¿El mismo de siempre? El ensayo como ensa-yo

michel_de_montaigne-portrait_de_montaigne_au_chapeau__ditomc8330010000_20080521_pf8005_15

Jaime Magdaleno

 

El ensayo y sus pre-textos

En el otoño de 2006, Mario Vargas Llosa impartió, en Georgetown University, un curso sobre Juan Carlos Onetti, escritor al cual profesa una profunda admiración desde que descubrió su narrativa en los años sesenta del siglo pasado. Para preparar la cátedra, armado con papel y lápiz, emprendió una relectura sistemática del corpus onettiano (esto es, de principio a fin) convencido, como estaba, de que «de este modo el conjunto sería más rico que la suma de sus partes» pues, según el Nobel 2010, la narrativa del escritor uruguayo es, como la de Balzac, Faulkner o García Márquez, una apuesta por la «totalidad», una obra «en la que cada novela o cuento es, a la vez, una historia autónoma y el fragmento de una historia general». A partir de los apuntes realizados en esta relectura, enriquecidos con las ideas aportadas por su grupo de estudiantes, Vargas Llosa escribió El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti, ensayo publicado en 2008: «Pero éste no es un libro de erudición sino la lectura personal de una obra que quedará como una de las más valiosas que ha producido la literatura de nuestro tiempo» (Vargas Llosa, 2008: 236).

Con ese tono confesional y reverente concluye Vargas Llosa, avalando la percepción que sostuve durante su lectura. Se la comparto: El viaje a la ficción es producto no únicamente de un saber erudito sino, sobre todo, de la pasión. Por ello, contagia el entusiasmo por la narrativa de Onetti; así, para nada es extraño que ahora yo hurgue afanosamente entre mis estantes en busca de los libros que debo tener por allí, arrinconados y empolvados ya (penoso caso). Sin embargo, no es eso lo que me interesa exponer; antes bien, necesito escribir la intuición que me despertó el libro de Vargas Llosa. Es ésta: todo ensayo debería tener como finalidad contagiar la pasión (o el horror) que experimenta quien lo escribe. De tal forma, el ensayo no se presta a la frialdad ni a la indiferencia, pues qué caso tendría escribir si no es para expresar la reacción ante una realidad que sublima o defrauda y, por ello, no ocasiona pereza. Dicho de otra manera: el escritor peruano escribe desde el entusiasmo; yo, desde la intuición provocada por él, pero sin el entusiasmo ni la intuición, o éstos sumidos en la pereza. ¿Podría escribirse algo así?

 

El ensa-yo

No sé ustedes, pero yo, cada vez que intento escribir un junaja1-07-21-13ensayo, experimento cierta desazón: el resquemor de estar explicando algo que no necesita explicación y, si la requiriera, podría ser descifrada sin problema por alguna pluma más avezada y categórica, además de líquida e, incluso, onírica. Mas, heme aquí escribiendo un ensayo para decir que el ensayo es la expresión de un yo para nada indiferente sino activo y explícito. Ese yo se posiciona por medio de la escritura, no sólo ante sí mismo y lo que escribe, sino frente a quienes escribe. Ahora bien, no pensemos en ese yo como algo acabado, permanente e inconmovible; por el contrario, el yo activo está, sí, confrontándose, pero también conformándose y complementándose gracias a aquello que confronta. Tal experiencia lo re-significa, ya sea delimitando su significación o añadiendo nuevos símbolos a su yo. Precisamente, el vehículo para expresar esta experiencia es el ensayo como ensa-yo.

De hecho, Juan José Arreola, al recordarnos en su «Prólogo» a los Ensayos Escogidos de Montaigne que la palabra ensayo no surgió como un término equivalente a «intento» o «tentativa» de explicación —como en ocasiones suele entenderse—, sino que estaría relacionada con «la palabra latina gustus, esto es, la prueba que el gentilhombre hace a la visita del rey para demostrar la inocuidad de los alimentos que van a servirse» (idea que toma Arreola, según él, de Justo Lipsio), devuelve al ensayo su cualidad de ser, principalmente la expresión de aquello que el yo experimenta después de haber «probado» o, mejor aún, «degustado» la realidad. En consecuencia,

Los Ensayos de Montaigne no son, en sentido estricto, ni memorias, ni historia, ni filosofía, ni confesiones, ni apuntes para un libro futuro. Son sencillamente el retrato cultural de un hombre que dándose a conocer a los demás, trata de conocerse a sí mismo desde todos los ángulos posibles. (Arreola, 1995: 13).

La operación es simple, a mi entender: un hombre (el yo) «prueba» la realidad y, por medio del ensayo, enuncia la experiencia de esa «degustación», manifestando su deleite o aversión (jamás sopor) por eso que lo confronta, pero también lo conforma y complementa, definiéndolo mejor o re-significándolo por medio de esta experiencia. Por ello, el ensayo no es un compendio de información ni un cúmulo de ideas inconexas; al contrario, es un diálogo interior en busca de la afirmación o re-significación personal por vía del conocimiento de uno mismo y/o lo otro: es ensa-yo (quizá por ello Adolfo Castañón llama a Montaigne el «Confucio de occidente»).

