Cinco poemas sobre mujeres

Juan  Antonio Rosado Zacarías

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Pablo Picasso: Retrato de Marie-Therese Walter (h. 1936)

I

DUALIDAD

 

Hay dos Cármenes distintas

en un mismo cuerpo:

la Carmen de la noche,

la Carmen de los días.

Si las oyeras hablar y sonreír

creerías que se tratan de la misma:

Carmen de la guerra,

canción solar, poema duro

y solitario.

Tras esa máscara de hierro

se oculta la canción de porcelana,

el poema de la luna y la ternura

de la hermana nunca vista.

¿Misterio de la Santa Dualidad

amada y encubierta

por ayeres de naufragio?

Misterio del que todo instante participa

en el sueño de la vida.

Secreto de presencias ocultas,

esculpidas como estatuas

en el lago del silencio y la palabra.

 

Hay dos Cármenes distintas

en un mismo cuerpo:

la Carmen de la calma

y la calma del estruendo;

la Carmen de tiempo embalsamada

en dulces elocuencias,

la Carmen del rayo y de la espera.

 

Cuando Carmen se apoya

en el espejo de la brisa,

dos caras —un Jano femenino—, dos cuerpos,

dos instantes aparecen:

el poema que me ve como a un río prometido,

la llama que me ve tan sólo como niño.

 

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Eduardo Rosado Z.: Pecho de paloma (2014)

II

TU FUERZA, TU CONDENA

 

Eres frágil.

Tu tejido orgánico, delgado,

compuesto de blandos, yuxtapuestos

globos oculares,

humedece su blandura con el tacto

y acaso estalle un día y se deshaga

en un estúpido tropiezo.

 

Pero mirar con tu cuerpo

a todas direcciones

y almacenar en tu memoria cada punto

parece lo más triste y terrible de tu don.

Sí: tu fuerza radica en las membranas

que te cubren.

 

Mas la fugacidad con que aprecias

cada breve, cada nimio detalle

se asemeja al agua incorpórea

que se seca bajo un sol de rabia:

deja la huella de la mente

sin el fuego que la hizo fluir.

 

Así es la múltiple movilidad

de los muchos ojos que te forman:

tan sólo rememora

la huella

pero no la fuerza que la condenó

a su permanencia.

 

712105

 

III

MÁS ALLÁ DE LAS PALABRAS

 

a Marcela

 

Derrites con tu aliento las palabras

en el hueco de tu palma.

Disueltas, líquidas, brillantes…

ya no brincan…

Aderezas los vocablos

con el tacto de tus ojos.

 

Trituras, desmenuzas, derramas los sonidos

en mi boca.

Fijan la sonrisa, la eternizan,

multiplican el azogue del espejo.

Unen labios y manos,

funden tiempos;

vuelven de las bocas una boca

y un cuerpo de dos cuerpos

sobre el árbol de la entrega.

 

Ramaje incierto, delirios anulados

cuando arde el agua pétrea de la fuente.

Juntos calcinamos los estrechos límites,

y el lenguaje que era nuestro

abandona lentamente las palabras.

 

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Salvador Dalí: Muchacha en la ventana (1925)

 

IV

CANCION DE AMOR

a una mujer inexistente

 

ERES alegría que danza en otros valles,

lobreguez sublimada por un beso,

la mañana que derrite nuestra piel

sobre un caudal de sudor dulcificado.

 

ESTÁS allí por ser la sonrisa del alba,

la saliva que enmudece las palabras,

el recuerdo de vivencias transparentes,

la reunión perseverante de los brazos.

 

ESTÁS allá por ser la voz de la caricia,

la mirada en el furor de calles,

el vocablo en la mudez de los alientos

saturados de memoria y protección.

 

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José Manuel Merello: Muchacha con corazón (1960)

V

ESTACIÓN DE LABIOS

 

Tus labios de otoño

replican sin palabras

como el aliento al calor

penetrante del deseo.

 

Marchitos huyen de la savia

y con saliva prófuga

forman una  flor;

delgados se bañan,

acarician el vapor del beso,

fugaz recuerdo

desde el canto del sol.

 

Caen tus labios en el mar:

frescura de algas, encía renovada,

paz de velero en dientes de coral,

paz de amuleto en las respuestas del invierno.

 

Secos, tus labios se empapan

en la sangre oscura de este lecho,

caen en flor, en la saliva.

Y en la calma de la noche,

retumba un eco de dolor.

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Luces opacas

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Juan Antonio Rosado Zacarías

 

Lo único que podíamos distinguir en la más absoluta oscuridad era la luz de los fanales proyectada sobre la carretera llena de baches. A cada vuelta, en aquella sucesión caprichosa e interminable de curvas, los arbustos marchitos nos mostraban el aspecto incierto de la noche. Todo parecía infinito en la estrechez del camino. Llevábamos una hora sin música, en silencio, casi sin hablar y acaso aburridas de nosotras mismas, cuando Elisa empezó con su insistencia en bajar del coche. Se volvía a mí con los ojos bien abiertos y el largo cabello negro recogido, desparramando ansiedad infantil por los cuatro costados. Le pedíamos que esperara a que el tramo de curvas llegara a su fin para que pudiera bajar y hacer sus necesidades tranquilamente, pero no hacía caso: cada cinco minutos se obstinaba en bajar. Llegó a dar de manotazos en el aire mientras brincaba en el asiento trasero, en medio de lo que hubiera parecido la urgencia de su vida. Luz María, que ya reflejaba desesperación por las constantes curvas, comenzó a exasperarse por la insistencia de Elisa. Me daba gracia contemplar por el espejo retrovisor la nariz aguileña y ojos saltones, que parecían desprenderse de la tez morena como si tuviesen resortes. En un momento dado, después de amenazar a la tonta de Elisa con la soledad del camino si seguía repitiendo que estacionara el coche, Luz frenó con brusquedad, fingiendo que pretendía detener el vehículo. Escuchamos los rechinidos del caucho sobre el pavimento y de un instante a otro, casi sin darnos cuenta, la puerta trasera se abrió y nuestra amiga bajó con rapidez, se escabulló perdiéndose en la profundidad abismal que ni siquiera se vislumbraba detrás de los arbustos amarillentos.

—¡Ey, para el coche! —le ordené a Luz—; ¡Elisa se fue!

Luz María apagó el motor. Con el miedo de que algún artefacto pudiera golpearnos por atrás, puso las luces intermitentes. Pude observar su gesto de fastidio por el espejo retrovisor tras un largo quejido de Teresa, la copilota:

—¿Y ahora qué hacemos?

En principio, decidimos esperar a que nuestra amiga volviera, pero después de media hora no soportamos más y, preocupadas, bajamos. El frío nos congelaba los huesos, a pesar de las chaquetas, los pantalones de mezclilla y las bufandas de lana. Teresa era la única que andaba en camisa corta, sin sostén, mostrando el contorno de los senos pequeños. Luz abrió la cajuela y sacó una linterna.

—¿Para dónde se habrá ido esa loca? —preguntó Teresa con desdén. La dureza de sus ya de por sí rasgos duros y un poco masculinos se acentuó considerablemente.

—No tengo ni idea —respondí, echándome el cabello hacia atrás.

Después de unos minutos de silencio y expectación, caminamos hacia el lugar donde Elisa había escapado, a varios metros del coche. Una pendiente algo pronunciada, con un estrecho camino formado quizá por las pisadas de muchos campesinos durante años y años, era el único pasaje adonde nuestra amiga había podido dirigirse. Resolvimos bajar.

—Está muy oscuro. ¿No les da miedo? —Después de decir eso, Luz María arrojó la luz de la linterna al fondo de la pendiente. La vía para descender se bifurcaba en medio de matorrales, árboles mutilados y arbustos amarillos. Parecía que no había llovido durante años.

—Hay que buscar a Elisa —dije.

—¿Y si nos perdemos? —preguntó Luz.

—No podemos dejarla sola.

—Pues vamos…

—Ay, espérate.

—¿Qué te pasa, Tere?

—Me estoy congelando. Voy por mi suéter al coche.

Teresa regresó al coche y sacó un suéter de alpaca del asiento trasero. Su aspecto cambió después de ponérselo. Un poco en broma, Luz María le alumbró la cara. Lo intenso de la pintura café de sus labios hacía juego con la prenda.

—Bueno, bueno, ya vámonos —dije.

Abandonadas a nuestras emociones más contradictorias, a mitad de la negrura y el sonido cada vez más intenso de los grillos, el tiempo transcurrió con lentitud, sin que pudiéramos hallar ningún indicio de nuestra amiga. No había remedio: teníamos que volver al coche. Tal vez ella ya estaba ahí, esperándonos impaciente, y si no, tendríamos que darla por perdida y solicitar ayuda para regresar a la mañana siguiente.

—¡No sé cómo no pudo aguantarse! —le reprochó Teresa.

—Creo que tomó mucha agua —dijo Luz.

Dimos media vuelta y caminamos sin detenernos. El fulgor de la linterna se atenuaba conforme avanzábamos; los rostros perdían sus fisonomías y con la creciente oscuridad se volvían más vagos e inciertos. ¿Cuánto faltaba para llegar? «Una hora», dijo alguien a quien no pude identificar porque incluso las voces se confundían con el sonido de los grillos y otros bichos. No sé cuántos minutos pasaron, pero otra amiga, creo que Tere, volvió a preguntar: «¿Cuánto falta?» «No sé», respondí. Al cabo de otro largo intervalo de tiempo, en que el camino se hizo más recto y estrecho, interrogué de nuevo: «¿Cuánto falta, cuánto, cuánto falta?» Y escuché: «Paciencia; sólo dos horas». ¿Quién lo dijo? Imposible saberlo. Caminamos arrojando la escasa luz de la lámpara por aquí y por allá, una y otra vez, sin hallar ningún sendero definido.

El amanecer coincidió con la muerte de las baterías de la linterna, pero era un amanecer cuya luz resultaba distinta a la de otros amaneceres: una luz mortecina, débil, como opacada por la sequedad de los arbustos y la intensidad café de los troncos enanos, que combinaba con las áridas veredas, que a su vez conducían siempre a la misma tosquedad y antipatía de los arbustos.

—¿Que cuánto falta? —preguntó Elisa, a quien de repente descubrimos varios metros adelante de nosotras, con una especie de bolso de cuero colgado del hombro. Entonces supe que su voz había estado con nosotras durante una buena parte del trayecto.

—¡Elisa! ¿Pero dónde diablos andabas, loca?

Ni siquiera nos miró. Seguía caminando como si no me hubiera oído.

