Suicidio racista

Fuego Itzeel Reyes

Fuego, de Itzeel Reyes

 

 

Cecilia Amaro

Adriana insiste en que nos veamos. Quedamos para hoy a las cinco. Estoy tentada a cancelarle de nuevo. No quiero verla. Le dije que pasaría por ella a su casa. Pero, simplemente me rehúso. Esta vez no tengo excusas. Más vale cortar de tajo. Le pediré que nos veamos una hora después porque se me hizo tarde. Así, su impuntualidad de siempre no tendrá que ser disculpada. No, no, de todos modos sus diez minutos de rigor no pueden faltar. Me dejará plantada en la puerta de su edificio, pondrá alguna excusa: que no encontraba su bufanda, que su chamarra estaba descosida. Ay, mana, perdón es que la pinche pendeja de tu amiga se lastimó la mano y ahí me tienes de córrele por la pinche venda. Y yo con risa tímida y amistosa: no te preocupes. Cada vez que habla, es inevitable ver sus labios gruesos partidos, sus mejillas rosadas con pequeños granos y sus ojos de camello retorciéndose mientras se disculpa. Y pos ¿a dónde vamos, mana? Como si desde un inicio no supiera a dónde acordamos ir. Mana. Desde la preparatoria, a todas nos dice mana. ¡Mana!, qué asco. ¿Cuándo evolucionará su lenguaje? Hoy toca el nuevo café que está frente a su casa. La última vez que hablamos se sorprendió de que no lo conociera. Le dije que no solía pasar por ahí

—No mames, ¿por qué?

—Pues, no tengo a qué ir.

—Tienen unos pasteles, mana, de no mames, divis, divis y rebaras.

Para ella sólo existe su cuadra y cree que es tan famosa que estamos obligados a saber lo que hay. ¿Por qué accedí a verla? Nada me costaría inventarme que me llamaron del periódico. Será mejor soportar sus preguntas y respuestas predecibles, y después vacaciono de ella. ¿Y cómo has estado, mana?, ¿cómo están tus papás? Ay, mana no los abandones. Yo, pos qué te digo, pos bien, mana. El lugar, como siempre, no es la gran cosa. Con ella el tiempo pasa más lento que nunca. Y entonces, vocifera la grandiosa idea de ir a su casa. Una de las cosas que detesto de su edificio es la humedad oscura. Parece edificio de inmigrantes, poca luz, el eco intermitente, vidrios rotos, macetas con plantas marchitas. El edificio no es grande: tan sólo tres pisos y unos seis departamentos, lo suficiente para decir que es horrible.

—Ya no te conté, mana. Pero los vecinos del fondo tuvieron un pedote.

—¿Qué pasó?

—Ahorita, ya está todo calmadito. Ahorita te cuento todo el chisme, mana, con nuestros pastelucos. Espérame, mana. A ver si la casa está decente para que entremos.

¿Decente? La última vez que entré a esa casa era igual a la de hace diez años. Lo único nuevo fue el piso de madera falsa que colocaron en la entrada. De ahí en fuera el tiempo se encargó de reducir su pequeño departamento a…

—¡Ya, mana! Pasa. Está decente, sólo disculpa que huela tanto a cigarro.

Ay, Adri, Adri. Tu madre debió mandar diario una carta a la escuela disculpándose de que llegaras con el uniforme oliendo a cigarro. Estimado director: le mando a mi hija con el uniforme completo, y bañada en nicotina. No la culpe. Atte.: Rosario, la fumadora compulsiva. Quizás eso te habría librado de varios reportes por fumar en los baños. La primera vez que conocí a la señora Rosario, me saludó con una bocanada y desde entonces ese saludo es tradicional con sus cigarrotes dorados. ¡Ay, Daila! ¿Cómo estás, hijita? Yo muy bien, ya sabes, con mis dolores, pero ahí voy, gracias a Dios. ¿Y tus papitos?

—¿Ya no vives con ellos, verdad?

—Eh, no, no, ya no…

—¡Ay, hija! Bueno, pues cada quien.

—¡Ay, mamáaaaa, déjala!

—No, pos si yo no dije nada, mamita.

—Trajimos unos pastelitos.

—¡Qué bueno! ¡Qué rico!

—¿Qué bueno? Chale, mamá. Al menos di provechito. Voy por unos platitos, mana.

Su casa, como ellas, no cambia en nada salvo que tiene los regalos de la navidad pasada. Tienen tres sillones y sólo uno es funcional. El resto, ropa, cajas y plantas. No hay manera de pasar del comedor a la sala. ¿Por qué se les ocurrió poner un purificador de aire en medio del paso? Me da miedo que al moverme pise algo o tire sus hermosísimas plantas, ecosistemas caseros o como sea que Adriana les diga. Cada vez que veo a la mamá de Adriana, se me revuelve el cerebro y queda en un estado comatoso. Las preguntas salen de mi boca de manera mecánica.

—Y… ¿cómo sigue de sus dolores, señora? ¿Está en tratamiento?

—Sí, fíjate que antes me inyectaban cortisona. Es maravillosa pero muy mala si uno abusa; eso le pasó a Lupita Dalessio. Por tanta cortisona para abrirle la garganta y que pudiera cantar, la pobre está gordita y así hay muchas artistas. Fui con otro doctor y me dio una pastillita; me la tomo diario y ya; ah, y bueno, mis chochitos, y mira, feliz, santo remedio de Dios; ya subo y bajo. Este doctor con puros chochitos me limpió de la cortisona y me la sacó muy rápido, Bendito Dios. Por eso estaba más gordita; ahorita, pues esto ya es genético, ¿verdad?

—Mana, usted perdonará pero no tengo espacio para comer en el comedor, ¿te molesta que comamos en la sala?

—Disfruten sus pastelitos. Hija, estás en tu casa.

Hija… ¿Para qué acepté? Esa señora loca insiste en que es mi casa. Debí invitarla a mi casa o enseñarles cómo deshacerse de tanta basura. ¿Cómo se atreven a ver la televisión con un mueble atiborrado de algodón, clínex, barnices, cajas de medicamentos, café y papeles amarillentos? Adriana y sus gustos nacos. Todo lo corriente, a mi paladar, le encanta. Pregona que esos pasteles son divis, divis, la última vez dijo lo mismo y la cubierta de chocolate parecía envoltura de celofán con relleno, según de avellanas, que sabía a cacahuate con manteca. Y quería darme a probar el de ella. Una bola que parecía vómito de bebé o batido de huevo con azúcar.

—¿Cómo va la chamba, mana?

—Bien. Estoy trabajando para un periódico virtual. Me pagan por artículo. Creo que está bien. Voy empezando, llevo dos artículos de cultura y necesito uno sobre sociedad.

—¡Qué chido, mana! Ahí luego me dices pa’lerte.

A ella, al igual que a su madre, hay que soltarle todo de un jalón para que dejen de fregar y hablemos de otras cosas. Porque, ay, ¡cómo les encanta vivir de la vida del otro! Espero que esta vez no me saque a su amiga rechoncha, que la mandan a ver puro desangrado de Iztapalapa.

—Ay, mana. Estoy bien pinche harta, porque es un relajo, y ve aquí y ve acá y ve allá. No sabes. No hay chamba. Es que neta, piden pura pendejada. Experiencia mínimo de cinco años por cinco mil, ocho mil pesos y es hasta casa de la chingada…

—¿Hasta dónde?

—Pues zonas piteras, mana. Puedo ser pendeja, pero me vale; no pienso exponer mi vida. Capaz y me meten un plomazo para quitarme mi cel; ya sabes: en uno de esos pinches peseros… No, mana, no.

—Oye, cambiando de tema, cuéntame ¿qué pasó con tus vecinos de abajo?

—Ah, sí, mana. Pues resulta que el vecino es gay. Y lo acusaron de violación y homicidio. Y todo pasó aquí abajo. Se escucharon gritos, había sangre en la puerta y en el pasillo de abajo. Pero bien feo, mana. Aquí abajito viviendo con un asesino, y don Pepucho era buena onda pero siempre traía chavitos. Bien feo.

—Y ¿qué pasó con él?

—Quién sabe. No sabemos nada de él. Desde ese show, no ha regresado, ni nada. Ya hasta limpiaron todo.

—¿Y qué hicieron cuando escucharon los gritos? Ya me imagino a tu mamá.

—Nada, mana, es que nosotras estábamos en Cuernavaca con mi tía. Nos enteramos por la comadre de mi mamá.

—¿Puedo pasar a tu baño?

Cuando creo que dirá algo interesante, siempre sale con su batea de babas. Yo no sé para qué le sigo hablando. Sentarse y ponerse de pie es toda una travesía. Para ir al baño hay que cruzar un pasillo poco iluminado. Temo que se caiga el librero con sólo pasar por ahí. Libros, revistas de chismes, diccionarios del siglo pasado, manuales de música, cajas de medicinas y pomadas, un cortaúñas, palillos y una bolsa de globos. Debí alargar la conversación por whats para no verla.

En esa ocasión, la puerta del baño estaba abierta, con la luz encendida. Había montones de ropa, una lavadora cubierta con un plástico roto y empolvado. La regadera, con humedad protuberante y llaves oxidadas, de tendedero. Había un supuesto tocador atiborrado de botellas, cajas vacías de cigarros, paquetes de papel higiénico, revistas, Almanaque mundial de 1993 ¿1993? Semillas de girasol negras. ¿Para qué quieren esas semillas? Hacía años que se le murió su loro. Botellas de insecticida, que tuve flojera de contar. Jalé la palanca del retrete para fingir que lo usé. Qué estúpida me vi. Tuve que lavarme las manos en un lavadero de piedra. Menos mal, había jabón líquido. De entre todo el montón de ropa, había toallas, pero preferí secarme con mi pantalón. Cuando apagué la luz y estaba por cerrar la puerta, la señora Rosario me miró con terror y me dijo que encendiera la luz y dejara la puerta abierta. No pude evitar imaginarme una invasión de cucarachas saliendo a mis espaldas.

—En esa esquina, mana. Unos chavitos se ponían ahí todas las tardes. Mi mamá y yo vimos su historia de amur, desde amigos hasta que rompieron, ¡imagínate!, bien mono todo. Desde las seis o cinco venían a esta esquina. Y pues, primero ya sabes, ¿no? Típico de las parejitas que no sabes cómo entrarle; se veía que él no quería nada, pero ella sí. Así fueron varios días, como que queriendo y no la cosa. Ella se le acercaba cada vez más. Un día ella le regaló un balón de basquetbol; cuando se asomó mi mamá los vio besarse y me gritó: ¡ay, Adrisita, ya le dio el sí! ¡El negrito y la güerita ya son novios! Ella los apodó Los Duvalín. Entonces, así estuvieron un buen de tiempo; duraron un buen. Pero, quién sabe qué pasó. Hace un par de semanas desaparecieron. Mi mamá sabe rebien todo el chisme.

—¡Mamá, cuéntanos la historia de Los Duvalín!

—Ay, esos peques, bien mona la parejita.

—Ay, sí, mana. Pero a ver, échale chisme completito, mamá.

—No, Adrisita, no es chisme, es lo que es. Se cuenta lo que se es. Chismes no.

—Ay, mamá. Cuéntanos la historia.

—Resulta que esa parejita…

—Los Duvalín, mamá, Los Duvalín.

—Por eso, ahí voy. Bueno ¿me dejas o no me dejas contar, mamita?

—Pos cuenta, ya me callo.

abrazo_1 Itzeel Reyes

Abrazo, de Itzeel Reyes

—Esa parejita se conoció en el metro, y siempre quedaban aquí en la esquina para reunirse, porque era el punto medio para sus casas; entre platiquitas y eso terminaron de novios. Una tarde, salí aquí al balcón. Eran como las cinco. Esa vez Adrisita se iba a ver al Johnny. Y ya como que queriendo y no, que veo cómo le planta un beso él a ella. Bien monos. Y ya cada vez que se iba Adrisita me asomaba y los veía besarse, abrazarse y se daban regalitos de Zara, Bershka y Martí. Un día ella le regaló un balón de futbol.

 

—De basquetbol, mamá.

—No, ese fue el otro que le regaló. Primero le regaló uno de futbol y después el que tú dices, Adrisita. Bueno, un día me asomé y como nunca: la calle silenciosa. Y dije ¡ay, qué rico! Todo tranquilito, se veía bien bonito el parque. Y en eso, escucho unos gritos de jovencita: me tienes harta, no te soporto, lárgate. Vi que era la güerita con el mono negrito. Y el pobrecito se quedó todo paralizadito. Y ella se fue así, corriendo.

—Y… ¿usted cómo sabe que se conocieron en el metro?

—Ah, porque resulta que mi comadre Martita tiene una prima que vive aquí a tres calles, Lupita; pues la güerita de la esquina era hija de Lupita.

—¡Ay, mamá no le digas la güerita de la esquina: se escucha feo!

—Pues estaba güerita y estaban ahí, en la esquina, Adrisita. Y ese día que se puso a gritarle de todo, hasta de lo que se iba a morir el morenito mono. Ese día, ella se suicidó. Y es que dice Martita que la hija de Lupita era racista y que no aguantó más salir con el negrito y se suicidó.

—Así, bien feo, mana, imagínate. Además, te dijo tu comadre que estaba en tratamiento psiquiátrico, ¿no?

—Ah, sí, porque eso de ser racista es una enfermedad mental. La metieron a terapias y a muchos sanatorios, y ya al final, la Martita le ayudó a Lupita, para pagarle otro tratamiento allá por Tlalpan. Tenía medicamentos controlados y mira cómo acabó la güerita.

