Luces opacas

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Juan Antonio Rosado Zacarías

 

Lo único que podíamos distinguir en la más absoluta oscuridad era la luz de los fanales proyectada sobre la carretera llena de baches. A cada vuelta, en aquella sucesión caprichosa e interminable de curvas, los arbustos marchitos nos mostraban el aspecto incierto de la noche. Todo parecía infinito en la estrechez del camino. Llevábamos una hora sin música, en silencio, casi sin hablar y acaso aburridas de nosotras mismas, cuando Elisa empezó con su insistencia en bajar del coche. Se volvía a mí con los ojos bien abiertos y el largo cabello negro recogido, desparramando ansiedad infantil por los cuatro costados. Le pedíamos que esperara a que el tramo de curvas llegara a su fin para que pudiera bajar y hacer sus necesidades tranquilamente, pero no hacía caso: cada cinco minutos se obstinaba en bajar. Llegó a dar de manotazos en el aire mientras brincaba en el asiento trasero, en medio de lo que hubiera parecido la urgencia de su vida. Luz María, que ya reflejaba desesperación por las constantes curvas, comenzó a exasperarse por la insistencia de Elisa. Me daba gracia contemplar por el espejo retrovisor la nariz aguileña y ojos saltones, que parecían desprenderse de la tez morena como si tuviesen resortes. En un momento dado, después de amenazar a la tonta de Elisa con la soledad del camino si seguía repitiendo que estacionara el coche, Luz frenó con brusquedad, fingiendo que pretendía detener el vehículo. Escuchamos los rechinidos del caucho sobre el pavimento y de un instante a otro, casi sin darnos cuenta, la puerta trasera se abrió y nuestra amiga bajó con rapidez, se escabulló perdiéndose en la profundidad abismal que ni siquiera se vislumbraba detrás de los arbustos amarillentos.

—¡Ey, para el coche! —le ordené a Luz—; ¡Elisa se fue!

Luz María apagó el motor. Con el miedo de que algún artefacto pudiera golpearnos por atrás, puso las luces intermitentes. Pude observar su gesto de fastidio por el espejo retrovisor tras un largo quejido de Teresa, la copilota:

—¿Y ahora qué hacemos?

En principio, decidimos esperar a que nuestra amiga volviera, pero después de media hora no soportamos más y, preocupadas, bajamos. El frío nos congelaba los huesos, a pesar de las chaquetas, los pantalones de mezclilla y las bufandas de lana. Teresa era la única que andaba en camisa corta, sin sostén, mostrando el contorno de los senos pequeños. Luz abrió la cajuela y sacó una linterna.

—¿Para dónde se habrá ido esa loca? —preguntó Teresa con desdén. La dureza de sus ya de por sí rasgos duros y un poco masculinos se acentuó considerablemente.

—No tengo ni idea —respondí, echándome el cabello hacia atrás.

Después de unos minutos de silencio y expectación, caminamos hacia el lugar donde Elisa había escapado, a varios metros del coche. Una pendiente algo pronunciada, con un estrecho camino formado quizá por las pisadas de muchos campesinos durante años y años, era el único pasaje adonde nuestra amiga había podido dirigirse. Resolvimos bajar.

—Está muy oscuro. ¿No les da miedo? —Después de decir eso, Luz María arrojó la luz de la linterna al fondo de la pendiente. La vía para descender se bifurcaba en medio de matorrales, árboles mutilados y arbustos amarillos. Parecía que no había llovido durante años.

—Hay que buscar a Elisa —dije.

—¿Y si nos perdemos? —preguntó Luz.

—No podemos dejarla sola.

—Pues vamos…

—Ay, espérate.

—¿Qué te pasa, Tere?

—Me estoy congelando. Voy por mi suéter al coche.

Teresa regresó al coche y sacó un suéter de alpaca del asiento trasero. Su aspecto cambió después de ponérselo. Un poco en broma, Luz María le alumbró la cara. Lo intenso de la pintura café de sus labios hacía juego con la prenda.

—Bueno, bueno, ya vámonos —dije.

