Los ruidos de un cuerpo

Armando Pereira1

 

Armando Pereira

 

 

Mi cuerpo

se ha convertido

en un saco de trastos viejos.

 

Hace ruidos

todo el tiempo

cuando lo llevo a caminar

o incluso

cuando lo dejo

arrumbado en un sillón.

 

Hace ruidos

que nadie escucha

que sólo van dirigidos a mí.

 

A veces

no se levanta de la cama.

Pasan días

y él sólo se encorva más y más

como si sólo quisiera volver

a su etapa fetal.

 

He querido

sacarlo a pasear por la colonia

que los vecinos lo vean

que los perros le ladren.

Saber de alguna forma

que mi cuerpo existe todavía.

 

Pero él se acurruca

en un sillón

y cierra los ojos.

 

Mi cuerpo

es un montón de huesos

que hacen ruido

que no quieren a nadie

que sólo quisieran quedarse quietos.

 

Entre mi cuerpo y yo

hay una distancia infinita.

 

No puedo vivir con él

estoy harto de verlo dormir

de hacer ruidos

incesantemente

en el sueño.

 

Quisiera que al fin se quedara callado

sin movimientos

sin ruido

que sus huesos dejaran de chirriar

de intentar esa burda sinfonía

de tornillos y tuercas oxidados.

 

 

El ojo

 

 


Publicado con la autorización del autor.

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Teoría de cuervos

cuervoMariana Lara

Un día me entregué a la tarea de buscarlos. Sabía muy poco o nada de ellos; apenas una vaga idea, menos que una señal y más que un vistazo. Estaba segura: no eran sueño.

Un bajo cello desgarraba el aire en tres.

Lo supe: existían.

Dejé todo. Me encontraron.

El primero, larga, negra sonrisa deshecha, estatura de árbol partido, blanco de lo blanco de los ojos. De rodillas, esperé la muerte de sus manos. La sombra me alzó. Te entrego mis ojos. Desfallecí.

Volví. Ninguna diferencia en el espejo, pero algo crepitaba como hielo invisible. Anidaba dentro y yo lo sabía, tan terrible que no se notaba cambio. Era uno de ellos, los de enseñanza silente.

 

Luego, un muchacho delgado, blanco paño, ojos leonados. La guadaña se adivinaba en su rostro. Tres contactos bastaron para ensayar al monstruo. Uno, al pie de la escalera, sombra de una viga metálica, ingenuidad expuesta. Dos, un baño preparatorio, el filo pardo de una daga, incompleto deseo suicida. Tres, el calor de la imitación del mármol, cercanía de pestañas histriónicas, capitulación. Se diluyó con quienes transitan los pasillos ocultos de la memoria. Un recuerdo se insertó ahí donde la daga no pereció en el costillar. Era uno de ellos, los de pulsión destructiva.

 

Por último, un joven con melena de león etíope. A su lado las horas eran tibias como mayo. El sol en las pupilas; la luna en los contornos.

Lo conocía desde antes de salir a buscarlos, cuando la vida era inocencia tras un cristal roto.

Un día lo miré: alas en la sombra sobre el asfalto. Se erguía como árbol desafiante a los relámpagos. La raíz más fuerte se inmoló. Reía bajo efectos de bondad destrozada, adicción indisoluble en café de astros.

Un día partió. Sus hermanos conservaron la voluntad de él.

Era uno de ellos, los de mente incendiada.

Ensayo la configuración para aproximarme a estos seres. La llamo teoría a falta de un término preciso. Les otorgo el cuervo como estandarte por su vuelo hacia lo irrevocable.

Ahí están, en el espejo: la sonrisa deshecha, los ojos leonados, la mente incendiada. Están todos. El ceño inquieto espera.

Aguardo al resto de la legión.

Símbolo y mito en «Snake», de D. H. Lawrence

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Karina Castro

 

La civilización es la negación del instinto.

Sigmund Freud

 

 

 

I. EL POEMA

 

SNAKE

 

A SNAKE came to my water-trough

On a hot, hot day, and I in pyjamas for the heat,

To drink there.

 

In the deep, strange-scented shade of the great dark carob-

tree

I came down the steps with my pitcher

And must wait, must stand and wait, for there he was at the

trough before me.

 

He reached down from a fissure in the earth-wall in the gloom

And trailed his yellow-brown slackness soft-bellied down,

over the edge of the stone trough

And rested his throat upon the stone bottom,

And where the water had dripped from the tap, in a small

clearness,

He sipped with his straight mouth,

Softly drank through his straight gums, into his slack long

body,

Silently.

 

Someone was before me at my water-trough,

And I, like a second comer, waiting.

 

He lifted his head from his drinking, as cattle do,

And looked at me vaguely, as drinking cattle do,

And flickered his two-forked tongue from his lips, and mused

a moment,

And stooped and drank a little more,

Being earth-brown, earth-golden from the burning bowels of

the earth

On the day of Sicilian July, with Etna smoking.

 

The voice of my education said to me

He must be killed,

For in Sicily the black, black snakes are innocent, the gold

are venomous.

 

And voices in me said, If you were a man

You would take a stick and break him now, and finish

him off.

 

But must I confess how I liked him,

How glad I was he had come like a guest in quiet, to drink

at my water-trough

And depart peaceful, pacified, and thankless,

Into the burning bowels of this earth?

 

Was it cowardice, that I dared not kill him?

Was it perversity, that I longed to talk to him?

Was it humility, to feel so honoured?

I felt so honoured.

 

And yet those voices:

If you were not afraid, you would kill him!

 

And truly I was afraid, I was most afraid.

But even so, honoured still more

That he should seek my hospitality

From out the dark door of the secret earth.

 

He drank enough

And lifted his head, dreamily, as one who has drunken,

And flickered his tongue like a forked night on the air, so

black,

Seeming to lick his lips,

And looked around like a god, unseeing, into the air,

And slowly turned his head.

And slowly, very slowly, as if thrice adream,

Proceeded to draw his slow length curving round

And climb again the broken bank of my wall-face.

 

And as he put his head into that dreadful hole,

And as he slowly drew up, snake-easing his shoulders, and

entered farther,

A sort of horror, a sort of protest against his withdrawing

into that horrid black hole,

Deliberately going into the blackness, and slowly drawing

himself after,

Overcame me now his back was turned.

 

I looked round, I put down my pitcher,

I picked up a clumsy log

And threw it at the water-trough with a clatter.

 

I think it did not hit him,

But suddenly that part of him that was left behind convulsed

in undignified haste,

Writhed like lightning, and was gone

Into the black hole, the earth-lipped fissure in the wall-

front,

At which, in the intense still noon, I stared with fascination.

 

And immediately I regretted it.

I thought how paltry, how vulgar, what a mean act!

I despised myself and the voices of my accursed human

education.

