Morir en la costa

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Xadeni Escalante Contreras

Sao Kanzaki no era de origen japonés. Tampoco soñaba con islas. Sao Kanzaki sabía que algunos cetáceos van a morir a las costas. Lo leyó hace un par de años en la revista Ecología Práctica; recortó el artículo y lo guardó en su cartera. Aún lo conservaba, y lo leía al menos tres veces antes de salir de su departamento. Acostumbraba besar la imagen de la ballena cuando se sentía insegura en el metro, y con devoción la volvía a guardar. No utilizaba dinero plástico: le aterraban los polímeros y el dinero invisible. Procuraba sentarse junto a la ventana y mirar los grandes ojos que la observaban desde el cristal con aspecto irreconocible. Memorizaba los trazos negros del cabello hasta los hombros finos y puntiagudos. Los labios tiernos y carnosos, pequeñas larvas rosáceas, se movían con extrañeza como un cachorro ante el espejo. Temió que la siguiera. Sacó el artículo y lo entrelazó en sus dedos. En ocasiones no alcanzaba asiento y estorbaba el paso. El gentío se impacientaba al verla aferrada a la baranda. Le murmuraban pinche flaca, no estorbes; déjame pasar, chula. Otros le gritaban con amplias gesticulaciones o le daban codazos. Sao se aferraba al tubo frente a la ventana rechinando los dientes. Sao se sentía observada por la mujer de las cutículas ensangrentadas. Sao pensó en la huida y se mordió las uñas.

Despertó tarde. La ballenita en el buró se quedó sin pilas. Hizo un movimiento para acomodarse del otro lado, y en un pestañeo se dio cuenta de la hora. El sol ya se filtraba sobre el piso de madera hasta la alfombra, y alcanzaba el cuadro de la Jorobada. Saltó de la cama y corrió las cortinas. Se disculpó con la Jorobada: temió que el sol la destiñera. La besó dos, tres veces, la roció con el aspersor y cogió el trapo del cajón de la cómoda, que guardaba para emergencias. Miró el reloj y fue a vestirse. Sao no desayunó. No pudo bolear sus zapatos al pie de la cama. Sao no hizo sus meditaciones de la mañana. Tampoco cambió las pilas, y olvidó su termómetro de mercurio sobre el buró. Telefoneó a su hermana. Sao, ¿todo bien? Nunca llamas a esta hora. Algo no va bien, por favor llámame puntual cada quince minutos. Su hermana se quejó. ¿Cada treinta? Bueno, cada hora; sí, está bien. Adiós. Salió del departamento y se detuvo frente a la puerta. Sacó la imagen de su cartera, la besó. Hizo el procedimiento necesario para asegurar la pieza, y corrió al trabajo.

A Sao se le cayó una mano. Se quedó atascada entre las puertas. Arrastraba un hilillo de sangre. ¿Sao, estás bien?, le preguntó el jefe de seguridad con los ojos muy abiertos. No, olvidé mi termómetro. ¿Sería tan amable de llamar a emergencias? Creo que perdí una mano en el metro.

La internaron en el hospital más cercano a Terra del Mondo A.C. Detuvieron el sangrado. Cuando recuperó la conciencia, ya tenía una mano artificial de lo más natural, que podía mover fácilmente. La dieron de alta con la condición de que tomara unas pastillas para el dolor y armara un rompecabezas, según decían los doctores, para fortalecer la muñeca y medir las distancias. La mayor parte del día desde que llegó del hospital, se dedicó a ordenar las piezas de la Venus de Milo: acomodaba el hombro derecho en la posición del ojo, la nariz en las costillas, la boca en el ombligo…

Sao sacó su ejemplar de La grieta de Doris Lessing, que días antes había interrumpido. Se olvidó de la Venus: le quebraba las neuronas, así se lo explicaría a su hermana cuando viniera a casa y la descubriera ocultando las pastillas en el forro de los sillones. Sentía una pulsación en la sien y vértigo al inclinarse sobre la mesa. Ah, un baño sería maravilloso. Se sentó a leer sobre el retrete mientras se llenaba la tina. Pensó en la necesidad de reivindicación de los sexos, y el pez penetrado por un asta. Sintió los pies mojados. «Gente» era como las grietas se referían a sí mismas. Se dispuso a cerrar la llave cuando se percató de que el agua le llegaba a los tobillos. Atascó varias toallas bajo la puerta. Se quitó la ropa y esta vez no se molestó en doblarla: la arrojó en un montoncito sobre el lavabo, vació el frasco de sal en la tina y se sumergió. El agua del cuarto de baño ya había alcanzado la mitad de la puerta. Observó sus manos. Se le había formado una especie de membrana entre los dedos; su piel empezaba a tornarse entre pálida gris con un brillo azulado. Salió de la tina y nadó frente al espejo. Lo puso a sus pies dentro del agua. Se sumergió otra vez. La melena se suspendía como la anémona. Podía ver el trazo de sus pechos y caderas. Podía mirar su cuello y encuadrar el rostro. Podía mirarle y casi reconocerle. ¿Qué faltaba? Notaba un espacio bajo los codos, y la nariz parecía difuminarse. ¡Se sentía tan bien dentro del agua! Quizá pronto no necesitaría las manos. Aquella idea la entusiasmó. ¿Podría estar desarrollando aletas? Asomó la cabeza, se miró las palmas con sus ojos grises y le sonrió al foco de donde colgaba un cachalote. Se puso de pie. El agua le rozaba los muslos. Colgó el espejo y deslizó sus dedos entre las piernas.

Sonó el teléfono. Abrió la puerta de golpe. El vestíbulo se volcó en un río; la alfombra, en una carretera de musgo. Sao Kanzaki era una ninfa sin brazos. Sonó el teléfono. ¿Diga? Su hermana. Estoy bien… Sí. ¿Cuándo, hoy?  No puedo… Que sí que me corrieron. Ajá… No, no, ¿y? Está bien… Adiós.

Sao recibía visitas inesperadas de su hermana desde hacía varios años, cuando arrojó la despensa por la ventana y acostumbraba levantarse a las cuatro veinte de la mañana para escuchar cantos de ballena en formato mp3. Sao tuvo que abandonar el trabajo un par de meses. Al regresar, no había día en que no desapareciera el termómetro del escritorio. Los compañeros de glaciares se encargaban de vaciar su carpeta de archivos y la tabla comparativa de los copos de nieve. Por ello Sao cargaba diario sus cosas en una mochila y las llevaba a casa. Por ello Sao olvidó el termómetro en el buró, y por ello y por el accidente del metro la corrieron de Terra del Mondo A.C.

