El archivo

fire-3009953_960_720Ximena Santaolalla

Jamás imaginé el puto espanto que me esperaba cuando desperté abrazado de mi esposa y de Claudito. Quiero al menos poder decidir si me mato o me dejo asesinar. Eso fue lo primero que pensé cuando vi al hijo del coronel fuera de casa.

Ya por la noche, tanta angustia estaba a punto de derrumbarme. Como si nada pasara, cité a Lucía en el Portales, un bar siempre vacío con música romántica. Acostumbro a ir todos los días luego del periódico para adormecer la maldita ansiedad con un par de copas.

Luci, de blanco y escotada, parecía un ángel promiscuo. Tras dos horas de seria discusión, me observó con esa pose de investigadora perspicaz que para entonces yo ya detestaba.

—Camilo —se enderezó en la desteñida poltrona de terciopelo rojo, proyectando hacia mí sus majestuosos pechos—, ¿el archivo existe?

Quise encajarle la navaja recién oculta en mi chamarra. Se atrevía a dudar de mí, ¡como si yo no mandara!

—¡Carajo, Lucía! Cerrá el hocico, me tenés mascado con esa puta pregunta taladrándome.  Si te atrevés a meterte a la cama con un teniente asesino, ¿por qué coño no querés ir al archivo?

Sentí que se hinchaba la vena de mi frente como un gordo gusano de sangre. Quise ordenar otra botella de guaro para controlar mis putos arranques, pero el taciturno mesero había caído dormido sobre la barra.

—Ay, flaquito, algo te pasó de patojo para que explotés así, ¿qué no? —rio con esa mueca ladeada de sabelotodo que antes se me hacía tan sexy; acomodó el cabello lacio y negro en un chongo, dejando ver su larguísimo cuello—.  Acordate de tus palabras, vos mismo asegurabas que el archivo de guerra era una superstición, un sueño mojado de periodista.

Quise gritarle: si exploto es por tu culpa, por buscona, por tu obsesión con los cuques y tus ínfulas de justiciera, ¡por tus puterías! Pero solo alcancé a bufar: «¡Irás al maldito archivo, querás o no!». Golpeé la mesa, los borrachos en la barra voltearon con tirria.  Seguro eran los asquerosos espías del hijo del coronel. El más macabro de los tres tenía un enorme tatuaje en el brazo izquierdo, que en la oscuridad del bar parecía un tigre de dos cabezas.  Succioné lo que quedaba de la botella de Quetzalteca.

—Nos vigilan —afirmé muy serio, con la esperanza de que en realidad solo vigilaran el escote de Lucía—. Seguro sospechan que estamos por meter las narices en la mierda.

—Flaco, estás traumado… Esos choyudos no captan nada, a lo mucho te reconocieron de La Aurora o algún noticiero.

—Volteá discreta —susurré—, aquí apesta a kaibil, hijoeputas…

Se volvió hacia ellos despacio, con su abrumadora sensualidad.  Se le endurecieron los alegres ojos negros. Supe que me creía.

De nuevo se me clavó el miedo descontrolado de la mañana, de cuando vi al hijo del coronel recargado en mi carcacha de periodista muerto de hambre. Ante mis ojos vi pasar, en un instante, la película de terror que me estuve contando todo el día.

—Si tenés miedo, duermo con vos esta noche —ofrecí a Lucía, para largarnos de ese nido de orejas, cerrar el trato del archivo y pedirle todas las copias del reporte sobre el maldito coronel.

—¿Y tu esposa?

—¿Y tu teniente de mierda?  —reviré—. Si nos encuentra en la cama, me sorraja un balazo.

—No te preocupés, lo mandaron a Chiquimula —dijo lasciva, tocando mi entrepierna.  Me quedé mirando los manchones del mantel percudido; sonaba una canción de Arjona,  no se acaba el amor, solo porque no estás, se mete en mi sangre y se va de rincón en rincón arañándome el alma y rasgando el corazón.

—Más vale que no vuelva el cerote. Vos no entendés, Luci. Si Chinchilla nos ve en la cama, todo se tratará de marcar territorio con la pinga.

Dejé un billete de 50 quetzales sobre la mesa; salimos de la penumbra del bar, hacia la oscuridad de la noche.