—¿Y cómo se llamaban?

—¿La parejita? Ah pues ella Mariana y él Alberto; lo supe porque en ese entonces el tío de Joaquín, de un vecinito, puso un puestito de churros y ellos, Mariana y Alberto, siempre le compraban.

—¿Y cómo supo el tío de Joaquín que así se llamaban?

—¡Ay, Adrisita, porque los escuchó hablar! Es como yo siempre que te digo Adrisita o Adris; aquí todo mundo sabe cómo te llamas, pues así Mariana seguro le decía Beto o Albertito.

La novia racista, ideal para una nota. Hay que hacerlo dramático. Me largo para escribir la nota y si hay que hurgar más, aquí están los archivos muertos a la mano.

—Bueno, Adri, mejor me voy; debo trabajar.

—Ay, mana, usted siempre tan responsable.

—¿Ya te vas, hija?

—Sí, todavía hay trabajo pendiente.

—Ojalá vengas más seguido, mana, está padre vernos.

La nota, esa nota es mía. La nota está ahí: Chavita racista se suicida. ¡Magnífico! Necesito fotos. Bueno, esas no importan, siempre hay manera de hacerlo. Se suicida chavita racista. Todos los muertos por balazo se parecen; sólo hay que cuidar que sea mujer. Nadie notará si es güera o no: la sangre es pareja. Chavita: racista y suicida. Si fue tiro en la cabeza de todos modos terminan negros los pelos. Es lo que vale… No hay que pensarlo más: Suicidio racista.

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Humano soy y nada humano me es ajeno: Sobre El miedo lejano y otras fobias de Juan Antonio Rosado

El miedo lejano 1

 

Asmara Gay

 

Cuando cerré el libro de Juan Antonio Rosado, El miedo lejano y otras fobias, no sabía bien a bien por dónde empezar a comentarlo. Tanto en el prólogo escrito por Karina Castro y Janine Doufour, como en algunas reseñas que había leído sobre la obra, todos los autores coincidían en el carácter heterogéneo de los relatos. Sin duda, esto es cierto, si tomamos en cuenta la diversidad tanto temática como de modalidad literaria con que Rosado construye sus cuentos, pues en este libro podemos encontrar sátiras, fábulas, relatos fantásticos, históricos, de ciencia ficción, realistas, eróticos, existenciales e incluso experimentales.

Dicen las prologuistas: «De la única manera como puede clasificarse esta obra es sólo como un libro de narraciones, y su unidad radica en el trabajo artístico de la escritura». Trabajo artístico, por cierto, que puede contemplarse estructuralmente en cada relato y, a la vez, en la propuesta estructural del libro en sí que nos da el autor. El miedo lejano y otras fobias es un libro de veinte cuentos escritos a lo largo de 35 años y que en la presente edición se divide en tres partes: «Sobre el tiempo», que contiene cuatro relatos, «De la urbanidad», que incluye siete, y «De la pureza» que tiene nueve.

Por supuesto, hablar del trabajo artístico con que Rosado compone sus cuentos implica muchas cosas; esto no sólo se refiere a la construcción sintáctica (frases, oraciones, secuencia de párrafos, fragmentación del discurso o de su lógica), o al esmerado trabajo en los diálogos, ya sea que haga uso del indirecto libre o los redacte en su forma tradicional. Este trabajo artístico atraviesa, pues, no sólo el lenguaje, sino que su mayor valor radica, pienso, en la conciencia artística. Desde que Rosado tiene la pluma en la mano, o para ser más modernos, la computadora, sabe cuál es la intención que tiene al elaborar cada relato y cómo redactarlo para que el lector comprenda esta intención. La intención, como se intuirá, también es diversa en cada obra, y así volvemos a hablar de la heterogeneidad de El miedo lejano y otras fobias, ya que a veces esa intención es lúdica; otras veces crítica; otras, humorística; otras, reflexiva, y otras, un atisbo a la condición humana de sus personajes.

A pesar de cuanto se ha hablado sobre la heterogeneidad de este libro, pienso que podemos hallar otro elemento de unidad, además del que nos proporcionan las prologuistas. Esta unidad está comprendida en el título mismo del libro: El miedo lejano y otras fobias. El autor, como lo han hecho otros escritores, bien pudo poner por título El miedo lejano (que es el nombre de un cuento de esta antología) y otros cuentos. Pero no lo hace, no escribe «El miedo lejano y otros cuentos», sino El miedo lejano y otras fobias. Al titular de este modo su libro, Rosado nos confiere implícitamente una guía de lectura. Nos está diciendo que «El miedo lejano» es una fobia y que los otros cuentos que incluye el libro pueden leerse como representaciones de fobias.

El cuento «El miedo lejano», que Rosado dedica al escritor hidalguense Agustín Cadena, narra la historia de Enrique, un joven de 21 años que acaba de terminar una relación amorosa con Alejandra, y que al tratar de alejarse de sí mismo y del vacío existencial que siente sale a dar un paseo a las seis de la mañana el 19 de septiembre de 1985. El marco histórico del cuento es, por supuesto, el trágico terremoto de aquel día y que a nosotros nos recuerda también el cercano terremoto acontecido en nuestro país el 19 de septiembre de 2017. Sin embargo, la aventura por la que atravesará el personaje está distante de la solidaridad que se sintió por parte de la población en ambos terremotos. Lo que encuentra Enrique es la miseria humana. Una niña de menos de doce años será su guía en esta andanza. Pero la niña está lejos de la inocencia. El cuento finaliza con una reflexión de Enrique sobre la vida:

Largas bocanadas te hacen pensar en la vida, en el conjunto de la vida, que es muchas veces más fantástica, inverosímil y absurda que toda la literatura. Ni tus nervios ni tu nuevo miedo se calman. Sólo el miedo, ya lejano, a la soledad. Ahora imaginas lo que hay y lo que ya no hay ni nunca habrá fuera de ti, en los otros, en los barrios devastados por la naturaleza y por la negligencia de los ingenieros que utilizaron plastilina para construir edificios. Con toda esa carga de nerviosismo, piensas llevar el absurdo al extremo y continuar tu pesquisa por la chingada, en medio del humo del cigarro y esperando que la luz llegue para buscarla mejor, tal vez afuera, con los demás, con los que removían escombros para encontrar cuerpos con vida o cadáveres, con la ciudad que te reclamaba, que intentaba sacudirte de tu letargo, porque tu vida, desde hoy, ya no es sólo tuya.

El miedo lejano, la fobia a la soledad, llevó a Enrique a conocer la miseria humana. Pero esa misma fobia le proporcionó, paradójicamente, una tenue luz, pues entiende que su vida ya no es sólo suya, porque su vida, la vida de cada ser humano, está íntimamente relacionada con el actuar de los otros.

El libro comienza con un relato al que su autor titula «Luces opacas». En este oxímoron hay una nueva fobia: la fobia humana a la oscuridad y a lo desconocido. Los personajes de este cuento regresan, no sabemos de dónde, por una estrecha e infinita carretera. En medio del camino se detienen porque Elisa necesita con urgencia hacer una parada para ir al baño. Como no vuelve, las otras mujeres que van en el carro salen a buscarla. De este modo, se verán conducidas por Elisa, cuando la hallan, por un oscuro bosque hacia lo desconocido. Dice la narradora al final:

De pronto, nos vimos en medio de un paisaje lunar, lleno de rocas, la mayoría de ellas de origen volcánico. El viento soplaba con insistencia. Elisa volvió la cabeza: no había brillo en sus ojos. Con una sonrisa cadavérica y un rostro cada vez más pálido, empezó a internarse en la espesura de lo que parecía un inmenso bosque. La ya de por sí poca claridad del cielo fue perdiéndose en la medida en que nos internábamos en la incertidumbre de la vegetación. Nada comprendíamos. Sólo estábamos seguras de que seguir a Elisa era el único camino.

Seguir a Elisa es, desde mi punto de vista, seguir al mismo Juan Antonio Rosado a entrar en su libro. Es una invitación a un viaje, pero este viaje, iniciático, que nos proporciona el libro, de ninguna manera será cómodo, pues el autor nos ofrece un camino oscuro que no todos los seres humanos desean explorar, aunque la misma oscuridad sea parte de la existencia humana.

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De derecha a izquierda, Cecilia Urbina, Asmara Gay, Edmé Pardo, Juan Antonio Rosado y Federico Ballí en la presentación del libro El miedo lejano y otras fobias, de J. A. Rosado, el 7 de diciembre de 2017, en Casa Lamm.

Si se acepta el viaje lector al cual nos invita Juan Antonio Rosado, encontrará las otras fobias representadas en los cuentos del autor: la fobia a cuidar lo esencial del alma por ir en pos de la modernidad («Florido laude»), la fobia a la represión sexual («Ojo triangular»), la fobia al desamor («Dulce flagelo»), la fobia a la diferencia («La uva y el dominó»), la fobia a la identidad («Prótesis» y «Revelación»), la fobia a la monotonía («Vuelta de paseo» y «La importancia del condimento»),  la fobia a la familia («Réquiem por Melisa»), la fobia a la vida («Ecce homo»), la fobia a la crítica, a pensar por uno mismo y a la libertad (presentes en la mayoría de los cuentos). De manera evidente o apenas sugerida, en los mismos personajes o en diálogo con el lector, estas fobias encarnan parte de una realidad humana que la sociedad siempre trata, de algún modo, de ocultar.

De cuento a cuento, de fobia a fobia, el mundo narrativo de este libro se desenvuelve de la luz opaca a la ceguera total. El libro termina con una versión moderna de «El traje nuevo del emperador», recopilado por Hans Christian Andersen, pero en el cuento de Rosado, llamado «La roncha canina», la revelación de la desnudez de la pareja real por parte de una niña no provoca lo que en el cuento de Andersen: que el pueblo abra los ojos ante la tontería que estaba haciendo el emperador. En «La roncha canina», el pueblo cierra los ojos, acepta la tontería de la pareja real y se forma con los sastres para pagar por un invisible vestido como el que llevan los reyes. Desafortunadamente, la tontería nos ha alcanzado a todos, parece decirnos Rosado con su final: «Y así se cuenta y se vuelve a contar este cuentecito de nunca acabar».

Y es este final el que de alguna manera también nos lleva de regreso al inicio de esta obra: «Y así se cuenta y se vuelve a contar este cuentecito de nunca acabar» trasciende el tiempo y al propio relato. Cada uno de los cuentos podría contarse de nuevo como un reflejo de la realidad, antigua y moderna, del ser humano, pese a que los relatos están inmersos en el ámbito de la ficción y en un tiempo interno en particular.

De este libro también podrían comentarse otras cosas, por ejemplo: las lecturas del autor que están en los relatos, y que nosotros, de forma detectivesca, podríamos descubrir como intertextos o influencias: Juan García Ponce, Sade, Dante, Freud, Salvador Novo, Marx, Nietzsche, Arreola, Cortázar, García Márquez, Kafka; la lista es interminable, porque Rosado es un erudito, aunque sus cuentos, por fortuna, no caen en una prosa pesada y superficial, sino todo lo contrario: es moderna, crítica, irónica y acerca de la vida cotidiana. Se podría hablar también de la experimentación en su narrativa: del encabalgamiento de descripciones de algunos narradores con las meditaciones de sus personajes, de la yuxtaposición de la realidad con el mundo onírico en otros, sobre cómo algunos cuentos caen en el terreno del ensayo, o cómo se suprime el tiempo y, aun así, éste se vuelve cíclico; cómo da una vuelta de tuerca, no sólo al final de los relatos, sino en los diálogos y en la narración misma; cómo la paradoja habita en muchos cuentos y, con todo, el universo que ha creado el autor se mantiene verosímil; se podría hacer una analogía del libro con un laberinto: cada cuento puede entenderse como un pasadizo confuso sobre la vida humana, o hablar acerca de cómo los personajes son intemporales, y de tantas cosas más. Simplemente, a cada uno de nosotros nos llevarían muchas páginas comentar todo lo que hay en el libro.

Me quedo pues con la lectura de las fobias, sobre todo porque al mismo Rosado le he escuchado decir tantas veces que uno no saca sus demonios en la literatura, sino que en ella crea más demonios. En esto, Rosado siempre ha sido claro y se comprende entonces por qué en el cuento «La hormiga y la cigarra» (una versión moderna, lúdica y lúcida de la antigua fábula) cita a Terencio: «Humano soy y nada humano me es ajeno». Antiguas y permanentes fobias humanas están en esta obra y quienes la hemos leído esperamos una lectura inteligente, ya que —como el autor refirió hace poco en una entrevista—: «El escritor ejerce su profesión para quienes leen y nunca para quienes no lo hacen».

Esta afirmación se entrelaza con lo que leí recientemente en la columna sabatina del escritor mexicano David Toscana en el suplemento Laberinto del periódico Milenio. Dice Toscana:

Me extraña que lectores de obras maestras sepan comprender a los personajes literarios apenas en las páginas de los libros y se vuelvan de mente y juicios ordinarios a la hora de mirar eso que llaman “la vida real”. Si un lector no considera que la literatura es también parte de la vida, de la realidad, de su yo, de su experiencia, si no acepta que las buenas novelas son alimento del alma y de la inteligencia, tons ¿pa qué lé?