 

And I thought of the albatross,

And I wished he would come back, my snake.

 

For he seemed to me again like a king,

Like a king in exile, uncrowned in the underworld,

Now due to be crowned again.

 

And so, I missed my chance with one of the lords

Of life.

And I have something to expiate;

A pettiness.

 

Taormina

 

 

SERPIENTE

TRADUCCIÓN DE JORGE ALCÁZAR

 

Una serpiente vino a mi pileta

en un caluroso, muy caluroso día, y yo en piyama,

para beber de ahí.

 

En la sombra profunda de aroma extraño del enorme y oscuro algarrobo

bajé los peldaños con mi cántaro

y debía esperar; detenerme y esperar, porque allí estaba en la pileta antes que yo.

 

Llegó de una hendidura en la sombría pared de tierra

y arrastró la flojedad café-amarillo de su vientre suave, sobre el borde de la pileta de piedra

 

y descansó su garganta sobre el fondo de piedra,

y donde el agua goteaba de una llave, en un pequeño claro,

sorbía con su boca lisa,

con suavidad la hacía pasar por las mandíbulas lisas, hacia su cuerpo largo y flojo.

En silencio.

 

Alguien estaba antes que yo en mi pileta

y yo, como un segundón, esperando.

 

Levantó la cabeza dejando de beber, como hace el ganado,

y me miró vagamente, como hace el ganado cuando bebe

y su lengua bífida destelló entre sus labios, y rumió por un momento,

y se inclinó para beber un poco más,

siendo de un pardo y dorado como la tierra, proveniente de las ardientes entrañas de

la tierra

en el día de julio siciliano, con el Etna humeante.

 

La voz de mi educación decía:

hay que matarlo

ya que en Sicilia los ofidios negros, negros son inocentes, los dorados son venenosos

 

Y voces en mi interior decían, si fueras hombre

tomarías ahora un palo y lo golpearías hasta acabarlo.

 

Más, ¿debería confesar cuánto me agradaba,

cuánta alegría sentía que hubiera venido como un huésped callado a beber de mi pileta,

y que partiera sosegado, en paz y sin agradecerlo

hacia las ardientes entrañas de la tierra?

 

¿Era cobardía que no osara matarlo?

¿Era perversión que añorara hablar con él?

¿Era humildad sentirse tan honrado?

Me sentía en verdad tan honrado.

 

Y sin embargo esas voces:

Si no tuvieras miedo, lo matarías.

 

Y ciertamente tenía miedo, mucho miedo.

Pero aun así, me sentía todavía más honrado

de que buscara mi hospitalidad

desde el oscuro umbral de la tierra secreta.

 

Bebió lo suficiente,

y levantó la cabeza, ensoñando, como alguien embriagado,

y su lengua destelló como noche bifurcada en el aire, así de negra,

como si se lamiera los labios

y miró alrededor como un dios, sin ver, al aire,

y lentamente giró la cabeza,

y lenta, muy lentamente, como un triple sueño,

procedió a deslizar su lenta longitud curvada

para trepar de nuevo el paramento de mi muro quebrado.

 

Y mientras metía la cabeza en ese agujero espantoso,

y mientras se levantaba lentamente, aligerando los hombros como hacen los ofidios, y se

internaba más,

una suerte de horror, una suerte de protesta contra su retiro dentro de ese tenebroso agujero,

al serpentear el cuerpo, adentrándose en la oscuridad, intencional y lentamente,

me sobrevino ahora que me daba la espalda.

 

Miré alrededor, dejé el cántaro,

levanté un leño tosco

y lo lance a la pileta ruidosamente.

 

Creo que no le pegué,

mas de repente la parte que quedaba atrás se convulsionó con prisa indigna,

se torció como rayo, y desapareció

en el hoyo negro, en la hendidura con labios de tierra en el flanco del muro,

acto que mis ojos siguieron fascinados, en la quietud intensa del mediodía.

 

Y de inmediato lo lamenté.

Pensé, qué mezquino, qué vulgar, qué bajeza.

Me desprecié a mí mismo y a las malditas voces de mi humana educación.

 

Y pensé en los albatros.

Y quise que regresara mi serpiente.

 

Ya que me parecía de nuevo como un rey,

como un rey sin corona exiliado en el inframundo,

a quien ya era hora de coronar de nuevo.

 

Y así, perdí mi oportunidad con uno de los señores

de la vida.

Y ahora tengo algo que expiar:

una mezquindad.

 

Taormina

 

II. ANÁLISIS DE «SNAKE»

Entre los principales temas en la obra de D. H. Lawrence (1885-1930), se encuentra la confrontación de la naturaleza con la civilización. En 1923, apareció la antología Birds, Beasts and Flowers, que recoge poemas escritos durante los viajes de Lawrence por Italia, Sri Lanka, Australia y Nuevo México. Durante este autoexilio —que el autor de Lady Chatterley’s Lover llama «peregrinaje salvaje»—, el poeta rompe con la contemplación pasiva, hasta ese momento propia de la poesía inglesa sobre temas referentes a la naturaleza, para penetrar y participar activamente en la esencia del mundo no humano con poemas agrupados en capítulos como «Frutas», Árboles», Flores», «Bestias evangélicas», «Criaturas», «Reptiles», «Aves», «Animales» y «Fantasmas».

El poema «Snake», incluido en «Reptiles», es un claro ejemplo de la visión de Lawrence sobre esa incompatibilidad entre lo primitivo o instintivo y lo civilizado. En este ensayo, analizaré dicho poema centrándome tanto en el efecto de su imaginería (relacionada con la mitología y el símbolo) como en sus figuras retóricas.

«Snake» está escrito en verso libre. Lawrence se opuso a las limitantes del formalismo buscando la autenticidad de la emoción. Deseaba manipular la forma y no ser manipulado por ella. Desde el primer verso, el yo lírico expone la situación con una imagen que combina la naturaleza con un objeto creado por el hombre: «A snake came to my water-trough»: una serpiente en una pileta. Enseguida, se hace visible el yo poético, quien recalca que se encuentra en piyama («and I in pyjamas»). Lo anterior no es casual; esa vestimenta refuerza la oposición entre ambos seres: uno, primitivo, está desnudo; el otro no sólo oculta su cuerpo, sino que viste de acuerdo con la convención social que dicta que la piyama es el atuendo para la noche.

En las siguientes cuatro estrofas, mediante repeticiones y anáforas, se percibe la impaciencia del hombre, quien debe esperar a que la serpiente termine de beber para llenar su cántaro: «And I, like a second comer, waiting». En las estrofas tres y cuatro, hay dos fenómenos relacionados con el sonido que, según Helena Beristáin en su Diccionario de retórica y poética, poseen siempre motivación semántica. El primero es fónico; sin embargo, no involucra fonemas, sino los acentos de las sílabas del verso, que se encuentran estratégicamente colocados para producir un ritmo asimétrico de los versos no rimados, el cual se hace sinuoso como el movimiento del ofidio. El segundo es un fenómeno fonológico que sí involucra fonemas; en este caso, se trata de una variante de la aliteración, conocida como «armonía imitativa», lograda con la repetición del sonido «s» a fin de imitar el seseo de la serpiente.