Pronto nos encontramos en una encrucijada. Elisa nos hizo tomar hacia la derecha. La vereda era pedregosa y medio ondulada. «¿Cuánto falta?, ¿cuánto falta?», pregunté. «Creo que como dos horas y media», escuché a Teresa. Pensé entonces en las luces del carro. Con toda seguridad estarán fundidas cuando lleguemos, si es que algún día llegamos. Al cabo de dos horas, Tere preguntó: «¿Cuánto falta?, ¿no saben? Tengo hambre». Luz María cree que aún faltan tres horas.paisaje

—Falta mucho más —dijo tranquilamente nuestra guía, Elisa, quien tal vez se burlaba de nosotras. ¿Adónde quiere llevarnos? Sólo responde cuando le preguntamos cuánto falta. Si tratamos de alcanzarla, se va corriendo y nos amenaza con escabullirse. Hemos arrancado muchas hojas secas, tan secas como nuestras gargantas. Alrededor sólo hay malezas, hojarascas, los mismos monótonos arbustos verdes o amarillos. Todo es desesperadamente igual. El sol ha salido por completo y puedo adivinar la hora. Nunca me gustaron los relojes…

De repente, nos vimos en medio de un paisaje lunar, lleno de rocas, la mayoría de ellas de origen volcánico. El viento soplaba con insistencia. Elisa volvió la cabeza: no había brillo en sus ojos. Con una sonrisa cadavérica y un rostro cada vez más pálido, empezó a internarse en la espesura de lo que parecía ser un inmenso bosque. La ya de por sí poca claridad del cielo fue perdiéndose en la medida en que nos internábamos en la incertidumbre de la vegetación. Nada comprendíamos. Sólo estábamos seguras de que seguir a Elisa era el único camino.

                                                                       .

«Luces opacas» fue escrito a mediados de los 90 del siglo pasado. Tal vez lo esencial de este cuento sea la atmósfera de ambigüedad e incertidumbre. Fue recogido en el libro Las dulzuras del Limbo con el título «Las luces opacas». Aquí aparece con leves modificaciones.

 

Si del campo bien salís, gran honra tendréis vos: Los valores en el Cantar de Mío Cid

El CidJuan Antonio Rosado Zacarías

 

The purest treasure mortal times afford

Is spotless reputation …

[El más puro tesoro que nos concede esta vida mortal es una reputación intachable].

William Shakespeare, Ricardo II

 

I. HONOR, LEALTAD Y VALENTÍA

 

Antes de acercarnos al tema de los valores en el Cantar de Mío Cid, es necesario tener en cuenta no sólo el significado del valor como tal; no sólo algunas de las distintas versiones a las que podemos tener acceso sobre el carácter del protagonista del primer gran monumento literario de la lengua castellana; no sólo a diferentes fragmentos que se han considerado verosímiles sobre ciertas acciones «reales» que este personaje realizó en vida, pese a que se sabe que históricamente no fue sino un mercenario. También es esencial tener en cuenta la época que se refleja en el texto. Lo anterior puede ayudarnos a comprender más el tema central de este ensayo.

Lo que hoy consideramos como «medioevo» o «Edad Media» es el más amplio tiempo cultural de Occidente: abarca aproximadamente diez siglos, durante los cuales sucedieron miles de acontecimientos y transformaciones, y resaltaron valores diversos y modos de percibir la vida, muchos de los cuales aparecen representados en el Poema o Cantar de Mío Cid. Los valores hacen que las cosas de que se compone el mundo no sean indiferentes, sino que posean un acento peculiar, un matiz. Se ha dicho que los valores se descubren como se descubren las verdades científicas, es decir, durante un tiempo el valor no es conocido como tal hasta que llega un grupo de personas que pueden intuirlo y así se descubre. El valor se intuye simplemente porque resulta necesario en una época determinada. La Edad Media se caracteriza no sólo por el acento tan marcado que poseen los valores religiosos, concretamente los católicos, sino también por la conciencia que posee el noble de sí mismo. Es fundamental notar que en cada época han resaltado ciertos valores que quizá en otras épocas no eran tan necesarios para que los seres humanos entendieran el espacio cultural que los rodeaba; por ejemplo: la cuestión del honor, la valentía en su sentido medieval, el respeto hacia la figura del señor, etc. han disminuido su intensidad en la época en que vivimos para dejar campo a otros valores más acordes con nuestro siglo. Sin embargo, el hombre sigue siendo hombre y sus valores jamás desaparecerán por completo: sólo variará el modo de interpretar la realidad mediante el uso de los valores. Para comprender más lo anterior, citaré algunos ejemplos. En el drama Ricardo II, de Shakespeare, que se desarrolla durante la Edad Media, hay una parte en que Mowbray le dice al rey lo siguiente:

 

A jewel in a ten-times-barr’d-up chest/ Is a bold spirit in a loyal breast./ Mine honour is my life; both grow in one:/ Take honour from me, and my life is done:/ Then, dear my liege, mine honour let me try;/ In that I live and for that will I die. [Un espíritu valeroso dentro de un pecho leal es una joya en un cofrecillo con diez cerraduras. Mi honor es mi vida; ambos son una y la misma cosa. Quitadme mi honor, y ha dado fin mi vida, así, mi querido soberano, permitidme probar mi honor; por él vivo y por él quiero morir].

 

El honor es uno de los valores (muy marcado en la nobleza medieval) que más motiva a los personajes. Se trata de la dignidad personal cuando se refleja en la consideración de los demás, o simplemente el sentimiento de la propia dignidad, cualidad moral que hace cumplir el deber. En el ensayo sobre el gobierno de la voluntad, Michel de Montaigne nos dice que nunca vio tan pujante desacuerdo como el de Pompeyo y César, pero en ambos reconoce una gran moderación de uno para con el otro: era sencillamente que los impulsaba un celo de honor y de mando.

El honor siempre ha estado presente. Lo percibimos prácticamente en toda la épica medieval y renacentista. En el Cantar de Mío Cid desempeña un papel fundamental, sobre todo en la tercera parte (la «Afrenta de corpes»), de la que me ocuparé luego. En otra secuencia de Ricardo II, el mismo Mowbray le dice al rey:

 

My life thou shalt command, but not my shame:/ The one my duty owes; but my fair name,/ Despite of death that lives upon my grave,/ To dark dishonour’s use thou shalt not have. [Tú mandas en mi vida, pero no en mi honra; mi deber es consagrarte la una, pero mi buen renombre, que a despecho de la muerte me sobrevivirá en la tumba, no tienes poder para arrojarlo al negro deshonor].

 

En el Cantar de Roldán, poema épico francés, cuando Oliveros quiere hacer sonar el cuerno para pedir ayuda, el héroe no se lo permite y le da el siguiente argumento:

 

— Ne placet Deu, ço li respunt Rollant,

Que ço seit dit de nul hume vivant,

Ne pur paien, que ja seie cornant! (versos 1073-1075)

 

Texto modernizado:

Ne plaise à Dieu, lui répond Roland,

qu’il soit jamais dit par nul homme vivant

que pour des païens j’aie sonné mon cor!

Traducción:

No plazca a Dios que jamás haya hombre vivo que diga que por los paganos he hecho sonar el cuerno.

Cuando Oliveros le responde que no ve deshonra en ello, Roldán dice:

Melz voeill murir que huntage me venget.

Pur ben ferir l’emperere plus nos aimet.

Texto modernizado:

J’aime mieux mourir que choir dans la honte!

Mieux nous frappons, mieux l’empereur nous aime.

Traducción:

Prefiero morir que vivir con vergüenza. El emperador nos ama por nuestro buen luchar» [o «Cuanto mejor luchemos, más nos ama el emperador»].

En uno de los romances sobre el Cid, «Romance sobre un desafío» leemos:

Más vale morir con honra

que no vivir deshonrado,

que el morir es una cosa

que a cualquier nacido es dado.

Otro valor importante es la lealtad al soberano, que percibimos muy marcada en el Cantar de Mío Cid. El Cid es un caballero leal a su rey, aunque éste lo desprecie. Ya Homero en la Iliada decía que los buenos príncipes y grandes reyes son ornamentos del pueblo. En el Cantar de Roldán se afirma que el vasallo debe sufrir congoja por su señor, soportar calor y frío. No obstante, en los romances (poetizados en una etapa posterior a la del Cantar de Mío Cid) a veces se nos muestra a un Rodrigo Díaz de Vivar soberbio, altivo, rebelde y osado, un tanto distinto al del Cantar…, que se humilla constantemente ante su rey y desea que éste, a toda costa, le otorgue su perdón. A continuación, citaré algunos fragmentos de romances donde el Cid no es buen vasallo de su rey.

  1. De «El romance de cómo vino el Cid a besar las manos al rey sobre seguro».

 

Rodrigo se quedó solo

encima de su caballo.

Entonces habló su padre,

bien oiréis lo que ha hablado:

—Apeaos vos, mi hijo,

besaréis al rey la mano,

porque él es vuestro señor,

vos, hijo, sois su vasallo.

Desque Rodrigo esto oyó

sintiose más agraviado:

las palabras que responde

son de hombre muy enojado:

—Si otro me lo dijera,

ya me lo hubiera pagado;

mas por mandarlo vos, padre,

yo lo haré de buen grado.

 

En el mismo romance, el Cid luego dice:

 

—Por besar la mano de rey

no me tengo por honrado;

porque la besó mi padre

me tengo por afrentado.

 

  1. De «Don Sancho va a Roma en compañía del Cid».

 

A sus jornadas contadas,

a Roma se han llegado;

apeado se ha el buen rey,

al Papa besó la mano;

también sus caballeros

que se lo habían enseñado;

no lo hizo el Cid,

que no lo había acostumbrado.

 

Después, un duque afirma:

 

—Maldito seas, Rodrigo,

del Papa descomulgado,

que deshonraste a un rey,

el mejor y más sonado.

 

Al final, Rodrigo dice:

 

—Si no me absolvéis, el Papa,

seríaos mal contado:

que de vuestras ricas ropas

cubriré yo mi caballo.

El Papa, desque lo oyera,

tal respuesta la hubo dado:

—Yo te absuelvo, don Rodrigo,

yo te absuelvo de buen grado,

que cuanto hicieres en Cortes,

seas de ello libertado.

 

  1. De «Romance del juramento que tomó el Cid al rey don Alonso»:

 

—Vete de mis tierras, Cid,

mal caballero probado,

y no vengas más a ellas

dende este día en un año.

—Pláceme, dijo el buen Cid,

pláceme, dijo, de grado,

por ser la primera cosa

que mandas en tu reinado.

Tú me destierras por uno,

yo me destierro por cuatro.