Si un lector no aprende nada sobre las pasiones humanas cuando lee a Chéjov y apenas le parece un cuentista chistoso, tons ¿pa qué lé? Si un lector no sabe acometer alguna aventura quijotesca o al menos respetar a quien lo hace, tons ¿pa qué lé? Si después de leer Madame Bovary o Anna Karenina continúa con juicios ordinarios sobre la infidelidad de su mujer, tons ¿pa qué lé? Si luego de leer a Dostoievski no acaba por darse cuenta de los matices que tiene cada historia, cada vida, cada persona, de las razones que parecen maldades o las maldades que parecen razones o las bondades que parecen maldades o las maldades que parecen bondades, tons ¿pa qué lé? […] Si usted, amigo lector y usted amigo escritor, es de los que leyó Desgracia de Coetzee, Stoner de John Edward Williams, Muerte en Venecia de Thomas Mann, Lolita de Nabokov, La casa de las bellas durmientes de Kawabata y reacciona ante las noticias haciendo los mismos comentarios y juicios que una abuela católica iletrada, tons ¿pa qué lé?

Así, cada uno de nosotros abra su mente y déjese llevar por este viaje lector, comprenda lo que de humano hay en los relatos y observe, como si estuviera ante un espejo, la oscura humanidad que nos abarca. No se quede impasible después de leer El miedo lejano y otras fobias, no cierre el libro diciendo, como el personaje Susanita de la historieta Mafalda: «¡Qué barbaridad!»; pertúrbese, inquiétese, acepte la invitación que Rosado nos hace para entrar en una reflexión profunda, pues usted, como Terencio, como Rosado, como yo, como todos, humano es, y nada humano nos debería ser ajeno.

 


Texto leído en la presentación de El miedo lejano y otras fobias, el 7 de diciembre de 2017 en el Salón Tarkovsky del Centro de Cultura Casa Lamm.

Invitación JARZ

Desmesura: El miedo lejano y otras fobias, de Juan Antonio Rosado

Jaime Magdaleno

 

El miedo lejano 1¿Es probable o por lo menos posible que todos tengamos un “Destino de átomos”? Es decir: ¿existe la posibilidad de que todos los aquí reunidos orbitemos en torno a un centro o núcleo a partir del cual nos encontremos o alejemos indeterminadamente? Si esto es así, tal vez el núcleo de nuestras órbitas sea Juan Antonio Rosado. Concedamos lo anterior y ahora imaginemos que nuestras órbitas se disparan hacia un futuro incierto. Lo que solicito es que imaginemos, por favor, que en esta presentación un sujeto A conoce a un sujeto B (en realidad, pienso en que en esta presentación un hombre conoce a una mujer) y a partir de que entablan conocimiento uno del otro se enfrascan en un romance del tipo “Las dulzuras del limbo”. Los que hemos leído ese cuento de Juan Antonio Rosado sabemos que, si ése fuera el caso, las repercusiones de esta presentación se volverían gozosas para los participantes, quienes quedarían envueltos en un triángulo amoroso donde el hombre se convertiría en voyeur y la mujer desplegaría su sexualidad en compañía de otra, más joven y apetitosa.

Fin del primer despliegue de la imaginación.

Ahora vamos a un segundo despliegue: un sujeto A conoce a un sujeto B y a partir de que entablan conocimiento uno del otro se embarrancan en diferencias ideológicas insalvables, y eso los lleva a convertirse en enemigos irreconciliables, tal como acontece en el cuento “Tiro de gracia”, donde un anticlerical profesor de ética se enfrasca en una pugna con las autoridades de una universidad católica. Esta pugna culmina en una zacapela entre el profesor de ética y el gordo vicerrector de la universidad. En este caso, las órbitas existenciarias/imaginarias que girarían en torno del autor explotarían con el contacto de un otro totalmente ajeno y contrario al yo.

Ahora bien, si me he expresado con la desmesura digna de un personaje de Juan Antonio Rosado no es extraño, pues su libro El Miedo lejano y otras fobias tiene la cualidad de introducir al lector en un universo perturbador, inquietante, pero también lúdico y gozosamente experimental. De ahí vengo, y por eso en esta presentación de El miedo lejano me escuchan hablar así, desbordado y estimulado por los cuentos. En realidad, yo tenía pensado comenzar mi intervención con un texto más conservador, donde refería las circunstancias en que conocí al doctor Juan Antonio Rosado para, a partir de allí, resaltar dos virtudes o cualidades que distingo en él desde que lo conozco: la generosidad y la apuesta por la diferencia. Permítanme, por favor, presentarles ese primer texto que escribí para esta ocasión. Dice:

Buena tarde.

En cuanto recibí la invitación de Juan Antonio para participar hoy en la presentación de su libro El miedo lejano y otras fobias recordé el prólogo a Niebla, de Miguel de Unamuno, escrito por uno de su personajes: un tal Víctor Goti, quien expresa su confusión al tener que presentar a un autor reconocido, siendo él —me refiero a Víctor— un escritor sumido en el casi anonimato. Como sabemos, Goti no puede rechazar el ofrecimiento, pues los deseos de Unamuno son para él “mandatos”; además, le parece conveniente que sean los escritores desconocidos los que presenten a los conocidos, dado que un libro se vende sobre todo por el “cuerpo” antes que por el “prólogo” de un escritor anónimo. Por si fuera poco, de acuerdo con Goti, es enorme ventaja para el desconocido presentar al reconocido, para así darse a conocer en la República de las Letras.

Sin adentrarme en el análisis de la intención de Miguel de Unamuno al obligar a uno de sus personajes a presentarlo, por el momento sólo refiero el dato, pues justo lo que acabo de parafrasear sobre los dichos de Víctor Goti fue lo que pensé y sentí al momento de recibir la invitación de Juan Antonio Rosado. Y es que, aunque él no lo sepa —por lo menos no de manera explícita— sus deseos literarios son para mí “mandatos”. Ahora bien, ¿de dónde viene ese ascendente moral del doctor Juan Antonio Rosado sobre mí? Informo y aclaro: de la generosidad con que siempre ha considerado mi trabajo, mis ideas, mi prosa. Generosidad demostrada desde aquel seminario de titulación al que acudí con un proyecto rechazado una y otra vez por ciertas sensibilidades exquisitas de esta escuela, quienes consideraban que un trabajo sobre el narcocorrido no podía elaborarse en esta Facultad de Filosofía y Letras. El doctor Juan Antonio Rosado no sólo estuvo de acuerdo con la idea y la posibilidad de elaborar este proyecto, sino que se ofreció a asesorarlo. Así pues, fue mi director de tesis, aunque ahí no acabó el asunto: cuando me aventuré en la publicación de una novela titulada —para horror de las mismas sensibilidades delicadas—, Diatriba [para tus nalgas] en Bildungsroman, Juan Antonio tuvo la curiosidad de leer ese esperpento e incluso se atrevió a redactar una reseña que publicó en su columna crítica del suplemento La Cultura en México. Como puede verse, de Juan Antonio Rosado sólo he recibido generosidad e inclusión; prueba de ello es el hecho de que la tarde de hoy esté yo hablando aquí, frente ustedes, siendo, como soy, un escritor casi anónimo, justo como se asume el personaje Víctor Goti, de Unamuno.

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De izquierda a derecha, Jaime Magdaleno, Francesca Gargallo, Federico Ballí y Juan Antonio Rosado en la presentación del libro El miedo lejano y otras fobias, de J. A. Rosado, el 30 de octubre de 2017, en la FFyL (UNAM).

No obstante, la generosidad de Juan Antonio no es gratuita: va siempre acompañada de una mirada y una voz crítica con las que despliega todo comentario, toda disertación, toda escritura. Esa mirada suya se fija, las más de las veces, en el lado oscuro de la luna, es decir: en los fragmentos, resquicios poco explorados de lo real, por lo que su escritura apuesta por la diferencia, por la diversidad, por la heterodoxia, por el lado contrario al canon. Tal vez por ello se interesó en un estudio sobre el narcocorrido y reseñó, también, una novela que se atreve a incluir la palabra nalgas en su título (¡sálvanos, oh Bloom, de tal sacrilegio al canon!). La apuesta por la diferencia es, pues, otra de las cualidades o virtudes de Juan Antonio Rosado, y ello se mira en los veinte cuentos reunidos en El miedo lejano y otras fobias: antología que comprende 35 años de práctica heterológica, tal y como describe la narrativa de Juan Antonio Rosado el escritor Agustín Cadena. La heterología de Rosado abarca historias como “Florido Laude”, cuento de ciencia ficción con tono fársico que sugiere lo mismo una crítica a los excesos de la quirúrgica de transplantes que a la sofística en torno a la medicina tradicional, o como “Ecce Homo”, relato de la crueldad donde la violencia extrema ejercida sobre un hombre, reducido inexplicablemente a ser un torso con cabeza, se mira gratuita para quien no ha sondeado en las posibilidades del odio humano: “Te voy a llevar a un barranco, jijo de la chingada. Te voy a meter en un basurero hasta que llegue alguien y te recoja para incinerarte con el resto de la mierda”. El registro narrativo de Rosado es amplio y en él cohabitan relatos de corte fantástico como “Luces opacas”, donde Elisa conduce a sus amigas a una región espectral semidantesca; narraciones existencialistas como “Vuelta de paseo”, en que un gris burócrata, Arturo Tulela, sustituye una aventura amorosa con una “rubia pintarrajeada que emitía vulgaridad”, con arriesgados descansos sobre el borde de una azotea, único sitio en el que Arturo encuentra paz y sosiego; cuentos intra-narrativos como “Ojo triangular”, donde una voz conduce a otra, y a otra, y luego a otra, hasta que la historia erótica de Luisa queda exhibida desde diversos registros. Por lo que toca al cuento que da título al libro, “El miedo lejano”, nos brinda el relato de un joven de 21 años destrozado por una ruptura amorosa. Después de una noche de insomnio, decide dar un paseo a las seis de la mañana de “un común y corriente 19 de septiembre”, sólo para terminar implicado en una historia de prostitutas y policías, robo y extorsión. El cuento, escrito después del terremoto de 1985 y leído 32 años más tarde, luego del 19-S de 2017, es actual por su factura, por su “léxico de la trepidación natural”, y por la situación de vulnerabilidad que vive el protagonista, no necesariamente por la ruptura amorosa, sino por el movimiento telúrico, por el virtual secuestro al que lo someten unas prostitutas y por la extorsión que sufre a manos de (¿quién más?) la policía judicial de la Ciudad de México

Agustín Cadena —según consignan Karina Castro y Janine Doufour en su bien documentado prólogo a la edición— ha dicho que Rosado es un autor difícil. En efecto lo es, aunque sólo para aquellos lectores anodinos que buscan la repetición ad nauseam del canon. Juan Antonio Rosado, en su Miedo lejano y otras fobias, se presenta como escritor en busca de una temática poco explorada en nuestro medio literario, que resulta incómoda a las sensibilidades más domesticadas, dando paso, a la vez, a una narrativa en permanente búsqueda de estructuras diversas y a una voz personal, sobre todo polifónica, y además polirrítmica.

Texto leído en la presentación de El miedo lejano y otras fobias, el 30 de octubre de 2017 en el Salón José Moreno de Alba de la Facultad de Filosofía y letras de la UNAM.

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Luces opacas

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Juan Antonio Rosado Zacarías

 

Lo único que podíamos distinguir en la más absoluta oscuridad era la luz de los fanales proyectada sobre la carretera llena de baches. A cada vuelta, en aquella sucesión caprichosa e interminable de curvas, los arbustos marchitos nos mostraban el aspecto incierto de la noche. Todo parecía infinito en la estrechez del camino. Llevábamos una hora sin música, en silencio, casi sin hablar y acaso aburridas de nosotras mismas, cuando Elisa empezó con su insistencia en bajar del coche. Se volvía a mí con los ojos bien abiertos y el largo cabello negro recogido, desparramando ansiedad infantil por los cuatro costados. Le pedíamos que esperara a que el tramo de curvas llegara a su fin para que pudiera bajar y hacer sus necesidades tranquilamente, pero no hacía caso: cada cinco minutos se obstinaba en bajar. Llegó a dar de manotazos en el aire mientras brincaba en el asiento trasero, en medio de lo que hubiera parecido la urgencia de su vida. Luz María, que ya reflejaba desesperación por las constantes curvas, comenzó a exasperarse por la insistencia de Elisa. Me daba gracia contemplar por el espejo retrovisor la nariz aguileña y ojos saltones, que parecían desprenderse de la tez morena como si tuviesen resortes. En un momento dado, después de amenazar a la tonta de Elisa con la soledad del camino si seguía repitiendo que estacionara el coche, Luz frenó con brusquedad, fingiendo que pretendía detener el vehículo. Escuchamos los rechinidos del caucho sobre el pavimento y de un instante a otro, casi sin darnos cuenta, la puerta trasera se abrió y nuestra amiga bajó con rapidez, se escabulló perdiéndose en la profundidad abismal que ni siquiera se vislumbraba detrás de los arbustos amarillentos.

—¡Ey, para el coche! —le ordené a Luz—; ¡Elisa se fue!

Luz María apagó el motor. Con el miedo de que algún artefacto pudiera golpearnos por atrás, puso las luces intermitentes. Pude observar su gesto de fastidio por el espejo retrovisor tras un largo quejido de Teresa, la copilota:

—¿Y ahora qué hacemos?

En principio, decidimos esperar a que nuestra amiga volviera, pero después de media hora no soportamos más y, preocupadas, bajamos. El frío nos congelaba los huesos, a pesar de las chaquetas, los pantalones de mezclilla y las bufandas de lana. Teresa era la única que andaba en camisa corta, sin sostén, mostrando el contorno de los senos pequeños. Luz abrió la cajuela y sacó una linterna.

