Enrique Krauze: Proyecciones discursivas del Mesías Liberal

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Enrique Krauze. Foto: El Diario de Yucatán

Jaime Magdaleno

 

Fiel a la tradición de la intelectualidad mexicana de publicar libros en el contexto de una elección presidencial, Enrique Krauze entrega en 2018 El pueblo soy yo, un conjunto de ensayos donde diserta sobre demagogia, populismo y fascismo, tanto en América Latina como en los Estados Unidos. A propósito de esa publicación, en el número 776 del suplemento cultural Laberinto, del diario Milenio, José Luis Martínez S. lo entrevista y da hilo, coba u ocasión para que Krauze hable y se extienda sobre una de sus obsesiones de los últimos tiempos: Andrés Manuel López Obrador, a quien en 2006 adjudicó el epíteto de Mesías Tropical, y en quien encuentra ahora una «santa ira […] riesgosa para el funcionamiento de una democracia liberal». En el encabezado de la entrevista, se lee una contradicción. Enrique Krauze quien, según sus palabras, escribe El pueblo soy yo «para que el ciudadano norme su criterio», no obstante «reitera su vocación democrática» y «alerta contra los peligros de la demagogia». Es decir, el encabezado de la entrevista da cuenta de la pretensión de Krauze de normar criterios o dictar normas de conducta para «antes, durante y después de las elecciones» de 2018, pero también muestra su preocupación por la libertad de juicio y de crítica en los ciudadanos. De tal forma, el encabezado nos lleva a reflexionar si, al advertir sobre la demagogia y el populismo, Krauze mismo no nos da qué pensar sobre su propia demagogia y populismo, que intenta normar el criterio de los ciudadanos «antes, durante y después de las elecciones», pese a la «vocación democrática» que afirma tener. Si esto último es cierto, Krauze practicaría el curioso arte de proyectar sobre otros las propias intenciones, adjetivándolas con frases y palabras extraídas del fervor religioso al que pretende ridiculizar, sin darse cuenta de que su «crítica» se parece mucho a aquello que adjetiva. Tal es la tesis que se propone sondear este breve texto, tomando como referencia la entrevista realizada por José Luis Martínez S.

En la entrevista, Martínez S., desde su primera pregunta, suelta el «tigre» AMLO a la bestia de caza de Krauze: «En uno de los textos de El pueblo soy yo, usted escribe: “AMLO no es un populista más, es un populista nimbado de santa ira”», y Krauze se lanza a la caza del tigre, aunque antes le parece importante mostrar la pertinencia de su armamento-argumento: «Cada palabra (del ensayo “México, en la antesala del populismo”) está justificada». Como puede apreciarse, antes de tirar a matar, Krauze, fiel creyente de la religión del libre pensamiento, reza el salmo de la justificación epistémica para afirmar la imparcialidad de su ataque, así como la objetividad de su crítica meditada sobre su obsesión-objeto de estudio: AMLO. Más adelante, afirma: «En López Obrador percibo siempre un aliento religioso. Pienso que López Obrador reencarna una figura redentora, como lo fueron Evita Perón o el Che Guevara en su momento». Es extraño que alguien que intenta ser el guía cívico de la sociedad para «antes, durante y después de las elecciones» califique de «figura redentora» a otro, pues desde mi lectura, Enrique Krauze se identifica a sí mismo como «figura redentora», sólo que de los «peligros del populismo». En ese sentido, me parece claro que, en su discurso, Krauze proyecte su propia misión como Profeta del Libre Pensamiento, adjudicándole a otros las actitudes mesiánicas que él mismo pretende encarnar como Ángel Guardián de la Crítica o Mesías Liberal.

Practicando la fundamentación argumentativa o justificación epistémica de las «palabras» que solicita Krauze, justifico los epítetos Ángel Guardián de la Crítica, Profeta del Libre Pensamiento y Mesías Liberal, con la anécdota que el mismo Krauze refiere sobre Robert Silvers, editor de la revista New York Review of Books:

Lo que te puedo decir es que Octavio Paz dijo que si la izquierda mexicana y latinoamericana no enfrenta el inmenso fracaso de la revolución cubana y no sabe ver con objetividad lo que era Cuba antes de [Fidel] Castro y en lo que se volvió Cuba durante su régimen, dejando a un lado toda la mitología, viendo claramente cómo era la educación, la salud antes de la revolución, si no sabe ver además que por más que habiendo sido detestable [Fulgencio] Batista y justificada su deposición, no saber ver que Castro acumuló un poder que sigue post mortem, esa izquierda nunca será democrática. Guiado por ese mensaje escribí ese ensayo («Cuba: la profecía y la realidad»), que me pidió el célebre editor de la revista New York Review of Books, Robert Silvers, quien murió hace poco (el 20 de marzo de 2017), que había sido un entusiasta partidario de la revolución cubana, como tantos otros, pero que se fue desencantando poco a poco. En sus últimos años, Silvers hizo un balance y coincidió con Paz en que aunque Estados Unidos tenía una gran responsabilidad en la tragedia cubana, de esa utopía fallida la mayor era de los hermanos [Fidel y Raúl] Castro. En las conversaciones que tuvimos un día me encargó ese texto, como un acto de coherencia moral, de decir: «Voy a darle cabida a un crítico, porque pienso que tiene razón». [Las negritas y las cursivas son mías].

En la cita anterior, vislumbramos la proyección mesiánica-profética de Krauze, quien en Octavio Paz tiene un Dios Padre que le habla («Octavio Paz dijo») y en cuyo verbo fundamenta palabra y acción («Guiado por ese mensaje escribí»), creando textos que son repeticiones o actualizaciones del dogma paciano disfrazado en razones («porque pienso que tiene razón»). Lo curioso es que Krauze adjudica su propia actitud mesiánica-profética a los adversarios, de ahí que el ensayo del que habla, «Cuba, la profecía y la realidad», lleve como título la referencia religiosa. Por lo anterior, considero que en el discurso de Krauze subyace un estrato religioso por medio del cual pretende describir y criticar los actos de los otros, aunque ese mismo estrato guía su acción y su palabra. Por lo mismo, pienso que no es exagerado llamar a Enrique Krauze Ángel Guardián de la Crítica, Profeta del Libre Pensamiento o Mesías Liberal.

Por último, me parece que las proyecciones discursivas de Krauze deberían ser objeto de un análisis meditado, profundo. Al llamar la atención sobre los peligros que entrañan tanto el «populismo» como la «demagogia» y el «fascismo», es probable que debamos reparar en la evidente autorreferencialidad de los discursos cargados de «santa ira» de este Profeta del Libre Pensamiento llamado Enrique Krauze.

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Desmesura: El miedo lejano y otras fobias, de Juan Antonio Rosado

Jaime Magdaleno

 

El miedo lejano 1¿Es probable o por lo menos posible que todos tengamos un “Destino de átomos”? Es decir: ¿existe la posibilidad de que todos los aquí reunidos orbitemos en torno a un centro o núcleo a partir del cual nos encontremos o alejemos indeterminadamente? Si esto es así, tal vez el núcleo de nuestras órbitas sea Juan Antonio Rosado. Concedamos lo anterior y ahora imaginemos que nuestras órbitas se disparan hacia un futuro incierto. Lo que solicito es que imaginemos, por favor, que en esta presentación un sujeto A conoce a un sujeto B (en realidad, pienso en que en esta presentación un hombre conoce a una mujer) y a partir de que entablan conocimiento uno del otro se enfrascan en un romance del tipo “Las dulzuras del limbo”. Los que hemos leído ese cuento de Juan Antonio Rosado sabemos que, si ése fuera el caso, las repercusiones de esta presentación se volverían gozosas para los participantes, quienes quedarían envueltos en un triángulo amoroso donde el hombre se convertiría en voyeur y la mujer desplegaría su sexualidad en compañía de otra, más joven y apetitosa.