 

En el Cantar de Mío Cid, Rodrigo posee otro carácter. Cuando se encuentra con el rey después de haber obtenido fama y victoria, cae a sus pies. El rey don Alfonso, apenado, le dijo: «Levantaos en pie, ¡oh Cid Campeador!/ Besad las manos, que los pies no;/ Si esto no haces, no tendréis mi amor» (vv. 2027-2029)*. Con los hinojos hincados permanecía el Campeador: «¡Merced os pido a vos, mi natural señor/ Estando así, me deis vuestro amor/ Que lo oigan cuantos aquí son» (vv. 2030-2032).

La valentía fue también muy importante en aquella época. Podemos notarlo al leer cómo todos se burlan por la cobardía de los infantes de Carrión ante el león. Tanto el Cid como los suyos pertenecen a la condición de guerreros y, por tanto, son valientes y capaces de enfrentarse con cualquier peligro. Montaigne afirma: «Ninguna profesión tan grata como la militar, noble en su ejercicio (pues la más fuerte, generosa y soberbia de todas las virtudes es el valor), y noble en su causa, porque no hay ninguna utilidad más justa y general que la custodia del reposo y la grandeza de nuestro país».

 

II. EL CID: HISTORIA Y LEYENDA

cid

A partir de 711, se inician en España siete siglos de dominación árabe. Hay un enriquecimiento y una mezcla de ideas que es parte de la convivencia entre los tres grandes grupos: judíos, moros y cristianos. En el Cantar de Mío Cid aparecen los tres grupos. Entre los cristianos, el Cid es el más destacado; entre los moros, Abengalbón, amigo del Cid; entre los judíos, Raquel y Vidas.

Rodrigo Díaz nació en Burgos, en un pequeño lugar llamado Vivar, aproximadamente en 1043, y murió en 1099. Los moros lo conocieron por Mío Cid. Se trata del único héroe, entre los que produjo España en la Edad Media, que alcanzó fama europea. En su figura se ha mezclado la leyenda y la historia. En el siglo XV, cuando la crítica en lengua castellana se hallaba en un estado primitivo, un historiador, Fernán Pérez de Guzmán, puso en duda algunos puntos de la historia del Cid. En el siglo XVIII, también surgieron dudas; por ejemplo: Masdeu dudó hasta de la realidad misma de la existencia del héroe. Sin embargo, en nuestros días, la historicidad del Cid es admitida sin reservas, y su trascendencia es grande como personaje que es mito y leyenda, prototipo interesante de toda una época y de una raza.

El Cid se crio en la corte. A los 18 años fue armado caballero por el infante Sancho. Son los tiempos del rey Fernando I, quien al morir fue sucedido por su hijo Sancho. Este último sostuvo luchas con sus hermanos, especialmente con doña Urraca. Rodrigo fue leal a su rey. Sancho II fue asesinado cuando ponía sitio a la ciudad de Zamora. Le sucedió Alfonso VI, quien hizo jurar, en Santa Gadea de Burgos, a Rodrigo de Vivar y a otros caballeros, no haber participado en la muerte de Sancho II, hecho que no le gustó al nuevo rey. Acusado por García Ordóñez de haber guardado para sí parte de las parias cobradas al rey de Sevilla, el Cid es desterrado. En su exilio, se pone a las órdenes del rey moro de Zaragoza y alcanza fama por sus victorias contra el conde de Barcelona, el rey de Aragón y el rey de Lérida y Tortosa. Posteriormente, Alfonso VI le otorga su gracia, pero por no llegar a tiempo en socorro del castillo de Aledo, el rey le confisca sus bienes, encierra a su esposa y le destierra. El Cid lucha por su cuenta contra los moros. En 1094, Rodrigo puso cerco a la ciudad de Turia y se estableció en ella. Después vuelve a la amistad con Alfonso VI. Su esposa se le une en Valencia. Durante mucho tiempo, el Cid fue percibido como el prototipo del caballero: poseía valores como la generosidad y la valentía.

El manuscrito más antiguo del poema es el de Per Abbat, fechado en 1345, según una nota final que dice: «Per Abbat le escribió en el mes de mayo,/ En era de mill CCCXLV annos». Sin embargo, existen otros escritos importantes sobre Rodrigo Díaz de Vivar. Por casualidad, estando R. Dory en Gotha, encontró el manuscrito árabe 266, monumento que contiene un largo pasaje sobre el Cid. Es fundamental porque Ibn-Bassan lo redactó en Sevilla en 503 de la Hégira (o 1109 de nuestra era), es decir, sólo diez años después de la muerte del Cid. Se trata, por lo tanto, del relato más antiguo que se conoce sobre este personaje.

Ibn-Bassan no escribió una biografía del Cid, sino que sólo indicó los principales hechos de su vida. Rodrigo, según él, había estado en un principio al servicio de los Beni-Hud, reyes árabes de Zaragoza, y combatió luego, en diferentes ocasiones, al conde de Barcelona, al rey de Aragón y a García, el apodado Boca de Tortuga, datos que concuerdan con los de las gestas. El Cid es un personaje en quien lo legendario y lo histórico van unidos, y su figura ha tenido tal trascendencia que muchos escritores y poetas de todos los tiempos le han dedicado obras.

 

III. LOS VALORES EN LAS DOS PRIMERAS PARTES DEL CANTAR DE MÍO CID

 

Este poema narrativo se divide en tres partes: 1) destierro del Cid; 2) Bodas de las hijas del Cid; 3) La afrenta de Corpes. Como no es mi propósito reseñar el poema ni contarlo de nuevo, enunciaré los pasajes donde más se aprecia la importancia de los valores.

El poema se inicia en la época de Alfonso VI. Como la primera hoja del manuscrito de Per Abbat se perdió, suele sustituirse con la Crónica de Veinte Reyes. El Cid es desterrado. El rey le da nueve días para salir. Rodrigo los aprovecha para despedirse. Muchos lo acompañan, entre ellos Martín Antolínez, gracias a quien el Cid dejó a Raquel y Vidas dos bolsas de arena que hizo pasar por oro, a cambio de dinero. Aquí se demuestra la astucia del Cid, que le bastó para comenzar a superar la miseria.

Posteriormente, el héroe monta a caballo y se despide de la Catedral de Burgos. Promete mil misas al altar de la Virgen, las cuales, en efecto, cumplirá. En esta parte del poema, apreciamos la importancia que en la Edad Media tenían los valores religiosos, sobre todo cuando el Cid agradece a Dios y le ruega que le conceda favores. Más tarde el Cid demuestra de nuevo su astucia al conquistar Alcocer, así como sus valores éticos al tener clemencia con los moros: «Los moros y las moras vender no los podremos,/ Que los descabecemos nada ganaremos;/ Acojámoslos dentro que el señorío tenemos;/ Posaremos en sus casas y de ellos nos serviremos» (vv. 619-622). Clemencia semejante tendrá el Cid al derrotar al conde de Barcelona. Lo apresa, pero le dice que coma: «Comed, conde, de este pan y bebed de este vino;/ Si lo que digo hiciereis, saldréis de cautivo;/ Si no, en todos vuestros días, no veréis cristianismo» (vv. 1025-1027). En la primera frase hay una semejanza con las palabras de Cristo en el Evangelio. Aquí notamos la nobleza y misericordia que impulsaron al Cid. Sin embargo, el conde no desea comer. Transcurren tres días y el Cid reanuda su promesa: «Comed, conde, algo,/ Que, si no coméis, no veréis cristianos;/ Y, si vos comiereis como yo sea agradado,/ A vos y a dos hijosdalgo,/ Os libraré los cuerpos y os daré de mano» (vv. 1032-1035’).  El conde come y el Cid, como buen caballero, cumple su palabra.

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Durante la primera parte del poema y parte de la segunda, notamos la lealtad del Cid a su rey, a quien siempre manda regalos después de ganar alguna batalla. Tras conquistar Valencia y otros territorios, Rodrigo envía nuevamente a Minaya con el rey. Es obvio que con la fuerza y fama adquiridas por el Cid pudo haberle hecho la guerra a su propio rey, pero no lo hizo por su lealtad. Lejos de pensar siquiera en ello, se dedicó a enviarle gran cantidad de obsequios. Después el Cid vence a las huestes de Marruecos y manda nuevos presentes al rey, quien sale a recibir a la gente del Cid: «¡Merced, rey Alfonso, sois tan honrado!/ Por mío Cid el Campeador todo esto os besamos;/ A vos llama por señor y tiénese por vuestro vasallo» (vv. 1845-1847). La cantidad de obsequios produce la envidia del conde don García: «¡Maravilla es del Cid que su honra crece tanto!/ Con la honra que él tiene nos seremos afrentados» (vv. 1861-1862). El rey, no obstante, se muestra benévolo hacia el Cid. Los infantes de Carrión (Diego y Fernando), con el interés personal de acrecentar sus riquezas y honra, piensan en casarse con las hijas de Rodrigo: «Demandemos sus hijas para con ellas casar;/ Creceremos en nuestra honra e iremos adelante» (vv. 1882-1883). Así van con el rey para que interceda por ellos. Él acepta.

 

IV. LOS VALORES EN LA «AFRENTA DE CORPES»

 

¡Paso, que llevo sobre mis espaldas el deshonor, que es la letra más negra!

Doña Elvira, en Las hijas del Cid,

de Eduardo Marquina

 

La tercera parte, más que consistir en una descripción de batallas o conquistas, es quizá la secuencia más humana del poema. Aquí ya contemplamos de modo directo cómo los valores y el amor propio hacen de lo suyo.

Doña Elvira y doña Sol se casan con los infantes de Carrión. En la obra dramática Las hijas del Cid (1908), de Eduardo Marquina, Rodrigo dice lo siguiente: «Sólo una cosa me tienta, y es ver que las casa un rey como si sus hijas fueran. No he de mezclarme en las bodas ni a retardarlas ni a hacerlas: dejo a las manos reales todo el dictamen en ellas». En esta pieza teatral, las hijas del Cid se muestran más vivas que en el poema; poseen mayor individualidad e inteligencia, y aunque muchos elementos del cantar son modificados por el autor, la intención es la misma.