—¿Para dónde se habrá ido esa loca? —preguntó Teresa con desdén. La dureza de sus ya de por sí rasgos duros y un poco masculinos se acentuó considerablemente.

—No tengo ni idea —respondí, echándome el cabello hacia atrás.

Después de unos minutos de silencio y expectación, caminamos hacia el lugar donde Elisa había escapado, a varios metros del coche. Una pendiente algo pronunciada, con un estrecho camino formado quizá por las pisadas de muchos campesinos durante años y años, era el único pasaje adonde nuestra amiga había podido dirigirse. Resolvimos bajar.

—Está muy oscuro. ¿No les da miedo? —Después de decir eso, Luz María arrojó la luz de la linterna al fondo de la pendiente. La vía para descender se bifurcaba en medio de matorrales, árboles mutilados y arbustos amarillos. Parecía que no había llovido durante años.

—Hay que buscar a Elisa —dije.

—¿Y si nos perdemos? —preguntó Luz.

—No podemos dejarla sola.

—Pues vamos…

—Ay, espérate.

—¿Qué te pasa, Tere?

—Me estoy congelando. Voy por mi suéter al coche.

Teresa regresó al coche y sacó un suéter de alpaca del asiento trasero. Su aspecto cambió después de ponérselo. Un poco en broma, Luz María le alumbró la cara. Lo intenso de la pintura café de sus labios hacía juego con la prenda.

—Bueno, bueno, ya vámonos —dije.

Abandonadas a nuestras emociones más contradictorias, a mitad de la negrura y el sonido cada vez más intenso de los grillos, el tiempo transcurrió con lentitud, sin que pudiéramos hallar ningún indicio de nuestra amiga. No había remedio: teníamos que volver al coche. Tal vez ella ya estaba ahí, esperándonos impaciente, y si no, tendríamos que darla por perdida y solicitar ayuda para regresar a la mañana siguiente.

—¡No sé cómo no pudo aguantarse! —le reprochó Teresa.

—Creo que tomó mucha agua —dijo Luz.

Dimos media vuelta y caminamos sin detenernos. El fulgor de la linterna se atenuaba conforme avanzábamos; los rostros perdían sus fisonomías y con la creciente oscuridad se volvían más vagos e inciertos. ¿Cuánto faltaba para llegar? «Una hora», dijo alguien a quien no pude identificar porque incluso las voces se confundían con el sonido de los grillos y otros bichos. No sé cuántos minutos pasaron, pero otra amiga, creo que Tere, volvió a preguntar: «¿Cuánto falta?» «No sé», respondí. Al cabo de otro largo intervalo de tiempo, en que el camino se hizo más recto y estrecho, interrogué de nuevo: «¿Cuánto falta, cuánto, cuánto falta?» Y escuché: «Paciencia; sólo dos horas». ¿Quién lo dijo? Imposible saberlo. Caminamos arrojando la escasa luz de la lámpara por aquí y por allá, una y otra vez, sin hallar ningún sendero definido.

El amanecer coincidió con la muerte de las baterías de la linterna, pero era un amanecer cuya luz resultaba distinta a la de otros amaneceres: una luz mortecina, débil, como opacada por la sequedad de los arbustos y la intensidad café de los troncos enanos, que combinaba con las áridas veredas, que a su vez conducían siempre a la misma tosquedad y antipatía de los arbustos.

—¿Que cuánto falta? —preguntó Elisa, a quien de repente descubrimos varios metros adelante de nosotras, con una especie de bolso de cuero colgado del hombro. Entonces supe que su voz había estado con nosotras durante una buena parte del trayecto.

—¡Elisa! ¿Pero dónde diablos andabas, loca?

Ni siquiera nos miró. Seguía caminando como si no me hubiera oído.

Pronto nos encontramos en una encrucijada. Elisa nos hizo tomar hacia la derecha. La vereda era pedregosa y medio ondulada. «¿Cuánto falta?, ¿cuánto falta?», pregunté. «Creo que como dos horas y media», escuché a Teresa. Pensé entonces en las luces del carro. Con toda seguridad estarán fundidas cuando lleguemos, si es que algún día llegamos. Al cabo de dos horas, Tere preguntó: «¿Cuánto falta?, ¿no saben? Tengo hambre». Luz María cree que aún faltan tres horas.paisaje

—Falta mucho más —dijo tranquilamente nuestra guía, Elisa, quien tal vez se burlaba de nosotras. ¿Adónde quiere llevarnos? Sólo responde cuando le preguntamos cuánto falta. Si tratamos de alcanzarla, se va corriendo y nos amenaza con escabullirse. Hemos arrancado muchas hojas secas, tan secas como nuestras gargantas. Alrededor sólo hay malezas, hojarascas, los mismos monótonos arbustos verdes o amarillos. Todo es desesperadamente igual. El sol ha salido por completo y puedo adivinar la hora. Nunca me gustaron los relojes…

De repente, nos vimos en medio de un paisaje lunar, lleno de rocas, la mayoría de ellas de origen volcánico. El viento soplaba con insistencia. Elisa volvió la cabeza: no había brillo en sus ojos. Con una sonrisa cadavérica y un rostro cada vez más pálido, empezó a internarse en la espesura de lo que parecía ser un inmenso bosque. La ya de por sí poca claridad del cielo fue perdiéndose en la medida en que nos internábamos en la incertidumbre de la vegetación. Nada comprendíamos. Sólo estábamos seguras de que seguir a Elisa era el único camino.

                                                                       .

«Luces opacas» fue escrito a mediados de los 90 del siglo pasado. Tal vez lo esencial de este cuento sea la atmósfera de ambigüedad e incertidumbre. Fue recogido en el libro Las dulzuras del Limbo con el título «Las luces opacas». Aquí aparece con leves modificaciones.

 

Vuelta de paseo

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Dibujo de Eduardo B. Rosado

 

 

Juan Antonio Rosado Zacarías

 

I

Sin pestañear en medio de la corriente de aire, observó el muro que rodeaba la azotea y se apresuró hacia él con los puños cerrados y el ceño fruncido. Subió con tranquilidad. Apenas un zapato cabía sobre el ancho del muro, en el borde del edificio, en el filo de cemento donde el inicio de lo que en otras circunstancias le habría producido un vértigo feroz fue domado por sus ánimos. El hombre se dejaba recorrer, bajo el cielo gris, por un regocijo lleno de ingenuidad. Un breve tambaleo lo ubicó sobre su ruta de equilibrista frustrado. Como una mano que se alarga para dejar caer los dados, la azotea parecía difundir, en toda su extensión, el revoltijo abrumador de hoteles, casas, rascacielos, calles, avenidas, personas, vehículos diseminados por una ciudad envuelta en humo, cuyos límites era imposible discernir. «Los hombres se ven tan minúsculos desde aquí, los coches tan insignificantes… Parecen bichos inofensivos. ¿Qué ocurriría si me cayera, si aplastara a alguna anciana o a algún niño? ¿Y si ese niño fuera mi hijo Mario, qué reacción tendría mi mujer? Es divertido pensarlo, sólo pensarlo. Ay, debo concentrarme. Cualquier pinche piedra puede hacerme resbalar y entonces… ¿y entonces? ¿Qué haría Marta sin mí? ¿Qué harían mis hijos? ¿Qué haría Mario, con su soberbia y falta de cariño?».

Caminó con lentitud. Un zapato se acomodaba frente al otro. Lograr el equilibrio con los brazos era retar a la muerte de concreto. Apenas se distinguían los cláxones y el ruido de los autobuses. El hombre escupió a la calle con desprecio y trazó en el semblante una sonrisa furtiva. «Ojalá mi gargajo se haya descalabrado en la calva de algún idiota». Volvió a contemplar sus pies apoyados sobre el azar, la separación entre luz y sombra, la conclusión en el pavimento que revoloteaba como avispa en el interior de su estómago: un leve tambaleo, una distracción y… «caer, no burlarse de la fuerza de gravedad; caer de este edificio, del trabajo, de la familia… Y esa maldita gente, ¿estará hablando de mí? Que se vayan a la chingada…».

—¡Pinche loco! ¡No nos vaya a aplastar!

—Hombre, casi ni se ve desde aquí.

—Mejor quítate, güey.

Esa mezcla de loco y cirquero que irrumpió en la normalidad de una tarde citadina dio unos pasos para adaptarse a su nueva situación sobre la barda de cemento. Se detuvo. El aire agitaba la breve melena y enfriaba el rostro desvelado. Se quitó el saco, lo colocó sobre el muro, planchó con la mano su corbata negra, programó la alarma del reloj y se tendió sobre el borde para dormir. Una pierna colgaba hacia la calle; la otra reposaba sobre el paredón. «Carajo… Tener que bajar después, continuar el trabajo en medio de escritorios, papeles, computadoras… Eso sí que es depresivo». El placer se tornaba más intenso entre más lo invadía la sospecha de que cualquier giro lo haría caer.

Al despertar, apoyó las piernas sobre la azotea. Detuvo la alarma, se puso el saco y bajó con torpeza las escaleras de caracol. Aunque no recordaba su sueño, en el ascensor experimentó un extraño sentimiento de armonía con todo lo que lo rodeaba. Esa noche recordó la hazaña como si se tratara de una vieja historia, o acaso de un sueño de la infancia, cuando su único deber era el placer, la ilusión por expandir durante meses los efímeros momentos de alegría.

 

II

Acostado sobre la cama, boca arriba, con las manos bajo la cabeza y la mirada clavada en el techo, Arturo Tulela dejaba que la modorra matinal tapizara sus párpados. Sus ojos —globos saturados de lagañas resecas— capturaban el techo, que le apresaba la conciencia y entumía sus músculos. Arturo se sintió cerca de lo que alguna vez consideró como perfecto: por fin compartía su espacio con una mujer. «Por fin trabajo en una oficina para vivir con dignidad». Por fin podía ver juguetear a sus hijitos en la sala. «Por fin duermo relajado frente a un televisor». Ahora estaba seguro de que el ciclo trabajo-vacaciones o tensión-recompensa se prolongaría hasta la jubilación. «No hay motivos para sentirme mal. Lo principal es tratar de ser como el resto de la gente. Mario no lo entiende. Sus ambiciones de ser rico y famoso lo van a decepcionar. La vida es dura y él no quiere terminar como yo, de gato en una pinche oficina. Su madre lo ha convertido en un chavo petulante. A sus doce años ya está echado a perder. Yo siempre quise ser héroe en las películas de sexo y violencia. Soñaba con las admiradoras pidiéndome autógrafos y me veía dándoles la mano a los políticos y directores. Mario no entiende que la vida es dura y me reprocha lo que soy. Más que un niño parece un adolescente. Su madre tiene la culpa de todo».

Sin embargo, aunque sabía que tenía lo necesario, Arturo sintió, sin poderlo expresar con claridad, que su vida era sólo una repetición invariable, incompleta, una vuelta en redondo —la expresión círculo vicioso lo deprimía— que se burlaba de sus anhelos y decisiones, de la pasajera felicidad.

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Dibujo de Eduardo B. Rosado

Tan pronto como acomodó las ideas, creyó olvidar todo; quiso levantarse, tomar el Metro como de costumbre, llegar a la oficina, fijar en el semblante la misma sonrisa forzada de siempre, comer, «seguir trabajando hasta la noche, regresar a mi casa, vencer la resistencia de mi esposa, desnudarla y luego dejarme desnudar por ella, acariciar sus nalgas y muslos, jugar con sus senos cotidianos y hundirme en su cotidiana vagina, en busca de un orgasmo cotidiano, todo a la orden del reloj tictac, tictac, tictac…»

Algo impedía el olvido: un hueco… El tiempo se hacía espeso, empalagoso, lento; el olvido de la noche anterior, patente. Le interesaba su estado: ¿cuál era el sentido de lo que había hecho?, ¿cuál el móvil que lo impulsaba a trabajar por una familia? Ninguno, sin dudas: «un hueco. Tal vez Mario pueda lograr lo que yo no logré… Pero quisiera que su desprecio se acabara. Yo nunca fui así con mi padre. Ahora, a mis cuarenta y ocho años, me doy cuenta de que siempre lo admiré y traté de imitarlo en todo. Creo que eso es lo normal, pero no en Mario. No sé lo que ocurrió para que el niño dejara de acercarse a mí como antes».

Arturo volvía a los años de infancia. Observaba la igualdad de gestos, actitudes y convicciones de quienes lo rodeaban. Vio sorpresas agradables, anhelos truncados… «Caray, qué flojera. Quisiera dormir toda la semana… Estoy harto».

En esos instantes Mario, con la mirada brillante y cierta inocencia en la sonrisa que alegraba un poco el triste uniforme escolar, salía de casa con un «hasta pronto» cuya agudeza resonó en los oídos de Tulela. A veces era incómodo para el niño regresar de la escuela por el camino más corto, ya que era necesario pasar frente al edificio donde trabajaba su padre, a quien, no hacía mucho tiempo, había visto —a través de la ventana de un restaurante— besarse con una rubia pintarrajeada, que emitía vulgaridad y mal gusto por los cuatro costados. Desde entonces la imagen de su padre se desplomó.

Mario nunca dijo nada. «¿Para qué alarmar a mi mamá? ¿Para qué decirle que su esposo la traiciona? Ella siempre ha sido celosa; ella misma se lo dice a mi papá: “soy muy celosa”…». Su madre lo despidió con un beso en la mejilla, que el jovencito recibió mientras Arturo seguía en la cama. Recordó cuando le propuso matrimonio a Marta —dispuesta en ese momento a preparar el desayuno de los otros niños—, y un retortijón invadió su estómago al evocar la respuesta: «está bien, ya lo pensé: vamos a casarnos».