 

Por cierto, y a propósito de Montaigne…

Creo que lo escrito hasta aquí es fundamental para la acción afirmativa, para una postura que, si bien puede estar en construcción, siempre se expresa de forma positiva. Y ello no es necesariamente cierto. Eso lo he recordado gracias a Adolfo Castañón, quien en el epílogo a los Ensayos Escogidos de Montaigne afirma: «[En España, América y México] El Quijote y Sancho han tenido más herederos que Cervantes» (Castañón, 1995: 465). Esto es: la búsqueda quijotesca del ideal, y la necesidad de habitarlo, sin importar lo desmesurado que sea, nos caracteriza (¿caricaturiza?) más que el humor de un Cervantes o la suspicacia de un Montaigne. Porque sí: Montaigne descree de la verdad en términos de totalidad. A lo más que puede aspirar el hombre es a exponer lo que alcanza a comprender (y a veces ni eso):

Bien sé que con frecuencia me acontece tratar de cosas que están mejor dichas y con mayor fundamento y verdad en los maestros que escribieron de los asuntos que hablo. Lo que yo escribo es puramente un ensayo de mis facultades naturales, y en manera alguna del de las que con el estudio se adquieren; y quien encontrare en mí ignorancia no hará descubrimiento mayor, pues ni yo mismo respondo de mis aserciones ni estoy tampoco satisfecho de mis discursos. Quien pretenda buscar aquí ciencia, no se encuentra para ello en el mejor camino, pues en manera alguna hago yo profesión científica. Contiénense en estos ensayos mis fantasías y con ellas no trato de explicar las cosas, sino sólo darme a conocer a mí mismo… (Montaigne, 1995: 172).

Entonces, no debe entenderse la expresión del yo que propone el ensa-yo con una postura categórica, férrea, convencida y/o dogmática ante lo otro, pues ello llevaría a la desmesura ideológica o, en el mejor de los casos, a la hipertrofia del yo. La inclusión de la negación, la duda e incluso la aceptación de los argumentos contrarios resultan válidas en el ensayo. Es sintomático que para conjurar toda ortodoxia, Montaigne mandara esculpir en los muros de su biblioteca sentencias como éstas: «A cualquier razonamiento se le puede oponer un razonamiento de igual fuerza» o «Nada es de esta forma ni de la otra, ni de ninguna de las dos», ambas de Sexto Empírico

 

Guillermo Fadanelli, o de cómo la serpiente se muerde la cola

Utilizo el símbolo de la serpiente enroscada para permitirme regresar a 2008, fecha en que Vargas Llosa publicó El viaje a la ficción —punto de partida de esta disertación— y yo realicé la lectura de Elogio de la vagancia, de Guillermo Fadanelli, sin mayores repercusiones en su momento, aunque plenamente significativa en este otro.  Me explico: en ese delgado volumen de ensayos, Fadanelli propone un «pensar vagabundo» por medio del cual «cada quien tiene la posibilidad de obtener sus propias conclusiones en vez de seguir a ciegas las ideas de otros» (Fadanelli, 2008: 16). De tal forma, para tener una idea de las cosas, sólo basta «ponerse en camino» para descubrir nuestras conclusiones «en el escondite de nuestro pensamiento». De allí que Fadanelli reflexione en los siguientes términos:

el conocer es un vagar pero no de la mente sino de todo un consciente que desde un cuerpo se pone en movimiento para cumplir un recorrido que en buena parte es impredecible (Fadanelli, 2008, 28).

Seré franco: si bien me pareció, en un primer momento, que el «pensar vagabundo» propuesto por Fadanelli sólo era una puesta al día de sus intentos por darle en la madre al pensar académico (metódico, enciclopédico, racional, objetivo), hoy me parece claro que no hay otra forma de escribir ensayos, pues, ¿qué es un ensayo sino un conocer a través de la vagancia por uno mismo en busca de las claves que permitan la apropiación de «lo otro», poniendo en juego todos los recursos de los cuales pueda valerse el yo? Así, las frases que he ido construyendo (im)pacientemente para expresar mi idea sobre el ensayo no son producto de una «invención» o de un «alumbramiento» súbito, sino del «descubrimiento» de nociones leídas (anterior o recientemente), pero también vividas o pensadas, escuchadas, aprendidas, soñadas, imaginadas o intuidas, a las que sólo había que reencontrar gozosamente, como se regresa a los brazos de una antigua amante a la que se extraña infinitamente, o sobre las que había que volver, como la serpiente vuelve hacia su cola. De tal suerte, en el ensayo, el yo que nos habla lo hace desde un conocimiento que no es solamente enciclopédico, sino multidireccional y polifacético.

 

Un último devaneo, por favor: Hacia una forma del discurso del ensayo

 ¿Conocimiento multidireccional?

¿Qué demonios significa eso?

La multidireccionalidad del conocimiento insinúa diversas maneras de aprehensión de la realidad.

El saber se construye no sólo en términos de erudición enciclopédica.

Un humano, cualquier hombre y mujer, conoce con la razón pero también con la imaginación.

Con la intuición.

Con la alegoría.

Y la metáfora.

No sólo con la lógica causal

Sino también con la analogía polisemántica.

Y, las más de las veces, impulsado por motivaciones vitales-existenciales.

Con todo lo anterior, un hombre o una mujer crean lo que Heriberto Yépez llama un «flujo polifacético de la actividad pensamental» (Yépez, 2002: 146).

Ahora bien, si es evidente que el saber dista de ser puramente enciclopédico, también debe serlo la forma de enunciarlo, la cual no debe adoptar sólo un discurso lineal o acumulativo-secuencial, pues, si como opina Yépez, «La mente no piensa rectilíneamente», ¿por qué empeñarnos en darle una direccionalidad unívoca? Y, volviendo a nuestro tema: ¿por qué empeñarnos en darle una forma lógica-progresiva-acumulativa-secuencial al ensayo?

Lo que la prosa hizo por mucho tiempo fue presentar, de manera artificiosa, el desarrollo del pensamiento como una sucesiva adición de discursos (enunciados, párrafos, capítulos) que tendían a una solución intelectual única… [Pero] Es mentira que la mente solamente pueda seguir un camino; es mentira que los pasos de la mente tengan que llegar a un único destino (Yépez, 2002: 146).

Para darle al ensayo características más acordes con el acto de pensar, Yépez propone un ensayo fragmentario (o «fichero») debido a que éste ofrece al pensamiento posibilidades de expansión digresiva, asociativa, anecdótica o elucubrativa, pues «deja que las ideas surjan y se extiendan hasta donde naturalmente desenlacen, sin obligarlas a conectarse o subordinarse a la vida de las otras».

