Mi madre se dijo puta

IMG_8003

 

Irma Rodríguez

 

A Lucero, una pequeña gigante

 

 

De muchas maneras se dijo puta mi madre,

la frente en alto;

digna, cínica,

buscó amarse.

 

Poco a poco se desvistió mi madre;

perfumó su cuerpo

con olor

de Rosa Venus,

infinitas ilusiones llenaron su boca.

 

Mi madre era de ojos chiquitos

pero su mirada,

un océano;

la cópula inundó su universo fértil

doce veces,

deseosa de alivio con doce gemidos.

Yo fui la número siete.

 

Mi madre fue manantial.

Sus pezones durmieron en la cuna

de la inocencia.

Nada fue la gravedad de su peso

sobre su carne tibia y silenciosa.

 

Mi madre fue ciega extensión de deseos,

refugio de la sincronía del universo

que durmió entre las llanuras

para juntar sus centros gravitatorios

en un grito que se elevó al cielo.

 

¡A vuelo!, dijo mi madre,

¡que nuestras risas vivan en los ombligos!,

¡que hagan malabares sin resbalar en la muralla,

caída libre al precipicio!

 

Nunca ser la misma,

dijo mi madre,

ni lo que a imagen y semejanza hagan de nosotras;

tampoco la amante de todos,

sólo de ellos, de los pocos.

 

Mi madre pidió a su ego no ir más allá,

olvidarse del tiempo fecundado,

seguir volando como ave y

caer sobre una pirámide en ruinas

para reconstruirla.

 

Mi madre cuidó su cabeza,

también su hermoso culo.

Sabía lo que eran las partes

como un todo.

 

Mi madre siempre supo de qué estaba hecha,

lo sabía desde el sol palpitante que habitó en su pecho

y tenía miedo, miedo de amar, no de amarse;

eso lo sabía hacer de sobra,

amar, amar porque amar siempre termina en falsa ironía.

 

Muchas veces mi madre sofocó

los fuegos peligrosos,

tirada bocabajo se escribió preguntas y respuestas

sobre el vientre,

despreció agregados al coctel

que llamó vida.

 

Mi madre habló con sus silencios

un lenguaje que inundó naufragios,

sin ahogarse

porque lo que inunda no siempre ahoga.

 

Mi madre expuso su sexo frente al sol,

frente a la luna;

su vagina

fue arpegio de vibraciones,

cantos de la vida.

 

Mi madre es virgen,

mujer que sabe lo que es tener

al diablo enfrente;

por eso jamás tropezó

con la misma piedra.

Ahora yace en un retablo.

 

Mi madre hoy quiere alcanzar

la tierra firme;

siente el naufragio de la soledad,

va en plenitud de vuelo;

sabe que la vida es un segundo,

único y eterno.

 

Yo

siempre seré Lucero, la hija de mi madre,

a quien quizá

nunca alcance.

 

IMG_7998

 


Ilustraciones: Irma Rodríguez.

Anuncios

Isidra

parcialismo1Irma Rodríguez Tapia

“No puede ser. El tiempo pasa volando. Parece que fue ayer y ya hace un año. Lo único que espero es que no se aparezca Ernestina. Me choca ver su carota de sufrida. Es la hora en que a ella no se le olvida. Todo el tiempo de insidiosa, repitiendo: yo le hubiera esto; yo le hubiera lo otro; yo le hubiera aquello. ¡Ashhhh!, me dan ganas de decirle que se calle, que el hubiera es un verbo pendejo. Si no le torcí el cuello es porque no valía la pena. ¿Y yo, qué podía hacer? Le pude haber dicho sencillamente que Bulmaro la quería, que en sueños lo escuché pronunciar su nombre; a lo mejor con eso, a estas alturas, ya hubiera dejado de joder. Pero no, no lo intenté, ni tampoco lo intentaré: no tiene caso. Es tiempo de hacer a un lado el pasado”. Aprieta con fuerza los ojos color miel. La espuma del jabón con que lava su espesa cabellera, resbala como río desbordado entre las comisuras de la cara. Cierra la llave del agua caliente; se estremece al sentir el agua helada sobre la piel: “Prrrrahhhhh, prrrashhhhh, prrrashhhhh”, murmura mientras envuelve su cuerpo con la toalla. “¡Qué méndigo frío!, hasta la mustia de Ernestina se me olvidó”.

Isidra se dirige al lavabo, cepilla con fuerza los dientes amarillos, se enjuaga la boca, escupe, se inclina hacia el espejo, estira la quijada torciendo los labios y acaricia la cicatriz de infancia que surca el pómulo derecho, toma una bocanada de aire y continúa: “A estas alturas, no me debería importar ver a esa mujer. Pobre tonta, nunca fue capaz de meterse en la cama con Bulmaro. ¡Ja, ja, ja! Ni a quién se le antoje abrazar pellejos; y no, no es envidia, ¿eh? Es porque… es imposible que a Bulmaro se le pudiera apetecer algo como Ernestina, siendo tan caliente, ¡caray! No me lo imagino en la cama con ella. Se me pone la piel chinita nada más de recordarlo tumbadote en la king, excitado, con el pene erecto”.