 

And trailed his yellow-brown slackness soft-bellied down

And rested his throat upon the stone bottom,

And where the water had dripped from the tap, in a small

clearness,

He sipped with his straight mouth,

Softly drank through his straight gums, into his slack long

body,

Silently.

 

En la sexta estrofa, finalmente percibimos una actitud en el reptil: mira al humano por un instante, pero continúa bebiendo, sin sentir peligro, hasta saciar su sed. Parece que esta actitud hace reaccionar al hombre. Una voz interior le recuerda lo que dicta la educación: si se considera hombre, debe matar al intruso. Dicha imagen nos remite al sacrificio de la serpiente en varias tradiciones (africanas, aztecas y mayas), cuyos mitos coinciden en que la muerte del reptil ―concebido como un viejo dios― es necesaria para que el hombre adquiera la civilización. Como afirman Chevalier y Gheerbrant en su Diccionario de los símbolos, matar a la serpiente es eliminar lo primitivo para dar paso a lo moderno. La relación entre lo primitivo y lo moderno es un tema que Lawrence abordará más tarde en la novela The Plumed Serpent.

El yo poético no se halla seguro de querer matarla, o debería decir matarlo, ya que usa el pronombre «him» en lugar de «it», que después se explicará cuando lo compare con un dios. El yo poético reconoce que le agrada tenerla como huésped y recurre nuevamente a la anáfora para expresar la confusión de sus sentimientos: «Was it cowardice, that I dared not kill him? / Was it perversity, that I longed to talk to him? / Was it humility, to feel so honoured?». En estos tres versos, se plasma claramente el choque entre el instinto y la conducta civilizada, tanto si se interpreta como simple miedo y curiosidad, como si nos remitimos al simbolismo de la serpiente y consideramos que representa, por un lado, la psique inferior, el alma y la libido; por otro, los vicios humanos y el pecado, según la tradición judeocristiana, que sólo conservó el simbolismo negativo (Chevalier y Gheerbrant). Sin embargo, hay gran fascinación del hombre ante la energía ancestral oculta para la civilización moderna. Esta fascinación lo hace sentirse perverso.

Más adelante, el poeta utiliza un símil para elevar a la serpiente a una categoría divina: «And looked around like a god, unseeing, into the air» (verso 45). Con este recurso, queda claro que Lawrence no sólo se interesa en evocar el poder de la naturaleza, sino en explorar los distintos simbolismos de esta criatura que, de acuerdo con el mencionado Diccionario de los símbolos, es opuesta al hombre, ya que éste se encuentra en la cima de un esfuerzo evolutivo, mientras que la serpiente es el inicio de ese esfuerzo: la criatura más simple. Pero esta simpleza es la causa de que en la mayoría de las culturas antiguas se le atribuya un carácter sagrado y a la vez oscuro, siempre ligado a la cosmogonía. En la noche de los orígenes, comenzó la vida, partiendo desde lo más simple.

A lo largo del poema, se construye cuidadosamente una atmósfera que remite a lo oscuro. El poeta lo salpica de palabras que entran dentro de esta esfera de significado, como «deep», «strange», «shade», «dark», «gloom», «secret», «night», «black», etc. Y con metáforas como «From out the dark door of the secret earth», es claro que este dios prehistórico viene de las capas profundas de la tierra y representa las capas profundas de la conciencia, es decir, la parte instintiva del ser humano, que él mismo ha reprimido para sentirse a salvo y en control de su sociedad moderna.animal-1299259_1280

En la penúltima estrofa, el poeta vuelve a utilizar un símil para comparar a la serpiente, esta vez con un rey: «For he seemed to me again like a king, / Like a king in exile, uncrowned in the underworld, / Now due to be crowned again». El hecho de que sea un rey que proviene del inframundo o del infierno, como se puede interpretar de la metáfora: «burning bowels of the earth», no es indicio de que la serpiente represente el mal o el pecado, pues a pesar de que, como occidental, D. H. Lawrence haya crecido en la tradición judeocristiana, es bien sabido que este poeta era considerado más bien «pagano» por su interés en resacralizar la naturaleza.

Cuando la serpiente se dispone a retirarse, el poeta recurre otra vez a ese ritmo sinuoso de los versos, ayudado por la anáfora y la armonía imitativa, que hace pensar en el movimiento de la serpiente:

 

And slowly turned his head.

And slowly, very slowly, as if thrice adream,

Proceeded to draw his slow length curving round

And climb again the broken bank of my wall-face.

 

En la reacción del hombre, es notoria esa costumbre humana de atacar por la espalda cuando se tiene miedo. Finalmente, tuvo más peso la conducta socialmente aceptada y el hombre lanza un leño a la serpiente cuando ésta se da la vuelta. Pero de inmediato, el yo poético experimenta remordimiento por haber agredido a la naturaleza y está consciente de que lo hizo impulsado por su educación: «I despised myself and the voices of my accursed human education». Ahora se arrepiente y desea que vuelva «su serpiente»; haberla agredido le recuerda al albatros: «And I thought of the albatros». Lawrence alude a la «Balada del Viejo Marinero» de Samuel Coleridge, donde el Viejo Marinero inhospitalariamente mata al ave de buen augurio, o tal vez a «El albatros», que Baudelaire llama «príncipe de las nubes», también muerto cruelmente por los marineros.

El poema concluye demostrando que el conflicto principal continúa: la sociedad impulsa al hombre a rechazar la vida y la naturaleza, simbolizada por la serpiente; el ser humano, incapaz de negar por completo su instinto natural, experimenta culpa por haberlo hecho, y ahora la sociedad le dicta que las culpas se tienen que expiar: «And I have something to expiate». La serpiente vuelve al mundo precivilizado, puro, intemporal, donde permanecerá en su plenitud.

 

Bibliografía

Beristáin, Helena, Análisis e interpretación del poema lírico. México: UNAM, 2ª ed. (coed. con la Facultad de Filosofía y Letras UNAM), 1998.

Chevalier, Jean, Diccionario de los símbolos. Barcelona: Ed. Herder, 1986.

Cruz Yáñez, Eva (coord.), De Hardy a Heany Poesía inglesa del siglo XX. México: Textos de Difusión Cultural Serie El Puente, unam, 2003.