Guillermo Fadanelli identifica esta expansión del pensamiento con la dinámica sostenida en una «charla mundana», en la cual podemos recurrir a «digresiones, reiteraciones, exabruptos, contradicciones, lagunas y relatos personales». Precisamente, este texto ha pretendido ser esa charla mundana con el tema del ensayo, a la cual se han convocado voces presentes en el imaginario de quien escribe para darle salida a ciertas nociones que, de otra forma, quedarían apagadas y relegadas al olvido, asesinando así formas posibles de pensamiento y, en última instancia, de vida.

 

 

Fuentes

FADANELLI, Guillermo. Elogio de la vagancia. De Bolsillo, México, 2008. 124 págs.

MONTAIGNE, Michel De. Ensayos escogidos. Prólogo de Juan José Arreola. Epílogo de Adolfo Castañón. UNAM, México, 1995. 532 págs.

VARGAS LLOSA, Mario. El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti. Alfaguara. México, 2008. 243 págs.

YÉPEZ, Heriberto. Todo es otro. A la caza del lenguaje en tiempos light. Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 2002. 214 págs.

Anuncios

El hombre del subsuelo

dostoievski

F. Dostoievsky

Juan Antonio Rosado Zacarías

Si consideramos que toda manifestación literaria se vincula con su contexto socio-político e histórico, podemos afirmar que muchas novelas occidentales modernas, sobre todo desde el siglo XIX, poseen como base principal la Revolución Industrial, los efectos sicológicos y sociales de este fenómeno, sea o no mencionado como tal: la inmigración masiva a las grandes ciudades, la paulatina soledad del hombre urbano, la depauperación de grandes sectores de la sociedad, la explotación del hombre por el hombre…

En lo referente a la novela hispanoamericana, ya desde sus inicios encontramos la combinación del contexto urbano y rural, y también una importante cantidad de obras ubicadas en medios rurales; por ejemplo, las novelas indigenistas o de tema gauchesco. Pero a pesar de la continuidad del tema rural o indígena,  en casi todas nuestras novelas la industrialización  y urbanización produjeron un desplazamiento de la visión del escritor:  ya no  es el  campo  el escenario de las historias, sino las grandes ciudades, que ahora influyen sicológicamente en los personajes, como ocurre en El pozo (l939), del uruguayo Juan Carlos Onetti, pues, como afirma José Miguel Oviedo: «la ciudad es un núcleo de conflictos individuales y sociales, que exige de las descripciones un refinamiento psicológico que antes quizá no era necesario: la selva siempre se devoraba a los hombres. La antigua lucha épica contra la naturaleza se ha fraccionado y se libra en muchos frentes a la vez; se llama soledad, alienación, angustia, incomunicación».

En   este   ensayo,   se   estudiarán   algunas   de   estas   novelas   «urbanas»,   pero   para comprenderlas mejor no nos basta su contexto social. La influencia de la literatura anterior es decisiva: nada procede de la nada, toda obra artística es heredera de un pasado, de una tradición, ya por influencia directa, indirecta, o por disentimiento.

El protagonista de El pozo (Eladio Linacero) es un avatar, una reencarnación o manifestación del «hombre del subsuelo», descubierto y descrito por el ruso Fiódor Dostoievsky en su novela Memorias del subsuelo (1864). Mi fin es comparar algunos rasgos de los distintos avatares  de  este  personaje  y  establecer  diferencias  y  semejanzas,  trazar  un  «mapa»  para acercarnos a su naturaleza y evolución.

El «hombre del subsuelo» dostoievskiano, hombre urbano, ha reafirmado y sufrido su soledad —heredada del movimiento romántico— como si fuese un sino misterioso del que se halla consciente y del que, en el fondo, no quiere huir.

Hermann_Hesse_2

H. Hesse

Pero su complejidad sicológica lo hace ser de carne y hueso, contradictorio, lúcido, conflictivo. Si Henry Miller admite que Dostoievsky es una suma de contradicciones que o nos paralizan o nos conducen a las alturas, el argentino Ernesto Sabato confiesa la dificultad de unir a los contradictorios «hombres del subsuelo» en una estructura coherente: «Los personajes del subsuelo me atormentaban —asegura en «Confesiones de un escritor»—, se me aparecían como protagonistas diversos y opuestos, difícilmente separables en ficciones con una estructura unitaria». Cada «hombre del subsuelo» posee características individuales que no comparte con ningún otro. Si Silvio Astier, protagonista de El juguete rabioso (1926), de Roberto Arlt, posee un afán de inmortalizarse en y desde la transgresión, Harry Haller, en El lobo estepario (1927), de Herman Hesse, se distingue por su capacidad de sufrimiento y autodesprecio. En cambio, Meursault, en El extranjero (1942), de Albert Camus, lo hace por su eterna indiferencia y apatía, por lo que Jean-Paul Sartre, en un ensayo sobre esta novela titulado «Explication de L’étranger», llama «passion de l’absurde», en que el hombre se afirma constantemente en lo absurdo de la vida. Meursault —héroe absurdo, según Camus—, es, como Sísifo, un hombre tanático. Es curioso notar la semejanza de su apellido con la primera persona, singular, del verbo francés mourir: je meurs (yo muero). El apellido de Juan Pablo Castel, protagonista de El túnel (1948), de Sabato, es un aracaísmo de «castillo», construcción fortificada, pues si Meursault se singulariza por su apatía, por su casi autismo, Castel, al contrario, por su pasión ardiente y extraordinario hermetismo, que lo aísla como si efectivamente viviera en un castillo subterráneo.

Por otro lado, Memorias del subdesarrollo (1965), del cubano Edmundo Desnoes, nos presenta a Malabre que, acostumbrado a la cómoda vida de la burguesía, se encuentra de repente desubicado, desolado en un régimen socialista: «Yo soy en el socialismo un muerto entre los vivos». Envuelto en constantes dudas sobre el futuro de su patria, al final se inclina en pro del socialismo: Cuba ya no pertenece al subdesarrollo, está a la altura del mundo.

