enloquecen alrededor de tu cruz.

 

 

Para Ángel Ariel Escalante Pérez, de 12 años, ejecutado por la mafia guatemalteca

por oponerse a matar a un chofer de autobús.

 

Poesía y educación

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Carlos López

 

Cuando se habla de poesía y educación uno asume que se hace referencia a algo concreto: la poesía pedagógica y la educación escolarizada que deviene en instrucción; la poesía que se enseña como parte de una materia del programa de estudios; la educación memorística, formadora de personas acríticas, conformistas, útiles al sistema. Sin embargo, poesía y educación son sinónimos de libertad en la práctica, al ejercerlos con pasión, sentimiento, conocimiento, pensamiento, revelación. Se crea al educar; el maestro que persigue la rebelión del espíritu alcanza la luz en la enseñanza. Un maestro que disfruta su trabajo no se empeña en transmitir conocimientos, en convencer a sus alumnos de sus ideas, en tratar de explicar teorías que muchas veces ni son propias. Comparte, dialoga, reflexiona, escucha, aprende. El maestro de poesía no debería existir, pues ésta no se enseña, no se puede definir, ni tiene asidero. No es un oficio, aunque existen oficiantes que la ejercen de manera radical. La poesía es una manera de sacralizar el lenguaje.

Más que exigir a las instituciones que cambien sus programas de estudios y pedirle al mundo depredador y asesino, dominado por las grandes corporaciones, que se detenga y piense un poco en la poesía, hay que crear lectores y eso nunca ha podido hacerse en masa. La lectura debe alentarse de tú a tú y desde muy cerca con los amigos, la familia, los maestros rebeldes, de ésos que van más allá de los programas establecidos y son apasionados lectores. Todos necesitamos de las palabras y de las historias. Desde los tiempos más antiguos hemos anhelado dejar testimonio de lo que nos pasa como sociedad, pero también de manera individual, por eso la poesía está en Gilgamesh y en la Iliada, pero también en los poemas de Safo o de Fernando Pessoa. Cuando aún no tenemos la poesía escrita, cuando aún no somos lectores, si somos muy pequeños o analfabetas, de todas formas el apetito por ella está ahí y aprendemos canciones y memorizamos frases o versos que nos significan algo, que nos dan una imagen o una idea, un ritmo, o que nos remiten a una emoción.

Antes que irnos a lo general hay que estar al tanto de que la poesía a veces se difunde como un secreto; a veces, como un grito, y no tenemos la llave total que abra la sensibilidad de todos los seres humanos. La labor de crear lectores requiere de paciencia y de pasión. No puede transmitirse un conocimiento si el que lo difunde está desconectado de lo que enseña. Es una labor siempre delicada porque no debe haber imposiciones. Jaime Sabines lo expresó muy bien: «No quiero convencer a nadie de nada. Tratar de convencer a otra persona es indecoroso, es atentar contra su libertad de pensar o de creer o de hacer lo que le dé la gana. Yo quiero sólo enseñar, dar a conocer, mostrar, no demostrar. Que cada uno llegue a la libertad por sus propios pasos, y que nadie le llame equivocado o limitado. (¿Quién es quién para decir «esto es así», si la historia de la humanidad no es más que una historia de contradicciones y de tanteos y de búsquedas?)».

Debemos estar atentos: la poesía no nos da soluciones, las metáforas no se resuelven a través de una ecuación; la poesía usa palabras comunes, pero de una forma distinta a la usual y muchas veces nos invita al ensueño (y el ensueño está muy mal visto en estos tiempos en que hay que ser exitoso y producir y entregar resultados concretos); la poesía también nos lleva al silencio (muy mal visto en estos tiempos también, en que hay que tener todos los aparatos posibles encendidos). Por eso la poesía es siempre transgresora, pone el dedo en la llaga de lo que somos, pero también nos saca de lo cotidiano y nos propone otro mundo. La poesía puede darnos consuelo, pero también nos hiere, su efecto es contundente, cualquiera que sea.

No podemos pedir que la poesía concuerde con las exigencias actuales, por eso son necesarios cómplices, amigos secretos; tal vez lo mejor no es incluirla en las escuelas, sino sacarla de ellas y llevarla a todos los ámbitos: formar núcleos de lectura, sesiones clandestinas en casas para leer versos, adentrarse en la mitología, alentar la oralidad, las historias, el ejercicio de memorizar. La poesía está ligada a la vida y su expresión permite que los goces o los dolores se multipliquen. Su enseñanza es gradual y sería bueno que la poesía estuviera en todos lados, no como un objeto de estudio escolar, sino como una experiencia vital. Borges, respecto a la enseñanza, decía: «Así he enseñado, ateniéndome al hecho estético, que no requiere ser definido. El hecho estético es algo tan evidente, tan inmediato, tan indefinible como el amor, el sabor de la fruta, el agua. Sentimos la poesía como sentimos la cercanía de una mujer, o como sentimos una montaña o una bahía, ¿a qué diluirla con otras palabras, que sin duda serán más débiles que nuestros sentimientos? Hay personas que sienten escasamente la poesía; generalmente se dedican a enseñarla. Yo creo sentir la poesía y no creo haberla enseñado; no he enseñado el amor de tal texto, de tal otro: he enseñado a mis estudiantes a que quieran la literatura, a que vean en la literatura una forma de felicidad».