Después de tanta indecisión, motivado por chispazos imaginativos, el señor de la casa intuyó con júbilo que el hueco que sentía podía llenarse. Arturo trabajaba mañanas y tardes, cinco días a la semana. Disponía además de tres horas para comer: de una a cuatro de la tarde. Al pensar en esas horas, surgió la solución de su malestar: ese vacío asfixiante, ese hueco —se repetía obsesivamente— podía ser aniquilado en aquel lapso de libertad.

Con inmensa gratitud, apartó las cobijas de la cama y se dio un baño caliente. Ya listo, se despidió de su mujer, quien estaba a punto de dejar a los niños más pequeños en la guardería.

—Se te hizo tarde, ¿verdad? —preguntó Marta.

—Sí. No pude dormir bien.

—¿Llevas boletos del Metro? A estas horas hay mucha cola.

—Sí, sí… ¿Ya le pusiste gasolina al coche?

—Antier llené el tanque.

Ambos se despidieron. Arturo caminó hacia la estación del Metro. Sabía que llegaría al trabajo con una hora de retraso, pero nada era tan importante como su descubrimiento. Durante el trayecto, lo acompañó una sola idea: huir de los escritorios, de las máquinas de escribir, de los informes, de las secretarias feas. Iniciaba una nueva vida. Su próximo alejamiento lo motivaba a ser amable, a ceder el asiento a una anciana —cosa que nunca hacía—, y, sobre todo, a ser tolerante.

¿Qué importaba ahora su fracaso? ¿Qué importaba no haber podido actuar en películas de acción? Sus compañeros de trabajo percibieron la alegría de un empleado que siempre llegaba decaído, triste o en una actitud tan indiferente como la de un gato que ronronea sobre un cojín después de un buen desayuno.

Detrás del escritorio, Arturo aguardó con ansiedad la hora de la comida. Aparentaba trabajar mucho, leer y anotar en papeles membretados, pero lo cierto es que sólo miraba —en su liberación de tres horas— una parte más del ciclo vital. Ese vislumbre no lo apesadumbró: ahora el ciclo estaba cerrado y debía, por ese hecho, sentirse feliz.

 

III

El reloj de la pared dio la una de la tarde. Arturo fue el primer burócrata en levantarse. Fuera del saludo y las palabras indispensables para el trabajo, no entabló nunca relación con sus compañeros. Como de costumbre, se dirigió a su restaurante predilecto. La rubia con quien solía comer para luego llevarla a un hotel cercano y hacerle el amor con frenesí antes de reiniciar sus labores, lo había dejado por otro. «Fue terrible que me lo dijera, pero que se vaya al carajo… Aun así la extraño».

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Portada de José Luis Cuevas

Ordenó lo de costumbre: una crema de frijol con chile chipotle, carne asada a la tampiqueña y un agua de horchata con bastante canela. Al terminar, puso la propina sobre la mesa, pero esta vez, en lugar de distraerse frente a los aparadores o leer las secciones deportiva y policiaca del periódico, se dijo: «me quedan dos horas y media», y volvió al edificio.

Con pasos largos alcanzó el ascensor, oprimió el botón y llegó al último piso. Aún subió por unas escaleras de caracol. Cuando se vio en la azotea, recordó la escandalosa alarma del reloj de cuarzo y decidió confiar en ella.

Se recostó sobre el borde del muro que rodeaba la azotea —el saco como almohada y la punta de la corbata señalando la calle—; giró lentamente el cuerpo, entre espasmos nerviosos. Volteó la cabeza: los coches eran hormigas. Un sentimiento de regocijo y terror brilló en sus facciones. Nunca antes había retado a la muerte. Se puso boca arriba, entornó los ojos, los cerró. Durmió como nunca y soñó en el centímetro que lo separaba de la vida. En eso, sonó la alarma. Una decena de nubes bajo un cielo gris que lo incitaba a regresar al escritorio, apareció ante su vista. Ni a su esposa ni a su hijo les comentó nada.

Los siguientes días fueron repeticiones del mismo cuadro. Como si los hilos invisibles de un titiritero lo movilizaran, Arturo ni siquiera alteraba la cantidad de comida ni la cantidad de propina ni la cantidad de pasos que daba hacia lo más cercano del cielo y de la nada. Sus estancias en la azotea se tornaron en un nuevo círculo que no pretendía abandonar.

Al cabo de una semana, alguien descubrió su manera de dormir: un peatón cuya primera reacción fue de miedo y después de indiferencia. Nada hizo para impedir que Arturo persistiera en su costumbre. No tardó en propagarse la noticia de que un extraño descansaba de ese modo, y a pesar de que casi no se distinguía desde la calle, varios fotógrafos intentaron imprimirlo en una placa.

—¡Caray! ¡Lástima que no hay edificios más altos!

—¡Lástima de nuestros lentes, dirás!

—A mí me robaron el zoom hace un mes.

A veces, llamado por la fuerza de gravedad, uno de los brazos colgaba del borde. La gente se congregaba para contemplarlo y algunos, como pasaban diario, comenzaron a llevar binoculares. El señor Tulela se convirtió en atracción del barrio, y hasta hubo un negocio que rentaba un telescopio para ver al «acróbata», de quien sus compañeros de trabajo no se enteraban, pues comían en la oficina. Cuando sonaba la alarma del reloj, como si pudieran escucharla, los curiosos se alejaban y el negocio cerraba. Poca gente especulaba sobre la vida y el horario del desconocido. No había policías ni chismosos. Cada día se veían niños, señoras y ancianos. Todos se preguntaban por el «acróbata», pero a nadie le importaba esperar a que saliera. Con el tiempo, el hombre del telescopio había reunido un importante capital y aumentó la tarifa.

Un día de marzo, después de casi tres meses de iniciado el «espectáculo», las autoridades acordonaron la zona, cerraron las calles a peatones y coches a pocas cuadras de ahí. Uno de los bancos cercanos había sido asaltado: tres muertos y seis heridos, dos de ellos de gravedad.

El hijo de Arturo tuvo que regresar a casa por la otra ruta, la que no tomaba desde el terrible encuentro con su padre y aquella rubia vulgar y desabrida. Pálido, el niño caminó hasta la avenida que cortaba el pasaje de su escuela y viró a la izquierda. «Ah, me dejaron mucha tarea… Mi papá no va a estar allí; lo sé… Pero si está con esa mujer ahora sí le digo a mi mamá, ahora sí…».

Al dar con la calle del edificio, vio una cola de gente que se turnaba un telescopio. Pasó delante del temido restaurante y sintió alivio al no advertir a su papá. El beso, los labios de su padre unidos a los de una extraña, lo habían hecho pensar en la falsedad de todo. Afortunadamente, esta vez no había nadie. Con seguridad, pensó Mario, su papá se había confesado con el padre Benito, el que lo casara hace ya quince años, o tal vez se había arrepentido.

Mario se formó en la fila hasta que llegó su turno.

—Tu cuota, chavo.

El niño pagó, tomó el telescopio y se lo puso frente al ojo derecho. Vio a un señor tendido sobre el borde del edificio, con una pierna y un brazo colgados. Ese señor, en segundos, se transformó en su propio padre. ¡Su propio padre! Mario quedó estupefacto. Un estremecimiento de incomprensión lo hizo apartar el ojo y volverlo a colocar, para asegurarse de que no era un sueño. Paralizado, hizo una leve exclamación y dejó el aparato. Se echó a correr sin dirección.

En ese mismo instante, dos compañeros de la oficina resolvieron buscar a Tulela. Se habían enterado de su costumbre por un aviso anónimo. Pero poco antes de llamarlo por su nombre y despertarlo cuidadosamente, los tres ya habían muerto.

Muchas historias se contaron sobre el destino del «equilibrista». Algunos insisten en que Tulela precipitó a sus colegas al abismo. Los tres se habrían impactado en el pavimento. Otros aseguran que un helicóptero chocó contra ellos. Sólo dos cadáveres habrían sido identificados. La mayoría piensa que Tulela continúa exhibiéndose en algún edificio lejano.

 

                                                                                   

«Vuelta de paseo» toma su nombre de un poema de Federico García Lorca. La primera versión data de 1986 y sufrió incontables modificaciones. El cuento se publicó finalmente en el suplemento Sábado (sección «El cuento de Sábado»), del periódico Unomásuno, el 26 de mayo de 2001, con ilustraciones de Eduardo B. Rosado. Después apareció en la revista Tropo a la uña (de la Casa del Escritor de Cancún), Año V, núm. 30 (mayo-junio de 2003), como adelanto del libro Las dulzuras del limbo. Posteriormente, fue recogido en Castálida, revista del Instituto Mexiquense de Cultura, núm. 51, primavera de 2014.

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Anclado

urban-1031304_1920Montserrat Jiménez Covarrubias

 

Miércoles 6 de julio

Incesante, giro los pulgares mientras observo la puerta de entrada. Suena la alarma: otra encuesta. Más trabajo para hoy, qué maravilla. Al principio eran entretenidas, pero después de la número 185, me di cuenta de que sólo era necesario escribir lo que deseaban leer. Ya tenía preparado lo que mandaría: más velocidad, más resistencia, más sabor, más comodidad… Al fin y al cabo, recibiría mi depósito fueran o no verídicas mis opiniones y sugerencias. Por fin el golpeteo de la puerta. Irresponsables. Media hora tarde. ¿Cómo no pueden predecir que uno se puede morir de hambre?

—Perdone la demora, señor. Esta lluvia nos ha retrasado mucho. Como compensación, la empresa le envía con su pedido…

—Sí, sí. Que no se repita la próxima semana.

Qué pésimo servicio… y todavía quieren propina. Gente incompetente. La lluvia sólo es un pretexto. ¡Ni que se fueran a encoger!

Jueves 7 de julio

Ayer actualicé mi inventario: cuatro cajas de leche, cincuenta y tres jugos de diferentes sabores (veinte de uva, trece de manzana, ocho de tamarindo, siete de mango y cinco de guayaba), junto a media docena de garrafones de agua. Haré un nuevo pedido: sólo hay cuatro latas de crema de elote y dos de frijoles. Si se terminan, ¿con qué voy a acompañar los embutidos? No sabía que quedaban tan pocos sobres de avena instantánea y de harina para hot cakes. Tengo suficientes huevos: cuarenta y seis sin contar los que se rompieron en el traslado.

En fin, los deberes esperan. Hasta para trabajar en esto se necesitan huevos: un par mezclados con jugo de naranja.

¿Desde cuándo es usted cliente? ¿Qué clase de pregunta es esta? ¿Para qué quieren saber, si lo importante es que he comprado el limpiador Maestro Limpio? Bien, si le pongo tres años, no sonará mal. Ya ni con una chica he durado tanto, ese calvito algo tiene. Quizá sean sus músculos.

¿Cómo nos conoció? ¡Y siguen con las preguntas estúpidas! Amistades, como tengo montones con las que conversar.

¿Utiliza Maestro Limpio en las actividades diarias de su hogar? Claro, hasta duermo con él. Siempre.

¿Cuál es su grado de satisfacción con el producto? Estoy completamente satisfecho, ¡hasta el clímax! Obvio no, sólo sirve para espantar el polvo. Prometía ser efectivo contra sarro y cochambre. Vanas mentiras. Parece que lo único que deja brillante es su pelona.

 

Viernes 8 de julio

Qué novedad, mis amigos de Facebook dan el reporte del clima. ¿En realidad es necesario publicar algo tan evidente? Vaya, todo está atestado con memes: «Con estas lluvias hasta sirenas te encuentras por las calles». ¿Criaturas míticas? Ja. «Por piedad, lluvia, ya déjame lavar». Pobres personas, sufren hasta por tener ropa limpia, mientras yo vivo a la perfección con mis siete mudas, siempre impecable y fresco. Lo sé, las maravillas del lavado en seco. Otra más… «¿Que una inundación? Pal Facebook». Cosas como esas delatan su necesidad de atención. Y mi favorita: «Genial, está lloviendo lluvia mojada». Creo que quedó claro, pero ¿a quién le interesa? A mí no.

Sábado 9 de julio

Se dañó el televisor. El ruido de la estática me pone irritable. Sin duda prefiero las risas de fondo. Risas de gente muerta hace décadas. Me pregunto si les es divertido escuchar cómo reproducen infinitamente sus reacciones de humor. Seguro hasta en el infierno las escuchan. Esto no tiene solución. Le doy un golpe. Estúpida cosa.

Llamo a Servicios al cliente, espero y espero, la línea está saturada. Inténtelo más tarde. Más tarde será la hora de limpieza, ¿creen que cambiaré mi rutina para marcar de nuevo? Hoy toca desinfectar los cubiertos, aspirar la cama junto con las almohadas y limpiar la suela de los zapatos. Lo del televisor puede esperar hasta mañana, cuando sea el tiempo de los reclamos y disgustos, justo a las dos de la tarde.

El hedor es insoportable. No me explico por qué el chico de la basura no ha tocado a mi puerta. Siempre le doy buena propina por llevársela. Algo viscoso escurre de las bolsas. Hay un asqueroso charco rodeándolas, piscina para las moscas. Repugnante.