Fin del primer despliegue de la imaginación.

Ahora vamos a un segundo despliegue: un sujeto A conoce a un sujeto B y a partir de que entablan conocimiento uno del otro se embarrancan en diferencias ideológicas insalvables, y eso los lleva a convertirse en enemigos irreconciliables, tal como acontece en el cuento “Tiro de gracia”, donde un anticlerical profesor de ética se enfrasca en una pugna con las autoridades de una universidad católica. Esta pugna culmina en una zacapela entre el profesor de ética y el gordo vicerrector de la universidad. En este caso, las órbitas existenciarias/imaginarias que girarían en torno del autor explotarían con el contacto de un otro totalmente ajeno y contrario al yo.

Ahora bien, si me he expresado con la desmesura digna de un personaje de Juan Antonio Rosado no es extraño, pues su libro El Miedo lejano y otras fobias tiene la cualidad de introducir al lector en un universo perturbador, inquietante, pero también lúdico y gozosamente experimental. De ahí vengo, y por eso en esta presentación de El miedo lejano me escuchan hablar así, desbordado y estimulado por los cuentos. En realidad, yo tenía pensado comenzar mi intervención con un texto más conservador, donde refería las circunstancias en que conocí al doctor Juan Antonio Rosado para, a partir de allí, resaltar dos virtudes o cualidades que distingo en él desde que lo conozco: la generosidad y la apuesta por la diferencia. Permítanme, por favor, presentarles ese primer texto que escribí para esta ocasión. Dice:

Buena tarde.

En cuanto recibí la invitación de Juan Antonio para participar hoy en la presentación de su libro El miedo lejano y otras fobias recordé el prólogo a Niebla, de Miguel de Unamuno, escrito por uno de su personajes: un tal Víctor Goti, quien expresa su confusión al tener que presentar a un autor reconocido, siendo él —me refiero a Víctor— un escritor sumido en el casi anonimato. Como sabemos, Goti no puede rechazar el ofrecimiento, pues los deseos de Unamuno son para él “mandatos”; además, le parece conveniente que sean los escritores desconocidos los que presenten a los conocidos, dado que un libro se vende sobre todo por el “cuerpo” antes que por el “prólogo” de un escritor anónimo. Por si fuera poco, de acuerdo con Goti, es enorme ventaja para el desconocido presentar al reconocido, para así darse a conocer en la República de las Letras.

Sin adentrarme en el análisis de la intención de Miguel de Unamuno al obligar a uno de sus personajes a presentarlo, por el momento sólo refiero el dato, pues justo lo que acabo de parafrasear sobre los dichos de Víctor Goti fue lo que pensé y sentí al momento de recibir la invitación de Juan Antonio Rosado. Y es que, aunque él no lo sepa —por lo menos no de manera explícita— sus deseos literarios son para mí “mandatos”. Ahora bien, ¿de dónde viene ese ascendente moral del doctor Juan Antonio Rosado sobre mí? Informo y aclaro: de la generosidad con que siempre ha considerado mi trabajo, mis ideas, mi prosa. Generosidad demostrada desde aquel seminario de titulación al que acudí con un proyecto rechazado una y otra vez por ciertas sensibilidades exquisitas de esta escuela, quienes consideraban que un trabajo sobre el narcocorrido no podía elaborarse en esta Facultad de Filosofía y Letras. El doctor Juan Antonio Rosado no sólo estuvo de acuerdo con la idea y la posibilidad de elaborar este proyecto, sino que se ofreció a asesorarlo. Así pues, fue mi director de tesis, aunque ahí no acabó el asunto: cuando me aventuré en la publicación de una novela titulada —para horror de las mismas sensibilidades delicadas—, Diatriba [para tus nalgas] en Bildungsroman, Juan Antonio tuvo la curiosidad de leer ese esperpento e incluso se atrevió a redactar una reseña que publicó en su columna crítica del suplemento La Cultura en México. Como puede verse, de Juan Antonio Rosado sólo he recibido generosidad e inclusión; prueba de ello es el hecho de que la tarde de hoy esté yo hablando aquí, frente ustedes, siendo, como soy, un escritor casi anónimo, justo como se asume el personaje Víctor Goti, de Unamuno.

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De izquierda a derecha, Jaime Magdaleno, Francesca Gargallo, Federico Ballí y Juan Antonio Rosado en la presentación del libro El miedo lejano y otras fobias, de J. A. Rosado, el 30 de octubre de 2017, en la FFyL (UNAM).

No obstante, la generosidad de Juan Antonio no es gratuita: va siempre acompañada de una mirada y una voz crítica con las que despliega todo comentario, toda disertación, toda escritura. Esa mirada suya se fija, las más de las veces, en el lado oscuro de la luna, es decir: en los fragmentos, resquicios poco explorados de lo real, por lo que su escritura apuesta por la diferencia, por la diversidad, por la heterodoxia, por el lado contrario al canon. Tal vez por ello se interesó en un estudio sobre el narcocorrido y reseñó, también, una novela que se atreve a incluir la palabra nalgas en su título (¡sálvanos, oh Bloom, de tal sacrilegio al canon!). La apuesta por la diferencia es, pues, otra de las cualidades o virtudes de Juan Antonio Rosado, y ello se mira en los veinte cuentos reunidos en El miedo lejano y otras fobias: antología que comprende 35 años de práctica heterológica, tal y como describe la narrativa de Juan Antonio Rosado el escritor Agustín Cadena. La heterología de Rosado abarca historias como “Florido Laude”, cuento de ciencia ficción con tono fársico que sugiere lo mismo una crítica a los excesos de la quirúrgica de transplantes que a la sofística en torno a la medicina tradicional, o como “Ecce Homo”, relato de la crueldad donde la violencia extrema ejercida sobre un hombre, reducido inexplicablemente a ser un torso con cabeza, se mira gratuita para quien no ha sondeado en las posibilidades del odio humano: “Te voy a llevar a un barranco, jijo de la chingada. Te voy a meter en un basurero hasta que llegue alguien y te recoja para incinerarte con el resto de la mierda”. El registro narrativo de Rosado es amplio y en él cohabitan relatos de corte fantástico como “Luces opacas”, donde Elisa conduce a sus amigas a una región espectral semidantesca; narraciones existencialistas como “Vuelta de paseo”, en que un gris burócrata, Arturo Tulela, sustituye una aventura amorosa con una “rubia pintarrajeada que emitía vulgaridad”, con arriesgados descansos sobre el borde de una azotea, único sitio en el que Arturo encuentra paz y sosiego; cuentos intra-narrativos como “Ojo triangular”, donde una voz conduce a otra, y a otra, y luego a otra, hasta que la historia erótica de Luisa queda exhibida desde diversos registros. Por lo que toca al cuento que da título al libro, “El miedo lejano”, nos brinda el relato de un joven de 21 años destrozado por una ruptura amorosa. Después de una noche de insomnio, decide dar un paseo a las seis de la mañana de “un común y corriente 19 de septiembre”, sólo para terminar implicado en una historia de prostitutas y policías, robo y extorsión. El cuento, escrito después del terremoto de 1985 y leído 32 años más tarde, luego del 19-S de 2017, es actual por su factura, por su “léxico de la trepidación natural”, y por la situación de vulnerabilidad que vive el protagonista, no necesariamente por la ruptura amorosa, sino por el movimiento telúrico, por el virtual secuestro al que lo someten unas prostitutas y por la extorsión que sufre a manos de (¿quién más?) la policía judicial de la Ciudad de México