Malabre es una palabra del francés popular, sinónimo de Malabar, que significa «grande» o «fuerte». Tomando en cuenta la perpetua contradicción del personaje, su apellido encierra una ironía: Malabre, que aparentemente se abre-mal a la realidad socialista —a la que llega a criticar severamente— encuentra en ella mayor justicia que en el sistema anterior. Si en otras obras percibimos los efectos de la masificación y de la Revolución Industrial en la mente, en la obra de Desnoes hallamos los efectos de la Revolución Socialista en un burgués que nunca creyó en la vida burguesa. La novela concilia con gran fortuna lo sicológico con lo social, lo metafísico con la intención política.

CAMUS26

A. Camus

Pero estas no son todas las diferencias entre los «hombres del subsuelo»: si el pintor protagonista de El túnel busca un Absoluto en el amor, a Meursault no le importa hallar ni buscar nada. Encontró a una mujer (Marie) de la que fue separado por haber matado a un hombre, pero nunca le pidió nada (ni siquiera le importó casarse o no). Antoine Roquentin, personaje de La náusea (1938), de Jean-Paul Sartre, se resignó a estar lejos de Anny. En Memorias del subsuelo, el contradictorio protagonista ejerce un poder moralizante sobre Liza, acto del que se arrepiente y se burla al otro día. Jean-Baptiste Clamence, en La caída (1956), de Albert Camus, al contrario de Astier, Haller, Castel, Meursault o Roquentin, es muy irónico e incluso llega a recurrir a la autoironía. Malabre, como Castel, es un artista, autor de los cuatro cuentos incluidos en el apéndice de la novela. Por último, en Henry Miller el erotismo, la escatología y lo sórdido se mezclan con una implacable crítica hacia una sociedad decadente, a través de la constante ironía cáustica y a veces amarga, que lo caracteriza. Miller, en este sentido, posee puntos en común con la tradición clásica satírica que se extiende desde el Satiricón, de Petronio —esa novela urbana del siglo II de nuestra era—, hasta François Rabelais y el misantrópico Jonathan Swift, todos ellos autores antisolemnes, citados por el mismo Miller, quien, en su Trópico de Cáncer, no vacila en lanzar «un escupitajo a la cara del Arte» y «una patada en el culo a Dios».

Lo que hasta aquí se ha expresado es que el yo, la conciencia del «hombre del subsuelo» no es una unidad tipificable: cada uno vive circunstancias distintas y, aunque fueran muy semejantes, actuaría de modo distinto ante ellas. A pesar de esto, el protagonista resulta ser casi siempre un narrador que, mediante el fluir de la conciencia, actualiza los hechos, emociones y pensamientos de un pasado para explicarnos su situación anímica o externar su crítica social. Es necesario comprender los rasgos y el origen de estos protagonistas. La fuente del personaje literario es un problema relacionado con la intertextualidad de las obras, pues a pesar de su remarcado individualismo y complejidad, los «hombres del subsuelo» poseen una serie de rasgos comunes que ejemplificaré, recurriendo a algunas obras representativas. «Hombres del subsuelo» también pueden ser detectados en Franz Kafka —donde hallamos al «hombre del subsuelo» como víctima de las infinitas jerarquías de la burocracia y del absurdo—, del argentino Eduardo Mallea y del norteamericano Henry Miller, entre muchos otros escritores del siglo XX. Veamos ahora por qué todos esos personajes merecen el mismo calificativo.

jean-paul-sartre

J. P. Sartre

El primer rasgo del «hombre del subsuelo» es su condición «urbana». Todos ellos experimentan la soledad en la sociedad industrial. A este respecto, afirma Oswald Spengler en La decadencia de Occidente: «En lugar de un pueblo lleno de formas, creciendo con la tierra misma, tenemos a un nuevo nómada, un parásito, el habitante de la gran urbe, hombre puramente atenido a los hechos, hombre sin tradición […], sin religión, inteligente, improductivo».

Este «nómada» habita en San Petersburgo o Buenos Aires, en Montevideo, París o La Habana; vive su presente con mentalidad crítica, aferrado a su propia lógica. Puede estar en la búsqueda de lo dinámico, de la acción, como en Memorias del subsuelo; en la búsqueda del Absoluto a través del amor, como lo hace Juan Pablo Castel; en el curso de una investigación histórica, como Antoine Roquentin; pretende huir del suicidio, como Harry Haller; transgredir las normas sociales de conducta para después traicionar a uno de sus cómplices, como Silvio Astier; ser espectador de la realidad y escribir cuentos, como Malabre (las alusiones a El espectador, de José Ortega y Gasset, son sintomáticas en la obra de Desnoes), o simplemente desea existir, lanzado a este mundo contingente, como el «héroe absurdo» de Albert Camus. Sea como sea, un lazo invisible lo une —lo ata irremediablemente— a la ciudad, de cuyos moldes no puede apartarse. Por una razón u otra, está encarcelado en ésta. Cuando huye, huye a otra ciudad, como Martín en Sobre héroes y tumbas (1961), de Sabato, o Roquentin, que al final decide ir a Paris en busca de algo nuevo. El personaje de Arlt, en que se ha operado una transformación al final, desea ir al Sur, a Neuquén, donde hay «hielos y nubes… y grandes montañas», y es apoyado en este sentido por Arsenio Vitri. Silvio, como ocurre con el pícaro en la novela picaresca del siglo XVI, finalmente se incorpora a la sociedad, mas no a la ciudad: de hecho, ningún «hombre del subsuelo» logra incorporarse a la ciudad, como sí lo consiguió el Lazarillo en su «Epopeya del hambre» y cuyas motivaciones y denuncias son básicamente distintas a las del urbano solitario del siglo XX.