 

Domingo 10 de julio

Supongo que no está quedando del todo mal. Cualquier conocedor de la paleta de colores diría que las paredes negras no van con mi sofá amarillo. De todos modos, no necesito apreciar los detalles. La electricidad va y viene por horas. Descubrí que la oscuridad es práctica. No vendrá mal pintar el departamento de negro. Por suerte, hace meses enviaron botes de pintura como cortesía por «sugerir un cambio de imagen en la presentación de nuestra gama para interiores». No me engañaron, se trataba de sobras. Pintura que no se vende. ¿Quién querría tapizar su casa de ese color?

 

Lunes 11 de julio

Un día entero sin electricidad… La planta de emergencia sólo ayudó por tres horas.

 

Martes 12 de julio

Bajo mis uñas se forma una próspera comunidad de seres minúsculos. Emergen para andar por mis brazos y pecho. Buscan alimento. Hacen que hierva mi piel. Desfilan sin detenerse hasta chocar con la pared negra. Bajan de la cama, andan por toda la habitación, algunos caen entre las grietas del piso; los más hábiles logran traspasar el umbral de la puerta y librar los charcos que dejaron las goteras. Desventajas de vivir en el piso más alto.

Tengo la muñeca molida. Al no servir la licuadora he tenido que preparar mis malteadas energéticas a mano. Quedan grumos pastosos al final del vaso. Los trago con dificultad; preferiría simplemente sorber. Aborrezco todo esto.

 

Miércoles 13 de julio

Me aburro, no sé qué hacer. La estúpida electricidad no vuelve; no hay internet ni televisión. Esas chingaderitas negras siguen invadiendo mi casa; parece que la ausencia de luz las activa. Por las noches escucho el murmullo de sus cuerpos moviéndose en multitudes. En lo que según yo es la madrugada, veo cómo se alzan y revolotean sobre mi cabeza. He rociado todo con insecticida creyendo que eran insectos, pero ahora veo que son seres del bajo astral: demonios.

 

Jueves 14 de juliorain-443015_1920

No lo soporté más. Fui a buscar al encargado del edificio. ¿Cómo es posible que no diera ni un aviso sobre el corte de electricidad? Ni siquiera una disculpa o una visita para inspeccionar cómo me las arreglo con las goteras.

Al salir, encontré el pasillo con al menos ocho centímetros de agua. Por poco alcanza mi puerta. El papel tapiz se desprendía a pliegos y el piso se sentía blando por tanta humedad. Me dirigí al cubo de las escaleras. A punto de llegar al piso de abajo, mareado por el aroma a metal mojado, me encontré con algo curioso. Era el chico que se lleva mi basura. A pesar de su estado de descomposición, reconocí el inconfundible cabello rojizo. Le di un ligero puntapié y se alejó flotando. Ruedo los ojos y bufo. Estúpido niño de la basura. Por su culpa mi departamento apesta; por su culpa tuve que desinfectar mis zapatos, raspar de la punta un trozo de su carne que se adhirió; por su culpa regresé a mi departamento sin haber solucionado nada.

 Juzgando el nivel del agua, todos han de estar muertos. Muertos ahogados, viscosos y blandos.

El secreto del sapera

serpientes-india-485x375Juan Pablo Tovar R.

 

 

En el camino de la vida podrás transitar por el sendero de la sabiduría. Si de él sales convencido de no saber nada, es que has aprendido mucho.

Proverbio hindú

 

La cesta vibró con los golpeteos. Mientras la flauta sonaba, la cabeza empujó el mimbre. Extendió el cuerpo mostrando su majestuosa figura que reflejaba la intensidad del sol. Con su hipnotizante instrumento, Savir se movía para captar los ojos de Kala. Un vaivén incesante entre hombre y animal. La razón de Savir moría en el instante en que la mirada de Kala penetraba en la suya. Ambos perpetuaban el instante sin retorno, devolviéndose, a sí mismos, la eternidad.

En silencio,un grupo de turistas admiraba el rito.La energía circundante oprimía el espacio entre los espectadores y el ritual. Savir la seducía con las vibraciones del tumarit. La danza esparció su poder. Era el momento cumbre y, para finalizar, Savir abrió dos cestas más, de donde salieron Denali y Uma —regalos de su segundo maestro—. Ambas desplegaron su ornamenta oscilándose como péndulos. Con Kala,  eran tres y no quitaban la vista de su encantador. La ansiedad de los turistas aumentaba: el sol lamía la expectativa de las frentes. Alrededor, las voces de los comerciantes no penetraban en la atmósfera.

Cesó la melodía. Sutil pero con firmeza, Savir comenzó a guardarlas en la cesta. Su piel quemada parecía un lienzo de cuero donde se han pintado nostalgias y viajes. Kala se mantuvo estática en las manos de su dueño: Savir… Savir… Oscuridad, escamas ajenas, de otra… ¡Nirek, sshaaaa, ssssshaaa, Nirek, ssshaaaa, tumm-ba, tu-tumm-ba, tu-yilezssha, yilesszha!

Mientras caminaba hacia Diglinach, su pueblo natal, Savir miró la profusa sucesión de líneas en sus palmas. Siempre habían significado más que un simple rasgo anatómico; revelaban ciertas inclinaciones. El clima hierve, huele a soledad. Su nariz en forma de gancho perfila hacia la dirección del hogar que ha sido cuna y aposento de su vida. El encantador se movió entre la sensualidad de los montes; el calor creaba esa sensación de movimiento, como si bailara con el horizonte. Sus ojos cafés almusco se perdían en la inmensidad del paisaje. Llegó a su casa.  Antes de entrar, dejó a sus cobras en el suelo para poder abrir el cerrojo antiguo. Sentía los labios deshidratados; era un largo viaje y, por un instante, creyó estar en otro tiempo, en otra circunstancia; no lo azotaban el cansancio de la caminata ni la pesadumbre del sol; no padecía algún malestar físico; aunque su aspecto era famélico, se alimentaba lo necesario y no carecía de fuerza. Contemplaba la vieja puerta que desde aquel incidente permanecía sin alteración: aún sobresalían con claridad las profundas marcas, cicatrices del pasado.

Recuerda, hijo, hay que estar compenetrado con la cobra, arrástrala con la mirada. Olvida la mente, debes impeler el instinto que guarda tu carne. Preséntate respetuoso, mas no dócil o sobresaltado. El cuerpo extiende el lenguaje; los diálogos son mudos, carecen de congruencia. La energía es una potencia que circula el espacio. Al estar guardada, forma una pasividad que no desdobla su poder si no la extraes en cada momento: el reposo significa la muerte; por eso es tan importante el fluir; deslízate con las vibraciones del ambiente. El sonido del tumarit  complementa el rito y atrae a los espectadores, pero es más un artificio que un fundamento. Siempre, no lo olvides, respeta a las serpientes y al ritual. Un verdadero encantador afronta  la muerte a cada momento.

Nirek le entregó a Kala, su primera cobra, que ocupó —no sólo por haber sido un regalo, sino sobre todo por la íntima relación entre ella y Savir— el lugar prioritario entre las otras dos hembras. Los recuerdos del padre y la madre  se diluyeron a través de los agujeros en la puerta. En esa época, los extremistas islámicos dieron un golpe fuerte contra los hinduistas, persiguiéndolos y asesinándolos; quemaron varios templos y saquearon hogares. Entre tanta violencia, hubo grupos que aprovecharon el momento como una oportunidad para generar más conflictos y, sin importar la religión, se fueron de aldea en aldea a robar, violar y asesinar.

Bhuvi, la madre de Savir, fue atrapada al ocultar a su hijo. Los criminales la violaron y después la ejecutaron frente a  Nirek, quien no pudo soportarlo y  tomó un cuchillo para arremeter contra los rebeldes. Esa noche la tierra respiraba entre la sangre. El hijo y  Kala, en completo silencio, se fundieron en la hondura de los astros.

*

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La mañana rojiza extiende su color en el horizonte. Savir despierta, le toma tiempo

levantarse. Decide ponerse su ropa holgada. Tal vez, como acostumbra, medite antes de cazar algo para sus «hijas». La calma del albor es idónea para sucumbir ante las reflexiones diarias. Aunque los roedores no acostumbran salir de día, una pequeña trampa soluciona el problema cuando urge alimento. De vez en cuando, Savir también los come. Antes de alimentarlas saca a Kala para contemplar sus movimientos. Ella lo observa con una mirada absoluta; sería inverosímil afirmar que las cobras tienen gestos, pero existe algo de cierto en eso. Ambos devienen en esa sinergia apabullante. Él la provoca usando el torso, aproximándose, casi besándola: Kala saca los colmillos e intenta morderlo; es un cortejo fúnebre y sombrío que los acerca al éxtasis.

Como amante de la música, en cualquier oportunidad puede sacar de un estuche negro un sitar y deleitarse tocando las melodías que le enseñó su madre. Podría pensar que los días se desploman con dulzura cuando, al final de éstos, las estrellas irradian hasta el más ínfimo rincón de la tierra, y acarician el rostro sempiterno de los mares. Sin embargo, al despertar y contemplar ese amanecer escarlata, Savir escucha a su instinto y sale hacia la ciudad.

La algarabía del centro puede ser aturdidora aunque siempre tiene sus encantos: los comerciantes ofrecen productos; las vacas a mitad de camino roban comida de donde pueden;  entre la multitud, siempre llamativos, los turistas con cámaras y gorras recorren extensos trayectos con la ilusión de no llegar tostados a los hoteles. Savir disfruta mucho el entorno, y también tiene sus beneficios económicos realizar un viaje así de largo.

*

La cesta vibra con los golpeteos. Mientras la flauta suena…

Savir guarda a sus hijas en las cestas y comienza a correr. Dos policías lo persiguen; el hombre se abre paso entre el gentío; detrás de él, los gritos: «Detente, sapera, alto». Entre choques y codazos, pierde a Denali y Uma; de reojo las mira y sabe que si regresa lo arrestarán. Sólo quedan Kala y él, como al inicio. Algunos lo insultan por el duro contacto; otros se mueven para evitar cualquier conflicto. Desesperadamente, caen las gotas de sudor por su cuerpo, sale de la plaza principal y se cuela entre las calles enroscadas. Intenta abrir varias puertas: nada. Suenan los pasos de los oficiales. Se acercan. Hay tres caminos. Toma el de la derecha. Aún puede oír el eco de la autoridad. Una salida, una entrada. Se detiene y, justo antes de que los policías atraviesen el lugar, lo jalan del brazo hacia una entrada amplia.

Un cuarto claroscuro con un par de ventanas a cada extremo. Frente a él, un rostro sutil y atrevido lo observa: la piel almizcle como el fulgor de la mañana; los ojos negros, como una proeza, absorben la energía que circula en el espacio. ¿Por qué lo habría salvado?, ¿quién será esta mujer? Por la ventana, se filtra el frescor del aire e impacta  los cuerpos. Ella lo mira, y él queda atónito, cautivo. No logra comprender la mezcla de emociones que lo inundan, como si lo más terrorífico y placentero lo violentara sin siquiera haberla tocado aún.  Allí se encontraban los tres. Ella persiste en su posición. Savir se acerca y con la funda de sus dedos roza el cuello espigado de la joven. Lentamente, aproxima los labios; las pulsiones aumentan. Se besan como si hubieran sido amantes en vidas anteriores. La desviste  arrastrando sus manos hasta la cintura, rompe el sari dejando desnudos sus senos. La gira para que le dé la espalda.  Ella se resiste y logra sentarse encima del encantador. Le quita el dhoti y, sobre un sillón verde esmeralda, lo aprieta con los muslos para incitar la bestialidad. Penetra a la joven, que oscila con crueldad: los fluidos dilatan su lenguaje. La cesta está abierta. Ella continúa el vaivén, gime y le desgarra el pecho; él aprieta sus nalgas con vehemencia. Elevados, tocan el cielo. Desprendido de sí, Savir se aferra a la joven.

En ese momento, la sinuosa Kala repta sigilosamente hacia el sillón.  Esta vez se consumará el cortejo. Hunde los colmillos en la pierna de su hombre, su dueño, su animal. La vista comienza a diluirse mientras la fiebre se manifiesta. Savir se desploma al suelo y por última vez contempla a Kala. Ella, con un gesto altivo y orgulloso, lo observa morir en aquella tarde escarlata.

La llave a la cordura

puerta

Sofía Berdeja Zavala

Postrado frente a ella, incapaz de moverse, envidiando su frialdad y firmeza, temblaba por la incertidumbre que los dividía. Era alta, con un brillo detrás que lo tentaba a atreverse, pero con la amenaza de sorprenderlo. Él sólo debía darle la llave. Eso era todo. Ponerla en esa mano empuñada lo llevaría a un mundo desconocido. Sin ese nuevo universo, su realidad lo atraparía sin jamás dejarlo ir. Ella era la única oportunidad. Inconsciente, luchó durante mucho tiempo para alcanzar a esta figura inmóvil; sin embargo, ahora que ella lo observaba tan serena, él le tenía más miedo que nunca.

Detrás de ella, sonidos de su posible realidad: voces roncas, graves se expresaban con frialdad y urgencia. ¿Acaso él era el único que se sentía solo? ¿Los vecinos tenían visitas en sus hogares? ¿O era su imaginación la que le entorpecía los sentidos? Sobre el piso que lo unía con la misteriosa oponente, se reflejaba una tenue luz. Lo hizo recordar la primera vez que salió de su casa colectiva. Los jóvenes ansiaban por fin ser libres; crear una vida fuera del internado. A él también le urgía mantener un estilo de vida independiente, tal como lo criaron. Ahora, la misma confusión: se inclinaba hacia el cambio, pero con temor a enfrentarlo. El miedo a ir contra las normas cotidianas lo mantenía indeciso: desde pequeño conocía las consecuencias.

