Lenguaje llano: ¿así o más claro?

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Karina Castro

¿Quién no ha perdido toda una mañana entre formatos para trámites? ¿Quién no ha sentido una infinita pereza al tratar de leer un contrato antes de firmarlo? ¿Quién no ha abandonado un instructivo porque no le entiende?

El lenguaje llano —también llamado lenguaje ciudadano o plain language—, lucha para que lo anterior no vuelva a ocurrir y para que cada vez haya menos víctimas del rebuscamiento. Se trata de una forma de escritura clara y sencilla, cuyo propósito es que la información comunicada sea fácil de leer, entender y usar. Su utilización suele vincularse a textos administrativos, legales y financieros; sin embargo, considero que puede y debe aplicarse en otros ámbitos, pues el ideal de comunicación eficiente consiste en que el lector —sin ser especialista en el tema— comprenda el texto desde la primera lectura.

El primer antecedente de la aplicación del lenguaje llano fue en Canadá en 1971, cuando el gobierno creó una comisión para reescribir las leyes haciéndolas accesibles a los ciudadanos. Durante las siguientes dos décadas, los gobiernos de Estados Unidos, Suecia, Reino Unido y Australia lanzaron iniciativas similares. En España, Francia, México y Chile, los gobiernos se han limitado a distribuir manuales de lenguaje llano en dependencias gubernamentales y a recomendar su uso.

La aplicación del lenguaje llano a los textos de instituciones públicas y privadas proporciona grandes beneficios sociales y económicos: propicia una comunicación clara y directa, simplifica procesos, reduce errores y costos, aumenta la productividad, agiliza la realización de trámites y ahorra tiempo. En México, es incontable la cantidad de tiempo y dinero que se pierde por la falta de eficiencia en la comunicación de empresas e instituciones con el público en general.

El principal obstáculo que ha encontrado el lenguaje llano es la reticencia de los especialistas a sacrificar ciertos tecnicismos para hacer el texto accesible a lectores no especializados en sus temas. Lo anterior se debe principalmente a la creencia de que expresarse con un lenguaje sencillo implica rebajar el estatus, y por lo tanto, perder autoridad y poder sobre la audiencia. No podrían estar más equivocados. Lo rebuscado no es elegante. La riqueza léxica y sintáctica, así como la complejidad semántica, son materia de textos literarios y académicos, y allí deben ser apreciadas y perseguidas. Por el contrario, en textos jurídicos, administrativos e informativos, cuyos propósitos son diametralmente distintos, la sencillez y la concisión resultan grandes virtudes.

Otro obstáculo al que se enfrenta la propuesta de simplificar el lenguaje es la falta de disposición para modificar las formas estandarizadas de documentos que se han manejado en muchas instituciones durante largo tiempo. Tal vez este fenómeno se deba a la falta de presupuesto o al apego a lo establecido, o quizá a la creencia común de que planear los textos representa una pérdida de tiempo, cuando en realidad es lo opuesto: planear los documentos ahorraría el tiempo de futuras aclaraciones causadas por errores o por una redacción deficiente.

Es necesario que tanto las autoridades como los ciudadanos tomen conciencia de la importancia de utilizar un estilo de escritura claro, sencillo y enfocado al lector medio. Si bien es cierto que tendrá que invertirse tiempo y recursos en contratar talleres impartidos por especialistas en lenguaje llano, éstos buscan —después de una nivelación de conocimientos de redacción y gramática— fomentar la autocorrección, es decir, que los interesados sean capaces de llegar al lenguaje llano por sí mismos; por lo tanto, a largo o mediano plazo, serán más los beneficios que el gasto, al lograr la eficiencia en la comunicación externa e incluso interna en empresas o instituciones.

El lenguaje llano se compone de una serie de técnicas que todos podemos utilizar de acuerdo con las necesidades de nuestros textos. Para elegir las técnicas que nos serán más útiles, es esencial tomar en cuenta el contexto en que escribimos (¿cuál es el propósito del documento?), así como “ponernos en los zapatos” de nuestro lector. La clave para lograr lo anterior es tener en mente al lector a la hora de planear el texto. No es lo mismo escribir para colegas expertos en nuestra área, que para especialistas en otra o para el público en general.

Existe una asociación internacional de abogados llamada Clarity, dedicada a promover el lenguaje llano en el ámbito legal. Organizan talleres y conferencias en diferentes países y publican la revista del mismo nombre dos veces al año.

Creo que es momento de que México se sume a los países que están dejando atrás el barroquismo gratuito y las formas arcaicas. No limitemos esta aportación al lenguaje jurídico, comencemos a escribir textos claros y concisos, adecuados a las necesidades actuales de comunicación.