Sao no podía creer que después de tanto tiempo y dedicación la echaran así como así, cuando ella había consagrado doce años al estudio ambiental en la empresa. ¿Qué iba a hacer ahora? Sacó un mapa del mundo de su escritorio.

Sao Kanzaki no era de origen japonés, pero aquella noche Sao Kanzaki soñó con islas. Sao Kanzaki migraría a las playas de la península de Kii, luego a las islas griegas. Pasaría el verano en Japón para establecerse en Melos, su lugar de origen. Empacó una maleta, abrió el cierre de uno de los sillones, y vertió el resto de las medicinas dentro de las fundas. En ese momento llegó su hermana. La había olvidado. Sao no escuchó el tintineo de las llaves. ¿Qué demonios estás haciendo? Tampoco la intervención de su hermana. ¿Sao? Se sobresaltó, le pidió disculpas y la invitó a pasar. Pero tengo prisa, le advirtió. ¿Cómo que tienes prisa? ¿A dónde vas? Me voy. ¿A dónde? No puedo decirte; te hablo cuando llegue. Abrazó a su hermana y arrastró la maleta hasta la puerta. Se volvió. No olvides darle de comer a Keta (una orca de plástico). Su hermana se quedó tiesa en el umbral. No tenía idea de que todavía alimentara esa cosa. Llamó a emergencias. Tardarían en descubrirla. Sao volaba a Japón. Primero se internó, según el plan, en las playas de la península de Kii, entre el sur de Osaka y el Santuario de Ise. La arena era blanca como mármol, y el mar una enorme gema. Pero Sao no demoró mucho su visita en Japón. Su atracción principal era el Mediterráneo.

Se hospedó en un hotel no muy lujoso. El capitán de meseros le procuraba servicio a la habitación y baños atendidos. La habían despojado de sus pertenencias, según la filosofía del hotel. Incluso le regalaron una piyama muy holgada, cortesía de la casa.

Así pues, Sao Kanzaki, la Venus, es encontrada viva a las orillas del mar Egeo, y trasladada a Leros, una colonia de «alienados» creada por las autoridades sanitarias griegas en 1957, leyó en uno de los folletos turísticos traducidos que le había tendido el anciano con la libreta. Qué bonito. Sao pensó que debía escribirle una postal a su hermana y contarle sus vacaciones. ¿Me permite su pluma?

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El archivo

fire-3009953_960_720Ximena Santaolalla

Jamás imaginé el puto espanto que me esperaba cuando desperté abrazado de mi esposa y de Claudito. Quiero al menos poder decidir si me mato o me dejo asesinar. Eso fue lo primero que pensé cuando vi al hijo del coronel fuera de casa.

Ya por la noche, tanta angustia estaba a punto de derrumbarme. Como si nada pasara, cité a Lucía en el Portales, un bar siempre vacío con música romántica. Acostumbro a ir todos los días luego del periódico para adormecer la maldita ansiedad con un par de copas.

Luci, de blanco y escotada, parecía un ángel promiscuo. Tras dos horas de seria discusión, me observó con esa pose de investigadora perspicaz que para entonces yo ya detestaba.

—Camilo —se enderezó en la desteñida poltrona de terciopelo rojo, proyectando hacia mí sus majestuosos pechos—, ¿el archivo existe?

Quise encajarle la navaja recién oculta en mi chamarra. Se atrevía a dudar de mí, ¡como si yo no mandara!

—¡Carajo, Lucía! Cerrá el hocico, me tenés mascado con esa puta pregunta taladrándome.  Si te atrevés a meterte a la cama con un teniente asesino, ¿por qué coño no querés ir al archivo?

Sentí que se hinchaba la vena de mi frente como un gordo gusano de sangre. Quise ordenar otra botella de guaro para controlar mis putos arranques, pero el taciturno mesero había caído dormido sobre la barra.

—Ay, flaquito, algo te pasó de patojo para que explotés así, ¿qué no? —rio con esa mueca ladeada de sabelotodo que antes se me hacía tan sexy; acomodó el cabello lacio y negro en un chongo, dejando ver su larguísimo cuello—.  Acordate de tus palabras, vos mismo asegurabas que el archivo de guerra era una superstición, un sueño mojado de periodista.

Quise gritarle: si exploto es por tu culpa, por buscona, por tu obsesión con los cuques y tus ínfulas de justiciera, ¡por tus puterías! Pero solo alcancé a bufar: «¡Irás al maldito archivo, querás o no!». Golpeé la mesa, los borrachos en la barra voltearon con tirria.  Seguro eran los asquerosos espías del hijo del coronel. El más macabro de los tres tenía un enorme tatuaje en el brazo izquierdo, que en la oscuridad del bar parecía un tigre de dos cabezas.  Succioné lo que quedaba de la botella de Quetzalteca.

—Nos vigilan —afirmé muy serio, con la esperanza de que en realidad solo vigilaran el escote de Lucía—. Seguro sospechan que estamos por meter las narices en la mierda.

—Flaco, estás traumado… Esos choyudos no captan nada, a lo mucho te reconocieron de La Aurora o algún noticiero.

—Volteá discreta —susurré—, aquí apesta a kaibil, hijoeputas…

Se volvió hacia ellos despacio, con su abrumadora sensualidad.  Se le endurecieron los alegres ojos negros. Supe que me creía.

De nuevo se me clavó el miedo descontrolado de la mañana, de cuando vi al hijo del coronel recargado en mi carcacha de periodista muerto de hambre. Ante mis ojos vi pasar, en un instante, la película de terror que me estuve contando todo el día.

—Si tenés miedo, duermo con vos esta noche —ofrecí a Lucía, para largarnos de ese nido de orejas, cerrar el trato del archivo y pedirle todas las copias del reporte sobre el maldito coronel.

—¿Y tu esposa?

—¿Y tu teniente de mierda?  —reviré—. Si nos encuentra en la cama, me sorraja un balazo.

—No te preocupés, lo mandaron a Chiquimula —dijo lasciva, tocando mi entrepierna.  Me quedé mirando los manchones del mantel percudido; sonaba una canción de Arjona,  no se acaba el amor, solo porque no estás, se mete en mi sangre y se va de rincón en rincón arañándome el alma y rasgando el corazón.

—Más vale que no vuelva el cerote. Vos no entendés, Luci. Si Chinchilla nos ve en la cama, todo se tratará de marcar territorio con la pinga.