Godine, David R. (editor), Birds, Beasts and Flowers by D. H. Lawrence. Canadá: Black

Luna: 7 fragmentos de alucinación

Manolo Mugica

ENE

 

Y el océano gotea por tus pezones

a cuenta olas,

a cuenta mares,

donde los amares se marean al saberse clepsidra de sangre,

tiempo carmín-carnoso y degollante;

herida que vocifera cual drogadicto

los rockmances caducos que escribió alguien que deseaba perder la cuenta de los días;

ese era yo

invocándote en mis manuscritos;

ese yo que no he dejado de ser pero ya no soy,

ese triste épico, epidémico, sonámbulo,

trinidad esdrújula como tus piernas.

 

Eso es lo que sueño ahora,

tus senos graves y tu derrier agudo, acentuado hasta el último meneo.

 

Aquí estás,

mujer del nombre que no perdona,

tras alucinaciones nostálgicas, iluminando aquello

que yace en el umbral,

mientras te retuerces en la melcocha de otros brazos

que nada han de ofrecerte

salvo el desecho que se recoge de las sonrisas,

la ceniza que a veces deja la noche cuando se va apagando.

 

Te observo,

leo la angustia en los poros de tu pellejo braille

y antes de hablarte despierto…

 

 

O

 

…Qué agitación de sombras,

qué musitar del corazón en el lecho páramo;

mas infernado y maldito,

regreso al sueño para buscarte melancólica de levedad…

…De nuevo los ojos bajan el telón

y te encuentro como más me gustas,

con el corazón abierto y la piel desabrochada;

arranco los dedos de tus pies como si fueran uvas,

los degusto sin prisa,

quiero aprenderte,

quiero aprehenderte;

te devoro,

 

Captura

¿y despierto?

 

 

                                                             [                                     ]

No, no despierto.

Soñé que lo hacía.

Comienzo a buscarte entre las sábanas

y hallo tan sólo el bagazo de tu sexo leporino.

 

 

EME

 

Repentinamente estoy cansado,

no sé si de paladearte

o de no percibir el perfume que dejan las úlceras de tus intestinos.

Y así, con el azar de las blasfemias,

camino con la lengua hecha ponzoña,

entro al antro de la llaga última,

pido un trago de olvido para quitarme este sabor que no es el tuyo;

sigo cansado,

cansado a la décima [ilumino con mis labios

los paisajes de tu espalda,

te despetalo la falda

hasta probar los resabios

que dejaron tus ovarios

y kamikaze te habito.

De tu cuerpo quedo ahíto;

sin más contemplo la sombra,

figura y forma, que nombra

la carnalidad del mito] potencia.

 

Anhelo tus manos y sus uñas afiladas

dispuestas a sacarme los ojos para no mirar más este holocausto,

esta tribal memoria de ti y tu silueta.

Ayúdame a ayunarte una eternidad, acuchíllame ahora que no te observo.

Ayúdame a descansar este cansancio descansado de perderte a último parpadeo.

 

 

A

 

Se vacía la vasija de tu vientre,

la vasija de tu lengua yacente-llameante,

se vacía mi carácter insultante,

las majaderías caen a pedazos, se rompen,

nadie se refleja en ellas.

Tomo uno de aquellos trozos y tasajeo mi rostro con deleite

mientras te masturbas y bramas afiebrada de violencia,

de la poética de mi faz mutilada.

Después,

tras desangrarme algunos versos,

te monto enardecido,

lames las sendas profusas de mi cara

y empapado nuevamente de ti, te asfixio con mi falo,

con él tapo la anchura de tu garganta,

te estallan las pupilas al tiempo de mi orgasmo,

la muerte por un instante se abraza a la vida,

el sueño es todo esperma y sangre,

_____________

s        s        s

a      a       a

n     n        n

g     g      g

r      r        r

e     e       e

 

y despierto aturdido.

 

 

ELE

 

¿Por qué el frío esta noche?

¿Por qué huyes en cuanto me arranco los párpados?

¿Por qué no puedo decirte mi tristeza o escribir un poema en tu espalda?

No soporto el sopor

y zurzo el sueño a mis ojos maltratados por leer a obscuras;

y otra vez derrotado, con el esqueleto inerme,

camino entre basura y callejones…

—“Gracias a Dios no estás más loco”—,

dice la voz de mi madre descendiendo del cielo negro de mis pesadillas.

Gracias a Dios lo bueno, jamás lo malo;

lo inicuo atañe al Diablo,

pero Satanás es un criminal lírico que sana con metáforas.

Hay que dar gracias también a la maldad

y dejar de agradecer a Dios los muñones que nos ha brindado.

 

En realidad,

aquel Dios no tiene interés en nosotros,

sólo somos perros para él,

mascotas sarnosas, maleducadas, pulguientas,

rabiosas, muertas de hambre,

con el costillar semejando una marimba

donde suenan las notas de la miseria.

 

¿Quién puede decir que esto no es un sueño?

Yo, aquí, perro; tú, aquí, perra, esbelta y en celo,

siendo devorada por una jauría callejera que apenas y puede ladrar,

que sólo sabe lamerse los genitales… despierto… duermo…

 

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O

 

…Ya es madrugada pero siempre es madrugada; siempre es de luna en el poema y la cama de sábanas marchitas; aquel colchón fracturado donde hacíamos el amor, ese poema donde nuestras bocas eran la única consonancia.

Otra vez otra vez, es escribir, de nuevo tú, desnuda en mis alucinaciones oníricas, poéticas; tú sin máscaras, sin accesorios, sin nombre, acercándote a mí.

Ya estás a mi lado y olvido que alguna vez te fuiste.

Te pones de hinojos, casi seiza, contemplo tu desnudez despojada de toda mampostería, sin maquillaje en las manos que cubran la verdad que hay tras tus caricias.

Yo también me desnudo, me acuesto en tu regazo y en silencio digo lo que anhelaba decirte, y me escuchas en silencio, y parece que morimos un rato, y sonríes, y te entiendo, y parece que morimos, y te abrazo, y ya no despierto†

 

 

 

Bosque de niebla

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Juan Okie

 

 

El calor raspa mi lechosa envoltura,

amargo llanto sudor transpira.

Selva de verde ácido,

en el abandono de la fatiga,

mi cuerpo se evapora.

 

¿Acaso mis labios son sal

y los ojos párpados de espinas?

 

En el pantanoso fango,

envueltos en el velo de la niebla,

mis pies se anclan.

 

Negra viuda de follaje infinito

filtras hilos de luz

como savia asesina

cuyas lianas en serpentinos rizos

a los viriles troncos abrazas.

 

Lacanjá, tu traidora melaza arrastra,

con aparente remanso,

las turbulentas aguas.

 

Oculta es en estocada,

lapidario y daga,

en tropel de rocas excitadas.

 

Selva de rascacielos,

amurallada.

Mi paso se confunde con obsidianas

de agua envenenada.