Agustín Cadena —según consignan Karina Castro y Janine Doufour en su bien documentado prólogo a la edición— ha dicho que Rosado es un autor difícil. En efecto lo es, aunque sólo para aquellos lectores anodinos que buscan la repetición ad nauseam del canon. Juan Antonio Rosado, en su Miedo lejano y otras fobias, se presenta como escritor en busca de una temática poco explorada en nuestro medio literario, que resulta incómoda a las sensibilidades más domesticadas, dando paso, a la vez, a una narrativa en permanente búsqueda de estructuras diversas y a una voz personal, sobre todo polifónica, y además polirrítmica.

Texto leído en la presentación de El miedo lejano y otras fobias, el 30 de octubre de 2017 en el Salón José Moreno de Alba de la Facultad de Filosofía y letras de la UNAM.

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De la calle Fuentes a la esquina Bolaño (aunque parezca mentira, el kilómetro cero de la ciudad puede ser una avenida)

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Jaime Magdaleno

 

La ciudad como texto

La ciudad es espacio. La ciudad es tiempo. La ciudad es memoria. La ciudad es historia. La ciudad es concreta como vieja ciudad de hierro, según la estrofa melancólica de Rockdrigo. La ciudad es acero, sangre y apagado furor, según dictaminó Efraín Huerta. La ciudad es último resabio de vida humana previo al Apocalipstick profetizado por Carlos Monsiváis. La ciudad es palabra. La ciudad es escritura. La ciudad ha dado de qué hablar en las páginas de muchos e incluso ha hablado en las páginas de otros. La ciudad es telón de fondo en Ojerosa y pintada, de Agustín Yáñez, y narrador omnisciente en José Trigo, de Fernando del Paso. La ciudad es lamento y rabia contenida en Memorias de mis tiempos, de Guillermo Prieto, y pachangón permanente de la primera-generación-de-gringos-nacidos-en-México en Pasto Verde, de Parménides García Saldaña. La ciudad es arrabal arribando a la literatura en Chin Chin el teporocho, de Armando Ramírez, y juventud en éxtasis (clasista) en Cuervos, de Daniel Krauze. La ciudad es barrio de prosapia venido a menos en La casa de las mil vírgenes, de Arturo Azuela, o íntima unidad habitacional que resguarda infiernos personales en El cuerpo en que nací, de Guadalupe Nettel. En fin: el listado puede extenderse según sea el ánimo y el furor lector de quien refiere. Empero, en este texto me interesa resaltar un par de novelas que, sin duda, figuran dentro del canon narrativo sobre la Ciudad de México: La región más transparente, de Carlos Fuentes, y Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño.

 

Avenida Bucareli, cicatriz

La avenida Bucareli como cicatriz sobre un cuerpo destinado a la prostitución, en La región más transparente, y sobre el alma de un poeta obligado por sus tíos a estudiar Derecho, en Los detectives salvajes. Ambas novelas se inician en el mismo punto de referencia: la avenida Bucareli, recorrida por la prostituta Gladys García en su camino de la colonia Guerrero a la Doctores, después de una noche de juerga, es frecuentada por el aprendiz de poeta Juan García Madero en busca de sus amigos real visceralistas, parroquianos del «Encrucijada Veracruzana», situado precisamente en Bucareli. ¿Es casual que ambas novelas se inicien en el mismo punto? ¿Por qué, siendo la Ciudad de México como es —inmensa—, Roberto Bolaño decidió situar el comienzo de su novela en el mismo sitio en que se inicia la de Carlos Fuentes? Descartando cualquier azar, en alguna ocasión me respondí que Roberto Bolaño, quizá, jugó a tomar la estafeta dejada por Carlos Fuentes en el afán de utilizar narrativamente la ciudad. Sólo que aquí «estafeta» no es sinónimo de continuidad, pues mientras en Fuentes la ciudad es historia, y todo lo que ella contiene es pasado mítico, en Bolaño la ciudad es memoria y lo que en ella habita es la educación sentimental de un grupo de poetas.  Si esto es cierto, para Carlos Fuentes la ciudad es una experiencia histórica que vive un tiempo mítico, por lo que sus personajes son arquetipos y sus vivencias son reminiscencias o anticipaciones de «lo dado», lo determinado por el «aquí nos tocó, qué le vamos a hacer, en la región más transparente del aire», mientras que en Roberto Bolaño el Distrito Federal es el espacio de aprendizaje de los románticos postreros: los viscerrealistas, poetas malditos que encuentran en la institucionalización de la poesía a su enemigo y osan aventurarse en una obra poética (marginal) que es, nada más y nada menos, su propia vida.

 

El lugar sobre el ombligo de la luna

Sobre la idea de que en México hay un pasado enterrado, pero vivo, Fuentes construyó una narrativa empeñada en identificar y reconfigurar ese pasado mítico. La región más transparente puede entenderse, así, como una novela donde las diferentes «edades del tiempo mexicano» se superponen, aunque no como realidades en devenir (ésa será tarea de La muerte de Artemio Cruz), sino como subjetividades arquetípicas del mexicano; es decir: me parece que los personajes de La región más transparente no son hombres y mujeres autónomos, dado que sus existencias están habitadas y determinadas por la historia de la clase a la que pertenecen. De esta manera, el cuadro de nombres que Fuentes ofrece al inicio de su novela no sólo informa al lector de los personajes que desfilarán ante sus ojos, sino también relaciona esos nombres con el destino y el papel que les tocó desempeñar de acuerdo con su circunstancia histórico-vital.

Por lo anterior, en La región más transparente la historia de los personajes es, de alguna manera, la historia del propio país: Los de Ovando hablan por la decadencia del pasado porfiriano y Los Pola son la voz de lo que pudo ser y no fue. Los Burgueses representan el triunfo de la Revolución (traicionada) y Los Satélites son su comparsa. El Pueblo es el derrotado-lumpen-proletariado que se resigna a llevar a cuestas el peso de la nueva burguesía y a costear su oropel, en tanto que Los Intelectuales discuten la viabilidad de la Revolución entre uno y otro «jaibol». Mención aparte merecen Los Guardianes, Teódula Moctezuma e Ixca Cienfuegos, quienes introducen su voz para darle el sustento mítico a la historia: «México es algo fijado para siempre, incapaz de evolución. Una roca inconmovible que todo lo tolera. Todos los limos pueden crecer sobre esa roca. Pero la roca en sí no cambia, es la misma, para siempre», sentencia el ubicuo Ixca Cienfuegos para, de esa manera, sugerir que la realidad mexicana está enclavada en un tiempo mítico que se actualiza cíclicamente y, por ello, en México las cosas cambian para no cambiar jamás.