Se agacha y unta de crema sus piernas, se incorpora, quita el vapor del espejo con la punta de los dedos, se alisa las cejas, retira la toalla de la cabeza, desenreda el cabello con suavidad, abre la puerta y al instante envuelve su cuerpo un viento fresco. Respira profundo y se estremece, da un brinco para pararse encima del tapete: “Quién lo dijera, dieciocho años con Bulmaro”. Apoya la punta del pie sobre la cama, sube el vestido, lo atora entre los muslos, se acomoda las medias; enseguida se inclina para ponerse los zapatos, se incorpora; ya está frente al espejo, sujeta el pelo con un prendedor rojo, se echa en las manos colonia Sanborns, la frota entre las piernas, toma otro poco, la embarra sobre los abultados senos, ríe pícaramente al oler las yemas de los dedos, que lleva a la boca para lamerlas. Ve de soslayo su excitada silueta tras el espejo: “¡Hummmmm!, no, no empieces, Isidra, controla tus ganotas; luego no paras”. Acerca el rostro al espejo, se da unas palmaditas en los cachetes sonrojados y camina de puntitas hacia la sala. Toma el bolso del sillón, saca las llaves, cierra la puerta, da la media vuelta y sale hacia la cochera con el fin de abordar el viejo Honda rojo, automático, de vidrios polarizados. Se encamina hacia el sur de la ciudad.

Los rayos del sol caen sobre la cara de Isidra, hace una mueca, arruga la respingada nariz, frunce el entrecejo y cierra los ojos. Se pone las gafas negras, le cubren la mitad de la cara. Acomoda bien sus redondas nalgas en el asiento, suspira y dice relajada: “Afortunadamente no hay tráfico, llegaré a tiempo”.

Antes de acelerar, mete la mano derecha al bolso, saca la cosmetiquera, se acerca al retrovisor y se pinta los labios. Acelera, se detiene, aprovecha el alto, levanta las gafas, pone rímel a sus pestañas. Reacciona con un sobresalto al escuchar el claxon del coche que trae pegado atrás: “¡Pendejo, me asustaste, imbécil; a la próxima, a pitarle a tu madre!”. Sin que nadie escuche el reclamo, avanza enfurecida, introduce un CD en el estéreo.

Un escalofrío la hace estremecer. Estira el cuello y ve claramente por el retrovisor los carnosos labios de Bulmaro; ríe, se excita, acelera, frena, suspira, acelera… De un manotazo, apaga el estéreo, toma Insurgentes, se dirige al Viaducto, da vuelta en Barranca del Muerto y sube al segundo piso del Periférico. Ya está en la Picacho Ajusco y se interna por Torres de Padierna.

Baja del coche, camina por el empedrado. “Estas malditas piedras de siempre”, refunfuña al sentir los tacones de sus zapatillas rojas hundirse entre huecos. Entra a la iglesia, se retira las gafas, se persigna, camina de puntitas: “Ahí está la madre de Bulmaro y a su lado Ernestina. ¡Méndiga vieja! No, no hagas caso, Isidrita, no vale la pena sufrir por ese pedazo de pellejo que ni al cura se le antoja”. Hermanos, vayamos en paz, la misa ha terminado. Es todo lo que escucha. Vuelve a persignarse y, sin voltear, da media vuelta y sale.

Camina sobre el empedrado, renegando de la madre de Bulmaro, de Ernestina, del cura, de todos los feligreses. Sube al Honda y emprende el camino de regreso. “Quedarme a platicar con este par de arpías es lo último que haría; no voy a desperdiciar el tiempo tratando de convencerlas. Ojalá no vuelva a verlas nunca”. Se acomoda las gafas.

Al ver frente a sus ojos el letrero Picacho-Ajusco, frena con brusquedad. Le resta importancia al rechinido de llantas del carro de atrás y continúa. Acelera, dobla a la derecha, ingresa al Periférico. A medida que avanza, el tráfico se hace insoportable. Frena, acelera, frena, se acerca al retrovisor y observa su rostro. Limpia el exceso de grasa de la frente, de la nariz, del mentón, se acomoda el cabello. Toma de la cosmetiquera el bilet y pinta sus labios. Se acomoda en el asiento, percibe el aroma a colonia Sanborns que brota de los senos, agacha la cabeza lo más que puede, intenta lamerlos como lame un felino sus bigotes, desliza con suavidad la mano izquierda sobre el seno, aprieta el pezón derecho, acelera, frena, saca la mano, la lleva a su nariz, frena, acelera, frena, vuelve a introducir la mano. Ahora, le toca al pezón izquierdo. Frena bruscamente, voltea hacia el asiento de al lado al sentir la presencia de Bulmaro, ve cómo la observa con los ojos tristes, los párpados caídos. “Siempre he dicho que tiene los ojos igualitos a los de John Lennon”. Voltea nuevamente: no hay nadie, sonríe, limpia su frente perlada en sudor y con enfado bota las gafas al asiento de atrás.