En el poema, se comienza por exponer la vergüenza y deshonra de los infantes de Carrión. Se suelta un león de su jaula. Uno de los infantes se mete debajo del escaño y el otro sale por la puerta gritando y se introduce detrás de una viga de lagar. El Cid, con gran valentía, tomó al león del cuello y lo introdujo en su jaula. Luego preguntó por sus yernos, pero nadie los encuentra. Cuando los hallaron, estaban pálidos y avergonzados. Las risas corrían por la corte. La cobardía de los infantes se hizo evidente. Lo anterior me recuerda un poco a la parte del Cantar de Roldán en la que el héroe propone que su padrastro Ganelón sea el mensajero de Carlo Magno para ir a hablar con los árabes. Cuando el rey le tiende el guante diestro, a Ganelón se le cae al suelo y se nota su cobardía para ir. Desde entonces siente odio por Roldán, quien al final muere a causa de la traición de su padrastro. En el Cantar de Mío Cid, los infantes de Carrión traicionan al Cid afrentando a sus hijas, y en gran parte lo hacen por la vergüenza que les produjo el episodio con el león. Establezco el siguiente paralelismo:

 

Roldán———> [elige a] Ganelón——————————–> [se le cae el] guante.

Mío Cid——–> [más valiente que] los infantes de Carrión——> [huyen del] león.

 

Este fragmento es muy significativo en la tercera parte, ya que tendrá repercusiones en otras partes del canto. Después de dicho episodio, el Cid se alegra: hay motivo para otra batalla y tiene fe en ganar más riquezas. Pero la cobardía, como en Ganelón, caracteriza a los infantes de Carrión. Muño Gustioz lo oye hablar en secreto y le cuenta al Cid el temor de éstos por ir a luchar. El Cid les dice que permanezcan; sin embargo, van a luchar. Uno de los infantes (don Fernando) se adelanta para atacar a un moro, quien al verlo se fue sobre él. El infante tuvo tanto miedo que huyó. Pedro Bermúdez mató al moro y tuvo una especie de compasión por el infante. Como en el códice del Cantar… falta una hoja y la Crónica de veinte reyes alude a este pasaje, de allí suele tomarse en las ediciones modernizadas y en prosa del poema: «Don Fernando —le dijo Pedro al infante—, tomad este caballo y decid a todos que vos matasteis al moro de quien era el caballo, y yo lo acreditaré con vos». En la obra de Marquina, Téllez Muñoz es quien ayuda a los infantes: a Fernando le dice que si sale doña Elvira a pedirle nuevas, le diga que el moro se ha vuelto a sus naves, y que «por darle de alfombra a sus plantas, este estandarte has cogido al rey Búcar». A don Diego le aconseja: «Dirás que el mayor enemigo del Cid, Emir Ben Gehaf, ya no existe: mientras nosotros afuera luchábamos, segunda vez tú has tomado a Valencia». De tal modo, los infantes son auxiliados, pero de cualquier forma don Diego desconfía: «¿no es doble así el deshonor, si tú hablas?». Téllez Muñoz le responde: «¿y aún dudas?, ¿y aún no lo has visto, infanzón, que son ellas [sus esposas] las que en vosotros quiero ver honradas?». Y para que confíe en él, Téllez Muñoz abre las puertas y se asoma gritando: «¡Venid, que un cuerpo ha caído sangriento y es Ben Gehaf, y don Diego lo ha herido!» (cuando realmente fue Téllez Muñoz quien lo mató).

Mío Cid
Regresando al Cantar de Mío Cid, nos encontramos en la batalla contra los moros. El obispo don Jerónimo viene a luchar porque «Mi orden y mis manos querríalas honrar» v. 2373). El obispo inicia el ataque y va a buscar a los moros hasta su campamento. Al final de la batalla, el Cid persigue y mata a Búcar. Así gana la espada Tizón, que dará, junto con su espada Colada, a sus yernos.

Al término de la batalla, el Cid queda satisfecho con los esposos de sus hijas: «Si ahora son buenos, adelante serán apreciados» («Quando agora son buenos, adelant seran preçiados», v. 2463). Luego agradece a Dios en estos términos: «Gracias a Cristo que del mundo es señor,/ Cuando veo lo que había sabor:/ Que lidiaron conmigo en el campo mis yernos ambos a dos;/ Mandados buenos irán de ellos a Carrión,/ Cómo son honrados y os tendrán gran pro» (vv. 2477-2481). El honor sigue siendo uno de los valores más sobresalientes. También lo notamos después, cuando don Fernando agradece al Cid: «Gracias al Criador y a vos, Cid honrado;/ Tantos haberes tenemos que no son contados./ Por vos tenemos honra y hemos lidiado;/ Pensad en lo otro que lo nuestro tenémoslo en salvo» (vv. 2528-2531). No obstante, todos se sonreían porque nadie había visto a los infantes luchar. Las risitas que iban de un lado a otro, aunadas a toda la vergüenza que desde hacía ya un tiempo sentían, hicieron que los infantes concibieran un plan perverso. «Así las escarneceremos a las hijas del Campeador/, Antes que nos retraigan lo que fue con león» (vv. 2555-2556). Fernando y Diego deciden afrentar a las hijas del Cid. Se las quieren llevar a tierras de Carrión. El Cid les hace más obsequios; entre ellos, las espadas que ganó. Sin embargo, Rodrigo envía también a Félez Muñoz para informarle de las heredades que les han dado a sus hijas.

En el camino, un moro amigo del Cid, Abengalbón, les da presentes a las hijas del Campeador y a sus esposos, pero éstos, al ver las riquezas que tenía, deciden traicionarlo. Además de la cobardía, la traición es otra característica de los infantes. Por fortuna, un moro los oyó y advirtió a Abengalbón, quien los despidió con amenazas.

Continúan los infantes su camino y luego permanecen con sus esposas. El resto de los acompañantes se adelanta. Aquí, las hijas del Cid son afrentadas. Los infantes les dicen: «Creedlo bien, doña Elvira y doña Sol,/ Aquí seréis escarnecidas en estos fieros montes./ Hoy nos partiremos y dejadas seréis de nos;/ No tendréis parte en tierras de Carrión./ Irán estos mandados al Cid Campeador;/ Nos vengaremos en ésta por la del león» (vv. 2714-2719). Las golpean y las abandonan. En uno de los romances del Cid, se afirma lo siguiente:

 

No tuvo la culpa el Cid

que el rey se lo aconsejó;

mas buen padre tenéis, dueñas,

que vuelva por vueso honor.

 

De esta manera, doña Elvira y doña Sol quedan deshonradas y, como se dice en el poema, igual deshonor para el rey, que fue quien las casó. La recuperación del honor de estas mujeres es esencial no sólo para el Cid, sino para el mismo rey. Félez Muñoz encuentra a sus primas. El Cid siente mucho lo ocurrido: «¡Gracias a Cristo, que del mundo es señor,/ Cuando tal honra me han dado los infantes de Carrión!/ ¡Por esta barba, que nadie mesó,/ No la lograrán los infantes de Carrión,/ Que a mis hijas bien las casaré yo!» (vv. 2830-2834). Rodrigo manda un mensaje por medio de Muño Gustioz al rey Alfonso, quien convoca a corte y el miedo atrapa nuevamente a los infantes. Cuando el Cid y el rey se encuentran, el Cid quiere humillarse y honrar a su señor, pero éste le dice: «¡Por San Isidoro, verdad no será hoy!» (v. 3028). No hace falta explicar lo que siente el rey tras enterarse de lo que les sucedió a las hijas de Rodrigo.

Ya en la corte, los infantes de Carrión se encuentran llenos de vergüenza. El Cid demanda tres cosas: a) sus espadas Tizón y Colada, pues se las regaló para «Que se honrasen con ellas y sirviesen a vos» (v. 3155) (al rey); b) 3000 marcos en oro y plata que les había dado, y c) que acepten el reto por haber abandonado a sus hijas.

La primera demanda salió bien. El Cid obsequió su espada Tizón a su sobrino don Pedro, y la Colada a Martín Antolínez. Rodrigo les dice: «Sé que, si os acaeciere, con ella ganaréis gran prez y gran valor» (v. 3197). La segunda demanda no resultó tan bien, ya que los infantes habían gastado el dinero. Le pagan con caballos, mulas, palafrenes y espadas. Cuando Rodrigo reta a los infantes, hay un descontento por parte de éstos y del conde don García. Este último propone un argumento para escudar a los infantes, argumento que luego ellos aprovecharían también: «Los de Carrión son de estirpe tan alta/ Que no se las debían querer a sus hijas por barraganas;/ ¿Y quién se las diera por iguales o por veladas?/ En derecho obraron porque han sido dejadas. » (vv. 3275-3278). Fernando se puso entonces en pie y dijo: «Dejaos vos, Cid, de esta razón;/ De vuestros haberes de todos pagado sois./ No acrecentéis la contienda entre nos y vos./ De linaje somos de los condes de Carrión;/ Debíamos casar con hijas de reyes o de emperadores,/ Que no pertenecían hijas de infanzones./ Porque las dejamos derecho hicimos nos;/ Más nos apreciamos, sabed, que menos no» (vv. 3293-3300). Se nota claramente que usan este razonamiento tan sólo para evitar el pleito, pues antes querían a las hijas del Cid para hacer crecer su honra. El nuevo argumento me recordó a uno de los Cuentos de Canterbury, de G. Chaucer: el de la viuda de Bath. Cito del lado izquierdo la versión original; del derecho, la inglesa modernizada, y a continuación una traducción al español:

 

“But, for ye speken of swich gentillesse

As is descended out of old richesse,

That therfore sholden ye be gentil men,

Swich arrogance is nat worth an hen.

Looke who that is moost vertuous alway,

Pryvee and apert, and moost entendeth ay

To do the gentil dedes that he kan;

Taak hym for the grettest gentil man.

“But, since you speak of such nobility

As is descended out of old riches,

That therefore you should be noble men,

Such arrogance is not worth a hen.

Look who is most virtuous always,

In private and public, and most intends ever

To do the noble deeds that he can;

Take him for the greatest noble man

(versos 1109-1116)

 

Traducción:

ya que habéis hablado de la nobleza que procede de la antigua riqueza y creéis que por ella son los hombres nobles, sabed que tal nobleza no tiene el precio de una gallina. El hombre que es siempre virtuoso, lo mismo en privado que en público, y se esfuerza en practicar las acciones nobles que pueda, éste es en verdad el más noble de los hombres.

 

Después se alude a la honra:

 

And he that wole han pris of his gentrye,

For he was boren of a gentil hous

And hadde his eldres noble and vertuous,

And nel hymselven do no gentil dedis

Ne folwen his gentil auncestre that deed is,

He nys nat gentil, be he duc or erl,

For vileyns synful dedes make a cherl.

For gentillesse nys but renomee

Of thyne auncestres, for hire heigh bountee,

And he who will have praise for his noble birth,

Because he was born of a noble house

And had his noble and virtuous ancestors,

And will not himself do any noble deeds

Nor follow his noble ancestry that is dead,

He is not noble, be he duke or earl,

For churlish sinful deeds make a churl.

