Dios nos libre

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Juan Tovar R.

 

Amor que dios nos libre

de un pendejo con iniciativa

de la oficina de correos de México

o en su defecto

de cartearnos con Mussolini en verso blanco

 

que dios nos libre amor

de una buena película de María Félix

del sexo por contrato

o de la obligación

de no seguir viviendo hasta firmarlo

 

amor que dios nos libre

del adulto disfrazado de adulto

de los hoyos en los bolsillos

donde tropezamos

dos veces con la misma piedra

 

pero miento amor

porque dios no nos libra

porque la pendejez es inminente

porque la tumba de Mussolini

no tiene código postal

 

porque todas las películas

de María Félix son malas

porque los adultos disfrazados

de adultos no caben en un bolsillo

si tropiezan con la misma piedra.

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Deseo

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Frederic Leighton: Orpheus and Euridice (1864)

 

Juan Antonio Rosado

 

¿Necesitas necesitar?

 

Sin necesidad, nada

es necesario y la vida

se torna Vida, y alrededor

se vuelve todo un solo ser circular

sin necesidad alguna,

y el círculo se eleva o disminuye

en inercia continua, continúa, continua

sin ruptura, sin deseo que introduzca

la carencia; sin deseo que lance

la necesidad, y con ella una enorme y continua

metamorfosis: la enorme y continua

discontinuidad.

Y todo continúa, continuo, en el Estar,

mas no en el Ser determinado

por sus propios y huecos y estrechos límites.

¿Necesito necesitar en esta continua carencia

de ser, o más bien deseo el no-deseo

en una continua plenitud que no es sino la Nada de la muerte,

la Nada que nada quemada?

Lo ignoro, mas mientras tanto:

imposible dejar de desear.

 


(Publicado originalmente en el suplemento La cultura en México, de la revista Siempre!, núm. 3267, año LXII. México, 22 de enero de 2016, pág. 83)

Los ruidos de un cuerpo

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Armando Pereira

 

 

Mi cuerpo

se ha convertido

en un saco de trastos viejos.

 

Hace ruidos

todo el tiempo

cuando lo llevo a caminar

o incluso

cuando lo dejo

arrumbado en un sillón.

 

Hace ruidos

que nadie escucha

que sólo van dirigidos a mí.

 

A veces

no se levanta de la cama.

Pasan días

y él sólo se encorva más y más

como si sólo quisiera volver

a su etapa fetal.

 

He querido

sacarlo a pasear por la colonia

que los vecinos lo vean

que los perros le ladren.

Saber de alguna forma

que mi cuerpo existe todavía.

 

Pero él se acurruca

en un sillón

y cierra los ojos.

 

Mi cuerpo

es un montón de huesos

que hacen ruido

que no quieren a nadie

que sólo quisieran quedarse quietos.

 

Entre mi cuerpo y yo

hay una distancia infinita.

 

No puedo vivir con él

estoy harto de verlo dormir

de hacer ruidos

incesantemente

en el sueño.

 

Quisiera que al fin se quedara callado

sin movimientos

sin ruido

que sus huesos dejaran de chirriar

de intentar esa burda sinfonía

de tornillos y tuercas oxidados.

 

 

El ojo

 

 


Publicado con la autorización del autor.

Cinco poemas sobre mujeres

Juan  Antonio Rosado Zacarías

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Pablo Picasso: Retrato de Marie-Therese Walter (h. 1936)

I

DUALIDAD

 

Hay dos Cármenes distintas

en un mismo cuerpo:

la Carmen de la noche,

la Carmen de los días.

Si las oyeras hablar y sonreír

creerías que se tratan de la misma:

Carmen de la guerra,

canción solar, poema duro

y solitario.

Tras esa máscara de hierro

se oculta la canción de porcelana,

el poema de la luna y la ternura

de la hermana nunca vista.

¿Misterio de la Santa Dualidad

amada y encubierta

por ayeres de naufragio?

Misterio del que todo instante participa

en el sueño de la vida.

Secreto de presencias ocultas,

esculpidas como estatuas

en el lago del silencio y la palabra.

 

Hay dos Cármenes distintas

en un mismo cuerpo:

la Carmen de la calma

y la calma del estruendo;

la Carmen de tiempo embalsamada

en dulces elocuencias,

la Carmen del rayo y de la espera.

 

Cuando Carmen se apoya

en el espejo de la brisa,

dos caras —un Jano femenino—, dos cuerpos,

dos instantes aparecen:

el poema que me ve como a un río prometido,

la llama que me ve tan sólo como niño.

 

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Eduardo Rosado Z.: Pecho de paloma (2014)

II

TU FUERZA, TU CONDENA

 

Eres frágil.

Tu tejido orgánico, delgado,

compuesto de blandos, yuxtapuestos

globos oculares,

humedece su blandura con el tacto

y acaso estalle un día y se deshaga

en un estúpido tropiezo.

 

Pero mirar con tu cuerpo

a todas direcciones

y almacenar en tu memoria cada punto

parece lo más triste y terrible de tu don.

Sí: tu fuerza radica en las membranas

que te cubren.

 

Mas la fugacidad con que aprecias

cada breve, cada nimio detalle

se asemeja al agua incorpórea

que se seca bajo un sol de rabia:

deja la huella de la mente

sin el fuego que la hizo fluir.

 

Así es la múltiple movilidad

de los muchos ojos que te forman:

tan sólo rememora

la huella

pero no la fuerza que la condenó

a su permanencia.

 

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III

MÁS ALLÁ DE LAS PALABRAS

 

a Marcela

 

Derrites con tu aliento las palabras

en el hueco de tu palma.

Disueltas, líquidas, brillantes…

ya no brincan…

Aderezas los vocablos

con el tacto de tus ojos.

 

Trituras, desmenuzas, derramas los sonidos

en mi boca.

Fijan la sonrisa, la eternizan,

multiplican el azogue del espejo.

Unen labios y manos,

funden tiempos;

vuelven de las bocas una boca

y un cuerpo de dos cuerpos

sobre el árbol de la entrega.

 

Ramaje incierto, delirios anulados

cuando arde el agua pétrea de la fuente.

Juntos calcinamos los estrechos límites,

y el lenguaje que era nuestro

abandona lentamente las palabras.

 

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Salvador Dalí: Muchacha en la ventana (1925)

 

IV

CANCION DE AMOR

a una mujer inexistente

 

ERES alegría que danza en otros valles,

lobreguez sublimada por un beso,

la mañana que derrite nuestra piel

sobre un caudal de sudor dulcificado.

 

ESTÁS allí por ser la sonrisa del alba,

la saliva que enmudece las palabras,

el recuerdo de vivencias transparentes,

la reunión perseverante de los brazos.

 

ESTÁS allá por ser la voz de la caricia,

la mirada en el furor de calles,

el vocablo en la mudez de los alientos

saturados de memoria y protección.

 

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José Manuel Merello: Muchacha con corazón (1960)

V

ESTACIÓN DE LABIOS

 

Tus labios de otoño

replican sin palabras

como el aliento al calor

penetrante del deseo.

 

Marchitos huyen de la savia

y con saliva prófuga

forman una  flor;

delgados se bañan,

acarician el vapor del beso,

fugaz recuerdo

desde el canto del sol.

 

Caen tus labios en el mar:

frescura de algas, encía renovada,

paz de velero en dientes de coral,

paz de amuleto en las respuestas del invierno.

 

Secos, tus labios se empapan

en la sangre oscura de este lecho,

caen en flor, en la saliva.

Y en la calma de la noche,

retumba un eco de dolor.