Abandonadas a nuestras emociones más contradictorias, a mitad de la negrura y el sonido cada vez más intenso de los grillos, el tiempo transcurrió con lentitud, sin que pudiéramos hallar ningún indicio de nuestra amiga. No había remedio: teníamos que volver al coche. Tal vez ella ya estaba ahí, esperándonos impaciente, y si no, tendríamos que darla por perdida y solicitar ayuda para regresar a la mañana siguiente.

—¡No sé cómo no pudo aguantarse! —le reprochó Teresa.

—Creo que tomó mucha agua —dijo Luz.

Dimos media vuelta y caminamos sin detenernos. El fulgor de la linterna se atenuaba conforme avanzábamos; los rostros perdían sus fisonomías y con la creciente oscuridad se volvían más vagos e inciertos. ¿Cuánto faltaba para llegar? «Una hora», dijo alguien a quien no pude identificar porque incluso las voces se confundían con el sonido de los grillos y otros bichos. No sé cuántos minutos pasaron, pero otra amiga, creo que Tere, volvió a preguntar: «¿Cuánto falta?» «No sé», respondí. Al cabo de otro largo intervalo de tiempo, en que el camino se hizo más recto y estrecho, interrogué de nuevo: «¿Cuánto falta, cuánto, cuánto falta?» Y escuché: «Paciencia; sólo dos horas». ¿Quién lo dijo? Imposible saberlo. Caminamos arrojando la escasa luz de la lámpara por aquí y por allá, una y otra vez, sin hallar ningún sendero definido.

El amanecer coincidió con la muerte de las baterías de la linterna, pero era un amanecer cuya luz resultaba distinta a la de otros amaneceres: una luz mortecina, débil, como opacada por la sequedad de los arbustos y la intensidad café de los troncos enanos, que combinaba con las áridas veredas, que a su vez conducían siempre a la misma tosquedad y antipatía de los arbustos.

—¿Que cuánto falta? —preguntó Elisa, a quien de repente descubrimos varios metros adelante de nosotras, con una especie de bolso de cuero colgado del hombro. Entonces supe que su voz había estado con nosotras durante una buena parte del trayecto.

—¡Elisa! ¿Pero dónde diablos andabas, loca?

Ni siquiera nos miró. Seguía caminando como si no me hubiera oído.

Pronto nos encontramos en una encrucijada. Elisa nos hizo tomar hacia la derecha. La vereda era pedregosa y medio ondulada. «¿Cuánto falta?, ¿cuánto falta?», pregunté. «Creo que como dos horas y media», escuché a Teresa. Pensé entonces en las luces del carro. Con toda seguridad estarán fundidas cuando lleguemos, si es que algún día llegamos. Al cabo de dos horas, Tere preguntó: «¿Cuánto falta?, ¿no saben? Tengo hambre». Luz María cree que aún faltan tres horas.paisaje

—Falta mucho más —dijo tranquilamente nuestra guía, Elisa, quien tal vez se burlaba de nosotras. ¿Adónde quiere llevarnos? Sólo responde cuando le preguntamos cuánto falta. Si tratamos de alcanzarla, se va corriendo y nos amenaza con escabullirse. Hemos arrancado muchas hojas secas, tan secas como nuestras gargantas. Alrededor sólo hay malezas, hojarascas, los mismos monótonos arbustos verdes o amarillos. Todo es desesperadamente igual. El sol ha salido por completo y puedo adivinar la hora. Nunca me gustaron los relojes…

De repente, nos vimos en medio de un paisaje lunar, lleno de rocas, la mayoría de ellas de origen volcánico. El viento soplaba con insistencia. Elisa volvió la cabeza: no había brillo en sus ojos. Con una sonrisa cadavérica y un rostro cada vez más pálido, empezó a internarse en la espesura de lo que parecía ser un inmenso bosque. La ya de por sí poca claridad del cielo fue perdiéndose en la medida en que nos internábamos en la incertidumbre de la vegetación. Nada comprendíamos. Sólo estábamos seguras de que seguir a Elisa era el único camino.

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«Luces opacas» fue escrito a mediados de los 90 del siglo pasado. Tal vez lo esencial de este cuento sea la atmósfera de ambigüedad e incertidumbre. Fue recogido en el libro Las dulzuras del Limbo con el título «Las luces opacas». Aquí aparece con leves modificaciones.

 

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