onetti

J. C. Onetti

En la ciudad, el «hombre del subsuelo» es el representante más lúcido y antiburgués del hombre moderno. Antiburgués porque, a pesar de que a veces posea una condición burguesa o semiburguesa, no se conforma con ella y la evade con la soledad y la conciencia crítica. Incluso Malabre, que afirma: «Todavía no acostumbro a colocarme dentro de la revolución, todavía no veo que todo ha cambiado» y «yo siempre he preferido la comodidad a la verdad», ya desde el instante en que prefiere permanecer en Cuba y no seguir a su esposa a los Estados Unidos, está actuando contra esa fácil comodidad burguesa. En algunos casos, paradójicamente, el «hombre del subsuelo» tratará de escapar a toda costa de la soledad, como en Memorias del subsuelo, cuya característica, según apunta Marshall Berman en Todo lo sólido se desvanece en el aire, es el deseo de un «choque frontal, un encuentro explosivo, aun si resulta la víctima». Por ello es dinámico: emerge de la soledad y se lanza a la acción. Lo mismo ocurre con Haller, cuyo impulso suicida lo hace eludir la soledad y encontrar a Armanda, con quien alivia temporalmente su condición. Castel también intenta fugarse de la soledad, comulgar con la mujer que, según él, lo comprende. En Henry Miller hay un ímpetu por salir del mundo propio hacia la acción a través o por medio del sexo. Malabre prefiere, por un lado, permanecer en el aislamiento, en el culto a los objetos: «Prefiero los objetos a las personas», pues los considera menos ingratos, pero aun así trata de huir. Tras un altercado con una joven, va la cárcel y al final la justicia socialista decide liberarlo. Astier, por su parte, se inicia en la literatura de bandidos y llega a idealizar esta figura. Tanto el bandido como el pícaro son antihéroes en tanto que no portan los valores implícitamente aceptados como positivos por el autor. La formación del «Club de los caballeros de la Media Noche» en la primera novela de Arlt es al mismo tiempo un escape de la soledad y un aislamiento de la sociedad para constituir una orden secreta o club de ladrones que, sin dudas, prefigura al de Vidal en Sobre héroes y tumbas, de Sabato.

sabato

E. Sabato

Pero el «hombre del subsuelo», por más intentos que haga por lanzarse a la acción y escapar de la soledad, no lo logra: lejos de cambiar su condición, la reafirma, pues las grandes ciudades son, como dice Sabato, «monstruosas yuxtaposiciones de soledades». Malabre, ubicado en la transición hacia el socialismo (negador por esencia de la burguesía), logra comunicarse con un miembro de la clase trabajadora: la sirvienta Noemí. En este sentido, sería excepcional, aunque no su condición previa: «Quiero sentirme solo y ver hasta dónde puedo llegar…», dice. Los demás quedan aislados. De Harry Haller se nos dice: «la soledad y la independencia no eran su afán y su objetivo, eran su destino y su condenación».

Si bien el «héroe absurdo» de Camus no se lanza a la acción por apatía, y a su pesar obtiene amor —comunión que no lo emociona ni cambia—, será reinstalado en la soledad por un factor externo: la justicia, que lo juzga precisamente por haberse lanzado a la acción, por haber matado y haber roto los cánones de conducta (no haber llorado en el entierro de su madre, haber fumado durante el velorio…).

El caso de Castel es conflictivo e interesante, pues, además de que allí se mezclan el sentimentalismo y la altanería que H. A. Murena —en El pecado original de América— propone como rasgos del argentino, cuando el pintor descubre que el amor no es la llave para abrir su túnel,  su  soledad  urbana  se  acentúa  hasta  el  paroxismo.  Entonces  busca  el  alcohol  y  las prostitutas, efímeras válvulas de escape que la ciudad le ofrece y donde nunca podrá hallar la comprensión que requiere con urgencia. Al percatarse de que María no es un «túnel» paralelo, afirma:  «en  todo  caso  había  un  solo  túnel,  oscuro  y  solitario:  el  mío...».  Castel  pretende encontrar algo absoluto en el relativismo citadino y es curioso que el mismo apellido de María Iribarne, el objeto de su amor, contenga la raíz barne, «parte interior» en vascuence, y la raíz iri, «población», «ciudad». ¡Ni en su relación amorosa frustrada, Castel logra fugarse de la urbe!

Ningún «hombre del subsuelo» huye ni de la ciudad ni de la soledad. No escapa de la soledad  al  no  identificarse con  el  exterior.  Malabre,  crítico  de la burguesía,  vive en  dudas constantes  y sistemáticas.  Dudar (de la raíz  dys) es  tener dos  pensamientos;  en  el  caso  de Malabre, uno contra el socialismo y otro que sutilmente resuelve en pro; uno individualista, cuando afirma que lo bueno de la Revolución fue «haber jodido a los cretinos», y otro social, cuando dice que los revolucionarios son místicos del siglo XX.

El «hombre del subsuelo» suele necesitar al prójimo sólo para autoafirmarse como sujeto frente a un objeto. En cierto sentido, lo utiliza. Meursault es una excepción; su propia lógica lo hace no recurrir a sus semejantes. Roquentin, por su lado, siempre está consciente de su soledad: «Vivo enteramente solo. No le hablo a nadie, jamás; no recibo nada, no doy nada». El lector sabe que lo anterior no es totalmente cierto: Roquentin mantiene relaciones con la patrona, la usa para autoafirmarse como individuo. Malabre también usa a las mujeres, de ahí la obsesión por su juventud. Quiere su soledad y afirma: «Prefiero tener relaciones con una puta». En una ocasión la prostituta se negó a quitarse los ajustadores porque estaba en lactancia. Así lo recuerda Malabre: «Ahora comprendo que la mujer era una víctima, una infeliz: pero en ese momento me sentí estafado».