En ese orden, la Ciudad de México cambia y no: es una metrópoli cosmopolita que recibe a la pequeña aristocracia europea y a aventureros de diferentes partes del orbe, pero es tan provinciana como los indios y los campesinos que llegan a habitar sus arrabales. Por lo mismo, la ciudad no pierde su esencia mítica de ser el «ombligo de la luna»: el centro cósmico que contiene en su interior a México entero y su historia.

 

Mexicanos perdidos en MéxicoLos-detectives-salvajes

Con ese título Roberto Bolaño anticipa la aparición de un cuadro de personajes que no representa nada, salvo a sí mismos. José García Madero, Arturo Belano y Ulises Lima son los «Detectives Salvajes», poetas vagos y en permanente aprendizaje que se lanzan a la búsqueda del ícono del realvisceralismo: Cesárea Tinajero, desaparecida en algún momento en el norte de México. Desde la incorporación de García Madero al grupo, y la posterior confirmación de su militancia entre noches llenas de alcohol y discusiones poéticas, Madero, Belano y Lima deambularán —teniendo como kilómetro cero la Avenida Bucareli— por distintos puntos de la ciudad, que se despliega como espacio de formación vital antes que literaria.

De esta manera, en Los detectives salvajes, la colonia Guerrero, zona de trabajo de Gladys García, es idealizada por María Font, quien la toma como un lugar agradable para vivir, con sus putas adolescentes, la música guapachosa de sus bares y sus fachadas oscuras, que prometen experiencias rufianescas. La Roma no es el refugio snob de hoy día, con restaurantes de tendencia vintage y menú internacional, sino el lugar donde artistas muertos de hambre sobreviven en minúsculos cuartos de azotea, con pletóricas vistas del amanecer, sitios donde García Madero departe con poetas catulianos-sindicalistas y fuma mariguana con Piel Divina. Incluso Bolaño convierte el Parque Hundido en un microuniverso donde los planetas Octavio Paz y Ulises Lima giran en forma obsesiva sobre órbitas imaginarias, recalcando la cercanía de su actividad poética que, no obstante, jamás se toca, dado que Paz representa la institucionalización del oficio poético, mientras que Lima y los realvisceralistas son los escritores que buscan la marginalidad y se sitúan en ella, precisamente como grupo de poetas (detectives) salvajes.

La Ciudad de México es un territorio de exploración vital que ofrece historias de personajes al borde del colapso nervioso o existencial, rescatados por la memoria de un narrador al que la Historia le importa un bledo. En otras palabras, la calle Fuentes es frecuentada por Bolaño, a quien, sin embargo, no le interesa seguir la misma ruta; antes bien, tuerce el rumbo para sumergirse en su propia esquina y calle: espacio donde la marginalidad no es símbolo ni estandarte de la despojada patria, sino el recuento íntimo y personal de una formación literaria no canónica, pero deliberadamente periférica.

¿El mismo de siempre? El ensayo como ensa-yo

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Jaime Magdaleno

 

El ensayo y sus pre-textos

En el otoño de 2006, Mario Vargas Llosa impartió, en Georgetown University, un curso sobre Juan Carlos Onetti, escritor al cual profesa una profunda admiración desde que descubrió su narrativa en los años sesenta del siglo pasado. Para preparar la cátedra, armado con papel y lápiz, emprendió una relectura sistemática del corpus onettiano (esto es, de principio a fin) convencido, como estaba, de que «de este modo el conjunto sería más rico que la suma de sus partes» pues, según el Nobel 2010, la narrativa del escritor uruguayo es, como la de Balzac, Faulkner o García Márquez, una apuesta por la «totalidad», una obra «en la que cada novela o cuento es, a la vez, una historia autónoma y el fragmento de una historia general». A partir de los apuntes realizados en esta relectura, enriquecidos con las ideas aportadas por su grupo de estudiantes, Vargas Llosa escribió El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti, ensayo publicado en 2008: «Pero éste no es un libro de erudición sino la lectura personal de una obra que quedará como una de las más valiosas que ha producido la literatura de nuestro tiempo» (Vargas Llosa, 2008: 236).

Con ese tono confesional y reverente concluye Vargas Llosa, avalando la percepción que sostuve durante su lectura. Se la comparto: El viaje a la ficción es producto no únicamente de un saber erudito sino, sobre todo, de la pasión. Por ello, contagia el entusiasmo por la narrativa de Onetti; así, para nada es extraño que ahora yo hurgue afanosamente entre mis estantes en busca de los libros que debo tener por allí, arrinconados y empolvados ya (penoso caso). Sin embargo, no es eso lo que me interesa exponer; antes bien, necesito escribir la intuición que me despertó el libro de Vargas Llosa. Es ésta: todo ensayo debería tener como finalidad contagiar la pasión (o el horror) que experimenta quien lo escribe. De tal forma, el ensayo no se presta a la frialdad ni a la indiferencia, pues qué caso tendría escribir si no es para expresar la reacción ante una realidad que sublima o defrauda y, por ello, no ocasiona pereza. Dicho de otra manera: el escritor peruano escribe desde el entusiasmo; yo, desde la intuición provocada por él, pero sin el entusiasmo ni la intuición, o éstos sumidos en la pereza. ¿Podría escribirse algo así?

 

El ensa-yo

No sé ustedes, pero yo, cada vez que intento escribir un junaja1-07-21-13ensayo, experimento cierta desazón: el resquemor de estar explicando algo que no necesita explicación y, si la requiriera, podría ser descifrada sin problema por alguna pluma más avezada y categórica, además de líquida e, incluso, onírica. Mas, heme aquí escribiendo un ensayo para decir que el ensayo es la expresión de un yo para nada indiferente sino activo y explícito. Ese yo se posiciona por medio de la escritura, no sólo ante sí mismo y lo que escribe, sino frente a quienes escribe. Ahora bien, no pensemos en ese yo como algo acabado, permanente e inconmovible; por el contrario, el yo activo está, sí, confrontándose, pero también conformándose y complementándose gracias a aquello que confronta. Tal experiencia lo re-significa, ya sea delimitando su significación o añadiendo nuevos símbolos a su yo. Precisamente, el vehículo para expresar esta experiencia es el ensayo como ensa-yo.

De hecho, Juan José Arreola, al recordarnos en su «Prólogo» a los Ensayos Escogidos de Montaigne que la palabra ensayo no surgió como un término equivalente a «intento» o «tentativa» de explicación —como en ocasiones suele entenderse—, sino que estaría relacionada con «la palabra latina gustus, esto es, la prueba que el gentilhombre hace a la visita del rey para demostrar la inocuidad de los alimentos que van a servirse» (idea que toma Arreola, según él, de Justo Lipsio), devuelve al ensayo su cualidad de ser, principalmente la expresión de aquello que el yo experimenta después de haber «probado» o, mejor aún, «degustado» la realidad. En consecuencia,

Los Ensayos de Montaigne no son, en sentido estricto, ni memorias, ni historia, ni filosofía, ni confesiones, ni apuntes para un libro futuro. Son sencillamente el retrato cultural de un hombre que dándose a conocer a los demás, trata de conocerse a sí mismo desde todos los ángulos posibles. (Arreola, 1995: 13).