 

Las boas,

asfixiantes lianas.

Las lianas,

fibrosas boas.

Fatal elixir que enamora,

sin sumar los tentáculos de afiebrada felpa

que asechan en la corteza.

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Comparado con la hipnótica serpiente

que se viste de arlequín,

es inocuo el escorpión de oficio torero.

 

Ella, con un solo beso arrebatado,

silencia el latir del corazón

como el tambor del Santo Oficio.

 

A la luz se abre el infinito.

Arena alfombra de marfil

conduce a la líquida esmeralda.

 

Multicolores caricias en danzante bienvenida,

anuncian con sus alas

a la impávida laguna:

Miramar en la lengua avasallante,

Lacantún en el canto del Jaguar.

Chabor aúlla para ahogar su llanto

en el templo de la muerte verde.

Selva Lacandona,

ambiciosos de caoba y zapotillo

hoy desgarran tus ropajes.

 

Lo que en mi niñez fuera verde

ahora se ha tornado en ceniza negra

que sepulta tu memoria.

Viajando estamos

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Carlos López

 

Viajando estamos

este páramo solo

con lunas, soles.

 

 

Cresta de luz

corta la tarde, el tiempo

se graba en la hoja.

 

 

Señal en tránsito,

infinitud inmóvil,

florece el cielo.

 

 

Astillas, sueños,

rebelión de colores

revelan nudos.

 

 

Lluvia de flores:

el Universo enciende

bordes de noche.

La realidad fragmentada desde la óptica de Gabriel Ferrater

Foto: RTVE

En 2002, cuando se cumplían ochenta años del nacimiento y treinta del suicidio del poeta Gabriel Ferrater, Editorial Lumen publicó Las mujeres y los días, traducción de la antología Les dones i els dies (1968) que recoge la obra poética del catalán, a cargo de la también poeta Ma. Àngels Cabré, con un prólogo de Luis Izquierdo. De este libro, analizamos a continuación el poema «El distraído».

Karina Castro González

y Juan Antonio Rosado Zacarías

 

I. El poema

a) Versión original en catalán:

 

«El distret»

 

Segur que avui hi havia núvols,

i no he mirat enlaire. Tot el dia

que veig cares i pedres i les soques dels arbres,

i les portes per on surten les cares i tornen a entrar.

Mirava de prop, no m’aixecava de terra.

Ara se m’ha fet fosc, i no he vist els núvols.

Que demà me’n recordi. L’altre dia

vaig mirar enlaire, i enllà de la barana

d’un terrat, una noia que s’havia

rentat el cap, amb una tovallola

damunt les espatlles, s’anava passant,

una vegada i deu i vint, la pinta pels cabells.

Els braços em van semblar branques d’un arbre molt alt.

Eren les quatre de la tarda, i feia vent.

 

b) Traducción de Ma. Àngels Cabré*

 

«El distraído»

 

Seguro que hoy había nubes

y no he mirado al cielo. Todo el día

que veo caras y piedras y los troncos de los árboles,

y las puertas por donde salen las caras y vuelven a entrar.

Miraba de cerca, no me levantaba del suelo.

Ahora se me ha hecho oscuro, y no he visto las nubes.

Que mañana me acuerde. El otro día

miré hacia lo alto y más allá de la barandilla

de una azotea, una chica que se había

lavado la cabeza, con una toalla

sobre los hombros, se iba pasando,

una vez y diez y veinte, el peine por el pelo.

Los brazos me parecieron ramas de un árbol muy alto.

Eran las cuatro de la tarde, y hacía viento.

 

 

II. Semblanza del poeta

Gabriel Ferrater nació en la ciudad catalana de Reus en 1922. Creció en un ambiente culto. Tras realizar estudios de matemáticas, se decidió por la carrera de Filosofía y Letras. Vivió cuatro años en Burdeos. En general, su formación tiene un claro sello francés. Fue profesor de lingüística y de crítica literaria, y traductor del inglés y del alemán. En 1972, antes de cumplir los cincuenta años, se suicidó, a pesar de que planeaba publicar una gramática catalana.

Cuando estalló la Guerra Civil española, Ferrater contaba con catorce años. Perteneció a la llamada Generación del 50, grupo de escritores nacidos en la década de los 20, cuyas obras intimistas y reflexivas llevaron la indeleble marca de la guerra, con la que cada uno lidió a su manera. Ferrater se opuso al pesimismo y renunció a la postura dramática ante la realidad, combatiéndola mediante el distanciamiento irónico y la reflexión.

En su antología poética Las mujeres y los días (1979), Ferrater expone su experiencia sin acercarse a lo sentimental o a lo trágico, sin adornos, sin culto a la forma. Su poesía es directa, aunque un tanto enigmática, debido tal vez al distanciamiento de sus propias emociones y a las fugas de su personalidad. Lo anterior se aprecia en el poema «El distraído» («El distret»), en el que desde el título se anticipa la condición del yo lírico.

III. «El distraído»

El latín distraho, –traxi, –tractum está formado por el verbo traho, «arrastrar», y por el prefijo dis, «separación», «división» (término negativo). Afirma Aldous Huxley: «¡Cuán significativo es el que, en los idiomas indoeuropeos, como lo señaló Darmsteter, la raíz que significa “dos” indique daño! El prefijo griego dys (como en dispepsia) y el latino dis (como en disgusto) son ambos derivados de “duo”», lo que implica pérdida de la unidad e incluso desdoblamiento. En voz pasiva, distraho significa estar incierto, dudar, dividir, romper, despedazar, disolver, destrozar. En el título del poema es también importante el artículo definido «el», pues indica que no se trata de un distraído, ni de aquel o este, sino de el distraído, personaje relevante con algo que expresar.

La voz poética comienza refiriéndose al «hoy», pero no alude a un tiempo presente o actual, sino al pasado de ese hoy. El momento desde el que habla sigue siendo hoy, pero el lector infiere que se trata del final del día (más adelante se corroborará que es de noche): «Seguro que hoy había nubes, y no he mirado al cielo». Pese a que el primer verso se inicia con la palabra «seguro», no implica seguridad absoluta: el yo lírico no mira hacia arriba, sino que sólo supone que hubo nubes. La nube simboliza, entre otros estados, la metamorfosis, el constante cambio. Su naturaleza es confusa y mal definida. Recordemos también que la expresión popular «estar en las nubes» denota distracción, estar en otro lugar. Las nubes nos alejan de la realidad. ¿Cuál es la realidad de la que quisiera evadirse la voz poética? «Todo el día / que veo caras y piedras y los troncos de los árboles, / y las puertas por donde salen las caras y vuelven a entrar». Estos tres versos expresan gran dinamismo, una sensación de movimiento que se relaciona con las metamorfosis de las nubes. El yo lírico contempla fragmentos de una realidad que no puede percibir como totalidad, ni siquiera como unidad. Se trata de elementos discontinuos, fragmentos de  imágenes de mayor dimensión: no ve árboles completos, sino troncos; no ve rocas o construcciones, sino piedras; no ve casas, sino puertas; no ve cuerpos o gente, sino caras que indican identidades imprecisas, ya que son anónimas.