El «hombre del subsuelo» es producto de la civilización moderna, capitalista, industrial. En Memorias del subsuelo, el narrador habla contra el Palacio de Cristal, construido en Londres en el siglo XIX. Para el autor ruso —anota Marshall Berman— simboliza lo amenazador de la modernidad. Asimismo, Clamence piensa en los historiadores del futuro: «Les bastará una frase para caracterizar al hombre moderno: fornicaban y leían periódicos», y luego pregunta: «¡Ah!, amigo mío, ¿sabe usted lo que es la criatura solitaria que vaga en las grandes ciudades?». Por último, dice Malabre: «Me siento metido en un pozo».

henrymiller

H. Miller

La soledad urbana, nacida de la modernidad, incluye un profundo «subjetivismo» en las reflexiones de los personajes y en la estructura del texto; se renuncia al narrador omnisciente. Se manifiesta lo que Sabato llama el «descenso al yo». En Memorias del subsuelo, el protagonista se pregunta: «para un hombre que se estime, ¿qué tema de conversación más agradable? Respuesta: él mismo. Bueno; pues de mí mismo voy a hablar». Dostoievsky parte de una subjetividad que se cuestiona y se desarrolla en la urbe. Lo mismo ocurre en El juguete rabioso, El túnel, Memorias del subdesarrollo y El pozo. En esta última obra, Eladio Linacero —quien tuvo la sensación de soledad desde los 15 o 16 años— asevera: «Es cierto que no sé escribir, pero escribo de mí mismo», y también: «Esto que escribo son mis memorias. Porque un hombre debe escribir la historia de su vida al llegar a los 40 años, sobre todo si le sucedieron cosas interesantes. Lo leí no sé dónde». En La caída, hay un largo monólogo donde se advierte a un «interlocutor» de quien nada o muy poco sabemos. Reconoce Clamence: «Vivía, pues, despreocupado y sin otra continuidad que aquella del yo, yo, yo». Malabre expresa: «sé más que nadie sobre mí mismo», y Henry Miller, en Trópico de Capricornio: «sólo existe una gran aventura y es hacia dentro, hacia uno mismo, y para ésa ni el tiempo ni el espacio ni los actos, siquiera, importan», aunque por ningún lado el personaje encuentre nada capaz de enseñarle a uno «el camino que conduce al descubrimiento de sí mismo».

No obstante, aclaremos que en estas obras narrativas no es necesario partir de una única subjetividad. En Sobre héroes y tumbas y Abaddón, el exterminador (1974), Sabato emplea la intersubjetividad, la descripción de la realidad desde distintas conciencias, muchas de las cuales pertenecen a «hombres del subsuelo». Aquí cada quien posee una opinión distinta de los demás y de los acontecimientos, lo que asegura la inexistencia de «tipos» inalterables. En la novela moderna la contradicción adquiere gran importancia; la dirección evidente del narrador se nulifica y la participación del lector se acrecienta. Esta contradicción es llevada al extremo en la obra de Desnoes.

El subjetivismo es, pues, una característica de la literatura del «subsuelo», e incluye la soledad urbana. La posición de Sartre en El ser y la nada es subjetivista: cada quien hace surgir el mundo desde sí mismo. La obsesión sartreana por el otro, por la mirada, se encuentra de modo explícito en Desnoes. Opina Sartre que «ser-mirado implica la alienación del mundo que yo organizo». Y Malabre: «La mirada del otro puede cambiarle la vida por completo a uno».

También con esta postura la concepción del tiempo adquiere una calidad nueva. La descripción objetiva será casi anulada por la desaparición del narrador omnisciente. El tiempo objetivo se «subjetiviza». Con esto se rompe el orden lógico de los acontecimientos. Será más trascendente el tiempo interno, que, afirma Sabato, no se mide en minutos ni horas, sino en «esperas angustiosas, en lapsos de felicidad o dolor, en éxtasis». He aquí tres ejemplos. En El túnel, poco antes de su último encuentro con María, dice Castel: «No sé cuánto tiempo pasó en los relojes, de ese tiempo anónimo y universal […], que es ajeno a nuestros sentimientos […] Pero de mi propio tiempo fue una cantidad inmensa y complicada». En su celda, Meursault reflexiona: «Cuando un día el guardián me dijo que yo estaba allí desde hacía cinco meses, le creí, pero no le comprendí. Para mí, era sin cesar el mismo día que se precipitaba dentro de mi celda». La relatividad del tiempo en Memorias del subdesarrollo tampoco es la excepción. Afirma Malabre: «Me paso horas asomado a la ventana, horas no, minutos; los minutos de hoy en día equivalen a las horas de nuestros abuelos que inventaron la expresión».

oswald-spengler

O. Spengler

Heredero del Romanticismo, el «hombre del subsuelo» se rebela contra la sociedad abstracta, rescata al individuo concreto. El tiempo interior adquiere mayor importancia que el tiempo objetivo. Sostiene Sabato en Hombres y engranajes que «El fundamento del mundo moderno es la ciudad; la sociedad resultante es dinámica, liberal y temporal. En este nuevo orden prevalece el tiempo sobre el espacio, porque la ciudad está dominada por el dinero y la razón, fuerzas móviles por excelencia».

A pesar de negar el tiempo citadino y afirmar al hombre concreto, gracias a ese mismo subjetivismo el «hombre del subsuelo» posee una actitud crítica que a menudo lo encamina al pesimismo. Es cierto que Malabre es optimista al final, cuando expresa que Cuba está a la altura del mundo, pero a la vez le teme a la muerte, a una catástrofe o invasión: «Luchar contra Estados Unidos tiene grandeza, pero no quiero ese destino. Prefiero seguir siendo un subdesarrollado». Esta actitud la contradice cuando aclara que se debe ir «más allá de las palabras». En la novela de Arlt, Silvio quiere huir de la vida mediocre para inmortalizarse de alguna manera: «Ser olvidado cuando muera, eso sí que es horrible» y de ahí que haga inventos, funde un club de ladrones y al final traicione al Rengo, a pesar de su intento fallido de suicidio. Como vemos, en El juguete rabioso, si bien el personaje se transforma y obedece al impulso de cambiar de atmósfera, hay un pesimismo reinante, al igual que en  El túnel. Es cierto que Castel tiene momentos de gran optimismo en los instantes anteriores a un encuentro con María: «¡Cómo esperé aquel momento, cómo caminé sin rumbo por las calles para que el tiempo pasara más rápido! ¡Qué ternura sentía en mi alma, qué hermosos me parecían el mundo, la tarde de verano, los chicos que jugaban en la vereda!». Pero la obra es retrospectiva: Castel nos cuenta su historia desde un presente y se permite agregar inmediatamente después: «Pienso ahora hasta qué punto el amor enceguece y qué mágico poder de transformación tiene. ¡La hermosura del mundo! ¡Si es para morirse de risa!».