Dejé un billete de 50 quetzales sobre la mesa; salimos de la penumbra del bar, hacia la oscuridad de la noche.

***

ordonanzschuhe-919682_960_720Estoy seguro de que los espías comemierda escondieron micrófonos en el departamento de Lucía; cuando entramos, sus pinches gatos maullaron raro, como diciendo que alguien había estado ahí antes que nosotros. Luci ni se inmutó. Me miró con esa calentura que enloquece a cualquiera, y yo, por primera vez en 18 meses de pisar como los dioses, no logré tener una erección. Flaquito, calmate… Estás ciclado con el asunto del archivo, te trae paranoico, ¿qué no? Bajó los tirantes de su blusita blanca, se hincó para mamármela. La pinga se me encogió aún más de solo suponer que hubiera una puta cámara filmándonos: si el coronelito mostraba al demente de Chinchilla una imagen de Lucía con mi verga en la boca, sería hombre muerto. Escuché el tintineo de unas llaves en el pasillo. Brinqué.

—Flaco, ¿qué pasa? —atrajo mi cabeza hacia sus suaves tetas. Me preparé para usar la navaja, pero solo advertí el ronroneo de los putos gatos (eran cuatro) que me vigilaban como a un alacrán antes del zarpazo.

—Indigna que dudés de mi palabra y me humillés insinuando que lo del archivo es pura superstición —dije desesperado, luego de unos minutos en silencio. Tallé mis ojos con saña, llorosos de tanto pinche pelo felino.

—No dudé de tu palabra, sino de tu contacto… ¿Por qué no podés ir vos mismo al archivo? ¿Por qué tengo que ir vendada? —por primera vez noté el miedo en su rostro—, si el archivo es lo que creemos, vos sabés que los cuques me matarán cuando publiqués el contenido.

—¡Pero si vos fuiste la loca que me acusó de tibio y me convenció de investigar al coronel y su hijo chalado! —ahora la maldita neurótica fingía ser juiciosa y prudente—. ¿Vos te creés que tu teniente no va a asfixiarte cuando publiquemos toda la mierda que le sacaste sobre Estrada? ¿O ya perdiste tu patético entusiasmo de rescatar al país? Sabés que yo iría al archivo si pudiera, pero mi cara está muy vista.

Recuerdo cuando Lucía se fijó en el teniente Chinchilla; él estaba vendiendo coca en una fiesta de artistillas. Esos dos son militares, ¿qué no?, me preguntó riendo. Se les nota a kilómetros el estilito. Yo le contesté: ¿y quién más nos va a vender esta chulada de perico? Todavía le dije que el de la cicatriz era hijo del coronel Estrada, que por eso le decían el Estradita o el coronelito.

Su idea de enrollarse con el tenientucho para investigar a los Estrada fue genial. Lástima que vivimos en Guatemala y que yo no nací para ser héroe ni mártir. Esa mañana, Estradita me enseñó, que nací para ser mediocre, tolerar la vida, aceptar las migajas que la vuelven menos fatigosa (como deslizarse entre dos piernas de mujer).

Con ojos sanguíneos, James Stewart me miraba desde el poster de Ventana Indiscreta.  Me paré a cerrar las cortinas y entré al baño. Leí los mensajes en el teléfono:

Estoy viendo las nalgas de tu vieja. Ay que ojos verdes tiene;

si no cumplís rapidito, se los boy a sacar y encajarlos en su pusa inmunda

Tu susio bebesito está tragando leche y si no entregás a tu wisita fisgona

y sus reportitos, esos pesones los boy a revanar bien despacito.

Sabés cómo los kaibiles reventaban las cabezas de los bebés mayitas?

Contra la pared quedaban todos sus sesitos de indio. Boy a practicar

Sabés como violaban a las indias los kaibiles? Mi jefe me contó,

ya me antojé de los melones caidos de tu vieja, tenés 12 horas para entregar

El pánico volvió. ¿Todo bien, flaco?  Vi el reflejo de mi repugnante cara, la nariz halconada y los labios gruesos… Unos ojos ajenos.  Ábreme, Camilo. Me odié; ese rostro peculiar y varonil ya no era el del Camilo de siempre. ¿Te sentís mal?  Todo es culpa suya, ella nos hundió en este pozo de mierda… Si no fuera una mujer loca… Nunca debió abrirle las patas al puto teniente. ¿Flaco? Si no tuviera obsesión por hacerse la justiciera, carajo.  Ven que te abrazo.  ¡Por cerdo caliente, carajo! Me halagó que me dijera te parecés a Cortázar de joven.  Perdoname, te hice enojar.  Si no estuviera tan buena, si no se tomara tan en serio el papel de periodista. Flaquito… Yo solo quería levantar La Aurora, ganar unos putos quetzales. No pretendía dudar de ti… Yo solo quería cuidar a Claudito, a mi mujer, tener sexo, ser un tipo normal… Te quiero. Nunca imaginé que la Lucía fuera así, inteligente, capaz de investigar algo serio. Ya lo pensé bien, sí quiero hacerlo… Sé que con el archivo podríamos incriminar a esos asesinos que se pasean uniformados, como si nada, la billetera llena…Ella me manipuló, con esa basura de que yo podía ser un gran periodista, afamado, cambiar Guatemala… Haré lo que me pedís, ¡iré al archivo! 

Sus palabras fueron como un buen jalón de mota. ¡Iría al archivo! Me invadió la sensación de estar dando el paso definitivo al responder los mensajes.

Lo hará. Solo deme 24h para ubicar copias del reporte.

Contestó enseguida:

Okas. tenés que actuar NORMAL, asi que trankilito choconoy.

mañana 23hrs eskina calle 31 con Petapa sercas de San Carlos.

Salí del baño con la satisfacción de quien ha zanjado la encrucijada. Lucía, seria, me escudriñó. Lo sabe todo, pensé horrorizado.

—No tenés que encerrarte en el baño para chatear con tu esposa —dijo, ahora viendo el teléfono que yo estrujaba con ambas manos.

—Ah, se me olvidaba —aventé, al vuelo—, ¿tenés aquí las copias físicas y digitales de tu último reporte sobre el coronel Estrada?

—No te preocupés —la noté ya muy lejos de mí, tal vez excitada y temerosa por la misión—; escondí seis copias por si Chinchilla me descubre. Es casi imposible que las encuentre todas.

Anotó en un papel las ubicaciones exactas de cada una y me lo entregó con solemnidad.