El yo lírico, observador que permanece inmóvil, estático, contrasta con el dinamismo de lo que mira (las caras que salen y entran todo el día). El desdoblamiento, presente en muchos poemas de Ferrater, convierte a la voz poética en una especie de voyeur. Según Luis Izquierdo en su prólogo a Las mujeres y los días, el autor aspira a verse en los otros, pero sin que ellos se vean en él. Esta postura es clara en «El distraído», donde el personaje meditativo observa pero al parecer no desea ser observado: «Miraba de cerca, no me levantaba del suelo». El yo lírico se encuentra aislado y desea evadirse. En un contexto de posguerra civil, podría estar tirado en el suelo, como vencido y paralizado, intentando escapar de una cruda realidad fragmentada. El anhelo de evasión está simbolizado por el deseo de ver las nubes, pero el personaje no puede hacerlo y permanece inmóvil, mirando de cerca una realidad mutilada.

Guernica-Pablo Picasso-1937

Guernica (1937). Pablo Picasso.

A nuestro juicio, resulta evidente la relación de este poema con el Guernica de Picasso. En ambos se aprecian fragmentos, imágenes inconexas, descorporeizadas, que implican mutilación y destrozo. El yo lírico no conecta lo que percibe: lo sabemos desde el título, que implica división, separación. El distraído no puede asir la experiencia porque ésta ya ocurrió, pero sólo quedan fragmentos.

En el poema, hay tres etapas y un intermedio entre la segunda y la tercera. Cada una corresponde a un tiempo distinto:

  1. El final del hoy, en que el ahora es la noche. No se sabe qué hace el yo lírico, sólo recuerda. Es un yo disperso, ambiguo, desconectado de los referentes reales en tanto unidades ligadas entre sí.
  2. El pasado inmediato. El yo supone que había nubes. Él permanece estático sobre el suelo, mirando una realidad fragmentada en movimiento.

Entre la segunda y tercera etapas, aparece un puente. El distraído retorna un momento al presente para expresar su deseo de ver las nubes mañana: «Que mañana me acuerde».

  1. El pasado impreciso, pero más remoto («El otro día / miré hacia lo alto»). A pesar de que se trata de un tiempo incierto, al evocar a una mujer el yo lírico recuerda la hora y la circunstancia precisas: «Eran las cuatro de la tarde, y hacía viento».
Muchacha peinándose (1919). Karl Schmidt-Rottluff.

Muchacha peinándose (1919). Karl Schmidt-Rottluff.

En la tercera etapa (el pasado más lejano), a diferencia de la primera, el distraído observa una imagen completa: «una chica que se había / lavado la cabeza, con una toalla / sobre los hombros». Es una imagen al mismo tiempo estática y dinámica. El único movimiento ejecutado por la mujer es pasarse obsesivamente el peine por el cabello. Esta imagen es recurrente en la historia de la pintura. Recordemos, por ejemplo, a las muchachas peinándose de Degas, Bellini, Renoir, Tiziano o Picasso, entre otras muchas. Ferrater agrega la toalla sobre los hombros. Gracias al distanciamiento producido por el autor, el lector puede juzgar desde afuera y descubrir que, mientras el yo poético es disperso porque observa sin concentrarse y habla con vaguedad sobre el tiempo («el otro día») y sobre el espacio («más allá»), la chica —en cambio— se concentra en peinarse. Lo anterior contrasta con las imágenes cambiantes del inicio. No obstante, ambos personajes son semejantes, pues la obsesión de ella indica inseguridad e inestabilidad. Él se refugia en la seguridad de la inacción; ella, en su manía de peinarse. La joven es comparada con un árbol; sus brazos, con ramas. Se menciona la presencia de viento, que se conecta con el tiempo transformante; por tanto, se infiere que, si bien los brazos (ramas) son movidos por el viento, ella se mantiene firme peinándose «una vez y diez y veinte» veces con el fin de permanecer.

Los datos sobre el espacio son relevantes, ya que la chica se encuentra no sólo en una terraza, que de por sí es alta, sino más allá, y finalmente se le asocia con un árbol muy alto, lo que contrasta con que el yo lírico se sitúe en el suelo. Desde dicha posición hay dos miradas: de cerca y hacia arriba. Cuando el distraído ve de cerca, mira la realidad mutilada, por lo que mejor prefiere ver hacia arriba. Ese otro día, a diferencia del hoy, sí miró hacia lo alto, pero sin lograr observar las nubes. Sólo se quedó en la imagen de la chica. En el poema, el personaje masculino nunca ve las nubes, pero lo que mira se metamorfosea como ellas, excepto la joven, quien, aun cuando posee movimiento (el peine en el pelo), es más consistente.

Siguiendo la línea de la antología Las mujeres y los días, cuyo título —no está de más recordar— evoca al célebre clásico de Hesíodo (Los trabajos y los días), pero también a la obra de Marcel Proust Los placeres y los días, «El distraído» es un poema sobre el paso del tiempo y el continuo cambio que implica. Un movimiento repetitivo, como la mujer que se peina, de algún modo detiene el proceso del tiempo, pero la fragmentación denota destrucción, separación, obra del tiempo inexorable. En este poema, dos pasados se reúnen en el ahora: el más remoto, definido por la mujer, y el reciente, fragmentado e inconexo. Ambos se vinculan gracias a la memoria del yo poético, quien recuerda lo que no hizo y lo que sí. Ahora se halla en un presente estático, deseando algo para el mañana: recordar.

 

 

IV. Bibliografía

 

Diccionario Vox Latino-español, Español-latino, pról. de Don Vicente García de Diego, Red Editorial Iberoamericana, México, 1990.

Chevalier, Jean y Alain Gheerbrant, Diccionario de símbolos, Editorial Herder, Barcelona, 1991.

Ferrater, Gabriel. Las mujeres y los días, pról. de Luis Izquierdo, trad. Ma. Àngels Cabré, Lumen, Barcelona, 2002.

Huxley, Aldous. La filosofía perenne, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1977.

 

 

* Gabriel Ferrater: Las mujeres y los días, trad. de Ma. Àngels Cabré, Barcelona, Editorial Lumen, 2002, pág. 112.