La operación es simple, a mi entender: un hombre (el yo) «prueba» la realidad y, por medio del ensayo, enuncia la experiencia de esa «degustación», manifestando su deleite o aversión (jamás sopor) por eso que lo confronta, pero también lo conforma y complementa, definiéndolo mejor o re-significándolo por medio de esta experiencia. Por ello, el ensayo no es un compendio de información ni un cúmulo de ideas inconexas; al contrario, es un diálogo interior en busca de la afirmación o re-significación personal por vía del conocimiento de uno mismo y/o lo otro: es ensa-yo (quizá por ello Adolfo Castañón llama a Montaigne el «Confucio de occidente»).

 

Por cierto, y a propósito de Montaigne…

Creo que lo escrito hasta aquí es fundamental para la acción afirmativa, para una postura que, si bien puede estar en construcción, siempre se expresa de forma positiva. Y ello no es necesariamente cierto. Eso lo he recordado gracias a Adolfo Castañón, quien en el epílogo a los Ensayos Escogidos de Montaigne afirma: «[En España, América y México] El Quijote y Sancho han tenido más herederos que Cervantes» (Castañón, 1995: 465). Esto es: la búsqueda quijotesca del ideal, y la necesidad de habitarlo, sin importar lo desmesurado que sea, nos caracteriza (¿caricaturiza?) más que el humor de un Cervantes o la suspicacia de un Montaigne. Porque sí: Montaigne descree de la verdad en términos de totalidad. A lo más que puede aspirar el hombre es a exponer lo que alcanza a comprender (y a veces ni eso):

Bien sé que con frecuencia me acontece tratar de cosas que están mejor dichas y con mayor fundamento y verdad en los maestros que escribieron de los asuntos que hablo. Lo que yo escribo es puramente un ensayo de mis facultades naturales, y en manera alguna del de las que con el estudio se adquieren; y quien encontrare en mí ignorancia no hará descubrimiento mayor, pues ni yo mismo respondo de mis aserciones ni estoy tampoco satisfecho de mis discursos. Quien pretenda buscar aquí ciencia, no se encuentra para ello en el mejor camino, pues en manera alguna hago yo profesión científica. Contiénense en estos ensayos mis fantasías y con ellas no trato de explicar las cosas, sino sólo darme a conocer a mí mismo… (Montaigne, 1995: 172).

Entonces, no debe entenderse la expresión del yo que propone el ensa-yo con una postura categórica, férrea, convencida y/o dogmática ante lo otro, pues ello llevaría a la desmesura ideológica o, en el mejor de los casos, a la hipertrofia del yo. La inclusión de la negación, la duda e incluso la aceptación de los argumentos contrarios resultan válidas en el ensayo. Es sintomático que para conjurar toda ortodoxia, Montaigne mandara esculpir en los muros de su biblioteca sentencias como éstas: «A cualquier razonamiento se le puede oponer un razonamiento de igual fuerza» o «Nada es de esta forma ni de la otra, ni de ninguna de las dos», ambas de Sexto Empírico

 

Guillermo Fadanelli, o de cómo la serpiente se muerde la cola

Utilizo el símbolo de la serpiente enroscada para permitirme regresar a 2008, fecha en que Vargas Llosa publicó El viaje a la ficción —punto de partida de esta disertación— y yo realicé la lectura de Elogio de la vagancia, de Guillermo Fadanelli, sin mayores repercusiones en su momento, aunque plenamente significativa en este otro.  Me explico: en ese delgado volumen de ensayos, Fadanelli propone un «pensar vagabundo» por medio del cual «cada quien tiene la posibilidad de obtener sus propias conclusiones en vez de seguir a ciegas las ideas de otros» (Fadanelli, 2008: 16). De tal forma, para tener una idea de las cosas, sólo basta «ponerse en camino» para descubrir nuestras conclusiones «en el escondite de nuestro pensamiento». De allí que Fadanelli reflexione en los siguientes términos:

el conocer es un vagar pero no de la mente sino de todo un consciente que desde un cuerpo se pone en movimiento para cumplir un recorrido que en buena parte es impredecible (Fadanelli, 2008, 28).

Seré franco: si bien me pareció, en un primer momento, que el «pensar vagabundo» propuesto por Fadanelli sólo era una puesta al día de sus intentos por darle en la madre al pensar académico (metódico, enciclopédico, racional, objetivo), hoy me parece claro que no hay otra forma de escribir ensayos, pues, ¿qué es un ensayo sino un conocer a través de la vagancia por uno mismo en busca de las claves que permitan la apropiación de «lo otro», poniendo en juego todos los recursos de los cuales pueda valerse el yo? Así, las frases que he ido construyendo (im)pacientemente para expresar mi idea sobre el ensayo no son producto de una «invención» o de un «alumbramiento» súbito, sino del «descubrimiento» de nociones leídas (anterior o recientemente), pero también vividas o pensadas, escuchadas, aprendidas, soñadas, imaginadas o intuidas, a las que sólo había que reencontrar gozosamente, como se regresa a los brazos de una antigua amante a la que se extraña infinitamente, o sobre las que había que volver, como la serpiente vuelve hacia su cola. De tal suerte, en el ensayo, el yo que nos habla lo hace desde un conocimiento que no es solamente enciclopédico, sino multidireccional y polifacético.

 

Un último devaneo, por favor: Hacia una forma del discurso del ensayo

 ¿Conocimiento multidireccional?

¿Qué demonios significa eso?

La multidireccionalidad del conocimiento insinúa diversas maneras de aprehensión de la realidad.

El saber se construye no sólo en términos de erudición enciclopédica.

Un humano, cualquier hombre y mujer, conoce con la razón pero también con la imaginación.

Con la intuición.

Con la alegoría.

Y la metáfora.

No sólo con la lógica causal

Sino también con la analogía polisemántica.

Y, las más de las veces, impulsado por motivaciones vitales-existenciales.

Con todo lo anterior, un hombre o una mujer crean lo que Heriberto Yépez llama un «flujo polifacético de la actividad pensamental» (Yépez, 2002: 146).

Ahora bien, si es evidente que el saber dista de ser puramente enciclopédico, también debe serlo la forma de enunciarlo, la cual no debe adoptar sólo un discurso lineal o acumulativo-secuencial, pues, si como opina Yépez, «La mente no piensa rectilíneamente», ¿por qué empeñarnos en darle una direccionalidad unívoca? Y, volviendo a nuestro tema: ¿por qué empeñarnos en darle una forma lógica-progresiva-acumulativa-secuencial al ensayo?

Lo que la prosa hizo por mucho tiempo fue presentar, de manera artificiosa, el desarrollo del pensamiento como una sucesiva adición de discursos (enunciados, párrafos, capítulos) que tendían a una solución intelectual única… [Pero] Es mentira que la mente solamente pueda seguir un camino; es mentira que los pasos de la mente tengan que llegar a un único destino (Yépez, 2002: 146).

Para darle al ensayo características más acordes con el acto de pensar, Yépez propone un ensayo fragmentario (o «fichero») debido a que éste ofrece al pensamiento posibilidades de expansión digresiva, asociativa, anecdótica o elucubrativa, pues «deja que las ideas surjan y se extiendan hasta donde naturalmente desenlacen, sin obligarlas a conectarse o subordinarse a la vida de las otras».

Guillermo Fadanelli identifica esta expansión del pensamiento con la dinámica sostenida en una «charla mundana», en la cual podemos recurrir a «digresiones, reiteraciones, exabruptos, contradicciones, lagunas y relatos personales». Precisamente, este texto ha pretendido ser esa charla mundana con el tema del ensayo, a la cual se han convocado voces presentes en el imaginario de quien escribe para darle salida a ciertas nociones que, de otra forma, quedarían apagadas y relegadas al olvido, asesinando así formas posibles de pensamiento y, en última instancia, de vida.