For nobility is nothing but renown

Of thy ancestors, for their great goodness

(versos 1152-1160)

 

Traducción:

quien desee ser honrado por haber nacido en noble cuna, si no realiza nobles acciones o sigue el noble ejemplo de sus difuntos abuelos, no será noble así sea conde o duque, pues las acciones perversas y viciosas hacen al villano. Y así la nobleza no es más que la fama de nuestros antepasados, los cuales la ganaban por sus buenas acciones.

 

Transcribo estos fragmentos de Chaucer porque vienen al caso. Los infantes de Carrión aluden tan sólo a su sangre, a su procedencia, y trataron de justificar su deplorable acto evocando a su linaje, es decir, a su pasado, cuando en realidad son ellos y sus acciones los que importan.

Pedro Bermúdez habla e insulta a los infantes. Le recuerda a Fernando cuando le ayudó contra el moro en la batalla de Valencia, y les vuelve a mencionar el episodio del león, que como se dijo antes, tuvo mucha repercusión en todos los sucesos posteriores. Asimismo, reta a Fernando. Luego Martín Antolínez reta a Diego. Como es obvio, les ganan. El Cantar termina de un modo feliz, pues las hijas de Rodrigo se casan con los infantes de Navarra y Aragón.

Para concluir, es necesario reafirmar que las acciones de los personajes deben ser motivadas no sólo por pasiones y deseos, sino también por los valores, a los que muchos de ellos toman como verdaderos motores que los conducen a actuar de determinado modo. Sin ellos, el humano dejaría de serlo.

 

FUENTES CONSULTADAS

 

Anónimo, Cancionero de romances viejos, UNAM, México, 1984.

Anónimo, Cantar de Mío Cid. El manuscrito del cantar. Timoteo Riaño Rodríguez y Ma. Carmen Gutiérrez Aja. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Anónimo, Cantar de Mío Cid. Texto modernizado. Timoteo Riaño Rodríguez y Ma. Carmen Gutiérrez Aja. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Anónimo, El cantar de Roldán, Espasa Calpe, Madrid, 1975.

Anónimo, La chanson de Roland. Joseph Bédier. Texto en línea: https://fr.wikisource.org/wiki/La_Chanson_de_Roland/Joseph_B%C3%A9dier/La_Chanson_de_Roland/Texte

Anónimo, Poema de Mío Cid. Nota literaria de Lázaro Sánchez Ladero, Ed. Ramón Sopena, Barcelona, 1978.

Chaucer, Geoffrey, Los cuentos de Canterbury, Ed. Marte, Barcelona, 1963.

Chaucer, Geoffrey, «The Wife of Bath’s Prologue and Tale» An Interlinear Translation, texto en línea disponible en https://sites.fas.harvard.edu/~chaucer/teachslf/wbt-par.htm

Enciclopedia Monitor, vol. 7, Ed. Salvat, Barcelona, 1970.

García Morente, Manuel, Lecciones preliminares de filosofía, Ed. Diana, México, 1963.

Homero, La Iliada, Espasa Calpe, México, 1982.

Marquina, Eduardo, Las hijas del Cid, Ed. Aguilar, Madrid, 1973.

Montaigne, Michel de, Ensayos escogidos, UNAM, México, 1978.

Varios, Grandes descubridores y conquistadores, vol. 5, Ed. UTEHA, México, 1985.

Varios, Historia universal ilustrada, vol. 2: De la Europa carolingia al Asia del siglo XVI, Ed. Anesa/ Noguer/ Rizzoli/ Larousse, Barcelona, 1974.

 

 

* Todas las citas del Cantar de Mío Cid fueron tomadas de la versión modernizada por Timoteo Riaño Rodríguez y Ma. Carmen Gutiérrez Aja. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

El Medioevo y la astrología como parte de su concepción cósmica: una modesta aproximación

Juan Antonio Rosado Zacarías

 

I. LA EDAD MEDIA Y EL COSMOS

 

El «punto de vista» griego, tanto en arte como en cronología, tiene poco en común con el nuestro, pero fue muy semejante al de la Edad Media.

Marshall McLuhan

 

La aspiración a un orden universal, alimentada por el recuerdo del imperio romano, se superpuso durante toda la Edad Media por encima de una situación incompatible con ella.

José Luis Romero

 

zodiac100webEl Medioevo es el más extenso periodo cultural en Occidente. Abarca unos diez siglos. A pesar de que ocurrieron muchas cosas, e independientemente de las guerras, pestes y los distintos valores que se empleaban para entender la realidad y juzgarla, existieron diversas constantes que hicieron que la gente percibiera el entorno con base en una imagen impuesta del universo. Una de estas constantes es la religión. Su influjo es notorio en todos los aspectos de la cultura. La religión ocupa un lugar central en la concepción del mundo que se tenía. Su influencia hizo que poco a poco se frenara el avance científico en algunos aspectos. La Inquisición cobró la fuerza necesaria para hacer sufrir a quienes contradecían la imagen geocéntrica del Almagesto. No se vio con buenos ojos a Copérnico, y Galileo fue demasiado inteligente como para darles por su lado a sus contemporáneos y continuar con sus investigaciones en el ámbito privado. Bertolt Brecht, en su obra teatral Galileo, nos muestra a uno de los discípulos de este pensador que le reprocha a su maestro: «Maldita la tierra que no tiene héroes» después de que el maestro se hubo retractado ante la Inquisición. Nos muestra también a un Galileo que responde: «No, maldita la tierra que necesita héroes». Poner en duda el orden cosmológico era también alterar el orden socio-político. La imagen que existía en tiempo de este astrónomo era todavía, en muchos aspectos, la imagen medieval. Nietzsche, en su Aurora, afirma:

las empresas peligrosas son mucho más raras en la época moderna que en la antigüedad y en la Edad Media, probablemente porque en la época moderna no se cree en los signos, en los oráculos, en las constelaciones ni en los adivinos. Es decir, nosotros ya no somos capaces de creer en un futuro que nos está reservado, como creían los antiguos, quienes, al contrario de nosotros, eran mucho menos escépticos respecto a lo que sucede que respecto a lo que es.

En la Edad Media existía un cosmos tan cerrado que no cabía el escepticismo. En su ensayo «Iglesia y “cristiandad”», Pierre Griolet nos recuerda que en la Edad Media europea, «La Iglesia está omnipresente en las ideologías del saber y del orden». ¿Qué hizo Copérnico? ¿Qué hizo Galileo? Pusieron en duda un sistema entero; empezaron a des-ordenar, derrumbar las bases que sostenían la imagen del universo. Utilizo el término «cerrado» —al que Umberto Eco se refiere para caracterizar a la obra de arte unívoca— para aludir a la esencia del cosmos general medieval. «Cosmos» significa un todo ordenado, y este orden, en el Medioevo, era tan estrictamente jerarquizado que en el universo constituía una unidad cerrada, perfecta. Como ya se dijo, no admitía escepticismos. Al trasladar la idea anterior al arte, Eco afirma: «Esta poética de lo unívoco y de lo necesario supone un cosmos ordenado, una jerarquía de entes y de leyes». Desde que la imagen cósmica medieval se rompió, muchas cosas dejaron de ser ciertas. Se comenzó a perder la fe en las estrellas y en el espacio; es decir, el universo se fue abriendo tanto que, de forma paulatina, el ser occidental fue perdiendo de vista a su Dios y a la religión, hasta caer en el racionalismo que caracterizó, en gran medida, al siglo XVIII. El Medioevo europeo no tenía los problemas que acarrea la diversidad, pues en aquel entonces se creía ciegamente en ese cosmos ordenado. Deyermond sostiene que dicha concepción del mundo obedeció a una «jerarquización orgánicamente elaborada de armonías y correspondencias».

Sin embargo, hay que insistir en que el mundo antiguo (con el matiz importante de la cristiandad) continúa a lo largo de la Edad Media. En cuestiones políticas, como bien afirma Dostoievsky, el catolicismo no es más que una continuación del Imperio Romano de Occidente. En cuestiones que atañen más al arte y a la ciencia, Deyermond explica que «la concepción geográfica del mundo en la Edad Media proviene de las ciencias y exploraciones de los griegos tal como habían sido interpretadas por los escritores latinos (proceso que, naturalmente, deformó aquéllas)». José Luis Romero afirma: «acaso el más significativo punto de coincidencia de la tradición romana y la cristiana sea la conciencia de un orden universal: el individuo, cualesquiera sean sus determinaciones circunstanciales, se inserta en un sistema universal». Lo anterior es fundamental, ya que ese orden, así como la astrología (como se verá más adelante) y otros aspectos, provienen de la antigüedad. Es necesario comprender que el «punto de vista» griego es semejante al medieval. El influjo de los mundos antiguo y árabe fue básico en todas las ramas del conocimiento, incluida la filosofía, que, sin embargo, en la antigüedad abarcaba todo. No es necesario profundizar en el hecho de que la teología haya sido la disciplina esencial dentro del campo del conocimiento en la Edad Media, y en que la filosofía haya sido tan sólo su «sierva».

Todo giraba con gran orden alrededor del centro de la creación. En la etapa medieval, como afirma Dilthey, incluso persisten características de la magia y de la religiosidad primitiva. Es entonces la misa un culto mágico (efectuado en un templo) en el que Dios, es decir, la trascendencia en el altar, está separado del lugar reservado a los fieles. Dilthey afirma que «por medio de las acciones mágicas del culto se vierte el mundo trascendente sobre el altar y desde él sobre los creyentes». Este es un claro ejemplo de la nueva manera en que la magia se manifestaba durante el Medioevo, y cuyas raíces más profundas se hallan en los cultos de la antigüedad.

Para concluir esta primera parte y apoyar más la idea de que el mundo antiguo se encontraba aún presente en la época medieval, citaré estas palabras que Alfonso X, «el Sabio» apuntó luego de haberse referido a la constelación Osa Mayor. El rey alude a los antiguos y dice: «Et qui esto quisiere saber ciertamientre pugne de leer los libros de los sabios antiguos et ahí lo fallará; ca y mostraron ellos las naturas de las cosas, et descobrieron las poridades dellas a los entendudos et amadores de saber…».