Tarde o temprano, JEP

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Carlos López

Los poemas de José Emilio Pacheco (JEP) tienen una fuerza poco común; atraen con su aparente simpleza porque no le ponen barreras al lector, son textos que por principio abren la puerta a un mundo que nos resulta conocido y que, no obstante, somos incapaces de nombrar; la voz del poeta es la que hace la claridad a partir de lo cotidiano que por común se nos pierde. Pacheco tiene la conciencia despierta de lo efímero y del olvido terrible que sepulta lo que pasa. La escritura es la herramienta antiolvido, el lenguaje que retiene lo que siempre está escapándose del avasallamiento de la modernidad y del olvido forzado de la historia que intenta dejarnos sin nada, sin pasado con qué encarar un posible presente:

Tierra

La honda tierra es

la suma de los muertos.

Carne unánime

de las generaciones consumidas.

Pisamos huesos,

sangre seca,

heridas,

invisibles heridas.

El polvo que nos mancha la cara

es el vestigio

de un incesante crimen.

Para el poeta nada de lo que lo rodea es indigno de nombrarse; por el contrario, la escritura es la maquinaria de la atención perpetua, despierta, que busca aprehender el devenir inevitable de la vida. El lenguaje aquí es una especie de arma depurada que lucha en contra de los sobrentendidos, de los lugares comunes, pero también del esteticismo que concibe a la palabra como un elemento sólo para producir belleza. Aquí el lenguaje no oscurece, busca una comunicación directa que quite los velos de lo confuso, de lo enredado y llegue a un centro de claridad que no escapa a la ironía y el dolor porque ambos son formas de la verdad. Sin alejarse de la musicalidad y del oficio, esta poesía tiene mucho que decir y lo hace con un lenguaje casi llano, pero jamás pobre; el poeta pasa por el tamiz lo innecesario y cierne las palabras precisas para comunicar. Sus relámpagos caen en el lugar exacto; ésta es una poesía de la inteligencia; su resonancia hace mella en la reflexión. Está el disfrute de la palabra, pero está sobre todo la lucidez que pone un peso en la llaga, una llaga común que nos incumbe a todos. Pacheco está habituado a pensar en plural, muchos poemas nacen de la experiencia personal, pero su visión siempre trasciende los límites del yo y se extiende al nosotros. Como poeta y como hombre, JEP sabe que no está solo; sus preocupaciones son sociales, comunes, pero su observación no se queda en lo humano; le interesan los animales, la naturaleza, todos los mundos que confluyen en éste. Como poeta, sabe que la poesía no la escribe un solo hombre sino que es una labor conjunta y que no es posible escribir sin la tradición y el diálogo continuo con los otros.

Pacheco se reconoce como un trabajador tenaz que nunca alcanza la perfección; está consciente de que la escritura es siempre perfectible; en la nota introductoria de Tarde o temprano escribe: «No acepto la idea de “texto definitivo”. Mientras viva seguiré corrigiéndome». Este impulso de la rescritura asume la verdad de lo no concluyente; sin embargo, está presente el compromiso con la palabra que no permite mediocridades ni anquilosamientos; la consagración del poeta puede ser lo peor:

Lives of poets

En la poesía no hay final feliz

Los poetas acaban

viviendo su locura

Luego descuartizados como reses

(sucedió con Darío)

O bien los apedrean y terminan

arrojándose al mar

o con cristales

de cianuro en la boca

O muertos de alcoholismo

drogadicción

O lo que es peor

poetas oficiales

amargos pobladores de un sarcófago

llamado Obras completas

El poeta asume la escritura desde una visión siempre crítica y es que la atención viva implica una reconfiguración continua de lo establecido; escapar del sarcófago de las obras completas es asumir que lo esencial alberga la contradicción, el vaivén, el movimiento; él enfrenta su trabajo como una lucha que implica emprender tareas diversas, heterogéneas, por eso su escritura no nace del ego y busca aprehender la existencia a partir de diversas formas. Pacheco no le teme al periodismo, a la crónica, al ensayo, a la narrativa, a la traducción; todas son maneras de abordar una realidad que nos confronta con su crueldad, sus anticonvencionalismos y sus sorpresas. Sus textos se nos presentan con una solidaridad sin demagogias, lo sincero de su visión tiene poder y hay una inmediata identificación de quien lo lee. Lo profundo no implica solemnidad; uno de los aciertos de JEP es su humor y la ironía que atraviesan la membrana superficial y producen un despertar inmediato:

Traduzco un artículo de Esquire

sobre una hoja de Kimberly-Clark Corp.

en una antigua máquina Remington.

Corregiré con un bolígrafo Esterbrook.

Lo que me paguen

aumentará en unos cuantos pesos las arcas

de Carnation, General Foods, Heinz,

Colgate-Palmolive, Gillette

Y California Packing Corporation.

La continua búsqueda de un arte poética es el sino del poeta —de cuya mirada nada escapa— que le canta más que otros a su amor, la patria; que dedica cantos con pasión compasiva a los olvidados en la tierra, a los pequeños seres que la reconstruyen de la devastación humana. Pacheco es contemporáneo de los cantores originales del universo y lo será de quienes atestiguarán su destrucción. Una de sus obsesiones es el paso del tiempo —esa interrogante que nadie puede descifrar—; con esta temática titula algunos de sus libros. Los distintos nombres que el poeta adopta para dialogar con sus pares, la traducción como una manera de apropiarse de la literatura para conversar con ella, el magisterio ejercido en las publicaciones más importantes del país son algunas de las formas lúdicas por momentos, creativas, críticas, originales que legó a sus lectores. Sobre su columna (nunca un sustantivo estuvo tan bien aplicado a un nombre: las dos páginas que sostuvo en Proceso durante casi cuatro décadas fueron pilares del semanario mexicano) «Inventario» (que sólo firmaba, tímido, JEP, las tres letras que más pesan en México) se han escrito tesis y sirvió en la formación de generaciones de escritores. Tarde o temprano se hablará con rigor de estos y otros asuntos literarios del escritor más completo de México.

Ángel

angel

Carlos López

¿En qué ibas pensando mientras caías, ángel?

¿Te alcanzaron los segundos en el aire para

verte soñando en los brazos de tu padre,

para preguntar si eso había sido todo en la vida?

¿Pensaste en las tareas de la escuela, qué se dibujó en tu mente?

El puente Belice fue hecho por el gobierno para

que ahí encontraran alivio definitivo los pobres, Ángel.

Vos, arquitecto, no hubieras construido algo tan malo.

«¿Volar o morir degollado?». No lo pensaste, ángel.

El árbol adonde bajabas a pajarear te detuvo, Ángel,

pero en la cama del hospital dejaste caer, lentos, tus

párpados, como hojas en la noche lenta, cuando tu padre

fue a buscar agua esterilizada.

 

Llueve sobre tu fosa, ángel,

las hormigas enloquecen alrededor de tu cruz.

 

 

Para Ángel Ariel Escalante Pérez, de 12 años, ejecutado por la mafia guatemalteca

por oponerse a matar a un chofer de autobús.