***

La noche siguiente, de camino a consumar la entrega, volvió el maldito pinchazo en el estómago que aún siento.  Lucia vistió de negro, inusual en ella.  Se veía muy distinta, delgadísima, frágil, como una mujercita dócil. Tarareaba oh baby baby it’s a wild world, I’ll always remember you like a child, girl;  era la canción que su papá le cantaba de niña.

—Ya usté sabe las reglas que su wisita debe seguir, oiga —dijo el hombre bajo y corpulento que bajó de la Pick Up en la esquina de Petapa con la calle 31—: celu apagado; ojos vendados; setenta y dos horas en el archivo sin poder salir; la que le llevemos es la comida que va a comer; orina y defeca en la bacinica; en su laptop toma notas; fotos prohibidas. Póngale esto en los ojos y en su cabeza.

El hombre escupió una flema y abrió la puerta del otro lado de la Pick Up.  Estoy seguro de haber visto dos cabezas escarlatas de jaguar o tigre, tatuadas en su bíceps.  Lucía y yo nos abrazamos; creo que susurró «pedime que no vaya». Contemplé por última vez sus fabulosos ojos infelices, inundados de miedo.  Se acercó al tipo, decidida; quería verlo bien antes de vendarse.

Subí a mi Sentra blanco y, sin esperar a que la Pick Up arrancara, aceleré hacia la dirección opuesta.

***

De eso han pasado ya 31 días. Ayer leí en La Prensa Libre que «fueron hallados el viernes santo en el interior de un Kia Forte rojo, los cadáveres de la periodista Lucía Flaquer, de 25 años, y del conductor de identidad desconocida. Fallecieron instantáneamente luego del impacto contra un muro de contención. Según el padre de la periodista, hace un mes Flaquer salió de la Ciudad a cubrir la fiesta de la virgen de la Asunción en Jutiapa».

Esta mañana se publicó el reporte que preparó Lucía sobre el coronel.  No sé a quién le dejó esa última copia, carajo.  Me enfurece que fuera más lista que yo, que la muy puta me jodiera desde la tumba. Lo publicaron todo, hasta lo del negocio de la red de trata de hondureñas.

Sé que el Estradita comemierda me va a encontrar, sí o sí. Sé que no hay cómo esconderse de un milico; él me lo advirtió. Así es este país. Lo vi entrar al departamento de Lucía hace unas horas. Sé que me está cazando. ¡Cómo me hubiera gustado despedirme de Claudito!  De sus manitas que atrapaban mis dedos con fuerza, como si nunca quisiera soltarlos.  Quién sabe si lo dejarán vivo, ¡pinches milicos asesinos!

Yo ya nomás estoy decidiendo si me mato o me dejo asesinar.

El miedo lejano y otras fobias: Los repugnantes, maravillosos, increíbles cuentos de Juan Antonio Rosado

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Francesca Gargallo Celentani

 

De 1980 a 2015 Juan Antonio Rosado ha seleccionado y reunido 20 cuentos diferentes, alrededor de tres elementos: cuatro discurren sobre el tiempo, siete le guiñan el ojo a la urbanidad y nueve relatos apelan a la pureza, no entiendo bien si porque el autor encuentra honorable la descarnada referencia a los juegos eróticos o porque entre vómitos, fantasías socio-pornográficas, asesinatos, secreciones y familias funcionales a la disfuncionalidad de las relaciones de parentesco, se carcajea de las higiénicas entregas al coito pagado.

No hay que buscar continuidad temática, ni siquiera estilística, en El miedo lejano y otras fobias (Praxis, Ciudad de México, 2017), porque no es un libro de cuentos, sino una recopilación nada complaciente de las obsesiones afectivas y sexuales de un narrador que durante tres décadas no se ha esforzado en resultar cómodo a ningún colectivo político ni literario. Cuenta con soltura, encuadra vigorosos escenarios. Su estilo —que de tan colorido puede llegar a ser nauseabundo y de tan asqueroso, revelarse irónico— es siempre gramaticalmente impecable. Las anécdotas se sostienen más allá de los cambios repentinos de la narración.

Si una recopilación de cuentos es suficiente para revelar una poética, Rosado juega con los rasgos psicológicos de personajes que se debaten entre la sinrazón de la abulia, la hipocresía y los atropellos del urbanismo ecocida. Opina a contracorriente sobre el tabaco y las dependencias para revelar una alteridad amoral; suelta opiniones poco convenientes sobre el aburrimiento vital de los burócratas como figuras paternas; se ríe de la medicina como desafío a las determinantes biológicas de cuerpos envueltos en relaciones mercantiles, y no encuentra mejor salida para reírse de los moralismos de pandilla que desafiar la corrección política del sexo, la cultura, las convenciones sociales y las prácticas de enamoramiento heterosexual.

En ocasiones, la narración resulta perturbadora; en otras, roza lo desagradable. Sin embargo sostiene el interés de quien lee y produce reflexiones sobre el anonimato o, más bien, sobre la falta de personalidad de muchas de las relaciones más importantes de la vida. El deseo sexual, como el mal para Hannah Arendt, en un cuento de Rosado puede ser trágicamente banal y en otro revelar la identidad entre un narrador cínico y una víctima de las condiciones históricas y la violencia sexual.  Relator y sacrificado se confunden, así como en el apocalipsis de un terremoto la pureza de una niña es el gancho para relatar una mezcla de sórdidas situaciones que van del riesgo a la decepción.

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De izquierda a derecha, Francesca Gargallo, Federico Ballí y Juan Antonio Rosado. 30 de octubre de 2018 en la sala José Moreno de Alba de la FFyL, UNAM.

La miseria humana en estos 20 cuentos recorre situaciones cotidianas llevadas a una suerte de realidad hiperbólica tan ridícula como cruda, que Rosado describe para racionalizar lo insoportable. Muchos de sus cuentos arrancan de situaciones reconocibles —paseos nocturnos, amores que duelen, matrimonios que van al fracaso, la violencia del país— y poco a poco transforman el escenario de los acontecimientos como cuando en la vida alguien se equivoca de camino regreso a casa y termina en medio de una balacera, mientras la madre, la esposa, el dador de trabajo lo espera ahí donde se supone que debería estar y no está.

“Destino de átomos” es quizá el cuento que reúne más aspectos surrealistas y apáticos, ridículos y nada sorprendentes, desesperantes y obvios, sin caer nunca en un cliché ni bajar la atención de quien lee: dos amigos de regreso de unas cortas vacaciones donde mujeres riquísimas les han ofrecido los placeres que dos clasemedieros no podrían permitirse, se encuentran perdidos en el tráfico de la periferia de la gran ciudad y son abducidos por su cotidianidad envolvente. La exaltación, la banalidad y la degradación de la masculinidad son tratadas con ironía y tristeza por un escritor que con la misma compleja mirada se dirige a otros ámbitos de sus afectos, por ejemplo, la creación.