 

 

Fuentes

FADANELLI, Guillermo. Elogio de la vagancia. De Bolsillo, México, 2008. 124 págs.

MONTAIGNE, Michel De. Ensayos escogidos. Prólogo de Juan José Arreola. Epílogo de Adolfo Castañón. UNAM, México, 1995. 532 págs.

VARGAS LLOSA, Mario. El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti. Alfaguara. México, 2008. 243 págs.

YÉPEZ, Heriberto. Todo es otro. A la caza del lenguaje en tiempos light. Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 2002. 214 págs.

Resentidos al rescate de Hamlet, Otelo y Macbeth: ¿por qué «matar al autor» es, en ocasiones, necesario?

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Jaime Magdaleno

Leo en El País un artículo en el que se expone la tesis de la coautoría de algunas de las obras de William Shakespeare…

Si hasta hace algunos años los críticos e historiadores de la literatura con afán polémico adjudicaron obras como El rey Lear lo mismo al conde de Oxford que a Sir Francis Bacon, o atribuyeron la autoría de las obras firmadas por Shakespeare a Christopher Marlowe, falsamente asesinado en una taberna según esta versión, resulta que hoy en día la mira está puesta sobre los nombres que debieron figurar en Macbeth o en Medida por Medida, por ejemplo. Pues bien, para los curiosos que quieran enterarse del asunto de la presunta coautoría, les dejo el enlace aquí, y mientras leen y extraen conclusiones, me permitiré desarrollar algunos asuntos evocados (provocados) por la lectura de ese texto de El País que ahora mismo ustedes husmean…

¿Recuerdan la fervorosa canonización-elevación-entronización de William Shakespeare realizada por Harold Bloom en El canon occidental? En ese texto, el militante Bloom ubica a Shakespeare como «El Centro del Canon Occidental» merced a su «capacidad de representación del carácter y personalidad humanas y sus mudanzas». Siguiendo un juicio de Hegel, quien afirmó:

Cuanto más Shakespeare, en el infinito abrazo de su mundo escénico, procede a desarrollar los límites extremos del mal y la locura… más concentra esos personajes en sus limitaciones. Al hacerlo así, sin embargo, les confiere inteligencia e imaginación, y por medio de la imagen en que ellos, en virtud de esa inteligencia, se contemplan a sí mismos objetivamente, como obra de arte, él les hace libres artistas de sí mismos, y es completamente capaz, mediante la absoluta virilidad y verdad de su caracterización, de despertar nuestro interés por unos criminales, al igual que por los más vulgares y mendaces palurdos y necios (La cursiva es de Bloom).

Bloom entiende que el genio de Shakespeare consiste en dejar en libertad a los personajes para «escribirse a sí mismos», para modificar su vida y sus acciones de acuerdo con el desarrollo de sus propias meditaciones; reflexiones exteriorizadas a partir de monólogos por medio de los cuales el personaje se mira en un espejo sólo para contemplarse en plena mutación. Dice Bloom: «Oyendo casualmente sus propios monólogos y sopesando sus reflexiones, cambian y a continuación contemplan esa otredad del yo, o la posibilidad de ser otro».

De acuerdo con Bloom, tal sería la mayor virtud de Shakespeare y el elemento fundamental que lo vuelve el centro del canon occidental, pues inaugura un nuevo tipo de héroe: aquel que medita libremente sobre su condición y se arriesga a modificar su yo mediante la acción, lo cual convierte a los personajes y a su autor en absolutamente modernos. Mientras que en Dante no hay meditación propia de los personajes, sino que éstos repiten esquemas de pensamiento que se corresponden con el estamento al que pertenecen o, en el mejor de los casos, a la manera en como han sido pensados en la tradición, en Shakespeare los personajes se liberan de todo tipo de discurso estamental o cultural para meditar y hablar por ellos mismos. En esto, los personajes de Shakespeare participan de la intención de Montaigne, de no reflexionar a partir de la tradición sino del propio pensamiento, del propio Yo.

TPG108073 Portrait of Miguel de Cervantes y Saavedra (1547-1615) by Jauregui y Aguilar, Juan de (c.1566-1641); Private Collection; Spanish, out of copyright

Ahora bien, deconstruir la noción de un pensar el pensamiento como «propio» y de un «yo» que piensa por sí y para sí, ha sido la tarea de un grupo de teóricos a los que Bloom abomina y a los que acorrala en algo que llama «Escuela del Resentimiento». Según Bloom, estos teóricos «resentidos» intentan quitar mérito a «genios» como Shakespeare, Cervantes o Dante, impulsados por la inquina que les despierta su «angustia por la influencia»; por lo que aducen que las obras de los escritores canónicos no son «creaciones propias», sino productos textuales derivados de «energías sociales».  Se lamenta Bloom: «Sigo dándole vueltas al misterio del genio de Shakespeare, perfectamente consciente de que las mismas palabras “el genio de Shakespeare”, significan quedar completamente excluido de la Escuela del Resentimiento». En efecto, los asuntos, tanto del «genio» como de la «autoría», pueden ser cuestionados desde una perspectiva que critica la existencia de un sujeto-fundante de conocimiento (Foucault) y desde la noción «muerte del autor», que afirma la existencia previa-permanente de discursos sobre los cuales re-escribe eso que llamamos, erróneamente, el autor (Barthes). En consecuencia, para la «Escuela del Resentimiento», el «genio» y la «autoría», sean de Shakespeare, Cervantes o Dante, son un asunto romántico y absurdo. Sin embargo, Bloom pregunta: «Si las energías sociales escribieron El rey Lear y Hamlet, ¿por qué las energías sociales fueron más productivas en el hijo de un artesano de Stratford que en el fornido albañil Ben Jonson?». Desconozco si Foucault, Barthes o alguno de sus acólitos propusieron alguna respuesta a la interrogante de Bloom; no obstante, deduzco (aventuro) que para ellos la cuestión es irrelevante, dado que esa pregunta permanece atrapada en una episteme que Foucault y Barthes han sobrepasado al anunciar la «muerte del hombre», o del sujeto moderno, y al decretar la «muerte del autor», o escritor-original-creador-de-obra-propia.

DanteA pesar de entender a Bloom y de compartir algunas de sus posturas sobre la «extrañeza» provocada por la «originalidad» y la «virtud estética» de ciertas obras y autores, a mí me acomoda pensar y retomar las ideas de Foucault y Barthes al momento de enfrentarme a notas en donde algún erudito pone en duda la «autoría» de «genios» como Shakespeare, dado que si asumimos tanto la «muerte del sujeto» como la «muerte del autor», ¿por qué habría de incomodarnos que Macbeth o Medida por medida aparezcan con uno o dos nombres si en última instancia podría aparecer el nombre de toda una tradición literaria encabezando esos escritos? Podemos también poner el asunto al revés: ¿por qué empeñarse en anotar el nombre de dos o tres o cuatro personas o el de toda una tradición literaria si ésta puede quedar resumida en un nombre, sea éste Homero, Dante, Cervantes o William Shakespeare?

Se pensará que mi postura es comodinamente posmoderna y posiblemente lo sea. No obstante, ella me salva de tomar en serio notas como la consignada al principio de este texto, o ésta otra, más ridícula aún: «¿Es cierto que Shakespeare odiaba a su esposa? Cuatro mitos sobre el Bardo», a su disposición aquí.