Los vecinos no convivían. Las reglas giraban en torno a la privacidad y a la propiedad. Cada puerta poseía una llave; cada objeto, un propietario. La intrusión y el robo eran los crímenes más penados. El farol junto a él poco a poco disminuía su luz, presionándolo a tomar una decisión: ¿abrirla o no abrirla? Podía hacerlo, mas no estaba seguro de ser capaz. Se alejó de ella unos pasos y se detuvo en la oscuridad abrazadora, como preparándose para reportar, esa misma noche, la llave perdida. Examinó alrededor, anhelando que la calle estuviera desierta. Lo estaba. Las estructuras idénticas e impecables desaparecían a la distancia. Su propia casa parecía más lúgubre que las demás. Ahí yacía su imponente soledad. El dueño de la casa 4 se acercó un día para pedirle que mantuviera las cenizas de la chimenea fuera de su tejado; si no, lo acusaría por transgresor. Jamás había vuelto a cruzar palabra con los vecinos. Lo aterrorizaba el hecho de permanecer aislado.

A su alta edad, solo había salido de su hogar para llegar al trabajo. La noche anterior encontró esa llave. Jamás le había ocurrido algo tan interesante. Horas enteras, meditó en lo que podría hacer con ella. ¿Por qué el dueño de la casa con puerta de madera tiraría su llave? No halló la respuesta. Divagó toda la noche y soñó con los ojos abiertos en lo que resultaría abrir esa puerta. A pocos centímetros de su mano, colocó la clave a su libertad. Pensó, a la mañana siguiente, en un buen escondite para la llave. De camino al trabajo, rodeó la casa de la llave perdida y escuchó voces aceleradas que escapaban por debajo de la puerta. Después, siguió su camino y su rutina.

De vuelta en su casa, buscó la llave en el escondite. Con sus largos dedos la examinó como para comprobar que fuera real, acariciando el número grabado en la superficie. Imaginó hombres de su edad con la misma ropa, sentados alrededor de su pequeña mesa blanca. Abrir esa puerta, entrar a esa casa, charlar con sus habitantes, lo impulsaban a decidirse. La necesidad de salir de la penumbra lo hundía en el dilema, pero la llave le daba una esperanza jamás sentida. Le llenaba el alma con una cálida luz que nunca había percibido de un objeto tan frío.

Ahora, el sudor caía desde su frente hasta su blanca ropa. Su piel grasa se empalidecía y lo mostraba como un viejo agonizante. Retumbaban las voces detrás de la puerta: parecían más fuertes que en la mañana. Por segunda vez, revisó que nadie lo estuviera observando. Nadie lo estaba. Tocó la puerta. El sonido seco de los nudillos que golpeaban la madera hizo eco a lo largo de la avenida. Adentro, las voces amainaron por unos segundos, sólo para estallar en alaridos acelerados. Una voz familiar gritó: ¡No abras! Él ya no podía resistirse a la compañía. Sabía que era peligroso, pero probaría el sabor de un mundo diferente.

La mano extendida por fin lo convenció de darle la llave. Giró la pequeña estructura de metal dentro de la cerradura y abrió lentamente la puerta. Al dar el primer paso en el interior, se encontró con varios hombres en batas blancas. Un arma le apuntaba a la cabeza. Un fuerte trueno. Sintió como si una roca lo hubiera golpeado en la frente.

 

Tacones antiderrapantes

taconesMichel Salim

Fabiola sale del elevador con la esperanza de olvidar todo. La decrépita escalinata del edificio y el halo lunar la separan de su lugar de estacionamiento. Camina rápidamente, la falda negra a la rodilla y la blusa clara abotonada hasta el escote, con un elegante bolso rojo colgando de su hombro mientras la flora del cabello despide el perfume de su follaje. Los desgastados tacones suenan tambaleantes, indecisos.

¡Nunca más! La rabia agita su andar y provoca una lucha descarnada de tacón versus pavimento. Enfoca su triste mirada hacia el vacío poblado con las sombras derretidas de oxidados faroles. Una cuadra después, atrapado por la trinchera de adoquines, el tacón queda prisionero. Los documentos de la bolsa —aves en parvada— vuelan junto con los lentes y decenas de hojas ―cheques, tarjetas, billetes― que semejan plumas.

Antes de la caída, una garra se adelanta a su cintura. La luz neón de los escaparates y la ceguera por la pérdida de los anteojos le evitan ver con claridad el rostro de su salvador.

—Este piso es bien traicionero, y más con tanta cosa encima— escapa un mohoso aliento a cerveza.

—Ay, gracias.

—No hay de qué. No deberías andar sola a estas horas; casi son la una de la mañana —el hombre le pasa un puñado de papeles dejando ver, bajo la gabardina gris, un tatuaje de puntos con forma de triángulo en el dorso de la mano.

Preguntándose por la aparición, ella logra de nuevo articular un pobre agradecimiento. Recoge la bolsa y, sin mirar atrás, acicala el susto junto con su falda. Borra el recuerdo del misterioso hombre y sigue su paso por la Madero; cruza la calle Libertad y sus pensamientos regresan adonde no desea. Lamenta el momento en que esa decisión se apoderó de su cabeza: ¡Nunca más! La frase casi escapa de entre los barrotes de su dentadura.

Mientras avanza, una canción se evapora por la ventanilla de algún auto lejano: “Ódiame sin medida ni clemencia, hoy yo quiero más que indiferencia porque el rencor quiere menos que el olvido”. Conforme se aleja la melodía, la mujer relaja el apretar de sus mandíbulas. Maldita canción.

Se siente como adolescente: los mismos errores. Parece un virus hereditario: la abuela, su madre y ahora ella. Nunca supieron escoger, decía la tía Lupita, tan perfecta ella. ¡Bah!

Un chillido la arranca de sus pensamientos. Instintivamente, agrieta el andar para enfocar la vista hacia el sonido. Su curiosidad la empuja más cerca, un poco más… ¡Puta madre! Una enorme rata devora algo acurrucado entre las paredes. En medio de la oscuridad, un contraste de luz le permite contemplar la escena: dos pichones plagados de larvas, piando lastimosamente, son víctimas del hocico carcomido. Al notar la presencia de la intrusa, el roedor emite un bufido y se escabulle por la grieta que divide la biblioteca de la óptica.

Fabiola siente un ejército de náuseas escalando, una a una, sus entrañas. Desvía la mirada para no sucumbir ante la marea de asco que galopa en su garganta. Por el rabillo del ojo, cree distinguir una silueta que detiene su marcha algunos metros atrás.

Estremecida y desconfiada, sigue calle arriba. La luna se refleja en sus costosas zapatillas y un lamento en forma de maldición golpea su frente: Nunca más. ¡Nunca más mil veces! El odio y el dolor se convierten en lágrimas.

Retoma su paso firme… Desequilibrada, Fabiola malabarea. Tiene que apoyarse en una vitrina para no caer. ¡Crack! Voltea al suelo. ¡Carajo! A unos centímetros de los talones, incrustada entre adoquines, el alza de la zapatilla se subleva. Ya te habías tardado, pinche tacón.

Una pesadez sombría la invade, dirige temblorosa mirada a donde yace su mano. Entre la falda, se filtra un vapor de pánico; sube serpenteando las piernas, entra al cuerpo y aterriza en el vientre. Petrificada ve a un hombre con la vista perdida sobre ella. Sucios y largos cabellos anticipan una forma irreal de sufrimiento.

Esta vez no puede emitir sonidos. El terror congela el aire de su boca. Maldice la hora en que decidió salir tarde del trabajo; maldice el dolor que la invade; maldice a la noche por conspirar en su contra.

La figura con manchas en el rostro y escalofriantes ropajes parece paralizada. Fabiola se estabiliza junto con sus conspiradoras ideas. Levanta la vista; lo suficiente como para contemplar el campanario de Catedral, y se vuelve a donde descansa su mano. Detrás de la vitrina, puede reconocer la terrorífica imagen del Jesús Reencarnado, ¿patrono de la ciudad o de las almas perdidas? No lo recuerdo.

El frío de las mejillas hierve y se convierte en un bochornoso rojo. Una sonrisa ridícula amplía el contorno de su labial. Al mirar atrás, una sombra quieta en el centro de la acera levita lentamente hacia ella. Su dorada tez migra a las rodillas. Presionada por el eco de unos pasos a su espalda, casi corriendo, Fabiola aprieta calle arriba con el temor de tropezarse. Voltea. Se acerca.

Un estrepitoso claxon la llama al frente. La brisa del auto, a solo un palmo de su nariz, la hace frenar. Es tanto el miedo que ni un “estuvo cerca” se formula en su cabeza. Lo único que ve es la media cuadra que falta para llegar a su coche. Dobla a la derecha, en la Trece de Septiembre, a la velocidad que la falta de un tacón le permite. Alcanza a vislumbrar el parpadeante letrero de veinticuatro horas y la boca de luz que imprime la entrada sobre el adoquinado.

A contados pasos para llegar al estacionamiento, imagina a don Benjamín en la caseta de vigilancia escuchando la emisión nocturna de Kalimán. Por fin me servirá de algo aguantar las historias del viejo. El alivio se difumina al darse cuenta que nadie resguarda la entrada. Fabiola sabe que es muy tarde para pedir ayuda ¡Tiene que ponerse a salvo!

Se descalza y oye cómo la figura a sus espaldas emite una sonrisa con forma de bufido. Recuerda a los pichones devorados. Entre obstáculos y automóviles ve, al fondo, el suyo. Acerca el bolso a la muñeca y con palpante histeria catea por sus llaves. Monedas, blush, múltiples delineadores y la fuerte marcha de su acosador golpean furiosos el concreto.

Falta poco. Fabiola siente la penumbra del espectro a sus espaldas. Presiona el botón de unlock y sucede lo peor: como agua, las llaves se deslizan de entre sus dedos hacia el piso. El tiempo se detiene. Un leve rebote de las llaves contra el suelo klin, klin, klin… y estupefacta, ve cómo su destino queda sellado en la torpeza de sus manos.

El tiempo regresa. Desesperada, se tira al suelo; los raspones en sus torneadas piernas no impiden que se arrastre por las llaves; a gatas, logra sacarlas de abajo de un coche. El parpadeo de las luces eclipsa una imagen sobre ella. Se vuelve lentamente y reconoce la gabardina color rata.

Entre el intermitente iluminado, distingue cómo el hombre abre la solapa para extraer algo. Fabiola, con la mano llena de mugre, se tapa el reflejo de las lámparas y se arrepiente por todo lo sucedido en esta noche. Su “¡nunca más!” se encuentra tan lejos como el titubeante “por favor” que emite su boca.

El sujeto muestra algo puntiagudo de entre sus prendas. Entre escenas revueltas, Fabiola ve a mamá maquillarse frente al espejo mientras ella la imita, a papá escabullirse por la noche, ve las largas tardes donde ayuda a la abuela a colocarse sus joyas, la secundaria, Gerardo, aquel hotel de playa, la graduación y toda su vida; hasta llegar a este condenado momento: arrepentimiento, amor, odio, desamor, placer y todos los sentimientos que pudo encontrar; los percibe derramados por la punta del objeto que su asaltante acerca con velocidad sicóticamente lenta. Cierra los ojos llorosos, le arde un poco el rimel, y espera a que todo acabe. Se pregunta si sentirá frío, si verá a la tía Lupita, si… Nada pasa.

Abre los ojos. Frente a ella, un hermoso tacón charolado oscila sobre el tatuaje de triángulo. Consternada, Fabiola ve la cara del individuo:

—Ya no me dejaste enseñarte los zapatos que hago —de nuevo el aliento a cerveza.

— Pero… ¿Qué? —Fabiola aún no logra recuperarse.

—Vi que te molestaban los zapatos. Me acerqué para mostrarte estos, pero te tropezaste. Supongo que tienes mucha prisa. ¡Ni chance me diste de sacarlos! ¿Estás bien?

—Solo me raspé poquito —entre sus arañadas piernas distingue una ruptura de falda. Aún desconfiada, Fabiola intenta incorporarse. El joven se acuclilla para ayudarla a calzarse las zapatillas.

— Me llamo Luis. Tengo una fábrica de zapatos aquí a la vuelta.

—¡Están súper cómodos! Vengo diciendo todo el camino que ¡nunca más! me vuelvo a poner estos zapatos. Me costaron carísimos y es increíble lo incómodos que son. No sabes cómo duelen los pies cuando camino. Siempre escojo mal en las tiendas.

Fabiola levanta el pie y contempla su tostado empeine coronado por la nueva adquisición.

—¿Quién está ahí? —grita una voz destartalada

—¡Soy Güicho, don Benjas! — el portero se acerca con paso ladeado.

—Hola, Luisito. ¿Cómo esta señorita Fabiola?

— Bien. Oiga pues ¿dónde se mete?

—Ya ve, señorita. Uno debe darse sus vuelta pa´ desentumirse ¿Qué le pasó? parece que vio a un muerto.

—Aquí Luis, asustándome. Me siguió ocho cuadras sólo para venderme unos zapatos. ¿Lo cree?

—¿Cómo crees? Siempre dejo mi carro aquí, ¿verdad, don? Además, los zapatos son un regalo.

—Ay, muchas gracias. Me da mucha pena. Por favor, déjame pagártelos.

—Insisto. Llévatelos.

—No, ¿cómo crees? Te pago por esta vez.