Lector incansable, conocedor de varias corrientes literarias, crítico de la literatura y analista de la cultura, Rosado no niega las voces que le proporcionan los cuentos de amigos y los poemas escuchados. Sin embargo, sus narraciones no repiten los tópicos de un género. Pasan de la búsqueda de libertad de una escritora a la crueldad física contra un cuerpo que no entiende por qué no puede morir. En ocasiones, los cuentos resultan verosímiles, en otras provocan rechazo; casi nunca tienden a ser solipsistas, pues la multiplicidad de las existencias revela las condiciones de angustia de los personajes. La polifonía de algunas ficciones es agradablemente dialógica y ofrece momentos de respiro en medio de múltiples escenarios de terror.

 

En esta recopilación, resalta el uso de descripciones crudas y de diálogos directos que desencadenan lo inesperado. Rosado es un maestro del enigma del tiempo y la alteridad humana. Por lo tanto, en pocas, rápidas palabras introduce lo que puede darse entre dos personas que opinan sobre algo tan próximo como intangible. Donde más se retrata es en las figuras de rebeldes al clericalismo y a la autoridad moral. Ahí se va de boca en la denuncia de la perversión de los custodios de la moral, acosadores de niños y mujeres, pero nunca traiciona su ironía al convertirlos en héroes. No exalta la depravación de la infancia como tiempo de privación del juicio, sino que la trata como una posibilidad devastadora, la causa de un mal irremediable o de la persecución.

No hay tonos didácticos, moralejas o consejos en estos cuentos, lo cual se agradece. Tampoco hay lejanía con la miseria humana. Rosado nunca se irgue por encima de la condición mortal. Algunos cuentos alcanzan la tensión erótica a través del exceso o el ridículo: nada sutiles, pueden provocar el rechazo o esa tensión sexual absurda que se nutre a la vez del miedo, la repugnancia, el asombro y el deseo. Situaciones envueltas en una situación paródica; excitación coprofílica; suciedades tan atractivas como el poder de someter subrayan la condición espuria de los sentimientos más preciados por una sociedad incapaz de reconocerlos. La lectura de los escritos de Rosado no produce euforia, aunque incita las ganas de seguir fisgoneando en los conflictos, los desdoblamientos de personalidad, las contradicciones que presentan.

 


Texto leído el 30 de octubre en la sala José Moreno de Alba de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

 

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Humano soy y nada humano me es ajeno: Sobre El miedo lejano y otras fobias de Juan Antonio Rosado

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Asmara Gay

 

Cuando cerré el libro de Juan Antonio Rosado, El miedo lejano y otras fobias, no sabía bien a bien por dónde empezar a comentarlo. Tanto en el prólogo escrito por Karina Castro y Janine Doufour, como en algunas reseñas que había leído sobre la obra, todos los autores coincidían en el carácter heterogéneo de los relatos. Sin duda, esto es cierto, si tomamos en cuenta la diversidad tanto temática como de modalidad literaria con que Rosado construye sus cuentos, pues en este libro podemos encontrar sátiras, fábulas, relatos fantásticos, históricos, de ciencia ficción, realistas, eróticos, existenciales e incluso experimentales.

Dicen las prologuistas: «De la única manera como puede clasificarse esta obra es sólo como un libro de narraciones, y su unidad radica en el trabajo artístico de la escritura». Trabajo artístico, por cierto, que puede contemplarse estructuralmente en cada relato y, a la vez, en la propuesta estructural del libro en sí que nos da el autor. El miedo lejano y otras fobias es un libro de veinte cuentos escritos a lo largo de 35 años y que en la presente edición se divide en tres partes: «Sobre el tiempo», que contiene cuatro relatos, «De la urbanidad», que incluye siete, y «De la pureza» que tiene nueve.

Por supuesto, hablar del trabajo artístico con que Rosado compone sus cuentos implica muchas cosas; esto no sólo se refiere a la construcción sintáctica (frases, oraciones, secuencia de párrafos, fragmentación del discurso o de su lógica), o al esmerado trabajo en los diálogos, ya sea que haga uso del indirecto libre o los redacte en su forma tradicional. Este trabajo artístico atraviesa, pues, no sólo el lenguaje, sino que su mayor valor radica, pienso, en la conciencia artística. Desde que Rosado tiene la pluma en la mano, o para ser más modernos, la computadora, sabe cuál es la intención que tiene al elaborar cada relato y cómo redactarlo para que el lector comprenda esta intención. La intención, como se intuirá, también es diversa en cada obra, y así volvemos a hablar de la heterogeneidad de El miedo lejano y otras fobias, ya que a veces esa intención es lúdica; otras veces crítica; otras, humorística; otras, reflexiva, y otras, un atisbo a la condición humana de sus personajes.

A pesar de cuanto se ha hablado sobre la heterogeneidad de este libro, pienso que podemos hallar otro elemento de unidad, además del que nos proporcionan las prologuistas. Esta unidad está comprendida en el título mismo del libro: El miedo lejano y otras fobias. El autor, como lo han hecho otros escritores, bien pudo poner por título El miedo lejano (que es el nombre de un cuento de esta antología) y otros cuentos. Pero no lo hace, no escribe «El miedo lejano y otros cuentos», sino El miedo lejano y otras fobias. Al titular de este modo su libro, Rosado nos confiere implícitamente una guía de lectura. Nos está diciendo que «El miedo lejano» es una fobia y que los otros cuentos que incluye el libro pueden leerse como representaciones de fobias.