Ante tales (TV) notas, es mejor concentrarse en el texto titulado Macbeth que prestar atención a su «autor» William Shakespeare.

Ministerio de amor

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Jaime Magdaleno

Dibujos de Eduardo B. Rosado Zacarías

LLEVAN HORAS ESPERANDO A SU SANTIDAD, aunque López Dóriga me corrige: dice que el pueblo de México se ha preparado desde hace meses para esta visita del Sumo Pontífice. Desde luego, esto es según se mire: yo, señor López Dóriga, estoy hablando del día de hoy: desde esta mañana en que la cámara del helicóptero de «Noticieros Televisa» no ha dejado de registrar las imágenes de una Ciudad de México que se siente tocada por la Providencia, aunque para los no iniciados, como yo, se mire igual: llena de gente, humo, carros y mierda. El sentimiento de comunión es general; así las cosas, no es extraño mirar al Presidente de la República, a su Señora Esposa y a miembros del gabinete participar del fervor religioso, al tiempo que en las calles la gente vitorea: «¡FRANCISCO, HERMANO, YA ERES MEXICANO!». Sé que mi madre en este momento debe de estar emocionada, siguiendo los acontecimientos vía televisión (¿Televisa o TV Azteca?), pues es una fanática consagrada de los espectáculos papales. Incluso, guarda las misas que el Papa Juan Pablo II ofreció en tierra azteca durante la primavera de 1979. Jamás la vi colocar alguno de los acetatos en el viejo tocadiscos Panasonic, aunque estoy seguro de que posee un álbum doble porque cuando me fui de su casa (acusado de un robo que, juro por la Virgen de Guadalupe, no cometí) y al recoger mis discos, pude ver el LP. En la portada, un Karol Wojtyla joven, fuerte, enérgico, impartía la bendición a una multitud desbordada, en éxtasis, mientras desde un báculo dorado Cristo contemplaba. ¿Nos estará observando ahora?

Según mamá, por supuesto que Él nos ve. Él nos observa porque, recuerda pequeño bastardo, Dios está presente en el cielo, en la tierra y en todas las cosas. De esta manera, ¡ES MEJOR QUE TE DEJES LA VERGA PORQUE, ¿CREES QUE A DIOS LE RESULTARÍA AGRADABLE VER CÓMO TE LA CHAQUETEAS?!

¡Demonios!

Es difícil sobrellevar la lujuria justo el día en que todos se sienten tocados por la Santidad. Ahora mismo, por ejemplo, tenía la intención de jalármela, inspirado en las piernas, las nalgas de las actrices de Televisa, pero ¡oh, sorpresa!, la televisora está concentrada en la próxima llegada del Vicario de Cristo. Y no importa que tome el control remoto y busque en otros canales una nueva veta de satisfacción: en todas partes miro el mismo escenario, escucho los mismos comentarios: «El pueblo de México lleva meses preparándose con alegría, con mucho amor, para esta visita del Sumo Pontífice. El Papa, todos los sabemos, tiene una agenda apretada, mas él pidió venir a México porque quería visitar a la Morenita del Tepeyac» y bla, bla, bla, bla…

Un avión de la aerolínea Alitalia aterriza y el júbilo colectivo se deja sentir. El conductor de televisión dice que ésta es una de las cualidades del Papa, de este Papa: acerca los corazones de los hombres. Suena música de mariachi, baten palmas y yo reflexiono acerca de lo dicho por el locutor; según él, las posibilidades de reconciliación de Francisco son infinitas. De esta manera, a los reunidos en espera de Su Santidad los mueve el amor, la fe, el deseo de paz, de reconciliación: quizá ahora mismo, entonces, la ciudad transpira los mismos sentimientos. Sólo es cuestión de comprobarlo, pero ¿de qué manera?

¿Una llamada telefónica puede servir de termómetro? ¿Tomar el auricular, marcar un número y decir: «Hola mamá, qué tal, cómo estás, cómo va todo? Oye, yo no te robé esos tres mil pesos, y mucho menos para fumar piedra. ¿Sí lo sabes, verdad? ¿Me crees, verdad? ¿Me quieres, verdad?».

¿Es posible que la misericordia de Francisco ablande el corazón de mamá? Supongo que debo intentarlo.

El teléfono es un prodigio. Sólo él podía sacarme de este pasmo, de este aturdimiento, del estado soporífero producido por la santidad de Su Santidad. Aunque, a todo esto, ¿quién chingados es Tere?

Ah, sí, Tere.

Tere es una demostradora de electrodomésticos a la que conocí en el metro, una tarde en que regresaba de escuchar una charla sobre la «Superación del Duelo». Venía cansado, seguramente tenía la misma expresión de hartazgo disimulado que asoma en el rostro del Vicario, pero aun así ella me sonrió. No pude evitar caer en el juego, sobre todo porque recordé que mi amigo Brandon me había comentado que en el metro es muy pero muy fácil enganchar a alguna mujer anhelante de romance. Así que contesté la sonrisa. Nos dirigimos miradas durante el trayecto, y aun cuando en la estación Hidalgo una turba furiosa y maloliente irrumpió en el vagón, logré encontrar un resquicio entre los cuerpos para mantener su mirada sobre la mía. No me hizo alguna seña en especial, pero al dirigir sus pasos hacia las puertas comprendí que estaba a punto de descender. Con dificultad, logré hacerme espacio hacia la salida, no sin antes sentir que el culo abultado de un clon de Edgar Vivar destrozaba mis testículos. Al salir del vagón y todavía en el andén, me acerqué a preguntarle cualquier estupidez. Ella contestó y continuamos platicando hasta que yo, muy propio, la invité a tomar un café. Aceptó y dirigimos nuestros pasos a un OXXO, sólo que ya allí se me antojó una chela. Me tomé una XX Lager y ella bebió un café con crema. La plática giró sobre cualquier eje podrido hasta que llegó la hora de despedirnos, pues se le hacía tarde para llegar al trabajo. Quedamos en vernos. Y hasta ahí llegó nuestro primer encuentro.

La segunda vez que la vi ella habló por teléfono. Fue un domingo en que yo estaba especialmente crudo (creo que todavía ebrio); me dijo que se encontraba a pocas calles de donde le había dicho que yo vivía, y preguntó si era posible vernos. Contesté que sí. A los veinte minutos ya estaba frente a mí.

Fuimos a un parque. Le dije que me gustó mucho recibir su llamada. Ella preguntó por qué. Le respondí que tenía muchas ganas de besar a una mujer.DibujoEduardo-02

—¿Qué esperas?

Le dije que si la iba a besar, tenía que ser en otro sitio.

—¿Y dónde está ese otro sitio?

—A tres calles.

Caminamos. Fuimos hablando de cosas varias que ahora, en el momento en que me pongo una chamarra de mezclilla y el Papa imparte la bendición a la Primera Dama y a su distinguida familia, no recuerdo. Llegamos a mi casa. La hice pasar y, mientras encendía un cigarro sin filtro, ella miró la habitación. Preguntó la razón por la que había tapizado el cuarto con imágenes de mujeres desnudas. Respondí: por dos razones:

—La primera es que yo siempre he querido ser mecánico y he visto que todos los mecánicos llenan las paredes de sus talleres con fotos porno. La segunda es que yo, en el fondo, siempre he sido un maniático sexual.