II. LA ASTROLOGÍA

Descubrimientos en el mundo antiguo

1531Hace cuatro mil años, en Mesopotamia, se llevaron registros astronómicos con gran precisión. De todas las conclusiones que los antiguos astrónomos sacaron sobre estrellas y planetas, nació el afán de predecir el futuro mediante la lectura de los astros. Los astrólogos necesitaban conocer la posición de los planetas en determinadas fechas. Lo anterior requería minuciosa observación y conservación de registros. Como los planetas influían en el destino de los humanos, era necesario conocerlos con profundidad. Si algún monarca planeaba lanzar un ataque sobre un estado vecino, consultaba al astrólogo; si éste le aseguraba que la posición de Marte era desfavorable, el rey podía seguir el consejo y aplazar el ataque hasta que las perspectivas mejoraran. Los astrólogos fueron cobrando fuerza política y económica. En Babilonia, 1000 años a. de n.e., su importancia se incrementó en alto grado.

Los griegos avanzaron en la contemplación del cielo. Ellos desecharon la idea de que la Tierra era plana. Razonaron que debía ser redonda debido a la sombra que proyecta en la luna, y a la manera en que las embarcaciones parecían hundirse en la lejanía del mar. Los griegos se apoyaron en la lógica y en su percepción, pero luego aplicaron la matemática a las observaciones de los movimientos celestes. Diseñaron muchos modelos para explicar el sistema del universo, la mayoría de los cuales sostenía que tanto los planetas como el sol, la luna y las estrellas no caían porque se lo impedían unas esferas invisibles que giraban y los conducían alrededor de la Tierra, a distintas velocidades. Posteriormente, se añadieron esferas secundarias. En el siglo IV a. de n.e., Eudoxo de Cnido utilizó 27 esferas, y varios sucesores hasta 57. Eudoxo explicaba los movimientos de los cuerpos celestes, sin importar sus tamaños, mediante la combinación de los movimientos de las esferas. No obstante, dicha teoría dejaba sin explicar las causas que hacían a los planetas palidecer o aumentar su brillo. Fue después cuando se explicó que los planetas giraban en círculos pequeños, a la vez que describían órbitas alrededor de la Tierra: así se «demostró» que un planeta podía estar cerca del nuestro cuando brillaba, o lejos cuando palidecía. En 275 a. de n.e., Aristarco de Samos, cuya proposición nunca fue aceptada, dijo que el sol (y no la Tierra) era el centro de los movimientos planetarios. Eratóstenes calculó el tamaño de la Tierra y obtuvo un resultado casi acertado.

La astrología

Zigurat

Zigurat. Dibujo de Eduardo B. Rosado Z. (1995)

El nacimiento de la astrología se dio en las civilizaciones de las tierras de Mesopotamia. Nació como una técnica religiosa, algo así como un modo de relacionarse con los dioses, a los que se identificaba con los astros. En esta región se construyó el Zigurat, torre cuya cúspide, pintada del color del sol, servía como observatorio. Las observaciones de los astros hicieron pensar a los antiguos sabios que éstos influían en el futuro de los individuos y de los países. Por ejemplo, si la luna que contemplaban desde el Zigurat aparecía con igual aspecto los días 1 y 28, era mal agüero para la región occidental del país. Los astrólogos ejercieron mucha influencia en los monarcas, pues también empleaban su ciencia para predecir su futuro.

Poco a poco, la astrología pasó a muchas civilizaciones: los asirios, caldeos, sumerios y babilonios construyeron las bases para el estudio metódico del universo. Los caldeos idearon los primeros métodos para conocer a la gente mediante los astros. Así la realización del horóscopo adquirió rápida difusión. Tanto caldeos como egipcios, luego de gran cantidad de observaciones, concluyeron que el destino de alguien podía apoyarse en el conocimiento de la constelación con la que coincidía en el momento de su nacimiento. Muchas predicciones interesantes se hicieron gracias a los signos del zodiaco. La palabra deriva del griego y significa «criatura pequeña», ya que muchas constelaciones llevaban (y llevan) el nombre de algún animal. El zodiaco representa la franja imaginaria que recorren el sol y los planetas en el cielo. Es necesario recordar que la astrología nació en un mundo donde la Tierra era el centro del universo.

El zodiaco se divide en doce partes iguales que se cierran en círculo. Los griegos, dicho sea de paso, admiraban lossagitario círculos y los consideraban formas nobles que llegaron a usar en astronomía. Cada parte del zodiaco es un signo, y cada signo representa la constelación cerca de la cual el sol pasa en la respectiva época del año. Los planetas también poseían poderes especiales sobre los signos. Cada uno de estos signos podía llevar a distintas interpretaciones; por ejemplo, si aludimos a SAGITARIO, en las concepciones orientales, los nacidos bajo este signo pueden llegar a ser arqueros o alcanzar dignidad real; en las concepciones griegas, los nacidos bajo este signo pueden llegar a ser hábiles médicos, educadores de héroes o adivinos.

Los antiguos astrólogos contaron a partir de la posición aparente del sol al inicio de la primavera, en el hemisferio norte. Dividieron el zodiaco, como ya se dijo, en doce partes, aunque parece que hubo una época en que sólo eran once signos, debido a la inexistencia de Libra, cuyas estrellas formaban parte de Escorpión.

Claudio Ptolomeo

Llamado por muchos (entre otros, por Bernal) «el último gran astrónomo de la antigüedad», Ptolomeo vivió en Egipto en el siglo II de nuestra era. Obtuvo tal importancia que durante la Edad Media se conoció y estudió su principal trabajo: el Almagesto, traducido por los árabes. La palabra significa «El más grande». En este trabajo, Ptolomeo recogió las ideas de muchos astrónomos anteriores. Con el tiempo, como ya se ha dicho, adquirió la fuerza de un dogma religioso que no podía ser discutido sin peligro de caer en herejía.

El Almagesto consta de trece libros donde se desarrolla y demuestra el sistema geocéntrico que prevaleció hasta el Renacimiento. El mismo Ptolomeo afirma que gran parte de su contenido se deriva de los conceptos de Hiparco de Micea. Los dos primeros libros se refieren a la Tierra, considerada esférica y con una circunferencia de 180,000 estadios (más o menos 30,000 km.). Se habla también de los cielos (esféricos) que giran alrededor de la Tierra, que se halla fija en el centro del universo. El tercero y el cuarto libros se refieren al sol y a la luna; el quinto, al astrolabio; el sexto, a los eclipses; el séptimo y el octavo contienen un catálogo de 1022 estrellas; los últimos cinco tratan de los planetas.

almagestoarabe2En la Europa medieval casi la única información astronómica existía en el Almagesto. Gran parte de los trabajos griegos, como el de Aristarco, no fueron apreciados hasta tiempos relativamente modernos. En más de 1000 años no se produjo nada de importancia en materia astronómica. Aun cuando la ciencia europea empezó a cobrar ánimos, el Almagesto seguía siendo el libro más importante en estos asuntos.

Hubo, sin embargo, sabios que contribuyeron a la continuación de todas estas ideas. Roberto Grosseteste (1175-1253), maestro de Roger Bacon, ideó un universo con nueve esferas celestes. Había cuatro que correspondían a los cuatro elementos. Asimismo, hay que recordar que los árabes llevaron adelante la tradición griega: ellos tradujeron el Almagesto, que Gerardo de Cremona traduciría del árabe en 1175. El estudio de estas obras, aunado al de las tablas de las observaciones árabes, fue posible, en gran medida, gracias a Alfonso X. Lo anterior posibilitó la continuación de la astronomía helénica durante la cristiandad.

 

III. LA ASTROLOGÍA EN LA EDAD MEDIA

Introducción

En el Medioevo, la astrología se enseñaba en las universidades como cualquier ciencia. La visión geocéntrica constituía una parte fundamental de la realidad. Los planetas y el sol, como giraban alrededor del centro del universo, es decir, de los seres humanos, de alguna manera influían en la vida, la salud y el destino de éstos. La astrología, que permaneció como una constante, dejó de tener validez científica cuando se descubrió que el sol es el centro del universo. Durante muchos siglos, fue motivo de estudio para los sabios. Raimundo Lulio, por ejemplo, era experto en esta disciplina.

los_4_elementosEn el siglo XIII, cobraron auge tanto la astrología como la alquimia. Se continuó la idea de antiguos filósofos griegos de que todo se componía de los cuatro elementos: fuego, aire, agua y tierra. El individuo estaba constituido por una particular mezcla de dichos elementos. La posición del sol y de los planetas en el momento del nacimiento influía en la mezcla o temperamento. Conociéndolo, podía juzgarse qué era necesario realizar para que cierta persona tuviera éxito.

Alfonso X y la astrología

De todas las personalidades del siglo XIII, Alfonso, «el sabio», demostró un interés muy vivo por mandar traducir obras del árabe y de otras lenguas sobre distintos temas, así como por escribir sobre éstos. El rey Alfonso heredó el trono de Castilla y León a los 30 años (1252). Tuvo gran afecto por la alquimia y durante muchos años, estando en Toledo, se dedicó a contemplar las estrellas. De su producción científica son importantes los Libros del saber de astronomía, pero también mandó traducir del árabe el Picatrix en 1256, considerada por muchos la obra sobre magia astrológica más destacada en la Edad Media. Los Libros del saber de astronomía fueron poco conocidos en la época del rey. Son quince tratados; el primero, un catálogo de estrellas que a su vez se refiere a los instrumentos empleados y a su construcción. Se realiza un estudio completo del calendario y de la astronomía en las Taulas alfonsíes, cuyos cálculos se efectuaron en el observatorio que el rey mandó construir en el Castillo de San Servando, en Toledo.

En estos tratados, en la parte llamada «Alcora», se nos informa que, si bien el movimiento del cielo es redondo e igual, éste se diversifica sobre las villas según su localización en la Tierra. Posteriormente, en las Taulas alfonsíes, el rey sabio nos aclara que la ciencia de la astrología es cosa que no puede averiguarse sino por rectificaciones. La vida humana —resalta la idea— es corta como para llevar a cabo todas las rectificaciones, ya que existen movimientos tardíos que cumplen la circunferencia en millares de años. Esto explica por qué las rectificaciones son obra de muchos hombres en muchos años.

La astrología y su influencia en la medicina

Uno de los principales motivos de que la astrología se haya enseñado en las universidades durante tanto tiempo fue su utilidad para los médicos. Ellos tenían que escoger la época en que las estrellas eran favorables para el paciente a fin de proporcionarle un tratamiento médico. Medicina y astrología se confundían en una ciencia única.

Antes de continuar con el tema de las estrellas y los planetas, es necesario tener presente que en la Edad Media, como se dijo en la primera parte, existía un orden tan jerarquizado que la correspondencia entre macrocosmos y microcosmos tenía distintos aspectos. Uno es precisamente la correspondencia que se les daba a los cuatro humores. Francisco Rico, en El pequeño mundo del hombre, expone que estos cuatro temperamentos correlativos no son «sino la versión en el hombre de los cuatro elementos». El siguiente cuadro fue tomado por Rico de El non plus ultra del lunario…, de Jerónimo Cortés (1638).