El cuento «El miedo lejano», que Rosado dedica al escritor hidalguense Agustín Cadena, narra la historia de Enrique, un joven de 21 años que acaba de terminar una relación amorosa con Alejandra, y que al tratar de alejarse de sí mismo y del vacío existencial que siente sale a dar un paseo a las seis de la mañana el 19 de septiembre de 1985. El marco histórico del cuento es, por supuesto, el trágico terremoto de aquel día y que a nosotros nos recuerda también el cercano terremoto acontecido en nuestro país el 19 de septiembre de 2017. Sin embargo, la aventura por la que atravesará el personaje está distante de la solidaridad que se sintió por parte de la población en ambos terremotos. Lo que encuentra Enrique es la miseria humana. Una niña de menos de doce años será su guía en esta andanza. Pero la niña está lejos de la inocencia. El cuento finaliza con una reflexión de Enrique sobre la vida:

Largas bocanadas te hacen pensar en la vida, en el conjunto de la vida, que es muchas veces más fantástica, inverosímil y absurda que toda la literatura. Ni tus nervios ni tu nuevo miedo se calman. Sólo el miedo, ya lejano, a la soledad. Ahora imaginas lo que hay y lo que ya no hay ni nunca habrá fuera de ti, en los otros, en los barrios devastados por la naturaleza y por la negligencia de los ingenieros que utilizaron plastilina para construir edificios. Con toda esa carga de nerviosismo, piensas llevar el absurdo al extremo y continuar tu pesquisa por la chingada, en medio del humo del cigarro y esperando que la luz llegue para buscarla mejor, tal vez afuera, con los demás, con los que removían escombros para encontrar cuerpos con vida o cadáveres, con la ciudad que te reclamaba, que intentaba sacudirte de tu letargo, porque tu vida, desde hoy, ya no es sólo tuya.

El miedo lejano, la fobia a la soledad, llevó a Enrique a conocer la miseria humana. Pero esa misma fobia le proporcionó, paradójicamente, una tenue luz, pues entiende que su vida ya no es sólo suya, porque su vida, la vida de cada ser humano, está íntimamente relacionada con el actuar de los otros.

El libro comienza con un relato al que su autor titula «Luces opacas». En este oxímoron hay una nueva fobia: la fobia humana a la oscuridad y a lo desconocido. Los personajes de este cuento regresan, no sabemos de dónde, por una estrecha e infinita carretera. En medio del camino se detienen porque Elisa necesita con urgencia hacer una parada para ir al baño. Como no vuelve, las otras mujeres que van en el carro salen a buscarla. De este modo, se verán conducidas por Elisa, cuando la hallan, por un oscuro bosque hacia lo desconocido. Dice la narradora al final:

De pronto, nos vimos en medio de un paisaje lunar, lleno de rocas, la mayoría de ellas de origen volcánico. El viento soplaba con insistencia. Elisa volvió la cabeza: no había brillo en sus ojos. Con una sonrisa cadavérica y un rostro cada vez más pálido, empezó a internarse en la espesura de lo que parecía un inmenso bosque. La ya de por sí poca claridad del cielo fue perdiéndose en la medida en que nos internábamos en la incertidumbre de la vegetación. Nada comprendíamos. Sólo estábamos seguras de que seguir a Elisa era el único camino.

Seguir a Elisa es, desde mi punto de vista, seguir al mismo Juan Antonio Rosado a entrar en su libro. Es una invitación a un viaje, pero este viaje, iniciático, que nos proporciona el libro, de ninguna manera será cómodo, pues el autor nos ofrece un camino oscuro que no todos los seres humanos desean explorar, aunque la misma oscuridad sea parte de la existencia humana.

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De derecha a izquierda, Cecilia Urbina, Asmara Gay, Edmé Pardo, Juan Antonio Rosado y Federico Ballí en la presentación del libro El miedo lejano y otras fobias, de J. A. Rosado, el 7 de diciembre de 2017, en Casa Lamm.

Si se acepta el viaje lector al cual nos invita Juan Antonio Rosado, encontrará las otras fobias representadas en los cuentos del autor: la fobia a cuidar lo esencial del alma por ir en pos de la modernidad («Florido laude»), la fobia a la represión sexual («Ojo triangular»), la fobia al desamor («Dulce flagelo»), la fobia a la diferencia («La uva y el dominó»), la fobia a la identidad («Prótesis» y «Revelación»), la fobia a la monotonía («Vuelta de paseo» y «La importancia del condimento»),  la fobia a la familia («Réquiem por Melisa»), la fobia a la vida («Ecce homo»), la fobia a la crítica, a pensar por uno mismo y a la libertad (presentes en la mayoría de los cuentos). De manera evidente o apenas sugerida, en los mismos personajes o en diálogo con el lector, estas fobias encarnan parte de una realidad humana que la sociedad siempre trata, de algún modo, de ocultar.

De cuento a cuento, de fobia a fobia, el mundo narrativo de este libro se desenvuelve de la luz opaca a la ceguera total. El libro termina con una versión moderna de «El traje nuevo del emperador», recopilado por Hans Christian Andersen, pero en el cuento de Rosado, llamado «La roncha canina», la revelación de la desnudez de la pareja real por parte de una niña no provoca lo que en el cuento de Andersen: que el pueblo abra los ojos ante la tontería que estaba haciendo el emperador. En «La roncha canina», el pueblo cierra los ojos, acepta la tontería de la pareja real y se forma con los sastres para pagar por un invisible vestido como el que llevan los reyes. Desafortunadamente, la tontería nos ha alcanzado a todos, parece decirnos Rosado con su final: «Y así se cuenta y se vuelve a contar este cuentecito de nunca acabar».

Y es este final el que de alguna manera también nos lleva de regreso al inicio de esta obra: «Y así se cuenta y se vuelve a contar este cuentecito de nunca acabar» trasciende el tiempo y al propio relato. Cada uno de los cuentos podría contarse de nuevo como un reflejo de la realidad, antigua y moderna, del ser humano, pese a que los relatos están inmersos en el ámbito de la ficción y en un tiempo interno en particular.

De este libro también podrían comentarse otras cosas, por ejemplo: las lecturas del autor que están en los relatos, y que nosotros, de forma detectivesca, podríamos descubrir como intertextos o influencias: Juan García Ponce, Sade, Dante, Freud, Salvador Novo, Marx, Nietzsche, Arreola, Cortázar, García Márquez, Kafka; la lista es interminable, porque Rosado es un erudito, aunque sus cuentos, por fortuna, no caen en una prosa pesada y superficial, sino todo lo contrario: es moderna, crítica, irónica y acerca de la vida cotidiana. Se podría hablar también de la experimentación en su narrativa: del encabalgamiento de descripciones de algunos narradores con las meditaciones de sus personajes, de la yuxtaposición de la realidad con el mundo onírico en otros, sobre cómo algunos cuentos caen en el terreno del ensayo, o cómo se suprime el tiempo y, aun así, éste se vuelve cíclico; cómo da una vuelta de tuerca, no sólo al final de los relatos, sino en los diálogos y en la narración misma; cómo la paradoja habita en muchos cuentos y, con todo, el universo que ha creado el autor se mantiene verosímil; se podría hacer una analogía del libro con un laberinto: cada cuento puede entenderse como un pasadizo confuso sobre la vida humana, o hablar acerca de cómo los personajes son intemporales, y de tantas cosas más. Simplemente, a cada uno de nosotros nos llevarían muchas páginas comentar todo lo que hay en el libro.