Sonrió.

La acerqué hasta a mí. Le besé los labios, el cuello. Ella comenzó a jadear, algo que me pareció una exageración —después me confesó que lo hizo pues llevaba varios MESES sin sexo—. Le quité el saco de demostradora, le bajé la blusa escotada y mordí los bordes de sus senos. Ella pidió que no me la cogiera sino que la V I O L A R A. Yo pregunté (estúpidamente):

—¿Qué?

Ella exclamó:

—¡¡¡¡¡VIÓLAME!!!!!

Entonces le quise arrancar la ropa, porque supuse que eso se hacía en una violación, pero me arrepentí, ya que pensé que con su sueldo de demostradora sería muy difícil reponer el uniforme. Así que sólo jalé con fuerza sus prendas y después se las quité con brusquedad. La mordí, la lamí, la estrujé y me la cogí.

Total que ahora que estoy por llegar al metro San Cosme, recuerdo todo esto como preámbulo a nuestro nuevo encuentro. Fue un milagro —no sé si inducido por el Vicario— que ella me llamara justo hoy; hoy día en que desde la mañana el pito me punza, y no pienso desaprovechar la ocasión. No me bañé. No me rasuré ni me puse desodorante, pero creo que eso entre un par de obsesos sexuales es lo de menos.

Ahí está, con sus pezones apuntando hacia el cielo y con una sonrisa dibujada en el rostro.

—Hola, ¿cómo estás, pequeño bastardo? ¿Interrumpí algo?

—No. A decir verdad, estaba ansioso por que llamaras.

—¿Y eso?

—¿Tú qué crees?

Sonríe. Dice que el tráfico de la ciudad está imposible; muchas calles fueron cerradas y la circulación desviada hacia diferentes puntos por la llegada de Francisco. Quiero decir «Qué chinga, ¿no?», pero no puedo pues, contrario de lo que yo esperaba, caminamos por la colonia San Rafael y no rumbo a Santa María la Ribera.

No pongo objeción. Ella dice cosas que no logro comprender, pues estoy pensando en que mi casa cada vez se aleja más y yo quería ir a mi cuarto a coger para darle consuelo a mi pequeño «dick». Sin embargo, finjo que escucho, contesto mecánicamente y aún sonrío con los chistes que Tere refiere con su voz aterciopelada.

Al llegar a la Secundaria 26, ella comenta que le dio mucho gusto que estuviera en casa y, sobre todo, que estuviera disponible: quería divertirse conmigo.

—¿Divertirnos? ¿En dónde?

—¿Tú dónde crees?

Con alguna de las manos gira mi rostro hacia la izquierda: y sí, a un lado de mí, justo a un costado de la Secundaria 26, la marquesina del Hotel Rosas Moreno brilla, resplandece como, supongo, lo hicieron las Tablas en las manos de Moisés, por lo que la sonrisa y el buen ánimo vuelven a mi espíritu.

Saca trescientos pesos de su bolso, los pone sobre mi mano y dice que con eso pague la habitación y los condones. Entramos. Un largo pasillo semioscuro se extiende ante nosotros. Algunas camaristas revuelven las sábanas en el patio; por allá una pareja, totalmente ebria, trata de introducir la llave en la puerta de su habitación. Pido un cuarto y unos condones.

DibujoEduardo-03—¿Quieres una chela? —pregunta, cariñosa, Tere.

—Sí, no me vendría mal —respondo.

—Cómprate un six —dice, poniendo otros cien pesos en mi mano.

Con el six, tres condones y una llave, caminamos hacia la habitación 205. Detrás de nosotros quedan las camaristas, los borrachos y las habitaciones que ventilan un aroma a semen estancado. Encuentro la habitación, introduzco la llave. Abro.

Un cuarto minúsculo, con una cama que pretende ser king size y que aquí en la CDMX lo consigue, pero que en Oslo sería muy difícil que lo lograra, está a nuestra disposición. La tele, sobre una repisa de madera, frente a la cama. El baño, a un costado, ofrece la belleza fría de un mosaico verde pistache. Enciendo la televisión, sintonizo el canal porno y comienzo a desvestirme. Tere también lo hace. Termino antes que ella y aunque espera que la embista ya, me dirijo al baño. Abro la llave de la regadera. Tomo una ducha.

Al salir, ella está desnuda, sobre la cama, esperándome. Abre los brazos, esboza una sonrisa y dice con cariño, tal vez con amor:

—Ven, acércate.

Me parece sobreactuada la escena. Decido no caer en el juego. Llego directamente a sus senos, los muerdo, me mojo un dedo y lo introduzco en su vagina. Jadea. Me pide un beso, pero yo no quiero besarla, sólo meterle la verga, así que sin más le doy al asunto.

Ocupamos los tres condones en una hora. Al cabo, Tere grita:

—¡CHIN, ES TARDÍSIMO! ¡ME VAN A CORRER!

—¿Qué, no habías salido ya de trabajar?

—No. Inventé que debía ir rápido a mi casa pues mi mamá había tenido taquicardia por la llegada del Papa.

—Ja ja ja ja. ¡No mames! ¿Y te creyeron?

—No sé. No creo… Lo que pasa es que quería verte… Pero aun así mi jefe se portó lindo y me dejó salir con la condición de que volviera cuanto antes. Y mira la hora que es.

—Pues no tardes más. ¡APÚRATE!

Se viste en el acto y ajusta su cabellera en un chongo. Me dice que no me preocupe por acompañarla, que ella de todas formas saldrá corriendo y tomará un taxi. Le digo:

—No pensaba acompañarte. Todavía hay un six de cervezas que me debo tomar, ¿ya lo olvidaste?

—Está bien. Quédate. Luego te marco, ¿va? Dame un beso y me voy, cariño.

Ahora sí, la beso.

Hora y media después, termino con las cervezas. He decidido sintonizar el canal dos para seguir el arribo de Francisco. López Dóriga sigue con la cantaleta de la unidad, el amor, el perdón y la misericordia, y eso me lleva a pensar, de nuevo, en mamá. Ebrio, decido tomar el teléfono del buró. Pido una línea exterior a la recepción del hotel. Marco.DibujoEduardo-04

—¿Mamá?

—¿Quién llama?

—Soy yo, tu hijo, el más pequeño.

—¡Ah, eres tú! ¡Pequeño bastardo! ¿Vas a devolverme el dinero que me robaste?

—Ya te dije que yo no fui, mamá. Jamás te robaría, y menos para fumar piedra, como me acusaste.

—¿Y si no fuiste tú, quién fue? ¿El Espíritu Santo? Porque recuerda que aquí sólo vivíamos tú y yo.

—Tal vez fue Norma, la muchacha que te hace el aseo.

—¡No levantes falsos, pequeño bastardo! ¡Te vas a condenar!

—Tú también te vas a condenar si no me perdonas, mamá. El Papa Francisco está hablando de paz, de perdón, de misericordia, y tú no observas eso conmigo, con tu hijo el más pequeño.

—¡Cállate, maldito bastardo! ¡TÚ NO ME VAS A DECIR CÓMO VIVIR MI CRISTIANDAD! Y ¿sabes qué? ¡VETE AL INFIERNO!

Mamá cuelga…

Decido vestirme y salir de la habitación. Cuando López Dóriga pronuncia por enésima vez la palabra amor, apago la tele y azoto la puerta.

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