4 cualidades Caliente y húmeda Caliente y seca Fría y húmeda Fría y seca
4 elementos Aire Fuego Agua Tierra
4 partes del mundo Mediodía Occidente Oriente Septentrión
4 vientos Meridiano Poniente Levante Tremontana
4 partes del año Primavera Estío Invierno Otoño
4 humores Sangre Cólera Flegma Melancolía
4 edades del hombre Niñez Juventud Vejez Decrepitud
Calidad de los doce signos del zodiaco Géminis

Libra

Acuario

Aries

Leo

Sagitario

Cáncer

Escorpión

Piscis

Tauro

Virgo

Capricornio

 

Para continuar con la idea de la correspondencia entre macrocosmos y microcosmos, se comparaba:

MACROCOSMOS MICROCOSMOS
Cielo: sol y luna Ser humano: dos ojos para alumbrarse
La luna mengua Enfermedad
La luna crece Salud
Sol Preside el corazón y el costado derecho
Luna Cerebro. Todos los humores. Costado izquierdo. Estómago.
Saturno Melancolía. Preside también el bazo

(en inglés: spleen, término que en esa lengua será utilizado por diversos poetas)

Júpiter Cólera. Preside también el semen, la sangre, el hígado, los pulmones y las extremidades.
Marte Cólera. Sangre, testículos.
Venus Cuello y abdomen.
Doce signos del zodiaco Doce costillas
Yerbas que nacen en la tierra Cabellos
Piedras Huesos

 

Juan de Aviñón (ca. 1400) recuerda:

MACROCOSMOS MICROCOSMOS
365 días del año 365 nervios, huesos y venas
Mundo terrenal Hígado: virtud natural
Mundo espiritual Cabeza: sesos espirituales
Mundo celestial Corazón: virtud vital

 

Torres Villarroel (ca. 1700):

MACROCOSMOS MICROCOSMOS
Superficie de la Tierra Tegumento o pellejo

 

Sabuco (1587):

MACROCOSMOS MICROCOSMOS
Los vapores de la tierra y del mar suben y caen en forma de agua cuando llueve. Suben los vapores del estómago y cerebro, y éstos causan el sueño.

Rico sostiene que, en la medida en que el zodiaco cambiaba, cambiaban también las enfermedades y los remedios. Juan de Aviñón, citado en la ya mencionada obra de Francisco Rico, explica que sin el conocimiento de las estrellas es imposible curar enfermedad alguna. Tres siglos después, Diego de Torres Villarroel, en Las brujas del campo de Barahoma (1731), apunta: «para sanar al doliente, lo que importa es conocer la condición de los años, el ceño de las estaciones, la actitud del sol, la fuerza de la luna, el ímpetu de los planetas, el rigor del aire, la disposición de la Tierra y el humoral y el proprio temperamento de los sujetos». Es interesante que, cuando Villarroel escribió aquello, ya la concepción ptolomeica había pasado. Sin embargo, rasgos medievales como éste prosiguieron todavía durante algún tiempo.

En el siglo XIII no pocos autores creían realmente en la astrología y las supersticiones. Los planetas y las constelaciones causaban influjo sobre el cuerpo, y la patología diagnosticaba basándose en el examen de sangre, orina y heces. La terapéutica constantemente consistía en sangrías, purgantes, vejigatorios, etc. Como ya se ha dicho, la medicina se basaba en la doctrina de los humores. La magia también desempeñaba un importante papel, y muchos médicos adoptaron de ella su aspecto más eficaz: la sugestión. Es natural que el exorcismo llegara a formar parte de la práctica terapéutica, ya que en determinadas épocas la impotencia sexual, la pérdida de la memoria y otros males se atribuían a posesiones diabólicas.

Durante los siglos anteriores al XVII, la escrófula fue muy común. En Inglaterra se le llamó «demonio del rey». Para curarla, se recurría al «tocamiento real», es decir, se creía que podía curarse si el rey o reina tocaba al enfermo. Se trata de un claro ejemplo de superstición que se mantuvo hasta el principio de la llamada era moderna. Dicha costumbre se remonta al año 496 en Francia. Según Tomás de Aquino, el rey Clodoveo, por sugerencia de un ángel, puso sus manos en el cuello de un paje enfermo mientras pronunciaba la fórmula «yo te toco, Dios te cura». El paje sanó. Esta fórmula fue después usada por todos los reyes de Francia. En Inglaterra, la práctica del tocamiento fue iniciada por Eduardo el Confesor, quien reinó de 1042 a 1066.

En El lapidario, Alfonso X (tomando sus palabras de la traducción de textos del musulmán Abolaya) se refiere a las virtudes de las piedras y de la influencia de las estrellas en éstas. Cada signo del zodiaco posee determinado número de grados, y cada grado, una piedra. Había piedras que, por influjo de las estrellas, eran capaces de curar enfermedades. El coral, por ejemplo, recibía la influencia de dos estrellas de la constelación Tauro. Se afirmaba que esta piedra, molida en vino, ayudaba a quienes escupían sangre y a quienes no podían orinar. Eran entonces las estrellas no sólo las causantes del destino, salud o éxito, sino también auxiliadoras en la cura de enfermedades.

 

CONCLUSIONES

Todo lo que se ha expresado aquí es una muestra de aquel orden universal en que creía el Medioevo. Como se afirmó en la primera parte, alterar ese orden era alterar todos los órdenes, tanto del macrocosmos como del microcosmos; incluso, el orden sociopolítico. Hasta cierto punto, muchas personas del siglo XX y del XXI han sido incapaces de reconocer la importancia y el riesgo que las empresas de Copérnico y Galileo representaban, aunque para el primero el universo continuó siendo finito, con sus estrellas fijas, su Commentariolus —muy poco conocido en su época— no dejaba de ser un riesgo peligroso. A lo largo de su vida cultural, el ser humano se ha preguntado el porqué de las cosas. Gracias a esa interrogante ha podido descubrir soluciones, aunque éstas hayan sido muchas veces erróneas (¿acaso por haber sido mal formuladas las preguntas?). Lo cierto es que la ruptura que produjo la llamada «era moderna» fue el fin de lo que se pensaba como «correcto». A partir de entonces, las preguntas han surgido con un ímpetu tal que mucho de lo que se estaba seguro en la Edad Media, en nuestro siglo no sólo ya no se está, sino que han podido surgir soluciones. La ruptura entre ciencias y arte, y todo el cúmulo de nuevos conocimientos, ha hecho de los siglos XIX, XX y lo que va del XXI una época más individualista que la Edad Media. La especialización sobre uno o varios temas del conocimiento —y no sobre el conocimiento minucioso de todos los campos del saber (que, por otro lado, sería imposible)— sigue siendo lo que posee validez. Por ello, físicos y botánicos de la época de Goethe criticaron a este sabio cuando, sin profundizar ni actualizarse en las cada vez más especializadas ciencias, escribió sobre plantas, piedras u óptica. Ahora sería imposible aquel «hombre universal» de la Edad Media o de la antigüedad.

 

BIBLIOGRAFÍA

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La música en el mundo azteca

Texto: Juan Antonio Rosado Zacarías

Ilustraciones: Juan Antonio Rosado Rodríguez

 

PRIMERA PARTE: LA MÚSICA

 

  1. Importancia de la música en el mundo azteca

México fue uno de los puntos geográficos donde los europeos —concretamente los españoles— se encontraron con extraordinarias y ricas culturas sedentarias. Una de ellas fue la mexica o azteca. Si bien la música es tan antigua como el ser humano y lo ha acompañado a lo largo de su historia, debe estudiarse y considerarse como un elemento esencial en la cultura náhuatl. Este factor estuvo íntimamente relacionado con el culto a las divinidades, ya que culto y arte se hallaban enlazados, fundidos casi como si hubiesen sido una misma cosa. Por ello, la música participaba de una jerarquización social rígida y era exclusiva de una casta de profesionales que exigía del músico, del artista, una ejecución perfecta. Aunque hay quienes afirman que existía la música del pueblo (de los macehuales), y la música culta, dada la separación de estas dos clases, lo importante a fin de cuentas es comprender la música como un aspecto no sólo artístico, espiritual o cultural, sino como una necesidad que ha sentido el hombre de todas las culturas. Los oídos, ya subordinados a la conciencia, le sirvieron al humano primitivo para captar e imitar los sonidos de la naturaleza (truenos, lluvia, pájaros y demás animales), para luego organizar de distintas maneras los producidos por él.

La música de los aztecas, además de ser fundamental en la religión, en los ritos, ceremonias y fiestas, también se empleaba en la guerra como medio para transmitir órdenes o animar a los combatientes. Se dice que también hubo música con sentido profano, aunque de preferencia poseía un acento religioso muy marcado. Recordemos que las guerras se llevaban a cabo a causa de los dioses, y que si los aztecas fueron un pueblo guerrero fue gracias al aliento que sus dioses le otorgaban.

La música era algo tan significativo que las faltas y errores del intérprete ofendían a los dioses y eran castigados incluso con pena de muerte. El músico azteca gozaba de gran prestigio social. A veces el músico recibía un mécatl o cordel distintivo que portaba en la cabeza. Colgaba en dos puntas sobre el pecho y la espalda. Incluso ciertos instrumentos, como el teponaztli y el huéhuetl, tenían un origen divido: eran dioses exiliados. Otros poseían un carácter sagrado, como la sonaja, los tambores y los caracoles. El caracol, por ejemplo, se relacionaba con uno de los atributos más importantes de Quetzalcóatl.

Otra forma de ritual era la danza que, por supuesto, iba unida a la música. Los cronistas españoles nos comentan su impresión sobre los bailes aztecas. Los danzantes llevaban diversos atavíos según la ceremonia de la que se tratara. Para Motolinía, había dos tipos de danza: el macehuahui (de penitencia para los dioses) y el mitotiani.

 

2.  Cómo fue su música y la enseñanza de ésta

¿Cómo fue la música de los antiguos mexicanos? Es imposible saberlo con exactitud. Aunque algo de ella se ha conservado por tradición oral, hay que tener en cuenta las diversas influencias y transformaciones que necesariamente sufrió a lo largo del tiempo. Nos encontramos ante algo desconocido, pero no por completo, pues muchos de los instrumentos que se utilizaban se conservan en la actualidad. Existen dibujos de músicos en los códices, así como relatos de cronistas españoles sobre la importancia de la música. A veces nos describen los instrumentos como «desafinados», pero esta apreciación se debe a que la cultura náhuatl poseía una visión del mundo totalmente distinta de la de Occidente. Es un error percibir algo distinto, nuevo, con los mismos sentidos que se usan para percibir lo cotidiano. Varios españoles trataron de asemejar, en parte, la cultura occidental con la azteca. Esto ocurrió porque sus ojos y sentidos eran occidentales al juzgar, criticar o interpretar los ritos, la religión y la música, entre otras manifestaciones.