El pesimismo triunfante o la desesperanza varían de un «hombre del subsuelo» a otro. En El lobo estepario, la base del pesimismo de Haller no es el desprecio del mundo, sino el autodesprecio, rasgo que a veces también se deduce en el protagonista de la novela de Dostoievsky. Castel, como este último, posee intensos rasgos de misantropía. Su mensaje es ambivalente: hay, por un lado, un rechazo al lector, de quien no se hace muchas ilusiones, pero a veces un deseo de acercársele. Castel siempre fue solitario y despreció los conglomerados, sectas  y grupos de cualquier índole, donde ve la grotesca «repetición del tipo». Esta soledad le produce sentimientos de superioridad. Así, cuando su mente paranoica lo ha escindido casi totalmente de María, dice: «Generalmente,  esa  sensación  de  estar  solo  en  el  mundo  aparece  mezclada  a  un  orgulloso sentimiento de superioridad: desprecio a los hombres, los veo sucios, incapaces, ávidos, groseros, mezquinos; mi soledad no me asusta, es casi olímpica».

59 El engaño colorido 1En la novela de Desnoes también hallamos la voluntad de soledad y con ésta un intento de autoafirmación. El orgullo, la superioridad, libera al «hombre del subsuelo» de toda imposición social. Siente que su vida no será parte de la maquinaria, que siempre le pertenecerá. El desprecio por los otros se asocia al narcisismo. El «hombre del subsuelo», en general, se cree mejor que sus semejantes. Sabe que el mundo (sus leyes e instituciones) son de los mediocres. De este modo se expresa el protagonista de Memorias del subsuelo: «Ahora termino mis días en mi rincón, con ese maligno y vano consuelo de que un hombre inteligente no puede lograr abrirse camino y que sólo los necios lo consiguen», y más adelante: «soy culpable porque soy más inteligente que cuantos me rodean». Además, define al hombre como: «ser bípedo e ingrato». En El lobo estepario, Armanda dice a Haller que «el tiempo y el mundo, el dinero y el poder, pertenecen a los mediocres y superficiales, y a los otros, a los verdaderos hombres, no les pertenece nada. Nada más que la muerte».

Roquentin afirma: «La gente que vive en sociedad ha aprendido a verse en los espejos tal como la ven sus amigos. Yo no tengo amigos: ¿es por eso que mi carne es tan desnuda?», mientras que Clamence sostiene: «En mí no admitía sino superioridades, lo cual explicaba mi benevolencia y serenidad», y también: «Siempre me estimé más inteligente que todo el mundo […], pero también más sensible y más hábil, tirador excelente, conductor incomparable, mejor amante». Eladio Linacero, en El pozo, comenta: «No hay nadie que tenga el alma limpia, nadie ante quien sea posible desnudarse sin vergüenza», y «La poca gente que conozco es indigna de que el sol le toque la cara». En Sobre héroes y tumbas, Vidal Olmos declara: «No tengo ni nunca he tenido amigos. He sentido pasiones, naturalmente; pero jamás he sentido afecto por nadie, ni creo que nadie lo haya sentido por mí». Por último, Malabre: «La gente me parece cada día más estúpida», y también: «prefiero los objetos a las personas».

La liberación de este hombre, advierte Berdiaev en El espíritu de Dostoievsky, se da «a través de un extremado individualismo, del aislamiento y la rebeldía contra el orden exterior del mundo»; este individuo «desarrolla un amor por sí mismo enfermizo, que lo lleva a descubrir las regiones subterráneas de su ser».

Del subjetivismo se desprenden rasgos que comparten los «hombres del subsuelo». En distintos grados, todos son egocéntricos y no desean mezclarse con los demás. Por antiburgueses, es precisamente el hombre en el socialismo (Malabre) quien entrará al final en comunicación con Noemí, la criada.

31449_I_1desnoes

E. Desnoes

Otro rasgo esencial que, como los otros, aparece en distinto rango de intensidad, es el irracionalismo. Si Castel busca ser racionalista, en verdad se acerca a María por una especie de «instinto», trata de racionalizarlo y ello lo llevará a la irracionalidad; en él se manifiesta lo que Sabato denomina —en  Hombres y engranajes— el  «culto irracional  de la Razón».  Esto es evidente cuando, por medio de un aparentemente racional silogismo, Castel deduce que María es una prostituta: «María y la prostituta han tenido una expresión semejante; la prostituta simulaba placer; María, pues, simulaba placer; María es una prostituta». En su primer libro —Uno y el universo— Sabato había rechazado los silogismos: «Con el método silogístico —afirma— se cree averiguar verdades nuevas, cuando en el fondo están ya contenidas en las premisas que se aceptan alegremente; de este modo todo se convierte en una tautología». Asimismo, la conciencia de Castel, como la de muchos personajes de Dostoievsky, está dividida. En realidad, el «hombre del subsuelo» cuestiona la razón. El protagonista de Memorias del subsuelo asevera: «La razón sólo sabe lo que ha tenido tiempo de saber […], en tanto que la Naturaleza humana actúa en masa con cuanto en ella se encierra, y se equivoque o acierte, vive». Harry Haller declara: «No está bien que la humanidad esfuerce excesivamente la inteligencia y trate, con ayuda de la razón, de poner orden en las cosas, que aún están lejos de ser accesibles a la razón misma». Castel reconoce el desdoblamiento de su conciencia, que lo hace participar del irracionalismo o de cierta primacía del inconsciente, a pesar de sus deseos de ser racional en todo momento: «Mientras una parte me lleva a tomar una hermosa actitud, la otra denuncia el fraude, la hipocresía y la falsa generosidad; […] mientras una me hace ver la belleza del mundo, la otra me señala su fealdad y la ridiculez de todo sentimiento de felicidad».