 

Poesía y educación

poesia

 

Carlos López

 

Cuando se habla de poesía y educación uno asume que se hace referencia a algo concreto: la poesía pedagógica y la educación escolarizada que deviene en instrucción; la poesía que se enseña como parte de una materia del programa de estudios; la educación memorística, formadora de personas acríticas, conformistas, útiles al sistema. Sin embargo, poesía y educación son sinónimos de libertad en la práctica, al ejercerlos con pasión, sentimiento, conocimiento, pensamiento, revelación. Se crea al educar; el maestro que persigue la rebelión del espíritu alcanza la luz en la enseñanza. Un maestro que disfruta su trabajo no se empeña en transmitir conocimientos, en convencer a sus alumnos de sus ideas, en tratar de explicar teorías que muchas veces ni son propias. Comparte, dialoga, reflexiona, escucha, aprende. El maestro de poesía no debería existir, pues ésta no se enseña, no se puede definir, ni tiene asidero. No es un oficio, aunque existen oficiantes que la ejercen de manera radical. La poesía es una manera de sacralizar el lenguaje.

Más que exigir a las instituciones que cambien sus programas de estudios y pedirle al mundo depredador y asesino, dominado por las grandes corporaciones, que se detenga y piense un poco en la poesía, hay que crear lectores y eso nunca ha podido hacerse en masa. La lectura debe alentarse de tú a tú y desde muy cerca con los amigos, la familia, los maestros rebeldes, de ésos que van más allá de los programas establecidos y son apasionados lectores. Todos necesitamos de las palabras y de las historias. Desde los tiempos más antiguos hemos anhelado dejar testimonio de lo que nos pasa como sociedad, pero también de manera individual, por eso la poesía está en Gilgamesh y en la Iliada, pero también en los poemas de Safo o de Fernando Pessoa. Cuando aún no tenemos la poesía escrita, cuando aún no somos lectores, si somos muy pequeños o analfabetas, de todas formas el apetito por ella está ahí y aprendemos canciones y memorizamos frases o versos que nos significan algo, que nos dan una imagen o una idea, un ritmo, o que nos remiten a una emoción.

Antes que irnos a lo general hay que estar al tanto de que la poesía a veces se difunde como un secreto; a veces, como un grito, y no tenemos la llave total que abra la sensibilidad de todos los seres humanos. La labor de crear lectores requiere de paciencia y de pasión. No puede transmitirse un conocimiento si el que lo difunde está desconectado de lo que enseña. Es una labor siempre delicada porque no debe haber imposiciones. Jaime Sabines lo expresó muy bien: «No quiero convencer a nadie de nada. Tratar de convencer a otra persona es indecoroso, es atentar contra su libertad de pensar o de creer o de hacer lo que le dé la gana. Yo quiero sólo enseñar, dar a conocer, mostrar, no demostrar. Que cada uno llegue a la libertad por sus propios pasos, y que nadie le llame equivocado o limitado. (¿Quién es quién para decir «esto es así», si la historia de la humanidad no es más que una historia de contradicciones y de tanteos y de búsquedas?)».

Debemos estar atentos: la poesía no nos da soluciones, las metáforas no se resuelven a través de una ecuación; la poesía usa palabras comunes, pero de una forma distinta a la usual y muchas veces nos invita al ensueño (y el ensueño está muy mal visto en estos tiempos en que hay que ser exitoso y producir y entregar resultados concretos); la poesía también nos lleva al silencio (muy mal visto en estos tiempos también, en que hay que tener todos los aparatos posibles encendidos). Por eso la poesía es siempre transgresora, pone el dedo en la llaga de lo que somos, pero también nos saca de lo cotidiano y nos propone otro mundo. La poesía puede darnos consuelo, pero también nos hiere, su efecto es contundente, cualquiera que sea.

No podemos pedir que la poesía concuerde con las exigencias actuales, por eso son necesarios cómplices, amigos secretos; tal vez lo mejor no es incluirla en las escuelas, sino sacarla de ellas y llevarla a todos los ámbitos: formar núcleos de lectura, sesiones clandestinas en casas para leer versos, adentrarse en la mitología, alentar la oralidad, las historias, el ejercicio de memorizar. La poesía está ligada a la vida y su expresión permite que los goces o los dolores se multipliquen. Su enseñanza es gradual y sería bueno que la poesía estuviera en todos lados, no como un objeto de estudio escolar, sino como una experiencia vital. Borges, respecto a la enseñanza, decía: «Así he enseñado, ateniéndome al hecho estético, que no requiere ser definido. El hecho estético es algo tan evidente, tan inmediato, tan indefinible como el amor, el sabor de la fruta, el agua. Sentimos la poesía como sentimos la cercanía de una mujer, o como sentimos una montaña o una bahía, ¿a qué diluirla con otras palabras, que sin duda serán más débiles que nuestros sentimientos? Hay personas que sienten escasamente la poesía; generalmente se dedican a enseñarla. Yo creo sentir la poesía y no creo haberla enseñado; no he enseñado el amor de tal texto, de tal otro: he enseñado a mis estudiantes a que quieran la literatura, a que vean en la literatura una forma de felicidad».

No hay que olvidar que la poesía está hecha de palabras y, aunque los intereses de la poesía, es decir, los temas que aborda, son amplios y diversos, su resultado permanece en el lenguaje y es ahí donde palpita su centro. Tal vez lo primero en la educación es lograr que los aprendices de todas las edades se sensibilicen ante el lenguaje y que el amor por la lectura y la escritura se fomente como una manera de imaginar, de diversión, de autoconocimiento. Lo que un maestro debe procurar es ayudar a que los estudiantes encuentren su voz, algo que puede sonar a lugar común si no se dice que desde ahí se puede fomentar la autocrítica y la originalidad; el respeto por el trabajo y por el lector; la búsqueda incesante de formas distintas de crear; la lectura amorosa, la pasión por atrapar la realidad. La poesía es el relato originario, estamos hechos de poesía. Fuimos creados cuando alguien nos nombró por primera vez. El lenguaje es la materia de nuestra esencia, de nuestros sueños.

A quien trabaja con palabras no le basta sólo tener talento innato, como afirma Charles Simic: «Alguien que aspira a ser poeta debe tener una relación particular con el lenguaje; un buen oído y un gusto por el lenguaje, por usar las palabras de cierta manera. Debe ser capaz de escuchar varios tipos de dicciones y combinarlas. Ése es el trabajo más interesante y difícil con la mayoría de los estudiantes. Hay otros estudiantes, más raros, que no tienen esta relación con el lenguaje, pero tienen una gran imaginación. Lo extraño es que ocho de cada diez de los más talentosos casi nunca se vuelven poetas. Con frecuencia, los que se hacen poetas son aquellos que parecen no poder evitarlo».