Además de los instrumentos que se conservan y las narraciones de los cronistas españoles, tenemos una interpretación de la visión azteca acerca de la flor y el canto como los elementos más valiosos que llegan al corazón y deleitan a los dioses. La palabra cuícatl (concepto muy amplio) encerraba poesía y canto, y el canto era poesía y viceversa. El canto —y cuando había un sentido de homenaje, los himnos— constituía algo primordial para la cultura prehispánica. Se escribieron teocuícatl (cantos religiosos), yaocuícatl (cantos de guerra), entre otros tipos.

El canto se enseñaba en el calmécac (escuela donde se formaba a los sacerdotes, a los intelectuales), y se hallaba muy relacionado con las demás artes como la pintura o la poesía. Recordemos también que tlamatinine en náhuatl, por un lado, significa poeta, cantor, músico; por otro, sabio y sacerdote. Los tlamatinine asistían al calmécac porque tenían «pureza en su corazón». Sin embargo, el canto sagrado y la danza eran enseñados en el cuicalli (casa de canto), escuela especializada donde los jóvenes estudiaban por las tardes, hasta entrada la noche. Dos sacerdotes principales se encargaban de esta escuela: uno de ellos era el tlapitzcaltzin o «señor de la casa de las flautas», que enseñaba y corregía los cantos. El mixcoacalli era un lugar donde se guardaban los accesorios para los cantos y las danzas. Como afirma Torquemada en Monarquía indiana, el mecatlán era la casa en que se enseñaba a tocar todos los instrumentos, particularmente las trompetas de los ministros y las flautas.

En cuanto a los himnos, se conservan varios de índole sagrada que se cantaban en homenaje a los dioses, recordando sus hazañas o solicitando algún favor. En el libro de Bernardino de Sahagún, en el Apéndice II introducido por Ángel María Garibay, encontramos himnos sagrados como el «Canto a Tláloc», dios de la lluvia; el «Canto a Huitzilopochtli», el joven guerrero; el «Canto al guerrero del sur»; el «Canto a la madre de los dioses» y el «Canto a Xochipilli», entre otros. De este último, transcribo un pequeño fragmento:

 

Solamente oirá mi canto el que tiene cascabeles,

el que tiene rostro enmascarado solamente oirá

mi canto: Cipactonalli.

 

3.  El lenguaje musical azteca

Sobre el lenguaje musical propiamente dicho, sabemos que en las civilizaciones antiguas, tanto en América como en el extremo Oriente, se recurría a la escala de cinco sonidos. Según algunos teóricos, esta escala se formó primero a base de intervalos de quinta justa (31/2 tonos) que después fueron ordenados en forma de escala. A esto se le conoce como escala pentáfona o pentatónica que, en nuestro sistema bien temperado, sobre la nota de do índice 5 —y ya ordenada— es la siguiente:

01 Escala pent.

No obstante, los aztecas llegaron a manejar escalas más desarrolladas. Incluso se ha argumentado, con base en algunos instrumentos sobrevivientes, que la música de los aztecas no era propiamente pentáfona, entre otras razones porque las flautas de cuatro agujeros producían escalas de más de cinco sonidos. Esta pudo ser también una razón por la que los europeos percibieron como «desafinada» la música de los mexicas. Tomemos en cuenta que esta cultura no contaba con notación musical; por ello desconocemos cómo fue realmente su música. A pesar de esta carencia, existían signos pictográficos que representaban el canto y series de sílabas que significaban el ritmo de los tambores. Estas sílabas eran cuatro: ti, to, ki, ko. Ocasionalmente, se añadía una «n» al final de una de las sílabas. Hay posibilidades de que exista una asociación onomatopéyica. Asimismo, se ha pensado que estas sílabas eran también válidas para los pasos de la danza y para la melodía, aunque lo seguro es que se empleaban para designar el ritmo de los tambores teponaztli y huéhuetl.

La música en general era el medio expresivo de un grupo y se interpretaba en conjuntos donde se introducía el canto y la danza. El ostinato (insistencia, repetición indeterminada de un mismo motivo rítmico o melódico) fue una característica del lenguaje musical del lenguaje musical prehispánico. Sus canciones —se afirma— estaban hechas a base de no más de tres fórmulas melódicas y armónicas sobre las cuales los intérpretes improvisaban. Pero no por ser lo que ocurre en los grupos indígenas sobrevivientes en nuestra época debemos asegurar que así haya sido en tiempo de los antiguos nahuas. Es necesario recordar que no contamos ni siquiera con una melodía indígena prehispánica que haya sido preservada en forma individual con nuestra notación musical.

El canto tenía una representación pictográfica muy curiosa: volutas que salían de la boca de sacerdotes o deidades.

 

SEGUNDA PARTE: LOS INSTRUMENTOS

 

Con la tendencia indigenista del arte mexicano a partir de los años 20 del siglo pasado, varios compositores intentaron revivir diversos instrumentos prehispánicos, incorporarlos a la orquesta moderna o formar conjuntos exclusivamente con ellos. Entre los instrumentos más antiguos, existen las flautas llamadas chililitli, ocarinas, flautas de Pan, el atecócoli (instrumento de viento fabricado con una concha grande) y numerosos instrumentos de percusión.

Sin embargo, es necesario clasificar esos instrumentos para comprenderlos mejor. En su Historia de los instrumentos musicales, Kurt Sachs (musicólogo alemán nacido en 1881) clasifica los instrumentos basándose en la manera en que el sonido es producido. Los divide en cuatro grandes grupos:

1) Autófonos o idiófonos. Son aquellos que por sí mismos generan sonido sin requerir un mecanismo; por ejemplo: las claves (dos palos que se golpean entre sí), la marimba, los platillos, castañuelas, látigo, güiro, triángulo…

2) Membranófonos. Requieren una membrana (parche de piel o artificial). Necesitan además un mecanismo. Aquí entra todo tipo de tambor: timbales, tambor lateral, tarola, congas, bongós, entre otros muchos.

3) Aerófonos. Necesitan aire para producir sonido: el órgano tradicional, las flautas, clarinete, oboe, fagot, saxofones, tuba, trompeta, trombón, cornos, harmónica…

4) Cordófonos. Requieren cuerdas. Se dividen en tres grupos según la manera en que se ataca la cuerda:

a) Cuerda frotada (violín, viola, violonchelo, contrabajo…)

b) Cuerda punteada (arpa, guitarra, laúd, mandolina, clavecín…)

c) Cuerda golpeada o percutida (piano, clavicordio, címbalo, celesta…)

 

Los aerófonos se dividen en metales y maderas; los autófonos y membranófonos, en percusiones de altura definida y de altura indefinida. Con el fin de comprender los instrumentos aztecas, sólo es pertinente conocer los cuatro grandes grupos sin meternos en subdivisiones. Si puse ejemplos de instrumentos occidentales fue para esclarecer e identificar cada familia. Ahora entremos en tema y empecemos con los principales autófonos que empleaban los nahuas.

Entre los idiófonos más importantes, se encuentran el chicahuaztli, representado en el Códice borbónico, lámina XXIX. Se utilizaba en la danza Tlanahua y en la celebración llamada Tóxcatl. Ciertos ritos de fertilidad estaban asociados a esta especie de maraca en forma de bastón que se golpeaba contra el piso. Consistía en una sonaja con mango alargado y hueco.

02

El teponaztli era un tambor horizontal hecho de tronco hueco. Se tocaba con unas baquetas con puntas de hule. Con este tambor se regían el canto y la danza. Por generar la base rítmica principal, el teponaztli se hallaba siempre presente en las celebraciones de Huitzilopochtli. Había tres fiestas principales: Tóxcatl (durante la cual los españoles hicieron una gran masacre), Tlaxochimalco y Panquetzaliztli.

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El ayotl fue un instrumento de golpe directo hecho de caparazón de tortuga. Se tocaba en los funerales, en la fiesta llamada Tzalcualiztli, en Tóxcatl y en otras ocasiones.

El tetzilácatl tenía forma de concha y era de metal. Se tocaba con una baqueta también metálica.

Las cornetas, flautas y caracoles tomaron el nombre de chililitli, que según Alva Ixtlilxóchitl era una especie de metalófono en el templo del mismo nombre que mandó construir el poeta rey Netzahualcóyotl.

El ayacachtli, especie de sonaja o maraca, contenía cuentas. Se tomaba de un mango y se sacudía. Así producía el sonido.

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El omichicahuaztli consistía en un hueso con dientes que se tallaba transversalmente. Se tocaba con un cuerno, con una piedra o con otro hueso. A veces se amplificaba su sonido al tocarlo sobre una calabaza hueca o cráneo.

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Entre los membranófonos, había uno muy importante: el huéhuetl, tambor de tronco hueco con una membrana de piel restirada. Se tocaba con las manos. Se dice que el huéhuetl y el teponaztli eran compañeros, dioses exiliados que se unieron en el momento de decidir ir con los seres humanos para elevar sus cantos a la Casa del Sol.

04-bis

 

Otros membranófonos son una especie de tambor trípode de forma tubular, cilíndrica, y un tambor-vaso de forma semiesférica.

En cuanto a los cordófonos, el único de que se tiene noticia es un arco musical.

Los aerófonos son muy numerosos. Tlapitzalli es el nombre genérico para los instrumentos de aliento. Había muchos tipos de flautas, entre las cuales destacan el huilacapiztli, diversas flautas de Pan, trasversas, de hueso, de émbolo, pentáfonas, el topitz (flauta de tres agujeros), silbatos, trompeta de tubo longitudinal, etcétera.

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La única finalidad de esta breve exposición es percibir la riqueza musical de una de las culturas sedentarias más importantes antes de la llegada de los europeos al llamado Nuevo Mundo. Como se mencionó al principio, la música fue fundamental en la religión de los aztecas, en sus ritos, ceremonias y fiestas, así como en la guerra, por lo que fue siempre un ingrediente de cohesión social. A lo largo de la historia, las religiones y mitos han definido al ser humano y sus relaciones tanto con los demás humanos (de acuerdo siempre con las jerarquías) como con las divinidades, pero también han creado representaciones o visiones particulares del universo. En estas representaciones, la música siempre ha desempeñado un papel imprescindible.

 

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