***

ordonanzschuhe-919682_960_720Estoy seguro de que los espías comemierda escondieron micrófonos en el departamento de Lucía; cuando entramos, sus pinches gatos maullaron raro, como diciendo que alguien había estado ahí antes que nosotros. Luci ni se inmutó. Me miró con esa calentura que enloquece a cualquiera, y yo, por primera vez en 18 meses de pisar como los dioses, no logré tener una erección. Flaquito, calmate… Estás ciclado con el asunto del archivo, te trae paranoico, ¿qué no? Bajó los tirantes de su blusita blanca, se hincó para mamármela. La pinga se me encogió aún más de solo suponer que hubiera una puta cámara filmándonos: si el coronelito mostraba al demente de Chinchilla una imagen de Lucía con mi verga en la boca, sería hombre muerto. Escuché el tintineo de unas llaves en el pasillo. Brinqué.

—Flaco, ¿qué pasa? —atrajo mi cabeza hacia sus suaves tetas. Me preparé para usar la navaja, pero solo advertí el ronroneo de los putos gatos (eran cuatro) que me vigilaban como a un alacrán antes del zarpazo.

—Indigna que dudés de mi palabra y me humillés insinuando que lo del archivo es pura superstición —dije desesperado, luego de unos minutos en silencio. Tallé mis ojos con saña, llorosos de tanto pinche pelo felino.

—No dudé de tu palabra, sino de tu contacto… ¿Por qué no podés ir vos mismo al archivo? ¿Por qué tengo que ir vendada? —por primera vez noté el miedo en su rostro—, si el archivo es lo que creemos, vos sabés que los cuques me matarán cuando publiqués el contenido.

—¡Pero si vos fuiste la loca que me acusó de tibio y me convenció de investigar al coronel y su hijo chalado! —ahora la maldita neurótica fingía ser juiciosa y prudente—. ¿Vos te creés que tu teniente no va a asfixiarte cuando publiquemos toda la mierda que le sacaste sobre Estrada? ¿O ya perdiste tu patético entusiasmo de rescatar al país? Sabés que yo iría al archivo si pudiera, pero mi cara está muy vista.

Recuerdo cuando Lucía se fijó en el teniente Chinchilla; él estaba vendiendo coca en una fiesta de artistillas. Esos dos son militares, ¿qué no?, me preguntó riendo. Se les nota a kilómetros el estilito. Yo le contesté: ¿y quién más nos va a vender esta chulada de perico? Todavía le dije que el de la cicatriz era hijo del coronel Estrada, que por eso le decían el Estradita o el coronelito.

Su idea de enrollarse con el tenientucho para investigar a los Estrada fue genial. Lástima que vivimos en Guatemala y que yo no nací para ser héroe ni mártir. Esa mañana, Estradita me enseñó, que nací para ser mediocre, tolerar la vida, aceptar las migajas que la vuelven menos fatigosa (como deslizarse entre dos piernas de mujer).

Con ojos sanguíneos, James Stewart me miraba desde el poster de Ventana Indiscreta.  Me paré a cerrar las cortinas y entré al baño. Leí los mensajes en el teléfono:

Estoy viendo las nalgas de tu vieja. Ay que ojos verdes tiene;

si no cumplís rapidito, se los boy a sacar y encajarlos en su pusa inmunda

Tu susio bebesito está tragando leche y si no entregás a tu wisita fisgona

y sus reportitos, esos pesones los boy a revanar bien despacito.

Sabés cómo los kaibiles reventaban las cabezas de los bebés mayitas?

Contra la pared quedaban todos sus sesitos de indio. Boy a practicar

Sabés como violaban a las indias los kaibiles? Mi jefe me contó,

ya me antojé de los melones caidos de tu vieja, tenés 12 horas para entregar

El pánico volvió. ¿Todo bien, flaco?  Vi el reflejo de mi repugnante cara, la nariz halconada y los labios gruesos… Unos ojos ajenos.  Ábreme, Camilo. Me odié; ese rostro peculiar y varonil ya no era el del Camilo de siempre. ¿Te sentís mal?  Todo es culpa suya, ella nos hundió en este pozo de mierda… Si no fuera una mujer loca… Nunca debió abrirle las patas al puto teniente. ¿Flaco? Si no tuviera obsesión por hacerse la justiciera, carajo.  Ven que te abrazo.  ¡Por cerdo caliente, carajo! Me halagó que me dijera te parecés a Cortázar de joven.  Perdoname, te hice enojar.  Si no estuviera tan buena, si no se tomara tan en serio el papel de periodista. Flaquito… Yo solo quería levantar La Aurora, ganar unos putos quetzales. No pretendía dudar de ti… Yo solo quería cuidar a Claudito, a mi mujer, tener sexo, ser un tipo normal… Te quiero. Nunca imaginé que la Lucía fuera así, inteligente, capaz de investigar algo serio. Ya lo pensé bien, sí quiero hacerlo… Sé que con el archivo podríamos incriminar a esos asesinos que se pasean uniformados, como si nada, la billetera llena…Ella me manipuló, con esa basura de que yo podía ser un gran periodista, afamado, cambiar Guatemala… Haré lo que me pedís, ¡iré al archivo! 