Malabre también asegura que la naturaleza del hombre es bicéfala: «no puede hacer nada bueno sin meter la pata, ni […] nada malo sin beneficiar a alguien». Pero su irracionalismo se manifiesta sobre todo en su constante duda. La lucidez conduce al «hombre del subsuelo» a rechazar la primacía de la razón sobre otras facultades: el instinto, los sentimientos, son igualmente importantes.

El mundo del «hombre del subsuelo» es relativo, absurdo, contingente, irracional. Meursault dice: «Pero todo mundo sabe que la vida no vale la pena de ser vivida». Y en La caída, el azar, relacionado con el absurdo del mundo, cobra un lugar clave. Clamence enfrenta varios accidentes en las calles e irónicamente comenta: «El francés cartesiano que yo soy se rehízo rápidamente y atribuyó tales accidentes a la única divinidad razonable, […] el azar». De igual modo, Roquentin confiesa: «Yo no tenía el derecho de existir. Había aparecido por azar».

En Abaddón, el exterminador, un personaje escribe a Sabato que «el hombre […] nace, sufre y muere sin saber por qué». Pero la contingencia es aparente en El túnel: el destino, inexistente en otras obras, influye aquí sobremanera. Lo que sí hallamos es el absurdo del mundo. Dice Castel: «A veces creo que nada tiene sentido». Y califica a la vida de «comedia inútil». Por último,  el  concepto  de  Malabre  sobre  la  vida  es  que  «está  llena  de  ansias  insaciables  y banalidades». Pero lo absurdo del mundo lo siente al final, con la amenaza de guerra: Cuba es importante, pero miserable.

*

A grandes rasgos, estas son las características más sobresalientes que de alguna manera definen al «hombre del  subsuelo»: individuo urbano  e inteligente,  producto  de la modernidad  y de la industrialización, con una conciencia de soledad y un amor a sí mismo o creencia de ser superior frente a los demás, que incluye un marcado subjetivismo heredero del movimiento romántico. Esto lo lleva a veces al solipsismo. Desea rebelarse contra el mundo absurdo y la sociedad abstracta, apela al rescate del yo y de todo aquello vinculado con la parte irracional del ser humano, a pesar de que no pueda escapar de su propia lógica y visión de mundo.

                                                                                                                                                    

Este ensayo fue originalmente el capítulo «El subjetivismo y los “hombres del subsuelo”», de la tesis El problema del Absoluto en El túnel, de Ernesto Sabato, que el autor defendió en 1991 para recibirse en la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. El trabajo obtuvo Mención Honorífica. Como texto independiente, el ensayo se publicó por primera vez el 8 de mayo de 1994, con el título «El hombre del subsuelo», en El gallo ilustrado, semanario cultural del periódico El día (págs. 2-5). Al año siguiente, el texto fue reformulado y aplicado a una obra del cubano Edmundo Desnoes para el Segundo Festival de Ediciones Vigía, que tuvo lugar del 26 de abril al 1º de mayo de 1995, en Matanzas, Cuba. El autor participó como ponente con este trabajo. Dicha segunda versión apareció luego con el título «Entre el subsuelo y la revolución» en la revista Blanco Móvil, núm. 80, primavera de 2000 (págs. 61-64). El 22 de abril de 2000, se publicó “El nuevo hombre del subsuelo”, en Sábado, suplemento cultural de Unomásuno (págs. 1 y 2). En ese mismo año, la primera versión del texto, ya ampliada, se publicó con el título original «El subjetivismo y los “hombres del subsuelo”», como primer capítulo de la segunda parte del libro En busca de lo absoluto (Argentina, Ernesto Sabato y El túnel), UNAM, Biblioteca de Letras, 2000, págs. 71-86. En 2003, nuevamente con el título «El hombre del subsuelo», el ensayo reapareció en el libro El engaño colorido, editado por la entonces Universidad de la Ciudad de México en su Colección Al margen (págs. 49-64). En 2006, «Entre el subsuelo y la revolución» reapareció como el ensayo número XI del libro Palabra y poder, publicado por Conaculta en su Colección Sello Bermejo (págs. 99-104). El mismo tema fue después reelaborado para el coloquio «Juan Carlos Onetti a un siglo de su nacimiento», que se llevó a cabo el 21 de abril de 2009 en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Allí fue leído el texto «De pozos, subsuelos, tumbas y túneles: Onetti y su contextualidad literaria». De este ensayo, se publicó una versión corta como «Juan Carlos Onetti en su centenario: de pozos, subsuelos y túneles», en La Cultura en México, suplemento de la revista Siempre!, núm. 2914, año LV, 19 de abril de 2009 (págs. 72-73). La misma versión leída en la ponencia se publicó en La Colmena, núm. 63, revista de la Universidad Autónoma del Estado de México, en julio-septiembre de 2009 (págs. 9-14). Por último, el texto «El hombre del subsuelo» reapareció en 2012, en la segunda edición del libro El engaño colorido, publicado ahora por Editorial Praxis (págs. 77-92). De esta última edición tomamos la versión publicada aquí.

Hasta donde tenemos noticia, estos ensayos —particularmente el que aquí se publica, tomado del libro El engaño colorido —constituyen, en conjunto, la primera (y quizá hasta hoy única) conceptualización que se haya hecho sobre el «hombre del subsuelo» en tanto categoría que agrupa a una serie de fenómenos sicológicos y urbanos muy diferentes, pero con marcados rasgos en común.

60 El engaño colorido 2