—No, de veras. Es un regalo por el susto.

—Bueno. Gracias. Ya me voy. Es tardísimo y me urge llegar a mi casa a limpiarme. Estoy hecha un guiñapo —Fabiola se remanga la camisa y descubre que se le rompió una uña.

—Oye, disculpa que me atreva. ¿Me pasas tu teléfono? A ver si nos vemos algún día.

—Uy, fíjate que me quedé sin batería y no me lo sé de memoria. Pero sí, un día hacemos algo.

—¿Pero cómo…? —se apura a preguntar Luis.

La mujer entra a su auto. De un portazo, corta toda posibilidad de conversación. Don Benjamín menea la cabeza.

Fabiola enciende el Mercedes Benz. De un vistazo al retrovisor, descubre su maquillaje percudido por el sudor y las lágrimas. No hace señas. Pone drive en la palanca de velocidades. Frena. Desde la ventana inserta su boleto en el cajero automático. Recapitula lo sucedido. Baja la visera para verse en el espejo, saca un pequeño labial y se pinta con delicadeza. Hace una mueca con forma de beso y sonríe mientras la pluma del estacionamiento se levanta. Cree ver a una rata en la entrada. Pisa el acelerador.

La frontera es un buen lugar para vivir

frontera240613Agustín Cadena

A todos los que vienen de paso y me preguntan, les digo que la frontera es un buen lugar para vivir. Hay empleo, les digo. Además las casas son baratas, los coches son baratos y uno nunca se aburre: cuando es ley seca de este lado, se va al otro; cuando es ley seca del otro lado, la gente se viene para acá. Todo eso y más les dije a aquéllos, a la pareja que estuvo casi dos semanas aquí.

Es un hotel viejo éste, como la mayoría de los hoteles de paso que hay en la frontera. Es bonito, digo yo: tiene su estacionamiento lleno de palmeras y platanares, su alberca grande. Bueno, la alberca no puede utilizarse de momento, pero ahora que haya dinero la vamos a componer. Los cuartos tienen televisión y aire acondicionado. Es que aquí hace mucho calor: en verano es raro estar a menos de treinta y cinco grados. Por eso tanta gente viene al restaurante sólo a tomarse una Corona o una Budweiser: gringos que cruzan a México por un rato, mexicanos que van de compras al otro lado y se detienen aquí, braceros en busca de alguien que los pase para allá. El restaurante es agradable: tiene su puerta de madera y sus ventanas con marcos también de madera, con el menú escrito en los cristales en letras rojas y verdes. A veces siento que hablo de este lugar como si fuera el dueño. Pero sólo soy el administrador. Trabajo aquí desde hace veinticinco años, desde cuando tenía diecisiete. En este tiempo he visto muchas cosas, muchas historias. La mayoría ya se me olvidaron, no eran importantes. Recuerdo unas cuantas, como la de la gringa que venía huyendo de la policía desde Nueva York y estaba feliz de encontrarse ya en México, tan feliz que dejó una propina de veinte dólares. También recuerdo a un tipo con una pierna de hierro, que a los tres días de estar aquí se suicidó: se dio un balazo en su cuarto después de escribirle a su exesposa una carta como de veinte páginas. Ésas son historias de gringos, las de los mexicanos son todas iguales: gente que está aquí esperando cruzar. Por eso sólo recuerdo una: la de Irene y su marido.

Llegaron en abril, por los días en que ya empezaba a sentirse fuerte el calor de la primavera. Traían poco equipaje y poco dinero, según pude ver. Cuando se registraron me fijé en el nombre de ella; el de él lo olvidé en ese momento. Venían de un pueblo en Colima y habían hecho todo el viaje en autobús, seguramente transbordando porque yo no sé de ninguna línea que vaya de aquí hasta allá. Les di una de las habitaciones del primer piso, en el corredor que da al estacionamiento. Subieron a dejar sus cosas y yo creo que a bañarse y a descansar, y en la noche bajó ella a comprar en la recepción una botella de agua y un champú de bolsita. Entonces pude verla bien. Tendría poco menos o poco más de veinte años ya bien macizos en el cuerpo: llenita, como de uno cincuenta, cadera grande, blanca. Pero lo que más me gustó de ella fue su cara. Era muy lisa, muy limpia, como la de esas mujeres que se ponen muchas cremas. Se me hizo demasiado fina para el marido que traía. Y estaba contenta. Sonreía. Le pregunté si todo estaba bien en su cuarto. Me contestó que no salía agua caliente, pero no la habían necesitado porque hacía mucho calor.

—Mañana a primera hora mando a que le arreglen eso —le dije.

Ya iba de salida pero ha de haber sentido que yo le estaba mirando el trasero y se volvió. Sus ojos muy serios silenciaron lo que los míos le estaban diciendo.

Me quedé pensando en ella y más tarde, cuando llegó el encargado a hacer su turno, no pude aguantarme las ganas de acercarme a su cuarto. No había más huéspedes en ese pasillo, así que nadie, excepto ellos, podía sorprenderme. Llegué sin hacer ruido, agachado para que la luz del estacionamiento no fuera a echar mi sombra sobre la ventana. Las cortinas estaban cerradas, pero había un espacio entre ellas. Por ahí me asomé: no se alcanzaba a ver la cama; sólo se veía un trozo de pared iluminado por la luz cambiante de la televisión. Eso sí, se podía oír. Y lo que oí fue a Irene gimiendo bajito, como una niña enferma. Y la oí decir cosas, esas cosas que a todos los hombres nos gusta que nos digan en esos momentos. El ruido de la televisión no alcanzaba a ahogarla. Me quedé ahí hasta cuando se me entumieron las piernas de estar agachado.

A la mañana siguiente bajaron temprano a almorzar. Se sentaron juntos y pidieron lo mismo. Se veían enamorados, me pareció. El marido le preguntó a la mesera dónde podía contactar a alguien que los pasara al otro lado. Ella lo mandó conmigo. Yo le dije al principio que no sabía nada de eso. Pero luego, por Irene y no por él, le dije que fuera a la cantina Los Dorados y ahí se esperara a que alguien se le acercara y le ofreciera sus servicios. Me preguntó como cuánto cobraban por pasarlos a los dos. Le dije que eso sí no lo sabía. Irene nos observaba desde la mesa, esperando.

No volví a verlos en el día. Quién sabe dónde comieron, si comieron. En la noche volví a subir a su cuarto y otra vez oí sus ruidos, los de ella.

Ya en el almuerzo no quise preguntarle al marido cómo le había ido: nunca me ha gustado ayudar en esas cosas, es peligroso. Pueden pensar que uno es cómplice. Él sólo me contó que no había visto al pollero pero ya sabía cuándo y a qué horas iba a Los Dorados. Esa mañana la pasaron juntos, ahí en el hotel, mirando el agua sucia de la alberca inservible. Yo los observaba desde la ventana de la recepción sin que ellos me vieran. Irene llevaba una blusa ligera por la cual asomaban los tirantes rosas de su brasier. En algún momento se sentó en las piernas de él, ella tan pequeña, y empezaron a besarse.

En la tarde pidieron en el restaurante unos burritos de chicharrón y de chorizo para llevar y los subieron a su cuarto. Luego lo vi bajar a él, solo, y salir a la calle. Yo pensaba en ella. Me hubiera gustado poder hacerle la plática, saber un poco de su vida. Pero no quería hacerme fantasías con una mujer ajena. Para ver si así me despejaba un poco y aprovechando que casi no había huéspedes, le dejé todo encargado a la cajera y me salí a dar la vuelta. Fui a caminar por la parte vieja de la ciudad y me senté un rato en una banca de la plaza a sentir la frescura de los álamos y las palmeras. Un paisano se acercó a pedirme dinero. Andaba descalabrado, todavía sangrando porque lo habían correteado al tratar de pasarse al otro lado. No le di nada: no llevaba dinero. Regresé al hotel.

Esa noche no quise espiarlos: me daban celos. Me daba envidia. Además ya estaba muy prendido por lo de las dos noches anteriores. Ya me dolían los huevos. Estuve en la administración hasta que llegó el encargado y, en cuanto él tomó mi lugar, salí a buscar un taxi. Fui a la zona de tolerancia. Allá tengo una amiga: es limpia y amable y, aunque ya cobra doscientos cincuenta pesos, a mí me sigue cobrando los doscientos que cobraba cuando empecé a ir con ella. Volví fresco y relajado al hotel y ni siquiera se me ocurrió subir al pasillo.

Al día siguiente no los vi, pero me dijo la camarera que seguían en el hotel. También me dijo que el marido había llegado borracho de la cantina y se habían peleado.

Entonces hoy habrá reconciliación, pensé, y subí otra vez a ver si los escuchaba. No hubo nada. Sobre el pedazo de pared blanca que alcanzaba a ver por la ventana bailaban las luces de la televisión. Se oían disparos, relinchos de caballos. Fuera de eso, silencio.

Así pasaron dos semanas. Ya casi no tenían dinero. Pagaban diario el alquiler del cuarto, pero ya no iban al restaurante. Compraban cosas en la tienda y se las comían en su cuarto. Yo sufrí junto con Irene todos esos días. La vi perder su sonrisa, la vi llorar. Una mañana lloró porque habían comprado un frasco de mayonesa y el marido lo soltó y se rompió en el piso. Así era ella. He visto hacer drama a muchas mujeres y puedo asegurar que el llanto de Irene no era drama: era sincero, real. Así de simple: era un alma demasiado fina para este mundo jodido; no lo soportaba.

Un día, finalmente, el marido cruzó al otro lado. Solo. Irene se veía serena cuando fue a comunicármelo.

—¿Usted quiere ir a mi cuarto? —me preguntó. Me tomó por sorpresa. No supe qué contestar. Ella debió ayudarme:

—Le gusto, ¿no?

—Sí —dije por fin.

—No tengo dinero para irme —aclaró—. El pasaje hasta mi pueblo cuesta como ochocientos pesos.

—Comprendo —le respondí. No sé por qué me dio vergüenza.

Irene subió a su cuarto. Yo junté el dinero que tenía en la caja —cuatrocientos sesenta pesos— y diez minutos más tarde la alcancé allá arriba.

Sé que debí haberme sentido afortunado, feliz como un niño al recibir un juguete que sus padres nunca habrían podido comprarle. Pero estaba triste cuando Irene apagó la luz y se quitó la ropa.

No pude dormir en toda la noche, pensando. Sentía a Irene junto a mí, la tenía abrazada, podía oler cuanto quisiera ese perfume de su cuerpo que sólo de lejos me había llegado. Y sin embargo no lograba sentirme bien. No podía dejar de pensar en que las cosas habrían sido más bonitas si se hubieran dado en otra forma. Pero luego me decía que, después de todo, ésa no había sido una mala manera de obtenerlas: Irene no me había dicho “Te cobro tanto”: no era una prostituta. Estaba necesitada de momento, yo la apoyé económicamente y ella quiso demostrarme su agradecimiento de la única forma en que podía. Así fue. Así fue pero de todos modos yo no podía dejar de estar triste. La sentía respirar a mi lado, dándome la espalda, y veía en mi mente su cara y nos veía juntos.

En la mañana, en cuanto ella abrió los ojos, le hice la proposición que había estado amasando toda la noche:

—Quédate a vivir conmigo. No te faltará nada.

Se me quedó viendo. De pronto me dio la espalda y se puso a llorar, unos instantes. Luego se levantó a bañarse. Yo le grité desde la cama lo que ya antes les había dicho a ella y a su marido:

—La frontera es un buen lugar para vivir.

Cuando salió, envuelta en su toalla, Irene estaba sonriendo.

Se quedó conmigo.

Se quedó conmigo y cada día y cada noche de los cuatro meses que estuvo aquí supo hacerme feliz. Me ayudaba en el hotel, me hacía de comer cosas de su tierra. En las noches sus pezones de maíz morado llenaban mi boca y mis sueños.

Al mes de estar juntos le conseguí una visa provisional y la llevé a comprarse ropa al otro lado. Después volvimos otras veces. Recuerdo su cabello despeinado por el viento del río cuando cruzábamos el puente internacional. Se veía contenta, tal vez no dichosa, pero sí contenta, en paz. Ya no miraba con ojos de angustia todo lo que había allá. Aprendió algunas palabras en inglés. Parecía que íbamos a estar juntos siempre y que siempre sería así.

Pero una mañana volvió el marido. Traía buenas noticias: había conseguido empleo y papeles. Venía por ella. Irene se me quedó viendo un momento, quiero pensar que dudando. Comprendí. Nos dijo a los dos:

—Voy a arreglar mis cosas.

El marido pasó al restaurante a esperarla y pidió una cerveza. Yo no quería que me viera: se iba a dar cuenta de que me temblaban las manos y la tristeza estaba a punto de ganarme.

Irene fue a despedirse, ya con sus cosas.

—Gracias por todo —me dijo.

Parecía sentirse mal ella también, apenada tal vez. Pero se le notaba más la alegría, el amor por el hombre.

—Llévate dinero —le dije.

—Ya me has dado mucho.

—Llévate esto por lo menos —era lo que había en la caja: doscientos pesos. Se los puse en la mano y le cerré los dedos sobre los billetes. Luego me puse a hacer unas cuentas. No quería ver cuando se fueran.

En la tarde salí a caminar. Llegué hasta el puente internacional y me quedé un rato mirando a la gente que pasaba de un lado a otro. El agua reflejaba con fuerza el sol. A lo lejos, en la parte gringa, unos niños jugaban en columpios y resbaladillas.