Sus palabras fueron como un buen jalón de mota. ¡Iría al archivo! Me invadió la sensación de estar dando el paso definitivo al responder los mensajes.

Lo hará. Solo deme 24h para ubicar copias del reporte.

Contestó enseguida:

Okas. tenés que actuar NORMAL, asi que trankilito choconoy.

mañana 23hrs eskina calle 31 con Petapa sercas de San Carlos.

Salí del baño con la satisfacción de quien ha zanjado la encrucijada. Lucía, seria, me escudriñó. Lo sabe todo, pensé horrorizado.

—No tenés que encerrarte en el baño para chatear con tu esposa —dijo, ahora viendo el teléfono que yo estrujaba con ambas manos.

—Ah, se me olvidaba —aventé, al vuelo—, ¿tenés aquí las copias físicas y digitales de tu último reporte sobre el coronel Estrada?

—No te preocupés —la noté ya muy lejos de mí, tal vez excitada y temerosa por la misión—; escondí seis copias por si Chinchilla me descubre. Es casi imposible que las encuentre todas.

Anotó en un papel las ubicaciones exactas de cada una y me lo entregó con solemnidad.

***

La noche siguiente, de camino a consumar la entrega, volvió el maldito pinchazo en el estómago que aún siento.  Lucia vistió de negro, inusual en ella.  Se veía muy distinta, delgadísima, frágil, como una mujercita dócil. Tarareaba oh baby baby it’s a wild world, I’ll always remember you like a child, girl;  era la canción que su papá le cantaba de niña.

—Ya usté sabe las reglas que su wisita debe seguir, oiga —dijo el hombre bajo y corpulento que bajó de la Pick Up en la esquina de Petapa con la calle 31—: celu apagado; ojos vendados; setenta y dos horas en el archivo sin poder salir; la que le llevemos es la comida que va a comer; orina y defeca en la bacinica; en su laptop toma notas; fotos prohibidas. Póngale esto en los ojos y en su cabeza.

El hombre escupió una flema y abrió la puerta del otro lado de la Pick Up.  Estoy seguro de haber visto dos cabezas escarlatas de jaguar o tigre, tatuadas en su bíceps.  Lucía y yo nos abrazamos; creo que susurró «pedime que no vaya». Contemplé por última vez sus fabulosos ojos infelices, inundados de miedo.  Se acercó al tipo, decidida; quería verlo bien antes de vendarse.

Subí a mi Sentra blanco y, sin esperar a que la Pick Up arrancara, aceleré hacia la dirección opuesta.

***

De eso han pasado ya 31 días. Ayer leí en La Prensa Libre que «fueron hallados el viernes santo en el interior de un Kia Forte rojo, los cadáveres de la periodista Lucía Flaquer, de 25 años, y del conductor de identidad desconocida. Fallecieron instantáneamente luego del impacto contra un muro de contención. Según el padre de la periodista, hace un mes Flaquer salió de la Ciudad a cubrir la fiesta de la virgen de la Asunción en Jutiapa».

Esta mañana se publicó el reporte que preparó Lucía sobre el coronel.  No sé a quién le dejó esa última copia, carajo.  Me enfurece que fuera más lista que yo, que la muy puta me jodiera desde la tumba. Lo publicaron todo, hasta lo del negocio de la red de trata de hondureñas.

Sé que el Estradita comemierda me va a encontrar, sí o sí. Sé que no hay cómo esconderse de un milico; él me lo advirtió. Así es este país. Lo vi entrar al departamento de Lucía hace unas horas. Sé que me está cazando. ¡Cómo me hubiera gustado despedirme de Claudito!  De sus manitas que atrapaban mis dedos con fuerza, como si nunca quisiera soltarlos.  Quién sabe si lo dejarán vivo, ¡pinches milicos asesinos!

Yo ya nomás estoy decidiendo si me mato o me dejo asesinar.

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