manicura-perfectaAumenta la temperatura. Los vidrios permanecen cerrados y el aire acondicionado no es suficiente. Isidra estira la mano derecha. Con la punta de los dedos, verifica el botón del aire. Refunfuña: “flamante herencia del pinche libidinoso senador Melqueades; no le pudo haber dejado a Bulmaro algo mejorcito; toda su vida de fielesote, y para esto, ¡carajo!”. Acelera, frena, siente la mano de Bulmaro entre los senos, deja que la acaricie, escucha su respiración muy cerca del oído, percibe su aliento inconfundible: dulce de frambuesa. Voltea, no hay nadie, se inquieta. El sudor de la entrepierna desprende el olor a colonia Sanborns. Bulmaro está por todas partes, lo huele, lo siente. La cara de Isidra se transforma; sus facciones se vuelven duras. Frunce el entrecejo como niño estreñido. Se muerde los labios, frena, suelta el volante. La mano derecha se desliza por el vientre hasta tocar la pantaleta húmeda. Levanta la vista y lanza un alarido: “Bulmaaaarooooooooooo”. Acelera, frena, estira la mano derecha y aprieta el botón del CD para subir el volumen: “Contigo aprendí que puede un beso ser más grande y más profundo. Que puedo irme mañana mismo de este mundo. Las cosas buenas ya contigo las viví. Y contigooooooooooooooo…” Acelera, frena, acelera, frena… Escondida dentro de la pantaleta húmeda, la mano izquierda no pierde el tiempo y juega. Isidra entreabre los ojos: allí está Bulmaro, en un cuarto extenso, tendido boca arriba en medio de la King size, excitado, con el pene erecto. “¡Ashhhh¡, ¡Bulmarito¡, eres el vivo retrato de tu madre. Si no fuera por tu olor y tu sexo pensaría que tengo enfrente a la vieja: menuda, desgarbada, cabello rebelde que rodea la frente pegada a la nariz aguileña, y esos ojos, esos ojos nobles de mirada de perro regañado que tanto extraño inundar de besos.” Se escucha el claxon de un coche, Isidra reacciona, acelera, frena, Bulmaro la penetra, frena, acelera, frena, acelera. El tráfico está a su favor, más acentuado, lento, parado completamente. Suelta el volante. La mano derecha abre la guantera, saca el consolador morado sabor uva, lo introduce entre las piernas con ayuda de la mano izquierda. Aumenta la temperatura. Otra vez, Bulmaro como siempre, los ojos tristes de párpados caídos, inunda el ambiente con el sudor a colonia Sanborns. Acelera, se detiene, jala el freno de mano, introduce con más fuerza el consolador, suelta el freno, acelera, frena con brusquedad, aúlla como loba en celo al empujar hacia adentro el aparato. De nuevo acelera, frena, siente en la garganta el veloz palpitar de su corazón, y escucha a lo lejos la voz del cura: “Oremos por el alma de nuestro hermano Bulmaro… Descanse en paz, así sea”.

Isidra frena, pega los senos al volante, los restriega haciendo sonar el claxon, voltea, no hay nadie, sonríe, juega una y otra vez con el consolador, siente la vibración y se excita aún más. Escucha la respiración de Bulmaro, ahí está, sale de las bocinas del estéreo: “Y contigo aprendí. Que yo nací el día en que te conocíiiiiiiiiiiiiiiiiiii”. A medida que avanza el CD, la respiración de Bulmaro se hace más intensa. Isidra siente escalofrío, se estremece, acelera, frena, acelera. El movimiento de los pedales con la punta de los pies le hace contraer la vagina. La respiración de Bulmaro es más agitada, acelera, frena, acelera, ya está en el Viaducto y la hilera de carros es interminable. Continúa, acelera, frena, aumenta el olor a colonia Sanborns, escucha la respiración del hombre más agitada. Isidra lleva la mano derecha hacia la entrepierna; el contacto de los pies con los pedales hace que los muslos se contraigan; los frota con la mano. La saca, la interna en la boca, la lame, vuelve inmediatamente a introducirla entre la pantaleta, siente calor, escalofrío, calor. El cuerpo ahí está, no lo siente, se separa por un instante del alma, allá va, ve que se aleja, escucha el grito aterrador de Bulmaro: ¡Aghhhhhhhhhhhhh, Ernestinaaaaaaa! Isidra se paraliza, siente el derrumbe del pene de su amado. Un frío intenso contrae su cuerpo, aspira de un porrazo el olor a colonia Sanborns, estira la pierna derecha y aprieta el acelerador a fondo. Un golpe seco. Enfrente, la imagen de Bulmaro, tumbado, en medio de la King size, excitado, con el miembro protuberante. Isidra sonríe. Tras los labios delgados y fríos se esconden los dientes amarillos. Un rayo de sol penetra su mirada dolida, inmóvil, clavada al infinito. Entre los pedales del Honda rojo, se escuchan los últimos suspiros del consolador sabor a uva.