Me quedo pues con la lectura de las fobias, sobre todo porque al mismo Rosado le he escuchado decir tantas veces que uno no saca sus demonios en la literatura, sino que en ella crea más demonios. En esto, Rosado siempre ha sido claro y se comprende entonces por qué en el cuento «La hormiga y la cigarra» (una versión moderna, lúdica y lúcida de la antigua fábula) cita a Terencio: «Humano soy y nada humano me es ajeno». Antiguas y permanentes fobias humanas están en esta obra y quienes la hemos leído esperamos una lectura inteligente, ya que —como el autor refirió hace poco en una entrevista—: «El escritor ejerce su profesión para quienes leen y nunca para quienes no lo hacen».

Esta afirmación se entrelaza con lo que leí recientemente en la columna sabatina del escritor mexicano David Toscana en el suplemento Laberinto del periódico Milenio. Dice Toscana:

Me extraña que lectores de obras maestras sepan comprender a los personajes literarios apenas en las páginas de los libros y se vuelvan de mente y juicios ordinarios a la hora de mirar eso que llaman “la vida real”. Si un lector no considera que la literatura es también parte de la vida, de la realidad, de su yo, de su experiencia, si no acepta que las buenas novelas son alimento del alma y de la inteligencia, tons ¿pa qué lé?

Si un lector no aprende nada sobre las pasiones humanas cuando lee a Chéjov y apenas le parece un cuentista chistoso, tons ¿pa qué lé? Si un lector no sabe acometer alguna aventura quijotesca o al menos respetar a quien lo hace, tons ¿pa qué lé? Si después de leer Madame Bovary o Anna Karenina continúa con juicios ordinarios sobre la infidelidad de su mujer, tons ¿pa qué lé? Si luego de leer a Dostoievski no acaba por darse cuenta de los matices que tiene cada historia, cada vida, cada persona, de las razones que parecen maldades o las maldades que parecen razones o las bondades que parecen maldades o las maldades que parecen bondades, tons ¿pa qué lé? […] Si usted, amigo lector y usted amigo escritor, es de los que leyó Desgracia de Coetzee, Stoner de John Edward Williams, Muerte en Venecia de Thomas Mann, Lolita de Nabokov, La casa de las bellas durmientes de Kawabata y reacciona ante las noticias haciendo los mismos comentarios y juicios que una abuela católica iletrada, tons ¿pa qué lé?

Así, cada uno de nosotros abra su mente y déjese llevar por este viaje lector, comprenda lo que de humano hay en los relatos y observe, como si estuviera ante un espejo, la oscura humanidad que nos abarca. No se quede impasible después de leer El miedo lejano y otras fobias, no cierre el libro diciendo, como el personaje Susanita de la historieta Mafalda: «¡Qué barbaridad!»; pertúrbese, inquiétese, acepte la invitación que Rosado nos hace para entrar en una reflexión profunda, pues usted, como Terencio, como Rosado, como yo, como todos, humano es, y nada humano nos debería ser ajeno.

 


Texto leído en la presentación de El miedo lejano y otras fobias, el 7 de diciembre de 2017 en el Salón Tarkovsky del Centro de Cultura Casa Lamm.

Invitación JARZ

Desmesura: El miedo lejano y otras fobias, de Juan Antonio Rosado

Jaime Magdaleno

 

El miedo lejano 1¿Es probable o por lo menos posible que todos tengamos un “Destino de átomos”? Es decir: ¿existe la posibilidad de que todos los aquí reunidos orbitemos en torno a un centro o núcleo a partir del cual nos encontremos o alejemos indeterminadamente? Si esto es así, tal vez el núcleo de nuestras órbitas sea Juan Antonio Rosado. Concedamos lo anterior y ahora imaginemos que nuestras órbitas se disparan hacia un futuro incierto. Lo que solicito es que imaginemos, por favor, que en esta presentación un sujeto A conoce a un sujeto B (en realidad, pienso en que en esta presentación un hombre conoce a una mujer) y a partir de que entablan conocimiento uno del otro se enfrascan en un romance del tipo “Las dulzuras del limbo”. Los que hemos leído ese cuento de Juan Antonio Rosado sabemos que, si ése fuera el caso, las repercusiones de esta presentación se volverían gozosas para los participantes, quienes quedarían envueltos en un triángulo amoroso donde el hombre se convertiría en voyeur y la mujer desplegaría su sexualidad en compañía de otra, más joven y apetitosa.

Fin del primer despliegue de la imaginación.

Ahora vamos a un segundo despliegue: un sujeto A conoce a un sujeto B y a partir de que entablan conocimiento uno del otro se embarrancan en diferencias ideológicas insalvables, y eso los lleva a convertirse en enemigos irreconciliables, tal como acontece en el cuento “Tiro de gracia”, donde un anticlerical profesor de ética se enfrasca en una pugna con las autoridades de una universidad católica. Esta pugna culmina en una zacapela entre el profesor de ética y el gordo vicerrector de la universidad. En este caso, las órbitas existenciarias/imaginarias que girarían en torno del autor explotarían con el contacto de un otro totalmente ajeno y contrario al yo.

Ahora bien, si me he expresado con la desmesura digna de un personaje de Juan Antonio Rosado no es extraño, pues su libro El Miedo lejano y otras fobias tiene la cualidad de introducir al lector en un universo perturbador, inquietante, pero también lúdico y gozosamente experimental. De ahí vengo, y por eso en esta presentación de El miedo lejano me escuchan hablar así, desbordado y estimulado por los cuentos. En realidad, yo tenía pensado comenzar mi intervención con un texto más conservador, donde refería las circunstancias en que conocí al doctor Juan Antonio Rosado para, a partir de allí, resaltar dos virtudes o cualidades que distingo en él desde que lo conozco: la generosidad y la apuesta por la diferencia. Permítanme, por favor, presentarles ese primer texto que escribí para esta ocasión. Dice:

Buena tarde.