No hay que olvidar que la poesía está hecha de palabras y, aunque los intereses de la poesía, es decir, los temas que aborda, son amplios y diversos, su resultado permanece en el lenguaje y es ahí donde palpita su centro. Tal vez lo primero en la educación es lograr que los aprendices de todas las edades se sensibilicen ante el lenguaje y que el amor por la lectura y la escritura se fomente como una manera de imaginar, de diversión, de autoconocimiento. Lo que un maestro debe procurar es ayudar a que los estudiantes encuentren su voz, algo que puede sonar a lugar común si no se dice que desde ahí se puede fomentar la autocrítica y la originalidad; el respeto por el trabajo y por el lector; la búsqueda incesante de formas distintas de crear; la lectura amorosa, la pasión por atrapar la realidad. La poesía es el relato originario, estamos hechos de poesía. Fuimos creados cuando alguien nos nombró por primera vez. El lenguaje es la materia de nuestra esencia, de nuestros sueños.

A quien trabaja con palabras no le basta sólo tener talento innato, como afirma Charles Simic: «Alguien que aspira a ser poeta debe tener una relación particular con el lenguaje; un buen oído y un gusto por el lenguaje, por usar las palabras de cierta manera. Debe ser capaz de escuchar varios tipos de dicciones y combinarlas. Ése es el trabajo más interesante y difícil con la mayoría de los estudiantes. Hay otros estudiantes, más raros, que no tienen esta relación con el lenguaje, pero tienen una gran imaginación. Lo extraño es que ocho de cada diez de los más talentosos casi nunca se vuelven poetas. Con frecuencia, los que se hacen poetas son aquellos que parecen no poder evitarlo».

 

La palabra y sus misterios

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Carlos López
 
El ser humano construye su vida con palabras, no puede prescindir del lenguaje. 
Éste es su sustancia, su persona. Cuando calla, dialoga con el infinito; ora en la inmortalidad al construir enunciados. Habla para establecer la comunión celebratoria de su imagen: la palabra —identidad, historia, saber—, su creación, «el único don de dioses, que todo contiene, la verdad, la vida», como dice Constantino Cavafis. Quien revela palabras, abre universos, ilumina caminos. 
El lenguaje está en movimiento. Las palabras son células vivas: se modifican, se olvidan, regresan; se crean, se reinventan. Por eso no hay diccionario capaz de contener una lengua, ni gramática donde estén todas las reglas que enseñen cómo tejer  las palabras. Las normas también cambian, pero no tan rápido como las palabras; el escritor debe entonces convertirse en el legislador del lenguaje cuando los criterios de redacción no se ajustan a su realidad. Esto obliga a la Real Academia Española a actualizar sus preceptos, a abrir las ventanas de sus claustros para que entren las palabras de la calle. 
Es un misterio el hecho de que una de las cosas más complejas del mundo sea lo más natural de aprender: el lenguaje. Éste se nos da al nacer. Pero  la expresión «habla sólo porque Dios es grande», aplicada a quien habla sin conciencia de lo que dice, contiene un reclamo para el transgresor de algunas de las funciones del lenguaje: comunicar con sentido, conducir al conocimiento, enzarzar la moral, procurar la estética, buscar la verdad. 
Las palabras también tienen una finalidad catártica. Al hablar, el caído se levanta; el doliente, encuentra el bálsamo. Los sanadores de cuerpo y alma extirpan males con oraciones, alejan lacras, restituyen el equilibrio mental y físico. El poder de las palabras es inconmensurable. El lenguaje es vida; nos crea, nos da forma, aliento; somos su ser, su eco.
Quien conoce una lengua y desentraña el significado de las palabras, atesora sabiduría, tiene el poder de transformar el mundo. «Si las palabras no significan nada, el silencio es invaluable», reza un proverbio árabe; pero «una palabra que llega justa es como una confidencia milenaria, como un secreto transmitido de generación en generación. Somos como la clavija que vibra con la cuerda sin saber qué manos la rasgan ni dónde está el otro extremo», afirma José M. Eguren.
Según el refrán latino, «el lenguaje es el espejo del alma». Conocer el alma de las palabras, chispa, espíritu, su sagrario, despierta la pasión por indagar en el origen del ser. Amar el lenguaje es el acto más religioso del ser humano. Para Hildegard von Bingen, «el mal uso de la palabra es una acción demoniaca», según le dictó la Luz Viviente.
Hay quienes no sólo utilizan las palabras, viven por ellas; su casa es el lenguaje, su fin. Con el lenguaje se canta y quien lo hace es invencible; se interpreta el caos; se llena el vacío; se hace real el mundo. El universo existe porque vive alguien para nombrarlo. El ser humano pone de testigos el cielo y la tierra aun cuando balbucea en soledad.
Este libro quiere acompañar a quienes buscan la conciencia de las palabras, compartir el pensamiento de seres universales ―únicos por la manera como han puesto una palabra delante de otra para decir cosas irrepetibles― y reflexionar de manera pública sobre el lenguaje y la más pequeña y autónoma unidad de sentido, la más apasionante, evolucionada, misteriosa de las creaciones humanas: la palabra. 
 
Introducción a Redacción en movimiento (Editorial Praxis, México, 2015)