En cuanto recibí la invitación de Juan Antonio para participar hoy en la presentación de su libro El miedo lejano y otras fobias recordé el prólogo a Niebla, de Miguel de Unamuno, escrito por uno de su personajes: un tal Víctor Goti, quien expresa su confusión al tener que presentar a un autor reconocido, siendo él —me refiero a Víctor— un escritor sumido en el casi anonimato. Como sabemos, Goti no puede rechazar el ofrecimiento, pues los deseos de Unamuno son para él “mandatos”; además, le parece conveniente que sean los escritores desconocidos los que presenten a los conocidos, dado que un libro se vende sobre todo por el “cuerpo” antes que por el “prólogo” de un escritor anónimo. Por si fuera poco, de acuerdo con Goti, es enorme ventaja para el desconocido presentar al reconocido, para así darse a conocer en la República de las Letras.

Sin adentrarme en el análisis de la intención de Miguel de Unamuno al obligar a uno de sus personajes a presentarlo, por el momento sólo refiero el dato, pues justo lo que acabo de parafrasear sobre los dichos de Víctor Goti fue lo que pensé y sentí al momento de recibir la invitación de Juan Antonio Rosado. Y es que, aunque él no lo sepa —por lo menos no de manera explícita— sus deseos literarios son para mí “mandatos”. Ahora bien, ¿de dónde viene ese ascendente moral del doctor Juan Antonio Rosado sobre mí? Informo y aclaro: de la generosidad con que siempre ha considerado mi trabajo, mis ideas, mi prosa. Generosidad demostrada desde aquel seminario de titulación al que acudí con un proyecto rechazado una y otra vez por ciertas sensibilidades exquisitas de esta escuela, quienes consideraban que un trabajo sobre el narcocorrido no podía elaborarse en esta Facultad de Filosofía y Letras. El doctor Juan Antonio Rosado no sólo estuvo de acuerdo con la idea y la posibilidad de elaborar este proyecto, sino que se ofreció a asesorarlo. Así pues, fue mi director de tesis, aunque ahí no acabó el asunto: cuando me aventuré en la publicación de una novela titulada —para horror de las mismas sensibilidades delicadas—, Diatriba [para tus nalgas] en Bildungsroman, Juan Antonio tuvo la curiosidad de leer ese esperpento e incluso se atrevió a redactar una reseña que publicó en su columna crítica del suplemento La Cultura en México. Como puede verse, de Juan Antonio Rosado sólo he recibido generosidad e inclusión; prueba de ello es el hecho de que la tarde de hoy esté yo hablando aquí, frente ustedes, siendo, como soy, un escritor casi anónimo, justo como se asume el personaje Víctor Goti, de Unamuno.

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De izquierda a derecha, Jaime Magdaleno, Francesca Gargallo, Federico Ballí y Juan Antonio Rosado en la presentación del libro El miedo lejano y otras fobias, de J. A. Rosado, el 30 de octubre de 2017, en la FFyL (UNAM).

No obstante, la generosidad de Juan Antonio no es gratuita: va siempre acompañada de una mirada y una voz crítica con las que despliega todo comentario, toda disertación, toda escritura. Esa mirada suya se fija, las más de las veces, en el lado oscuro de la luna, es decir: en los fragmentos, resquicios poco explorados de lo real, por lo que su escritura apuesta por la diferencia, por la diversidad, por la heterodoxia, por el lado contrario al canon. Tal vez por ello se interesó en un estudio sobre el narcocorrido y reseñó, también, una novela que se atreve a incluir la palabra nalgas en su título (¡sálvanos, oh Bloom, de tal sacrilegio al canon!). La apuesta por la diferencia es, pues, otra de las cualidades o virtudes de Juan Antonio Rosado, y ello se mira en los veinte cuentos reunidos en El miedo lejano y otras fobias: antología que comprende 35 años de práctica heterológica, tal y como describe la narrativa de Juan Antonio Rosado el escritor Agustín Cadena. La heterología de Rosado abarca historias como “Florido Laude”, cuento de ciencia ficción con tono fársico que sugiere lo mismo una crítica a los excesos de la quirúrgica de transplantes que a la sofística en torno a la medicina tradicional, o como “Ecce Homo”, relato de la crueldad donde la violencia extrema ejercida sobre un hombre, reducido inexplicablemente a ser un torso con cabeza, se mira gratuita para quien no ha sondeado en las posibilidades del odio humano: “Te voy a llevar a un barranco, jijo de la chingada. Te voy a meter en un basurero hasta que llegue alguien y te recoja para incinerarte con el resto de la mierda”. El registro narrativo de Rosado es amplio y en él cohabitan relatos de corte fantástico como “Luces opacas”, donde Elisa conduce a sus amigas a una región espectral semidantesca; narraciones existencialistas como “Vuelta de paseo”, en que un gris burócrata, Arturo Tulela, sustituye una aventura amorosa con una “rubia pintarrajeada que emitía vulgaridad”, con arriesgados descansos sobre el borde de una azotea, único sitio en el que Arturo encuentra paz y sosiego; cuentos intra-narrativos como “Ojo triangular”, donde una voz conduce a otra, y a otra, y luego a otra, hasta que la historia erótica de Luisa queda exhibida desde diversos registros. Por lo que toca al cuento que da título al libro, “El miedo lejano”, nos brinda el relato de un joven de 21 años destrozado por una ruptura amorosa. Después de una noche de insomnio, decide dar un paseo a las seis de la mañana de “un común y corriente 19 de septiembre”, sólo para terminar implicado en una historia de prostitutas y policías, robo y extorsión. El cuento, escrito después del terremoto de 1985 y leído 32 años más tarde, luego del 19-S de 2017, es actual por su factura, por su “léxico de la trepidación natural”, y por la situación de vulnerabilidad que vive el protagonista, no necesariamente por la ruptura amorosa, sino por el movimiento telúrico, por el virtual secuestro al que lo someten unas prostitutas y por la extorsión que sufre a manos de (¿quién más?) la policía judicial de la Ciudad de México

Agustín Cadena —según consignan Karina Castro y Janine Doufour en su bien documentado prólogo a la edición— ha dicho que Rosado es un autor difícil. En efecto lo es, aunque sólo para aquellos lectores anodinos que buscan la repetición ad nauseam del canon. Juan Antonio Rosado, en su Miedo lejano y otras fobias, se presenta como escritor en busca de una temática poco explorada en nuestro medio literario, que resulta incómoda a las sensibilidades más domesticadas, dando paso, a la vez, a una narrativa en permanente búsqueda de estructuras diversas y a una voz personal, sobre todo polifónica, y además polirrítmica.

Texto leído en la presentación de El miedo lejano y otras fobias, el 30 de octubre de 2017 en el Salón José Moreno de Alba de la Facultad de Filosofía y letras de la UNAM.

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